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NACHO ESCUÍN. ALGO PARECIDO A UN SUEÑO O A UN POEMA DE ROBERT FROST (Los Libros del Gato Negro, Zaragoza, 2025) por ENRIQUE CABEZÓN UN PUTO POEMA DE VIDA Nacho Escuín (Ignacio Escuín Borao, Teruel, 1981) es una de las voces más versátiles y heterodoxas de la literatura contemporánea aragonesa, de esas que nunca deja títere con cabeza y que rehúye el postureo literario. Licenciado en Filología Hispánica y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Zaragoza, Escuín ha desarrollado una trayectoria intensa y emocionante como poeta, narrador, ensayista, editor y gestor cultural. Fundador y director de la revista literaria Eclipse y de la editorial Eclipsados, también ha dirigido el proyecto editorial de la Universidad San Jorge y el Servicio de Actividades Culturales de dicha universidad. Entre 2015 y 2019, ocupó el cargo de Director General de Cultura y Patrimonio del Gobierno de Aragón. Su obra abarca desde la poesía —con títulos como Profundidades, El azul y lo lejano, Huir verano o La mala raza— hasta el ensayo y la novela, siempre con un compromiso radical con el lenguaje y una mirada crítica sobre el mundo contemporáneo. Sin embargo, todo este trabajo, vital para la imagen cultural de su región desde fuera, parece diluirse cuando uno es señalado y queda marcado social y políticamente. En su última novela, Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost, publicada por Los Libros del Gato Negro, Escuín se desdobla en dos personajes, uno que carga con el peso de las decisiones y sus consecuencias, y otro que observa desde la pasividad o la crueldad, permitiéndole explorar la culpa, la responsabilidad y la autocrítica. La novela funciona como crónica de la escena cultural y editorial de Zaragoza —pero no solo— desde principios de siglo hasta la actualidad, con el propio autor como protagonista, testigo y víctima de un entorno marcado por la ambición y la instrumentalización. Escribe: «nos hemos decidido por un camino que no nos reconforta, que nos trae dolor y un placer perverso al mismo tiempo, nada de reconocimiento ni de dinero. A falta de que los demás nos valoren, una buena cifra en el banco podría compensarlo, pero ni lo uno ni lo otro ha llegado. Esa es la historia en la que nos hemos embarcado y de la que ya no podemos bajarnos con unas decenas de libros publicados a nuestras espaldas entre los propios y las antologías que hemos coordinado o en las que hemos participado. Libros colectivos que, en algunos casos, ni los propios autores que aparecen en ellos han comprado. Editoriales que ya ni tan siquiera existen, cajas de libros almacenadas en alguna parte, vete tú a saber dónde». Escuín despliega una mirada implacable sobre los mecanismos de adhesión y rechazo social, la crueldad y la autocrítica. La figura pública del autor se borra, no se le da voz, simplemente ha desaparecido, y con ello, se cuestiona el papel de quienes se aprovechan del talento ajeno mientras les conviene o dan la espalda para no ser señalados o rechazados ellos mismos. El texto incorpora una dimensión sentimental, dirigida a una mujer imaginaria que resume a todas las mujeres que han pasado —o que ha deseado que pasaran— por la vida del autor, y explora la condición subalterna y los estados carenciales, tanto propios como ajenos. Escuín se caricaturiza en ocasiones como un monstruo, alguien que a veces deja que lo animal prevalezca sobre lo cerebral, en un juego entre lo real y lo ficticio que desafía al lector. Violencia, adicción, ansiedad y desencanto transpiran las escenas que el autor va desvelando, como si se desnudara hasta el tuétano.
Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost es una novela valiente, introspectiva y necesaria, que utiliza la autoficción para reflexionar sobre la creación literaria, la escena cultural y las relaciones humanas. El libro se erige como un espejo para quienes han soñado con la bibliodiversidad y se han enfrentado a la complejidad y la soledad de ese sueño —y somos muchos—. Una lectura recomendable para quienes buscan literatura de la buena, de la que interpela y transforma.
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ROSA NAVARRO. RECOCHURA (Bala Perdida, Madrid, 2025) por ENRIQUE CABEZÓN VIAJE AL SURRURALISMO MANCHEGO Recochura es bastante más que una primera novela, es la confirmación de una voz literaria única, capaz de transformar el paisaje manchego en un territorio mítico, delirante y profundamente literario. Rosa Navarro, cuentista extraordinaria y profesora de literatura, da el salto a la novela sin perder ni un ápice de la intensidad, el humor y la extrañeza que caracterizan su escritura breve. El término surruralismo define a la perfección el universo de Recochura, un espacio donde la realidad rural de la infancia de la autora se funde con el delirio, la memoria y la imaginación, y donde lo cotidiano se vuelve insólito sin dejar de ser profundamente arraigado en la tradición castellana. Navarro maneja con maestría un imaginario poblado de personajes excéntricos y situaciones imposibles, una muchacha con pájaros en la cabeza regresa al pueblo de sus raíces, Lugar, para hacer justicia poética y demostrar que la mejor novela del mundo puede tener firma de mujer. La acompañan un curioso elenco de secundarios, un ciego listo y malo, una cierva casi humana, un abuelo eterno, el último monje de Bután, un poeta adicto al octosílabo, una vaca azulada que da cerveza, una escritora fantasma, un cura satánico, cómicos secuestrados y toda una fauna de habitantes que parecen salidos de un cruce entre el realismo mágico, la novela picaresca y el mejor humor manchego. La novela nos sumerge en un universo coral, oral y polifónico, donde la narradora no es el centro absoluto, sino que se despliegan múltiples voces y perspectivas. Como explica el catedrático Francisco Javier Rodríguez Pequeño, Recochura es una exploración de la identidad, la memoria y la reconstrucción de la historia, que se construye a través de un entramado narrativo rico y complejo. La trama, más que avanzar de forma lineal, se despliega como un mosaico de episodios, encuentros y situaciones que ponen en duda constantemente la realidad y sumergen al lector en un estado de recochura, esa incertidumbre y desasosiego que define el ánimo de quien espera algo que no termina de llegar. El término “recochura”, usado en Castilla-La Mancha según la autora y el habla popular, significa frío nocturno, incomodidad o la sensación de no quedarse con las ganas de hacer algo. Es un concepto que enriquece profundamente el tono y el espíritu del libro. Y, sí, Recochura es también el nombre de un inolvidable personaje de la saga de Pedro Salinas, El gañán enmascarado, una obra con la que comparte voluntad de heterodoxia. Como ha afirmado Rosa Navarro, «el humor es una prioridad, una forma de resistir», y en Recochura este humor atraviesa cada página, funcionando como escudo ante la adversidad y como motor de una imaginación desbordante. Navarro invita a poner en duda la realidad, a mirar el mundo desde la extrañeza y el asombro, y a abrazar una galería de personajes y situaciones que solo pueden surgir de una voz literaria que apuesta por la libertad y la ruptura de moldes.
La protagonista, en su empeño por hacer justicia poética y «demostrar que la mejor novela del mundo puede tener firma de mujer», encarna también una reivindicación feminista y metaliteraria, en un entorno donde lo rural y lo fantástico se entrelazan con naturalidad y humor. El reconocido actor Miguel Rellán, presente en la matritense presentación de la novela, la describió como «iconoclasta y rebelde», y afirmó: «por fin me encuentro con Literatura, con ‘L’ mayúscula. La Literatura de Rosa no se parece a ninguna: es cuerdista, ‘surruralista’, cervantina y tiene ecos de Quevedo». Estas palabras resumen la singularidad y la riqueza literaria de la novela, que bebe de una tradición clásica para reinventarla con frescura y originalidad. El estilo de Rosa Navarro es desbordante, domina el lenguaje con una imaginación prodigiosa, alternando el humor, la poesía y la crítica social. Cada página es un derroche de creatividad y voz propia, en un panorama literario donde, ya sabemos, abundan los clones y los mudos. Recochura es una novela que invita a abrazar el surruralismo, a perderse en el Lugar y a disfrutar de un festín literario tan único como delicioso. En definitiva, Recochura es una novela singular y valiente, que confirma a Rosa Navarro como una de las voces más originales y necesarias de la narrativa española actual. Un viaje inolvidable al corazón mágico y surruralista de la autora, y es probable que de la propia Mancha. MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ. LAS NAVES QUEMADAS [Antología de prosas de no ficción 1985-2024] Edición de Alfredo Rodríguez (La Isla de Siltolá, Sevilla, 2025) por ENRIQUE CABEZÓN ESCRIBIR SIN CONCESIONES Las naves quemadas es mucho más que una antología: es un mapa vital y literario que recorre casi cuarenta años de la escritura memorialística de Miguel Sánchez-Ostiz, uno de los autores más completos y singulares de la literatura hispana contemporánea. La selección y el prólogo corren a cargo del poeta Alfredo Rodríguez, quien ha sabido articular en doce secciones temáticas un mosaico de textos que van desde el diario íntimo y la reflexión sobre el oficio de escribir, hasta la indagación en las zonas más oscuras y marginales de la existencia. Sánchez-Ostiz (Pamplona, 1950) es autor de más de veinte novelas, libros de poesía, crónicas de viajes, ensayos, aforismos, estudios sobre Baroja, una imprescindible trilogía sobre la guerra civil en Navarra y, sobre todo, una extensísima obra diarística y memorialística que abarca desde finales de los años ochenta hasta hoy. Esta antología no recoge sus novelas ni su obra barojiana, sino que se centra en su prosa de no ficción, diarios, dietarios, libros misceláneos y textos autobiográficos, muchos de ellos hoy inencontrables, rescatando así una parte esencial de su obra. Pese a esa posición de outsider y a la relativa marginación institucional que ha sufrido, la obra de Sánchez-Ostiz ha recibido en distintos momentos el reconocimiento de la crítica y el mundo literario. Entre otros galardones, ha sido distinguido con el Premio Herralde de Novela, el Premio Nacional de la Crítica y el Premio Príncipe de Viana de la Cultura, lo que da muestra de la calidad y la relevancia de su trayectoria, aunque ese reconocimiento no siempre se haya traducido en popularidad o presencia mediática. La amplitud de la producción de Sánchez-Ostiz es asombrosa, a lo largo de cuatro décadas ha publicado más de ochenta libros entre novelas, diarios, ensayos, poemarios y estudios literarios. Esta fecundidad, lejos de ser dispersa, responde a una coherencia interna y a una obsesión por explorar los límites de la experiencia y la escritura. La lectura de la obra de Sánchez-Ostiz es, en muchos sentidos, asistir a una especie de etnografía de la historia de nuestra literatura durante la transición y las décadas posteriores. Sus textos no solo exploran la intimidad y el oficio de escribir, sino que también documentan, con mirada crítica y sin concesiones, los ambientes, personajes y tensiones de la vida literaria española. Ese compromiso radical con la verdad —y con una ética literaria sin atajos ni complacencias— ha tenido un precio, la marginación y la falta de reconocimiento que otros, más tibios o acomodaticios, sí han cosechado. Como él mismo ha escrito: «¿para qué escribir? Para no darse por vencido, para no rendirse. Es lo que quise hacer desde muy joven. La verdadera muerte es desertar. Es preciso vencer la desgana, la tentación de echarlo todo a rodar, de considerar este poco de oficio un empeño fútil». Y añade, sobre el sentido último de su escritura, «se haya convertido en lo que se ha convertido, la escritura es mi único asidero, una forma de combatir este tiempo negro». Estas declaraciones resumen bien la ética y la resistencia que atraviesan toda su obra. Paradójicamente, ese empeño en escribir desde los márgenes y asumir una posición crítica, ajena a los consensos y las redes de halagos mutuos de la literatura oficial, ha propiciado que su obra encuentre lectores fieles entre generaciones más jóvenes. Son precisamente estos lectores quienes, ajenos a los prejuicios y rivalidades de la época, han comenzado a reivindicar y poner en valor la figura y los textos de Sánchez-Ostiz, reconociendo en ellos una autenticidad y una lucidez poco frecuentes en el panorama literario actual.
En palabras del propio Sánchez-Ostiz: «no pertenezco a ningún grupo ni a ninguna capilla, y eso se paga. Pero también es la única manera de escribir con libertad y de mirar la realidad sin anteojeras». Esta actitud, mantenida a lo largo de los años, ha marcado tanto su estilo como su recepción. La organización en secciones temáticas —como “El oficio de escribir”, “Escribir un diario”, “Libros, libros, libros”, “Sobre poesía y los poetas”, “De la tregua con la vida”, “Con nombre propio”, “Del paso del tiempo”, “De la vida y de su lado oscuro”, “Con fama de maldito a contrapelo y outsider”, “De tus peores enemigos”, “Negra historia de la tierra”, “Del descalabro social”— permite al lector adentrarse en los grandes asuntos que han obsesionado a Sánchez-Ostiz, la literatura como forma de vida y resistencia, la memoria personal y colectiva, el paso del tiempo, la sombra de la muerte, la marginalidad, la lucidez y la intemperie. Cada fragmento, ordenado cronológicamente dentro de cada apartado, funciona como una instantánea de un diario de a bordo, la vida convertida en literatura, con una voz que es a la vez íntima y universal, implacable y compasiva. Son, como ha afirmado Alfredo Rodríguez en alguna ocasión, textos que abren la puerta a muchos temas de conversación y reflexión, así como al interesantísimo mundo literario, al amor y la fascinación por la literatura de Miguel Sánchez-Ostiz. Uno de los fragmentos de la antología que mejor ilustra su mirada lúcida y desencantada dice: «los aduladores de hoy acaban siendo tus peores enemigos. El éxito del prójimo y sus particulares trabajos se admiten mal y se perdonan peor. Tarde o temprano compruebas que los amigos de tus enemigos no pueden ser tus amigos». Este tipo de reflexiones, cargadas de ironía y verdad amarga, recorren buena parte de su obra memorialística. El estilo de Sánchez-Ostiz es inconfundible, una prosa densa y exigente, cargada de referencias culturales, guiños literarios y una fluidez torrencial que se impone especialmente en el monólogo interior. Su escritura, a menudo áspera y paródica, no rehúye lo escatológico ni lo esperpéntico, y está atravesada por una mirada crítica y una ironía que desarma cualquier tentación de complacencia. A esto se suma una dimensión poética y moral, más atenta al pensamiento y al contenido filosófico que a la mera belleza formal, donde la música del verso libre y la prosa se entrelazan para responder a las grandes preguntas sobre la vida, la memoria y el fracaso. Es una escritura erudita, pero también combativa y ética, que busca la complicidad del lector sin renunciar nunca a la exigencia intelectual y emocional. Uno de los grandes logros de esta antología es mostrar la lucidez hiriente y la audacia de Sánchez-Ostiz, su capacidad para mirar la vida a desgarros, sin concesiones ni autocomplacencia. Su escritura es un salto sin red, una búsqueda de la verdad literaria y vital, que se dirige tanto a sí mismo como a cualquier lector dispuesto a dejarse interpelar. La literatura de Sánchez-Ostiz, en palabras del propio Rodríguez, «no pertenece a nadie y a la vez pertenece a cualquiera que se sienta interpelado por una página suya». Las naves quemadas es, en definitiva, un cuaderno de bitácora que invita a recorrer la obra autobiográfica de un autor que ha hecho del diario y la memoria un arte mayor. El volumen, de formato manejable y lectura amena, rescata lo mejor de una obra dispersa y a menudo poco accesible, y pone en valor la extraordinaria creación diarística de Sánchez-Ostiz, que hasta ahora no había gozado de la popularidad merecida para la relevancia y calidad de sus textos. Debemos estar agradecidos al riguroso empeño de Alfredo Rodríguez, esta antología es imprescindible para quienes quieran adentrarse en la literatura memorialística española contemporánea y, en particular, en el universo de un escritor que ha hecho de la vida y la literatura una sola cosa. Es un libro que abre mil puertas, como dice su antólogo, y que nos recuerda que Sánchez-Ostiz es uno de los grandes escritores ibéricos de nuestro tiempo y está bien, es justo, verbalizarlo. Digámoslo más. ENRIQUE CABEZÓN. SÍLABAS TRABADAS (La cabaña del loco, Logroño, 2018) por MARÍA DEL PILAR GORRICHO «¿No estaba el atman dentro de él? Y aquella fuente primordial, ¿no fluía acaso en su propio corazón? ¡Habrá que encontrarla, descubrir ese manantial en el propio Yo y poseerlo! Todo lo demás no era sino búsqueda vana, extravío, confusión. […] Poco a poco fue floreciendo y madurando en Siddharta la idea, la noción de lo que realmente era la sabiduría, el objeto final de su larga búsqueda». Siddartha. Herman Hesse. Sílabas trabadas, el nuevo libro de Enrique Cabezón (Logroño, 1976), es una hoja de ruta por la cual transita la perspectiva de viajar en perfecta sincronía con ese acontecer diario donde la memoria se impregna de momentos únicos e insondables. «Los turistas no saben dónde han estado, los viajeros no saben hacia dónde están yendo». Con esta frase de Paul Theroux podemos atestiguar que todo lo que rodea al escritor en este viaje, tanto interior como exterior, cala hondo en el alma y da lugar a una bella cronología sanadora por el efecto catártico del encuentro entre lo deseado y la realidad. Con un lenguaje ceñido en la intemperie del círculo que conforma lo que somos, con los planteamientos que llegan a través del exterior, este escritor de amplia trayectoria crea una amalgama de vivencias y cuestiones que aborda con gran pericia. Porque consigue con su prosa un ritmo certero; basculando entre la narrativa y el ensayo, es fácil adentrarse en esa «movilidad discursiva» de encabalgamientos históricos con hondas reflexiones sobre el mundo del arte, de la poesía y su decadente brillo en una ciudad de provincias; de la política, de la música, del amor como obra maestra; de la guerra y su semejanza en el vértice de las ciudades; y de todo aquello que para el observador es importante, pues no en vano estamos ante un artista multidisplinar que hace de la curiosidad y el aprendizaje baluarte, tal y como señala en este párrafo: Me da miedo la gente que no se hace preguntas, que no duda nunca, sin esa posibilidad de duda no existe la autocrítica ni la mejora. Enrique Cabezón muestra una mirada retrospectiva y crítica del mundo poético intercalando anécdotas de su labor como editor, revelándonos cómo es por dentro ese discurrir de la escritura donde es importante señalar que, además de evocaciones y referencias a hechos ubicados en el pasado histórico o personal, la narración se centra, sobre todo, en el tiempo presente, y en la conquista de los recuerdos más próximos a la experiencia del viajero. Hoy la lírica se transforma y abandona sus tradicionales ítems: de la pluma o el boli Bic al teclado del Mac, del tacto del papel al intangible formato blogger, de lo improbable de ver publicado un poema en periódicos a colgar estrofas en los perfiles de la red. De ahí los cambios de registro y las oscilaciones entre narración y argumentación a causa de un giro autorreflexivo que otorga a la autofiguración, entendida como autorretrato probable, una orientación textual y estética más que subjetiva o personalista. Cobran vital importancia a lo largo de este libro, que trascurre desde el año 2014 a la actualidad, los tuits, tanto de carácter personal como los de poetas y amigos escritores, cuyo punto de vista es primordial para este autor de clara e innata curiosidad. Asimismo, las citas filosóficas y de grandes literatos, junto a artículos de opinión sobre la actualidad y noticias, conforman este libro de lectura amena, sin pretensiones de convencer al lector, donde la verdad desnuda del que escribe desde el «yo» más sincero y profundo repasa en un exhaustivo análisis esas otras caras de la moneda. Cuando la narración se interroga sobre la verdad y la certeza proyectándola sobre el pasado del sujeto mismo, en su capacidad de percepción de los demás fermenta el maridaje perfecto, que, si bien no ha de servir para cambiar el mundo, sí es útil para hacernos conscientes de que el mejor viaje es hacia dentro. Lo dijera o no Albert Einstein lo cierto es que la cita no tiene desperdicio: «Cualquier tonto inteligente puede hacer las cosas más grandes, más complejas y más violentas, pero se requiere un toque de genialidad para moverse en la dirección opuesta». Creo que la clave está en la palabra «moverse»; lo sencillo, lo cómodo, lo colaboracionista es el cinismo que nos inmoviliza y la permanente inacción ambiental. Para un artista, el contrapeso de la exultante creatividad es la frustración que suele acarrearle el resultado concreto de ésta. Anna Adell ilustra la idea de que quizá el arte exista como modo de exorcizar culpas e hipocresías sociales, y que responde a la antigua y tradicional vocación humana de encontrar un chivo expiatorio que pague por los pecados de todos. En este sentido apunta Enrique Cabezón a lo largo de todo el libro esa especie de vacuidad, manifestando ser todos y ninguno. Y, a pesar de que no le guste hablar de él, cuando habla de los demás en cierto modo ya se está mostrando. El lector agradecerá, como yo, esta apertura a corazón despejado donde la identificación es la nota dominante. Escribir constituye para Enrique Cabezón un ensayo interminable. El libro acabado, y no digamos ya publicado, es como un estreno prematuro que adolece de los defectos propios de una obra inmadura, siempre necesitada de más ensayos. El escritor nunca da por concluido un texto. Simplemente lo interrumpe y olvida para embarcarse en otro. El olvido lo libera de una asfixiante dependencia. No obstante, puede que el texto abandonado le persiga aun cuando esté trabajando en otro nuevo. La palabra, hablada o escrita, normalmente desencadena una interpretación en quien la percibe o la lee, en un proceso muchas veces inconsciente y automático. La posibilidad de concebir el impacto de los rasgos del léxico sobre la combinatoria sintáctica depende tanto de una concepción acerca de la relación entre lenguaje y pensamiento como de una concepción acerca de la clase de relación entre lenguaje y realidad, y de la innovación permanente de la que nos hace partícipes Enrique Cabezón al optar por nuevas formas gramaticales: La sintaxis es la disciplina gramatical que estudia cómo coordinar, combinar y unir las palabras para formar oraciones y sintagmas. Pienso ahora en el escritor como un camarero que dedica las horas a crear nuevos cócteles, se puede limitar a repetir las mismas combinaciones de alcoholes con jugos, frutas, mieles, cremas, leche, bebidas carbónicas, refrescos y especias e incluso desarrollar una verdadera maestría en ello. O puede buscar combinaciones innovadoras. «La misión del poeta no es salvar al hombre sino salvar al mundo: nombrarlo», nos dice Octavio Paz, y esta posibilidad que tiene el poeta de etiquetar, bautizar la realidad, es por el carácter lapidario de sus expresiones. Así, al poeta no le sucede lo que al hombre común, quien continuamente se queda a mitad de camino al nombrar la realidad; a veces lo deja quieto para asumir el mundo con la radicalidad del que todo lo puede.
En los momentos más desgarradores de la existencia está precisamente la poesía, la que anima, consuela y devuelve a la existencia esa extraña sensación de levedad; pero también en esos momentos de felicidad extrema se hace presente para precisar el estado pasajero de ésta y la necesidad de salir nuevamente a su encuentro. MIRANDO LA TAZA: en la penumbra arreglando el mundo, y reconfortando el aterido cuerpo con café caliente, confundimos, ilusos y patéticos poetas provincianos, el chispazo accidental con el mismísimo Fénix. Con el tiempo, negrura herviente y cuerpo erosionado fueron uno en el fracaso, uno a pequeños sorbos, a torpes envites. Sombra apenas, borrosa seguridad de lo que soñamos ser en múltiples alas vomitadas. Cuánto fracaso han visto estas paredes, cuánto tiempo de espera mirando la taza, llenándonos la boca de tinta, emborronándonos. Prosigue el libro en la misma línea de aunar pretérito con presente, con las grandes hazañas del hombre, que al cabo nos son otras que la vida abriéndose paso. Y en lo que da en llamar con gran acierto «El Evangelio según Helena» y «El Evangelio según Adriana» nos acerca al momento en el que sus hijas ven la luz por vez primera (la buena nueva) en unas páginas conmovedoras. Me emociona poderosamente el hecho de poder conocer más de cerca a este autor tan querido y conocido por su labor enaltecedora de la cultura (a menudo tan denostada), y sobre todo le agradezco, y a buen seguro que todos los lectores de estas Sílabas trabadas, esta apertura cabal, sincera y enriquecedora con la que nos obsequia y que les recomiendo encarecidamente. |
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