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JOSÉ SILES. ESPEJO DE MONOS ALUMBRADOS (Vitruvio, Madrid, 2025) por ANDRÉS LINARES NAVARRO Es para mí un placer y un honor hacer esta reseña del último poemario de José Siles, a quien disfruté siendo un jovencísimo profesor, como alumno adolescente y actualmente como amigo entrañable.
Siles tiene ya una importante y dilatada trayectoria literaria, una interesante labor creadora en la que, ineludiblemente, vierte todo el gran bagaje cultural e intelectual que atesora. Sus obras, tanto en prosa como en verso, están llenas de múltiples claves y registros que obligan al lector a profundizar en sus textos, ya que hay una profunda reflexión desde distintos ámbitos: filosófico, antropológico, histórico y psicoanalítico, que se entremezclan en una búsqueda incesante, tratando de entender lo esencial de la existencia en una perpetua indagación sobre el yo, con una cierta dosis de nihilismo y, al mismo tiempo, con una cierta dosis de ironía y humor mordaz. Todo esto se completa con una incesante búsqueda de la palabra y una profunda reflexión sobre el choque de sentimientos y deseos humanos, como el poder, la fama, el sexo, la ambición... Y todo ello, frente a una convivencia reglada que llamamos civilización. Siles crea una poética de la reflexión, de la evolución del pensamiento, a través de los avatares, que forman parte de la historia de la humanidad. Y para él la poesía es el medio que nos permite ir más allá, viéndonos reflejados y reconocidos en el pasado y el presente y, quién sabe, quizás en un futuro incierto. Como muy bien afirma el profesor Díez de Revenga en el prólogo, «Siles tiene una fascinación por lo irreal, con una multiplicidad de universos que conjuntan reflexiones intensas sobre vida, muerte y destino». También alude Díez de Revenga a que Siles «establece un diálogo inagotable e intenso con sus mentores, selectos y preclaros, con sus lecturas predilectas de mil civilizaciones y poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos, que le van entregando pensamientos que, inevitablemente, terminará glosando en el poema, surgido al pie de la cita». Esto me lleva a establecer una correlación, no puedo evitarlo, con otro enorme poeta, muy querido para mí, y sé que también admirado por Siles, como es José María Álvarez, que, continuamente, establece en sus poemas ese diálogo. Esta idea la he podido ver reforzada, afortunadamente, por el artículo de Mariano Monge en la revista Almiar, en la que deja deslizar que «quizás en Álvarez es donde más relación tengan estos poemas, empezando por las citas que encabezan gran parte de los poemas, arropando, tanto su forma como su contenido, con una aterciopelada intertextualidad». No obstante, estoy muy de acuerdo con Joaquín J. Penalva, en que Siles tiene una voz propia dentro de un panorama en el que abundan las voces intercambiables y modas más o menos pasajeras, proyectándose como un autor único, muy particular, no equiparable a otros autores de nuestro tiempo. Como muy bien afirma Mariano Monge, «el mono alumbrado» que se observa embelesado en el espejo, simbólicamente, encarna la condición del ser humano contemporáneo: desorientado, deshumanizado y en búsqueda infructuosa de armonía en un mundo dominado por la desolación y la tecnología. Espejo de monos alumbrados se estructura en cinco apartados: El primero, que lleva el título del poemario, tiene un carácter eminentemente antropológico, en el que se desarrolla una sátira filosófica sobre la evolución del ser humano. El segundo, con el título de “Manadero de místicos mántricos”, es de carácter filosófico y místico, donde el poeta se adentra en temas como la muerte, la memoria, el silencio, la naturaleza, lo sagrado o la fugacidad de la existencia. El tercero, “Griegos, si aún recordáis algo de lo que fuisteis: ¡Saltad!”, es una clara referencia a la herencia clásica en nuestra cultura occidental, para lo que el poeta recurre a referentes clásicos y episodios históricos para reflexionar, con una visión nostálgica, sobre la decadencia de un presente que ha olvidado sus raíces. La cuarta parte, “Sinfonía de hachas y hogueras: versos de alumbrados ajusticiados”, hace cumplido homenaje a los heterodoxos: herejes, filósofos, poetas... que desafiaron al poder establecido con sacrificio de su propia vida. La última parte, “Tomando ron bajo las estrellas en la popa del Liricus”, sigue esa línea que, desde Homero o Virgilio hasta la actualidad, los poetas han utilizado para narrar y reflexionar sobre los acontecimientos que han marcado a la humanidad. No quiero terminar sin mostrar mi eterno agradecimiento a José Siles, por ese impagable detalle de dedicarme este poemario y por ese entrañable poema, ‘Un griego peregrinando por la calle Saura’, que me produjo una profunda emoción.
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PEDRO ALCARRIA. PARÍS BERLÍN ROMA (Vitruvio, Madrid, 2025) Colección ‘Baños del Carmen’ por MONTSE ORDÓÑEZ Este no es un libro de viajes, ni de experiencias, ni tampoco una invitación que nos despierte a visitar esas tres ciudades tan colosales. Este libro es un acantilado, el precipicio o salvoconducto que el autor necesitaba para seguir creciendo y que proyectase todas sus inquietudes poéticas. En él hay un recorrido vital y una necesidad personal en el que Pedro hace uso de esas ciudades como punto de partida para saldar todas las cuentas pendientes consigo mismo.
La diferencia entre distinto y diferente es una línea imperceptible de cualidades. El lenguaje poético de Alcarria no es distinto al de los poetas de su generación, es diferente. En el panorama poético actual una propuesta como la suya no acaba de encajar, porque sus poemas son heterogéneos, su construcción y sus maneras a la hora de crear también y eso se percibe en París, Berlín, Roma. A la inmensa mayoría de la gente le gusta Bethoven, Bach o Sinatra, pero a las minorías les gusta Bärtok o Sakamoto. Ese es el punto, Pedro Alcarria no es un poeta de mayorías, es uno de los diferentes de su generación. Entenderán entonces y convendrán conmigo en que el esfuerzo que hay detrás de un lenguaje poético tan propio es en estos tiempos un acto revolucionario. En este libro también tienen cabida el amor, lo oscuro, lo sucio, la esperanza, el arte, la maldad de la condición humana, los desequilibrios, la sinrazón y sobre todo la deuda. En la entrelínea se ocultan las motivaciones y las deudas del autor para consigo, ya que la obra es un camino que recorre y explora cada uno de sus rincones. Se estructura en dos partes. En la primera, “El poeta busca inspiración”, se va apuntalando lo que son sus rincones y a lo largo de los poemas Alcarria va alumbrando y dando fogonazos, incrementando el ritmo, llegando al nudo en la garganta. En la segunda, “Genius loci”, el poeta se ausenta, es como si el relevo lo hubiese cogido un juglar y es él quien da rienda suelta a una serie de poemas que en sí mismos son uno. En el primer verso se anuncia, en el resto se declama. Extraordinario también es que, con cada uno de esos versos enunciativos, se llega a un gran poema final. Esto es en mi imaginación y en mi particular lectura. Por último, he de decir que es un poemario al que hay que acercarse, para tocar la sensibilidad de las ruinas, para viajar a través de las imágenes que se construyen, para acariciar las flores arrojadas en el camino, para conocer la palabra diferente y llevársela con uno. DOLORS FERNÁNDEZ GUERRERO. LA MEMORIA DE LA PIEL (Vitruvio, Colección Baños del Carmen, Madrid, 2025) por BLANCA ESTELA DOMÍNGUEZ A ese tigre... lector agazapado que espera su poema. La memoria de la piel es un libro precioso y preciso. Lo primero lo evoco de sus imágenes. De su estética cuidada. Lo segundo lo digo por el manejo del lenguaje: recurre a las formas clásicas. Y esa estructura métrica tradicional le da precisión y concisión a las ideas. Dolors hace del amor el tema central de sus poemas. Idealismo y relativismo poéticos estrechan convivencia. Como en el poema ‘El hueco’: «Todo está bien como está / y el resto no existe; / es ausencia superflua / de la nada. / El confort de los ciegos / es intuir la nieve a lo lejos, / a pesar del falso unicornio, / que con sonrisa cruel, / —ágil, astuto, carroñero— / persiste en seguir bajando / desde la cima del cerro / para ahondar aún más / el vacío / de mi hueco» (pág. 27). En este poema y en otros cuantos identificamos un “yo” poético, visión subjetiva del poeta que dialoga, propone y seduce a lectores con su contención emotiva y abstracta. «Me dueles tú, / aunque no existas más que en mí / o con más precisión, / en mi yo hecho añicos» (pág. 34). El libro tiene un Accésit Premio Vitruvio de poesía. Es un volumen dividido en cinco partes. La última pertenece a los sonetos. Es de mi particular agrado el soneto titulado ‘A ese tigre’: «A ese tigre rayado de espino, / —eléctrico temblor en cada abrazo— / regalo sin aliento mi regazo, / pasión quebrada en el cristal del vino»... (pág.62). A continuación, reproduzco ‘Infancia’, poema demoledor, perverso, ubicado el término en el marco religioso, desviación de la voluntad divina: «Con tu afilada navaja, padre, / hice un corte limpio, / recto, profundo / en la carne del dragón. / La cabeza, separada del resto, / se estremeció. / Fue el movimiento empírico / de una lagartija en llamas. / Triste carambola del azar, / ponerla en mi camino / fue un cuento de princesas». En La memoria de la piel Dolors cultiva los metros clásicos, pero también experimenta con la musicalidad, al estilo de un Nicolás Guillén como si fuera español: reelabora ritmos, léxico y formas expresivas del habla y los escribe a ritmo de canción. Así el poema ‘Invicta’: «Y la música de las esferas / tan celeste, tan pueril, / que, sin alas, / sueña volar / sin pensar que... / Tú, te, ti / ni yo ni ná, / ni yo ni ná...». En el siguiente poema del libro, ‘Levedad’, experimenta con la poesía visual y explota la polisemia semántica. La memoria de la piel es acción y fantasía en su estructura poética, es también el espacio —paraíso, un territorio perdido, pero recuperado— a través de la palabra. SILVIA LÓPEZ RIPOLL. Y LA QUE ESCUCHA NO ES ELLA (Vitruvio, Madrid, 2024) por BLANCA ESTELA DOMÍNGUEZ LA METÁFORA VIVA Para llegar a la “metáfora de invención” propia del poeta, debemos seguir un camino de palabras que compongan una imagen, tropo, alegoría, símbolo, figura... Y de ahí surgirá la magia (si la hay): la metáfora. La metáfora viva que estudió el filósofo y hermeneuta francés Paul Ricoeur.
Las metáforas son las piedras angulares de los poemas de Silvia López Ripoll. Y cumple con creces sus virtudes y expectativas. En ‘Montaña’ escribe: «No es ficción / ni hechizo / ni cábala / es vida a la intemperie / materia de materia / sin cobijo en la palabra / silencio / costumbre / extrañeza». Este poema pertenece al libro titulado En este tiempo prolongado (Cuadranta, 2021). Aquí vemos la estela de su poética, que perdura en su segundo libro: Y la que escucha no es ella. Los dos son volúmenes muy cuidados en donde hay un “discurso” liberado y riguroso a la vez. Una poesía de la ensoñación y de lo real transfigurado. Transita sin certezas y sin verdades absolutas. En Y la que escucha no es ella hay una profunda reflexión poética: «Y la tierra verde y el sol amarillo / y no aún la poesía [...] Y la poesía un no poder decirla [...] y la que escucha / la que escucha no es ella». En este poema el lector se relaciona con el texto inicialmente como un explorador que se interna en un bosque sin mapa ni linterna, es decir, a tientas. Poco a poco se van trazando las intenciones. Tiene una estética muy particular. El libro se divide en tres partes: 1ª Tema, 2ª Tema y variaciones, 3ª De sesgo a coda. El poemario tiene forma de canción. Los elementos que lo conforman, se ordenan musicalmente. A veces están situados en un pentagrama «Porque todo lo que tocas / es una partitura / notas como caballos / que galopan / con rumor de tierra / o rebeldía / juntos / o en solitario / o uno detrás de otro / en fila india / como puntos suspensivos / y las montañas como el mar». El lector se ve obligado a intuir espacios y personajes en el poema. No hay una sola lectura. La evocación deja entrever la imposibilidad de su propia huida. Vitruvio representa la búsqueda de la armonía y la proporción en el cuerpo humano. Y es también “morada” (editorial) de este bonito e interesante libro de poesía. Así, le damos la bienvenida a ese personaje misterioso de Y la que escucha no es ella. Mi escrito es tangencial. Quiero lograr el ritmo de una pequeña escenificación, en donde se recitan poemas desde diferentes puntos, con la naturaleza de marco «y el sonido de la ausencia del pájaro», o desde escenarios concretos como la montaña, el monasterio, la ermita. Y otra vez las metáforas diáfanas, ¡vivas!: «... / y el humo en las chimeneas / pequeñas cicatrices grises / en el cielo». Cuando refiero todo esto, que es misterioso y siempre oculto, me recuerdo de aquello de que la intuición existencial y cósmica se puede disfrutar y entender sólo desde la poesía, tratada casi como una realidad personal. Hacemos del poema una entidad del mundo. Nuestro mundo. El libro empieza con una cita de Louise Glück: «Pedí lo que siempre pido. / Pedí otro poema». Yo también termino con esta cita. Esperamos más poemas de Silvia López Ripoll. Al final de la escritura de esta reseña he revisado el índice del libro y, de repente, me he encontrado leyendo un poema. En la segunda parte: “Tema y variaciones”. Propongo la lectura de una parte del índice: «Estar aquí, 34 / Dos notas, 35 / Tú y yo, 36 / Un sonido está, 37 / Canción con ritmo, 38 / Se desliza una nota, 39 / Pero dónde te escondes, 40 / Respiras, 41 / Uso tu voz, 42 / ...Paciencia en el azul del día...». Otra lectura divertida y poética del índice. FRANCISCO J. CASTAÑÓN. TIERRA LLANA (Vitruvio, Madrid, 2022) por PEDRO ALCARRIA VIERA “...Somos ya horizonte, / materia y lenguaje de esta tierra llana” Tierra llana es una nueva entrega de la obra poética de Francisco J. Castañón, periodista y escritor de larga trayectoria, con una producción que incluye incursiones no sólo en el campo de la lírica, sino también en el del ensayo o la divulgación científica. Aquí, sin embargo, regresa a ese hogar puro de la palabra para dar cauce a una serie de meditaciones asomadas al presente y urgidas por la vida, para construir una forma de defensa del hombre contra la violenta agresión del mundo actual. Con este propósito, Castañón elige un escenario predilecto que es a la vez campo de batalla, espacio mental y alter mundus. La elección particularmente inspirada del árido paisaje castellano hace bascular al lector entre dos impulsos: uno pausado, meditativo, atemporal, lleno de íntimo recogimiento y otro más abarcador, de combativa contemplación de la realidad, que parece recorrer con una desesperanza refrenada por el compromiso, para transmitir el desencanto que le causa el presente y tanta belleza amenazada que nos rodea. Como señala en su preciso y esclarecedor prólogo el poeta Alfonso Berrocal: «Rasgos de un lugar, según evoluciona el poema, que se ofrece como todavía a salvo —o donde es posible salvarse— de la común catástrofe económica, política, ecológica, y que nunca debería entenderse como lugar de evasión, sino más bien como lugar de serena esperanza frente a nuestro presente devorador». Una magnífica forma de situarnos en unos poemas en los que Castañón ha destinado la misma minuciosa atención al plano general que al detalle, para explicarse y explicarnos la vida, eligiendo los tres estadios que pautan el libro: la constatación de la frágil contingencia de nuestro presente (Vistas a un presente afilado), la añoranza por el pasado (Pistas en el pasado) y la toma de posición del poeta ante el incierto futuro (Un mañana agitado de futuro). Todo ello proyectado en un paisaje que se nos antoja a primera vista primordial e inmutable pero no obstante, amenazado y en donde van surgiendo pistas sobre el desastre en curso. Como el de la alarmante despoblación del territorio: «En lo alto un ave vuela / en círculos concéntricos, / preguntando al aire / cuándo regresará la gente». En este tríptico de presente pasado y futuro que conforma Tierra llana, la mirada profundamente plástica de Castañón se despliega amplia, entre la observación más costumbrista y la honda cavilación por el devenir del hombre, pensamiento que se hace orografía sobre el llano manchego. Una entonación franca, de eco clásico que nos evoca y despierta el recuerdo de grandes voces de nuestra literatura —Azorín, Machado...— con la que Castañón desgrana poemas límpidos, versos decantados de artesano: «Tierra que en estas horas / hago mía, / donde busco palabras inéditas / con las que rehabilitar el mundo, / mientras piso firme / este suelo que paciente espera / colmar la vida con la flor / púrpura y azul de la lavanda». Sus descripciones de esos paisajes, donde el tiempo parece espesarse en materia, son precisas y desbordantes, pero en tales escenarios de recogimiento está lejos de volverse autocomplaciente la expresión. En la humildad del campo llano adquiere el poeta conciencia de la pretensión inmanejable, obsesionada y quijotesca con que el poema quiere capturar lo efímero, antes de que el hombre llegue a su fin y se esfumen por igual percepción y experiencia: «...lo que fecunda la emoción del canto, / cuyo objetivo es plantar cara / a la caducidad de este vivir / codiciado, quebradizo». Espacios desiertos y amplios de Tierra llana —frontera donde se encuentran los mundos opuestos pero interdependientes del campo y la ciudad— que tienen la capacidad de producir una reverberación emocional en el espacio de la página. Se trata de un mundo árido, pero firme y fiel que hace visible la esencia de las cosas. Para ello, echa mano Castañón de todo su oficio, con variedad de formas líricas, y densidad metafórica, acudiendo profusamente al poema en prosa, jalonando el libro de referentes literarios mediante una atinada elección de citas... Todo ello, sin embargo, alejado de la miscelánea, en una forma cohesiva, entre el manifiesto desolado, el testimonio, la observación, la meditación y el augurio: «Aire a modo de proclama, escrita con el furor / de un mal herido / y el dolor de tierras / por la mano del hombre / desahuciadas».
Recorremos asimismo una polifonía de paisajes (Barbatona, La Alcarria, el Tajo...) que vemos puntuados por los detritos del progreso, lacerados por sus fauces culpables. Donde el hormigón salpica los campos perezosamente, pesadamente esclavos de la civilización. Es un paisaje severo brevemente acariciado con gracia por el agua: «Río de agua viva (...) / Agua salvavidas, trascendiendo bajo un cielo / de nubes como arcángeles / o animales fabulosos». Un mundo antiguo y abusado por el hombre, pero inmaculado en la querencia del poeta que evoca voces del pasado —parecidas a reliquias abandonadas— para contrastarlas con el paisaje amenazado por la victoria de la fealdad, manifestada en la intrusión del hombre con su voraz hábito de ensuciar el mundo. Así sucede por ejemplo en el poema ‘Club Dulcinea’ (se trata, nos aclara el propia poeta de un nightclub real), donde el tráfico carnal coincide con la prostitución del mito: «Esa nada que no se detiene y a su paso nada deja» y «Emplazamiento de rotas dulcineas y aldonzas sobreviviendo en sueños analgésicos, subyugadas por un destino ciego o arbitrario». Francisco J Castañón se adentra con denuncias semejantes en el territorio inefable del recuerdo y la melancolía, haciéndonos constatar de ese modo cómo lo personal está intrincadamente ligado a la naturaleza y la dimensión insondable del pasado. Parecida acusación la que dedica al aluvión de tecnologías deshumanizantes en forma de drones, chips, omnipresentes redes sociales, y toda la insoslayable panoplia de armas y cachivaches con las que en el presente nos asedia el “gran hermano”. Otro elemento muy vívido del libro, citando a Claudio Rodríguez, sería ese canto del caminar, esa sensación de tránsito, de ser encaminados por el paisaje, que se agudiza con la búsqueda de una pureza en el mirar, de una íntima honradez. En ocasiones el lector parece estar inmerso en una dimensión de serenidad, hasta que la mirada se detiene sobre un elemento perturbador que acentúa y tiñe la escena de una impresión de incertidumbre y desesperanza: «Ser tiempo, circunstancia y miedo, / extraña materia, un existir que abre / heridas como ortigas». De tal modo, el lenguaje de Francisco J. Castañón es rico, evocador y adquiere su mayor amplitud en ese intento de reproducir la condición física del contemplar, en ese anclaje a la observación lúcida y alumbradora: «¡Qué queda entonces / sino hacer liturgia / de un empeño!». En definitiva, Tierra llana es una descripción pormenorizada e íntima del enorme paisaje castellano, y a la vez una visión de nuestro mundo en crisis, pletórica en el contraste entre lo mínimo y lo absoluto, lo cercano y lo distante. Un canto a los elementos, seducido por la contemplación del entorno: el destello solano y la penumbra, las gradaciones del viento y la quietud absoluta del polvo, la luz del día y el infinito desfile de los soles en su ocaso. Todo lo captura la mirada poética, junto con la desesperanza y la irrupción tonal de esos escombros de la vida. Donde el recuerdo se vuelve palpable, un espacio en sí mismo, replegándose y desplegándose con el viento sobre la pisada fantasmal del poeta, mientras una nube pasa sobre todo ello con pereza indolente y compone una corona inmensa sobre el llano, «Donde habita la luz que no llega del cielo». En ese misticismo de lo cotidiano, enigmático decantarse de la memoria, que se desvanece en el color puro del poema —bien se ve, moldeado por el estudio y la reflexión meditada—, encuentra Tierra llana su espacio, ese lugar del silencio al que nunca debemos renunciar, porque sin silencio, sin vacío, las verdades no resuenan: «...silencio, viento, / misterioso resplandor que da respiro». EUGENIO RIVERA. MEMORIAS DEL DERRUMBE (Vitruvio, Madrid, 2021) por CARMEN ORTIGOSA MARTÍN ¿Me llegó este poemario por casualidad? No, nada es casual.
Me sumerjo en su lectura desde ‘Todo ha acabado’ hasta ‘Volveremos con el aplastante optimismo de los vencidos’. Este poemario no tiene prólogo ni epílogo, el lector tiene que someterse a la lectura en su desnudo de palabras, sin la necesidad de partir de algo ya mencionado. No tiene apartados tampoco, los poemas se suceden unos tras otros, sin sosiego, ni orden preestablecido. Me atrevo a decir del poemario lo que me produce o lo que me inquieta, el autor ya lo compartió con el deseo de provocar en el lector algún sentimiento. Él ya dejó en el papel su vertiente de dolor y se ha redimido, dejando al lector indagando qué tiene de complicidad con esas páginas y lo que le provocan. El poeta se derrama sobre el papel, palabra a palabra, llamando mi atención con su soliloquio de dolor. Nos da cuenta de sus lecturas y poetas preferidos, en los epígrafes de muchos de sus poemas. Camina página a página sobre la estructura de este libro, que seguro no programó, salió espontáneo desde el inconsciente del poeta, desea ser leído y comprendido. O no, solo escribió para restañar heridas. Paseo por este poemario de portada negra como la noche sin luna, del salón al patio, y lo dejo a veces abandonado en cualquier rincón de la casa. Después vuelvo a él, la curiosidad y la desolación me alborotan, pero me duele que estemos hermanados en la orfandad. Entro en conversación con el poeta. Me dice: «muero vivo / bajo mi muerte desnuda». Así se desgarra en su dolor mientras sostengo sus palabras: «tu cuerpo se abre / con la elegancia de la flor última». El erotismo y el deseo se mezclan en un deseo íntimo inalcanzable: «solo los crueles juegan / al dulce juego de la crueldad». La crueldad muerde la carne y la macera, peor es cuando muerde las entrañas y deja un poso amargo: «anidan mis muertos relojes». El tiempo inexorable acaba con todo: «nadie se acuerda ya de aquel zapato / Nadie / de ti / ni de mí. / Nadie». Al poeta le duele el olvido, la fugacidad de la memoria. La rapidez con la que nos sustituyen, en un mundo despiadado: «Es posible que lo soñara». Para poder desdoblar el terror el autor recurre a los sueños, para dudar de tanto espanto. Ayer se quedó el libro al borde de una jardinera. Me fui a la cama con el corazón en vilo. Me desperté varias horas después. El ruido del riego automático me puso alerta, dejó gotas de agua sobre el poemario, como lágrimas lentas: «Ya queda todo dicho». Eso cree el poeta, pero sigue con su soliloquio de añoranzas y nunca llega al convencimiento de su soledad. Así, avanzo página a página, unas veces vuelvo al principio y otras me paso varios poemas para restañar el ávido sentir de la pérdida. Algunos días abandono el poemario y le soy infiel con Neruda o Mayakovski. Vuelvo otra vez a la lectura. Hace más de un mes que lo abandoné en una estantería y el polvo creó una fina capa protectora sobre su lomo mientras me dediqué al cuidado de los míos, a la nueva publicación, a los disgustos humanos, a la reflexión sobre cada cosa que me ocurre, con lo que me rodea... Cosas cotidianas. El poeta anida en el tiempo, se cura entre las flores y desata todos los sentimientos en un compás de espera sobre el camino. Todos nos iremos, no estarán o no estaremos, partiremos hacia un agujero negro. Dejaremos tantas cosas por decir, por besar, por vivir, por hacer... ¿Habrá algún lugar donde ir? PEDRO LÓPEZ LARA. ESCOMBROS (Vitruvio, Madrid, 2022) por SANTIAGO A. LÓPEZ NAVIA LA INTEGRIDAD DEL VERSO La publicación de la obra de Pedro López Lara (Madrid, 1963) se ha hecho esperar, pero ha entrado por fin en la poesía escrita en español, en buena hora y para bien de los lectores, con el aval y la pujanza que representan dos premios literarios tan relevantes como el Rafael Morales (2020) con Destiempo, publicado en 2021 en la prestigiosa Colección Melibea, y el Ciudad de Alcalá (2021) con Museo, de reciente publicación en Huerga y Fierro. A estos dos poemarios se añaden Dársena, publicado en La Discreta en 2022, y Escombros, publicado en Vitruvio el mismo año, de cuya lectura me propongo dar cuenta a continuación. Alguien como yo, que ha crecido jugando en los solares de la periferia en el sur de Madrid, es especialmente sensible a la evidencia del paso del tiempo que se acumula en los escombros que enuncia el título del libro. Destaco la brillante visión del tiempo en ‘El amo intuido’: «Al final coincidís / en cada instante el tiempo y tú, la clásica estampa / de dos perros rabiosos con un solo bozal». También me han llegado como propias la nostalgia de los amigos como percha de la que cuelga la permanente sorpresa de la vida en ‘Reencuentro’ y la certeza de que «en la fosa común del tiempo y la memoria» acaban la vida en singular, en su significado más rotundo, y las vidas en plural, concebidas quizá como etapas o como oportunidades perentorias y limitadas (‘Las vidas disponibles’). En la misma línea que el poema anterior, el último foco que ilumina al trapecista en ‘Las pretensiones del último’ es el que vale como la última baza que nos queda en un momento determinado de la vida entendida precisamente como existencia, al final de la cual, por cierto, ante la inminencia de la vejez, «deberíamos abdicar o dimitir cuando estamos a tiempo, / cuando aún pueden por sí mismas nuestras manos borrarnos» (‘Reflexión sobre la ancianidad’). Es esa vejez que el poeta entiende como reino de una memoria remota, ya inmovilizada en el mismo punto del pasado «cuando la misma alineación, / sigue jugando en la memoria su partido» (‘Definición de la vejez’). En todo caso, como sabemos en ‘Desdoblamiento’, al final el tiempo acaba siendo la revelación de una verdad (no necesariamente la verdad), y como se nos recuerda en ‘Visto desde fuera’, la metáfora de la siega es un ejercicio de realidad que en el fondo implica la consistencia del tiempo, transformado en algo real frente a cualquier expectativa. El tiempo, también presente en otros poemas como ‘La duración de los hábitos’, no es sino un viaje conscientemente moroso hacia nuestro final (‘Remates’), que ni siquiera se supera con los constructos trascendentes que han sido creados para disfrazar nuestra contingencia (‘Al cabo’) a pesar de que el poeta anhela «jugar de nuevo esta partida» (‘Otra vez’) y reivindica sin ambages la restitución de lo mejor de una vida en el inventario del tesoro acumulado del cine, la literatura y la música (‘La restitución’) y la repetición innegociable de una historia de amor real que no se cambiaría «por un amor de libro» (‘A Marió’). A fin de cuentas, la muerte es algo que se obvia y que al final sobreviene con sorpresa, proximidad y hasta familiaridad (‘La visita inesperada’), algo inmanente y ajeno a los alardes performativos del espectáculo (‘No será como en el cine’); algo que en todo caso podría concretarse en un intento de mensaje final que exige ser descifrado (‘Un adelanto’). Y abundando en la memoria en relación directa con el tiempo, López Lara la aborda en ‘La misión’, en este caso desde la disconformidad con la que aquella, «descontenta con su propia historia», se presta «a desmontarla pieza a pieza y obtener / una versión tan solo verosímil, absuelta de los hechos». En ‘Etapas de la vida’, en cambio, la memoria plasmada en los recuerdos es el criterio para determinar con un orden preciso las fases de la existencia; en ‘Reversión’ asistimos a la posibilidad (o al deseo imposible) de «retrotraerlo todo a aquel momento [...] en que era aún posible todo» y en ‘La ronda’ el bar evocado se convierte en núcleo de encuentros, confidencias y recuerdos. La memoria es, en fin, un proceso permanente de reelaboración de los recuerdos, no siempre fiables, como se aprecia en ‘Estatus de aquello’ («No puede recordarse lo ocurrido porque nunca ocurrió, / no fue jamás algo autónomo, que discurriera al margen / de esa sarta congénita y luego dilatada de recuerdos, / de piezas no encajables entre sí») o en ‘Relato poco fiable’ («Ansía la memoria poner orden / en lo que no lo tuvo ni lo admite. / De ahí que sus historias sean siempre sospechosas»). Por eso la caída no puede medirse con la necesaria precisión a través de la historia inverosímil que pretende contarla (‘Medición de la caída’). Son particularmente relevantes las reflexiones metapoéticas que encierran algunos poemas como ‘Integridad del verso’ (título que define a la perfección el fondo y la forma de Escombros), en el que se invoca el ideal de connaturalidad que debe atesorar en su génesis algo «Que jamás ha nacido, / que estuvo siempre allí: / que fue desde el principio ese su sitio», o ‘Exorcismo’, que enuncia en clave de conjuro la naturaleza ocasional del poema. En la misma veta temática, el poeta nos recuerda en ‘Las palabras’ que la escritura puede comportar el ejercicio de la mentira frente a la esencia intrínseca de una verdad que no precisa de una materia verbal. Hay poemas que abordan el tema de la identidad, como ‘Trasplante’, o ‘Reemplazo’, que trata de la doble naturaleza del sujeto que puede subyacer a la locura. En ‘Angostura’ el yo poético reivindica su identidad frente a un mundo en el que no encaja por causa de las “malas compañías” que han supuesto algunas de sus lecturas o algunas de las películas que ha visto y que han abonado su cultura literaria y cinematográfica, que puede calificarse sin reservas como enciclopédica. La complejidad de los sentimientos se refleja en ‘El payaso’, en donde el fingimiento se presenta como una purga del dolor, o en ‘Él’, donde el desamor se compensa, si cabe, con la posesión de la auténtica esencia de la persona a quien se amó un día. Tampoco se escapan de la mirada del poeta la presunción y la fatuidad que trae consigo el ejercicio desajustado del poder (‘Un director de recursos humanos’), ni la evidencia de algunas cosas muy concretas que representan el sufrimiento humano (‘Concreciones’), ni el bendito regalo de la vida en ‘Regalo’ («Moriremos sin haber entendido / que la vida, en efecto, era un regalo, / algo no usado antes, por completo nuestro»). Sobrecogen la percepción del silencio en ‘Nube estática’, como un posible preludio del final o de la plenitud; la sabia invitación en ‘Cautela en la búsqueda’ (un grandísimo poema) al equilibrio entre la pertinacia necesaria en ella y la necesidad de no remover lo que se encuentra, «no sea que adivine tu presencia y salga / a un mundo que no es suyo y no puede entender, / que salga y que te pida ayuda, / se eche a llorar o grite». Y volviendo a la percepción, se imponen con fuerza la que la voz poética ha desarrollado para captar de inmediato «el recorrido / de sumisión que tiene una mirada, / la potencia servil que anida en unos ojos» (‘Vestigios señoriales’), la que concita el miedo, inherente a la condición del ser humano vivo o muerto (‘Fatalidad del miedo’) y la que el alma tiene de sus heridas (‘Penúltimo tango en Madrid’). El poemario está escrito con una exquisita elaboración donde no hay una palabra de más que altere el ritmo, ni en el caso de las estrofas medidas como el romance heptasílabo (‘Abstracta’) que abre el libro, ni en los numerosos poemas en versículos, distribuidos en secciones estróficas claramente definidas que conducen con acierto a la contundencia del epifonema, en algunos casos tan redondo como el alejandrino blanco que corona ‘Edición corregida’, cuya misma configuración sintáctica, marcada por dos secuencias, determina perfectamente los hemistiquios (‘Memorias de un amnésico. Mi vida tal cual fue’), y en algunos casos tan sugerente y evocador como los tres versos que cierran ‘Luz estricta’, uno de los mejores poemas que he leído en los últimos años. Seguro de que la obra de López Lara me permitirá (nos permitirá) seguir disfrutando de poemas tan excelentes como este y como todos los que nutren Escombros, tan solo me cabe esperar que sus poemarios aún pendientes de publicación vean la luz cuanto antes para regalo de sus lectores.
ABEL SANTOS. ALGO TE QUEDA (Vitruvio, Madrid, 2022) por PEDRO ALCARRIA VIERA Abel Santos (Barcelona, 1976) es un poeta puesto a prueba como pocos, autor de una obra trabada y sólida, tras más de dos décadas de escritura coherente en su estilo e intereses temáticos. Algo que lo distingue entre tantos diletantes e impostores como pueblan actualmente el panorama literario. Es creador de su propia fórmula, que él define como realismo bastardo, en referencia a su proceso de formación poética, en el que la toma de contacto con sus referentes y en ocasiones “padres” literarios (Bukowski, Roger Wolfe, Raymond Carver, Luis García Montero, Karmelo C. Iribarren...) actúa como correlato de una vida llena de naufragios, marcada por la ausencia del padre real, la caída en las adiciones, las miserias de un trabajo sin expectativas o los reveses del corazón. La primera mañana del 2021 / —tan deseada y prometedora— / me dijiste que querías divorciarte. En Algo te queda, libro finalista del XXIV Premio de Poesía Ciudad de Salamanca, se sumerge por completo en el escenario íntimo de su propia tristeza, al relatar el proceso de duelo del divorcio que ha afrontado recientemente. Una ruptura que abre el libro a modo de aldabonazo, haciéndonos partícipes de su propio estupor y logrando que el lector se sienta testigo a tiempo real de ese viaje por el dolor de la pérdida, que tan gradualmente se atenúa, sin jamás desaparecer por completo. Una pena en observación, alimentada con noches de insomnio, fotografías de tiempos mejores, arrepentimientos, reproches, recuerdos agolpados y la presencia omnipresente del hijo amado, única certeza y asidero ante la desolación. Mi hijo / ya va teniendo expresiones. / ¿Acaso podía él sospechar, / cuando estaba en el vientre materno, / lo que iba a encontrarse en este mundo, / este mundo que también es un útero, / pero de asfalto y cristal? Continuación natural, y al tiempo indeseada e inesperada de su anterior libro, el diario amoroso en verso titulado El camino de Angi, Algo te queda es una exploración profunda de la extremada fragilidad de toda certeza, del abismo que se agazapa bajo el aspecto de la felicidad. De los riesgos que acarreamos cada día en forma de deseos y emociones. Un retrato de un hombre en su madurez, llegado ese momento en que la edad ya no parece referir tan sólo un número sino un balance y un resumen de nuestros logros. Yo estaba / enamorado de mi futuro / cuando te empecé a escribir. / Pero no termina, / de pasar nada, / la nada / no pasa. La nada / está justo aquí. Plasmado todo ello en versos que se sienten como el eco disperso de antiguas declaraciones de amor, apesadumbrados en su incesante voluntad de auto interrogación, resonantes en el vacío, indeleblemente marcados por un triste corolario: tal es el destino de los amantes. Siempre / decimos adiós. // Siempre duele. En esta poesía espontánea, íntima, cercana y corporal, asistimos a una vuelta más en la espiral con la que Abel describe los ascensos y descensos que van tejiendo la trama de la existencia, poniendo sobre blanco cómo casi siempre nos es esquiva la suerte y cómo en ocasiones nos traiciona el amor. Así es el amor. Así es amar: // ata a dos pájaros juntos; / durante un hermoso tiempo creerás / que tienen cuatro alas; // y se partirán / de risa en / su jaula de oro; / pero / no / podrán / volar. Debo decir que a mi juicio los poemas sobre las penas del corazón tienden a ser una colección de tópicos intercambiables, pero los de Algo te queda llegan a ser muy hondos por momentos, perfilando en ocasiones el saber sopesado y particular del poeta, una serie de reflexiones forjadas a partir de la experiencia, la principal de las cuales se me antoja la siguiente: Que el revés y la pérdida no solamente son parte de la vida, sino que nos recuerdan que estamos en el mundo con todas sus consecuencias, y que tenemos una responsabilidad con los demás. Casado. / Y recién divorciado. / Y padre de un hijo. / Compartiendo ilusiones, / pero sobrio / desde hace una década. Y por eso en estos poemas el tono lírico surge de su resistencia a poetizar el fracaso. Yo te juro que me niego a darme por vencido / y a llamar poesía a la oscuridad. Es difícil esclarecer cómo se convierte alguien en poeta. Quizá se trate simplemente de que hay gente que sabe mirar. Y así es en el caso de Abel, un observador agudo que ha decido enfocar en sí mismo su facultad de penetrar en las cosas, y que sabe componer poemas de pincelada rápida. Un poeta que en este libro hallamos en una faceta menos descriptiva que en otras obras, más meditada e íntima, esquivando el lirismo sensiblero al que podría prestarse el tema. Antes de hacerme ceniza / deja que me invente los veranos: // tú y yo seguimos juntos en la vida; // por la Rambla Principal / bajaremos hasta la Playa del Faro / jugando con nuestro hijo, / salpicados por su risa; Un libro que converge con los anteriores de forma congruente, no sólo porque persiste en el estilo propio de Abel (un estilo sustentado en el uso de verso claro con irrupciones muy medidas de lo coloquial, sin una métrica estandarizada, pero cuidado y rítmico), sino porque parece proseguir y definir con nuevos trazos la realización de ese retrato de un hombre en verso que en definitiva está esbozando con sus sucesivos poemarios. Una reconstrucción descarnada, honesta y en ocasiones inmisericorde de su propia vida. Caminas, / otra vez solo por la ciudad / de los errores, / recordando al ángel azul / que despertó / este corazón / que planeaba ser piedra. Abel Santos se nos muestra aquí como un hombre con la mente atrapada en el pasado y el alma rota. Se reconocerá en ello todo el que haya sufrido una de esas catástrofes del corazón. Comúnmente todos estamos indefensos ante estas circunstancias. Solo el artista, en este caso el poeta, tiene la posibilidad de pronunciar la última palabra, ese ensalmo que es la obra de arte, para de forma testimonial y vicaria poder sellar el pasado y redimirlo. Porque como expresa magníficamente en uno de estos poemas: el recuerdo es ese lugar entre lo vivo y lo sagrado. y sin furia, / miro hacia atrás, / y sé, que tú, estás allí, / entre lo sagrado y lo vivo, Para lograr la realización de ese propósito, en Algo te queda conviven los contrastes. Es al mismo tiempo un ejercicio literario modélico, distanciado, ejemplificador de los padecimientos de una ruptura emocional, y una recreación subjetiva y emocionante de la propia vivencia, experimentada desde la piel. De este modo, partiendo desde lo concreto, es como se logra plasmar lo universal. porque venimos a la tierra a amar / venimos a la tierra a amar / y a ser amados / y nos equivocamos del todo / nos equivocamos del todo / cuando no amamos Algo te queda será un libro difícil de superar para Abel Santos, hay en él un nuevo acento que los lectores más torpes podrían confundir con el cinismo, una voz que bajo la apariencia de una aceptación resignada insinúa una ética, un deber autoimpuesto: el de persistir, el de permanecer en la brecha y no bajar los brazos acobardado ante la vida. Creo que en este libro Abel Santos empieza a pronunciar un propósito de reconciliación con su pasado, tan lleno de aflicciones. Que una toma de posición personal y ética, parece abrirse camino en su poesía. Tanto tiempo / esforzándote en cerrar las cicatrices / que marcaron / tu último amor... // Y ahora, / vuelves a abrir, seriamente, / de par en par, tu corazón, / para que alguien robe / la paz y el olvido / que entre lágrimas conseguiste. // Y te jode, / y no pillas el chiste, // de que lo único que sabes hacer / —sin duda ni error— / realmente en esta vida / sea amar, // y autodestruirte. El poeta comprende en estos versos que el dolor y la pérdida son inevitables, que estaremos expuestos a ellos mientras pertenezcamos al recuento de los vivos. Finalmente, a pesar de todo su sarcasmo y su piel curtida por el infortunio, acepta y abraza la vida.
ANTONIO MARÍN ALBALATE. LEONARD COHEN/DEMIS ROUSSOS. UNA ISLA EN CLAVE DE SOL (Vitruvio, Madrid, 2021) por EUGENIO RIVERA EL CONTRATO DEL DIBUJANTE El móvil lo llevamos encima todos, como antes llevábamos el monedero. Lo hemos normalizado de tal manera que a nadie nos sorprende ya que tengamos en el bolsillo un trasto que, como la piedra de Sísifo, nos condena de por vida a una pena larga y onerosa. Para suerte nuestra el monedero, sin embargo, con la desaparición de la calderilla y la irrupción del plástico, ha ido perdiendo peso en proporción inversa. ¡Qué alivio! Aún así, ese ladrillo que llevamos colgado puede ser aún peor si se pone a sonar. ¡Cómo habría blasfemado el sufrido Sísifo si aquella enorme piedra se le hubiera puesto a gritar a voz en cuello mientras la llevaba trabajosamente a cuestas! ¡Pero, vayamos al grano! Cuando una tarde de otoño mi móvil empezó a sonar inopinadamente, la voz al otro lado del cable (¿qué cable?) convirtió aquel “ladrillo normal” en lo que siempre había sido: un artefacto propio de un film de ciencia-ficción de serie B o un vestigio fantasmal de un relato de literatura fantástica. —Hola, soy Antonio Marín. —¡Ah, sí! Esperaba tu llamada. Pablo me ha avisado... —Pablo era nuestro común editor—. —Me gustaría que hicieras la portada de mi nuevo libro... —¿Un poemario? —¡No! ¡Qué va! Es una pirada de olla mía... No sé si sabré explicártela... Y lo que es peor: no sé si te apetecerá hacerla... Es un libro raro... No sé... Una cosa extraña sobre Leonard Cohen y Demis Roussos... —entonces sí, la llamada, pensé, se podía estar produciendo desde Marte—. —¡Perdón! No te he entendido bien. Leonard Cohen ¿y...? —Demis. Demis Roussos... El cantante de Aphrodite Child. —¡Ah, sí! Ya sé que has escrito cosas sobre Serrat y Coppini... —se me ocurrió de pronto para no alarmar a mi interlocutor y buscar una excusa verosímil—. Y que te mola la música, pero no sé si... No sé... No... No lo entiendo. —No pasa nada... ¡Disculpa! —se había alarmado, era evidente—. Si no lo ves, lo dejamos. Ya, ya sé que es una pirada mía. Ya te lo había dicho, pero... ¡Pablo me ha insistido en que te llamara, que eres un tío de puta madre! —¡Leonard y Demis! —me había quedado a cuadros, pero la voz de Antonio sonaba inflamada de emoción—. —Sé que es una locura. Si ya Pablo me había insinuado algo, pero... Sí, ya sé que es una chorrada, que suena raro, pero me lo he pasado tan bien escribiéndolo... El libro me gusta tanto... —se vino arriba de nuevo—. ¡Leonard y Demis! —suspiraba—. —¡Y a mí! —escupí con indisimulado entusiasmo—. —¿Qué? —¡Leonard y Demis! ¡Qué pasada! —¿Me estás tomando el pelo? —Había cambiado drásticamente el tono—. —¡Leonard y Demis! —Pero, ¿vas a hacer la portada o piensas que estoy flipando? —Pues... ¡No y sí! Digo ¡sí y no! O ¡sí y sí! —me estaba haciendo la picha un lío—. Que sí que voy a hacer la portada y que sí que estás flipando. —tragué saliva—. Claro que la voy a hacer y claro que estás flipando... Y yo también. ¡Mándame el libro a mi correo en seguida! —¡Ahora el que estás mal de la olla eres tú! Pero claro que te lo mando. Te lo envío ahora mismo en PDF. —La voz de Antonio se empezaba a atropellar—. Es que yo he imaginado un encuentro ficticio entre Leonard y Demis en la isla griega de Hydra. Ya sabes que Leonard se fue allí con su Olivetti para pasar una temporada y escribir poesía y se tropezó con Marianne, una belleza noruega de la que se enamoró como un crío. Y entonces decidió dedicarse a cantar. No es difícil especular con que Demis y él se encontraran en uno de los garitos donde se movían las celebrities de la época. La traca final del libro es la fiesta que les reúne a los dos con Mick Jagger, Sofía Loren, Henry Miller y Allen Ginsberg. Imagínate: Miller tratando de meterle mano a la maciza de la Loren y Ginsberg con un pedo de la hostia dando el coñazo a todo el mundo —Antonio aullaba como un gnomo perverso—. ¡Leonard y Marianne en un concierto de Demis! Sería fantástico. —¡Y sería fantástico dibujarlo! Porque, aparte de la portada, yo puedo hacer también las ilustraciones del libro —ahora el que se atropellaba al hablar era yo—. Ya estoy viendo la isla y la escena de la apoteosis final, con Demis tocando el buzuki. ¡Qué pasada, Antonio! ¿Cómo se te ha ocurrido esta historia? —nos echamos unas risas al mismo tiempo—.
—Pues estas cosas mías... Es mi homenaje particular a estos dos fenómenos y a toda esa época mágica que tanto me gusta. Ya sabes que Leonard lideró aquel proyecto de CBS que salió con el título de ‘Poetas en Nueva York’ con poemas de Lorca musicados. Ojalá hubieran incluido la voz de terciopelo de Demis —volvió a suspirar—. —La portada del disco era de Úrculo, ¿verdad? Era magnífica. —¡Justo! Era un disco acojonante para el que Leonard compuso el ‘Pequeño vals vienés’, que le costó un huevo escribirlo. Estaban también Paxti, Lluís Llach, Moustaki y Theodorakis, Víctor Manuel y Donovan... ¡Un lujo! —Sí, lo tengo. Y en vinilo, como dios manda. El tema de Leonard es uno de los mejores. ¡Qué gozada! Eso sí, si me meto en este proyecto —bromeaba, por supuesto—, me tienes que invitar a la presentación del libro en Cartagena. ¡Jajaja! —Antonio, como Pablo, son los dos de Cartagena—. —¡Dalo por hecho, amigo! Os venís Pablo y tú, que voy a montar un pifostio guapo. Lo organizo con Antonio Fidel y El Cachorro y toda la peña dando caña con un concierto después. ¡Lo vamos a pasar de puta madre! —¡Joder! El sueño de Antonio, y el mío también, se acabó haciendo realidad cuando delante de los micros del café-bar Mister Witt, Pablo Méndez, editor de Vitruvio, rompió el griterío del público cartagenero de la sala al soltar aquello de: —Buenas tardes a todos. Gracias por venir. Estamos aquí para presentar un libro muy raro titulado Leonard Cohen/Demis Roussos. Una isla en clave de Sol del poeta Antonio Marín Albalate. Es una pirada de olla de Antonio, pero bueno... —Antonio y yo nos miramos desde cada uno de los extremos de la mesa con una sonrisa de niños traviesos que han hecho pellas—. En ese preciso momento el móvil, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, al vibrar me recordó aquella hermosa conversación entre los dos, unos meses atrás, que acabó por sellar nuestra complicidad de extraterrestres para siempre. La misma complicidad que seguramente Leonard y Demis debieron sentir una noche fuera del Tiempo y del Espacio en una rutilante isla del mar Egeo, la luminosa isla de la apabullante imaginación de Antonio. En aquel oscuro rincón y en aquel instante eterno, ajeno a la voz de Pablo y con una botella de cerveza en la mano, sentí una profunda alegría al formar parte de ese “extraño” proyecto de Antonio Marín Albalate. Nunca se lo agradeceré bastante. —¡Leonard y Demis! ALBERTO MARTÍNEZ ROMERO. HISTORIAS HIPPIES DE UN VIEJO CABALLERO (Vitruvio, Madrid, 2018) por ANTONIO MARÍN ALBALATE De un tiempo a esta parte, cada vez más, el suelo patrio (regional y local incluidos, claro) se halla invadido por una legión de “poetas” que, sin pudor alguno, buscan su sitio en ese parnaso terrenal donde, afortunadamente, pocos serán los escogidos, porque, como ya se sabe, el tiempo acaba poniendo a cada uno en el lugar que le corresponde. Resulta abrumador y patético ver cómo salen a la luz sus mierdas, incluso en editoriales de esas de “prestigio”. Una moda, una nueva corriente de aire hediondo que se ha implantado en esta España nuestra, una literatura de usar y tirar que, como suele suceder, atrapa a lectores poco exigentes, y me refiero, sobre todo, a los más jóvenes. Menos mal que, afortunadamente, buena parte de esa juventud, la que se pelea a diario con el manido folio en blanco para dejar en él lo mejor de su verbo poético, no entra en ese juego y acude, en sus lecturas, a los poetas de toda la vida, o sea, los auténticos. Digo todo esto porque, al margen de esa basura emergente, hay poetas que lo serán siempre por el hecho de haber nacido con ese don. Conocidos o desconocidos, estarán siempre ahí, sin impostura alguna, mostrándonos su verdad desnuda. Alberto Martínez Romero es uno de ellos. Exiliado de sí mismo, en Totana, pueblo donde nació y vive, Alberto escribe porque le «gusta la melancolía de las afueras donde pasean su soledad perdedores silenciosos». Alberto moja su pluma en la herida y escribe porque mientras lo hace no piensa, bien sabe que la solución es no pensar (Solución no pensar, Sinmar, 1997), como titulara su primer libro de poemas. Escudándose en el teórico político y filósofo saboyano Joseph de Maistre cuando afirma que «todos los grandes espíritus tienden a la exageración», Alberto, en ‘Hamlet de saldo’, asegura: Cuando oigo La palabra amor O pienso en mi pasado, Me entran ganas De matar a alguien. Aunque sea a mí mismo. Alberto, con su poco de exageración, abierto en mitad de la herida, viene a ser ese río de bíblica sangre fluente por las venas de estas Historias hippies de un viejo caballero, libro de reciente publicación que oscila entre lo místico y lo carnal, donde prevalece por encima de todo la celebración de la vida, pese a que, como suele suceder, no siempre sea una senda de vino y rosas. Un libro desnudo de artificio, como el propio poeta, mostrándonos sin tapujos la emoción de cuanto ha vomitado su voz, siempre en lucha contra la migraña del tiempo, recordándole al dios del verso cómo fue su infancia y adolescencia, cómo su madurez en un pueblo de provincias que huele a muerto, Totana «es una ciudad enterrada junto a un cadáver y el cadáver soy yo mismo». Hay en estas Historias mucha ironía y mordacidad, mucho dolor y mucha inteligencia ante la puesta a punto del poema. Leamos lo que nos dice en ‘Alma y pasado’: Mi pasado es más oscuro Que el alma de un mafioso. Mi pasado es más negro Que una tortilla francesa Hecha con huevos podridos. Mi alma es un féretro cubierto De lágrimas. O en el poema que le sigue, ‘2013 (tras alejarme de Dios)’, donde reconoce los errores cometidos tras alejarse del Dios de su fe. De pronto mi vida Se convirtió en una gran farsa: Mentía más que un político. La verdad pasó a ser para mí La divisa excluyente. Con todo lo que eso conlleva… Para el corazón. Martínez Romero es un poeta lúcido, leído y cultivado por múltiples tendencias poéticas para, finalmente, reconocerse deudor en este libro de las voces de dos de mis grandes amados poetas: Leonard Cohen y Charles Bukowski. Poeta de consignas, ha dejado en estas Historias, tan rotundas como por ejemplo: «Dios no está de moda», «Hay que ser felices para vengar a los que sufren» o «El mal existe pero el futuro pertenece al amor». Aforismos que nos dejan una honda reflexión imposible de eludir. Un poeta, gracias a Dios, políticamente ‘agnóstico’, como titula un poema que se sitúa del lado de la utopía, o lo que viene a ser la imposible acracia, cuando afirma: Soy demasiado inteligente Para ser de izquierdas Y demasiado razonable Para ser de derechas. En estas Historias hippies de un viejo caballero late, no hay duda, el corazón de quien, tras mucho sufrimiento, termina reconciliándose con el viejo amor que viene a ser la alegría, mientras lee a Esquilo. Y al mismo tiempo, en muchos de sus poemas, muestra al mundo cuanto le debe a sus seres queridos, padre y madre, a quienes tanto ama. Como todo buen hijo, bien nacido, se siente orgulloso de ellos y, por tanto, lo expresa con la otra palabra, la que se dice en verso. Verso y prosa, de todo hay en este artefacto literario, poesía en resumen con la que Alberto forma un todo, una unidad de ser y estar en el mundo para, recreándolo a través de su mirada, devolvérnoslo un poco más limpio, lejos de la chusma, cerca de lo etéreo donde anidan las alas de los ángeles. Conocedor de todas las desdichas y de todos los temblores, se considera un ‘Místico descarriado’, como titula el poema que cierra el libro. Recordemos que su anterior poemario, publicado en 2010, al igual que este, en Vitruvio, se tituló Catecismo para espíritus descarriados. Pasen y lean estas Historias hippies de un viejo caballero, déjense llevar como hojas de otoño, caídas del árbol de la tormenta, por el viento suave de sus páginas. Yo ya lo hice y, afortunadamente, no salí indemne de su belleza brutal. Ahí dejo lo dicho. Disfruten. FAMOSOS SANTOS LOCOS
A la generación beat La carretera huía hacía las montañas Como un pajarillo asustado. La carretera huía hacia las montañas Como una mirada perdida. La carretera parecía tan extraña En aquel coche que robasteis. No estáis en Denver, No estáis es Los Ángeles Estáis en la carretera Entre almas sin rumbo. Vuestro destino reposa en el sonido de una vieja trompeta Que alguien toca en un café moderno y triste. Vuestro destino reposa en una trompeta zumbada. La primavera llegó como una canción distinta, Os pilló soñando nuevas patrias. Como los santos, vosotros siempre partís Hacia regiones remotas |
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