EL COLOQUIO DE LOS PERROS
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EL COLOQUIO DE LOS PERROS

TRADUCCIONES

MUESTRARIO DE OTRAS LITERATURAS POSIBLES

CHARLOTTE DELBO

18/11/2025

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ANDAR por una carretera
solo
en una tarde de verano
andar
cantando una romanza boba
 
Remordimientos 

LLOVÍA
me detuve delante de la «tienda de paraguas»
me quedé allí mirando el escaparate
largo tiempo
la lluvia chorreaba por mi espalda
eligiendo
ese gris
ochenta y cinco francos
no
ese burdeos
ciento veinte francos
estaba completamente empapada
entonces me decidí
entré en la agencia de viajes de al lado
cogí unos prospectos
y sueño
sueño con Grecias y Egiptos
con cactus 

SÓLO hay una soledad
es la soledad con la muerte
aquí
somos millares
todos estamos solos
aquí
la muerte sólo tiene un rostro
para todos
su rostro desnudo

LA VICTORIA
de sabor amargo
ese fruto hinchado de sangre
como una granada
acaso tenéis derecho
todos
los que tendéis las manos
acaso tenéis derecho
a beber esa sangre

HABÍA tantos candidatos
la muerte
tenía donde elegir
y entonces
se los llevaba a todos
y cada cual creía
que le hacía un favor
Foto

VOSOTROS que dormís el sueño innumerable
bajo la lluvia
al sol
en verano
en invierno
por inmensas alamedas
al abrigo
al calor de la tierra
tantos años ya
estrechaos bajo vuestras cruces
hacedles sitio
a todos esos recién llegados
que erran
de la tierra al cielo
de astro en astro
que no saben dónde ir
que no tienen salvoconducto
su piel su corazón
todo ha ardido
ni una pupila ni un hueso ha quedado
que pudiera bajo un monumento
atestiguar de cuando estaban vivos
 
El soldado desconocido como protagonista
qué hacer con el alma desconocida
nadie cree ya en el alma hoy en día
 
Vosotros que conocéis su inopia
hacedles un hueco a vuestro lado
ocuparán tan poco espacio
llamadlos
entre vosotros os comprenderéis
pues los vivos
(eran demasiados esa es la razón)
los vivos
olvidan sus nombres
bautizan una calle Tartempion
no calle de los héroes sin nombre

COMPAÑEROS míos espectros
vosotros que me habéis abandonado
Si supierais cómo os he buscado
si supierais cómo al menor sonido
al menor rumor que me recordara vuestra voz
he intentado oíros
Si supierais cuánto me he esforzado
para haceros aflorar a flor de memoria
para resucitaros
para devolveros una sombra de existencia
Si supierais cómo he hablado de vosotros
pues al hablar de los muertos
volvéis a estar vivos
Si supierais cómo he descrito vuestros gestos
vuestra sonrisa vuestros andares
invitado vuestra voz y vuestro lenguaje
para devolveros a la vida
camaradas míos
y si estaba lejos tan lejos de vosotros
tan lejos de vuestra apariencia
os pido perdón por ello
Perdón por haberos sometido a esa prueba
de la bruma helada de la mañana
del barro helado de los caminos
de la llanura desesperada
perdón por haberos invocado
llamado
suplicado
perdón por haberos arrastrado a vuestro pesar
a ese viaje del que nadie debía regresar
de donde sin embargo yo he vuelto
tan deshecha
que no me habéis reconocido
tan poco viva
que me habéis creído perdida

HE ARRANCADO de mí
este vestido que era mi amor
tejido todo de amor
el hermoso regalo que él me hubo hecho
ya no podía llevarlo
porque era de alba y de verano
tuve que arrancarlo con violencia
con tanta violencia
que mi corazón quedó dentro

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NO me gusta esta ciudad
inexpresiva
como pueda serlo un rostro
que reflexiona
los colores del cielo
y los colores del agua
el pensamiento ausente en los párpados
que nada transfigura
y que rechaza lo fantástico
nada más que los colores del cielo
y los colores del agua
nada de los colores
de la vida inaccesible 

CÓMO lo hacías
para explicarme
y para convencerme
para explicarme que el crimen era justicia
que la traición era fidelidad
que la mentira era verdad
lo ideal realidad
para explicarme que él tenía razón
y que triunfa la revolución...
 
Por la revolución luchábamos
luchábamos con todas nuestras fuerzas
al mismo tiempo que nos amábamos
el amor y la lucha
el amor y la revolución
mañana la victoria
qué hermosa era la vida
hermoso nuestro amor
cuánto valía la pena vivir la vida
cada día más cerca del objetivo.
 
¿Cómo lo hacías
para convencerme
de que él era la revolución triunfante?
Por la revolución
estábamos dispuestos a morir
una vez más
fuimos capturados
una vez más
lo fue por la patria.
 
Cómo lo hacías
para explicarme que él tenía razón
aquel que nos robó las estrellas
la centelleante
la ardiente
la incandescente
la estrella
y las demás estrellas
para clavarlas cautivas sobre cañones
para clavarlas heladas sobre artefactos negros...
 
Cuando pienso que murió
gritando
viva Stalin
viva el ejército rojo
y oigo entrar en Budapest
los carros de la estrella cautiva
que han de devolver a Budapest su sonrisa
tengo un sabor de ceniza en la boca
 
Cuando pienso que murió
gritando
viva el ejército rojo
viva Stalin
y oigo entrar en Praga
los carros de la estrella helada
que han de proteger Praga de sí misma
tengo un sabor de ceniza en la boca.
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO

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CHARLOTTE DELBO (Vigneux-sur-Seine, 1913 - París, 1985). Miembro de la resistencia comunista durante la Ocupación, Delbo fue arrestada, deportada a Auschwitz en enero de 1943, transferida un año después a Ravensbrück y finalmente liberada en abril de 1945. Tras la guerra, escribió su testimonio sobre los campos de exterminio, pero no se decidió a publicarlo hasta pasados veinte años, así Le convoi du 24 janvier y la trilogía sobre Auschwitz, dos de cuyos volúmenes han aparecido en Asteroide. Alejada de los círculos literarios, residió en Suiza, donde trabajó para la ONU, y luego en París para el CNRS (CSIC, en español). Pese a preferir la narración y a que jamás llegó a publicar un solo poemario en vida, Delbo mostró su pasión por el lenguaje poético («el único en desvelar vibrante la verdad de la tragedia»). De hecho, insertaba poemas en sus novelas para quebrar el ritmo y subrayar la tensión. Entresacados de ellas y publicados por las Éditions de Minuit (2025) con el título Plegaria a los vivos para perdonarlos por estar vivos, se han traducido los diez inéditos pertenecientes a los fondos privados de la escritora y conservados en la Biblioteca Nacional de Francia.
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LOUIS-RENÉ DES FÔRETS

27/6/2025

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           Niño pequeño en camisa, que lloriquea en una silla de hierro, traga, se sorbe los mocos, con su boca blanca llena de papilla, exasperado por el hermano mayor que muerde con ganas lo más grueso de una rebanada.
            La pelliza paterna, su basta pelambre en la nariz respingona, su aroma leonado y delicado, su tinte óxido más rutilante que el vestido de peluche raído del compañero de juegos y de cama.
           Sometido al gobierno humillante de las sirvientas curvadas en su labor en torno al balde de la colada que ellas han sacado al prado, desvestido sin miramientos, alzado del suelo, tendido en el hervor de su ira, la cabeza en su casco enjabonado que le irrita las pupilas con agria ponzoña, los puños en las mejillas, los pies al cielo donde el sol flamea entre el vapor como una rosa.
          El terror que remonta de su sombra perfilada sobre el cortinaje lo ahuyenta ya vestido hacia la cama plegable a la que él escala de un salto para agarrotarse en ella después de santiguarse tres veces, los ojos abiertos de par en par como un muerto en su sudario.
           Orejas coloradas, calzoncillos de felpa bostezantes sobre la palidez de las rodillas, lo conducen de la mano hasta el salón donde las damas acicaladas se asfixian de risa y de té mientras sus suaves dedos lo hacen retorcerse bobamente en un cosquilleo.
          Amanerada en su blusa y sus enaguas, la vieja solterona de cabellos candeales, con el rostro árido como el de un libro, el ojo sermoneador bajo unos quevedos. Enciclopedia en mano, se ponen lentamente en marcha. Dos pasos hacia adelante, un paso hacia atrás. Trabajosamente se abren un camino por las breñas del primer saber para ir a dar a costa de mucho llanto a un jardín diseñado con un arte tan perfecto que cualquiera que acceda a él está obligado a respetar su secular disposición.
            Ladronzuelo de peras, para desentenderse de un trato sin honor, que juega con el perro en el trastero y le habla muy bajito a la oreja como un guante del revés.
          Carreras de chicos a medio vestir, banasta a la espalda, calzones remangados sobre piernas terrosas, jornaleros voluntarios o de circunstancias por unos cuartos, orgullosos como príncipes de sangre que escoltan un carruaje regio. Golpes sordos de las barricas acarreadas campo a traviesa hasta la hoja batiente abierta de la bodega tallada en suave pendiente en la roca, parecida a la cala de un barco en la que humea el fango vinoso bajo la muela de los pies descalzos. Los más ágiles encaramados sobre el gigantesco brocal de madera saborean el espectáculo esférico de esos trabajadores de las tinieblas que titubean hombro contra hombro al destello naranja de una lámpara de tormenta.
            Llegado el atardecer, un fuerte y dulce olor enriquece los rostros de una alegría divina. Se entonan bajo la bóveda cantinelas escabrosas. Es la hora de reunir a los niños aturdidos por el sueño que cómo no protestan.
          El viento sobre la más alta línea de las mareas donde rulan como grageas los guijarros grises atigrados de malva, el viento soberano, su frío sabor, su aliento fogoso que vivifica hasta los huesos del cráneo y de las rodillas al niño en un aparte seducido por los encantos del mar.
            Trepando al árbol empavesado de frutos, montando a horcajadas sobre las ramas hasta el nido, fanfarroneando para caer como una manzana agusanada a los pies de la chica de la granja que ríe a carcajadas.
            Sobre el más alto peldaño de la escalinata, joven gato ovillado en el abrazo de las rodillas maternas de aromas a chipre. Ella, siempre tan reidora y activa, buscadora de colmenillas a orillas del camino, cazadora de víboras por los bosques prohibidos a los niños, que sabe con canciones alegrar las penas y de una tierna caricia desarmar los enojos, dura consigo misma sin ostentación, amante de las tareas domésticas, las pieles y las fiestas, ella tan grandemente abierta a la vida, pero firme y clarividente, sensible como un pájaro: ciertos atardeceres, el niño arropado en la cama con una voz tan hermosa que le es imposible cerrar los ojos.
          Lejos de los demás que juegan en la noche y mezclan sus risas a la fiebre de la velada, en cuclillas al calor secreto de los bosques, mientras escuchan el discurso de un ave de plumaje plateado, su vivo mensaje cifrado, su extraña llamada hacia honduras sin eco.
          Enclaustrado en el lecho, la frente empapada en sudor, sienes que laten, se desvela a trompicones bajo el fulgor sulfuroso de la lámpara para ahogar su terror entre las sábanas que se hinchan, se hinchan a toda velocidad como escapando al agarre de los puños crispados. La chimenea de mármol desplaza su vientre panzudo y abierto sobre las planchas del suelo donde unos pasos resuenan militarmente, las sillas desperezan sus patas velludas, el techo oscila y se disloca, enramadas y pasamanerías venenosas se contorsionan sobre las cortinas color de endrino entreabiertas. En el ojo de buey del espejo, un anciano calvo de tez pálida descubre por entero con su mirada oblicua una mala risa. Una araña gigante se balancea sobre sus hilos al volteo del sofoco. Por todas partes la inseguridad, la amenaza, el espanto en tanto infusiones y pastillas no hayan burlado el maleficio de la visión febril.
          Plantado sobre la punta de los pies en el corazón del laurel del que aparta el follaje para arrojar feas muecas a la pequeña vecina de visita quien, colgada del brazo de su madre, mordisquea nerviosamente sus trenzas fingiendo no ver más que las rosas admiradas por su carnación y su aroma sin igual, como corresponde a huéspedes bien educados.
          Todas esas personas mayores hablan sin descanso y tan fuerte que él se retira lejos de sus voces a su fábula interior.
            Que la cama que invita al sueño se vuelva a cerrar delicadamente sobre el cuerpo rendido con la mano familiar mejillas abajo, y es aún el bien puro de la infancia —es su cielo apacible apenas turbado por la violencia de las lágrimas que transforma en sonrisa esa mano protectora cuya labor rosa se guarda como un tesoro en el fondo de los párpados—.
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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LOUIS-RENÉ DES FÔRETS (París, Francia, 1918-2000). Poeta y narrador, su formación inicial en Derecho y Ciencias Políticas no lo apartó de su amor por la literatura. Fue miembro de la Resistencia y luego activista por la liberación de Argelia. Muy pronto empezó a publicar crónicas literarias y musicales. Escritor de minorías, fundador de la revista L’Éphémère junto a Bonnefoy, Du Bouchet, Celan, Dupin, Leiris y Picon, se mantuvo cercano al círculo intelectual de Gallimard y de la NRF. Defendido por Maurice Blanchot, Quignard lo estima asimismo en términos elogiosos y señala su deuda con él. Su obra es escasa pero densa —su novela corta quizás más conocida, El charlatán, hace gala precisamente de un lenguaje muy personal— y ha llamado la atención de la crítica por su singularidad y su turbador hechizo. Des Fôrets posee una escritura elemental del recuerdo, de recios y sugerentes trazos, en la que el lector casi se ve obligado a colmar unos supuestos huecos que parecen extraviados en la memoria.
Este texto pertenece a Ostinato (1997).
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ABDELLATIF LAÂBI

8/3/2025

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IDENTIDAD
 
Soy blanco y a veces me siento negro
Soy árabe y soy de una u otra manera amazigh
Soy pro-palestino y a veces me siento en la piel y en la memoria de un judío
Soy no creyente pero el personaje religioso cuyo mensaje más me conmueve es el del Crucificado
Soy marroquí, francés, libanés, argentino, sudafricano, sirio, kurdo, ouighour, haitiano, rohingya pero secreto de Polichinela en el fondo de mí mismo me siento no español sino andaluz

LA SANGRE
 
¿Se podría determinar la composición
de la sangre
que fluye por mis venas
e incidental de mis heridas?
Lo que he concluido de ciertas investigaciones
y observaciones clínicas
a las que me sometieron
es ante todo
y después de todo
que es impura
 
Sangre humana, ¿no?

A LA ESPERA
 
Por ahí merodea
Reconozco su aliento
el ruido de sus pasos que se arrastran
su sombra
en la total oscuridad
Y siendo así
actúo como si
no sospechara nada
Amueblo honorablemente
mi espera
Tomo parte en las tareas domésticas
Leo profusamente
y sigo
escribiendo por siempre
¿Qué podría hacer más
para olvidar
que mi vida pende de un hilo?

LA GRAN FICCIÓN
 
El mundo
la vida que se desarrolla en él desde que es mundo
las ideas enfrentadas
las enfermedades que lo corroen
los crímenes que se perpetran
las riquezas que se acumulan
las miserias que lo explotan
los amores que florecen y se marchitan
las historias que se cuentan
sobre su aparición y desaparición
las catástrofes que lo devastan
las pandemias que lo enloquecen
sus civilizaciones difuntas y sus artes vivas
El mundo
desde que es mundo
es una gran ficción
que un autor genial
un ilustre desconocido
un muerto de hambre
un anarquista con el corazón de oro
está escribiendo
para engañar el hambre
el frío
y a la Parca
que golpea cada vez con más fuerza
la puerta
de su reducto
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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ABDELLATIF LAÂBI (Fez, Marruecos, 1942). Nacido en el por entonces Protectorado francés, Laâbi se crio en un entorno humilde (su padre fue artesano guarnicionero y su madre, ama de casa). De su obra, tanto narrativa como poética, se desprende un aroma inequívocamente autobiográfico. Su universo literario oscila entre el asombro maravillado y el desastre ante lo que contemplamos y vivimos. Su poesía es «acto de presencia», transparente, viva y acogedora y proclama (o lo intenta) la libertad del ser humano frente a la barbarie con un lenguaje de sorprendente sencillez. Condenado a diez años de prisión en 1972 por las autoridades marroquíes por su compromiso político, Laâbi sufrirá escarnio, exclusión social y familiar, interrogatorios humillantes y torturas. A su liberación, se exiliará en París. Premio de la libertad del Pen Club, Internacional de poesía de Rotterdam y Goncourt al conjunto de su obra (entre otros), cualquiera de sus numerosos textos poéticos o en prosa invita a una lectura atenta e inmediata, que nunca defrauda. Estos cuatro poemas pertenecen al libro La poesía es invencible (2022).
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JEAN GIONO

9/12/2024

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EL HOMBRE QUE PLANTABA ÁRBOLES
          Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, es preciso tener la buena fortuna de poder observar sus acciones durante largos años. Si esas acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que la dirige es de una generosidad ejemplar, si es absolutamente cierto que no haya buscado recompensa en parte alguna y que haya dejado, además, marcas visibles en el mundo, estaremos entonces, sin riesgo a equivocarnos, ante un carácter inolvidable.
*****
            Hace aproximadamente cuarenta años, efectuaba una larga ascensión a pie por alturas absolutamente desconocidas para los turistas de esa viejísima región de los Alpes que penetra en la Provenza.
          Esa región limita al suroeste y al sur con el cauce medio del Durance, entre Sisteron y Mirabeau; al norte con el cauce superior del Drôme, desde su nacimiento hasta Die; al oeste, con las llanuras del Comtat Venaissin y los contrafuertes del Mont-Ventoux. Abarca toda la parte norte del departamento de Basses-Alpes, el sur del Drôme y un pequeño enclave del de Vaucluse.
            Ocurrió cuando emprendí mi largo paseo por esos desiertos, landas desnudas y monótonas, entre los 1200 y 1300 metros de altitud. No crecía en ellos más que lavanda silvestre.
          Atravesé esa comarca en su más amplia extensión y, después de tres días de marcha, me encontré en una desolación sin par. Acampé junto al esqueleto de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua desde la víspera y tenía que encontrarla. Esas casas agrupadas, aunque en ruinas, como un viejo nido de avispas, me hicieron pensar que debió haber ahí, en tiempos, una fuente o un pozo. Y había una fuente, pero seca. Las cinco o seis casas, sin techumbre, roídas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla de campanario desmoronado, estaban dispuestas como lo están las casas y las capillas en los pueblos vivos, pero toda vida había desaparecido.
           Hacía un hermoso día de junio de mucho sol, pero por esas tierras desamparadas y elevadas hacia el cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. Sus gruñidos en las carcasas de las casas parecían los de una fiera a la que se molesta en su comida.
           Tuve que levantar el campamento. A cinco horas de marcha de allí, seguía sin encontrar agua y nada podía darme esperanzas de encontrarla. Por todas partes había la misma sequedad, las mismas hierbas leñosas. Me pareció advertir en la lejanía una pequeña silueta negra, de pie. La tomé por el tronco de un árbol solitario. Por si acaso, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de ovejas recostadas sobre la tierra abrasadora descansaban junto a él.
            Me dio a beber de su cantimplora y, poco después, me llevó a su aprisco, en una ondulación de la meseta. Sacaba el agua, excelente, de un agujero natural, muy profundo, por encima del cual había instalado un chigre rudimentario.
          Aquel hombre hablaba poco. Es cosa de solitarios, pero se le veía seguro de sí y confiado en su seguridad. Algo insólito en esa comarca despojada de todo. No habitaba una cabaña sino una verdadera casa de piedra donde se veía muy bien cómo su trabajo personal había recompuesto la ruina que había encontrado a su llegada. Su techo era sólido y estanco. El viento que golpeaba sus tejas recordaba el rumor del mar sobre las playas. Su hogar estaba ordenado, su vajilla fregada, su parqué barrido, su escopeta engrasada; su sopa hervía al fuego. Observé entonces que estaba también recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos, que sus ropas estaban zurcidas con el cuidado minucioso que vuelve invisibles los remiendos.
            Me hizo compartir su sopa y, cuando después le ofrecí mi petaca, me dijo que no fumaba. Su perro, silencioso como él, era sumiso sin bajeza.
         Se sobreentendió enseguida que pasaría la noche allí; el pueblo más cercano estaba todavía a más de una jornada y media de marcha. Además, conocía perfectamente el carácter de los escasos pueblos de esa región. Hay unos cuatro o cinco dispersos alejados unos de otros sobre las pendientes de esas alturas, por el monte bajo de roble blanco americano al extremo opuesto de cualquier ruta transitable.
           Están habitados por leñadores que hacen carbón vegetal. Son lugares en los que se vive mal. Las familias, apretadas unas contra otras en ese clima, que es de una extremada rudeza, tanto en verano como en invierno, exacerban su egoísmo en su incomunicación. La ambición irracional cae en la desmesura, en el deseo continuo de escapar de ese lugar.
          Los hombres se ocupan en llevar carbón a la ciudad con sus camiones y luego regresan. Las cualidades más sólidas se descosen bajo ese perpetuo flujo de cal y de arena. Se hacen la competencia por todo, tanto por la venta del carbón como por un banco en la iglesia, por las virtudes que se combaten entre ellas y por los vicios que se combaten entre ellos, y por la mezcla general de vicios y virtudes, sin descanso. Por encima, el viento incansable irrita igualmente los nervios. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura, casi siempre mortíferos.
         El pastor que no fumaba fue a buscar una bolsita y esparció por la mesa un montón de bellotas. Se puso a examinarlas una tras otra con mucha atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en pipa.
          Le propuse mi ayuda. Me dijo que eso era asunto suyo. En efecto, al ver el cuidado que ponía en ese trabajo, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando tuvo en la parte de las buenas un montón de bellotas lo bastante grande, las contó de diez en diez. Al mismo tiempo, seguía eliminando los pequeños frutos o aquellos que estaban ligeramente agrietados, pues los examinaba de muy cerca. Cuando tuvo así por delante cien bellotas perfectas, paró y fuimos a acostarnos.
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Adaptación teatral de 'El hombre que plantaba árboles'
          La compañía de ese hombre ofrecía paz. Le pedí permiso al día siguiente para descansar durante toda la jornada en su casa. Lo encontró muy natural o, más exactamente, me dio la impresión de que nada podía molestarlo. Ese descanso no era absolutamente obligatorio, pero estaba intrigado y quería saber más. Sacó a su rebaño y lo guio a los pastos. Antes de partir, remojó en un cubo de agua el saquito en el que había metido las bellotas cuidadosamente escogidas y contadas.
          Observé que a modo de cayado, llevaba una barra de hierro del grosor de un pulgar y una longitud aproximada de metro y medio. Hice como que me paseaba mientras descansaba y seguí una ruta paralela a la suya. Los pastos de sus animales estaban al fondo de una depresión. Dejó al pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia el lugar en el que yo me encontraba. Temí que viniera a reprocharme mi indiscreción, pero en absoluto, era su camino y me invitó a que lo acompañara si no tenía nada mejor que hacer. Iba a unos doscientos metros de allí, a las alturas.
            Una vez llegó al lugar deseado, se puso a clavar su barra de hierro en el suelo. De ese modo, hizo un agujero en el que metió una bellota, luego volvió a tapar el agujero. Plantaba robles. Le pregunté si la tierra le pertenecía. Me respondió que no. ¿Sabía de quién era? No lo sabía. Suponía que era tierra comunal o quizás fuese propiedad de gente que no se preocupaba por ella. A él no le preocupaba saber de sus propietarios. Plantó así sus cien bellotas con un cuidado extremo.
          Tras la comida de mediodía, volvió a empezar la selección de su simiente. Insistí bastante, creo, en mis preguntas para que respondiese. Desde hacía tres años plantaba árboles por esas soledades. Había plantado cien mil. De esos cien mil, habían salido veinte mil. De esos veinte mil, contaba aún con perder la mitad, debido a los roedores o a todo aquello que es imposible prever en los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían en ese lugar donde nada hubo anteriormente.
           En aquel instante, me preocupé por la edad de aquel hombre. Visiblemente, tenía más de cincuenta años. Cincuenta años, me dijo. Se llamaba Elzéard Bouffier. Había poseído una granja por los valles. Había cumplido con su vida.
          Había perdido a un hijo único, luego a su mujer. Se había retirado a la soledad en la que disfrutaba viviendo con lentitud, con sus ovejas y su perro. Había juzgado que esta comarca se moría por la falta de árboles. Añadió que, al carecer de ocupaciones importantes, había resuelto remediar ese estado de cosas.
          Como yo mismo llevaba en aquel momento, a pesar de mi joven edad, una vida solitaria, sabía conmover con delicadeza las almas de los solitarios. Sin embargo, cometí un error. Mi joven edad, precisamente, me forzaba a imaginar el porvenir en función de mí mismo y de una cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que, dentro de treinta años, esos robles serían magníficos. Me respondió muy sencillamente que, si Dios le prestaba vida, dentro de treinta años, habría plantado tantos que esos diez mil serían como una gota de agua en el mar.
          Él estudiaba ya, por otro lado, la reproducción de las hayas y tenía pegado a su casa un vivero proveniente de los hayucos. Los ejemplares que había protegido de sus borregos con una barrera alambrada eran de gran belleza.
         Pensaba igualmente en abedules para aquellos fondos en los que, me dijo, una cierta humedad dormía a unos metros de la superficie del suelo.
           Nos separamos al día siguiente.
*****
          Un año después, estalló la guerra del 14 para la que fui reclutado durante cinco años. Un soldado de infantería apenas podía pensar en árboles. A decir verdad, la cosa en sí no me había marcado: la había considerado como un pasatiempo, una colección de sellos, y olvidado.
          Al acabar la guerra, me encontré en posesión de una prima de desmovilización minúscula, pero con el gran deseo de respirar un poco de aire puro. Fue sin idea preconcebida, salvo esa, cuando reinicié el camino por esas tierras desiertas.
           La comarca no había cambiado. Con todo, más allá del pueblo muerto, percibí en la lejanía una suerte de niebla gris que recubría las alturas como un tapiz. Desde la víspera, me había puesto a pensar de nuevo en aquel pastor plantador de árboles. «Diez mil árboles —me decía— ocupan realmente un espacio bien ancho».
          Había visto morir a demasiada gente durante cinco años como para no imaginar fácilmente la muerte de Elzéard Bouffier, y más teniendo en cuenta que, cuando uno tiene veinte años, considera a los hombres de cincuenta como ancianos a quienes no les queda sino morir. No había muerto. Estaba incluso muy lozano. Había cambiado de oficio. No poseía más que cuatro ovejas pero, a cambio, un centenar de colmenas. Se había deshecho de los corderos quienes ponían en peligro sus plantaciones de árboles. Porque, me dijo (y yo lo constaté), no se había preocupado por la guerra. Imperturbablemente, había continuado plantando.
          Los robles de 1910 tenían por entonces diez años y eran más altos que él y que yo. El espectáculo era impresionante. Estaba literalmente privado de palabras y, como él no hablaba, pasamos todo el día en silencio paseándonos por su bosque. Tenía, en tres tramos, once kilómetros en su anchura mayor. Cuando uno recordaba que todo había salido de sus manos y del alma de aquel hombre, sin medios técnicos, comprendí que los hombres podrían ser tan eficaces como Dios en otros dominios distintos al de la destrucción.
          Él había continuado con su idea y las hayas que me llegaban al hombro, esparcidas hasta donde alcanzaba la vista, lo testimoniaban. Los robles eran recios y habían superado la edad en la que estaban a merced de los roedores; en cuanto a los designios de la Providencia en sí misma para destruir la obra creada, falta le haría a partir de ese momento recurrir a un ciclón. Me mostró admirables bosquecillos de abedules que se remontaban a cinco años atrás, es decir a 1915, a la época en la que yo combatía en Verdún. Los había plantado en todos los fondos donde él suponía, con buen criterio, que había humedad casi a flor de tierra. Eran muy resueltos y tiernos, como adolescentes.
          Su creación parecía, por otra parte, producirse en cadena. No lo preocupaba; proseguía obstinadamente su tarea, muy sencilla. Pero al bajar de nuevo por el pueblo, vi fluir agua por arroyos que, en la memoria del hombre, siempre habían estado secos. Se trataba de la más formidable operación de reacción que me fuera dado contemplar. Aquellos arroyos secos habían llevado agua antaño, en tiempos muy antiguos.
          Algunos de aquellos pueblos tristes de  los que he hablado al principio de mi relato habían sido construidos sobre los emplazamientos de antiguos poblados galo-romanos de los que quedaban todavía huellas, en las que los arqueólogos habían excavado y habían encontrado anzuelos en lugares en los que, en el siglo veinte, estábamos obligados a recurrir a aljibes para tener un poco de agua.
          El viento también dispersaba ciertas semillas. Al mismo tiempo que el agua reaparecían los sauces, los sauces mimbre, los prados, los huertos, las flores y una cierta razón de vivir.
Pero la transformación se operaba tan lentamente que entraba en la costumbre sin provocar asombro. Los cazadores que subían a sus soledades para perseguir liebres o jabalíes bien habían constatado la abundancia de los arbolitos, pero lo habían achacado a la malicia natural de la tierra. Por esa razón nadie tocaba la obra de aquel hombre. Si lo hubiesen sospechado, le habrían llevado la contraria. Estaba libre de toda sospecha. ¿Quién habría podido imaginar, en los pueblos y en la administración, tal obstinación en la generosidad más magnífica?
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Aunque lo parezca, Giono no es un autor infantil
          A partir de 1920, no dejé pasar un solo año sin visitar a Elzéard Bouffier. Nunca lo vi doblegarse o dudar. Y sin embargo, ¡Dios sabe si el mismo Dios lo empujaba! No evalué sus sinsabores. Bien imaginamos sin embargo que, para semejante logro, hubo de vencer la adversidad; que, para asegurar la victoria de tal pasión, hubo de luchar contra la desesperación. Durante un año, había plantado más de diez mil arces. Murieron todos. Al año siguiente, abandonó los arces para recuperar las hayas que salieron adelante mejor aún que los robles.
         Para tener una idea más exacta de ese carácter excepcional, no hay que olvidar que se ejercitaba en una soledad total, tan total que, hacia el final de su vida, había perdido la costumbre de hablar. O ¿acaso no viera la necesidad?
         En 1933, recibió la visita de un guarda forestal desconcertado. Ese funcionario le ordenó que no hiciera fuego fuera, por miedo a que pusiera en peligro el crecimiento de ese bosque natural.
         Era la primera vez, le dijo aquel hombre ingenuo, que se veía un bosque crecer solo. En esa época, iba a plantar hayas a doce kilómetros de su casa. Para ahorrarse los trayectos de ida y vuelta, pues por entonces tenía setenta y cinco años, planeaba la construcción de una cabaña de piedra en el mismo lugar de sus plantaciones. Cosa que hizo al año siguiente.
         En 1935, una verdadera delegación administrativa acudió a examinar el bosque natural. Había un alto personaje de la delegación de Montes, un diputado, varios técnicos. Pronunciaron muchas palabras inútiles. Decidieron hacer algo y, felizmente, no hicieron nada, excepto una sola cosa útil: poner el bosque bajo la salvaguarda del Estado y prohibir el paso a los carboneros. Pues era imposible no dejarse subyugar por la belleza de esos jóvenes árboles en plena salud, que ejercieron su poder de seducción sobre el mismísimo diputado.
          Entre los oficiales forestales que formaban la delegación, yo tenía un amigo. Le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente, fuimos ambos a la búsqueda de Elzéard Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros de donde había tenido lugar la inspección.
          Ese oficial forestal no era un amigo cualquiera. Conocía el valor de las cosas. Supo guardar silencio. Ofrecí unos cuantos huevos que había llevado como presente. Compartimos nuestro tentempié y pasamos unas horas en la muda contemplación del paisaje.
          El flanco por el que habíamos llegado estaba cubierto de árboles de seis a siete metros de alto. Recordaba el aspecto de la comarca en 1913, un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire vivificante de las alturas, la frugalidad y sobre todo la serenidad de alma le habían dado a aquel anciano una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas iba a cubrir aún con árboles.
          Antes de su partida, mi amigo hizo simplemente una breve sugerencia a propósito de ciertas esencias que aquel terreno parecía exigir. No insistió. «Por una buena razón —me dijo después—, porque ese hombre sabe más que yo». Al cabo de una hora de marcha, una vez la idea se abrió paso en él, añadió: «Sabe más que todo el mundo. ¡Ha encontrado una maravillosa manera de ser feliz!».
         Gracias a aquel capitán no sólo el bosque sino también la felicidad de aquel hombre fueron protegidos. Mandó escoger a tres guardas forestales para esa protección y los aterrorizó de tal forma que permanecieron insensibles a todos los sobornos que los leñadores pudieran proponerles. La obra no corrió un riesgo grave sino durante la guerra del 39. Para los automóviles que funcionaban por entonces con gasógeno, nunca había leña suficiente. Empezaron a talar los robles de 1910, pero aquellas heredades estaban tan lejos de toda red de carreteras que la empresa se reveló pésima desde un punto de vista financiero. La abandonaron. El pastor no llegó a ver nada. Estaba a treinta kilómetros de allí, continuaba apaciblemente su labor, ignorando la guerra del 39 como había ignorado al del 14. 
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Vi a Elzéard Bouffier por última vez en junio de 1945. Tenía por entonces ochenta y siete años. Yo había pues reiniciado la ruta del desierto, pero ahora, pese al descalabro en el que la guerra había dejado el país, había un autocar que hacía el servicio entre el valle del Durance y la montaña. Achaqué a ese medio de transporte relativamente rápido el hecho de que no reconociera ya los lugares de mis primeros paseos. Me parecía también que el itinerario me obligaba a pasar por lugares nuevos. Necesité del nombre de un pueblo para concluir que me encontraba aun así en esa región antaño en ruinas y desolada. Bajé del autocar en Vergons.
          En 1913, esa aldea de diez a doce casas tenía tres habitantes. Estaban asilvestrados, se detestaban, vivían de la caza con trampa; poco más o menos en el estado físico y moral de los hombres de la prehistoria. Las ortigas devoraban a su alrededor las casas abandonadas.
          Todo había cambiado. Incluso el aire. En lugar de las tormentas secas que me acogían en tiempos, soplaba una brisa blanda cargada de olores. Un rumor parecido al del agua llegaba desde las alturas: era el del viento en los bosques. Finalmente, cosa más asombrosa, oí el verdadero rumor del agua que fluía en un estanque. Vi que habían hecho una fuente, que era abundante y, lo que me impresionó más, habían plantado junto a ella un tilo que podría tener unos cuatro años, ya feraz, símbolo incontestable de una resurrección.
          Por otro lado, Vergons llevaba la huella de un trabajo para cuya tentativa es necesaria la esperanza. Así pues, la esperanza había regresado. Se habían despejado las ruinas, abatido los muretes arruinados y reconstruido cinco casas. La aldea contaba desde entonces veintiocho habitantes entre los cuales cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién enfoscadas, estaban rodeadas de huertos en los que crecían, mezclados pero alineados, las verduras y las flores, las coles y los rosales, los puerros y los dragones, el apio y las anémonas. En lo sucesivo, era un lugar en el que daban ganas de vivir.
          A partir de ahí, hice mi camino a pie. La guerra de la que apenas salíamos no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero Lázaro andaba fuera de su tumba. Por las laderas bajas de la montaña, veía campos pequeños de cebada y de centeno en cierne; al fondo de los valles estrechos, algunas praderas verdeaban.
          No han hecho falta más que los ocho años que nos separan de esa época para que toda la comarca resplandezca de salud y de bienestar. Sobre el emplazamiento de las ruinas que había visto en 1913, se elevan ahora granjas limpias, bien enlucidas, que denotan una vida feliz y confortable. Las viejas fuentes, alimentadas por la lluvia y la nieve que los bosques retienen, han vuelto a fluir. Canalizan las aguas. Al lado de cada granja, en bosquecillos de arce, los estanques de las fuentes desbordan sobre tapices de menta fresca. Los pueblos han sido reconstruidos poco a poco. Una población procedente de los valles, donde la tierra se vende cara, se ha instalado en la comarca, aportándole juventud, movimiento, espíritu de aventura. Por los caminos encontramos hombres y mujeres bien alimentados, muchachos y muchachas que saben reír y han recobrado la satisfacción por las fiestas campesinas. Si contamos la antigua población, irreconocible desde que vive con dulzura, y los recién llegados, más de diez mil personas deben su felicidad a Elzéard Bouffier.
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          Cuando pienso en que un hombre solo, reducido a sus simples recursos físicos y morales, ha bastado para hacer surgir del desierto esta comarca de Canaan, descubro, pese a todo, que la condición humana es admirable. Pero, cuando caigo en la cuenta de toda la grandeza de alma y de empeño en la generosidad que ha necesitado para obtener este resultado, me embarga un inmenso respeto por ese viejo campesino sin cultura que supo llevar a buen término esta obra digna de Dios.
         Elzéard Bouffier murió apaciblemente en 1947 en la residencia de ancianos de Banon.
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO

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JEAN GIONO (Manosque, 1895-1970). Narrador, ensayista y cronista francés, Giono nació y murió en su Alta Provenza. Hijo de zapatero y de planchadora, tuvo que dejar el colegio para ayudar a sus padres. Su trabajo como empleado de banca no le impedirá adquirir una formidable cultura clásica que lo inclinará hacia la literatura de manera autodidacta. Combatiente durante tres años en la Primera Guerra Mundial, se declaró pacifista en la Segunda. Esa adhesión junto a la vitola de profeta de la no violencia lo llevó a la cárcel, a la Liberación, hecho que lo llenaría de amargura y de desconfianza en el ser humano. Giono es el pintor de la Provenza trágica, el apólogo lírico de las alegrías del terruño y de la comunión con el universo, de las grandezas campesinas que reflejan un mundo carnal y próximo. Muchas de sus novelas son un canto a la fraternidad. En su amplia obra destacan Jean le Bleu y el ciclo del húsar, héroe ‘positivo’ comparable a Fabricio del Dongo.
Se ofrece su cuento más conocido, ‘El hombre que plantaba árboles’ (1953), una negación del desierto, de la guerra y de la destrucción. Un necesario regreso a la tierra fértil y a sus aguas de vida. Una resurrección frente a la barbarie de dos conflictos mundiales. Un hilo de esperanza inquebrantable en la condición humana que sorprende por su precoz reivindicación y modernidad.
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DOMINIQUE GRANDMONT

14/6/2024

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INMUEBLE  I
 
De noche cuando los ruidos escasean
y los pasillos se suman a otros pasillos,
sé que nosotros no existimos,
sé que no volverás, que el mañana no volverá
o que el día vendrá y ocupará de golpe tu lugar
(y yo no te reconoceré y los instantes
fluirán así sin pensar nada), cuando de repente alguien viene
y no lo reconozco, no llego a verlo,
no llego a ver su rostro y los sonidos de los demás pisos
son los mismos que se responden siempre, simples destellos
en los pasillos silenciosos en los que brillan
los pilotos del temporizador como ardientes colillas en las sombras
—y así sin pensar nada, hasta que la luz emerja de nuevo
con ese profundo rumor de beso que el cemento forja a su alrededor.

INMUEBLE II
 
París 1970 o 1973. Los perros, los titulares de los periódicos,
el claxon repetido de un coche en el pasaje
y los novios en taxi. La ventana
sólo entornada y toda transparencia
se agranda cuando la puerta, todas las puertas se cierran
o es sencillamente el rumor de las llaves tiradas sobre una mesa
y el cigarrillo que a sí mismo se fuma, igual que aquí. Se advierte al fondo
ese reloj parado en la escena de los teatros, cuando
el actor ya no sabe lo que hay que decir o como si, en un pasillo,
mirara de repente quién pudiera seguirlo,
ante un espejo que reflejara entonces que no hay nada frente a él,
ante un espejo olvidado de instantes muertos más fuertes que la muerte
y quizá haya alguien inmóvil en un lecho y quizá se adelante
a una cita que nadie le ha propuesto.
Unos pasos se alejan: se acercan. Hablan también por las escaleras.
Un tacón suena. Vasos tirados por los suelos.
(Domingos claros y vacíos o que sonaran del revés,
las horas mal medidas, tan lentas.
Puntos de referencia reales pero provisorios,
aviones, arrabales, pero del todo inciertos).
A veces, sólo al paso del metro se siente temblar los cristales
y la fuerza del mundo o algo primero
como un paso calmoso sobre un parqué que tiembla,
casi palabras. Martilleos
que no se oyen. No se oye
lo que está encerrado en la piel ardiente,
el tiempo afuera, de pie las voces. En frente
las grúas andan como trazadas en el cielo
y todo parece tan nuevo y la proximidad tan grande
que basta un soplo para borrarlas. El cielo está algo gris,
las cosas más bien amarillas a causa de un mediodía de otoño.
Abajo
alguien mira una moto mientras mastica un bocadillo.
Un negro con su abrigo largo, pegado a la parada del autobús,
retoca en el suelo figurillas, máscaras, cinturones,
y se sienta en el banco, de espaldas. Tiene
un gorro de lana y los transeúntes de cada día
tienen todos el mismo cuerpo, los mismos brazos, las mismas piernas.
Pero no se sabe si van
o vienen, no se sabe ya en qué momento
lo hicieron. El dedo de la mendiga es, sobre su bastón de aluminio
—cuando se para titubeante para insultar a los comercios--
rollizo, ensombrecido por la mugre y por la tierra.
Los árboles velludos hacen gestos incomprensibles
hasta el piso tercero de esos inmuebles de pesados frontones de piedra.
La estación recta marca un poco más lejos la hora,
entre columnas dóricas de hierro negro y los carteles, se ven aún
banderas en un coche, como niños que corren,
pero eso es todo. La luz recula
esta vez y, hasta el horizonte,
no se oye, de nuevo, más que el rumor de la ciudad.

Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO

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Dominique Grandmont © Lionel Joyeux
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DOMINIQUE GRANDMONT (Montauban, Francia, 1941). Poeta y ensayista francés, es hijo de una maestra de origen bretón y de un refugiado rumano enrolado en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Criado por una madre depresiva que lo culpará de su temprana separación y fracaso y lo mortificará a golpes e insultos, Grandmont fue apadrinado, a principios de los sesenta, por Louis Aragon, quien alabó y dio a conocer su primer libro de poemas. De formación clásica, especialista en literatura griega y checa, ha traducido a Cavafis, Elytis, Ritsos y Holan, entre otros. Pese a que siempre se consideró a sí mismo como un ser asocial al que todo el mundo daba por perdido, su creatividad y compromiso intelectual son impresionantes —ha residido y viajado por numerosos países de África y de Asia como conferenciante y activista—. Su poesía no siempre descriptiva, de una ligereza magnética, lo ha hecho acreedor a los prestigiosos premios literarios Max-Jacob por Ici-bas (1983) y Tristan-Tzara por Histoires imposibles (1994). Estos dos inéditos pertenecen a su poemario Immeubles (1978).
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XAVIER DE HAUTECLOCQUE

27/1/2023

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          I
 
         CREPÚSCULO DE LOS DIOSES
 
         Viena, 14 de abril. Cena para tres en casa de mi amigo Otto von Z... Él es el tipo de austríaco de clase alta, elegante, refinado, alemán de corazón, francés de modales. Riquísimo en otro tiempo, repara las brechas de sus rentas tratando con negocios bastante misteriosos: vende metales.
       Se venden muchos metales en la Europa central, en la actualidad. Trocitos de cobre, a los que el vulgo denomina balas de fusil. Agujas de tricotar piel humana: bayonetas. Y esas lindas máquinas enteramente de acero, esas máquinas de descoser la existencia que son las ametralladoras. Dejémoslo. Los negocios de mi amigo Otto no me interesan. Lo que me interesa es el tercer comensal.
       En confidencia, no tenemos derecho a pronunciar su nombre y mucho menos, a escribirlo. Se trata de una de las personalidades más eminentes de la intelectualidad alemana (tomen por ejemplo, como elemento de comparación, al rector de nuestra facultad de derecho de París). Mi rector germánico es una de las cabezas del partido de Von Papen (1). Conoce personalmente al mariscal Von Hindenburg (2) y al Kronprinz (3). En él se encarna el alma de esta vieja y poderosa camarilla monárquica en la que se funden generales, grandes terratenientes y Herr Professoren:
           La Alemania de antaño.
        ¿Por qué diablos se encuentra en Austria en lugar de dirigir su universidad en esta hora memorable en la que la Alemania del mañana se despierta? ¿Turista?
           No: exiliado.
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* * *
          A ese pontífice de la reacción alemana, los hitlerianos no le prohíben formalmente residir en su país. Le han rogado cortésmente que suspenda sus lecciones y se vaya a tomar el aire al extranjero hasta nueva orden. Él es quien ha deseado verme a mí. Quería instruir a un periodista francés sobre la verdadera naturaleza del movimiento hitleriano. Yo espero sus diatribas, una explosión de furia o, al menos, confidencias desengañadas. Se trata de un alemán del Norte y de la especie violenta, del tipo «superhombre». La luz de los candelabros talla en bulto redondo los músculos de su gruesa cabeza cúbica. Resopla vorazmente entre la plata y la porcelana fina. Uno presiente que se hincha de manduca para ahogar su ira. Yo le planto un par de banderillas:
       —Evidentemente, cuando comparamos a su amigo Von Papen, tan cortés, tan de raza, tan culto, con Hitler, quien, pese a todo su genio de agitador, no es... Nada más que un autodidacta...
         —Napoleón también era un autodidacta y un agitador.
         Seriamente, con sinceridad, ese gran intelectual alemán, ese representante de las antiguas clases alemanas dirigentes acaba de comparar a Hitler con Napoleón. La Alemania de antaño puede odiar en secreto al jefe de la Alemania de hoy, pero lo admira y lo sigue porque le tiene miedo.
         Inútil reproducir al detalle lo que ese sabio profesor me ha comentado. En materia de política extranjera su facultad de comprensión no se eleva por encima del odio más brutal. Los polacos, para él, son «dreckmist» [bazofia, estiércol] (4). En cuanto a política interna, cuando dejo caer en la conversación el nombre de Einstein, mi interlocutor responde en los mismos términos:
        —Lástima que ese granuja de Einstein no haya vuelto a Berlín. Me habría gustado verlo balancearse al extremo de una cuerda, ahorcado bajo la puerta de Brandeburgo.
      ¡Oh, serenidad de la ciencia pura! Eso basta para caracterizar el nivel moral del personaje, eso explica asimismo por qué los hitlerianos surgidos del pueblo no tendrán dificultad alguna en suplantar a la antigua oligarquía espiritual o nobiliaria.
           ¿Y el porvenir?
         Por fuera, mi eminente rector cree en la inminencia de una agresión simultánea de franceses y polacos. Obsesión de esa «guerra preventiva» que atormenta a todos los alemanes no marxistas, pertenezcan al partido que pertenezcan.
         Por dentro, me deja entender sin necesidad de palabras que los actuales dirigentes del nacional-socialismo no permanecerán durante mucho tiempo como únicos animadores:
     —El verdadero dueño de la situación —me dice textualmente— es el general Von Hammerstein Equord (5) (generalísimo) y su Reichswehr (6).
          ¡Con qué ternura me habla de esa Reichswehr, imbuida de los viejos principios, fiel a los antiguos ideales! ¡Con qué esperanza también! Un conflicto entre esas viejas tropas y las hordas de los camisas pardas, he ahí una eventualidad que no parece disgustarle. ¿Esperan los dioses, en su crepúsculo, que Parsifal, con su espada luminosa, anuncie la próxima aurora?
           Es posible.
           El rector come camembert:
         —¡Qué queso! ¡Qué país, Francia! Me gusta ese país, sabe usted. Es nuestra «florecilla azul» propia, los Welt-Leute [traduzcan: los hombres que conocen el mundo].
* * *
       Por haber elogiado el camembert y a Francia en presencia de un periodista francés, de golpe le entra miedo. Le espeta a Otto con una voz sorda:
       —Lo que digo carece de importancia. El señor no conoce mi nombre, ¿no es cierto?
       Por último, con no sé qué entonación de temor degradante, animal, con una risita de cascabel que tardaré mucho en olvidar:
        —Hablar de política con un francés, si se supiera eso en el extranjero,... sería fusilado (sic).
         «Ich waere erschossen». Los dioses de antaño tienen miedo del hitlerismo, tanto miedo como los pobres fantoches de ayer, políticos socialistas o dirigentes sindicales que revientan de miseria y de pena en los campos de concentración (7).
     Le he preguntado al rector si no podría darme recomendaciones para tal o cual de sus eminentes colegas, que han permanecido en activo y en gracia ante los nacional-socialistas. En la manera con la que ha reclamado su gabán, comprendí que había metido la pata.
         Una vez que se fue, mi anfitrión me dijo entre risas, con un hilo de amargura en su ironía:
         —En cualquier caso, ¡qué alternativa hay entre hacer el Anschluss (8) con este tipo de nacionalistas prusianos o con los hitlerianos!
        Otto von Z... cree pese a todo que el pueblo austriaco consumará el Anschluss hagan lo que hagan por impedirlo. Cree de igual modo que mi viaje a Alemania es totalmente inútil. Los hitlerianos, a su parecer, ni quieren ni pueden tener ningún contacto con un periodista «welche» (9).

NOTAS
(1) Franz von Papen (1879-1969), militar, diplomático y político monárquico alemán de confesión católica, nacido en Westphalia, perteneció al partido Zentrum; se le achaca, por sus intrigas desacertadas, entre ellas la de hacer caer al gobierno Brüning, el ascenso y posterior asalto al poder de los hitlerianos [Todas las notas son del traductor, si no se especifica lo contrario].
(2) Paul von Hindenburg (1847-1934), mariscal alemán y general en jefe del ejército durante la Primera Guerra Mundial, presidente del Reich desde 1925 hasta su muerte. En 1933, nombra a Hitler nuevo canciller de Alemania.
(3) Guillermo de Hohenzollern (1882-1951), conocido como Guillermo de Prusia o Kronprinz, fue hasta 1918 el último representante de la monarquía alemana en el poder.
(4) Las traducciones entre corchetes son del propio Hauteclocque.
(5) Kurt von Hammerstein-Equord (1978-1943), general de extracción aristocrática, comandante en jefe de la Reichswehr, cuyo hijo Kunrat participaría en el complot fallido contra Hitler en 1944, se opuso frontalmente al nazismo; su perfil irreductible fue descrito en la novela-documental Hammerstein o el tesón del poeta, ensayista y narrador H. M. Enzesberger.
(6) Fuerza de defensa del estado o ejército alemán durante la República de Weimar (1919-1935).
(7) Hauteclocque será uno de los primeros periodistas en hablar abiertamente de la existencia real de los siniestros campos de concentración.
(8) Planificada durante años, la incorporación, anexión o unión de Austria con Alemania en el seno de un mismo estado se produciría finalmente cinco años después, en marzo de 1938.
(9) Del alemán welsch, término al que Voltaire da el sentido de galo, porque principalmente se dirigía a los franceses, es medianamente peyorativo y significa «extranjero que no habla la lengua germánica»; sería el equivalente a nuestro franchute o gabacho.

Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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XAVIER DE HAUTECLOCQUE (Saveuse, 1897 - París, 1935). Hasta que sus derechos de autor no pasaron a ser de dominio público en 2015, el periodista y espía francés de ascendencia aristocrática, Xavier de Hauteclocque, primo hermano del que sería mariscal Leclerc, era prácticamente un desconocido para sus compatriotas. Combatió como voluntario en la Primera Guerra Mundial, renunció a la carrera de abogado y se convirtió en reportero de numerosos rotativos de entreguerras. De sus experiencias y viajes por Europa, la Unión Soviética y Oriente Medio, surgieron cientos de crónicas y un buen puñado de libros. Hauteclocque dejó su impronta en el mundo del periodismo con una trilogía (1933-1935), en la cual analizaba desde dentro la revolución hitleriana y alertaba sobre el peligro que acarreaba el inevitable rearme alemán, la militarización de la sociedad y el belicismo de sus líderes. El régimen de Hitler lo declaró persona non grata a la publicación de La tragedia parda, segundo volumen de la serie. Envenenado al acudir a una cita con supuestos oficiales anti nazis en el sur de Alemania, el conde De Hauteclocque murió tras larga agonía en abril de 1935. Enterrado con honores en su Saveuse natal, fue declarado héroe de guerra. Del libro En las entrañas de la Alemania nazi (Tréveris, 2023), que incluye la trilogía completa, se ofrece el primer capítulo.

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GEORGES SCHEHADÉ

6/11/2022

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CE n’est pas des mots pour rien ce poème
Ce n’est pas un chant pour personne cette mélancolie
Voici l’automne et ses froides étoiles
Il reste assez de vent pour s’enfuir
L’oiseau d’Afrique demande l’heure
Mais la mer est loin comme un voyage
Et les pays se perdent dans les pays
—Écoute à travers les ramures
Le bruit doré d’un arbre qui meurt

ILS ne savent pas qu’ils ne vont plus revoir
Les vergers d’exil et les plages familières
Les étoiles qui voyagent avec des jambes de sel
Quand la nuit est triste de plusieurs beautés
 
Ils oublient qu’ils ne vont plus entendre
Le vent de la grille et le chien des images
L’eau qui dort sous la couleur des pierres
La nuit avec des violons de pluie
 
Tant de magie pour rien
Si ce n’était ce souvenir d’un autre monde
Avec des oiseaux de chair dans la prairie
Avec des montagnes comme des granges
Ô mon enfance ô ma folie

NOUS reviendrons corps de cendres ou rosiers
Avec l’œil cet animal charmant
O colombe
Près des puits de bronze où de lointains
Soleils sont couchés
 
Puis nous reprendrons notre courbe et nos pas
Sous les fontaines sans eau de la lune
O colombe
Là où les grandes solitudes mangent la pierre
 
Les nuits et les jours perdent leurs ombres par milliers
Le temps est innocent des choses
O colombe
Tout passe comme si j'étais l'oiseau immobile

LA petite fille qui a une toux de montagne
Qui garde l’herbe sur son visage
La mûre des bois n’a pas retrouvé sa trace
L’écho et ses chiens parfumés ne s’en souviennent plus
Je pense qu’elle a dû pâlir dans ses habits
Avant de rejoindre l’envers des arbres
Donnant sa part de nuit au corbeau du sable
L’autre plus douce pour les marécages solitaires
Ainsi dure au printemps la neige des amandes

NO son palabras para nada este poema
No es un canto para nadie esta melancolía
He aquí el otoño y sus frías estrellas
Queda bastante viento para emprender la huida
El pájaro de África pregunta la hora
Pero el mar anda lejos como un viaje
Y los países se pierden en los países
—Escucha a través de la enramada
El ruido dorado de un árbol que muere

NO saben que no volverán a ver
Los vergeles de exilio y las playas familiares
Las estrellas que viajan con piernas de sal
Cuando la noche es triste de variadas bellezas
 
Olvidan que no volverán a oír
El viento de la verja y el perro de las imágenes
El agua que duerme bajo el color de las piedras
La noche con violines de lluvia
 
Tanta magia para nada
Si no fuera ese recuerdo de otro mundo
Con pájaros de carne en la pradera
Con montañas como graneros
Oh mi infancia oh mi locura

NOS volveremos cuerpos de cenizas o rosales
Con la mirada atenta ese animal cautivador
Oh paloma
Cerca de los pozos de bronce por donde se ponen
Lejanos soles
 
Luego retomaremos nuestra curva y nuestros pasos
Bajo las fuentes sin agua de la luna
Oh paloma
Allí donde las grandes soledades se comen la piedra
 
Las noches y los días pierden sus sombras por millares
El tiempo es inocente de las cosas
Oh paloma
Todo pasa como si yo fuera el pájaro inmóvil

LA chica que tiene una tos de montaña
Que guarda la hierba en su rostro
La mora de los bosques no ha encontrado su huella
El eco y sus perros perfumados ya no se acuerdan
Pienso que ella ha debido palidecer en sus ropas
Antes de unirse al envés de los árboles
Dando su parte de noche al cuervo de la arena
La otra más dulce a las ciénagas solitarias
Así dura en la primavera la nieve de las almendras
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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GEORGES SCHEHADÉ (Alejandría, 1907 - París, 1989). Escritor libanés de expresión francesa, nació en Egipto en el seno de una familia acomodada que se trasladó a Beiruth, siendo él niño. Allí se movió entre los estudios de Economía y los de Derecho, pero su verdadera pasión fue siempre la escritura. Más conocido por su vanguardista obra dramática (destaca su Histoire de Vasco), poeta de inspiración surrealista, invocaba la frescura y la transparencia del «tiempo inocente de las cosas». Apostado en un silencio voluntario, sin llamar la atención, reconocido desde temprano por Perse, Char o Paz, entre otros muchos, su obra poética fue publicada en primera instancia por Guy Lévis Mano. En sus versos, a Schehadé le importaban menos las ideas que la forma y consiguió una hondura y un sello personal con su única y sutil alquimia de las palabras. En apariencia fácil, su obra es compleja, reflejo de un Oriente lejano e interior que se antoja intemporal. Prácticamente inédito en nuestra lengua, excepción hecha de algún poema suelto que Paz tradujera en su día o por distintos estudios aparecidos en Méjico, se ofrecen estos delicados ejemplos de su genio creador.

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AUGUSTE VILLIERS DE L’ISLE-ADAM

23/1/2022

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COMO PARA CONFIAR EN ELLO

          Una mañana gris de noviembre, me apresuré a bajar por la dársena. Una llovizna fría remojaba la atmósfera. Los oscuros transeúntes, ocultos bajo paraguas deformes, se entrecruzaban. El Sena amarillento transportaba sus barcos mercantes como desmesurados abejorros. Por los puentes, el viento fustigaba bruscamente los sombreros, que sus dueños disputaban al espacio con esas actitudes y contorsiones cuyo espectáculo siempre es tan doloroso para el artista.
        Mis ideas eran pálidas y brumosas; la preocupación por una reunión de negocios, aceptada desde la víspera, acosaba mi imaginación. Me acuciaba la hora: resolví refugiarme bajo el tejadillo de un portal desde el cual me sería más cómodo hacer señas a algún simón.
         En el mismo momento advertí, exactamente junto a mí, la entrada a un edificio cuadrado, de aspecto burgués. Se había alzado en la niebla como una aparición de piedra y, a pesar de la rigidez de su arquitectura, a pesar de la niebla apagada y fantástica en la que estaba envuelto, le encontré, de inmediato, un cierto aire de cordial hospitalidad que me serenó el alma.
         —¡Ciertamente —me dije—, los huéspedes de esta casa son gente sedentaria! Este umbral invita a detenerse en él. ¿Acaso no está la puerta abierta?
        De modo que, con la mayor educación del mundo, aire satisfecho, sombrero en mano, pensando incluso en un madrigal para la dueña de la casa, entré sonriendo y me encontré, de lleno, frente a una especie de salón de cubierta acristalada, por el que caía, lívido, el día.
       En las columnas habían colgado ropajes, tapabocas, sombreros. Habían dispuesto mesas de mármol por todas partes.
          Varios individuos, con las piernas estiradas, las cabezas elevadas, los ojos fijos, el aire positivo, parecían meditar. Y sus miradas eran irreflexivas, sus rostros del color del tiempo.
         Había carteras abiertas, papeles desplegados junto a cada una de ellas. Y me di cuenta entonces de que la dueña de la casa, con cuya cortesía de bienvenida había yo contado, no era otra que la Muerte.
         Examiné a mis anfitriones. Ciertamente, para escapar a las preocupaciones del incordio de la existencia, la mayoría de los que ocupaban el salón había asesinado sus cuerpos, a la espera así de algo más de bienestar.
         Mientras escuchaba el rumor de los grifos de cobre sellados a la tapia y destinados al riego diario de estos restos mortales, oí el rodar de un simón que se detenía delante de la estancia. Caí en la cuenta de que mi gente de negocios me estaba esperando. Me di la vuelta para aprovechar mi buena fortuna.
         El simón, en efecto, acababa de desaguar en el umbral del edificio, a unos colegiales de juerga que necesitaban ver la muerte para creer en ella. Me percaté del coche vacante y le dije al cochero:
         —¡Al Passage de l’Opéra!
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       Poco tiempo después, en los bulevares, a falta de horizonte, el tiempo me pareció más cubierto. Los arbustos, la vegetación esquelética, parecían, con las puntas de sus ramitas negras, señalar vagamente los peatones a los agentes de policía todavía adormilados. El coche se apresuraba. Los transeúntes, a través de la ventana, me trasmitieron la idea del agua que fluye.
        Una vez en mi destino, salté a la acera y me metí por el pasaje atestado de caras preocupadas. En el otro extremo, observé, justo enfrente de mí, la entrada de un café, hoy día consumido por un famoso incendio (pues la vida es un sueño), al que habían relegado al fondo de una especie de cobertizo, bajo una bóveda cuadrada, de aspecto tristón. Las gotas de lluvia que caían sobre el acristalamiento superior oscurecían aún más el pálido resplandor del sol.
      —¡Era allí donde me esperaban —pensé—, copa en mano, miradas brillantes, mofándose del Destino, mis empresarios!
         Giré entonces el pomo de la  puerta y me encontré, de lleno, en una sala en la que, desde lo alto, lívido, caía el día, a través de la cristalera. De las columnas colgaban ropajes, tapabocas, sombreros. Habían colocado mesas de mármol por todos lados. Varios individuos, con las piernas estiradas, la cabeza elevada, los ojos fijos, con aire positivo, parecían meditar. Y sus rostros eran del color del tiempo, la mirada irreflexiva. Había carteras abiertas y papeles desplegados al lado de cada una de ellas. Observé a aquellos hombres. Con certeza, para escapar de las obsesiones de la insoportable consciencia, la mayoría de aquellos que ocupaban la sala había asesinado hacía mucho tiempo sus “almas”, a la espera así de algo más de bienestar.
         Mientras escuchaba el sonido de los grifos de cobre, sellados a la tapia y destinados al riego diario de aquellos restos mortales, me vino de nuevo a la cabeza el rodar del coche.
         —Seguro que —me dije a mí mismo—, a la larga, al cochero le ha afectado una suerte de embotamiento, pues me ha vuelto a traer, tras tantos rodeos, sencillamente, a nuestro punto de partida. Aun así confieso (si hay equivocación), ¡EL SEGUNDO VISTAZO ES MÁS SINIESTRO QUE EL PRIMERO!... Volví pues a cerrar, en silencio, la puerta acristalada y regresé a mi casa, bien decidido —despreciando este ejemplo y suceda lo que me suceda— a no entablar negocios nunca más.
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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AUGUSTE VILLIERS DE L’ISLE-ADAM (Saint-Brieuc, 1838 - París, 1889). Aristócrata francés, incluido entre los raros de Darío, descendía de una antigua e ilustre familia y murió, arrogante y solitario, sin haber conocido gloria o fortuna a las cuales siempre se creyó predestinado. Conoció a Baudelaire, quien lo inició en Poe, y fue asimismo amigo de Mallarmé. Escribió dramas filosóficos que fueron ignorados por el público con un estilo rimbombante, atravesado de destellos fulgurantes, ideal para enfrentar «las luces del sueño a las tinieblas del sentido común». Influido poderosamente por Hegel, quien lo confirmaría en su idealismo místico, y contagiado por el disgusto tanto de las costumbres contemporáneas como del oropel intelectual de la ciencia, su deseo fue el de componer una serie de obras en las que el sueño tuviera la lógica como base. Precursora del simbolismo, su obra mayor fue el drama Axel, publicado póstumamente. De sus Cuentos crueles (1883), mezcolanza de temas terribles tratados con un humor inquietante en textos que exaltan la búsqueda espiritual y el triunfo de lo onírico, se ofrece esta perla que inspiraría tanto a Borges, como a Cortázar o incluso a Filisberto Hernández.
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SAINT-POL-ROUX

8/9/2021

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DELANTE DE LA ROPA TENDIDA POR MI MADRE, EN EL PUEBLO
 
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                 A Victor Groulhard
 
 
¡Ropa tendida por los brazos de rosa de mamá...!
 
Primitiva prueba de la cubeta con sus cenizas de sarmiento...
Huevos nevados del jabón...
Francas bofetadas de la paleta...
Decisivas caricias del pozo...
Muy pura cuerda que va desde los acerolos hasta ese trofeo de orejas de elefante al que se parece la higuera...
Luego, las pinzas tutelares...
Y, finalmente, sobre ese flotante candor, los sutiles lingotes del sol virgen...
 
¡Ropa tendida por sus brazos de rosa!
 
Hostias...
Linos de alba...
Nenúfares de brisa...
Páginas de amapolas...
Lienzos de luna...
Pergaminos en viñetas de insectos...
 
¡Ropa tendida por sus brazos de rosa!
 
Ingenuo aroma de la lejía...
Que sube a abrir el palomar de los recuerdos...
Y se perciben gestos blancos de aparecidos en los espejismos de antaño...
Y se saborea la buena leche de rediles revueltos...
 
¡Ropa tendida por sus brazos de rosa!
 
Pues es la exposición de las obras sencillas de las mamelas de mi casa...
¡Estados de alma de mis ancestros entre la adelfa y el olivo...!
Hijo, ¿acaso emanas de la rueca o de los velos de las capelinas...?
¿Acaso serviríais de ajuar a la posteridad, venerables cabellos de antaño...?
 
¡Ropa tendida por sus brazos de rosa!
 
¡Oh, esos dedos de abuela sobre esos resaltes de abuela...!
¿Acaso chorreas, saliva laboriosa, desde esas telas sobre la verbena y las sandías?
Bravas hadas que en sueños huís bajo el emparrado en verano y ante una lumbre de cepas en invierno, ¿quedaron vuestras ensoñaciones entre sus mallas...?
 
¡Ropa tendida por sus brazos de rosa!
 
Oh pañales
Oh mandiles
Oh visillos
Oh manteles del festín familiar en el que el más anciano dice una oración...
Oh sábanas puestas en el alféizar al paso de la virgen...
Oh sudarios...
 
¡Ropa tendida por los brazos de rosa de mi madre!
 

CIGARRAS
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                A Paul Valéry
 
El Tiempo reza el rosario del Sol.
En estas horas de color tesoro de iglesia, cachetes de ángeles de mar, de los que comeremos, sonríen sobre los brazos verdes de los candelabros cuyas arandelas de hierba seca vocalizan. A través de las cintas blancas del pequeño valle dorado, uno de cuyos viñedos se asemeja a un idilio de Teócrito y a una bucólica de Virgilio el otro, vienen y van peregrinos en blusa, ceñidos con una diadema que echa brotes, tenaz, pese a la bola de tela mediante la cual una mano a cada veinte pasos la borra, perentoria. En un vergel, maese Espantapájaros marca el compás por encima de un atril con notas de cereza ejecutadas al pífano por un pastor de corderos balantes bajo un vuelo vivaz de golondrinas que tricotan el espacio. Entre tanto, ante su umbral ornado de madreselvas, un anciano en vanguardia afila la anual guadaña, como si lustrara con el cierzo un mar de fondo.
El Tiempo reza el rosario del Sol.
 
                                                                                                                                                                                                                                    Provenza, junio de 1891.
Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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SAINT-POL-ROUX. Nacido en 1861 con el nombre de Paul Roux en un barrio de Marsella y muerto en 1940 en Bretaña, donde se había instalado tras su inevitable paso iniciático por París, fue poeta a caballo entre el simbolismo y las nuevas corrientes. A pesar de su relevancia en el conjunto de la poesía francesa, a pesar de la ferviente admiración que le profesaba Apollinaire, de la celebración surrealista que de su obra hizo Breton, quien veía en él a un precursor de lo nuevo por la importancia que concedía al poder liberador y autónomo de la imagen fuera del control de la razón, es uno de los grandes olvidados. Roux se mostró fiel al culto de la belleza ensalzado por su maestro Mallarmé y quiso ser dramaturgo al igual que poeta, pero ni una sola obra suya fue jamás representada. Su gloria fue tan efímera y tardía como trágico su final: un soldado alemán asaltó su casa de Camaret con funestas consecuencias y, poco después, antes de su fallecimiento, su legado cultural e intelectual fue saqueado por la barbarie nazi. Un bombardeo aliado al final de la guerra arruinó todo lo demás. Los poemas que siguen han sido extraídos del libro La rosa y las espinas del camino (Las estaciones de la procesión I).
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MARIE-CLAIRE BANCQUART

18/3/2021

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esa áspera impresión que nos asalta
en la equivalencia
entre el hermoso cuadro y el mosaico enguatado de la colcha
 
pues también nos han rallado muy fino

nos evoca el doble acristalamiento de las casas rusas
 
en su interior
insectos muertos
migajas
en las ranuras
 
nosotros:
fragmentos encerrados
en su delgada atmósfera

Si penetras en tu cuerpo
lo bastante profundo
como para explorar tu floresta de venas, de   bronquiolos,
te convertirás
en un mago del revés
 
planta la menta
con sus raíces fuera de la tierra
 
confía su alimento al cielo
 
y crecerá en el humus
con hojas olorosas
bálsamo para topos y hormigueros
 
el mundo sabrá de
minerales al aire, de soles subterráneos
de lazos que unen
 
gramíneas
escolopendras

El exiliado que regresa no tiene contraseña
ni muros que lo sostengan
 
demasiado tiempo ha vivido allende las fronteras
 
y examina estatuas
tratando de despertar nombres
 
su historia
se ha desgarrado
 
los billetes de banco
están impresos en palabras desconocidas
 
la lengua suena un poco diferente,
 
y al escucharla recuerda jergas y acentos de otra época, una topografía de vocales y consonantes, las monedas que precisaba para procurarse en la tienda un caramelo veteado de azul, sabrosamente dulzón... y de alguna manera, se siente repatriado.
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MARIE-CLAIRE BANCQUART (Aveyron, Francia, 1932-2019). Profesora en distintas universidades, estudiosa de la literatura del XIX y del XX, posee una estimable obra ensayística, novelística y poética, inédita en nuestra lengua. Casada con el compositor Alain Bancquart, también escribió oratorios y cantatas. De niña, padeció una tuberculosis ósea que la dejó paralizada durante meses. La experiencia de la inmovilidad, que marcó de forma indeleble su producción literaria, la empujó a fijar su atención en la «hermosa insignificancia de lo que nos rodea». Desde Mais hasta Violente vie, M-C Bancquart fue confirmando una sutileza y una singularidad que acabó por imponerse en el mundo literario francés. Asociada a los llamados poetas de cuerpo dolorido, entre los que se encuentra Lionel Ray, ese fue precisamente el eje central de su producción: el cuerpo, su lado sagrado e híbrido en la fusión con el cosmos y con lo profundo de la tierra, sus metamorfosis, el cuerpo como experiencia primordial y prisión cargante, esa envoltura carnal que procura extrañeza, incomunicación, soledad y exilio.

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Traducción y nota:
MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO


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    TRADUCCIONES

    El Coloquio de los Perros.
    Revista de Literatura.
    ISSN 1578-0856

    ANTOLOGÍA PALATINA
    1. ANACREÓNTICA

    THE BOOK OF KELLS

    AL HAZMI, ALI

    ANDRADE (DE), EUGENIO 

    ANGELOU, MAYA


    ARMITAGE, SIMON

    BERT, BENG


    BERTRAND, ALOYSIUS

    BHATTACHARYA, DEEPANKAR

    BIANU, ZENO


    BLANCHARD, MAURICE

    BLANDIANA, ANA

    BOUCHET, ANDRÉ (DE)

    BOURSON, GILBERT

    BOUVIER, NICOLAS

    BRODA, MARTINE

    BROWN, STACIA L.

    BUZZATI, DINO

    CALVET, VINCENT

    CAPRONI, GIORGIO

    CARDOSO, RENATO F.

    CASTRO (DE), MANUEL

    CÉSAR, ANA CRISTINA

    CHAMBON, JEAN-PIERRE

    CHAVAL

    CHESTERTON, G. K.

    CHULLIKKAD, BALACHANDRAN

    CONTINI, DONATELLA

    CORSO, GREGORY

    COUTO, MIA

    COUTO, MIA [POEMAS]

    DEGUY, MICHEL

    DELANEY SPEAR, SUSAN

    DELBO, CHARLOTTE

    DELERM, PHILIPPE

    DIMKOVSKA, LIDIJA

    DOMIN, HILDE

    DOMINIQUE ANÉ

    DOMINIQUE ANÉ [OKLAHOMA 1932]

    DRUMMOND DE ANDRADE, CARLOS

    DUPIN, JACQUES

    EDSON, RUSSELL

    ELIOT, GEORGE

    ESPAGNOL, NICOLE

    ESPANCA, FLORBELA

    FERREIRA, VERGÍLIO

    FOLLAIN, JEAN

    FÔRETS, LOUIS-RENÉ des

    GARCIA, JUAN

    GINSBERG, ALLEN

    GIONO, JEAN

    GONZÁLEZ LAGO, DAVID

    GOZIS, GEORGE

    GRANDMONT, DOMINIQUE

    HAM, NIELS

    HAUTECLOCQUE, XAVIER (de)

    HÉLDER, HERBERTO

    HEMINGWAY, ERNEST

    HIERRO LOPES, BEATRIZ

    HIGHTOWER, SCOTT

    HOGUE, CYNTHIA

    IGLESIAS, XOSÉ

    JIYAN, RÊNAS

    JONSON, BEN

    JUDICE, NUNO

    KALÉKO, MASCHA

    KANDEL, LENORE

    KEROUAC, JACK

    KHAÏR-EDINNE, MOHAMMED

    KHENSIN, SUMITAKU

    KINNELL, GALWAY

    LACERDA, ALBERTO (de)

    LAYOS, ILÍAS

    LÉVIS MANO, GUY

    LUCA, GHÉRASIM

    LUCIE-SMITH, EDWARD

    McHUGH, HEATHER

    MAULPOIX, JEAN-MICHEL

    MAWGOUD, MONTASER ABDEL


    MERWIN, W. S.

    MICHAUX, HENRI

    MIERMONT-GIUSTINATI, ADELINE

    MILTON, JOHN

    MONTEIRO, KRISHNA

    MOORE, MARIANNE

    MORENO, ANNA

    NAPORANO, FERNANDO

    NERVAL, GERARD (de)

    NILO NUNES, LUIZA

    OLIVEIRA (DE), ALBERTO

    OSORIO GUERRERO, RODRIGO

    PESSANHA, CAMILO

    PESSOA, FERNANDO

    PINTO DE AMARAL, FERNANDO

    PLATH, SYLVIA

    POZZI, ANTONIA

    PRÉVERT, JACQUES

    PROUST, MARCEL

    POUND, EZRA

    QUINTANA, MÁRIO

    RAMBOUR, JEAN-LOUIS

    RAMOS ROSA, ANTÓNIO

    RAMOS ROSA, GISELA GRACIAS

    RATROUT, FAHKRY

    RILKE, RAINER MARIA

    RODRÍGUEZ-MIRALLES, JORGE


    SANDA, PAUL
    SCHEHADÉ, GEORGE
    SEXTON, ANNE
    SOLWAY, DAVID

    TABORDA DUARTE, RITA
    TARKOVSKI, ARSENI
    TEASDALE, SARA
    TISSOT, MARLÈNE
    TOURNIER, MICHEL
    TZARA, TRISTAN

    VALÉRY, PAUL
    VAN OSTAIJEN, PAUL
    VANDERCAMMEN, EDMOND
    VIAN, BORIS
    VILLIERS DE LISLE-ADAM, AUGUSTE
    WALDROP, KEITH
    WILDE, OSCAR

    HEMEROTECA
    AMARAL, ANA LUISA
    LOPEZ-MUGURTZA, JUANKAR

    CategorÍAs

    Todo
    Abdellatif Laabi
    Adeline Miermont-giustiniati
    Albert C Todd
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    ALI AL HAZMI
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    Angel Manuel Gomez Espada
    Anita Savo
    Anna Moreno
    Anne Sexton
    Antologia Palatina
    Antonia Pozzi
    Antonio Ramos Rosa
    Arseni Tarkovski
    Arthur C. Danto
    Arturo Jimenez Martinez
    Auguste Villiers
    Aurelia Lassaque
    Aysel Aliveya
    Babu Thaliath
    Balachandran Chullikkad
    Beatriz Hierro Lopes
    Ben Jonson
    Brigit Pegeen Kelly
    Camilo Pessanha
    Carlos Drummond De Andrade
    Charlotte Delbo
    Chaval
    Cynthia Hogue
    David Gonzalez Lago
    David Solway
    Deepankar Bhattacharya
    Des Forets
    Dino Buzzati
    Dominique A
    Dominique Ane
    Dominique Grandmont
    Donatella Contini
    Edmond Vandercammen
    El Cementerio Marino
    El Coloquio De Los Perros
    El Hombre Que Plantaba Arboles
    En Las Entrañas De La Alemania Nazi
    Enrique Morales
    Ernest Hemingway
    Eugenio De Andrade
    Evelyn Hope
    Fernando Juliá
    Fernando Moldenhauer Ruiz
    Fernando Naporano
    Fernando Pessoa
    Fernando Pinto De Amaral
    Florbela Espanca
    Galway Kinnell
    George Eliot
    George Gozis
    George Schehade
    Gerard De Nerval
    Gherasim Luca
    Gisela Gracias Ramos Rosa
    Gregory Corso
    Guada Ruiz Fajardo
    Guy Levis Mano
    Hamid Herischi
    Heather Mchugh
    Henri Michaux
    Henry Wadsworth Longfellow
    Herberto Helder
    Hogue
    Isaac Lopez
    Itzel Corona Villar
    Jack Kerouac
    Jacques Prevert
    Javier Alcoriza
    Javier Merida
    Jean Cayrol
    Jean Follain
    Jean Garamond
    Jean Giono
    Jean-louis Rambour
    Jean-pierre Chambon
    John Liddy
    Jorge Rodriguez-miralles
    Jose Luis Fernandez De Albornoz
    Juan De Dios Garcia
    Juan Manuel Conesa Navarro
    Juan Manuel Portillo
    Juankar Lopez-mugartza
    Jules Supervielle
    Keith Waldrop
    Kris Delcroix
    Krishna Monteiro
    Laura Mongiardo
    Laurence Bouvet
    Leonore Kandel
    Lidija Dimkovska
    Louis Rene Des Forets
    Louis-rene Des Forets
    Lourdes Arenas Mazo
    Lucia Uria
    Lucy Leite
    Luis Machuca
    Luiza Nilo Nunes
    Luz Ayuso
    Manuel Angel Gomez Angulo
    Manuel De Castro
    Manuel Puertas Fuertes
    Marcel Proust
    Maria Tortajada Gallego
    Marianne Moore
    Marie-claire Bancquart
    Mario Quintana
    Marlene Tissot
    Mascha Kaleko
    Maurice Blanchard
    Mawgoud
    Maya Angelou
    Mia Couto
    Michel Tournier
    Miguel Angel Real
    Miguel Catalan
    Miguel-angel Real
    Mohamed Ahmed Bennis
    Montaser Abdel Mawgoud
    Natalia Carbajosa
    Natalia Velasco Urquiza
    Nicolas Bouvier
    Nicole Espagnol
    Nina Berberova
    Nina Kossman
    Nuno Júdice
    Oscar Paul Castro
    Oscar Wilde
    Pablo Franco Ortega Torres
    Paul Celan
    Paul Sanda
    Paul Valery
    Paul Van Ostaijen
    Pedro Sanchez Sanz
    Philippe Delerm
    Pierre Mac Orlan
    Rainer Maria Rilke
    Raisa Blokh
    Rambour
    Raquel Madrigal Martinez
    Renas Jiyan
    Rilke
    Robert Browning
    Roberto Bernal
    Robinson Jeffers
    Rodrigo Osorio Guerrero
    Russell Edson
    Rustam Behrudi
    Saint Pol Roux
    Sandra Santos
    Sankara Pillai
    Sara Teasdale
    Scott Hightower
    Sergio B. Landrove
    Simon Armitage
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    Susan Delaney Spear
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