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JESÚS MONTOYA JUÁREZ. LOS SUEÑOS AÉREOS (La Fea Burguesía, Murcia, 2024) por ÁNGEL ROSAURO MORAGUES PER ASPERA AD ASTRA Decía Valle-Inclán, en una entrevista del ABC concedida a Gregorio Martínez Sierra en 1928, que hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, en pie o levantado en el aire. Y, lo cierto es que, en este caso, no hay mejor presentación para Los sueños aéreos que aquella que pondere el vértigo con el que el autor, Jesús Montoya Juárez, mira su propio descenso a los infiernos mediante la poesía. En efecto, Los sueños aéreos es un libro de poemas o, mejor dicho, el primer poemario que escribe Jesús Montoya (profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia) y que se suma a otras publicaciones de creación literaria como son sus cuentos (Historias de otros de 2006 y El tiempo real de 2020). Cuando el lector se adentra en sus páginas, lo que más cautiva su atención es la cuidada estructura con la que se construye el poemario. En este tipo de libros suele ser común encontrar una serie de poemas independientes entre sí y que acaben constituyendo una obra heterogénea y ciertamente deslavazada. No ocurre eso aquí. En esta ocasión, existe un hilo conductor bastante bien definido que guía al lector siguiendo el esquema tripartito con el que Dante construyó su Divina comedia, lo cual constituye la primera de las intertextualidades presentadas por el poeta. Además, también se sigue un equilibrio estructural en el que cada una de las tres partes está conformada por siete composiciones, lo cual denota la igualdad de atención e importancia que el escritor concede a cada sección. La primera parte (“Infierno”) destaca esencialmente por el esbozo de la ingravidez y la incertidumbre vital que siente el ser humano ante la nada (que el poeta lexicaliza con la repetición de un sintagma que repite, a modo de epifonema, esa idea de desprendimiento: «el espacio»). Evidentemente, la clave interpretativa para leer esas imágenes aéreas (como ocurre en el poema ‘Viaje a Marte’) es difícil de encontrar si se parte únicamente de la letra literaria. No obstante, es en el epílogo donde se explica que estos poemas fueron escritos durante un periodo de sufrimiento en el que el propio autor padeció el DCA (Daño Cerebral Adquirido) de su hijo. Esto, desde el punto de vista literario, también abre una puerta a la interpretación de estas composiciones líricas a través de una vertiente autobiográfica o autoficcional. Por otro lado, a la riqueza de imágenes se suma también el cuidado del ritmo poético a partir del empleo de frecuentes paralelismos sintáctico-semánticos a modo de autointerpelaciones condicionales que exploran el tema de la culpa («si algún síntoma previo lo hubiera delatado; si los quince minutos que demoraste en traerlo al hospital no hubieran existido»). Asimismo, tampoco se ha de olvidar que es un libro que escribe un profesor universitario de literatura, ya que el empleo de motivos y referencias de la tradición literaria es una constante que exige a un lector activo que reconozca una intertextualidad tanto explícita (alusión a las obras de Bécquer, Alejandra Pizarnik, César Vallejo o Machado, como sucede en el poema titulado ‘Whitman’) como implícita. Esta última se presentaría mediante poemas como ‘Los libros y la noche’, verso del ‘Poema de los dones’ de Borges, con el que se evocan las desafortunadas ironías de la vida. Este dialogismo textual también se mostraría con la alusión al mito de Sísifo o a través de la equiparación de los nueve círculos del infierno dantesco con los nueve componentes que recoge el poema ‘Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate’, verso de la Divina comedia que da la bienvenida a Dante y Virgilio a las puertas del infierno. De este modo, el escritor consigue que el lector, de forma casi inconsciente, empiece a interiorizar el desgarrón expresionista con el que el poeta dibuja el dolor por la enfermedad de un hijo. La segunda parte (“Purgatorio”) es especialmente reseñable por el manejo retórico formal y temático que demuestra el autor al conocer la tradición literaria e innovar a partir de ella. Esto se puede percibir gracias a la combinación de serventesios alejandrinos con los versos libres preponderantes en toda la obra. Igualmente, se presenta una voz poética con un estilo bastante variado cuando esta es capaz de intercalar una poesía de corte social (presente en la formulación de críticas contra la falta de recursos médicos en poemas como ‘La casa de los cerebros rotos’) con un lirismo de carácter onírico y surrealizante (con poderosas imágenes como la siguiente: «hay fantasmas dormidos que despiertan gritando y atraviesan la noche como corceles negros»).
Otro de los rasgos por los que este libro merece especial atención por parte de los lectores es la incorporación literaturizada de motivos de carácter popular. Esto sucede cuando, en composiciones como ‘La máquina de vending’, se incluye la constelación del capitalismo publicitario mediante los «phoskitos», «kit kats» o «ruffles», cuya levedad se contrapone a la verdadera lucha por la vida. Asimismo, también resalta el empleo de la función metalingüística en poemas como ‘Ut pictura poesis’ (que toma su título de una locución latina que fija el vínculo ecfrástico que existe entre la pintura y la poesía) al profundizar sobre la limitación referencial del lenguaje (i. e. inefabilidad lingüística que impide la verbalización del dolor humano). En esta segunda sección también es interesante el poema ‘Escrito está en mi mal vuestro gesto’, que dialoga de forma desautomatizadora con el ‘Soneto V’ de Garcilaso de la Vega («Escrito está en mi alma vuestro gesto...») y con el dolce stil novo para insuflar un hálito de esperanza ante el tedio vital que prevalece en el tono del yo poético. En la tercera parte (“Paradiso”), la perspectiva de los poemas empieza a cambiar y es el sentimiento de esperanza el que vira el rumbo de las composiciones. Del mismo modo, en poemas como ‘Devastación’ también estará presente un sentimiento de incredulidad por ir dejando atrás la enfermedad. De hecho, la voz poética comienza a adoptar una emoción más optimista y, a diferencia de lo que ocurría en ‘La máquina de vending’ (máquina expendedora de un hospital), ahora el uso de símbolos de la cultura popular («pokèmon», «McDonald’s»...), en poemas como ‘Definición de vuelo’, quedan cargados con una connotación semántica positiva. Además, otro de los alicientes que invitan a leer la obra es la capacidad que demuestra el autor, especialmente en ‘Elefante’, de crear escisiones comunicativas y pragmáticas del yo poético, ya que este se convierte, al mismo tiempo, en el emisor y el receptor del poema (también gracias al empleo gramatical de la segunda persona del singular). Todo ello transmite la sensación de que el poeta pretende construir un diario íntimo con el que literaturizar y plasmar una experiencia vital que despertó en él las emociones más intensas. Y, efectivamente, entre los rasgos más destacados de la obra, se encuentra la ilustración del ambiente de introspección creativa en el que el poeta escribió la obra (o, al menos, una parte de ella) con el empleo de un tono confesional. Esto se puede atisbar en poemas como ‘Juego de café’. Esta es, en conclusión, una obra realmente completa que, además de su conmovedor lirismo, técnicamente combina una gran cantidad de recursos como los que se han mencionado, los cuales, eso sí, van dirigidos a un lector activo. Sin embargo, quizá lo más reseñable del libro sea la habilidad para articularlo de una manera limpia y contundente a la vez. En este caso, uno de los mejores poemas, ‘La esperanza’, a pesar del sufrimiento paternofilial retratado, construye un canto vitalista que se erige como el verdadero poso del poemario. El verso con el que concluye este podría haber sido «militia est vita hominis super terram», pero no, ese no es el mensaje que quiere dejar el poeta. Él lo tiene muy claro: «milita para siempre en la esperanza», ese es su colofón.
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EMILIO GAVILANES. ANOTACIONES A LÁPIZ (Newcastle, Murcia, 2025) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Nos estamos acostumbrando a los verdaderos libros de bolsillo, los que de verdad caben en uno, que varias editoriales trabajan como seña de identidad. Llegan a casa pequeños volúmenes que están demostrando ser una manera muy efectiva que tienen las editoriales de responder a unos tiempos en los que el tiempo (valga la redundancia) parece comprimir la lectura a un tamaño menor, pero no a una menor calidad, sino a la búsqueda, en su concreción, de elevar a la categoría de pequeños tratados (a la manera de Pascal Quignard) lo que se publica. Siempre los ha habido, es cierto, pero desde hace unos años editoriales como MUGA, con sus estudios de la imagen, WunderKammer en su colección ‘Cahiers’, EOLAS en su maravillosa colección ‘De la belleza’, o la cercana La nube de piedra en la edición de poesía, han recurrrido a estos formatos por estética y estrategia editorial. Ensayo, poesía, cuento, miscelánea, literatura híbrida y aforismos. Todo cabe en el pequeño formato sin perder rigor ni importancia. Y hoy hablamos de un libro publicado por Newcastle Ediciones, que desde el principio optó por un diseño de colección marcadamente reconocible, de pequeño formato, con diseño y portada de Cristina Morano, y con un gran cuidado en la selección y edición de Javier Castro Florez. El tiempo disponible, o la necesidad de capturar un momento o el pensamiento, nos obliga a los artistas a llevar un cuaderno en un bolsillo, de nuevo el tamaño, donde escribimos o dibujamos rápidamente aquello que no queremos que se pierda. Porque se pierde. Anotaciones a lápiz es uno de estos libros que recoge, como su nombre indica, esas escrituras breves, o no tanto, que surgen en momentos diversos, sin necesidad de pertenencia a una narración o ensayo superior. Evidentemente escritas a mano y a lápiz, tienen la frescura de lo que se escribe en el momento, o de la carta escrita mientras se toma un café, y se les dota y nos transmiten una sinceridad y honestidad que nos llevan a conocer al autor. Porque lo que se reúne en el libro de Emilio Gavilanes nos lleva a lo personal. Las anotaciones son distintas de la autobiografía por más que respondan a presupuestos similares, sobre todo las que recurren a la memoria y los recuerdos del autor, que, como todos, pervive en él como mecanismo de presente y futuro. Pero la instantaneidad que da la propia forma de trabajo, de inmediatez sincera, hace que entremos en una conversación con el autor, cara a cara, y en una conversación en la que caben las discrepancias y las puntualizaciones; pero esa es la historia del lector. Habla Emilio Gavilanes de que la principal virtud de los libros es crear un clima: «Lo principal, me parece, es que el libro cree un clima en el que nos sentimos a gusto, y ese clima puede ser estético, intelectual, poético, humorístico, religioso, emocional, nostálgico... el clima es algo parecido al tono. El tono es más importante que el estilo. Se puede escribir con estilos muy diferentes en un mismo tono. Y es el tono el que nos hace digeribles los estilos». Esto que defiende es evidente que lo pone en práctica en sus Anotaciones, es, de hecho, lo que da consistencia a un proceso de captura y registro de lo efímero, conseguir de manera natural aunar en una misma calidad literaria y en un mismo tono textos de muy variada intencionalidad que él mismo se ha ocupado de citar. Se usa el término fragmento para definir estos textos de extensión variable que en principio no nacen como pertenecientes a una narración superior, y creo que él mismo lo defiende como el más adaptado a los tiempos y al funcionamiento de nuestra mente. No creo que los buenos lectores precisen adaptar su tiempo de lectura a los designios de la actualidad, podría incluso ser al revés, pero si es cierto que, como escritor, Emilio Gavilanes forma parte de los autores que conciben su literatura como una constante observación del mundo, «una especie de mirador desde el que observar el mundo exterior y un mundo interior en el que cualquiera se puede reconocer», como se dice en la contraportada. Es una constante en la actividad del escritor el dejar constancia de lecturas, recuerdos, observaciones, reflexiones, que corresponden a la vida diaria y a un mundo interior más elevado, y son, por lo tanto, fragmentos de un continuum literario, que podrán ser recogidos o no (en este caso sí), pero pertenecen a esa obra artístico-literaria global. La estructura del libro es una pura sucesión de textos, tanto da si son en sucesión cronológica o se ha trabajado el orden para la edición, pero no hay títulos ni capítulos temáticos. Los fragmentos aparecen como pueden haber surgido en los cuadernos donde se escribe con ese lápiz que siempre presenta un cierto carácter provisional; hasta hoy, que ya han sido fijados en este libro. Pero seguir usando el lápiz incluso en la portada sigue manteniendo la posibilidad de que las conclusiones no lo sean, de que se pueda cambiar, borrar o corregir y ampliar. Señala la persistencia en la razón primera de su registro y su publicación y en la continuidad de la tarea. Muchos temas distintos muestran el interés del autor, y no se trata en esta reseña de hacer un registro concienzudo de ellos; están los recuerdos autobiográficos, las lecturas y referencias críticas, la reflexiones filosóficas y sociales, los relatos recogidos de la historia y la literatura. Y es que, como él mismo dice: «Cuando oímos una buena historia estamos deseando contarla nosotros. No nos importa plagiarla... Somos animales miméticos». Es Emilio Gavilanes un gran contador de historias, tiene una capacidad literaria de alto nivel, un lenguaje preciso para la finalidad que persigue, sin desvaríos ni excesos innecesarios. Lo mejor que se puede decir de un escritor es que sus recursos literarios no te invadan la lectura, que la voz no se entrometa, y eso es evidente en este libro. También es notable su capacidad de condensación para lanzar ideas que obligan a la reflexión del lector. Citaré una de las más breves: «Lo mejor de muchos museos es lo que se ve desde las ventanas». Toda la carga crítica reunida en una sola frase, que reúne tanto la duda sobre la necesidad de algunos museos, sin especificar cuáles, de la propia idea de museo, de la calidad de lo ahí reunido o de su importancia, que habla del arte y la belleza, y de si la observación directa es más importante en algunos momentos que las obras humanas o sus restos. Una sola frase que puede provocar horas de discusión.
Otra parecida es: «Uno es más consciente de la vida en el dolor que en la felicidad. Como está más vivo es sufriendo». De nuevo el choque con lo que parece establecido, con las ideas socialmente preconcebidas. No se trata de estar de acuerdo o no, sino de tener el lápiz a mano para anotar. El amor a la lectura es notorio, algo común a todos los escritores, «leer es una forma de escribir», y Gavilanes anota gran cantidad de lecturas y autores, leídos, citados, comentados, e incluso criticados. Como dice él, un lector lleva a cabo la opción activa de elegir un libro y desechar otros, de leer contra determinados libros. De la misma manera que uno elige como acto voluntario la lectura, la elección de un paisaje o de un momento concreto como cercanos o pura belleza es también una elección activa y voluntaria. El lector y el escritor están unidos en todo el libro. La observación atenta de la realidad nos lleva al impacto de lo cotidiano, eso que de tan habitual nunca le hace perder su capacidad de asombro, y que necesitará dejar escrito como forma de iluminar su mundo. Y es que Gavilanes sabe muy bien del poder de la palabra, del mito y del poder de dar nombres para crear mundo, y de la poesía, como demuestran sus libros de haikus. Sí quiero, para terminar, citar un tema recurrente que aparece en el libro que me llama especialmente la atención, no es extraño que aparezca una y otra vez como una reflexión filosófica sobre la propia vida, y es el concepto de tiempo y cómo nos adaptamos a su transcurso. No es sólo el tiempo cronológico, del que duda, ése que «se comporta de manera astuta, y... finge avanzar de manera uniforme», sino cómo sentimos ese tiempo, desde la percepción del pasado y cómo lo alteramos, lo asumimos para formar nuestro presente, algo que hará notar en sus relatos más autobiográficos, sino también la idea del tiempo como noción biológica, individual, hasta la toma de conciencia de que... «El presente es eterno, está fijo. Y eso no lo desmiente el paso del tiempo. El hecho de que las cosas desaparezcan, se desvanezcan en la nada, ahora lo veo como algo sublime. Es la mayor magia que puede existir. Pero es que además las cosas mientras son, son para siempre. El ser no tiene tratos con el tiempo». Emilio Gavilanes es un autor de gran recorrido y numerosa obra publicada y acostumbrado a trabajar en ese género que se haya en los límites entre el cuento, el microrrelato, la poesía, la novela. Con varios premios en su haber, incluido el XII Premio Setenil, Anotaciones a lápiz es una buena muestra de su buen hacer y una magnífica oportunidad de entrar en su mundo, gracias a Newcastle. PURIFICACIÓN GIL. TRASPASAR EL SILENCIO (MurciaLibro, Murcia, 2025) por ANA CÁRCELES ALEMÁN Traspasar el silencio... ¿Qué hay tras el silencio? La soledad, la reflexión, la introspección; un espacio de reflexión y búsqueda. Tras el silencio está la escritura, el poema. Como significativo indicio, los cincuenta y cuatro poemas de esta cuidada edición, con portada de Carmen Molina Cantabella, van precedidos de citas de Eloy Sánchez Rosillo: «Para hallar y ordenar unas pocas palabras / que con su propia música una emoción expresen, / hice de mi vivir una extraña aventura / de búsqueda perpetua y tantas soledades»; de Francisco Brines: «Aquí, en este lugar, supo mi infancia, / que era eterna la vida, y el engaño / da a mis ojos amor»; y de Clara Janés: «Silencio y línea, y el aire aportará significado». Las tres citas orientan al lector. La vida y la escritura. Soledad y silencio. La infancia, siempre. Misterio, sutileza, verdad. Hemos de pensar entonces que Purificación Gil nos hace esta propuesta en Traspasar el silencio. La poesía como compañera del vivir, y la sinceridad de las emociones como herramienta para llegar al poema. La trama que enlaza los poemas es el tiempo --cronos y kairós—, son los días en sucesión y el disfrute de un presente que va libando en momentos recobrados de otro tiempo de placeres, juventud, deseos, dudas o confianza... El presente es la atalaya de la voz poética y también ofrece al sujeto lírico breves instantes de gozo y deseos a menudo unidos a la frustración, la añoranza y la soledad... Sobre todo, el presente le recuerda el privilegio de experimentar la vida irrepetible, la savia del instante y su luz, una luz poderosa y mediterránea que despierta anhelos y ahuyenta toda monotonía. Los títulos de los poemas son muy significativos. El poemario se abre con el poema ‘Alivio’: «Sabes con certeza que estos momentos / de luz y dicha pasarán. / Es abril y miras entretenida / los árboles y las rosas. / Cuánto alivio bajo el arce. // Sabes que todo se irá. / Nada temes. / La primavera te muestra el secreto de la vida. / Y quieres guardar aquí cuanto resucitar pretendes». Este último verso, «Y quieres guardar aquí cuanto resucitar pretendes», nos permite deducir el aire elegíaco del poemario propio de la reflexión, de la mirada al entorno, de la lección cíclica de la naturaleza, de la memoria persistente, de las pérdidas y el dolor, de los deseos incumplidos y aún urgentes... Estos versos del poema ‘Edades’ nos dan cuenta del desaliento del diario vivir: «[...] / En ocasiones me rindo / y caigo a los pies de la vida. / La eternidad se parece un poco a este verso, / a este canto que llora, como en todas las batallas. / [...] / Los días consisten en unir espíritu y vida, / pero no todas las horas son receptivas para cobijar tal deseo». Sus poemas inciden en la vida cotidiana y sus rutinas. Las inquietudes íntimas se anudan a las circunstancias del vivir y a la dolorosa constatación de la soledad, la caducidad y la muerte; sin embargo, también encontraremos el contraste del consuelo y la alegría, el valor del instante, la gracia de la rememoración y la serena contemplación de la naturaleza, imagen de renovación y trascendencia. Ya en A la luz del agua apreciamos esta temática. En este contexto, la tierra natal se convierte en sustrato lírico de la poeta, no por ser el tema, sino por conformar su mundo interior, su sensibilidad. Hemos de decir que la poesía de Purificación Gil se revela poema a poema, ofreciendo consistencia y sentido de unidad, como nutrida planta bien enraizada que se eleva y crece con el aire y la luz de su entorno. Con sencillez, la lectura de Traspasar el silencio nos conduce a poetas que se inspiran en la naturaleza —sencilla y conocida o abundosa y sobrecogedora— interiorizada como compañera lírica, como atmósfera. Recordamos poetas para los que la tierra, el mar, la luz, los árboles y los frutos, las llanuras o las sierras son el fondo necesario donde suceden los momentos de reconocimiento, de introspección, de emoción... Nos vienen de inmediato clásicos y modernos en un amplísimo recorrido temporal. Y me gustaría recordar las voces líricas de Rosalía de Castro, Gabriela Mistral, Carmen Conde; recordar a María Cegarra, Josefina Soria, María Teresa Cervantes, Dionisia García..., poetas tan cercanas para quienes la naturaleza es savia nutricia, hogar, refugio, espejo y maestra. Así le ocurre a Purificación Gil. Traspasar el silencio no es un poemario bucólico o eglógico, aunque por momentos lo sea; es un poemario intimista, lírico y sensitivo donde la realidad —identificada con el momento, el lugar, la circunstancia vivida y el recuerdo— se percibe siempre a través del filtro de las emociones. Los elementos de la naturaleza no son protagonistas, aunque aportan valores sinestésicos y simbólicos al poema; serán, sin duda, un código de comunicación con los lectores, darán color al lenguaje propio de la voz poética formando imágenes de significado hondo, espiritual. Y en este sentido, resulta interesante su modo de mirar. La mirada y la luz son los sustantivos más repetidos en el poemario y es una de las claves que subrayan su actitud sensitiva y lírica. Sus imágenes resultan sencillas, casi espontáneas y la naturaleza —fondo o correlato objetivo de los poemas— aporta su belleza genuina, cercana, familiar, belleza al alcance de su mano. Sin embargo, las metáforas, metonimias, personificaciones, elipsis..., se suceden sin enmascarar el sentido último del poema. El poema ‘Mirar es el encargo’, con cita de Dionisia García («Mirar es el encargo, y nuestra vida, breve») apoya esta idea: «Si todo se quema bajo este sol de julio, / y este conceder a la mañana la palabra. // Si estos días dejan oropeles como señales, / no puedo hacer nada; / solo plantarme ante la Naturaleza, / como me planto ante el espejo, / ambos me hablan del paso del tiempo. // Ando más cansada, / dejo fluir el agua entre mis dedos... / Horas de entrega al placer de la vida. / Mirar es el encargo». El poema ‘Despensa para el invierno’, con cita sugerente de Ginés Aniorte, expresa bien esta conjunción de tiempo, afectos, recuerdos y naturaleza: «Cómo podemos decir que los días son nuestros... / No son las estaciones, la carne, ni los abrazos; / tampoco las miradas. // Mientras giran las horas de julio con su claro azul, / mientras las rosas se tuestan bajo este sol; / mientras las tardes se deshacen y se alargan con pasos rutinarios, / aspiro a retener instantes, voces, palabras, gestos... / con los que combatir las jornadas venideras de frío. // Cuanto vivo, llevo. / Cuanto dejo, olvido». El tiempo es fundamento de Traspasar el silencio. No será el tiempo temible que conduce a la vejez y a la muerte; será el tiempo causante del olvido, la nostalgia y la pérdida. También será el instante y su gozo. Para el yo poético la emoción del tiempo no requiere tanta distinción, antes bien prefiere la amalgama compleja del tiempo íntimo y vivido; así nostalgia, sueños incumplidos, pérdidas y memoria se entretejen con la atención al instante presente, como en ‘Danza del tiempo’: «Confieso haber perdido el tiempo. / Entretenida buscando ese otro tiempo... / Hoy es miércoles; este cielo / junto a algunos trastos innecesarios / que acostumbro a tener cerca / dictan que regrese al festín de días incendiados. / [...] // Mientras contemplo esta luz, / juego con la quietud de aquel paisaje, / donde todo podía haber sido, / cuando todo pudo ser más fácil, / donde la ternura de la piel se rendía al silencio. // Así, a esa desnudez primera, / que convertimos en eternidad junto al mar nuestro, / voy en esta tarde de miércoles, y única. / Como únicos y fugaces fueron aquellos azules. / Hoy retengo momentos, / entre tanto se visten de lila algunas calles de la ciudad, / la voz de Joan Manuel sigue girando, / y sigiloso el sol se retira». ‘Anillo de Atlante’ es un poema significativo donde la rutina cotidiana se une a motivos de inquietud y acaba por ofrecernos la conjunción anímica entre el entorno natural y el espíritu de la poeta: el sentimiento consolador que los renacentistas hallaron en la naturaleza y los románticos en el paisaje. Son las nubes, tan simbólicas, las que le ayudan a dispersar la íntima inquietud del presente y las circunstancias de una realidad potenciada en ese anillo y en el café cotidiano, cuando el amanecer muestra luces tenues: «En los primeros días de primavera / las ventanas son órdenes; / y con sigilo mira quien se asoma, / con la taza que aguarda. / Mientras tanto, descubre claridades. // Observa que el café se ha derramado, / y trata de limpiar el anillo de Atlante que la protege, / desde el dedo anular. // Terminado el afán, la mirada se dirige a las nubes, / y se dispersa como ellas, / con la serenidad de haber llegado.
En Traspasar el silencio, algunos poemas son más extensos y desarrollan una anécdota sutil; otros son sólo el chispazo emocional de un momento. Color, luz y oscuridad —fundamentalmente— se combinan para aportar sensaciones visuales y cierto halo romántico a poemas como ‘Desasosiego’: [...] «Oculto anda el desasosiego / en el umbral de esta noche; / la misma que rodea el paisaje, que ya no deja ver». O como ‘Dadme la noche’: «Qué ha quedado en las cenizas, / tras la ceremonia. [...] Para qué tantos sueños. / Para qué tanta noche». O como ‘Nocturno en Budapest’. Otras veces el contraste levemente sugerido crea la emoción lírica: «Este día en la ciudad se salva por la luz que amanece / y el recuerdo que guardo de ayer bajo la celinda. / Sus ramas más altas rozaron mis cabellos; / hoy hacen que merezca la pena caminar sobre el asfalto». (‘Suficiente’). También la escritura del poema está unida a los conceptos y motivos de la temporalidad. Las metáforas de ‘Apenas nada’ nos hablan de esa correspondencia entre vida y poesía: «En las manos sostengo los días ya pasados. / Son más frías las horas / y la luz no se detiene. // Mi vida pliego en los astros, / sin ser yo, ni nadie; / apenas nada. / Mas cómo dejar de lado todo el tiempo. / ¿Ya no es mío? / ¿A quién pertenece? / La ceguera presente me conduce al fondo del poema». Esta misma idea agrupa los poemas que evocan y homenajean a poetas: ‘Estos días azules’, ‘En casa de Miguel Hernández’, ‘San Nicolás 13’, ‘Mirar es el encargo’, ‘La música de unos versos’ o la cita final de José Luis Martínez Valero. Los motivos y subtemas son muy variados en Traspasar el silencio, y el resultado es muy rico, así en ‘Todo luz’ naturaleza y tiempo, mar y sueños se cruzan en juegos metafóricos, en ‘Boceto para una tarde de mayo’, interesa la perspectiva parcial de la voz poética y los efectos cinematográficos, en ‘Ruido de ciudad’ encontramos el poema urbano con nostalgia de la huerta idílica, su silencio, su delicado despertar con sonidos de agua y pájaros..., en ‘Jugar con el tiempo’ se logra el bucolismo sobre la anécdota del atraso de la hora y el oscurecimiento de la tarde. En el poema ‘Octubre, y ya no estás’, encontramos el ritmo logrado a partir del léxico pues los sustantivos que marcan tiempo y luz imponen un mundo de sensaciones: rosales, primavera, octubre, tarde, noche, casa; y los adjetivos encendidos, oscura, apagada, fría, extraña, con el resultado de canto elegíaco. También aparece la trascendencia y la duda en ‘Dímelo con palabras’: [...] «¿Y de nosotros? / Qué sabemos aun viendo. ¿Qué sabemos del pájaro y su vuelo? / ¿De la luz que ilumina nuestros ojos? / Las palabras ayudan, / abracemos con paz este misterio». Traspasar el silencio está escrito en versos libres. La lectura en voz alta resulta armoniosa y serena; los versos libres encuentran su armonía en la selección del léxico, en las isotopías del tiempo, la naturaleza, el silencio y la soledad, en la eufonía de las palabras, en la mesura de las imágenes, en la sintaxis clara y ordenada, en el ritmo de pausas y acentos. Observamos que los poemas se acortan y adensan según avanzamos en la lectura. Lo anecdótico se diluye, se lamina la sutil narración y queda solo la sensación última y su emoción, y junto a la emoción, el conocimiento preciso y fundamental, es decir, lo vivido y su huella en la memoria. Así, el último poema de tres versos, ‘Epílogo’, se asemeja a las sentencias que recogen el poso de un proceso de conocimiento interior, verdadera sustancia de Traspasar el silencio: «Hay noches oscuras en las que el alma está sola. / además, es dueña de dicha soledad. / Me fío de ella y espero...». Purificación Gil se muestra dueña de un lenguaje personal, dúctil y cuidado, capaz de sugerir formas más íntimas y sensitivas de abordar la realidad y la memoria del tiempo, esto es, la vida misma. Serenidad, gratitud y delicadeza están muy presentes formalmente en Traspasar el silencio. Este segundo poemario nos muestra una poeta segura, con un mundo lírico personal. Traspasar el silencio no parece un segundo libro sino la consolidación de una voz lírica interesante, con una trayectoria ya afirmada y por continuar, esto nos permite esperar de la poeta obras futuras en la que podrá mantener los rasgos diferenciadores que la identifican. NATXO VIDAL. PROYECTO ÍTACA (La Fea Burguesía, Murcia, 2024) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Un título como el que nos encontramos en la portada de la primera novela de Natxo Vidal, poeta con ocho libros publicados y uno de relatos, nos puede avisar de dos cosas: la primera es que estamos ante una historia que se relaciona, aunque sea figuradamente, con los relatos homéricos o con la también ya clásica idea cavafiana del viaje; y segundo y evidente, la figura de Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta novohispana del barroco y su posible último poema. Ambas cosas y el autor, conocido poeta, no nos despegan mucho de la poesía, aunque podríamos pensar en algún tratado más cercano a la investigación académica, así que el mismo autor lo explica: Proyecto Ítaca es una novela de aventuras en la que, eso sí, el cofre del tesoro no contiene monedas, copas ni medallas de oro, sino un poema desaparecido hace más de trescientos años. Puede que el mejor poema jamás escrito en lengua castellana, robado a sor Juana Inés de la Cruz en su lecho de muerte y traído a España a escondidas, donde, con la connivencia de unos y de otros, ha permanecido oculto desde entonces. La suposición de la existencia de un último poema de Sor Juana, la posibilidad de haber encontrado la documentación necesaria para su hallazgo posible pero remoto, convierte a los dos protagonistas principales en una especie de enfermos literarios y obsesivos perseguidores de la Belleza condensada en un solo poema de una monja del XVII. Es eso y no solo eso. En la novela, además de acción, disparate, humor e ironía, se esconden ideas muy importantes alrededor de la literatura y sus personajes. Hablamos de obsesiones, y las dos principales son la dedicación a la literatura y la Belleza, en mayúscula. El personaje de Rodrigo Argento es el que abre el libro y es un personaje que se construye en torno a su eterna obsesión literaria que se viene desarrollando en todas sus actividades desde la investigación y la crítica. Que sea mexicano, profesor de una asignatura de intertextualidad en la Universidad Autónoma de Nuevo León en Monterrey, está muy pensado: la asignatura y el lugar serán necesarios para el libro. Profesor muy peculiar, muy bien dibujado en la novela incluso con una particular forma de hablar cercana a la tartamudez expresada con puntos suspensivos y repeticiones, que lo que señala en realidad es un pensamiento más rápido de lo que su boca puede expresar, excéntrico y muy dotado para el enfrentamiento público y la crítica de los asuntos del mundo de las letras, con duras referencias a Vargas Llosa, Isabel Allende, o citando a Octavio Paz y muchos más. Es un ser literario, una persona que vive de la literatura y de la búsqueda de la Belleza (como Azorín, que va a aparecer ya en la primera frase, o Sor Juana Inés de la Cruz, monja por su amor a la literatura), preocupado por la dictadura del lenguaje, que arrebatado por sus hallazgos, obcecado en la lejana posibilidad de hallar el mayor tesoro literario de todos los tiempos embarca al segundo protagonista, Jacobo Montes, sin darle opción a otra cosa que no sea seguirle casi obligatoriamente. Para pasar a la novela después de sus ocho poemarios, Natxo Vidal recurre a una minuciosa documentación y ambientación y a un trabajo diario de mucha constancia que le permite la fluidez y continuidad necesarias. En la novela hay un narrador en primera persona, que es Jacobo Montes, un personaje distinto, profesor de conservatorio «gris y anodino», que tiene características que lo acercan al propio Natxo Vidal, también profesor de conservatorio, con mujer y dos hijas, también nacido en Monóvar, donde vive, relacionado con Cartagena y Murcia..., en fin, rasgos que unidos a la primera persona de la narración, nos harían pensar en una suerte de autoficción, al menos un trasunto del autor, si no fuera porque los que lo conocemos vemos rápidamente que él no es así, que más parece el recurso a un territorio conocido, y bien conocido, por Natxo Vidal. A Jacobo le va a sacar de su vida monótona una llamada desde México («Rodrigo me saca de mi vida») y él se va a dejar arrastrar durante unos días acelerados en todos los sentidos, vertiginosos. Mucho tiene que ver Azorín desde la primera hasta la última página, el pinche Azorín («Ahí no más nos vamos a la simple verga por las pendejadas de Azorín»). Mucho tiene que ver y no mucho se puede decir por cuidar el misterio de la búsqueda, pero sí merece la pena dedicar un tiempo a una figura grande de las letras españolas al que todos hemos conocido en nuestra vida de varias formas, creo que las mismas que recoge Natxo en Jacobo: La primera, y utilizando palabras del libro, «Azorín es un rollo». Es así y ha sido así cuando nos hicieron leerlo de adolescentes con textos en los que apenas pasaba nada, casi ni el tiempo, aunque esa manera de hablar del paso del tiempo me lo señalaran a mí como virtud. La segunda: «En Monóvar casi nadie sabe nada de él». Es el caso habitual de los autores que nacieron en una ciudad o pueblo pero apenas vivieron en ella. La donación de su biblioteca a Monóvar y la creación de la casa-museo y su gestión no han garantizado el conocimiento de su obra ni generado tanto amor por su figura. Reconozcamos que mejora, y el impresionante valor de su biblioteca de más de 14.000 volúmenes, su correspondencia y otros documentos, de un valor inmenso. No sólo eso: la visión de ese piso de la casa que alberga la biblioteca causa una impresión física a los que hemos estado que explica muy bien Natxo Vidal en la reacción de Jacobo Montes primero y Rodrigo después (—La Belleza —ha dicho finalmente— se manifiesta... en fin... de muchas maneras... una biblioteca como esta... sin duda... es una de ellas...”) y que nos lleva a recordar a Borges, a Eco, o a Alejandría. Ahí estará y está el Volumen II de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz, que tanto tiene que ver en la historia, por poner un ejemplo de obras muy valiosas, además de una excelente colección de obras de literatura francesa y en francés. La tercera: Azorín es un militante de la Belleza. Azorín trabajó en todos los géneros menos en la poesía. Pero supo llenar de poesía y de belleza lo que escribía, al menos es la visión de Jacobo: A base de impresiones, en las que lo particular prevalece sobre lo general, de libritos pequeños, de miles de artículos y cartas, Azorín había llegado a desarrollar un lenguaje impresionantemente poético sin escribir, apenas, un solo poema. Se dedica mucho a la biografía e ideas de Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), algo necesario para dar valor a la búsqueda de su último poema. La décima musa, hija ilegítima de criolla y español, una mente prodigiosa y valorada en la corte y en los ambientes de alta cultura, es de una importancia tal en la poesía del barroco que era conocida no solo en México, sino también en España. En vida se publicaron sus obras completas en dos volúmenes, revisadas por ella, y fue de influencia decisiva en la literatura española coetánea y posterior. Pero para desarrollar sus conocimientos y dedicarse a escribir se quiso alejar de la corte virreinal en la que ya era dama de la virreina y decidió ingresar en un convento para huir del matrimonio y de todo aquello que le apartara de su obsesión, la escritura y la literatura. Y seleccionó cuál de las órdenes religiosas le permitiría más tiempo para su estudio personal y una vida más relajada y libre. No fue nada excepcional que un gran número de mujeres ingresaran en conventos con poca devoción, por escribir, huir de los hombres... En la Antología de poetas españolas de la editorial Alba, en el espacio dedicado a los siglos XVI y XVII, entre Santa Teresa y Sor Juana, se citan a 29 poetas, de ellas diecisiete fueron monjas, una vivió soltera toda su vida, una vivía con otra mujer, de cinco no se sabe apenas nada, solo algún poema y solo cinco son de la corte, de familia de alta sociedad y que pudieron escribir. De las monjas escritoras, no eran todas el caso místico de Teresa de Jesús. La propia Sor Juana escribía por encargo poemas de todo tipo, didácticos, religiosos e incluso amorosos, y se conoce que ganó mucho dinero con su poesía. La poesía de Sor Juana es de alto nivel y novedad, basta leer Primero sueño, según ella el único poema que escribió sólo para sí, y abarcaba todos los temas, llegando a discusiones sobre la capacidad y el derecho de la mujer a opinar y escribir. Fue precisamente eso y los problemas que le ocasionó (está todo en la novela) lo que le llevó a decidir dejar la escritura. Pero ser enferma de la belleza tiene eso y durante años de silencio pudo escribir en su cabeza, es el argumento de la novela, el poema más bello en lengua castellana, y que recitó en su lecho de muerte. Partiendo de Kavafis y su Viaje a Ítaca que da título al libro, me he acordado, cómo no, de La Odisea y de su narración por partes basada en un viaje y los largos períodos en islas. La novela me recuerda esa idea de islas separadas, que alguien, el narrador y el autor, van recorriendo mientras unen los relatos. Así que sin contar nada ahora que desvele la trama, se van desarrollando las vidas y obra y obsesiones, sobre todo de los cuatro protagonistas, dos que son verdaderos protagonistas en la ficción y dos históricos de la literatura, y se desarrolla a caballo (principalmente) entre Monóvar, Murcia, Madrid, Monterrey y Ciudad de México. Es así como se habla de Rodrigo Argento, de Azorín y su biblioteca, de Sor Juana Inés de la Cruz en tres intervalos, de Jacobo, su familia y un conjunto de secundarios deliciosos que introducen todo el estupor que en ocasiones nos causa el relato, y de otras referencias literarias, poéticas, cinematográficas (pobre Nicolas Cage) y hasta del mundo de la canción y del fútbol. Natxo Vidal no deja de ser él mismo como autor, el que conocíamos como poeta, y consigue llevarnos por la narración con soltura, sin que su voz aparezca entrometida, siempre un logro. Y se consigue porque es fácil verse arrastrado por la información de los protagonistas, el humor de algunos acontecimientos y la posible solución del enigma, tensión que no deja caer. Ha conseguido diferenciar a los personajes en su forma de hablar y que responda ésta a su forma de ser, hacer hablar a Rodrigo como un mexicano sobrepasado por sus conocimientos, a Jacobo como el profesor gris y dubitativo pero rápidamente interesado y confiado en su amigo de años, ensalzar a Sor Juana y dar una idea compleja de Azorín y un paraguas rojo, sin dejar de lado la importancia de los secundarios.
Desde el principio hasta el final, el tema es la búsqueda de la Belleza, ese concepto evasivo, trastocado, manipulado socialmente, y la amistad, la amistad que hace a unos amigos implicarse en algo a priori difícilmente realizable, pero que los arrastra por situaciones disparatadas, cómicas, irónicas y obsesivas: la búsqueda se convierte en «un canto a la Belleza en sus múltiples formas». Y la sensación de «eternidad presente» de Azorín: «Junto a nosotros presentimos como presentes el pasado y lo futuro», «una eternidad en la que todos, los de antes y los de ahora... estamos a la par». JOSÉ BOCANEGRA. ZIHUATANEJO (La Marca Negra, Murcia, 2022) por FRAN BÉJAR ZIHUATANEJO Y LAS PERSONAS DEL VERBO Existe una forma de leer novelas particularmente empobrecedora: la indagación biográfica. ¿Está inspirada esta novela en la vida del autor?, pregunta siempre el cotilla que todos llevamos dentro. Pero si alguien ha decidido escribir una novela, y no una autobiografía, es precisamente para escapar del cotilleo, es decir, de todo lo anecdótico que puede haber en un relato para quedarse con lo esencial.
El arte no es una representación de la realidad. Una novela no se escribe para reproducir la realidad. Para eso ¡ya está la realidad, ante la que cualquier reflejo palidece! ¿Qué sentido tendría? Una novela es un artefacto que se escribe para ver más y mejor. No es un espejo sino una lente. Dicho todo eso, podría parecer que las novelas de Pepe Bocanegra parecen escritas para socavar este principio fundamental de la estética. Él mismo en la solapa de Vacas sostiene que: «su literatura surge de la observación y la escucha, por lo que a menudo se define como un simple descriptor o transcriptor». En efecto, la prosa de Bocanegra se instala en esa tradición literaria que se propone la tarea de describir las cosas de forma clara y directa. Busca el lenguaje más transparente posible. Pero lo hace no para convertirse en un fiel reflejo de la realidad sino, muy al contrario, para pulir al máximo su lente. Un lenguaje lo más afinado posible que busca hacernos ver lo que antes de su lectura no se veía. En Zihuatanejo, además, Bocanegra pone en juego ese afinado uso del lenguaje al servicio de un sugestivo recurso formal; la narración usa indistintamente la primera, la segunda y la tercera persona. Sobre ese baile entre las personas del verbo, la narración ya no se limita a describir experiencias exteriores, como hacía en su primera novela (Corralejo, 2015), ni interiores, como en su segunda novela (Vacas, 2020). Aquí Bocanegra da un paso más; incluye al lector en la lógica de un nosotros, y nos ofrece el tratamiento de unos personajes mucho más complejos, más comprehensivos, más generosos y llenos de matices y aristas. Como toda propuesta estética, Zihuatanejo es también una propuesta ética. El baile entre las personas del verbo nos sugiere en cada frase que el yo necesita siempre tomar distancia autorreflexiva respecto a sí mismo, con un él; nos susurra al oído que debe completarse con el otro, en este caso con la otra, con un tú; y nos muestra así cómo la única forma de vivir realmente algo es integrar la experiencia de los demás en un nosotros. Por eso creo que Zihuatanejo es una novela de amor. No una novela de amor romántico, que no lo es en absoluto. Es una novela de amor a las relaciones de pareja, con lo jodidas que pueden llegar a ser. Es una novela de amor a los demás, con todo lo que nos dan y lo que nos quitan. Es una novela de amor a la vida, con lo extraña y maravillosa e imposible que a menudo resulta. Zihuatanejo es, en definitiva, una novela de amor fati. Así reseñada, la última novela de José Bocanegra puede parecer un experimento literario denso e impenetrable. Nada más lejos de la realidad. Si Zihuatanejo es una buena novela es, entre otras cosas, porque hace todo eso sin que se vea. El relato fluye como el agua transparente de un río que nos permite ver el fondo, las páginas vuelan, la acción conmueve y los personajes acaban formando al final de la narración parte de tu propio paisaje sentimental. Verbigracia: En un momento de la novela, el protagonista está haciendo surf, y nos dice: «Cómo se podría explicar con palabras la sensación que se experimenta cuando el océano te levanta por encima de la superficie sin ninguna delicadeza, con potencia, espuma y ruido, y de repente te mueves con él y durante unos segundos que se expanden hacia la eternidad, hacia la plenitud, sientes su descomunal fuerza como si fuera propia». Algo así creo yo que es la literatura. Decir con palabras lo que no se podía decir con palabras. Eso es lo que consigue Bocanegra en Zihuatanejo. Por eso he disfrutado y he aprendido tanto con su lectura. Y por todo esto la recomiendo. CRISTINA GUIRAO. CRÓNICAS A CONTRAPELO (Newcastle, Murcia, 2022) por ANABEL ÚBEDA BERNAL VIAJES A TRAVÉS DEL TIEMPO Hace tiempo leía sin mucho interés La isla inaudita de Eduardo Mendoza, una novela narrada de forma excesivamente completa y pesada con un único propósito: más allá de contar la huida del protagonista, en 1989, pretendía mostrarnos los efectos del turismo masivo sobre la ciudad flotante de Venecia y la degradación a través del espacio de sus gentes, recurriendo a mecanismos narrativos basados en la ralentización deliberada del ritmo mediante descripciones extensas y un protagonista abúlico, incapaz de ilusionarse, ni de afrontar su propia realidad, típicamente posmoderna.
El aparato de la novela y sus personajes como sostén de una crítica hace ya tiempo que dejaron de ser necesarios; ahora es preciso ser más directos, recurrir a las formas ensayísticas y eso es lo que hace Crónicas a contrapelo, otra vuelta de tuerca del concepto de posmodernidad, que va más allá de la hibridación de estilos y géneros, donde los límites entre la crónica periodística, el ensayo, lo poético, la literatura de viajes y el diario se entremezclan unas veces desde un tono más objetivo, otras veces más confesional, para mostrarnos como en el pasado de los espacios y monumentos, también reside su presente y su futuro, mediante una mirada transversal y panóptica. En la observación de las ruinas o de lo que resiste hallamos la mejor lección del tempus fugit, siempre desde la sensibilidad de una autora que sabe que la lectura del espacio la lleva a su propia biblioteca, a repensar una sociedad capitalista y un modelo neoliberal que está casi en el colapso. Repensar el pasado hubiera sido útil para no acudir a un ahora que se presenta apocalíptico. En los viajes y los paseos de Guirao conocemos o recordamos referentes del pensamiento, la cultura y la literatura: Calvino, Platón, Walter Benjamin, Susan Sontag, Marx... Y también paseamos por lugares emblemáticos, que es posible que muchos conozcamos solo de oídas: Siracusa, barrio de Recoleta, Nápoles... Si algo caracteriza a estas crónicas, a estas disecciones, es llevarnos, al menos a mí, a una única conclusión: el sistema, los avances tecnológicos, nos han hecho olvidar que vivimos en comunidad, que no somos eternos, para llevarnos a una soledad y una individualidad que nos hace difícil o incómodo actuar por y para otros, como observamos en este fragmento de ‘La arquitectura de los pasajes: los primeros espacios del consumo’, capítulo donde parte de la galería Colbert en París en 1823, primer espacio de consumo multitudinario, para llegar a la construcción de la Torre Eiffel o a reflexiones sobre el cine: «Y así es, estamos a un paso de perder el espacio público como lugar tradicional del ejercicio de la ciudadanía y la participación política, en la reproducción del espacio de consumo. Los grandes almacenes, las galerías comerciales, los locales de ocio y grandes superficies invadirán el espacio de las ciudades...». El sistema de pensamiento que desarrolla Guirao es extenso, en tanto que toca todos los temas vertebradores que afectan a nuestro mundo e incluso al desarrollo personal de los seres humanos cuando olvidan el sentido de comunidad y, en consecuencia, la vida gregaria, como recoge en el capítulo ‘Pensar las catástrofes II’, en que la mayor catástrofe ha sido esa, olvidarnos de que no estamos solos, que escuchando y ayudando se construye una sociedad más fuerte y cohesionada: «Muchas veces me he preguntado qué sería de la humanidad si no hubiésemos encerrado a las emociones en la jaula-cuarto-oscuro-de-lo-irracional, si no hubiésemos podido desarrollar libremente nuestras emociones, expresar nuestros miedos... Darles carta de ciudadanía y situarlas al mismo nivel que la racionalidad, la autonomía moral...». ERIC LUNA. EL ARTE DE MANTENERSE A FLOTE (Boria, Murcia, 2021) por ANABEL ÚBEDA BERNAL LOS NÚMEROS QUE SIGUEN TITILANDO EN EL SISTEMA Eric Luna, diplomado en Biblioteconomía y Documentación y docente en talleres de creación narrativa, conoce bien los entresijos del mercado laboral, lo que se comprueba en su incursión en distintos géneros literarios con los relatos de Negra, fría, dura y en tu boca: 5 relatos Pulp (2013), el poemario Introvisores (2016) o la obra de teatro Animales que evitan la lluvia (2017). El arte de mantenerse a flote es la reivindicación de ese momento de lucidez que todos anhelamos, cuando comprendemos lo destructivo que es vivir en automático, únicamente dedicados a lo laboral, convirtiéndonos en números. Por ello, los espacios contribuyen a resaltar este hecho por determinarse crueles, veloces y deshumanizados, con ese toque de futurismo, capaz de acabar con cualquier resquicio de esperanza en una pausa, en los instantes de felicidad que no dejan de ser el oxígeno que nos permite soportar la aplastante realidad y el frenético ritmo vital. Los relatos del libro se dividen en tres secciones, cuyo hilo conductor es la coincidencia de que sus personajes respondan a un perfil sociológico concreto: son hijos de un sistema productivo agotado que los hace desafortunados e infelices, que los condena a la precariedad y a posponer sus sueños. Y, sin embargo, todos ellos tratan de atender al presente con una actitud estoica para evitar ahogarse. El estilo lingüístico de Eric Luna es contemporáneo y muestra una “crudeza sostenida”, que funde el uso de registros coloquiales que atrapan al lector con lenguaje duro y directo, los tonos irónicos, el lenguaje poético en aquellos más amables o la reproducción del registro lingüístico dialectal chileno (‘Mecanografía’; ‘Tríptico chileno’), haciéndolos verosímiles y configurando un mundo sólido y realista en cada uno de ellos, junto a espacios y personajes convertidos en parte del mundo ficticio. El perspectivismo es esencial en esta construcción, dado que podremos observar cada historia desde un punto de vista, oscilando del narrador-personaje que nos muestra lo que va pasando y pensando (‘El trabajo no estaba tan mal’) a relatos que son mera reproducción del monólogo del personaje en una situación concreta (‘Nighthawks’) o a una variedad de narradores externos que van de la omnisciencia habitual (‘Freebird’) a aquel que con juicios sarcásticos nos presenta al personaje (‘Ganapanes’), sin olvidar al narrador-cronista que roza la despersonalización (‘Moloch 3000’). En la primera sección, “Días de Jagger y hierbabuena”, se insertan tres relatos enmarcados en el sector de la hostelería desde las perspectivas de distintos camareros: la del que, agotado en pleno turno de trabajo, hace cara a una situación desagradable; la del que, ya mayor, vuelve a su ciudad en busca de una oportunidad, habiendo recorrido mucho camino y, finalmente, el monólogo del que se desahoga en otro bar al acabar el turno. Son tres crudas realidades que se complementan y nos ofrecen una panorámica de algo que siempre vive alguien muy cercano a nosotros.
—¡CAMARERO! Ya me había dado por aludido, pero no me apetecía contestar la llamada como haría un perro. No me apetecía lamerle la cara, ni saltarle sobre las rodillas, ni ladrarle, ni mearle el bajo de los pantalones: no me apetecía hacer nada de lo que haría un perro. (‘El trabajo no estaba tan mal’, p. 11). La segunda sección, “Apocapitalismo”, se compone de cuatro relatos “distópicos” que nos muestran la vida ya totalmente dominada por la tecnología y el capitalismo feroz que nos convierte en marionetas y números. Los ciudadanos parecen haber sido clasificados en cada uno de ellos dentro de un sistema productivo y de consumo, por lo que cualquier desvío los desplaza de su centro. Así ocurre con el escritor examinado por un funcionario (‘Vacaciones creativas indefinidas’) para conservar su algoritmo; o cuando observamos la vida de un policía retirado al que se le veda el acceso al consumo de ocio (‘No me sirven en el electrobar’); y todos estos inframundos son llevados al máximo en los relatos ‘Moloch 3000’ y ‘El Síndrome Cara de Póquer’, donde la deshumanización alcanza cotas expresivas muy altas, produciendo un desasosiego similar al pánico. Me evadí un instante pensando en aquellas herramientas: en cómo serían, reducidas a personajes de ciencia ficción. Tijeras tendría un carácter irónico. Cortante, de humor afilado. (‘Vacaciones creativas indefinidas’, pág. 26) La última sección, “¿No vas a volar alto, pájaro libre?”, contiene cinco relatos, cuyos personajes son artistas, en este caso, escritores que se ven absorbidos por el sistema, ya sea por estar en el lado de la fama o por no encontrar su espacio; o, en el caso de ‘Free Bird’, jóvenes amantes de la música enclaustrados en un trabajo que les hace perder su libertad y algún músico presto a madurar como en ‘Un relato bebop’. En estos, el peso de la cultura, lo cotidiano, lo metaliterario, el espacio chileno y la búsqueda de un futuro mejor aumenta y nos deja una mejor sensación en el paladar, se atisba un resquicio de esperanza en cada situación cotidiana y hace posible un humor a veces más amable y otras más irónico como en Ganapanes. — La mejor manera de no hundirte es no andar pensando, todo el rato, que estás nadando por tu vida. Es más fácil decirlo que hacerlo, lo sé, pero hay que disfrutar cada brazada. Cada metro recorrido. Es lo que yo llamo el arte de mantenerse a flote. (‘Mecanografía’, pág. 115) El arte de mantenerse a flote, como nos muestran estos personajes, sin ser nuestros maestros, es la supervivencia diaria, el anhelo de ese instante de plenitud y claridad en el que sólo somos. SALVADOR GARCÍA JIMÉNEZ. ANTOLOGÍA DE CUENTOS (Real Academia Alfonso X El Sabio, Murcia, 2020) por CARMEN Mª PUJANTE SEGURA Ha llegado la hora de la Antología de cuentos de Salvador García Jiménez. Una cuidada edición llega en 2020 a iniciativa de la Real Academia Alfonso X el Sabio y lo hace bien acompañada gracias a la introducción de Manuel Martínez Arnaldos. Por ello, el lector ya tiene la oportunidad de degustar una selección de nuestro escritor a cargo de un profesor especialista en el relato corto, dando a la luz un ramillete de cuentos significativos de la literatura del ceheginense, entre los muchos que este ha escrito a lo largo de su trayectoria. Como el antólogo afirma en las primeras páginas, «es justo reconocer que toda síntesis o recopilación representa un crisol en el que se mezclan los más ricos metales cuentísticos».
Diverso y nutrido, ese ramillete está compuesto por veintiséis cuentos de García Jiménez y viene a representar de forma cronológica su ancho recorrido cuentístico desde los años setenta hasta los primeros del siglo XXI. Y es que en esta antología se ha acertado con la inclusión de algunos relatos inéditos escritos en los últimos años como colofón. En ella se pueden leer, pues, desde ‘Cebo para un endemoniado’ y ‘¿Qué haré con tus rosas?’ hasta ‘Tres doble en La Habana’ o ‘El héroe de China’, pasando por ‘Graellsia’. Es más, otro de los aciertos de este libro es la elección para la portada de una macrofotografía tomada por Juan Carlos Muñoz, una imagen de belleza impactante que refleja el ocelo de una mariposa, en particular, de la especie Graellsia isabelae. Otros cuentos se acaban convirtiendo en capítulos de otros textos del autor (novela o ensayo), entre ellos, el titulado ‘La ninfa del trasvase Tajo-Segura’, que, por otro lado, fue el acicate de una polémica con una famosa escultura de la que el antólogo da noticia. Otros, sin embargo, reflejan más un poso propiamente biográfico del escritor, como ‘El último maestro de la República’ o ‘Los apuntes de don Ángel Valbuena’, títulos decidores del trasfondo de cariz sentimental y curioso. En otros, en cambio, se tiende al desdoblamiento de la personalidad, como en ‘El barco en la botella’, para cuya explicación Martínez Arnaldos apunta con acierto a la herencia quijotesca. El antólogo, antes de esas sugestivas notas que se incluyen al inicio de cada cuento y que «avalan el compromiso ético y estético» del antologado, junto a otras de carácter filológico que explican algunas palabras o datos dentro de cada uno de ellos, ofrece en las páginas introductorias un condensado repaso teórico-crítico por los cuentos del escritor. Lo hace apoyándose en destacados estudios como los de Albaladejo Mayordomo, Baquero Goyanes, Booth, Gadamer, Genette, Hamon, Iser, Mauron, Pozuelo Yvancos o Pujante, entre otros como el estudio sobre el cuento en Murcia en el siglo XX a cargo de Jiménez Madrid. Experto en relato breve, especialmente en la novela corta, el catedrático honorífico de la Universidad de Murcia comparte su conocimiento sobre el género narrativo del cuento, al que se adscribirían estos textos de Salvador García Jiménez, ninguno de los cuales sobrepasa la decena de páginas. Como cuentos, estos reflejan un momento esencial de la vida humana de forma intensa, además de «la depurada técnica narrativa, la precisión y la sugerencia léxicas, junto al dinamismo de la elocución» y la intratextualidad o la interdiscursividad, que son características de los relatos de este escritor. Pero con ese esmerado caleidoscopio Martínez Arnaldos también logra dar cuenta de otras múltiples visiones, desde la estilística a la retórica, pasando por la descriptiva o la biográfica. Añade otros rasgos, como la apariencia de alternancia de planos secuencias en una escritura de tipo cinematográfico, el juego con las grafías o los numerosos tropos, como la metáfora o la hipérbole. A modo de conclusión reivindicará la «portentosa imaginación» con la que juega, evoca y revoca este escritor, así como su «conciencia irónica y satírica». Junto a la introducción y las notas, que ayudarán a profundizar en los recovecos de estos relatos, otro de los aciertos de la antología son las imágenes incluidas en su interior, que van desde el retrato del autor de 1977 (de cuando ganó el accésit del Premio Antonio Machado), hasta ilustraciones como la de Hernansáez para el texto de ‘Cebo para un endemoniado’ de 1975, la de Urrea Salazar para acompañar ‘¿Qué haré con tus rosas?’ o la de Martínez Mendoza para ‘El tren y una caja de amargura’ en 1981 (IV Premio de Narraciones Breve Antonio Machado), e incluso fotografías de personas o de noticias, como aquella en la que sale Amador Moya, amigo de la infancia del escritor que inspiró el pintoresco cuento ‘Cenizas de Bisonte’. Así, esta antología a cargo de Martínez Arnaldos logra su cometido, pues ofrece al lector los cuentos, ya no dispersos, de Salvador García Jiménez, y, además, contribuye a la posteridad y a lo que ello conlleva, a saber, una llamada al estudio y a la valoración y al recuerdo de un escritor. BASILIO PUJANTE. EL PESO DEL HIELO (Boria, Murcia, 2020) por ANTONIO CANDELORO RELATOS QUE RIMAN ENTRE SÍ Tras Receta para astronautas (Balduque, 2016), Basilio Pujante vuelve al género del relato (del que ya nos ofrecía unas pruebas excelentes en la parte final del libro citado) con los once textos de su nueva recopilación, El peso del hielo. Se trata de textos que riman entre sí: si, por un lado, ‘Verde botella’, ‘Es como volar’ y ‘Pelé’ encarnan el punto de vista del niño o del adolescente o del adulto que rememora su propio pasado a partir, precisamente, de esas edades tan impactantes y determinantes para la configuración de la identidad de uno mismo, por el otro, ‘Jimbocho’, ‘Elogio de la cordura’ y ‘El hombre que lee’ representan el eje central de los textos de temática literaria y, también, metaliteraria. Se trata de relatos en los que quien narra es o aspira a ser o acaba de ser escritor: alguien que, guiado por la obsesión por la literatura, vive su propia vida en función de la palabra escrita y, de paso, nos deja entrar en el laboratorio de escritura de quien mira la realidad a través del filtro literario. En particular, el último texto citado nos remite a la fascinación que produce el mismo acto de la lectura en el momento en el que un personaje misterioso aparece como una especie de fantasma en un pueblo también fantasmagórico con un libro entre las manos. En una atmósfera que podría recordar los ambientes sombríos de El llano en llamas o Pedro Páramo de Juan Rulfo (obras y autor citados en ‘Elogio de la cordura’, pág. 37), la algarabía que produce entre los niños del pueblo el gesto de alguien que mueve las páginas de ese artefacto tan antiguo y, al mismo tiempo, tan moderno que es un libro, y que, encima, se ofrece a leer en voz alta ante el público embelesado, será el motor desencadenante para una nueva percepción de la realidad externa. El libro (que, por lo menos por su título —constituido por cuatro cifras— y por la imagen de su portada —«una chica que, enigmáticamente, se sentaba de espaldas sobre una tierra marrón», pág. 162— parece evocar un clásico de la contemporaneidad como es 2666 de Roberto Bolaño) se convierte, entonces, en la herramienta que podrá rescatar el sentido de unas existencias vividas en la periferia del mundo y sin una conciencia plena de las potencialidades que cada uno de los niños podría desarrollar. Junto a estos dos, hay también un tercer bloque de relatos que podemos citar: me refiero a ‘FAV’, ‘La duda o la rabia’ y ‘Quemado’, textos que obligan al lector a tomar partido desde el punto de vista del mensaje moral (o ético e ideológico) que se quiere transmitir. Son algunos de los mejores relatos de la recopilación, precisamente porque nos interrogan y, al mismo tiempo, nos llevan a poner en duda nuestros convencimientos personales. Si en ‘FAV’ el relato escenifica de forma incluso cinematográfica cómo la vida de un tranquilo profesor de Lengua Castellana y Literatura puede convertirse en una pesadilla por culpa de un alumno que rechaza y critica un suspenso (y que consigue manipular la realidad y la interpretación de la misma con el uso atento y maquiavélico de las redes sociales), en ‘La duda o la rabia’ asistimos a la congoja del testigo ocular de un presunto delito de acoso sexual en el ámbito de unas rutinarias clases de natación en una piscina de una ciudad de provincias. Tras la superficie ambigua del agua, ¿fue o no fue real lo que los ojos registraron?, ¿lo que se rumorea y que unos padres sospechan en relación con un monitor a lo mejor demasiado cariñoso con sus propios hijos? La duda (y, paralelamente, la rabia) que la pregunta provoca se mantiene hasta el final de la trama, cuando el lector ya ha sido manchado metafóricamente por el delito del que el narrador acusa al presunto culpable. ‘Quemado’ es otro ejemplo elocuente y significativo de cómo Basilio Pujante crea voces que invitan a la reflexión y a la duda constante: un narrador externo y en tercera persona de singular reconstruye en varios apartados la historia de un grupo de jóvenes publicitarios dispuestos a todo con tal de alcanzar el éxito junto con su jefe, Fran, líder de una agencia de publicidad que responde al nombre (altisonante y hablante) de La Carnicería. El rectángulo que conforman los cuatro amigos protagonistas se verá mermado para siempre por las artimañas de Fran, emblema de cierto capitalismo ultraliberal (y salvaje) que no se arresta ni siquiera delante de la muerte (por suicidio) de uno de los miembros del club selecto. Toda la narración de la así llamada “experiencia Burning Man” (en el desierto de Nevada) podría interpretarse como la descripción hiperbólica y grotesca (o incluso esperpéntica) de un modo de entender el trabajo y las relaciones laborales muy cercano (desgraciadamente, añadimos en passant) al mundo real y a la sociedad en la que vivimos: el hombre que se quema o “quemado” es el emblema perfecto de cierto tipo de trabajador actual que, sin derechos ni posibilidad de salvación, se inmola ante un altar en el que Don Dinero sigue siendo un Caballero imbatible.
Broma macabra y rememoración implícita del 11-S es el relato ‘Puerta de embarque’; relato de corte clásico y que bien podría evocar la trama de El amor en los tiempos del cólera de García Márquez es ‘Historia matrimonial’: se trata de otros tantos ejemplos de cómo Basilio Pujante alterna estilos y tramas que nos involucran en el acto de la lectura. Si el polo “literario” nos ofrece también unas descripciones satíricas del mundo (o, más bien, del “mundillo”) literario y editorial, y, al mismo tiempo, nos permite vislumbrar un futuro en el que un “hombre que lee” es todavía rescoldo para una hipotética salvación moral del derrumbe cultural contemporáneo, el polo de los relatos sobre (y desde) la adolescencia nos permite volver con la memoria (y el cariño) a una época vital en la que todo estaba (y está siempre) por venir; finalmente, el ámbito que dibujan los relatos “morales” nos obliga a posicionarnos, a cuestionar nuestros convencimientos éticos, a preguntarnos, en definitiva, sobre qué actitudes y comportamientos humanos pueden salvarnos del derrumbe definitivo y del colapso contemporáneo. El peso del hielo abarca de forma siempre interesante y sugerente estos tres aspectos y nos demuestra que Basilio Pujante sigue ejerciendo encomiablemente su dominio del arte de contar. MANUEL PUJANTE. LOS AFLUENTES DEL FRÍO (ad minimum, Murcia, 2014) por JOSÉ ÓSCAR LÓPEZ De Manuel Pujante es conocida su pasada actividad fanzinera en Seconal, y sabemos que ahora es uno de los cuatro autores al frente de la recién nacida revista de poesía La Galla Ciencia. También que Luna Miguel lo incluyó en la web de Tenían veinte años y estaban locos. Y en su día pudimos descubrir los tres poemas con los que fue accésit del Creajoven 2012. Si además se tiene la suerte de oírlo recitar, y conocer así poemas inéditos en los que uno escucha cosas como “conozco bien el sótano del sótano del sótano” o "y tu adolescencia encendida en sus manos / como una sierra eléctrica", Manuel Pujante se convierte, decididamente, en alguien a quien seguir sí o sí. Ya en aquellos poemas del Creajoven desarrollaba Manuel Pujante uno de los temas que más se repiten en su poesía, el del dolor de vivir, en versos tan fulgurantes, por ejemplo, como “Al nacer / me dieron un azote / que aún me duele”, o en el breve e incontestable poema “Análisis morfológico”: Primera persona del singular del presente de indicativo del verbo ser: yo sangro. Ahora el autor vuelve a tal tema en los cinco poemas, de extensión algo mayor, de Los afluentes del frío, título que inaugura, además, una iniciativa editorial independiente y muy prometedora, ad minimum (entregas pequeñas en formato, que no en calidad: un pliego de original diseño e ilustrado, en esta ocasión por Violeta Palomo). Pero si en los tres poemas que comentábamos antes el narrador poemático hablaba desde una estricta soledad, desde esa sangrante primera persona, Manuel Pujante abre ahora esta plaquette con la segunda persona y escribe desde un nosotros del que no saldrán indemnes los protagonistas de los poemas, es decir ni quien habla ni quien escucha, ni por tanto el lector. Si en sus poemas de 2012 había un “cúmulo de miedos” que “pregunta mi nombre” y era “como si la conciencia fuera un niño apaleado y loco / que no recuerda su nombre”, ahora insiste el miedo todavía “acurrucado como un niño muerto de hipotermia”, con ese peculiar “cóctel suyo de fragilidad y contundencia” del que habla en el prólogo Ángel Paniagua. En el nosotros que maneja Manuel Pujante ha habido una experiencia de conocimiento, fracasada y que nos constituye: la subida habrá merecido el sudor cuando las sombras grises mojadas de miedo de las personas que fuimos antes de ascender juntos se mueran (tú y yo seremos aire) respirándonos. Manuel Pujante escribe ahora desde imágenes que pueden traer a la mente los lugares propios del Romanticismo, como esa ascensión hacia cumbres heladas del citado primer poema, o como el espacio de la noche que se visita en dos poemas - uno de ellos se desarrolla en la noche en un bosque, el otro en una noche llena de símbolos, como “la raíz del ciervo y su esquema oscuro”; es una noche que “llegará […] vestida con su nombre inmaculado y negro / a destrozarnos”-. Son, en fin, las “cicatrices en el cuerpo de un cadáver” o la lluvia en la ciudad “como una muerte lenta”, los espacios que recorre el narrador de estos poemas, más que viajero frente al mar de niebla, como quería Friedrich, devenido invierno mismo, porque como él mismo dice: Añoro la ubicación exacta de tus sombras, sus coordenadas. Soy el invierno y no me sirve cualquier otro calor para romper el silencio del agua en el espejo. “Falta ya muy poco para que me convenzas / de que no vale la pena / seguir mirando el cielo esta mañana”, afirma el protagonista de otro de estos poemas cuando la noche va llegando a su fin. La fuerza con que escribe un autor joven como Manuel Pujante nos convence a sus lectores de que, definitivamente, esa extraña revelación que se da en la palabra sucede aquí abajo, entre nosotros, con la mejor poesía. Y nos atañe y nos arrastra, porque nos dice. |
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