|
ANDAR por una carretera solo en una tarde de verano andar cantando una romanza boba Remordimientos LLOVÍA me detuve delante de la «tienda de paraguas» me quedé allí mirando el escaparate largo tiempo la lluvia chorreaba por mi espalda eligiendo ese gris ochenta y cinco francos no ese burdeos ciento veinte francos estaba completamente empapada entonces me decidí entré en la agencia de viajes de al lado cogí unos prospectos y sueño sueño con Grecias y Egiptos con cactus SÓLO hay una soledad es la soledad con la muerte aquí somos millares todos estamos solos aquí la muerte sólo tiene un rostro para todos su rostro desnudo LA VICTORIA de sabor amargo ese fruto hinchado de sangre como una granada acaso tenéis derecho todos los que tendéis las manos acaso tenéis derecho a beber esa sangre HABÍA tantos candidatos la muerte tenía donde elegir y entonces se los llevaba a todos y cada cual creía que le hacía un favor VOSOTROS que dormís el sueño innumerable bajo la lluvia al sol en verano en invierno por inmensas alamedas al abrigo al calor de la tierra tantos años ya estrechaos bajo vuestras cruces hacedles sitio a todos esos recién llegados que erran de la tierra al cielo de astro en astro que no saben dónde ir que no tienen salvoconducto su piel su corazón todo ha ardido ni una pupila ni un hueso ha quedado que pudiera bajo un monumento atestiguar de cuando estaban vivos El soldado desconocido como protagonista qué hacer con el alma desconocida nadie cree ya en el alma hoy en día Vosotros que conocéis su inopia hacedles un hueco a vuestro lado ocuparán tan poco espacio llamadlos entre vosotros os comprenderéis pues los vivos (eran demasiados esa es la razón) los vivos olvidan sus nombres bautizan una calle Tartempion no calle de los héroes sin nombre COMPAÑEROS míos espectros vosotros que me habéis abandonado Si supierais cómo os he buscado si supierais cómo al menor sonido al menor rumor que me recordara vuestra voz he intentado oíros Si supierais cuánto me he esforzado para haceros aflorar a flor de memoria para resucitaros para devolveros una sombra de existencia Si supierais cómo he hablado de vosotros pues al hablar de los muertos volvéis a estar vivos Si supierais cómo he descrito vuestros gestos vuestra sonrisa vuestros andares invitado vuestra voz y vuestro lenguaje para devolveros a la vida camaradas míos y si estaba lejos tan lejos de vosotros tan lejos de vuestra apariencia os pido perdón por ello Perdón por haberos sometido a esa prueba de la bruma helada de la mañana del barro helado de los caminos de la llanura desesperada perdón por haberos invocado llamado suplicado perdón por haberos arrastrado a vuestro pesar a ese viaje del que nadie debía regresar de donde sin embargo yo he vuelto tan deshecha que no me habéis reconocido tan poco viva que me habéis creído perdida HE ARRANCADO de mí este vestido que era mi amor tejido todo de amor el hermoso regalo que él me hubo hecho ya no podía llevarlo porque era de alba y de verano tuve que arrancarlo con violencia con tanta violencia que mi corazón quedó dentro NO me gusta esta ciudad inexpresiva como pueda serlo un rostro que reflexiona los colores del cielo y los colores del agua el pensamiento ausente en los párpados que nada transfigura y que rechaza lo fantástico nada más que los colores del cielo y los colores del agua nada de los colores de la vida inaccesible CÓMO lo hacías para explicarme y para convencerme para explicarme que el crimen era justicia que la traición era fidelidad que la mentira era verdad lo ideal realidad para explicarme que él tenía razón y que triunfa la revolución... Por la revolución luchábamos luchábamos con todas nuestras fuerzas al mismo tiempo que nos amábamos el amor y la lucha el amor y la revolución mañana la victoria qué hermosa era la vida hermoso nuestro amor cuánto valía la pena vivir la vida cada día más cerca del objetivo. ¿Cómo lo hacías para convencerme de que él era la revolución triunfante? Por la revolución estábamos dispuestos a morir una vez más fuimos capturados una vez más lo fue por la patria. Cómo lo hacías para explicarme que él tenía razón aquel que nos robó las estrellas la centelleante la ardiente la incandescente la estrella y las demás estrellas para clavarlas cautivas sobre cañones para clavarlas heladas sobre artefactos negros... Cuando pienso que murió gritando viva Stalin viva el ejército rojo y oigo entrar en Budapest los carros de la estrella cautiva que han de devolver a Budapest su sonrisa tengo un sabor de ceniza en la boca Cuando pienso que murió gritando viva el ejército rojo viva Stalin y oigo entrar en Praga los carros de la estrella helada que han de proteger Praga de sí misma tengo un sabor de ceniza en la boca. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
1 Comentario
Niño pequeño en camisa, que lloriquea en una silla de hierro, traga, se sorbe los mocos, con su boca blanca llena de papilla, exasperado por el hermano mayor que muerde con ganas lo más grueso de una rebanada. La pelliza paterna, su basta pelambre en la nariz respingona, su aroma leonado y delicado, su tinte óxido más rutilante que el vestido de peluche raído del compañero de juegos y de cama. Sometido al gobierno humillante de las sirvientas curvadas en su labor en torno al balde de la colada que ellas han sacado al prado, desvestido sin miramientos, alzado del suelo, tendido en el hervor de su ira, la cabeza en su casco enjabonado que le irrita las pupilas con agria ponzoña, los puños en las mejillas, los pies al cielo donde el sol flamea entre el vapor como una rosa. El terror que remonta de su sombra perfilada sobre el cortinaje lo ahuyenta ya vestido hacia la cama plegable a la que él escala de un salto para agarrotarse en ella después de santiguarse tres veces, los ojos abiertos de par en par como un muerto en su sudario. Orejas coloradas, calzoncillos de felpa bostezantes sobre la palidez de las rodillas, lo conducen de la mano hasta el salón donde las damas acicaladas se asfixian de risa y de té mientras sus suaves dedos lo hacen retorcerse bobamente en un cosquilleo. Amanerada en su blusa y sus enaguas, la vieja solterona de cabellos candeales, con el rostro árido como el de un libro, el ojo sermoneador bajo unos quevedos. Enciclopedia en mano, se ponen lentamente en marcha. Dos pasos hacia adelante, un paso hacia atrás. Trabajosamente se abren un camino por las breñas del primer saber para ir a dar a costa de mucho llanto a un jardín diseñado con un arte tan perfecto que cualquiera que acceda a él está obligado a respetar su secular disposición. Ladronzuelo de peras, para desentenderse de un trato sin honor, que juega con el perro en el trastero y le habla muy bajito a la oreja como un guante del revés. Carreras de chicos a medio vestir, banasta a la espalda, calzones remangados sobre piernas terrosas, jornaleros voluntarios o de circunstancias por unos cuartos, orgullosos como príncipes de sangre que escoltan un carruaje regio. Golpes sordos de las barricas acarreadas campo a traviesa hasta la hoja batiente abierta de la bodega tallada en suave pendiente en la roca, parecida a la cala de un barco en la que humea el fango vinoso bajo la muela de los pies descalzos. Los más ágiles encaramados sobre el gigantesco brocal de madera saborean el espectáculo esférico de esos trabajadores de las tinieblas que titubean hombro contra hombro al destello naranja de una lámpara de tormenta. Llegado el atardecer, un fuerte y dulce olor enriquece los rostros de una alegría divina. Se entonan bajo la bóveda cantinelas escabrosas. Es la hora de reunir a los niños aturdidos por el sueño que cómo no protestan. El viento sobre la más alta línea de las mareas donde rulan como grageas los guijarros grises atigrados de malva, el viento soberano, su frío sabor, su aliento fogoso que vivifica hasta los huesos del cráneo y de las rodillas al niño en un aparte seducido por los encantos del mar. Trepando al árbol empavesado de frutos, montando a horcajadas sobre las ramas hasta el nido, fanfarroneando para caer como una manzana agusanada a los pies de la chica de la granja que ríe a carcajadas. Sobre el más alto peldaño de la escalinata, joven gato ovillado en el abrazo de las rodillas maternas de aromas a chipre. Ella, siempre tan reidora y activa, buscadora de colmenillas a orillas del camino, cazadora de víboras por los bosques prohibidos a los niños, que sabe con canciones alegrar las penas y de una tierna caricia desarmar los enojos, dura consigo misma sin ostentación, amante de las tareas domésticas, las pieles y las fiestas, ella tan grandemente abierta a la vida, pero firme y clarividente, sensible como un pájaro: ciertos atardeceres, el niño arropado en la cama con una voz tan hermosa que le es imposible cerrar los ojos. Lejos de los demás que juegan en la noche y mezclan sus risas a la fiebre de la velada, en cuclillas al calor secreto de los bosques, mientras escuchan el discurso de un ave de plumaje plateado, su vivo mensaje cifrado, su extraña llamada hacia honduras sin eco. Enclaustrado en el lecho, la frente empapada en sudor, sienes que laten, se desvela a trompicones bajo el fulgor sulfuroso de la lámpara para ahogar su terror entre las sábanas que se hinchan, se hinchan a toda velocidad como escapando al agarre de los puños crispados. La chimenea de mármol desplaza su vientre panzudo y abierto sobre las planchas del suelo donde unos pasos resuenan militarmente, las sillas desperezan sus patas velludas, el techo oscila y se disloca, enramadas y pasamanerías venenosas se contorsionan sobre las cortinas color de endrino entreabiertas. En el ojo de buey del espejo, un anciano calvo de tez pálida descubre por entero con su mirada oblicua una mala risa. Una araña gigante se balancea sobre sus hilos al volteo del sofoco. Por todas partes la inseguridad, la amenaza, el espanto en tanto infusiones y pastillas no hayan burlado el maleficio de la visión febril. Plantado sobre la punta de los pies en el corazón del laurel del que aparta el follaje para arrojar feas muecas a la pequeña vecina de visita quien, colgada del brazo de su madre, mordisquea nerviosamente sus trenzas fingiendo no ver más que las rosas admiradas por su carnación y su aroma sin igual, como corresponde a huéspedes bien educados. Todas esas personas mayores hablan sin descanso y tan fuerte que él se retira lejos de sus voces a su fábula interior. Que la cama que invita al sueño se vuelva a cerrar delicadamente sobre el cuerpo rendido con la mano familiar mejillas abajo, y es aún el bien puro de la infancia —es su cielo apacible apenas turbado por la violencia de las lágrimas que transforma en sonrisa esa mano protectora cuya labor rosa se guarda como un tesoro en el fondo de los párpados—. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
IDENTIDAD Soy blanco y a veces me siento negro Soy árabe y soy de una u otra manera amazigh Soy pro-palestino y a veces me siento en la piel y en la memoria de un judío Soy no creyente pero el personaje religioso cuyo mensaje más me conmueve es el del Crucificado Soy marroquí, francés, libanés, argentino, sudafricano, sirio, kurdo, ouighour, haitiano, rohingya pero secreto de Polichinela en el fondo de mí mismo me siento no español sino andaluz LA SANGRE ¿Se podría determinar la composición de la sangre que fluye por mis venas e incidental de mis heridas? Lo que he concluido de ciertas investigaciones y observaciones clínicas a las que me sometieron es ante todo y después de todo que es impura Sangre humana, ¿no? A LA ESPERA Por ahí merodea Reconozco su aliento el ruido de sus pasos que se arrastran su sombra en la total oscuridad Y siendo así actúo como si no sospechara nada Amueblo honorablemente mi espera Tomo parte en las tareas domésticas Leo profusamente y sigo escribiendo por siempre ¿Qué podría hacer más para olvidar que mi vida pende de un hilo? LA GRAN FICCIÓN El mundo la vida que se desarrolla en él desde que es mundo las ideas enfrentadas las enfermedades que lo corroen los crímenes que se perpetran las riquezas que se acumulan las miserias que lo explotan los amores que florecen y se marchitan las historias que se cuentan sobre su aparición y desaparición las catástrofes que lo devastan las pandemias que lo enloquecen sus civilizaciones difuntas y sus artes vivas El mundo desde que es mundo es una gran ficción que un autor genial un ilustre desconocido un muerto de hambre un anarquista con el corazón de oro está escribiendo para engañar el hambre el frío y a la Parca que golpea cada vez con más fuerza la puerta de su reducto Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, es preciso tener la buena fortuna de poder observar sus acciones durante largos años. Si esas acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que la dirige es de una generosidad ejemplar, si es absolutamente cierto que no haya buscado recompensa en parte alguna y que haya dejado, además, marcas visibles en el mundo, estaremos entonces, sin riesgo a equivocarnos, ante un carácter inolvidable. ***** Hace aproximadamente cuarenta años, efectuaba una larga ascensión a pie por alturas absolutamente desconocidas para los turistas de esa viejísima región de los Alpes que penetra en la Provenza. Esa región limita al suroeste y al sur con el cauce medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte con el cauce superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die; al oeste, con las llanuras del Comtat Venaissin y los contrafuertes del Mont-Ventoux. Abarca toda la parte norte del departamento de Basses-Alpes, el sur del Drôme y un pequeño enclave del de Vaucluse. Ocurrió cuando emprendí mi largo paseo por esos desiertos, landas desnudas y monótonas, entre los 1200 y 1300 metros de altitud. No crecía en ellos más que lavanda silvestre. Atravesé esa comarca en su más amplia extensión y, después de tres días de marcha, me encontré en una desolación sin par. Acampé junto al esqueleto de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua desde la víspera y tenía que encontrarla. Esas casas agrupadas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que debió haber ahí, en tiempos, una fuente o un pozo. Y había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas, sin techumbre, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla de campanario desmoronado, estaban dispuestas como lo están las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había desaparecido. Hacía un hermoso día de junio de mucho sol, pero por esas tierras desamparadas y elevadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus gruñidos en las carcasas de las casas parecían los de una fiera a la que se molesta en su comida. Tuve que levantar el campamento. A cinco horas de marcha de allí, seguía sin encontrar agua y nada podía darme esperanzas de encontrarla. Por todas partes había la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareció advertir en la lejanía una pequeña silueta negra, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por si acaso, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas recostadas sobre la tierra abrasadora descansaban junto a él. Me dio a beber de su cantimplora y, poco después, me llevó a su aprisco, en una ondulación de la meseta. Sacaba el agua, excelente, de un agujero natural, muy profundo, por encima del cual había instalado un chigre rudimentario. Aquel hombre hablaba poco. Es cosa de solitarios, pero se le veía seguro de sí y confiado en su seguridad. Algo insólito en esa comarca despojada de todo. No habitaba una cabaña sino una verdadera casa de piedra donde se veía muy bien cómo su trabajo personal había recompuesto la ruina que había encontrado a su llegada. Su techo era sólido y estanco. El viento que golpeaba sus tejas recordaba el rumor del mar sobre las playas. Su hogar estaba ordenado, su vajilla fregada, su parqué barrido, su escopeta engrasada; su sopa hervía al fuego. Observé entonces que estaba también recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos, que sus ropas estaban zurcidas con el cuidado minucioso que vuelve invisibles los remiendos. Me hizo compartir su sopa y, cuando después le ofrecí mi petaca, me dijo que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era sumiso sin bajeza. Se sobreentendió enseguida que pasaría la noche allí; el pueblo más cercano estaba todavía a más de una jornada y media de marcha. Además, conocía perfectamente el carácter de los escasos pueblos de esa región. Hay unos cuatro o cinco dispersos alejados unos de otros sobre las pendientes de esas alturas, por el monte bajo de roble blanco americano al extremo opuesto de cualquier ruta transitable. Están habitados por leñadores que hacen carbón vegetal. Son lugares en los que se vive mal. Las familias, apretadas unas contra otras en ese clima, que es de una extremada rudeza, tanto en verano como en invierno, exacerban su egoísmo en su incomunicación. La ambición irracional cae en la desmesura, en el deseo continuo de escapar de ese lugar. Los hombres se ocupan en llevar carbón a la ciudad con sus camiones y luego regresan. Las cualidades más sólidas se descosen bajo ese perpetuo flujo de cal y de arena. Se hacen la competencia por todo, tanto por la venta del carbón como por un banco en la iglesia, por las virtudes que se combaten entre ellas y por los vicios que se combaten entre ellos, y por la mezcla general de vicios y virtudes, sin descanso. Por encima, el viento incansable irrita igualmente los nervios. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre mortíferos. El pastor que no fumaba fue a buscar una bolsita y esparció por la mesa un montón de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en pipa. Le propuse mi ayuda. Me dijo que eso era asunto suyo. En efecto, al ver el cuidado que ponía en ese trabajo, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando tuvo en la parte de las buenas un montón de bellotas lo bastante grande, las contó de diez en diez. Al mismo tiempo, seguía eliminando los pequeños frutos o aquellos que estaban ligeramente agrietados, pues los examinaba de muy cerca. Cuando tuvo así por delante cien bellotas perfectas, paró y fuimos a acostarnos. La compañía de ese hombre ofrecía paz. Le pedí permiso al día siguiente para descansar durante toda la jornada en su casa. Lo encontró muy natural o, más exactamente, me dio la impresión de que nada podía molestarlo. Ese descanso no era absolutamente obligatorio, pero estaba intrigado y quería saber más. Sacó a su rebaño y lo guio a los pastos. Antes de partir, remojó en un cubo de agua el saquito en el que había metido las bellotas cuidadosamente escogidas y contadas. Observé que a modo de cayado, llevaba una barra de hierro del grosor de un pulgar y una longitud aproximada de metro y medio. Hice como que me paseaba mientras descansaba y seguí una ruta paralela a la suya. Los pastos de sus animales estaban al fondo de una depresión. Dejó al pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia el lugar en el que yo me encontraba. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero en absoluto, era su camino y me invitó a que lo acompañara si no tenía nada mejor que hacer. Iba a unos doscientos metros de allí, a las alturas. Una vez llegó al lugar deseado, se puso a clavar su barra de hierro en el suelo. De ese modo, hizo un agujero en el que metió una bellota, luego volvió a tapar el agujero. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era tierra comunal o quizás fuese propiedad de gente que no se preocupaba por ella. A él no le preocupaba saber de sus propietarios. Plantó así sus cien bellotas con un cuidado extremo. Tras la comida de mediodía, volvió a empezar la selección de su simiente. Insistí bastante, creo, en mis preguntas para que respondiese. Desde hacía tres años plantaba árboles por esas soledades. Había plantado cien mil. De esos cien mil, habían salido veinte mil. De esos veinte mil, contaba aún con perder la mitad, debido a los roedores o a todo aquello que es imposible prever en los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían en ese lugar donde nada hubo anteriormente. En aquel instante, me preocupé por la edad de aquel hombre. Visiblemente, tenía más de cincuenta años. Cincuenta años, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había poseído una granja por los valles. Había cumplido con su vida. Había perdido a un hijo único, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad en la que disfrutaba viviendo con lentitud, con sus ovejas y su perro. Había juzgado que esta comarca se moría por la falta de árboles. Añadió que, al carecer de ocupaciones importantes, había resuelto remediar ese estado de cosas. Como yo mismo llevaba en aquel momento, a pesar de mi joven edad, una vida solitaria, sabía conmover con delicadeza las almas de los solitarios. Sin embargo, cometí un error. Mi joven edad, precisamente, me forzaba a imaginar el porvenir en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que, dentro de treinta años, esos robles serían magníficos. Me respondió muy sencillamente que, si Dios le prestaba vida, dentro de treinta años, habría plantado tantos que esos diez mil serían como una gota de agua en el mar. Él estudiaba ya, por otro lado, la reproducción de las hayas y tenía pegado a su casa un vivero proveniente de los hayucos. Los ejemplares que había protegido de sus borregos con una barrera alambrada eran de gran belleza. Pensaba igualmente en abedules para aquellos fondos en los que, me dijo, una cierta humedad dormía a unos metros de la superficie del suelo. Nos separamos al día siguiente. ***** Un año después, estalló la guerra del 14 para la que fui reclutado durante cinco años. Un soldado de infantería apenas podía pensar en árboles. A decir verdad, la cosa en sí no me había marcado: la había considerado como un pasatiempo, una colección de sellos, y olvidado. Al acabar la guerra, me encontré en posesión de una prima de desmovilización minúscula, pero con el gran deseo de respirar un poco de aire puro. Fue sin idea preconcebida, salvo esa, cuando reinicié el camino por esas tierras desiertas. La comarca no había cambiado. Con todo, más allá del pueblo muerto, percibí en la lejanía una suerte de niebla gris que recubría las alturas como un tapiz. Desde la víspera, me había puesto a pensar de nuevo en aquel pastor plantador de árboles. «Diez mil árboles —me decía— ocupan realmente un espacio bien ancho». Había visto morir a demasiada gente durante cinco años como para no imaginar fácilmente la muerte de Elzéard Bouffier, y más teniendo en cuenta que, cuando uno tiene veinte años, considera a los hombres de cincuenta como ancianos a quienes no les queda sino morir. No había muerto. Estaba incluso muy lozano. Había cambiado de oficio. No poseía más que cuatro ovejas pero, a cambio, un centenar de colmenas. Se había deshecho de los corderos quienes ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Porque, me dijo (y yo lo constaté), no se había preocupado por la guerra. Imperturbablemente, había continuado plantando. Los robles de 1910 tenían por entonces diez años y eran más altos que él y que yo. El espectáculo era impresionante. Estaba literalmente privado de palabras y, como él no hablaba, pasamos todo el día en silencio paseándonos por su bosque. Tenía, en tres tramos, once kilómetros en su anchura mayor. Cuando uno recordaba que todo había salido de sus manos y del alma de aquel hombre, sin medios técnicos, comprendí que los hombres podrían ser tan eficaces como Dios en otros dominios distintos al de la destrucción. Él había continuado con su idea y las hayas que me llegaban al hombro, esparcidas hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran recios y habían superado la edad en la que estaban a merced de los roedores; en cuanto a los designios de la Providencia en sí misma para destruir la obra creada, falta le haría a partir de ese momento recurrir a un ciclón. Me mostró admirables bosquecillos de abedules que se remontaban a cinco años atrás, es decir a 1915, a la época en la que yo combatía en Verdún. Los había plantado en todos los fondos donde él suponía, con buen criterio, que había humedad casi a flor de tierra. Eran muy resueltos y tiernos, como adolescentes. Su creación parecía, por otra parte, producirse en cadena. No lo preocupaba; proseguía obstinadamente su tarea, muy sencilla. Pero al bajar de nuevo por el pueblo, vi fluir agua por arroyos que, en la memoria del hombre, siempre habían estado secos. Se trataba de la más formidable operación de reacción que me fuera dado contemplar. Aquellos arroyos secos habían llevado agua antaño, en tiempos muy antiguos. Algunos de aquellos pueblos tristes de los que he hablado al principio de mi relato habían sido construidos sobre los emplazamientos de antiguos poblados galo-romanos de los que quedaban todavía huellas, en las que los arqueólogos habían excavado y habían encontrado anzuelos en lugares en los que, en el siglo veinte, estábamos obligados a recurrir a aljibes para tener un poco de agua. El viento también dispersaba ciertas semillas. Al mismo tiempo que el agua reaparecían los sauces, los sauces mimbre, los prados, los huertos, las flores y una cierta razón de vivir. Pero la transformación se operaba tan lentamente que entraba en la costumbre sin provocar asombro. Los cazadores que subían a sus soledades para perseguir liebres o jabalíes bien habían constatado la abundancia de los arbolitos, pero lo habían achacado a la malicia natural de la tierra. Por esa razón nadie tocaba la obra de aquel hombre. Si lo hubiesen sospechado, le habrían llevado la contraria. Estaba libre de toda sospecha. ¿Quién habría podido imaginar, en los pueblos y en la administración, tal obstinación en la generosidad más magnífica? ***** A partir de 1920, no dejé pasar un solo año sin visitar a Elzéard Bouffier. Nunca lo vi doblegarse o dudar. Y sin embargo, ¡Dios sabe si el mismo Dios lo empujaba! No evalué sus sinsabores. Bien imaginamos sin embargo que, para semejante logro, hubo de vencer la adversidad; que, para asegurar la victoria de tal pasión, hubo de luchar contra la desesperación. Durante un año, había plantado más de diez mil arces. Murieron todos. Al año siguiente, abandonó los arces para recuperar las hayas que salieron adelante mejor aún que los robles. Para tener una idea más exacta de ese carácter excepcional, no hay que olvidar que se ejercitaba en una soledad total, tan total que, hacia el final de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O ¿acaso no viera la necesidad? En 1933, recibió la visita de un guarda forestal desconcertado. Ese funcionario le ordenó que no hiciera fuego fuera, por miedo a que pusiera en peligro el crecimiento de ese bosque natural. Era la primera vez, le dijo aquel hombre ingenuo, que se veía un bosque crecer solo. En esa época, iba a plantar hayas a doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse los trayectos de ida y vuelta, pues por entonces tenía setenta y cinco años, planeaba la construcción de una cabaña de piedra en el mismo lugar de sus plantaciones. Cosa que hizo al año siguiente. En 1935, una verdadera delegación administrativa acudió a examinar el bosque natural. Había un alto personaje de la delegación de Montes, un diputado, varios técnicos. Pronunciaron muchas palabras inútiles. Decidieron hacer algo y, felizmente, no hicieron nada, excepto una sola cosa útil: poner el bosque bajo la salvaguarda del Estado y prohibir el paso a los carboneros. Pues era imposible no dejarse subyugar por la belleza de esos jóvenes árboles en plena salud, que ejercieron su poder de seducción sobre el mismísimo diputado. Entre los oficiales forestales que formaban la delegación, yo tenía un amigo. Le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente, fuimos ambos a la búsqueda de Elzéard Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros de donde había tenido lugar la inspección. Ese oficial forestal no era un amigo cualquiera. Conocía el valor de las cosas. Supo guardar silencio. Ofrecí unos cuantos huevos que había llevado como presente. Compartimos nuestro tentempié y pasamos unas horas en la muda contemplación del paisaje. El flanco por el que habíamos llegado estaba cubierto de árboles de seis a siete metros de alto. Recordaba el aspecto de la comarca en 1913, un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire vivificante de las alturas, la frugalidad y sobre todo la serenidad de alma le habían dado a aquel anciano una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas iba a cubrir aún con árboles. Antes de su partida, mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia a propósito de ciertas esencias que aquel terreno parecía exigir. No insistió. «Por una buena razón —me dijo después—, porque ese hombre sabe más que yo». Al cabo de una hora de marcha, una vez la idea se abrió paso en él, añadió: «Sabe más que todo el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa manera de ser feliz!». Gracias a aquel capitán no sólo el bosque sino también la felicidad de aquel hombre fueron protegidos. Mandó escoger a tres guardas forestales para esa protección y los aterrorizó de tal forma que permanecieron insensibles a todos los sobornos que los leñadores pudieran proponerles. La obra no corrió un riesgo grave sino durante la guerra del 39. Para los automóviles que funcionaban por entonces con gasógeno, nunca había leña suficiente. Empezaron a talar los robles de 1910, pero aquellas heredades estaban tan lejos de toda red de carreteras que la empresa se reveló pésima desde un punto de vista financiero. La abandonaron. El pastor no llegó a ver nada. Estaba a treinta kilómetros de allí, continuaba apaciblemente su labor, ignorando la guerra del 39 como había ignorado al del 14. ***** Vi a Elzéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía por entonces ochenta y siete años. Yo había pues reiniciado la ruta del desierto, pero ahora, pese al descalabro en el que la guerra había dejado el país, había un autocar que hacía el servicio entre el valle del Durance y la montaña. Achaqué a ese medio de transporte relativamente rápido el hecho de que no reconociera ya los lugares de mis primeros paseos. Me parecía también que el itinerario me obligaba a pasar por lugares nuevos. Necesité del nombre de un pueblo para concluir que me encontraba aun así en esa región antaño en ruinas y desolada. Bajé del autocar en Vergons. En 1913, esa aldea de diez a doce casas tenía tres habitantes. Estaban asilvestrados, se detestaban, vivían de la caza con trampa; poco más o menos en el estado físico y moral de los hombres de la prehistoria. Las ortigas devoraban a su alrededor las casas abandonadas. Todo había cambiado. Incluso el aire. En lugar de las tormentas secas que me acogían en tiempos, soplaba una brisa blanda cargada de olores. Un rumor parecido al del agua llegaba desde las alturas: era el del viento en los bosques. Finalmente, cosa más asombrosa, oí el verdadero rumor del agua que fluía en un estanque. Vi que habían hecho una fuente, que era abundante y, lo que me impresionó más, habían plantado junto a ella un tilo que podría tener unos cuatro años, ya feraz, símbolo incontestable de una resurrección. Por otro lado, Vergons llevaba la huella de un trabajo para cuya tentativa es necesaria la esperanza. Así pues, la esperanza había regresado. Se habían despejado las ruinas, abatido los muretes arruinados y reconstruido cinco casas. La aldea contaba desde entonces veintiocho habitantes entre los cuales cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién enfoscadas, estaban rodeadas de huertos en los que crecían, mezclados pero alineados, las verduras y las flores, las coles y los rosales, los puerros y los dragones, el apio y las anémonas. En lo sucesivo, era un lugar en el que daban ganas de vivir. A partir de ahí, hice mi camino a pie. La guerra de la que apenas salíamos no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero Lázaro andaba fuera de su tumba. Por las laderas bajas de la montaña, veía campos pequeños de cebada y de centeno en cierne; al fondo de los valles estrechos, algunas praderas verdeaban. No han hecho falta más que los ocho años que nos separan de esa época para que toda la comarca resplandezca de salud y de bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que había visto en 1913, se elevan ahora granjas limpias, bien enlucidas, que denotan una vida feliz y confortable. Las viejas fuentes, alimentadas por la lluvia y la nieve que los bosques retienen, han vuelto a fluir. Canalizan las aguas. Al lado de cada granja, en bosquecillos de arce, los estanques de las fuentes desbordan sobre tapices de menta fresca. Los pueblos han sido reconstruidos poco a poco. Una población procedente de los valles, donde la tierra se vende cara, se ha instalado en la comarca, aportándole juventud, movimiento, espíritu de aventura. Por los caminos encontramos hombres y mujeres bien alimentados, muchachos y muchachas que saben reír y han recobrado la satisfacción por las fiestas campesinas. Si contamos la antigua población, irreconocible desde que vive con dulzura, y los recién llegados, más de diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier. ***** Cuando pienso en que un hombre solo, reducido a sus simples recursos físicos y morales, ha bastado para hacer surgir del desierto esta comarca de Canaan, descubro, pese a todo, que la condición humana es admirable. Pero, cuando caigo en la cuenta de toda la grandeza de alma y de empeño en la generosidad que ha necesitado para obtener este resultado, me embarga un inmenso respeto por ese viejo campesino sin cultura que supo llevar a buen término esta obra digna de Dios. Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947 en la residencia de ancianos de Banon. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
INMUEBLE I De noche cuando los ruidos escasean y los pasillos se suman a otros pasillos, sé que nosotros no existimos, sé que no volverás, que el mañana no volverá o que el día vendrá y ocupará de golpe tu lugar (y yo no te reconoceré y los instantes fluirán así sin pensar nada), cuando de repente alguien viene y no lo reconozco, no llego a verlo, no llego a ver su rostro y los sonidos de los demás pisos son los mismos que se responden siempre, simples destellos en los pasillos silenciosos en los que brillan los pilotos del temporizador como ardientes colillas en las sombras —y así sin pensar nada, hasta que la luz emerja de nuevo con ese profundo rumor de beso que el cemento forja a su alrededor. INMUEBLE II París 1970 o 1973. Los perros, los titulares de los periódicos, el claxon repetido de un coche en el pasaje y los novios en taxi. La ventana sólo entornada y toda transparencia se agranda cuando la puerta, todas las puertas se cierran o es sencillamente el rumor de las llaves tiradas sobre una mesa y el cigarrillo que a sí mismo se fuma, igual que aquí. Se advierte al fondo ese reloj parado en la escena de los teatros, cuando el actor ya no sabe lo que hay que decir o como si, en un pasillo, mirara de repente quién pudiera seguirlo, ante un espejo que reflejara entonces que no hay nada frente a él, ante un espejo olvidado de instantes muertos más fuertes que la muerte y quizá haya alguien inmóvil en un lecho y quizá se adelante a una cita que nadie le ha propuesto. Unos pasos se alejan: se acercan. Hablan también por las escaleras. Un tacón suena. Vasos tirados por los suelos. (Domingos claros y vacíos o que sonaran del revés, las horas mal medidas, tan lentas. Puntos de referencia reales pero provisorios, aviones, arrabales, pero del todo inciertos). A veces, sólo al paso del metro se siente temblar los cristales y la fuerza del mundo o algo primero como un paso calmoso sobre un parqué que tiembla, casi palabras. Martilleos que no se oyen. No se oye lo que está encerrado en la piel ardiente, el tiempo afuera, de pie las voces. En frente las grúas andan como trazadas en el cielo y todo parece tan nuevo y la proximidad tan grande que basta un soplo para borrarlas. El cielo está algo gris, las cosas más bien amarillas a causa de un mediodía de otoño. Abajo alguien mira una moto mientras mastica un bocadillo. Un negro con su abrigo largo, pegado a la parada del autobús, retoca en el suelo figurillas, máscaras, cinturones, y se sienta en el banco, de espaldas. Tiene un gorro de lana y los transeúntes de cada día tienen todos el mismo cuerpo, los mismos brazos, las mismas piernas. Pero no se sabe si van o vienen, no se sabe ya en qué momento lo hicieron. El dedo de la mendiga es, sobre su bastón de aluminio —cuando se para titubeante para insultar a los comercios-- rollizo, ensombrecido por la mugre y por la tierra. Los árboles velludos hacen gestos incomprensibles hasta el piso tercero de esos inmuebles de pesados frontones de piedra. La estación recta marca un poco más lejos la hora, entre columnas dóricas de hierro negro y los carteles, se ven aún banderas en un coche, como niños que corren, pero eso es todo. La luz recula esta vez y, hasta el horizonte, no se oye, de nuevo, más que el rumor de la ciudad. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
I CREPÚSCULO DE LOS DIOSES Viena, 14 de abril. Cena para tres en casa de mi amigo Otto von Z... Él es el tipo de austríaco de clase alta, elegante, refinado, alemán de corazón, francés de modales. Riquísimo en otro tiempo, repara las brechas de sus rentas tratando con negocios bastante misteriosos: vende metales. Se venden muchos metales en la Europa central, en la actualidad. Trocitos de cobre, a los que el vulgo denomina balas de fusil. Agujas de tricotar piel humana: bayonetas. Y esas lindas máquinas enteramente de acero, esas máquinas de descoser la existencia que son las ametralladoras. Dejémoslo. Los negocios de mi amigo Otto no me interesan. Lo que me interesa es el tercer comensal. En confidencia, no tenemos derecho a pronunciar su nombre y mucho menos, a escribirlo. Se trata de una de las personalidades más eminentes de la intelectualidad alemana (tomen por ejemplo, como elemento de comparación, al rector de nuestra facultad de derecho de París). Mi rector germánico es una de las cabezas del partido de Von Papen (1). Conoce personalmente al mariscal Von Hindenburg (2) y al Kronprinz (3). En él se encarna el alma de esta vieja y poderosa camarilla monárquica en la que se funden generales, grandes terratenientes y Herr Professoren: La Alemania de antaño. ¿Por qué diablos se encuentra en Austria en lugar de dirigir su universidad en esta hora memorable en la que la Alemania del mañana se despierta? ¿Turista? No: exiliado. * * * A ese pontífice de la reacción alemana, los hitlerianos no le prohíben formalmente residir en su país. Le han rogado cortésmente que suspenda sus lecciones y se vaya a tomar el aire al extranjero hasta nueva orden. Él es quien ha deseado verme a mí. Quería instruir a un periodista francés sobre la verdadera naturaleza del movimiento hitleriano. Yo espero sus diatribas, una explosión de furia o, al menos, confidencias desengañadas. Se trata de un alemán del Norte y de la especie violenta, del tipo «superhombre». La luz de los candelabros talla en bulto redondo los músculos de su gruesa cabeza cúbica. Resopla vorazmente entre la plata y la porcelana fina. Uno presiente que se hincha de manduca para ahogar su ira. Yo le planto un par de banderillas: —Evidentemente, cuando comparamos a su amigo Von Papen, tan cortés, tan de raza, tan culto, con Hitler, quien, pese a todo su genio de agitador, no es... Nada más que un autodidacta... —Napoleón también era un autodidacta y un agitador. Seriamente, con sinceridad, ese gran intelectual alemán, ese representante de las antiguas clases alemanas dirigentes acaba de comparar a Hitler con Napoleón. La Alemania de antaño puede odiar en secreto al jefe de la Alemania de hoy, pero lo admira y lo sigue porque le tiene miedo. Inútil reproducir al detalle lo que ese sabio profesor me ha comentado. En materia de política extranjera su facultad de comprensión no se eleva por encima del odio más brutal. Los polacos, para él, son «dreckmist» [bazofia, estiércol] (4). En cuanto a política interna, cuando dejo caer en la conversación el nombre de Einstein, mi interlocutor responde en los mismos términos: —Lástima que ese granuja de Einstein no haya vuelto a Berlín. Me habría gustado verlo balancearse al extremo de una cuerda, ahorcado bajo la puerta de Brandeburgo. ¡Oh, serenidad de la ciencia pura! Eso basta para caracterizar el nivel moral del personaje, eso explica asimismo por qué los hitlerianos surgidos del pueblo no tendrán dificultad alguna en suplantar a la antigua oligarquía espiritual o nobiliaria. ¿Y el porvenir? Por fuera, mi eminente rector cree en la inminencia de una agresión simultánea de franceses y polacos. Obsesión de esa «guerra preventiva» que atormenta a todos los alemanes no marxistas, pertenezcan al partido que pertenezcan. Por dentro, me deja entender sin necesidad de palabras que los actuales dirigentes del nacional-socialismo no permanecerán durante mucho tiempo como únicos animadores: —El verdadero dueño de la situación —me dice textualmente— es el general Von Hammerstein Equord (5) (generalísimo) y su Reichswehr (6). ¡Con qué ternura me habla de esa Reichswehr, imbuida de los viejos principios, fiel a los antiguos ideales! ¡Con qué esperanza también! Un conflicto entre esas viejas tropas y las hordas de los camisas pardas, he ahí una eventualidad que no parece disgustarle. ¿Esperan los dioses, en su crepúsculo, que Parsifal, con su espada luminosa, anuncie la próxima aurora? Es posible. El rector come camembert: —¡Qué queso! ¡Qué país, Francia! Me gusta ese país, sabe usted. Es nuestra «florecilla azul» propia, los Welt-Leute [traduzcan: los hombres que conocen el mundo]. * * * Por haber elogiado el camembert y a Francia en presencia de un periodista francés, de golpe le entra miedo. Le espeta a Otto con una voz sorda: —Lo que digo carece de importancia. El señor no conoce mi nombre, ¿no es cierto? Por último, con no sé qué entonación de temor degradante, animal, con una risita de cascabel que tardaré mucho en olvidar: —Hablar de política con un francés, si se supiera eso en el extranjero,... sería fusilado (sic). «Ich waere erschossen». Los dioses de antaño tienen miedo del hitlerismo, tanto miedo como los pobres fantoches de ayer, políticos socialistas o dirigentes sindicales que revientan de miseria y de pena en los campos de concentración (7). Le he preguntado al rector si no podría darme recomendaciones para tal o cual de sus eminentes colegas, que han permanecido en activo y en gracia ante los nacional-socialistas. En la manera con la que ha reclamado su gabán, comprendí que había metido la pata. Una vez que se fue, mi anfitrión me dijo entre risas, con un hilo de amargura en su ironía: —En cualquier caso, ¡qué alternativa hay entre hacer el Anschluss (8) con este tipo de nacionalistas prusianos o con los hitlerianos! Otto von Z... cree pese a todo que el pueblo austriaco consumará el Anschluss hagan lo que hagan por impedirlo. Cree de igual modo que mi viaje a Alemania es totalmente inútil. Los hitlerianos, a su parecer, ni quieren ni pueden tener ningún contacto con un periodista «welche» (9). NOTAS (1) Franz von Papen (1879-1969), militar, diplomático y político monárquico alemán de confesión católica, nacido en Westphalia, perteneció al partido Zentrum; se le achaca, por sus intrigas desacertadas, entre ellas la de hacer caer al gobierno Brüning, el ascenso y posterior asalto al poder de los hitlerianos [Todas las notas son del traductor, si no se especifica lo contrario]. (2) Paul von Hindenburg (1847-1934), mariscal alemán y general en jefe del ejército durante la Primera Guerra Mundial, presidente del Reich desde 1925 hasta su muerte. En 1933, nombra a Hitler nuevo canciller de Alemania. (3) Guillermo de Hohenzollern (1882-1951), conocido como Guillermo de Prusia o Kronprinz, fue hasta 1918 el último representante de la monarquía alemana en el poder. (4) Las traducciones entre corchetes son del propio Hauteclocque. (5) Kurt von Hammerstein-Equord (1978-1943), general de extracción aristocrática, comandante en jefe de la Reichswehr, cuyo hijo Kunrat participaría en el complot fallido contra Hitler en 1944, se opuso frontalmente al nazismo; su perfil irreductible fue descrito en la novela-documental Hammerstein o el tesón del poeta, ensayista y narrador H. M. Enzesberger. (6) Fuerza de defensa del estado o ejército alemán durante la República de Weimar (1919-1935). (7) Hauteclocque será uno de los primeros periodistas en hablar abiertamente de la existencia real de los siniestros campos de concentración. (8) Planificada durante años, la incorporación, anexión o unión de Austria con Alemania en el seno de un mismo estado se produciría finalmente cinco años después, en marzo de 1938. (9) Del alemán welsch, término al que Voltaire da el sentido de galo, porque principalmente se dirigía a los franceses, es medianamente peyorativo y significa «extranjero que no habla la lengua germánica»; sería el equivalente a nuestro franchute o gabacho. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
COMO PARA CONFIAR EN ELLO Una mañana gris de noviembre, me apresuré a bajar por la dársena. Una llovizna fría remojaba la atmósfera. Los oscuros transeúntes, ocultos bajo paraguas deformes, se entrecruzaban. El Sena amarillento transportaba sus barcos mercantes como desmesurados abejorros. Por los puentes, el viento fustigaba bruscamente los sombreros, que sus dueños disputaban al espacio con esas actitudes y contorsiones cuyo espectáculo siempre es tan doloroso para el artista. Mis ideas eran pálidas y brumosas; la preocupación por una reunión de negocios, aceptada desde la víspera, acosaba mi imaginación. Me acuciaba la hora: resolví refugiarme bajo el tejadillo de un portal desde el cual me sería más cómodo hacer señas a algún simón. En el mismo momento advertí, exactamente junto a mí, la entrada a un edificio cuadrado, de aspecto burgués. Se había alzado en la niebla como una aparición de piedra y, a pesar de la rigidez de su arquitectura, a pesar de la niebla apagada y fantástica en la que estaba envuelto, le encontré, de inmediato, un cierto aire de cordial hospitalidad que me serenó el alma. —¡Ciertamente —me dije—, los huéspedes de esta casa son gente sedentaria! Este umbral invita a detenerse en él. ¿Acaso no está la puerta abierta? De modo que, con la mayor educación del mundo, aire satisfecho, sombrero en mano, pensando incluso en un madrigal para la dueña de la casa, entré sonriendo y me encontré, de lleno, frente a una especie de salón de cubierta acristalada, por el que caía, lívido, el día. En las columnas habían colgado ropajes, tapabocas, sombreros. Habían dispuesto mesas de mármol por todas partes. Varios individuos, con las piernas estiradas, las cabezas elevadas, los ojos fijos, el aire positivo, parecían meditar. Y sus miradas eran irreflexivas, sus rostros del color del tiempo. Había carteras abiertas, papeles desplegados junto a cada una de ellas. Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya cortesía de bienvenida había yo contado, no era otra que la Muerte. Examiné a mis anfitriones. Ciertamente, para escapar a las preocupaciones del incordio de la existencia, la mayoría de los que ocupaban el salón había asesinado sus cuerpos, a la espera así de algo más de bienestar. Mientras escuchaba el rumor de los grifos de cobre sellados a la tapia y destinados al riego diario de estos restos mortales, oí el rodar de un simón que se detenía delante de la estancia. Caí en la cuenta de que mi gente de negocios me estaba esperando. Me di la vuelta para aprovechar mi buena fortuna. El simón, en efecto, acababa de desaguar en el umbral del edificio, a unos colegiales de juerga que necesitaban ver la muerte para creer en ella. Me percaté del coche vacante y le dije al cochero: —¡Al Passage de l’Opéra! Poco tiempo después, en los bulevares, a falta de horizonte, el tiempo me pareció más cubierto. Los arbustos, la vegetación esquelética, parecían, con las puntas de sus ramitas negras, señalar vagamente los peatones a los agentes de policía todavía adormilados. El coche se apresuraba. Los transeúntes, a través de la ventana, me trasmitieron la idea del agua que fluye. Una vez en mi destino, salté a la acera y me metí por el pasaje atestado de caras preocupadas. En el otro extremo, observé, justo enfrente de mí, la entrada de un café, hoy día consumido por un famoso incendio (pues la vida es un sueño), al que habían relegado al fondo de una especie de cobertizo, bajo una bóveda cuadrada, de aspecto tristón. Las gotas de lluvia que caían sobre el acristalamiento superior oscurecían aún más el pálido resplandor del sol. —¡Era allí donde me esperaban —pensé—, copa en mano, miradas brillantes, mofándose del Destino, mis empresarios! Giré entonces el pomo de la puerta y me encontré, de lleno, en una sala en la que, desde lo alto, lívido, caía el día, a través de la cristalera. De las columnas colgaban ropajes, tapabocas, sombreros. Habían colocado mesas de mármol por todos lados. Varios individuos, con las piernas estiradas, la cabeza elevada, los ojos fijos, con aire positivo, parecían meditar. Y sus rostros eran del color del tiempo, la mirada irreflexiva. Había carteras abiertas y papeles desplegados al lado de cada una de ellas. Observé a aquellos hombres. Con certeza, para escapar de las obsesiones de la insoportable consciencia, la mayoría de aquellos que ocupaban la sala había asesinado hacía mucho tiempo sus “almas”, a la espera así de algo más de bienestar. Mientras escuchaba el sonido de los grifos de cobre, sellados a la tapia y destinados al riego diario de aquellos restos mortales, me vino de nuevo a la cabeza el rodar del coche. —Seguro que —me dije a mí mismo—, a la larga, al cochero le ha afectado una suerte de embotamiento, pues me ha vuelto a traer, tras tantos rodeos, sencillamente, a nuestro punto de partida. Aun así confieso (si hay equivocación), ¡EL SEGUNDO VISTAZO ES MÁS SINIESTRO QUE EL PRIMERO!... Volví pues a cerrar, en silencio, la puerta acristalada y regresé a mi casa, bien decidido —despreciando este ejemplo y suceda lo que me suceda— a no entablar negocios nunca más. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
DELANTE DE LA ROPA TENDIDA POR MI MADRE, EN EL PUEBLO A Victor Groulhard ¡Ropa tendida por los brazos de rosa de mamá...! Primitiva prueba de la cubeta con sus cenizas de sarmiento... Huevos nevados del jabón... Francas bofetadas de la paleta... Decisivas caricias del pozo... Muy pura cuerda que va desde los acerolos hasta ese trofeo de orejas de elefante al que se parece la higuera... Luego, las pinzas tutelares... Y, finalmente, sobre ese flotante candor, los sutiles lingotes del sol virgen... ¡Ropa tendida por sus brazos de rosa! Hostias... Linos de alba... Nenúfares de brisa... Páginas de amapolas... Lienzos de luna... Pergaminos en viñetas de insectos... ¡Ropa tendida por sus brazos de rosa! Ingenuo aroma de la lejía... Que sube a abrir el palomar de los recuerdos... Y se perciben gestos blancos de aparecidos en los espejismos de antaño... Y se saborea la buena leche de rediles revueltos... ¡Ropa tendida por sus brazos de rosa! Pues es la exposición de las obras sencillas de las mamelas de mi casa... ¡Estados de alma de mis ancestros entre la adelfa y el olivo...! Hijo, ¿acaso emanas de la rueca o de los velos de las capelinas...? ¿Acaso serviríais de ajuar a la posteridad, venerables cabellos de antaño...? ¡Ropa tendida por sus brazos de rosa! ¡Oh, esos dedos de abuela sobre esos resaltes de abuela...! ¿Acaso chorreas, saliva laboriosa, desde esas telas sobre la verbena y las sandías? Bravas hadas que en sueños huís bajo el emparrado en verano y ante una lumbre de cepas en invierno, ¿quedaron vuestras ensoñaciones entre sus mallas...? ¡Ropa tendida por sus brazos de rosa! Oh pañales Oh mandiles Oh visillos Oh manteles del festín familiar en el que el más anciano dice una oración... Oh sábanas puestas en el alféizar al paso de la virgen... Oh sudarios... ¡Ropa tendida por los brazos de rosa de mi madre! CIGARRAS A Paul Valéry El Tiempo reza el rosario del Sol. En estas horas de color tesoro de iglesia, cachetes de ángeles de mar, de los que comeremos, sonríen sobre los brazos verdes de los candelabros cuyas arandelas de hierba seca vocalizan. A través de las cintas blancas del pequeño valle dorado, uno de cuyos viñedos se asemeja a un idilio de Teócrito y a una bucólica de Virgilio el otro, vienen y van peregrinos en blusa, ceñidos con una diadema que echa brotes, tenaz, pese a la bola de tela mediante la cual una mano a cada veinte pasos la borra, perentoria. En un vergel, maese Espantapájaros marca el compás por encima de un atril con notas de cereza ejecutadas al pífano por un pastor de corderos balantes bajo un vuelo vivaz de golondrinas que tricotan el espacio. Entre tanto, ante su umbral ornado de madreselvas, un anciano en vanguardia afila la anual guadaña, como si lustrara con el cierzo un mar de fondo. El Tiempo reza el rosario del Sol. Provenza, junio de 1891. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
|
TRADUCCIONES
El Coloquio de los Perros. AL HAZMI, ALI ANDRADE (DE), EUGENIO ANGELOU, MAYA ARMITAGE, SIMON BERT, BENG BERTRAND, ALOYSIUS BHATTACHARYA, DEEPANKAR BIANU, ZENO BLANCHARD, MAURICE BLANDIANA, ANA BOUCHET, ANDRÉ (DE) BOURSON, GILBERT BOUVIER, NICOLAS BRODA, MARTINE BROWN, STACIA L. BUZZATI, DINO CALVET, VINCENT CAPRONI, GIORGIO CARDOSO, RENATO F. CASTRO (DE), MANUEL CÉSAR, ANA CRISTINA CHAMBON, JEAN-PIERRE CHAVAL CHESTERTON, G. K. CHULLIKKAD, BALACHANDRAN CONTINI, DONATELLA CORSO, GREGORY COUTO, MIA COUTO, MIA [POEMAS] DEGUY, MICHEL DELANEY SPEAR, SUSAN DELBO, CHARLOTTE DELERM, PHILIPPE DIMKOVSKA, LIDIJA DOMIN, HILDE DOMINIQUE ANÉ DOMINIQUE ANÉ [OKLAHOMA 1932] DRUMMOND DE ANDRADE, CARLOS DUPIN, JACQUES EDSON, RUSSELL ELIOT, GEORGE ESPAGNOL, NICOLE ESPANCA, FLORBELA FERREIRA, VERGÍLIO FOLLAIN, JEAN FÔRETS, LOUIS-RENÉ des GARCIA, JUAN GINSBERG, ALLEN GIONO, JEAN GONZÁLEZ LAGO, DAVID GOZIS, GEORGE GRANDMONT, DOMINIQUE HAM, NIELS HAUTECLOCQUE, XAVIER (de) HÉLDER, HERBERTO HEMINGWAY, ERNEST HIERRO LOPES, BEATRIZ HIGHTOWER, SCOTT HOGUE, CYNTHIA IGLESIAS, XOSÉ JIYAN, RÊNAS JONSON, BEN JUDICE, NUNO KALÉKO, MASCHA KANDEL, LENORE KEROUAC, JACK KHAÏR-EDINNE, MOHAMMED KHENSIN, SUMITAKU KINNELL, GALWAY LACERDA, ALBERTO (de) LAYOS, ILÍAS LÉVIS MANO, GUY LUCA, GHÉRASIM LUCIE-SMITH, EDWARD McHUGH, HEATHER MAULPOIX, JEAN-MICHEL MAWGOUD, MONTASER ABDEL MERWIN, W. S. MICHAUX, HENRI MIERMONT-GIUSTINATI, ADELINE MILTON, JOHN MONTEIRO, KRISHNA MOORE, MARIANNE MORENO, ANNA NAPORANO, FERNANDO NERVAL, GERARD (de) NILO NUNES, LUIZA OLIVEIRA (DE), ALBERTO OSORIO GUERRERO, RODRIGO PESSANHA, CAMILO PESSOA, FERNANDO PINTO DE AMARAL, FERNANDO PLATH, SYLVIA POZZI, ANTONIA PRÉVERT, JACQUES PROUST, MARCEL POUND, EZRA QUINTANA, MÁRIO RAMBOUR, JEAN-LOUIS RAMOS ROSA, ANTÓNIO RAMOS ROSA, GISELA GRACIAS RATROUT, FAHKRY RILKE, RAINER MARIA RODRÍGUEZ-MIRALLES, JORGE HEMEROTECA
CategorÍAs
Todo
ArchivOs
Diciembre 2025
|





Canal RSS