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ENCARGO Id, cantos míos, al que está solo y sin dicha, id también al sin sosiego y al preso de la costumbre, llevadles mi desprecio por sus opresores. Id como una ola enorme de agua fresca, llevad mi desprecio por los opresores. Oponeos a la opresión inconsciente, oponeos a la tiranía de la falta de imaginación, oponeos a la servidumbre. Id a la burguesía enferma de hastío, id a las mujeres del extrarradio. Id a los casados funestamente, id a aquellos cuyo fracaso está oculto, id a los que conviven en desventura, id a la esposa comprada, id a la mujer comprometida a la fuerza. Id a aquellos con delicadas ansias, id a aquellos cuyos delicados deseos se malogran, pisad como una plaga sobre este mundo anodino; id con el filo desplegado, reforzad las sutiles cuerdas, traed confianza a las algas y los tentáculos del alma. Id con talante amable, id con una palabra franca. Apresuraos por encontrar males nuevos y bondad nueva, oponeos a cualquier forma de opresión. Id a los abrumados por la edad madura, a quienes han perdido todo interés. Id al adolescente que se consume en familia, ¡qué terrible es ver tres generaciones juntas bajo el mismo techo! Es como un árbol viejo con brotes, y algunas ramas podridas y cayendo. Salid y desafiad a la opinión común, oponeos a esta servidumbre vegetal de la sangre. Rechazad cualquier clase de mayorazgo. COMMISSION Go, my songs, to the lonely and the unsatisfied, Go also to the nerve-racked, go to the enslaved-by-convention, Bear to them my contempt for their oppressors. Go as a great wave of cool water, Bear my contempt of oppressors. Speak against unconscious oppression, Speak against the tyranny of the unimaginative, Speak against bonds. Go to the bourgeoise who is dying of her ennuis, Go to the women in suburbs. Go to the hideously wedded, Go to them whose failure is concealed, Go to the unluckily mated, Go to the bought wife, Go to the woman entailed. Go to those who have delicate lust, Go to those whose delicate desires are thwarted, Go like a blight upon the dullness of the world; Go with your edge against this, Strengthen the subtle cords, Bring confidence upon the algae and the tentacles of the soul. Go in a friendly manner, Go with an open speech. Be eager to find new evils and new good, Be against all forms of oppression. Go to those who are thickened with middle age, To those who have lost their interest. Go to the adolescent who are smothered in family- Oh how hideous it is To see three generations of one house gathered together! It is like an old tree with shoots, And with some branches rotted and falling. Go out and defy opinion, Go against this vegetable bondage of the blood. Be against all sorts of mortmain. Traducción: NATALIA CARBAJOSA
1 Comentario
ANDAR por una carretera solo en una tarde de verano andar cantando una romanza boba Remordimientos LLOVÍA me detuve delante de la «tienda de paraguas» me quedé allí mirando el escaparate largo tiempo la lluvia chorreaba por mi espalda eligiendo ese gris ochenta y cinco francos no ese burdeos ciento veinte francos estaba completamente empapada entonces me decidí entré en la agencia de viajes de al lado cogí unos prospectos y sueño sueño con Grecias y Egiptos con cactus SÓLO hay una soledad es la soledad con la muerte aquí somos millares todos estamos solos aquí la muerte sólo tiene un rostro para todos su rostro desnudo LA VICTORIA de sabor amargo ese fruto hinchado de sangre como una granada acaso tenéis derecho todos los que tendéis las manos acaso tenéis derecho a beber esa sangre HABÍA tantos candidatos la muerte tenía donde elegir y entonces se los llevaba a todos y cada cual creía que le hacía un favor VOSOTROS que dormís el sueño innumerable bajo la lluvia al sol en verano en invierno por inmensas alamedas al abrigo al calor de la tierra tantos años ya estrechaos bajo vuestras cruces hacedles sitio a todos esos recién llegados que erran de la tierra al cielo de astro en astro que no saben dónde ir que no tienen salvoconducto su piel su corazón todo ha ardido ni una pupila ni un hueso ha quedado que pudiera bajo un monumento atestiguar de cuando estaban vivos El soldado desconocido como protagonista qué hacer con el alma desconocida nadie cree ya en el alma hoy en día Vosotros que conocéis su inopia hacedles un hueco a vuestro lado ocuparán tan poco espacio llamadlos entre vosotros os comprenderéis pues los vivos (eran demasiados esa es la razón) los vivos olvidan sus nombres bautizan una calle Tartempion no calle de los héroes sin nombre COMPAÑEROS míos espectros vosotros que me habéis abandonado Si supierais cómo os he buscado si supierais cómo al menor sonido al menor rumor que me recordara vuestra voz he intentado oíros Si supierais cuánto me he esforzado para haceros aflorar a flor de memoria para resucitaros para devolveros una sombra de existencia Si supierais cómo he hablado de vosotros pues al hablar de los muertos volvéis a estar vivos Si supierais cómo he descrito vuestros gestos vuestra sonrisa vuestros andares invitado vuestra voz y vuestro lenguaje para devolveros a la vida camaradas míos y si estaba lejos tan lejos de vosotros tan lejos de vuestra apariencia os pido perdón por ello Perdón por haberos sometido a esa prueba de la bruma helada de la mañana del barro helado de los caminos de la llanura desesperada perdón por haberos invocado llamado suplicado perdón por haberos arrastrado a vuestro pesar a ese viaje del que nadie debía regresar de donde sin embargo yo he vuelto tan deshecha que no me habéis reconocido tan poco viva que me habéis creído perdida HE ARRANCADO de mí este vestido que era mi amor tejido todo de amor el hermoso regalo que él me hubo hecho ya no podía llevarlo porque era de alba y de verano tuve que arrancarlo con violencia con tanta violencia que mi corazón quedó dentro NO me gusta esta ciudad inexpresiva como pueda serlo un rostro que reflexiona los colores del cielo y los colores del agua el pensamiento ausente en los párpados que nada transfigura y que rechaza lo fantástico nada más que los colores del cielo y los colores del agua nada de los colores de la vida inaccesible CÓMO lo hacías para explicarme y para convencerme para explicarme que el crimen era justicia que la traición era fidelidad que la mentira era verdad lo ideal realidad para explicarme que él tenía razón y que triunfa la revolución... Por la revolución luchábamos luchábamos con todas nuestras fuerzas al mismo tiempo que nos amábamos el amor y la lucha el amor y la revolución mañana la victoria qué hermosa era la vida hermoso nuestro amor cuánto valía la pena vivir la vida cada día más cerca del objetivo. ¿Cómo lo hacías para convencerme de que él era la revolución triunfante? Por la revolución estábamos dispuestos a morir una vez más fuimos capturados una vez más lo fue por la patria. Cómo lo hacías para explicarme que él tenía razón aquel que nos robó las estrellas la centelleante la ardiente la incandescente la estrella y las demás estrellas para clavarlas cautivas sobre cañones para clavarlas heladas sobre artefactos negros... Cuando pienso que murió gritando viva Stalin viva el ejército rojo y oigo entrar en Budapest los carros de la estrella cautiva que han de devolver a Budapest su sonrisa tengo un sabor de ceniza en la boca Cuando pienso que murió gritando viva el ejército rojo viva Stalin y oigo entrar en Praga los carros de la estrella helada que han de proteger Praga de sí misma tengo un sabor de ceniza en la boca. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
Traducción: Natalia Carbajosa
SELECCIÓN Y CREACIÓN DE LA CONCIENCIA ISLANDESA (1) ¡Oh, vida, bienvenida! Por millonésima vez me enfrento a la realidad de la experiencia para forjar en el yunque de mi propia alma la conciencia increada de la raza. James Joyce, El joven artista (2) El cielo presentó un despliegue tan magnífico cuando mi esposa y yo llegamos por primera vez a Islandia, que me quedó claro cómo que percibía las fuerzas elementales de la existencia mejor que yo podía un hombre interpretarlo como los dioses nórdicos usando el clima para expresarnos algo. La interacción de la lluvia, el viento, las nubes y la luz era demasiado dramática para tomarla literalmente. Sombríos mantos de nubes se extendían sobre nuestras cabezas y nos seguían como monstruos mientras nos precipitábamos por la carretera hacia Reikiavik. La lluvia golpeaba horizontalmente el parabrisas con el acompañamiento de ráfagas de viento aullantes. Todo esto fue como un preludio, pues el clima empeoró repentinamente, las nubes se abrieron como tiendas de campaña, el viento amainó y la lluvia cesó, y una brillante luz de luna proyectó siluetas de montañas en el horizonte y un pueblo bajo en la costa. No solo eso, ahora aparecía ante nosotros un paisaje como nunca antes habíamos visto, hecho de algún tipo de material solidificado que se había endurecido formando grietas y hendiduras. Sabíamos que debía ser lava, ligeramente cubierta de musgo o líquenes, pero por lo demás carecía de vegetación: ni árboles, ni arbustos, ni juncos espinosos, ni siquiera un helecho. Y nos fascinó lo que parecían esculturas abstractas de baja estatura aquí y allá en su superficie. Si las almas sencillas podían interpretar el cielo como el escenario de los dioses, entonces estas imágenes de piedra bien podrían ser evidencia visible de la obra de un pueblo invisible y oculto. Entonces todo volvió a oscurecerse, el viento aulló y las gotas de lluvia golpearon como flechas el techo del taxi. Era como si las fuerzas de la naturaleza hubieran elegido este aliento para revelar la tierra. ¡Miren! Los dioses del cielo, los artistas invisibles, nos recordaron la presencia etérea que habíamos experimentado previamente en Hawái, donde se tiene la sensación de que los espíritus flotan por doquier. Quizás esto sea cierto dondequiera que el paisaje esté moldeado por erupciones volcánicas, aunque no recuerdo haber sentido el mismo tipo de misterio cerca del Etna o la Bahía de Nápoles. Quizás se necesite una isla, como la isla de Próspero en La Tempestad de Shakespeare, donde seres de otro plano de existencia se apiñan en el espacio vital de los humanos. En todos los demás aspectos, Islandia y Hawái son completamente opuestos en términos estéticos. Pero los países poseen el mismo tipo de misterio y ambos despiertan una fascinación sublime en el pecho. Lo extraño del camino a Reikiavik es que debería haber sido desolado, como una escena aterradora de la historia de El Hobbit justo antes del momento de la redención. Pero había algo curioso en la ira de los cielos, como si todo esto fuera perfectamente inofensivo. ¿Y por qué debería alguien temer a los artesanos invisibles —parientes de aquellos a quienes los hawaianos llaman menahuni— que, incluso en sus peores momentos, son más traviesos que maliciosos? Resultó que el alegre anciano que nos habían enviado en su taxi había sido el chófer del pintor Jóhannes Kjarval, y más tarde ese mismo día íbamos a ver su obra en el museo dedicado a su arte. Aunque se decía que Kjarval era el artista islandés más grande de su tiempo, yo no sabía nada de él. En realidad, habíamos venido por invitación del museo; había aceptado dar una conferencia a cambio de conocer un poco el país y su cultura. Al ver las pinturas de Kjarval, nos dimos cuenta de que cultura y país eran, de hecho, un todo inseparable; que el dramático paisaje que nos recibió era en cierto modo un fenómeno cultural, una realidad natural transformada en una escena mítica. A medida que me familiaricé con la obra de Kjarval, llegué a creer que no solo había pintado Islandia, sino que también la había asumido. Representa, por así decirlo, los métodos de los dioses del clima para mostrar la realidad terrenal bajo una luz sobrenatural, envuelta en un velo de misterio. Durante los días siguientes, nos llevaron a ver algunos de los lugares que habían sido la fuente del conocimiento de Kjarval: campos de lava, montañas, cráteres volcánicos, cascadas, playas rocosas, formaciones de basalto: el marco geológico de la vida del pueblo islandés. Esta fue la tierra que moldeó lo que podríamos llamar el alma islandesa, pero las pinturas no eran meras descripciones geológicas. No eran como postales de paisajes con los que los islandeses ya estuvieran familiarizados. Sentíamos que representaban la realidad tal como la habían recibido las mentes y las almas de quienes la moldearon. Cuando visitamos la Galería Nacional de Islandia, descubrimos que había muchos pintores tan cercanos a Kjarval como nosotros a la hora de capturar la apariencia natural de Islandia en lo que Eiríkur Þorláksson llama «pinturas del círculo dorado». Pero Kjarval logró mostrar esta apariencia desde dentro de la conciencia que los islandeses debieron conocer como propia cuando la dibujó con tanta claridad. ¿Cómo se pinta la conciencia? Pintando el mundo de tal manera que la propia visión se convierte en parte de la percepción. Sentí que la explicación de por qué Kjarval era poco conocido fuera del país era en parte que pertenecía a la misma realidad que retrataba: la gente tenía que experimentar sus obras in situ y desde dentro para comprender el significado que tenían para las personas a las que estaban destinadas. Con esta perspectiva, es interesante comparar a Kjarval con otros artistas islandeses que vinieron después de él, como Erró y Ólaf Elíasson, quienes, a diferencia de él, son ampliamente conocidos fuera de su tierra natal. Erró, con quien tengo muchas cosas en común, ya que ambos estábamos profundamente influenciados por el arte pop, yo como filósofo y él como artista, se convirtió en un artista europeo que quizás nació de raíces islandesas. Vive en París y utiliza Images du Siècle (en referencia al título de su exposición retrospectiva en la galería Jeu de Paume de París en 1999) para crear secuencias de imágenes de las realidades políticas de la historia mundial en el último tercio del siglo XX. La visión de Kjarval, por otro lado, se vio moldeada por su participación en un movimiento que buscaba sentar las bases de una conciencia nacional islandesa. A finales del siglo XIX y principios del XX, las naciones de todo el mundo se esforzaban por fortalecer su identidad, y como argumentaré, esta fue la gran contribución de Kjarval a Islandia en un momento en que la cuestión de qué significaba ser islandés era más apremiante para los islandeses. Erró tuvo otra idea. Erró supo utilizar imágenes familiares y fáciles de entender en todas partes —las imágenes del cómic—, que se convirtieron en arte culto en la década de 1960, para retratar la realidad política de forma accesible. Los islandeses están muy orgullosos, y con razón, de Erró, quien moldeó su lenguaje visual en una época en la que era importante para los islandeses sentirse parte del gran mundo. Logró un gran avance, como dicen, en el escenario internacional. Olafur Elíasson ha ido un paso más allá. Su obra es de naturaleza metafísica y responde a las necesidades y sentimientos que nos afectan como seres humanos en todas partes y siempre: el deseo de luz y belleza. Puede que en Islandia la gente sienta con especial intensidad la realidad con la que Ólafur nos pone en contacto. Pero su gran triunfo en otros países demuestra que esta realidad es original y accesible para todos. Su arte incluso ha transformado la forma en que los espectadores experimentan el arte, como si hubiera traído una realidad que trasciende las fronteras del arte a los espacios museísticos y hubiera hecho que los visitantes disfrutaran y participaran en algo que trasciende tanto la historia como la política. Es necesario señalar que cada uno de estos islandeses adquirió su visión gracias a lo que la historia del arte le proporcionó. Ólafur utiliza instalaciones; Erró es un artista pop, como se mencionó. Ambos solo pudieron aparecer en ciertos momentos del modernismo tardío. La premisa del arte de Kjarval fue el modernismo en Europa en las primeras décadas del siglo XX, que logró utilizar para crear una conciencia nacional al exaltar la percepción que sus compatriotas tenían de la patria, que consideraban parte integral de sí mismos. Esta visión del logro de Kjarval no se me ocurrió hasta más tarde. Lo que más me conmovió aquella primera tarde en el Kjarvalssafn a principios de los noventa fueron varios retratos de hombres y mujeres mucho más mundanos y sofisticados de lo que esperaba. Imaginé que debían pertenecer a la clase alta de Reikiavik, una ciudad casi internacional donde la gente se paseaba con el pelo bien cuidado y ropa a la moda, no muy diferentes de los londinenses o parisinos de ciertos estratos sociales. Por la inteligente apariencia europea de las personas y su aura, tan moderna como el estilo de dibujo, concluí que debían ser los benefactores de Kjarval, quienes asistían a sus exposiciones, colgaban sus cuadros en las paredes y charlaban animadamente sobre su obra. Eran excelentes dibujos, con un estilo art déco de los años 30, que interpreté como una señal de que, cualquiera que fuera la intención artística de Kjarval, él mismo debía ser un europeo moderno. También había excelentes retratos de personas de Oriente con expresiones que atestiguaban la sublime rudeza de su tierra natal. Y no se trataba en absoluto de personas modernas y sofisticadas, sino de la «gente independiente» de la magnífica novela de Halldór Laxness que no vivía en una ciudad y, desde luego, no compraba cuadros, pues su existencia giraba en torno a la superación personal en condiciones difíciles. Estos eran dibujos vívidos e inquietantes —rostros similares a los de El Greco, pero dibujados por una mano del siglo XX— y tenían el mismo contenido que los paisajes terrestres y marinos. Era como si la tierra áspera e implacable donde vivían se hubiera dibujado a sí misma en sus imponentes rostros. Desde aquel primer día en Reikiavik, me quedó claro que el temperamento artístico de Kjarval tenía dos puntos focales. Era un modernista que había adoptado la cultura visual del modernismo y se sentía cómodo en la vida urbana. Pero también era un islandés que abrazaba la ideología de la Octava Enmienda: un individuo con fuertes significados culturales y políticos sobre su país y su gente. Me di cuenta de que las pinturas de paisajes expuestas en el museo fueron creadas para ambos grupos que aparecían en sus retratos: los habitantes de la ciudad y los del campo, cada uno de los cuales, a su manera, era una especie de encarnación de estos dos elementos principales de la visión de Kjarval. Eran pinturas modernas para gente moderna, prueba de que Islandia tenía en el artista lo que Baudelaire llamó el pintor de la vida moderna. Las obras pertenecían a la misma cultura europea que esas personas. Pero, al mismo tiempo, eran pinturas de paisajes a las que pertenecía el otro grupo de retratos: los hijos e hijas del país. Así, las pinturas encarnaban los dos mayores contrastes de la sociedad islandesa. Mostraban el país de una manera que quienes eran conscientes de su estatus especial como islandeses podían llenarse de orgullo nacional. Y mostraban a las personas que poseían la conciencia nacional que se reflejaba en las paredes de la sala, junto a sus propios retratos. Con el tiempo, comprendí que estos dos grupos de la sociedad islandesa estaban, en realidad, más cerca el uno del otro de lo que había pensado inicialmente. El propio Kjarval había pasado de un grupo a otro. Nació en el campo y trabajó como marinero en su juventud antes de formarse como artista. Visitó Londres, estudió en Copenhague, viajó por Italia y se detuvo en París. En su camino, se familiarizó con diversas manifestaciones del modernismo. En cierto modo, las dos series de retratos, junto con los paisajes, crean una autoimagen compuesta del artista Kjarval: una descripción espontánea de lo que era ser islandés. Dado que el objetivo principal de su arte era crear una conciencia nacional, las pinturas también eran, en mi opinión, arte político en el mismo sentido que los escritos del escritor James Joyce eran literatura política. La formación de una conciencia nacional fue el principal mandamiento del arte en las décadas de 1920 y 1930. Esto no solo ocurrió en países como Islandia y Irlanda, que luchaba por su independencia de países reacios a romper lazos, pero también de Estados Unidos, que hacía tiempo que había obtenido su independencia. Lo que ciertos grupos de artistas buscaban especialmente durante estos años turbulentos era una especie de liberación cultural. Los pintores que propugnaban el regionalismo en Estados Unidos sentían la necesidad imperiosa de aplicar estilos modernistas a lo que percibían como sujetos americanos para que los americanos pudieran verse reflejados en ellos mismos. El nacionalismo artístico se remonta a la época napoleónica y a la fundación del Louvre, cuyo objetivo era fomentar la conciencia nacional. Se suponía que el arte permitiría a los franceses comprender el alma nacional a través de las obras maestras de la “Escuela Francesa”. Para fortalecer la conciencia nacional en los países europeos, se consideró necesario establecer museos de arte nacionales en Alemania, Inglaterra, España, Países Bajos, Italia y otros lugares. Cuando surgieron los conceptos de “nación” y “alma nacional”, que moldearon el desarrollo de la historia política europea en el siglo XIX, se hizo absolutamente necesario que los futuros estados-nación respaldaran sus reivindicaciones de independencia con su propia creación artística. Esto es, en líneas generales, lo que quise decir al afirmar que las pinturas de Kjarval eran políticas. Respondían a una determinada demanda y necesidad moral de quienes luchaban por la autonomía política. Al responder con tanta fuerza a esa demanda, lo que bien podría llamar “el islandés” se convirtió en una dimensión intrínseca del arte de Kjarval. Se convirtió en la directriz que obedecía como artista. Creo que la confirmación más contundente de esta hipótesis reside en que, poco después de que Kjarval regresara a Reikiavik para pasar allí lo que le quedaba de vida, comenzó a pintar una serie de cuadros de Þingvellir, el lugar donde se reunió por primera vez el Parlamento islandés en 930. Estas pinturas no son, ni podrían ser, dada la historia y la naturaleza del lugar, como cualquier otro tipo de impresionantes pinturas de paisajes —una serie de «conversaciones con la naturaleza», por citar el título de un libro sobre Kjarval—, especialmente a ojos de los islandeses. A veces se afirma que el hilo conductor del arte islandés es algo llamado “naturaleza”. Pero, en mi opinión, la proeza del arte islandés reside en haber transformado las maravillas naturales del país en tesoros culturales, imbuidos de significado local. De igual manera, los paisajistas estadounidenses del siglo XIX pintaron el río Hudson, la costa de Nueva Inglaterra, las montañas Catskill y las cataratas del Niágara con lo que el filósofo obispo Berkeley, quien vivió en Rhode Island, llamó «imaginería divina». Dios se expresaba a través de ríos y cascadas, cañones y barrancos, acantilados y tormentas. Los pintores de la Escuela del Río Hudson trabajaron con el espíritu de las palabras de Shakespeare en A vuestro gusto: «...escuchemos a los árboles y leamos el brillo de la primavera, sintamos el lenguaje de las piedras: en todo hay algo bueno». (3) Þingvellir es particularmente rico en historia y significado. Es, en cierto modo, un lugar sagrado. Allí, los hombres lucharon por crear legislación para la nación, y la literatura nacional de los islandeses —las sagas islandesas— gira principalmente en torno al derecho y la justicia, pero el contexto de estos sucesos trascendentales tiene un matiz sobrenatural. La mentalidad islandesa, moldeada por las sagas islandesas, es sobre todo política, y Þingvellir fue, por supuesto, el lugar donde los islandeses celebraron la restauración de la república en 1944. Pero cuando uno se pregunta por qué fue precisamente en Þingvellir donde se reveló la conciencia nacional islandesa, uno se acerca a un elemento antiguo. Islandia se encuentra en la dorsal atlántica, en la unión de dos placas continentales. El país debe su existencia a la actividad volcánica causada por el movimiento de las placas. La fisura atraviesa Þingvellir, un producto geológico de erupciones volcánicas provenientes de las entrañas de la tierra. Hay más de cien volcanes extintos en la zona. La decisión de establecer la república en este lugar, donde las fuerzas que crearon el país están por doquier, confirma en la práctica una mentalidad mitológica. Es como si el lugar estuviera lleno de fuerzas ocultas que dan testimonio de los acontecimientos históricos que allí ocurrieron. El gobierno debió de parecer contar con el apoyo de los propios dioses y las acciones del parlamento, por lo tanto, con la aprobación de poderes superiores. Por lo tanto, los islandeses deben percibir las pinturas de este lugar de forma diferente a otros, y esto era especialmente cierto cuando fueron pintadas. Debieron sentir que Þingvellir les pertenecía, que era ellos mismos. Estas obras inevitablemente dividieron al público en dos grupos, y uno de ellos está compuesto por aquellos que comparten una fuerte conexión con su patria. No puedo afirmar que Kjarval fuera el primero en pintar lava, pero en su interpretación de Þingvellir y otros lugares, la lava no se representa con precisión geológica, sino con un significado poético: agrietada, solidificada, ondulada, turbulenta, fluida. Es un fenómeno vivo. Los movimientos del pincel siguen los movimientos de la tierra que una vez fluyó en lava fundida. El poder de la pintura revive el poder que gradualmente envolvió un mundo que escupía fuego en la madera de imágenes de género solidificadas. La superficie de las pinturas posee una energía similar a la que se solidificó en el motivo. Mi teoría es que las pinturas de paisajes de Kjarval revelan una belleza sublime que reaparecería en la pintura estadounidense después de la Segunda Guerra Mundial. Pero no era abstracta. Tenía sus raíces en la magnífica belleza que ella despertó de nuevo. Estas pinturas iniciaron el viaje de los lugares como un fenómeno significativo. Aunque Kjarval posteriormente pintó figuras simbólicas en paisajes, o incluso en forma de paisajes, su intención no se vio comprometida. Si se considera la obra de Kjarval en su conjunto, es como una antología polímata del modernismo, la obra de un hombre que adoptó un estilo tras otro, pero se mostró reacio a comprometerse con un solo movimiento o dirección. Es como si el arte estuviera en constante evolución como para conformarse con un solo método. Fue, al parecer, un hombre creativo incansable, moderno en su interpretación polifónica. Incluso se aprecian abstracciones: grandes composiciones jazzísticas con fragmentos de formas inconexas esparcidas por la superficie pictórica. Describen un momento histórico en la liberación del arte, pero son pinturas para galerías burguesas. No servirían para fusionar la conciencia nacional. Pero dado que los objetivos de Kjarval eran principalmente políticos, fue precisamente esta versatilidad la que le permitió comenzar su obra en un plano superior. El modernismo le dio la versatilidad para representar la realidad islandesa, para transformar sus mitos en obras paisajísticas para una nación que busca la modernidad y a sí misma. (1) El catálogo Jóhaness S. Kjarval (1885-1972) (Nesútgáfan, 2005) contiene, además del texto de Danto, contribuciones de Gylfi Gíslason, Matthías Johannessen, Kristín G. Guðnadóttir y Silja Aðalsteinsdóttir. (2) JAMES JOYCE: El joven artista, traducido por Sigurður A. Magnússon, Rv. 2000, pág. 240. (3) WILLIAM SHAKESPEARE: Obra VII, traducido por Helgi Hálfdanarson, Rv. 1991, pág. 29. Traducción: JAVIER ALCORIZA
EL PALACIO DEL ARTE Construí para mi alma una noble casa de placer, en la que pudiera morar cómoda por siempre. Dije: «Oh, alma, alégrate y disfruta, querida alma, pues todo está bien». Elegí una terraza rocosa, lisa como latón bruñido. Las brillantes murallas alineadas, desde las bases niveladas de los prados de densa hierba, escalaba fulminante la luz. Y allí la construí firme. Desde cornisa o saliente la roca se elevaba clara, o como una escalera de caracol. Mi alma viviría sola para sí misma allí en su alto palacio. Y «mientras el mundo gira y gira», dije, «reina apartada, como un tranquilo rey, inmóvil, mientras Saturno gira, su sombra firme dormida sobre su anillo luminoso». A lo que mi alma respondió al instante: «Confía en mí, habitaré feliz en esta gran mansión, construida para mí, tan regia, rica y amplia». ***** Hice cuatro patios, al este, oeste, sur y norte, cada uno con su parcela de césped, desde donde la garganta dorada de los dragones lanzaba una espumeante inundación. Y alrededor de los frescos patios verdes había una hilera de claustros, ramificados como poderosos bosques, que resonaban toda la noche con el sonoro fluir de las fuentes rebosantes. Y alrededor de los tejados, una galería dorada que daba amplio acceso a tierras lejanas, lejanas como alas de cisnes salvajes, hasta donde el cielo se sumergía en el mar y las arenas. De esos cuatro chorros, cuatro corrientes se unían atravesando el arroyo de la montaña que fluía abajo en pliegues brumosos, y flotando en su caída encendían un arco iris torrencial. Y en lo alto de cada pico parecía haber una estatua colgada de puntillas, lanzando al aire una nube de incienso de todos los aromas, evaporada desde una copa dorada. De modo que pensó: «¿Y quién contemplará mi palacio con ojos despejados, mientras este gran arco se balancee al sol y se eleve ese dulce incienso?». Porque ese dulce incienso se elevaba sin cesar y, mientras el día se hundía o elevaba más, la ligera galería aérea con doradas barandas ardía como un fleco de fuego. De igual modo, los vanos abocinados, con vitrales, parecían lentos fuegos carmesí desde las grutas sombreadas de los arcos entrelazados, rematadas con agujas escarchadas. ***** Estaba lleno de largos pasillos, con bóvedas sobre una agradable penumbra, por los que mi alma pasaba todo el día, muy satisfecha, de habitación en habitación. El palacio estaba lleno de estancias grandes y pequeñas, todas diferentes, cada una un todo perfecto de la naturaleza viva, adecuadas para cada humor y cambio de mi alma silenciosa. Algunas estaban cubiertas de tapices verdes y azules que mostraban una alegre mañana de verano, donde, con mejillas hinchadas, el ceñido cazador soplaba su cuerno de guirnaldas. Una parecía toda oscura y roja, un tramo de arena, y alguien caminaba solo por ella, caminaba por siempre en una tierra brillante, iluminada por una luna grande y baja. Una mostraba una costa de hierro y olas furiosas que hubieras creído subir y caer y rugir contra las rocas bajo cuevas bramantes, debajo del muro ventoso. Y otra, un río caudaloso que serpenteaba lento junto a rebaños en una llanura infinita, con los bordes jironados del trueno cernido, con las sombrías rachas de lluvia. Y otra, los segadores en su trabajo sofocante. Delante ataban las gavillas, detrás había reinos de tierras altas, pródigos en aceite, y canosos al viento. Y otra, un negro primer plano de piedras y escorias, y más allá, una línea de atalayas, y más arriba todas enrejaban con largos cirros los altivos riscos, y más arriba, nieve y fuego. Y una, un hogar inglés: el crepúsculo gris se vertía sobre pastos rociados, sobre árboles rociados, más suave que el sueño, todas las cosas en orden, un refugio de paz ancestral. Y no solo estas, sino todos los paisajes hermosos, aptos para todo estado de ánimo, ya fuera alegre, grave, dulce o severo, estaban allí diseñados, no menos que la verdad. O la madre sirvienta junto a un crucifijo, en extensos pastos cálidos y soleados, bajo un dosel de costosas ágatas, sentada y sonriente, con un bebé en brazos. O en una ciudad sobre el mar de murallas transparentes, junto a tubos de órgano dorados, con el cabello adornado de rosas blancas, dormía Santa Cecilia; un ángel la contemplaba. O apiñadas en un pórtico del Paraíso, un grupo de huríes se inclinaban para ver al moribundo islamita, con las manos y los ojos que decían: «Te esperamos». O el hijo herido del mítico Uther, en algún hermoso espacio de verdes laderas, yacía dormitando en el valle de Ávalon, vigilado por llorosas reinas. O ahuecando una mano sobre su oreja, para escuchar unas pisadas, antes de ver a la ninfa del bosque, el rey ausonio se detenía atento a la sabiduría y la ley. O sobre colinas de cimas puntiagudas y largas llanuras de palmeras y arrozales, el trono del indio Cama navegaba lentamente por un verano abanicado de especias. O el manto de la dulce Europa se desprendía desde su hombro hacia la espalda: de una mano colgaba un azafrán, la otra asía el cuerno dorado del manso toro. O bien Ganimedes, sonrojado, con su muslo rosado medio hundido en el plumón del Águila, solitario como una estrella fugaz que atraviesa el cielo por encima de la ciudad porticada. Y no solo estas, sino todas las leyendas hermosas que la suprema mente caucásica esculpió de la naturaleza para sí misma estaban allí diseñadas, no menos que la vida. Luego en las torres dispuse grandes campanas oscilantes, movidas por sí mismas, con sonido plateado, y con pinturas selectas de los sabios adorné el estrado real. Allí estaba Milton, fuerte como un serafín, junto a él Shakespeare, afable y apacible; y allí Dante, curtido por el mundo, componía su canto, y sonreía con cierta aspereza. Y allí estaba el padre jónico de todos ellos; un millón de arrugas tallaban su piel, cien inviernos nevaban sobre su pecho, de las mejillas a la garganta y la barbilla. Arriba, el dorado techo sustentado del salón levantaban muchos arcos en lo alto, y los ángeles ascendían y descendían para intercambiar regalos. Abajo había un mosaico finamente trazado con ciclos de la historia humana de este amplio mundo, los tiempos de cada tierra tan bien tramados que no habrá falta. La gente aquí, una bestia de carga lenta, trabajaba sin descanso entre aguijones y espinas; aquí jugaba un tigre, rodando de un lado a otro las cabezas y coronas de los reyes; aquí se levantaba un atleta, capaz de romper o atar toda fuerza en cadenas que pudieran perdurar, y aquí, una vez más, como un enfermo, declinaba y confiaba en cualquier cura. Pero ella los pisoteó, y aquellas grandes campanas comenzaron a repicar. Ocupó su trono: se sentó entre los brillantes miradores para cantar a solas sus canciones. Y a través de las llamas de los más altos miradores dos rostros divinos miraban hacia abajo; Platón el sabio, y Verulamio, de amplia frente, los primeros entre los que saben. Y todos esos nombres, que en su movimiento eran manantiales rebosantes de cambio, entre las esbeltas agujas estaban blasonados con diversos y extraños atuendos: traspasados por luz rosada, ámbar, esmeralda y azul, ruborizadas sus sienes y sus ojos, de sus labios, como de Memnón la mañana, brotaban ríos de melodías. Ningún ruiseñor se deleita en prolongar su suave preámbulo en soledad más que mi alma al oír su canto resonar a través de la piedra acanalada; cantando y murmurando en su dicha festiva, gozando de sentirse viva, Señora de la naturaleza, de la tierra visible, Señora de los cinco sentidos; comulgando consigo misma: «Todo esto es mío, que el mundo tenga paz o guerras, a mí me da lo mismo». Cuando la joven noche divina coronaba el día moribundo con estrellas, poniendo un dulce fin a sus deliciosas fatigas, encendía luces en guirnaldas y diademas, y quintaesencias puras de aceites preciosos en huecas lunas de gemas, para imitar al cielo, y aplaudió y exclamó: «Me maravilla que mi quieto deleite en esta gran casa tan real, rica y amplia, sea halagado hasta tal punto. ¡Oh, todas las cosas bellas que sacian mis ojos! ¡Oh, formas y colores que tanto me complacen! Oh, rostros silenciosos de los grandes y sabios, ¡mis dioses, con quienes habito! ¡Oh, aislamiento divino que es mío, no puedo sino tenerte por una ganancia perfecta cuando contemplo las oscuras manadas de cerdos que recorren aquella llanura. En fangosos lodazales revuelcan su piel lujuriosa, pastan y se revuelcan, crían y duermen, y a menudo algún furioso demonio entra en ellos y los empuja al vacío». Entonces parloteó sobre el instinto moral y sobre la resurrección de entre los muertos, como algo suyo por un hado cumplido, y por fin dijo: «Tomo posesión de la mente y actos del hombre. No me importa lo que puedan discutir las sectas. Me sentaré como Dios, sin profesar credo alguno, pero contemplándolo todo». ***** A menudo el enigma de la dolorosa tierra la atravesaba mientras estaba sentada sola, pero no por ello renunciaba a su solemne alegría y a su trono intelectual. Y así prosperó y floreció: durante tres años prosperó; al cuarto cayó, como Herodes, con el grito en sus oídos, atacado por los dolores del infierno. Para que no fracasara y pereciera por completo, Dios, ante quien siempre yacen al descubierto los hondos abismos de la personalidad, la atormentó con una amarga desesperación. Cuando pensaba, dondequiera dirigiera su mirada, la mano etérea de la confusión escribía: Mene, mene, y dividía por completo el reino de su pensamiento. Un profundo temor y asco por su soledad caía sobre ella, y de ese humor nacía el desprecio hacia sí misma, y, de nuevo, la risa ante su propio desprecio. «¡Cómo! ¿No es este lugar mi fortaleza?», dijo, «Mi espaciosa mansión construida para mí, cuyos sólidos cimientos se colocaron desde mi primer recuerdo». Pero en los rincones de su palacio se alzaban formas inciertas, y de manera inadvertida, junto a fantasmas ciegos con lágrimas cruentas, y horribles pesadillas, y sombras huecas con corazones de fuego, y, con frentes sombrías y angustiadas, junto a cadáveres de tres meses a mediodía, llegó ella, arrimada contra la pared. Un lugar de tedioso estancamiento, sin luz ni poder de movimiento, parecía mi alma, en medio de movimientos infinitos que avanzaban hacia una meta segura. Una piscina salada y silenciosa, entre rejas de arena, abandonada en la orilla; que escucha toda la noche cómo los hondos mares se alejan de la tierra con sus blancas aguas guiadas por la luna. Una estrella que a la danza coral de las estrellas no se unía, sino que seguía inmóvil, y desde allí veía el hueco orbe de las circunstancias en movimiento girar conforme a una ley fija. Se había enroscado en su orgullo serpentino. «Ninguna voz», gritó en aquel salón solitario, «ninguna voz rompe el silencio de este mundo: ¡todo se ha vuelto un profundo silencio!». Pudriéndose en el podrido terrón de la tierra, envuelta diez veces en perezosa vergüenza, yacía allí exiliada del Dios eterno, perdido su lugar y su nombre; y odiaba por igual la muerte y la vida, y no veía nada, por su desesperación, sino un tiempo terrible, una eternidad sin consuelo en parte alguna; completamente confundida por los temores, y peor a medida que pasaba el tiempo, sin alivio alguno por las lágrimas sombrías, y a solas en el crimen: encerrada como en una tumba derruida, rodeada por las tinieblas como un sólido muro, a lo lejos creía oír el sordo sonido de los pasos humanos. Como por tierras extrañas un lento viajero, en duda y gran perplejidad, poco antes de que salga la luna oye el bajo gemido de un mar desconocido; y no sabe si es un trueno, o un sonido de rocas desprendidas, o un hondo grito de grandes bestias salvajes; y piensa: «He encontrado una nueva tierra, pero voy a morir». Gritó en voz alta: «Ardo por dentro. No hay murmullo de respuesta. ¿Habrá algo que borre mi pecado y me salve para que no muera?». Así que, una vez cumplidos cuatro años, se deshizo de sus ropas regias. «Constrúyeme una cabaña en el valle», dijo, «donde pueda llorar y rezar. Pero no derribes las torres de mi palacio, construidas tan hermosas y ligeras. Tal vez vuelva allí con otros cuando haya purgado mi culpa». [1832; revisado en 1842] Traducción: JAVIER ALCORIZA (Dedicada a mi hija Raquel)
EL PLACER RECONCILIADO CON LA VIRTUD Una mascarada. Tal como se presentó en la corte ante el rey Jacobo, en 1618. La escena tenía lugar en la montaña ATLAS, cuya cima terminaba en la figura de un anciano, con la cabeza y la barba canosas y heladas, como si sus hombros estuvieran cubiertos de nieve; el resto era bosque y roca. A sus pies, un bosquecillo de hiedra, del que, al son de una música salvaje de címbalos, flautas y tambores, surge COMUS, el dios de la alegría o del vientre, cabalgando triunfante, con la cabeza coronada de rosas y otras flores, y el cabello rizado; los que le acompañan, coronados de hiedra, con sus jabalinas adornadas; uno de ellos iba con HÉRCULES con su copa desnuda por delante, mientras que el resto le ofrecía este HIMNO Sitio, sitio, haced sitio a la barriga saltarina, primer padre de la salsa y creador de la gelatina, maestro supremo de las artes y dador del ingenio, que descubrió el excelente motor, el asador, el arado y el mayal, el molino y la tolva, la artesa y el tamiz, el horno y el cobre, el horno, la broza, la fregona, la pala, la chimenea y la cocina, el perro y la rueda. Fue el primero en inventar el barril y la tina. También el taladro y el cuñete, y les enseñó a funcionar. Desde entonces, con el embudo y una bolsa de hipocrás, se ha convertido en lo que es, y ahora abulta. Lo que muestra que, aunque el placer sea de sólo cuatro pulgadas, es una comadreja, el esófago que aprieta, de cualquier deleite, y no escatima en esta espalda lo que haga falta para convertir el vientre en saco. Salve, salve, barriga regordeta, oh, fundadora del gusto de carnes frescas, o en polvo, escabeche o pasta; devorador de asados, horneados, tostados o hervidos, y vaciador de copas, sean pares o impares; todo lo cual te ha hecho tan ancho de cintura que sin pudín apenas puedes abrocharte, pero comiendo y bebiendo hasta asentir, rompes todos tus cinturones y rompes a un dios. A este, el portador del cuenco. ¿Me oís, amigos míos? ¿A quién le habéis cantado todo esto ahora? Perdonadme que os lo pregunte, pues no espero respuesta; yo mismo responderé: sé que esta es una época como las saturnales para todo el mundo, en la que cada hombre se pone bajo el alero de su propio sombrero y canta lo que le place; ese es el derecho y la libertad que tiene. Ahora cantáis aquí al dios Comus, el dios del vientre. Yo digo que está bien, y digo que no está bien. Está bien como balada, y el vientre es digno de ella, debo decir, aunque fueran cuarenta yardas más de balada, tanta balada como tripa. Pero cuando el vientre no se edifica con ella, no está bien, porque ¿dónde has leído o escuchado que el vientre tenga oídos? Vamos, no busques una respuesta, porque estás derrotado. Nuestro compañero el Hambre, que era un antiguo sirviente del estómago, como cualquiera de nosotros, fue rechazado por ser inoportuno (no irrazonable, sino inoportuno) y ahora se ve obligado (pobre tripa delgada) a ganarse la vida enseñando a estorninos, urracas, loros y grajillas esas cosas que habría enseñado al estómago. Cuidado con tratar con el vientre; no se puede hablar con él, especialmente cuando está lleno. No hay que aventurarse con el vientre, te hará explotar, rugirá de verdad. ¡Ja!, algunos, en son de burla, lo llaman el padre de los pedos. Pero yo digo que fue el primer inventor de la gran artillería y nos enseñó a dispararla en los días festivos. Ojalá tuviéramos un banquete adecuado, en verdad, para mostrar su actividad. Ahora traería algo para complacer sus cinco sentidos, la garganta, o los dos sentidos, los ojos. Perdonadme por mis dos sentidos; porque yo, que llevo la copa de Hércules en el servicio, puedo ver doble desde mi lugar, ya que hoy he bebido como una rana. Ahora traería un barril para bailar, y muchas botellas a su alrededor. ¡Ja!, parece que esto os supone un problema. ¿Lo veis? ¿Lo veis? Un problema: ¿por qué botellas? ¿Y por qué un barril? ¿Por qué un barril? ¿Y por qué botellas para bailar? Yo digo que los hombres que beben mucho y sirven al estómago en cualquier lugar de calidad (como en Los Caldereros Joviales o Los parientes Lacivos) son medidas vivientes de bebida, y pueden transformarse, y lo hacen todos los días, en botellas o barriles cuando les place; y cuando han hecho cuanto pueden, son, como digo otra vez (porque creo haber dicho ya algo parecido antes), medidas móviles de bebida, y hay una pieza en la bodega que puede contener más que todos ellos. Lo demostraré si nuestro nuevo dios se digna dar una señal, porque el estómago lo hace todo con señales, y yo estoy totalmente a favor del estómago, el reloj más fiel del mundo. Aquí la primera antimascarada, tras la cual, HÉRCULES ¿Qué ritos son estos? ¿Acaso la tierra engendra más monstruos? Anteo apenas se ha enfriado, ¿qué puede engendrar esta reserva? ¡Y espera! ¿Tales contrarios sobre ella? ¿Es la tierra tan fértil en su propia deshonra? ¿O porque su vicio era la inhumanidad espera por una hospitalidad viciosa obrar primero una expiación? Y luego (¡auxilio, Virtud!) estos son esponjas, no hombres. ¿Botellas? ¿Simples recipientes? ¿Media barrica de panza? ¿Cómo? ¿Y la otra mitad sobresaliendo en muslo? ¿De quién es el festín? ¿Del vientre? ¿De Comus? ¿Y mi copa traída para colmar las orgías de borrachos? ¿Y aquí ultrajada, siendo la recompensa coronada de héroes sedientos tras un duro trabajo? ¡Cargas y vergüenzas de la naturaleza, pereced, morid! Porque nunca habéis vivido, sino que en la pocilga del vicio os revolcasteis, y en esa lucha de cerdos habéis sido enterrados bajo la ofensa de la vida. Id, tambaleaos y caed bajo la carga que habéis creado, hasta que vuestras entrañas hinchadas revienten. ¿Puede ser este el Placer, extinguir al hombre? ¿O cambiarlo tan radicalmente en su figura? ¿Puede el vientre amar su dolor y estar contento sin más deleite que el castigo? Estos monstruos se atormentan a sí mismos, y con razón, pues sufren lo que hacen y cuanto hacen. Pero aquí no debe haber refugio ni mortaja para tales seres: ¡hundíos en el bosque o desapareced en las nubes! En ese momento todo el bosque desapareció y se descubrió la música, sentada al pie de la montaña, con el PLACER y la VIRTUD sentados allí. El coro invitó a HÉRCULES a descansar con esta CANCIÓN Gran amigo y servidor del bien, deja que se enfríe un poco tu sangre caliente. y descansa de tu arduo trabajo. Recuéstate, recuéstate, y da paz a tu espíritu atribulado, mientras la Virtud, por cuya causa realizas este trabajo divino, puede hacer, con las mejores hierbas, cultivadas aquí en esta montaña, una corona, una corona para tu cabeza inmortal. Aquí, con HÉRCULES recostado a sus pies, apareció la segunda antimascarada, que era de PIGMEOS. PRIMER PIGMEO ¡Anteo ha muerto! ¡Y Hércules sigue vivo! ¿Dónde está ese Hércules? ¿Qué daría yo por encontrarme con él ahora? ¿Solo? No, con tres como él, si han participado en el asesinato de nuestro hermano. ¿Con tres? ¿Con cuatro? ¿Con diez? No, con tantos como el nombre indica. Ruego que haya ira con la que alimentar mi justa venganza, y pronto. ¿Cómo lo mataré? ¿Lo lanzaré contra la luna y lo romperé en pedazos? ¿Le daré a Grecia su cerebro y a cada pedazo de tierra un trozo? SEGUNDO PIGMEO Allí está. PRIMER PIGMEO ¿Dónde? TERCER PIGMEO Al pie de la montaña, dormido. PRIMER PIGMEO Que uno vaya a robarle el garrote. SEGUNDO PIGMEO Yo me encargo, a rastras. CUARTO PIGMEO Es nuestro. PRIMER PIGMEO Sí, paz. TERCER PIGMEO ¡Triunfo, lo tenemos, muchacho! CUARTO PIGMEO Claro, claro, está seguro. PRIMER PIGMEO ¡Venid, bailemos de alegría! Al final de su baile pensaron sorprenderlo, pero, de repente, al despertarse con la música, se levantó y todos corrieron a esconderse en sus agujeros. CANCIÓN Despierta, Hércules, despierta: levanta tu ojo negro, solo te pedimos que mires, y estos morirán, o huirán. Ya han huido aquellos A quienes el desprecio habría aniquilado. Entonces MERCURIO descendió de la montaña con una guirnalda de álamo para coronarlo. MERCURIO Descansa, activo amigo de la Virtud: estos no deben perturbar la paz de Hércules. Los gusanos de la tierra y los enanos del honor, en desventaja demasiado grande, demuestran o provocan la intervención de los dioses. Mira, aquí tienes una corona que te ha enviado la anciana montaña, mi abuelo Atlas, el que te obsequió con las mejores ovejas que había en su redil, o con frutos dorados de la tierra de Hesperia, por rescatar a sus hermosas hijas, entonces presa de un pirata grosero, cuando pasabas por aquí; y te enseñó todo el saber de la esfera, y cómo, como él, podrías sostener los cielos, como recompensa virtuosa por tu trabajo. Aunque ahora es una montaña, aún tiene el sentido de darte más las gracias, ya que sigues siendo constante en la bondad, guardián de la montaña; Anteo, sofocado aquí por ti, y el voluptuoso Comus, dios de la alegría, expulsado de su bosque y desfigurado. Mas ahora ha llegado el momento del que te habló Atlas: por ley inmutable y por obra de las estrellas, debería cesar toda discordia entre la Virtud y su notorio opuesto, el Placer; ambos deberían encontrarse aquí, a la vista de Héspero, la gloria del oeste, la estrella más brillante, que desde su cresta ardiente ilumina todo este lado del Atlántico hasta tus pilares, Hércules. Mira dónde brilla: la Justicia y la Sabiduría colocadas alrededor de su trono, y los agraciados con el Honor, la Belleza y el Amor. No es con su hermano el que sostiene el mundo, sino gobernando otro similar, donde reside su renombre. El Placer, para su deleite, se reconcilia con la Virtud, y esta noche la Virtud da a luz a doce príncipes que han sido criados en esta escarpada montaña y cerca de la cabeza de Atlas, la montaña del conocimiento; y ha venido uno, jefe de los de la brillante raza de Héspero, que con el tiempo será lo mismo que él, y ahora es solo una luz menor. A ellos ahora les confía el Placer, y a ellos les da entrada a las Hespérides, el jardín de la hermosa Belleza: tampoco puede temer que aquí se vuelvan blandos o afeminados, ya que todo se hace a su vista y bajo su cuidado, el Placer como sirviente, la Virtud observando. Aquí todo el coro musical llamó a los doce enmascarados desde el regazo de la montaña, que entonces se abrió con esta CANCIÓN Ábrete, viejo Atlas, abre tu regazo, y de tu pecho resplandeciente haz brotar una luz, para que los hombres puedan leer en tu misterioso mapa todas las líneas y signos de la educación real y la rectitud. Mira cómo vienen y se muestran los que han nacido para saber. Desciende, desciende, aunque te guíe el Placer. No temas seguirles, aquellos que han sido criados dentro de la montaña de la habilidad pueden pisar con seguridad el camino que quieran, ningún terreno del bien está hueco. En su descenso de la montaña, DÉDALO bajó ante ellos y HÉRCULES le preguntó a MERCURIO. HÉRCULES Pero Hermes, espera un poco, permíteme una pausa. ¿Quién es este que los guía? MERCURIO Un guía que les da leyes para todos sus movimientos: el sabio Dédalo. HÉRCULES ¿Y comprende en sagrada armonía sus preceptos? MERCURIO Sí. HÉRCULES Entonces pueden poner a prueba seguro cualquier laberinto, aunque sea el del amor. Aquí, mientras se ponían en forma, DÉDALO entonó su primera CANCIÓN Vamos, vamos, y mira dónde vas. Entrelaza el curioso nudo, de modo que incluso el observador apenas pueda saber cuáles son las líneas del Placer y cuáles no. Primero, descubre el camino dudoso en el que toda la juventud debería permanecer un tiempo, donde ella y la Virtud contendían por quién debía tener a Hércules como amigo. Luego, como todas las acciones de la humanidad no son más que un laberinto o un enredo, deja que tus danzas se entrelacen, pero sin confundir a los hombres que las contemplan, sino mesuradas y también numerosas. Que los hombres puedan leer cada acto vuestro. Y cuando vean las gracias reunidas, que admiren la sabiduría de vuestros pies. Porque el baile es un ejercicio que no sólo muestra el ingenio del bailarín, sino que hace sabio al espectador, ya que tiene el poder de elevarse a él. El primer baile. Después, DÉDALO de nuevo. SEGUNDA CANCIÓN Oh, más y más, esto ha sido tan bueno que la alabanza requiere la mitad de su voz para contarlo: volved a componeros, y disponed ahora toda la aptitud de la figura, esa proporción o color que puede revelar que, si esas artes silenciosas se perdieran, el diseño y la imagen, podrían presumir de vosotros un terreno más nuevo, instruido por el sentido exaltado de la dignidad y reverencia en vuestros verdaderos movimientos encontrados. Que comiencen, que comiencen, porque, mirad, las bellas escuchan con anhelo qué aire forman con su segundo toque, para que puedan expresar sus murmurados himnos justo al compás en que mueven sus miembros, y desear que los suyos propios sean así. Apresúrense, apresúrense, porque este es el laberinto de la belleza. La segunda danza. Una vez terminada, DÉDALO. TERCERA CANCIÓN Ahora debes mostrar el laberinto más sutil de todos, que es el amor, y si te quedas demasiado tiempo, las bellas creerán que las perjudicas. Ve, elige entre ellas, pero con una mente tan suave como el viento que acaricia las flores más delicadas. Que todas tus acciones sonrían, como si no pretendieran seducir a las damas, sino a las horas. La gracia, la risa y la conversación pueden encontrarse, y, sin embargo, la belleza no disminuirá, porque lo que es noble debe ser dulce, pero no disolverse en lascivia. ¿Quieres que dicte la ley a todos tus juegos y los resuma? Debería ser tal que despertara la envidia, mas superándola siempre. Aquí bailaron con las damas y siguió toda la fiesta; cuando terminó, MERCURIO le llamó con el siguiente discurso, que luego fue repetido en una canción por dos sopranos, dos tenores, un bajo y todo el coro. CUARTA CANCIÓN Sería bueno mirar atrás, o murmurar algo que revelara tus pensamientos, cómo fuiste enviado y fuiste a pasear, no a morar, con el Placer. Estas son las horas que la Virtud te ha concedido, siendo ella misma su propia recompensa, pero quiere que sepas que, aunque sus diversiones sean suaves, su vida es dura. Debes volver a la montaña, y avanzar allí con esfuerzo, y habitar aún esa altura y corona desde donde siempre puedas mirar abajo sobre la casualidad triunfante. Ella, ella es, en la oscuridad brilla. Es ella la que aún se refina a sí misma. Por su propia luz, cada víspera más vista, más conocida cuando el Vicio está cerca. Y aunque sea una extraña aquí en la tierra, en el cielo tiene su derecho de nacimiento. Allí, allí está el trono de la Virtud, esfuérzate por mantenerla como tuya. Solo ella puede hacerte grande, aunque este lugar te haga famoso. Después bailaron su última danza y regresaron a la escena, que se cerró y volvió a ser una montaña como antes. FIN Edición y traducción: JAVIER ALCORIZA
NOTA EDITORIAL: la siguiente presentación y el texto original de El Placer reconciliado con la Virtud proceden de The Oxford Anthology of English Literature, compilada por Frank Kermode y John Hollander, Oxford University Press, Nueva York, 1973, pp. 1086-1095.
EVELYN HOPE I ¡La hermosa Evelyn Hope ha muerto! Siéntate y observa a su lado una hora. Aquella es su estantería, esta su cama; arrancó aquel esqueje de geranio, que también empieza a morir en el vaso. Los postigos cerrados, no puede pasar la luz, salvo dos largos rayos por la grieta de la bisagra. II ¡Dieciséis años tenía cuando murió! Tal vez apenas había oído mi nombre, No era su tiempo para amar: además, su vida tenía muchas esperanzas y objetivos, suficientes obligaciones y pequeños cuidados, y ahora estaba tranquila, ahora agitada, hasta que la mano de Dios la llamó sin aviso, y la dulce frente blanca es toda suya. III ¿Es demasiado tarde entonces, Evelyn Hope? ¡Cómo!, tu alma era pura y verdadera, Las buenas estrellas se citaron en tu horóscopo, Te hicieron de espíritu, fuego y rocío, y solo porque yo era el triple de viejo, nuestras sendas en el mundo divergían tanto que uno no era nada para el otro, ¿he de oírlo? Éramos compañeros mortales, ¿nada más? IV Por cierto que no, pues Dios por encima es grande para conceder, tan poderoso para hacer, y crea el amor para recompensar el amor. Aún te llamo, ¡a causa de mi amor!, puede que se retrase aún más vidas, por los mundos que atravesaré, no pocos, hay mucho que aprender y mucho que olvidar antes que llegue el momento de llevarte. V Pero llegará el momento, al fin llegará, cuando, Evelyn Hope, ¿qué significó, diré, en la tierra inferior, en los años aún lejanos, ese cuerpo y alma tan puro y alegre? Por qué tu pelo era ámbar, adivinaré, y tu boca del rojo de tu mismo geranio y qué harías conmigo, en fin, en la nueva vida venida en lugar de la vieja. VI He vivido, diré, mucho desde entonces, he renunciado a mí mismo muchas veces. He ganado las ganancias de varios hombres, saqueado las épocas, estropeado los climas; mas una cosa, una, en el ámbito entero de mi alma, o bien me perdí o me perdió, ¡y te quiero y te encuentro, Evelyn Hope! ¿Cuál es el problema? ¡Veámoslo! VII Te amé, Evelyn, todo el tiempo; mi corazón parecía tan lleno como podía Había lugar, de sobra, para la franca joven sonrisa y la boca joven y roja y el pelo de oro joven, así que, silencio, te daré esta hoja para que la guardes, mira, la encierro en la dulce y fría mano. Ahí está nuestro secreto. Duérmete. Despertarás, recordarás y comprenderás. Traducción: JAVIER ALCORIZA
Niño pequeño en camisa, que lloriquea en una silla de hierro, traga, se sorbe los mocos, con su boca blanca llena de papilla, exasperado por el hermano mayor que muerde con ganas lo más grueso de una rebanada. La pelliza paterna, su basta pelambre en la nariz respingona, su aroma leonado y delicado, su tinte óxido más rutilante que el vestido de peluche raído del compañero de juegos y de cama. Sometido al gobierno humillante de las sirvientas curvadas en su labor en torno al balde de la colada que ellas han sacado al prado, desvestido sin miramientos, alzado del suelo, tendido en el hervor de su ira, la cabeza en su casco enjabonado que le irrita las pupilas con agria ponzoña, los puños en las mejillas, los pies al cielo donde el sol flamea entre el vapor como una rosa. El terror que remonta de su sombra perfilada sobre el cortinaje lo ahuyenta ya vestido hacia la cama plegable a la que él escala de un salto para agarrotarse en ella después de santiguarse tres veces, los ojos abiertos de par en par como un muerto en su sudario. Orejas coloradas, calzoncillos de felpa bostezantes sobre la palidez de las rodillas, lo conducen de la mano hasta el salón donde las damas acicaladas se asfixian de risa y de té mientras sus suaves dedos lo hacen retorcerse bobamente en un cosquilleo. Amanerada en su blusa y sus enaguas, la vieja solterona de cabellos candeales, con el rostro árido como el de un libro, el ojo sermoneador bajo unos quevedos. Enciclopedia en mano, se ponen lentamente en marcha. Dos pasos hacia adelante, un paso hacia atrás. Trabajosamente se abren un camino por las breñas del primer saber para ir a dar a costa de mucho llanto a un jardín diseñado con un arte tan perfecto que cualquiera que acceda a él está obligado a respetar su secular disposición. Ladronzuelo de peras, para desentenderse de un trato sin honor, que juega con el perro en el trastero y le habla muy bajito a la oreja como un guante del revés. Carreras de chicos a medio vestir, banasta a la espalda, calzones remangados sobre piernas terrosas, jornaleros voluntarios o de circunstancias por unos cuartos, orgullosos como príncipes de sangre que escoltan un carruaje regio. Golpes sordos de las barricas acarreadas campo a traviesa hasta la hoja batiente abierta de la bodega tallada en suave pendiente en la roca, parecida a la cala de un barco en la que humea el fango vinoso bajo la muela de los pies descalzos. Los más ágiles encaramados sobre el gigantesco brocal de madera saborean el espectáculo esférico de esos trabajadores de las tinieblas que titubean hombro contra hombro al destello naranja de una lámpara de tormenta. Llegado el atardecer, un fuerte y dulce olor enriquece los rostros de una alegría divina. Se entonan bajo la bóveda cantinelas escabrosas. Es la hora de reunir a los niños aturdidos por el sueño que cómo no protestan. El viento sobre la más alta línea de las mareas donde rulan como grageas los guijarros grises atigrados de malva, el viento soberano, su frío sabor, su aliento fogoso que vivifica hasta los huesos del cráneo y de las rodillas al niño en un aparte seducido por los encantos del mar. Trepando al árbol empavesado de frutos, montando a horcajadas sobre las ramas hasta el nido, fanfarroneando para caer como una manzana agusanada a los pies de la chica de la granja que ríe a carcajadas. Sobre el más alto peldaño de la escalinata, joven gato ovillado en el abrazo de las rodillas maternas de aromas a chipre. Ella, siempre tan reidora y activa, buscadora de colmenillas a orillas del camino, cazadora de víboras por los bosques prohibidos a los niños, que sabe con canciones alegrar las penas y de una tierna caricia desarmar los enojos, dura consigo misma sin ostentación, amante de las tareas domésticas, las pieles y las fiestas, ella tan grandemente abierta a la vida, pero firme y clarividente, sensible como un pájaro: ciertos atardeceres, el niño arropado en la cama con una voz tan hermosa que le es imposible cerrar los ojos. Lejos de los demás que juegan en la noche y mezclan sus risas a la fiebre de la velada, en cuclillas al calor secreto de los bosques, mientras escuchan el discurso de un ave de plumaje plateado, su vivo mensaje cifrado, su extraña llamada hacia honduras sin eco. Enclaustrado en el lecho, la frente empapada en sudor, sienes que laten, se desvela a trompicones bajo el fulgor sulfuroso de la lámpara para ahogar su terror entre las sábanas que se hinchan, se hinchan a toda velocidad como escapando al agarre de los puños crispados. La chimenea de mármol desplaza su vientre panzudo y abierto sobre las planchas del suelo donde unos pasos resuenan militarmente, las sillas desperezan sus patas velludas, el techo oscila y se disloca, enramadas y pasamanerías venenosas se contorsionan sobre las cortinas color de endrino entreabiertas. En el ojo de buey del espejo, un anciano calvo de tez pálida descubre por entero con su mirada oblicua una mala risa. Una araña gigante se balancea sobre sus hilos al volteo del sofoco. Por todas partes la inseguridad, la amenaza, el espanto en tanto infusiones y pastillas no hayan burlado el maleficio de la visión febril. Plantado sobre la punta de los pies en el corazón del laurel del que aparta el follaje para arrojar feas muecas a la pequeña vecina de visita quien, colgada del brazo de su madre, mordisquea nerviosamente sus trenzas fingiendo no ver más que las rosas admiradas por su carnación y su aroma sin igual, como corresponde a huéspedes bien educados. Todas esas personas mayores hablan sin descanso y tan fuerte que él se retira lejos de sus voces a su fábula interior. Que la cama que invita al sueño se vuelva a cerrar delicadamente sobre el cuerpo rendido con la mano familiar mejillas abajo, y es aún el bien puro de la infancia —es su cielo apacible apenas turbado por la violencia de las lágrimas que transforma en sonrisa esa mano protectora cuya labor rosa se guarda como un tesoro en el fondo de los párpados—. Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
HORA DE CIERRE; ISKANDARIYA No pedí un escorpión, pedí un pez, pero tal vez Dios malinterpretó mi petición. Tal vez pensó que dije no «una especie de pez», sino «un pez escorpión», una petición que sin duda me habría concedido, al ser un Dios bondadoso, pero entonces se olvidó del «pez» unido al «escorpión» (porque también Dios olvida, todo lo olvida); así que en lugar de un pez comestible, cualquier pez pequeño, dulce o agrio, o incluso la bufonada grotesca del pez escorpión rayado, con una corona de espinas y una sucesión de colas, un verdadero espectáculo de pez; en lugar de eso, me dio un insecto, una peculiar criatura prehistórica, parte langosta, parte araña, parte campanero, parte hijo de una estrella caída, algo semejante a un perro desfigurado y acorazado, no algo que pueda comerse, ni con lo que dar un paseo digno de recuerdo. Es tan feo y sus pasos tan rígidos, como si caminase sobre hielo, helándose una y otra vez mientras flota en el aire, como una oreja que escucha, y luego retrocediendo rápidamente o saltando frenéticamente hacia adelante, su cola mortal realizando el baile de San Vito. Dios me dio un escorpión, una criatura venenosa, sin duda, un insecto con la mordedura del áspid de Cleopatra, pero tan pronto como lo encontré, supe que a pesar del oscuro rumor no era amante de la violencia ni enemigo de los hombres. Lo cierto es que es tímido, el escorpión, una criatura con ocho ojos, casi ciego, rehúye la luz del día y enloquece con el fuego, prefiere los lugares solitarios y no se alimenta de gran cosa y solo arroja su aguijón venenoso cuando se ve acorralado contra una pared — algo parecido a mí, pero no es lo que pedí, una cosa a la que, por accidente o por designio, ahora estoy unida. Y entonces corro las cortinas, y entonces coloco platos extraños en la mesa, y entonces camino en silencio, y entonces no hablo, y sólo dos veces, en todos estos años, me ha picado, las dos veces porque, sin pensarlo, dejé entrar la terrible luz. Y ahora, a veces, cuando observo dormir al escorpión, veo lo bello que es, qué rara, esta criatura llamada Pulmones en Libro (1) o Libro Mortal por sus extraños órganos respiratorios. Sus pulmones son agujeros en su cuerpo, que se abren y se cierran. Y dentro de los agujeros hay membranas rígidas, dispuestas como las páginas de un libro. ¡Imagínatelo! Y cuando los agujeros se abren, las páginas se despliegan, y la sangre que circula a través de ellas toca el aire, y por este baño de aire la sangre se hace pura... Es una casa de libros, mi tímido escorpión, lleva en su vientre todos los manuscritos perecederos, un pequeño espejo de la biblioteca de Alejandría, que ardió. (1) En el original se hace referencia a Lung Book, un tipo de órgano respiratorio presente en muchos arácnidos, como los escorpiones y las arañas. En español puede traducirse como pulmones en libro, pulmones laminares o filotráqueas. He optado por la primera opción para conservar el sintagma «libro». En cuanto a Mortal Book he decidido traducirlo de forma literal. FRUTA CAÍDA Hay un estanque abandonado en el bosque. Se encuentra en el extremo norte de un terreno, pertenece a un hombre que fue internado en un asilo hace años. Era un hombre extraño. Tan solo hablé con él una vez. Todavía se pueden encontrar estatuas de mujeres y dioses de piedra que colocó en rincones oscuros del bosque, y a veces se pueden encontrar flores que han sobrevivido al colapso de los jardines escondidos que plantó. Una vez encontré una flor que parecía un cerebro humano, creciendo al lado de una cerca, y me dejó sin aliento. Y una vez encontré, entre la maleza, un lirio blanco como la nieve... Ahora nadie cuida del terreno. Las cercas se han caído y los ciervos han crecido, y el estanque yace negro, el agua se ha ido enturbiando, las orillas se han enmarañado con malezas y hierba. Pero el estanque ya era muy viejo incluso cuando vine por primera vez. A través de los árboles vi el agua ennegrecida y humeante, y olí algo dulce, pudriéndose, y cuando me acerqué, vi formas doradas en el agua oscura, y pensé, sin pensarlo realmente, que estaba observando los reflejos de las hojas o de la fruta caída, aunque no hubiera árboles frutales cerca del estanque y tampoco fuera temporada de fruta. Y entonces vi que las formas se estaban moviendo, y pensé que se movían porque yo me movía, pero cuando me quedé quieta, aún se seguían moviendo. Y aún tenía problemas para vislumbrarlas. Aunque las formas adquirían peso y músculo y una figura definida, me tomó mucho tiempo aceptar lo que veía. El estanque estaba lleno de carpas ornamentales, y eran grandes, más grandes que las carpas que había visto en las piscinas de los museos, grandes como trompetas, y tan doradas que eran casi amarillas. En círculos, amplios y pequeños, se movían los peces chapados, y había tantos que no se podían contar, aunque intenté contarlos durante mucho rato. Y pensé en el hombre que era dueño del terreno en el que estaba. Pensé en cómo años atrás, en un arrebato de locura o un alto grado de certeza, debió haber repoblado el estanque con peces, y luego se olvidó de ellos, o se los arrebataron, pero aun así los peces habían crecido y aún prosperaban, hasta que fueron muchos; sus cuerpos eran rápidos y radiantes como puños de acero o crestas de gallo. Partí trozos de mi pan y se los arrojé a las carpas, y las carpas dieron un salto, como no había visto antes hacer a las carpas, y luchaban entre sí por el pan. Y no parecían peces, sino gaviotas o lobos, mordiendo y saltando. Una y otra vez, arrojaba el pan. Una y otra vez, los peces saltaban y luchaban. Y por debajo, debajo de los peces saltarines, cerca del fondo del estanque, algo daba vueltas lentamente, una forma gigante que nunca se acercaba al cebo y nunca se dejaba ver pero se movía pacientemente entrando y saliendo de las sombras nebulosas, saliendo y entrando. Observé la forma y cuando el pan se acabó y cuando el pez dorado volvió a tranquilizarse, por fin adquirió una forma clara, y lo vi por un lapso de un segundo o dos con gran nitidez, como si sostuviera a la pesada criatura en mis manos, el cuerpo sin lustre de una vieja carpa. Algo fragante y fétido. Un lirio y un cerebro humano unidos en un mismo cuerpo. Y entonces el pez desapareció. Se dio la vuelta y las sombras se cernieron sobre él. El agua se ennegreció y el vapor rezumó, y las carpas doradas se quedaron quietas, innumerables. Y ardieron lentamente como flores, o como fruta caída en un jardín abandonado. Traducción: MARÍA TORTAJADA GALLEGO
IDENTIDAD Soy blanco y a veces me siento negro Soy árabe y soy de una u otra manera amazigh Soy pro-palestino y a veces me siento en la piel y en la memoria de un judío Soy no creyente pero el personaje religioso cuyo mensaje más me conmueve es el del Crucificado Soy marroquí, francés, libanés, argentino, sudafricano, sirio, kurdo, ouighour, haitiano, rohingya pero secreto de Polichinela en el fondo de mí mismo me siento no español sino andaluz LA SANGRE ¿Se podría determinar la composición de la sangre que fluye por mis venas e incidental de mis heridas? Lo que he concluido de ciertas investigaciones y observaciones clínicas a las que me sometieron es ante todo y después de todo que es impura Sangre humana, ¿no? A LA ESPERA Por ahí merodea Reconozco su aliento el ruido de sus pasos que se arrastran su sombra en la total oscuridad Y siendo así actúo como si no sospechara nada Amueblo honorablemente mi espera Tomo parte en las tareas domésticas Leo profusamente y sigo escribiendo por siempre ¿Qué podría hacer más para olvidar que mi vida pende de un hilo? LA GRAN FICCIÓN El mundo la vida que se desarrolla en él desde que es mundo las ideas enfrentadas las enfermedades que lo corroen los crímenes que se perpetran las riquezas que se acumulan las miserias que lo explotan los amores que florecen y se marchitan las historias que se cuentan sobre su aparición y desaparición las catástrofes que lo devastan las pandemias que lo enloquecen sus civilizaciones difuntas y sus artes vivas El mundo desde que es mundo es una gran ficción que un autor genial un ilustre desconocido un muerto de hambre un anarquista con el corazón de oro está escribiendo para engañar el hambre el frío y a la Parca que golpea cada vez con más fuerza la puerta de su reducto Traducción y nota: MANUEL ÁNGEL GÓMEZ ANGULO
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TRADUCCIONES
El Coloquio de los Perros. AL HAZMI, ALI ANDRADE (DE), EUGENIO ANGELOU, MAYA ARMITAGE, SIMON BERT, BENG BERTRAND, ALOYSIUS BHATTACHARYA, DEEPANKAR BIANU, ZENO BLANCHARD, MAURICE BLANDIANA, ANA BOUCHET, ANDRÉ (DE) BOURSON, GILBERT BOUVIER, NICOLAS BRODA, MARTINE BROWN, STACIA L. BUZZATI, DINO CALVET, VINCENT CAPRONI, GIORGIO CARDOSO, RENATO F. CASTRO (DE), MANUEL CÉSAR, ANA CRISTINA CHAMBON, JEAN-PIERRE CHAVAL CHESTERTON, G. K. CHULLIKKAD, BALACHANDRAN CONTINI, DONATELLA CORSO, GREGORY COUTO, MIA COUTO, MIA [POEMAS] DEGUY, MICHEL DELANEY SPEAR, SUSAN DELBO, CHARLOTTE DELERM, PHILIPPE DIMKOVSKA, LIDIJA DOMIN, HILDE DOMINIQUE ANÉ DOMINIQUE ANÉ [OKLAHOMA 1932] DRUMMOND DE ANDRADE, CARLOS DUPIN, JACQUES EDSON, RUSSELL ELIOT, GEORGE ESPAGNOL, NICOLE ESPANCA, FLORBELA FERREIRA, VERGÍLIO FOLLAIN, JEAN FÔRETS, LOUIS-RENÉ des GARCIA, JUAN GINSBERG, ALLEN GIONO, JEAN GONZÁLEZ LAGO, DAVID GOZIS, GEORGE GRANDMONT, DOMINIQUE HAM, NIELS HAUTECLOCQUE, XAVIER (de) HÉLDER, HERBERTO HEMINGWAY, ERNEST HIERRO LOPES, BEATRIZ HIGHTOWER, SCOTT HOGUE, CYNTHIA IGLESIAS, XOSÉ JIYAN, RÊNAS JONSON, BEN JUDICE, NUNO KALÉKO, MASCHA KANDEL, LENORE KEROUAC, JACK KHAÏR-EDINNE, MOHAMMED KHENSIN, SUMITAKU KINNELL, GALWAY LACERDA, ALBERTO (de) LAYOS, ILÍAS LÉVIS MANO, GUY LUCA, GHÉRASIM LUCIE-SMITH, EDWARD McHUGH, HEATHER MAULPOIX, JEAN-MICHEL MAWGOUD, MONTASER ABDEL MERWIN, W. S. MICHAUX, HENRI MIERMONT-GIUSTINATI, ADELINE MILTON, JOHN MONTEIRO, KRISHNA MOORE, MARIANNE MORENO, ANNA NAPORANO, FERNANDO NERVAL, GERARD (de) NILO NUNES, LUIZA OLIVEIRA (DE), ALBERTO OSORIO GUERRERO, RODRIGO PESSANHA, CAMILO PESSOA, FERNANDO PINTO DE AMARAL, FERNANDO PLATH, SYLVIA POZZI, ANTONIA PRÉVERT, JACQUES PROUST, MARCEL POUND, EZRA QUINTANA, MÁRIO RAMBOUR, JEAN-LOUIS RAMOS ROSA, ANTÓNIO RAMOS ROSA, GISELA GRACIAS RATROUT, FAHKRY RILKE, RAINER MARIA RODRÍGUEZ-MIRALLES, JORGE HEMEROTECA
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