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MAURIZIO VIROLI. POR AMOR A LA PATRIA (Planeta, Barcelona, 2019) Traducción: Patrick Alzaya por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA El nacionalismo significa, según Horace B. Davis «preocupación por los intereses de una comunidad particular», mientras que el patriotismo puede significar esto, o bien preocupación por los intereses de un Estado particular. A diferencia del nacionalismo, que implica lealtad o devoción a la propia nación, el patriotismo es, según el mismo diccionario, «amor o devoción a la propia patria». Proviene de la palabra patriota, que a su vez se remonta a la palabra griega patrios, que significa «de padre». Nacionalismo y patriotismo suelen considerarse las dos caras de la misma moneda, pero son fundamentalmente diferentes. El nacionalismo enfatiza la superioridad y la exclusión, mientras que el patriotismo se basa en el amor y el deseo de progreso. El patriotismo es el amor y el orgullo por nuestra cultura, mientras que el nacionalismo es ese mismo orgullo, pero llevado al extremo que podría terminar en xenofobia. Maurizio Viroli, profesor de Teoría Política en la Universidad de Princeton, intenta en este ensayo romper lanzas por el patriotismo, en un más que interesante repaso histórico de los orígenes y evolución del concepto. Analiza no tanto el patriotismo que podríamos denominar natural, vínculo con la tierra nativa y entendido como lugar en la memoria, sino el político, el que surgió en Grecia y Roma y fue luego estandarte de las repúblicas italianas renacentistas; el que se refiere a la libertad común y al compromiso con el bien público, así como a la igualdad civil y política y al respeto por las leyes que la hacen posible. Esta noción, bastante clara hasta finales del XVIII, se desdibuja cuando el amor a la patria del hombre libre se sustituye por la lealtad a la nación, cuando nacionalismo y patriotismo se utilizan como sinónimos. Y es que el nacionalismo es un fenómeno político e histórico con características muy distintas: lo importante no es ya la libertad, sino la unidad cultural y espiritual del pueblo. El nacionalista persigue la unicidad etnocultural, y es por tanto excluyente: tiene destino, y en ocasiones hasta misión, y cuando desconecta la exaltación de la cultura nacional de la libertad, la convierte en un afecto innoble. En cambio, el patriotismo es inmune a todas esas preocupaciones y miedos sobre el entorno y la historia étnica de los pueblos. A finales del siglo XIX se produce otro fenómeno relevante: el patriotismo es absorbido por la derecha conservadora, mientras que los liberales y la izquierda quedan fijados en el internacionalismo y el pacifismo. Se plasman entonces clichés que se reforzarán con el auge del fascismo en los años treinta y las dos guerras mundiales. El concepto de patriotismo clásico político prácticamente desaparece, excepto en los Estados Unidos, donde la ausencia de tradición impide, digamos que casi físicamente, la tentación nacionalista. En los últimos años el debate sobre la ciudadanía constitucional de Habermas está abriendo las puertas a una nueva definición de patriotismo, con interesantes análisis sobre los valores de la lealtad y la solidaridad como fundamento de las sociedades democráticas. Para Viroli, «la observación de que el patriotismo está destinado inevitablemente a producir fanatismo, intolerancia y militarismo, es correcta para otros tipos de patriotismo, pero no es aplicable al patriotismo de la libertad por el que se aboga en este libro». Un patriotismo que no reclama abnegación heroica ni requiere homogeneidad cultural o étnica, pero que sí lleva a los ciudadanos a recuperar el sentimiento de compromiso público y a estar atentos a prevenir y refutar las amenazas a la libertad que se producen en nuestras sociedades. Por amor a la patria es el título de un gran ensayo del profesor italiano Maurizio Viroli, especialista en Maquiavelo, que reeditó muy oportunamente la editorial Deusto. El núcleo fundamental es la distinción entre nacionalismo y patriotismo. Una diferencia que en nuestro país se ha hecho todo lo posible por borrar en estos últimos años. El objetivo era bien claro. Se intentaba convencernos de que entre el amor a la patria y la ideología que consiste en exaltar una nación excluyente y cerrada no había diferencia alguna. Todo el mundo distingue sin la menor dificultad entre una persona que ama su país, que lo acepta como es y por eso mismo desea mejorarlo sabiendo que hay muchas maneras de hacerlo, de aquella otra que quiere fundarlo de nuevas, que afirma que su proyecto político es el único que refleja la esencia de ese mismo país y que todos los que piensan de otra forma deben ser barridos. Por eso, frente a la artificiosa y violenta situación en la que hemos vivido, va imponiéndose el sentido común.
Aunque en ocasiones parezcan confundirse, patriotismo y nacionalismo son conceptos distintos. El patriotismo pone énfasis en el aprecio a las instituciones y la defensa de la libertad común de las personas. El nacionalismo, contrariamente, aboga por la homogeneidad cultural, lingüística y étnica de la sociedad. El patriotismo pide un amor caritativo y generoso con el propio país. El nacionalismo exige una lealtad incondicional o una adhesión exclusiva. Este libro, que ya es un clásico, supone, además de una brillante reexión (reflexión) política, un clarividente alegato filosófico. Maurizio Viroli hace un extraordinario análisis de los dos conceptos e intenta discernir qué querían decir los filósofos, los agitadores, los poetas y los profetas cuando hablaban de amar a una patria. Sobre todo, porque la confusión en torno al tema ha provocado innumerables catástrofes históricas, empezando por el fascismo en todas sus formas. Si el patriotismo es un amor racional, que considera necesaria la virtud cívica para la preservación del orden público y la ley, prerrequisitos para nuestra libertad que nos permiten resistir la opresión de las egoístas ambiciones individuales; el nacionalismo puede llegar a ser exclusivista, intolerante e irracional, obsesionarse con la unidad y someter así a los discrepantes. La cuestión que plantea Por amor a la patria es cómo hacer que el amor a nuestro país sea compatible con los principios universales de libertad y justicia. Y eso pasa, como plantea Viroli, por intentar construir un patriotismo sin nacionalismo, es decir, por una llamada a la unidad política basada en el compromiso con el bien común y no en una inquebrantable adhesión étnica, religiosa o lingüística. Maurizio Viroli indudablemente siente un rechazo visceral hacia los nacionalismos en las formas que el mundo, especialmente Europa, ha padecido y padece hasta el día de hoy, como formas distorsionadas de enfocar el problema de la identidad. En cambio, rescata y reencanta el concepto de patria, procurando develar, como historiador, en el transcurso del tiempo, los significados que «académicos, agitadores, poetas y profetas han querido expresar cuando hablaban de amor a una patria» (p. 19). El autor intenta con lo anterior una interpretación histórica más que científica, que supere la sinonimia con que algunos textos analizan el «amor a una patria» y la «lealtad a una nación». Para Viroli, las distinciones que sitúan al nacionalismo como una singular corriente intelectual nacida en el siglo XVI con la creación del concepto de pueblo soberano, o en el siglo XVIII con la reivindicación de particularidades lingüísticas, religiosas, étnicas y culturales para la nación, conducen a confusiones. El patriotismo conduce a un amor caritativo y generoso, mientras el nacionalismo conlleva una lealtad incondicional que fácilmente se convierte en sectarismo y cuna de todo fundamentalismo racial y cultural. Para Viroli, la patria es inseparable de la república, de la virtud cívica entendida como amor a la patria, a la libertad común y a las instituciones que la sustentan. Su fin es la libertad, que Viroli entiende como «[...] la posibilidad para todos... de vivir sus vidas como ciudadanos sin ser oprimidos al denegárseles sus derechos políticos, civiles o sociales. Considero la unidad y homogeneidad cultural, étnica y religiosa como otros tantos vicios» (p. 29). A su juicio, apelar al patriotismo en vez de al nacionalismo aporta la misma fuerza unificadora y movilizadora, pero pone el énfasis en los derechos y en la importancia de la ciudadanía más que en las lealtades particulares sobre las que florece el nacionalismo. Por amor a la patria es una elaboración sobre las ideas de los que efectivamente son los principales teóricos del patriotismo y del nacionalismo europeos, con un afán ejemplificador notorio en la redacción. La tesis, en palabras del autor, es: «Si la patria es menos que una república en el sentido clásico, los ciudadanos no pueden ser virtuosos: no pueden amar a un estado que los trata de forma injusta [...]. Si la patria es más que una buena república, si es una buena república y una comunidad religiosa o cultural o social, la virtud cívica probablemente alcanzará su máximo. Sin embargo, también puede degenerar en el amor de los zelotes por la unidad, no en el amor político de los ciudadanos. Esto implica que para que se consolide el verdadero patriotismo, no necesitamos fortalecer la homogeneidad y la unidad, sino trabajar para fortalecer la práctica y la cultura de la ciudadanía» (p. 229).
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FRANCISCA AGUIRRE. QUE PLANCHE ROSA LUXEMBURGO (Carpenoctem, Madrid, Reedición, 2024) por ANABEL ÚBEDA BERNAL LA HABITACIÓN PROPIA DE FRANCISCA AGUIRRE Planchar unas camisas puede parecer un trasunto inane. Sin embargo, como apunta Clara Morales, es sólo el punto de partida de Que planche Rosa Luxemburgo de Francisca Aguirre, cuya primera edición apareció en 1994. Su redacción, no obstante, se sitúa en un tiempo coetáneo a Ítaca o Los trescientos escalones, aunque presenta ciertas asincronías y tópicos comunes a poemarios posteriores, lo que sugiere una actualización del texto hasta 1994, año en que obtuvo el Premio Fermina Galiana. En estos breves y reflexivos textos, Aguirre despliega su mordacidad y su capacidad para sustituir la focalización externa por un monólogo consigo misma. Es la voz fiera que toda mujer expresa en la intimidad al realizar tareas poco gratas como planchar, lavar ropa o cocinar esperando a otros. La autora explora la ironía de las apariencias y la de cuidar a quienes no cuidan en igualdad de condiciones. Desde esta excedencia, nos invita a entrar en su “habitación propia”: un piso-hogar donde casi siempre está limpiando, planchando, yendo a la compra o reflexionando sobre si su vida, la felicidad o el amor son coherentes; un espacio en el que busca respuestas en soledad o analiza lo que llama «la jerarquía de problemas». El sufrimiento se reserva a momentos de memoria: los escalones de Le Havre, la esperanza de un futuro sin pérdidas humanas, la muerte de su padre, el cuidado de sus hermanas y las múltiples historias vividas en ese pequeño piso de Madrid, donde el lector ocupa un lugar privilegiado. A través de una narración en tercera persona que a veces se quiebra para interpelarnos, Aguirre nos acompaña con una banda sonora que va de Bach y Vivaldi al tango, Paco de Lucía o Rocío Jurado. Esta suerte de playlist nos recuerda cómo la música actúa como consuelo y vía de escape —similar en La otra música (1978)—, junto a referencias a Bécquer, Machado, Rosales, Vallejo, la novela policíaca, la película Memorias de África y los concursos televisivos. Todo ello se cruza con ironías veladas hacia figuras de su época como Lidia Falcón, activista feminista y socialista de los años 80, o actrices argentinas que mantienen intacta su juventud como Nacha Guevara. La música y la literatura conviven con el frío madrileño, los madrugones, el mercado, los filetes empanados, el humo, el vermú solitario, los cafés infinitos, el periódico y el inseparable cigarrillo —símbolo que reaparecerá en Historia de una anatomía (2010), su obra clave—. Aguirre mezcla lo mundano con lo existencial, preguntándose si el precio de su vida tranquila y de la felicidad familiar es la monotonía y la tolerancia ante los deslices de un Horacio que todavía ve en ella a la joven de “28 años” de la que se enamoró. Por él sacrifica horas en conferencias, recitales y otros trabajos intelectuales que les permiten mantener una vida humilde, disponer de un estudio, viajar a Buenos Aires y recibir en casa, con tortilla de patatas y vino, a amigos e intelectuales.
A caballo entre la novela breve y el ensayo, su “habitación propia” es, en realidad, un latifundio en el que se despliega su vida familiar e intimidad desde la juventud, siempre con la cultura como enclave central, sin apartarnos de esos problemas innobles y de los vicios de pobres que, como recuerda, todos tenemos en tiempos recios. JOAN-CARLES MÈLICH. LA CONDICIÓN VULNERABLE (Fragmenta, Barcelona, 2018) [Traducción de Marta Rebón] por CARLOS GIL GANDÍA Los libros nunca se leen de la misma manera: cada uno se filtra por la mirada emocional e intelectual que llevamos en el instante de abrirlo. Hay títulos que pasan sin dejar rastro y otros que, quizá por azar o por descarte, llegan en la hora justa, como si aguardaran a que la vida los reclamara. Entonces adquieren un carácter casi místico: recordatorio íntimo de lo que necesitábamos escuchar. Eso me ocurrió con La condición vulnerable. Desde 2008, lo que se advierte con obstinada claridad es la persistencia de un deterioro múltiple: primero la crisis económica, que quebró la confianza en el porvenir inmediato; después la erosión social, que dejó a muchos sin sostén; más tarde la pandemia, recordándonos la precariedad de nuestros cuerpos; enseguida la guerra en Ucrania y el asedio de Palestina, geografías distintas unidas en la misma cartografía del daño. A todo ello se suma el mundo virtual, que crece como segunda piel, ilusoria e implacable, donde también se abren heridas: cuerpos expuestos, entornos desprotegidos, a menudo sin remedio. Esta sucesión de golpes, que oscila entre lo íntimo y lo planetario, nos devuelve siempre a la misma evidencia: la fragilidad humana, el equilibrio precario de los lugares y de las vidas que habitamos. Y allí encuentra sentido el título de la obra de Joan-Carles Mèlich. La descubrí un día cualquiera. Marta Rebón la mencionaba de pasada en una columna de La Vanguardia, y yo, atento a lo aparentemente irrelevante, me quedé con el título. Quizá porque resonaba con una convicción que desde hace tiempo me ronda: desconfío del dogma contemporáneo que erige la felicidad como dogma ineludible, religioso. Esa consigna luminosa suele funcionar como coartada para no mirar de frente lo que duele, y por eso resulta tan ajena a lo verdaderamente humano. Mèlich, en cambio, se instala en lo que duele, en lo que falta, en lo que no se deja pulir. Propone una ética responsiva, no normativa: la finitud de la vida, la fragilidad del cuerpo, la dualidad de lo íntimo, la caricia, la vulnerabilidad social. Su escritura seduce no porque prometa consuelo, sino porque se atreve a habitar la intemperie, los márgenes de lo político, sin temer el frío. No levanta catedrales filosóficas destinadas a desafiar el tiempo; desmonta las que ya existen, pieza a pieza, retirando aquellas que oprimen más de lo que iluminan. Llama a este gesto “filosofía literaria”, acaso con modestia estratégica: en realidad, es un desmonte meticuloso del engranaje kantiano, de ese deber ser de relojería moral que interpreta como veneno vital, un totalitarismo del pensamiento que pretende extirpar la fragilidad que nos constituye. Aquí no puedo evitar —vicio académico, lo admito— pensar en el derecho internacional, donde he visto tentaciones semejantes: fijar identidades de víctima o culpable como definitivas, sellando lo que en realidad es móvil, contradictorio, lleno de grises. La vulnerabilidad, como la justicia, no puede administrarse desde la rigidez sin traicionarse. Y Mèlich, en este punto, no sólo lo entiende: lo asume como ética de respuesta frente a los principios absolutos que imposibilitan toda respuesta. Frente al artefacto frío, opone el temblor de la carne: la vulnerabilidad no como defecto, sino como condición misma de lo humano. Una moral que la ignore no es incompleta, sino fraudulenta. En su lugar propone la “decencia”: no herir al otro, aunque resulte difícil de vivir. Una ética provisional, hecha de prudencia, confianza selectiva, un orden íntimo que nos impida perdernos del todo. Ese orden, ¿articularía una sociedad decente en el sentido de Margalit? Sí. Y, sin embargo, para mí la fragilidad humana —esa que no rehúye los conflictos— también debe intentar darles forma. No se trata sólo de padecerlos, sino de articularlos, aunque sea de manera precaria, como quien recoge fragmentos de lo que fue y ya no es, pero permanece en un territorio indeleble. Esa resistencia me la recuerdan con nitidez la performance de Marina Abramović con Ulay: vulnerabilidad expuesta y desgarrada, pero al mismo tiempo sostenida en un gesto que se niega a desaparecer del todo por medio de la mirada del otro que nos posee, nos modela como un escultor a su escultura. En esta obra, el itinerario intelectual de Mèlich recurre a literatos, filósofos, poetas: a Schopenhauer, para cimentar la compasión; a Descartes, con una crítica fina, para reforzar la provisionalidad moral que rehúye ser definitiva; incluso concede crédito a la metafísica tomista, si acepta que la tragedia forma parte de la existencia. En cambio, reserva su crítica más dura a Hegel: su filosofía del espíritu, al sacrificar la libertad individual, amputa la vulnerabilidad que dice comprender.
Todo conduce, finalmente, a la amistad (que no identifica, sino transforma, nos recuerda Marina Garcés): no como vínculo tibio o conveniencia social, sino como alianza íntima entre quienes se saben expuestos. En ese espacio —y en el gesto último del abrazo— Mèlich reconoce un refugio momentáneo contra el desamparo. No hay paso hacia la trascendencia: no hay Dios, no hay providencia. Toda promesa definitiva le resulta sospechosa. Y ahí reside la belleza y el vértigo de su propuesta: vivir sin certezas, aunque a veces el frío sea insoportable. Aceptar que la vida no puede eludir conflictos, rupturas o incongruencias es reconocer que la plenitud, cuando llega, no es estación estable, sino breve alto en el camino. Los momentos en que todo parece encajar son oasis efímeros antes de que la arena vuelva a moverse. La precariedad no es un error a corregir, sino la textura misma de la experiencia. Si el mal, el sufrimiento y la indiferencia se repiten con obstinación, es porque habitamos un mundo que no fue diseñado para garantizarnos justicia o consuelo. En ese contexto, la vulnerabilidad deja de ser debilidad para convertirse en condición ontológica: no existe una identidad definitiva, sino un yo en permanente negociación con sus máscaras y con sus heridas. Las primeras —como sugiere Žižek a propósito de Lacan— no son simple impostura, sino el recurso que permite, en parte, ser más uno mismo; las segundas, cicatrices emocionales que, como las corporales, nunca desaparecen del todo y con las que se debe aprender a convivir. Pretender neutralizar la muerte, la crueldad o la pérdida no solo es inútil, sino obsceno: un modo de encubrir, mediante fórmulas inoculadas desde el nacimiento por el entorno cultural, aquello que exige ser mirado de frente. Tanto en la filosofía como —añado— en el derecho, la tarea más urgente no es abolir el absurdo, sino aprender a habitarlo, sabiendo que nuestras máscaras, lejos de ser engaños, son a veces las herramientas que nos permiten seguir en pie. En las últimas páginas, el autor confiesa que, para pensar la condición vulnerable, retorna una y otra vez a las mismas lecturas: Macbeth de Shakespeare; La transformación y otros relatos de Kafka; Beckett, Levinas, Canetti; Moby Dick de Melville; La náusea de Sartre; El animal moribundo de Roth; Butler y Cavarero; Blumenberg. Este verano —en el que todo parece confirmar lo que Mèlich describe— me trajo su pensamiento como quien recibe un recordatorio necesario. Me impulsa a seguir aprendiendo. ¿Qué más puede pedirse a un autor, e incluso a la propia vida, en esos momentos en que lo humano —o ciertos humanos— parecen empeñados en quebrar, con insistencia ritual, la vulnerabilidad que constituye nuestra condición más verdadera? Su libro, para mí, será compañía a lo largo de los años. FERNANDO BERMÚDEZ DE CASTRO. PASOS SIN HUELLAS (Planeta, Barcelona, 1958) por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA En esta ocasión, hemos elegido para compartir nuestras impresiones con ustedes una obra que no es reciente ni está de plena actualidad. Se trata de Pasos sin huellas de Fernando Bermúdez de Castro, que resultó ganadora del Premio Planeta de Novela en 1958, tiempos pretéritos en los que ser galardonado llevaba aparejada la garantía de calidad, no como en la actualidad, por desgracia. El premio estaba dotado con 100.000 pesetas y se entregaba en el Hotel Palace de Madrid, donde se daba cita a la flor y nata del mundo social y cultural. El jurado estuvo compuesto por hombres de la talla de Wenceslao Fernández Flórez, Alejandro Núñez Alonso, José María Gironella, Álvaro de Laiglesia, Pedro de Lorenzo, Santiago Lorén y José Manuel Lara Hernández, todos ellos con indiscutible mérito para ejercer de jurado, (de nuevo), no como en la actualidad, por desgracia. Su autor, nacido en La Coruña y cuya narración tiene algo de autobiográfico, no quiso, por deseo propio, publicar más libros. Crítica y lectores coincidieron en los halagos, pero la familia siempre ha respetado el deseo del autor, que escribió algunos textos más que nunca podremos leer. Una lástima. Su valor es la simplicidad. Nos deslizamos, igual que hace el protagonista en la inolvidable pista de hielo, por una hermosa y contenida historia de amor, de viajes, de aprendizajes, de amistad y de juventud, de conocimiento de uno mismo, narrada con destreza, con personalísima cadencia. Es muy difícil no pensar en Azorín, en tanto en cuanto el alicantino abogó por redactar con sencillez y sin afectación, aunque Bermúdez de Castro incluye, en esa aparente facilidad, la retranca gallega, que hace posible el humor en los lugares y momentos más inesperados y que arranca más de una carcajada a sus lectores. La situación geográfica bascula entre Londres y París, dos grandes capitales europeas, aunque, sobre todo en el caso de Londres, se percibe un manifiesto gusto por mostrar sus parques, alguno de sus pueblos cercanos e, incluso, una granja de trabajo, lo que nos aleja, en cierto modo, de escenarios exclusivamente urbanitas. De esta manera, se nos presenta un crisol de personajes, nacionalidades y culturas que han ido a parar a la capital del Támesis por diferentes motivos, principalmente, relacionados con el aprendizaje del idioma y otros más bohemios e informales. La novela está cuajada de energía, risas, bromas y despreocupación, que es lo propio de la juventud, hasta que algunos sucesos van haciendo mella en los antaño alegres corazones. En lo relativo a los personajes, presentaremos primero a Martín Canel, el protagonista, un estudiante de Económicas gallego, de buen porte y estatura, rubio de ojos azules, es decir, lo opuesto a lo que podríamos suponer de un español de la época. Martín es de buen carácter, risueño, despistado, alguien fiable, de arraigada fe católica. Es el único hombre en una casa de mujeres, pues es huérfano de padre y lo rodean su madre, un poco extravagante, sus hermanas y su tía francesa, de importancia en la trama, dado que ella le enseñó su idioma y eso resultará crucial en la trama. Al tratarse del único varón, lo malcriaron con mimos y cuidados exagerados. Este hijo de la pequeña burguesía gallega acude a la London School of Economics junto a su amigo Antonio Ordovás, quien es completamente opuesto a Martín, tanto físicamente como en su modo de ser. Una relación así, una vez están ambos fuera de su entorno de provincias, está destinada a que ambos se alejen, lo cual sucederá, principalmente, porque ambos se encaprichan de la misma fémina, una chica noruega muy moderna y divertida, miembro de esa tribu multicultural que se ha reunido en Londres. Atraviesan la historia individuos encantadores y memorables (¡ay, las «dueñas» de Martín, qué mujeres adorables! ¡Ay, el profesor de inglés, Mr. Blyth! ¡Ay, el coronel Novoveski y su sobrino!). En esta legión de personajes destacan dos: Sebastián Armijo y mademoiselle Huguette de Guenard. A Sebastián («mi discreto y cabal amigo del golfo de Panamá», también apodado «padre de los pobres» o «viejo pirata del istmo»), que arrastra una historia personal dolorosa, lo conocemos al principio, cuando toma a Martín bajo su protección, al verlo perezoso, desmadejado, falto de dirección, francamente irresponsable. Los modales exquisitos y de otra época del panameño, su delicadeza en la exposición de asuntos que considera que hay que tratar y sus decididas exigencias para que Martín sea un hombre de provecho hacen que cualquiera desee que alguien con esa «calidad humana» aparezca en la vida de sus hijos cuando ya deban volar solos. Intrigado el lector tras haber visto a Martín superar un primer y tontorrón amor que no tenía visos de llegar a buen puerto, ve aparecer a mademoiselle De Guenard, que irrumpe como el epítome de todo lo francés: altiva, supercivilizada, de buena familia, con estudios, con un perfecto dominio de toda situación, con modales intachables, de indudable gusto con la ropa y el perfume... Cualquier lector varón piensa que es una lástima que un personaje de tantas capacidades y tanta perfección no pueda materializarse. Porque enamora. Huguette enamora. La relación entre Martín y Huguette está llena de momentos de todo tipo: fascinantes, humorísticos, tiernos, de enfado, de peleas, de reconciliaciones, de encuentros y desencuentros, hasta que ambos aceptan que lo suyo es un amor hecho para trascender. Martín la define al principio como «una chica estupenda, letrada en demasía y algo romántica. Y un poco decadente, quizá». En pleno éxtasis amoroso, será para él alguien a quien reprochar «haber despertado en mí encandilamiento tan cochino y dominante». Es inevitable que le confiese «lo enorme de mi simpatía, de mi afecto y camaradería, de mi ternura, de mi pasión y mi amor...». No podemos relatar aquí el final, pero sí podemos decir que es un final que queda grabado a fuego. Será, en un giro muy tierno, la literatura la que los una. Martín está escribiendo una novela y se lo revela a Huguette. «¿Y qué resultó mi entusiasmo comparado con el de aquella estudiante de Letras, fanáticamente chiflada por todo lo literario? Agua de borrajas [...]. No sé cómo diablos sucedió, pero cuando reparé en ello Huguette ya tomaba tanta parte en la novela como su autor». Respecto a su estilo, lo más remarcable para nosotros son sus memorables diálogos, en particular aquellos en los que hablan Martín y Sebastián o Martín y Huguette. Debido tanto a la acidez, en ciertos momentos, o a la retranca gallega, en otros, se nos presentan aceradas e hirientes respuestas («—Marimacho. —Cretino en celo». «—Imbécil. —Sargentona»), pero también las más bellas declaraciones de amor. ¿Cuáles son los temas? El hallazgo y la pérdida son los que ejercen de muros de carga, sin duda, ya que de ambos se alimenta el aprendizaje de Martín y ambos son los que marcarán su vida. Pese a ello, y apoyado en su fe cristiana, la fe y la esperanza sostendrán también las consecuencias de los quebrantos que sufre. Por supuesto, no podemos obviar que es un viaje de descubrimiento y que se tratan asuntos universales como la amistad y el amor. La estructura es bimembre (Londres-París). Da comienzo en la ciudad británica, donde contemplaremos la parte más desinhibida, con sucesos inesperados y un ritmo trepidante. La localización parisiense se centra en la gloria del amor correspondido, en esos días en los que todo nos embriaga al poderlo compartir con el ser querido, y parecería que no hay nada más ahí afuera... En la Ciudad de la Luz podemos asistir a la transformación de Huguette («La oruga fría, doctoral y ecuánime de meses atrás se convertía en una crisálida con sensibilidad de sismógrafo»). La descripción de los escenarios es siempre acertada, y no sólo de estos, sino de los ropajes, los olores y sabores, los sentimientos, etc. Vemos, olemos, tocamos y sentimos lo que el autor desea, así que nos tiene en sus manos y nos introduce con dulzura en cada escena. Particularmente pintorescas son las explicaciones gastronómicas de la comida de las islas que no me resisto a reproducir, al menos, mínimamente («Tomamos rosbif sanguinolento con puré de patatas y tostadas de Welsh rabbit, un cocimiento de queso fuerte y sabroso. De postre nos dieron unos flanes, regados con custard, que parecían goma de mascar»).
Pasos sin huellas está escrita con extremo equilibrio para, a pesar de abundar en el dolor, compensarlo con alegría, con humanidad, con compasión y con coraje. Todos los personajes se van quedando para siempre en el fondo del corazón. Este libro es para nosotros lo que es el hijo más querido de todos para una madre: si tuviera fallos de carácter, se los perdonaríamos; si careciera de talentos, más lo querríamos. Nos ha parecido siempre tan entrañable, tan piadosa y tan cálida que hemos llegado a no recomendarla, ¡porque hemos pensado que la otra persona no merecía leerla! Tan irracional, ya ven, como una madre con su hijo predilecto. Ahora que ustedes van a hacerse con un ejemplar, sean dignos de la historia del «pasmo de los Canel», Martín. Si nos ven dentro de la novela, por favor, no se lo digan a nadie, guárdennos el secreto. WILLIAM HAZLITT. PERSONAJES DE SHAKESPEARE (Cátedra, Madrid, 2024) por MARIBEL SOLA La tarde es calurosa. Dejo el libro que acabo de terminar sobre la mesa de la cafetería: Personajes de Shakespeare [Characters of Shakespeare’s plays], de William Hazlitt, edición de Cátedra con traducción e introducción de Javier Alcoriza. Diría que, en él, más allá de volver a visitar las archiconocidas obras, somos atravesados por el alma humana en todas y cada una de sus realidades. Para ello, hay que tener en cuenta, como se explica en la introducción, la peculiar aproximación del autor a la literatura y a la vida, de la que por nada quería apartarse. Y es que la particular forma en la que Hazlitt entendía la lectura le llevaba, en palabras de Alcoriza, a que la poesía estableciera una relación de la mente con la naturaleza para la que no eran precisos mediadores. Justamente por ese motivo, consideraba a Shakespeare como el creador sublime de personajes tan reales que, por un lado, no podrían hablar o comportarse de forma distinta a como lo hacen en sus obras y, por otro, era capaz de convertir al lector, con sus miedos, sus deseos y sus pasiones, en los propios personajes. Hazlitt nos los ofrece desvelados, los contrapone y resalta sus características, nos muestra, con mirada certera, cómo desde la dispersión y la casualidad se configura la catástrofe; y va analizando los impulsos que Shakespeare perfila para dibujar lo que Ben Johnson llamaba la «esfera de la humanidad»: egoísmo, misantropía, hipocresía; venganza, traición, desprecio; hastío, indiferencia, frialdad; pero también ternura, profundidad, amor; honestidad, justicia, compasión; juventud, humor; locura, voluptuosidad, exuberancia... De este modo, la lectura de Hazlitt es un continuo preguntarse por la naturaleza humana en general y la propia en particular. Un ir armando las respuestas al contemplarnos en el espejo shakesperiano, que no interpretará la realidad, sino que, simplemente, la colocará frente a nuestros ojos para que no podamos hacer otra cosa salvo juzgarla por nosotros mismos. Me quedo mirando con atención. Con la mano izquierda sostiene las carnes rebosantes de su pequeño. Con la derecha, el móvil. La expresión del rostro es de enfado. Al otro lado de la línea alguien no ha hecho o no comprende o no está a la altura. Ella sabe lo tierno que es amar al bebé que mama, pero en ese instante poco importa que le haya arrancado su pezón de las blancas encías: si no se resuelve esa misma tarde el problema, va a perder mucho dinero. Lady Macbeth esconde su seno, coloca a su contrariado hijo en el carrito, enciende un cigarrillo y, dando órdenes, se aleja presurosa por la plaza. A unos cuantos pasos a mi derecha, un hombre increpa al mantero que vende abalorios al sol justo antes de que alguien silbe. No he conseguido saber el motivo de la discusión. En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido bolsos y abanicos. Sobre el suelo sólo queda ya la oblonga sombra de Yago, que se vuelve satisfecho mientras abraza sonriente a su esposa. Él no es el que es. Pienso que la humanidad tendría que devorarse a sí misma como los monstruos de los abismos; sin embargo, un poco más allá, todo a un tiempo, atisbo a Cordelia empujando amable la silla de ruedas de su malencarado padre, a Cleopatra con paso seguro descubriendo nuevos cielos y nuevas tierras, y a Mercucio que, con sus bromas, le ha tirado al suelo a su sobrina la bola de helado de fresa que acababa de comprarle.
Es tarde. De camino a casa, escucho en la radio del coche la entrevista a algún político. Pese a su nefasta gestión mientras estuvo en el poder, Coriolano no acepta haber perdido las elecciones y está furioso. Decía William Hazlitt que la historia de la humanidad es un romance, una máscara, una tragedia, construida sobre los principios de la “justicia poética”. Decía que la tragedia crea un equilibrio de los afectos, que nos hace espectadores reflexivos en las listas de la vida. Decía también que la fantasía de Shakespeare prestó palabras e imágenes a la sensibilidad más refinada de la naturaleza, que luchaba por expresarse. Decía: sus descripciones son idénticas a las cosas mismas, vistas a través del hermoso medio de la pasión. Es precisamente por eso por lo que, en su obra, comprendemos perfectamente que la palabra de Shakespeare es un vehículo hacia el sonido primordial; no hacia el prestigio social, la satisfacción de los placeres o los torneos dialécticos, sino hacia la necesidad de establecer un nexo con lo esencial, con la naturaleza misma, con la representación tragicómica de esta tarde en la plaza. Ya en la cama recuerdo un fragmento de La tempestad del que Hazlitt dice que no es más bello que verdadero. Me digo: Tranquilízate. La isla está llena de rumores, de sonidos, de dulces aires que deleitan y no hacen daño. A veces un millar de instrumentos bulliciosos resuena en mis oídos y a instantes son voces que, si a la sazón me ha despertado después de un largo sueño, me hacen dormir nuevamente. Y entonces, soñando, diría que se entreabren las nubes y despliegan a mi vista magnificencias prontas a llover sobre mí; a tal punto, cuando me despierto, ¡lloro por llorar todavía! El día ha sido extraño. Apago la luz. Ariel aún me susurra: bebo el aire delante de mí. JOSEPH ROTH. LA MARCHA RADETZKY (Alianza, Madrid, 2022) por RODRIGO LÓPEZ ROMERO ERA EL EMPERADOR MÁS VIEJO DEL MUNDO Con la caída del Imperio Austrohúngaro como telón de fondo, Joseph Roth relata en La marcha Radetzky el transcurrir de tres generaciones a partir del llamado «héroe de Solferino», un soldado cuya existencia se transforma al salvar la vida del emperador casi por accidente. El iniciador de esta línea familiar está más cerca de su origen aldeano que de la corte que le agradece; la herencia de su gesto heroico pesará sobre sus descendientes, quienes verán en su retrato un espejo con el cual medirse. Tanto es así que este personaje apenas se muestra en la trama, quedando como una marca de agua. Más que novela histórica, esta narración se vale de la historia para enfocar vidas individuales que ejemplifican rasgos de su época. El primer descendiente en la línea es el señor de Trotta, quien vive habituado a su rutina de funcionario viudo, sin saber cómo tratar al hijo que vuelve entre períodos escolares. Encarna el viejo régimen en cuanto tiene de ordenado. De costumbres estoicas, sus horas están reguladas como las salidas de los trenes. Este hombre que envejece sin sobresaltos sorprende por su parecido con el emperador, una semejanza que llega a sorprender incluso al monarca. El siguiente en la genealogía es Carl Joseph von Trotta, personaje carente de atributos a quien su apellido pesa demasiado. La novela lo acompaña durante el período comprendido entre sus estudios y el desarrollo de su carrera militar. El joven teniente oscila entre la obediencia y la rebelión, inmovilizado en el regimiento donde apenas le entretienen la bebida o el juego. Poco sociable, la muerte lo rodea desde joven. Dueño de un interés por las mujeres casadas que se revelará trágico, su falta de determinación dificulta la simpatía del lector, quien lo llegará a comprenderlo hasta más adelante. Las vidas del padre e hijo se trenzan a lo largo de la novela. En medio de la crisis previa al desmoronamiento del régimen, sus respectivas soledades parecen incompatibles, pero con el paso del tiempo su relación dejará traslucir momentos de comprensión y sacrificio. Las escuetas cartas que ambos se escriben con regularidad encubren preocupaciones y afectos más hondos de los que dejan adivinar las fórmulas. La distancia que separa al jefe de distrito del teniente no se debe solamente a ellos, revela un desencuentro entre generaciones. El funcionario y el soldado envejecen a ritmos distintos, mientras uno permanece protegido en su despacho, el otro enfrenta cambios vertiginosos. La incomprensión entre padres e hijos es un tema recurrente en el libro, la paternidad no es relevante sólo para la familia Trotta. ¿No es el emperador también un padre? Como la reiterativa marcha del título, su retrato vigila paternalmente las barracas del ejército, los casinos y restaurantes como un recordatorio de la calma conocida. El doctor Skowronnek, único amigo del señor de Trotta, confiesa durante uno de sus juegos de ajedrez sobre sus hijos: «A veces los contemplo mientras duermen. Sus rostros me resultan extraños, apenas los reconozco. Veo que son unos forasteros, de un tiempo que todavía ha de llegar y que yo ya no conoceré. [...] Tienen la cara redonda, sonrosada, cuando duermen. Pero, con todo, hay mucha crueldad en esos rostros dormidos. A veces me parece que es la crueldad de su época, del futuro, que se posa sobre los niños mientras duermen. ¡No quisiera conocer esos tiempos!».
La obra se vale tanto de los grandes movimientos políticos como de la atención al detalle. La marcha Radetzky sorprende tanto por su penetración psicológica como por la elegancia de su escritura. Estilísticamente admirable, hay capítulos perfectos, como el décimo, dedicado a la apacible muerte del sirviente Jacques, y el decimoquinto, una lograda introspección en la mente del emperador, cuya vejez no le impide notar las transformaciones alrededor suyo. Son admirables también las descripciones de la comida, ya sean los mesurados desayunos del Señor de Trotta o los abundantes refrigerios ofrecidos por el conde Chojnicki, donde se advierte una sofisticación llevada al exceso. Francisco José vive el vértigo de un imperio que se desmorona. El final de una era se advierte en multitud de señales, sobre todos planea el temor de la decadencia y el presagio del cambio, ejemplificado en las manifestaciones de obreros y los ánimos de independencia nacional. La falta de sentido en las vidas aisladas parece un reflejo del quiebre histórico. En medio de la incertidumbre política se advierte la banalidad de existencias desperdiciadas en la capital, la provincia y la frontera. Tanto el pueblo como la milicia parecen esperar un conflicto que eventualmente llegará. ¿Elogio de la monarquía y las antiguas costumbres? En absoluto, aunque el libro traza una comparación entre dos épocas. Sin dejar de notar cuanto había de caduco en la era previa, la novela critica el posterior tiempo marcado por el olvido y la devaluación de la vida. «En aquel tiempo, antes de la gran guerra [....] todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado». JANE AUSTEN. EMMA (Alma Europa, Clásicos ilustrados, Barcelona, 2020) por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA Jane Austen fue una autora inglesa nacida en el siglo XVIII, época de la llamada Regencia, un interregno entre la monarquía de Jorge III y su hijo, Jorge IV, que se caracterizó por la escasa estabilidad política y las luchas intestinas de poder. Las guerras que mantenía fuera de sus fronteras complicaban la economía de la isla, también sumergida en la transición que suponía la revolución industrial. Por supuesto, también la cultura sufrió cambios, dadas las circunstancias. De hecho, las obras de Austen pertenecen a un subgénero determinado de la novela romántica, la llamada novela de Regencia, cuyo mérito fue apuntalar la belleza y elegancia en la literatura, así como acuñar, por así expresarlo, una temática concreta: el matrimonio de conveniencia, las estrictas normas para relacionarse y el clasismo radical. Todo ello se relata de manera detallista y puntillosa, a la vez que se refleja el ascenso de la clase burguesa y la incipiente decadencia de la aristocracia. Aunque su legado incluye novelas cortas y relatos, destacamos aquí sus novelas propiamente dichas, en orden de fecha de publicación: Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Mansfield Park, Emma (23/XII/1815), Northanger Abbey y Persuasión. Todas ellas están encuadradas en el género anteriormente mencionado. Cabe recordar que Northanger Abbey y Persuasión son títulos póstumos que se encargaron de publicar sus hermanos tras su temprano fallecimiento, pues murió a los 42 años. Austen marcó un antes y un después, ya que todas sus obras, debido a su condición femenina, fueron publicadas de manera anónima, a excepción de estas dos últimas, en las que ya consta su autoría. La vida de Austen se recoge, para quienes se vean atraídos por conocerla con mayor profundidad, en Jane. Una vida novelada de Miguel Ángel Jordán (Ciudadela, 2020), libro que, sin duda, recomendamos para obtener una visión completa de su biografía y circunstancias. Pese a que los lectores de Austen siempre lamentaremos que el vuelo de su pluma se viera truncado por la temprana muerte de la autora, no es menos cierto que todas sus obras gozan de excelente salud y se retoman a menudo, tanto en formato audiovisual, donde las películas y las series recuperan recurrentemente sus argumentos, como en otras hechuras, entre las que traemos aquí como prueba la versión manga de Norma Editorial (2019), otra manera de llegar a públicos distintos y muestra palpable de que las historias encuentran vías para llegar a nuevos ojos y oídos, incluso siglos después. Considerada por algunos críticos literarios una obra menor, Emma es una rara avis. No sigue el esquema esperado de dama que anhela alcanzar el estado matrimonial para asegurarse el porvenir económico y social. Ella cuenta con casa propia y una fortuna familiar, motivos ambos que le confieren una libertad de movimientos de la que carecen otras protagonistas. Lo cierto es que la propia autora aseguró que Emma no le gustaría demasiado a nadie, a excepción de a la propia Austen. La estructura de la novela está muy trabajada y delimitada. En su primera parte conoceremos a Emma, su entorno, su familia y sus amistades. En la segunda, seremos testigos de la amistad entre Emma y el señor Knightley. En la tercera se irán resolviendo los conflictos amorosos que se plantearon en las dos primeras. La subdivisión en capítulos es muy acertada, a nuestro parecer, ya que ninguno es de una extensión excesiva y todos permiten detener la lectura en un punto de la trama que se puede considerar apropiado dentro del argumento. Dicho esto, hay un desajuste, a nuestro juicio, entre las tres partes del libro. Si bien la primera es lógico que se destine a presentar los personajes, todo en ella transcurre tremenda (y excesivamente) lento, aunque no suponga una tortura dejarse mecer por ese ritmo, ya que el oficio de la autora hace sobrellevarlo bien. Posteriormente, en la segunda se desarrolla toda la trama de mayor importancia y el ritmo se acelera, pero el reproche llega en la tercera parte, en la cual todo se precipita sin aparente razón, dejando atrás el control sobre tiempos y sentimientos de los que había venido haciendo gala, por lo que el lector puede llegar a sentir un poco de perplejidad. El arco es coherente, sí, pero su ritmo es desajustado, como si hubiera prisa por acabar y cerrar. El personaje principal, y tan predilecto para la autora que confiere título al libro, es Emma, una joven de posición social acomodada que vive en un entorno rural en el cual las tradiciones están todavía más arraigadas que en los núcleos urbanos del momento. Conviene detenerse en ella, pues es el eje de las tramas, por acción u omisión. La conocemos tras la boda de su institutriz, la señorita Taylor, con el señor Weston, matrimonio que ella está convencida de haber propiciado. Este enlace, que ella considera exitoso según los cánones, la impulsa a seguir ejerciendo de casamentera para otros, pero nunca para ella misma. Su falta de empatía y su alto concepto de sí misma hacen que tome como pupila a una joven de una clase social inferior, Harriet, y le dé consejos desacertados que harán que esta última rechace la propuesta de un granjero solo porque Emma cree que Harriet puede aspirar a algo mejor. Incluso llega a empeorar todo al establecer un plan que acerque a su pupila al reverendo Elton, plan que no obtendrá los resultados que ella espera, debido, fundamentalmente, a que la propia Emma carece de experiencia en el amor y no sabe interpretar correctamente las señales que ve en los demás, y esto es así para otros y para ella misma. Como contrapunto, es interesantísimo el personaje del señor Knightley, un amigo de la familia, el único que tiene arrestos para ser sincero con Emma y señalarle sus errores. Para nosotros, es un personaje muy logrado que manifiesta serenidad, sentido común, aplomo y saber estar, todo un caballero maduro que puede intentar enseñarle la realidad de la vida, a lo que ella se resiste, a pesar de la admiración que le causa. Las conversaciones de ambos resultan muy reveladoras y complejas. Ambos se respetan y se tratan, con los pertinentes ajustes sociales, de tú a tú. Su amistad, finalmente, derivará en que encuentran la manera de quererse y formalizar su cariño, aunque para ello Emma deberá acometer su particular aprendizaje, asumir las enseñanzas que le ha dado la vida y admitir que siente amor por el señor Knightley. Así, será capaz de ser más humilde y manifestarle sus sentimientos, lo que a su vez propiciará que él la vea con un interés romántico y ambos puedan iniciar su camino juntos. La relación entre ambos personajes, que supone, de facto, el pilar de toda la novela, es entrañable desde el punto de vista en que ambos se ayudan a mejorar y se desafían constantemente en sus diálogos y en los juegos mentales en los que se ven envueltos. Deciden pulir su comunicación tras haber comprobado que los malentendidos pueden llevar al fracaso cualquier intento de mantener relaciones adecuadas. El desarrollo de su amor se aleja de los estereotipos de la pasión para acercarse a un equilibrio entre la razón y el sentimiento, y también simboliza las obvias ventajas de conocerse bien. Por otro lado, el padre de Emma, viudo, es un hombre hipocondríaco que da pie a muchas situaciones hilarantes por lo exagerado de sus planteamientos. No obstante, en el cuidado y en la dedicación filial que le dispensa Emma también se puede ver su buen fondo, pues siempre resta importancia a las pequeñas y grandes manías de su progenitor para que el anciano pueda encontrar algo de paz. Esto es crucial tenerlo presente, pues, en otras ocasiones, Emma muestra condescendencia, falta de humildad y presuntuosidad, amén de carencia de buen juicio y de criterio. Sí, ya apuntábamos a que la propia autora sabía que no iba a ser un personaje que concitara muchas simpatías entre sus lectores, y sí, realmente hay momentos en los cuales se tiene la idea de que es una joven agotadora e insufrible, pero hay que tener paciencia para que despliegue una mejor versión de sí misma. Antítesis de Emma es su hermana mayor, Isabella, que está casada y reside en Londres con su marido e hijos. Isabella es una mujer que ha alcanzado la satisfacción vital mediante su matrimonio y la atención a sus pequeños. Siente adoración por su marido y no cuestiona si su vida habría sido mejor, puesto que no concibe una distinta. Es, por tanto, intachable a ojos de todos, y es también lo que podría llegar a ser Emma. Alrededor de ella aparecerán otros habitantes del lugar, quienes aportarán vida y colorido, más allá de los brevemente mencionados; otros caballeros y otras damas de igual rango social que, con sus visitas, cenas, bailes y otros eventos, irán conformando el paisanaje. Basándose en ellos, Austen irá contándonos la cotidianeidad del lugar, haciendo gala de sus habilidades descriptivas, gracias a las cuales podemos contemplar fotografías vivas y detalladas de cada reunión y del entorno. No dejará escapar la oportunidad de criticar solapadamente las maledicencias, las tradiciones con las que no está de acuerdo, la hipocresía, las marcadas clases sociales, etc. Entre esos otros personajes destacamos a los Weston, con su triste historia del hijo del primer matrimonio de él, Frank, al que criaron sus abuelos, pues el señor Weston quedó en la ruina. El muchacho acude a visitar a su padre y esa visita será una revolución en el ecosistema cerrado de Highbury. Naturalmente, será una prueba más para Emma y otros personajes, pues sin equivocaciones habría ocasión para introducir enredos que solucionar después. Ya que todo lo que vamos averiguando lo hacemos a la par que ella, las dudas, las malas interpretaciones, las apariencias y el seguimiento de las estrictas normas también nos puede hacer confundirnos a nosotros, y, en ese sentido, es una obra que nos hará llevarnos sorpresas. Si hubiera que hacer una enumeración de los temas que se tratan, desde luego, el matrimonio (que no necesariamente el amor) sería uno de ellos. Austen medita sobre lo que suponía un buen matrimonio para una mujer, ya que era una garantía de conservar la posición social y económica. Las uniones no se formaban principalmente por amor, sino por intereses espurios, y venían determinadas por las limitaciones sociales. Esto no era así para Emma, quien tenía asegurados los asuntos económicos, pero esa perspectiva de seguridad le permite analizar de forma desafectada un mayor rango de situaciones. También el papel de la mujer en la época de la Regencia es uno de los asuntos que se exploran. Las damas se amoldaban a un patrón estricto: debían casarse y ser madres, y para ello no precisaban nada más que saber atender las necesidades de la casa y, en el caso de la alta sociedad, algunas habilidades como recitar, tocar el piano, pintar, etc. Sus opiniones y aspiraciones no se valoraban y siempre estaban supeditadas al hombre. Ciertamente, en el caso de Emma, se puede ver que hay personajes femeninos que no están tan fieramente sujetos a las convenciones y encuentran sus parcelas de libertad, pero no son los más numerosos. Otro ítem importante es la clase social, que en la novela se percibe en el tablero que traza la autora, pues cada pieza del mismo debe ocupar su lugar y moverse según los pasos que puede dar, predefinidos según su sexo, su posición económica y su estatus aristocrático. Dentro de esa asfixiante malla, cada movimiento propio y ajeno han de ser evaluados para lograr ganar la partida.
Respecto al estilo, hallamos que es lo esperable de la autora y del periodo al que se circunscribe el texto. Como ya mencionamos, la autora destaca en las descripciones de ambientes, para las que está particularmente dotada. Se detiene en cada detalle porque estos revelan mucha información que debemos aprender a descodificar para entender hacia dónde se dirige la trama. Resulta primorosa la narración, pero también los diálogos son de calado, pues están medidos según los cánones, y de una sola respuesta se deben colegir acertadamente las conclusiones. La prosa elegante y sencilla en la que se engarza un lenguaje bien empleado hacen que su lectura sea una grata experiencia, aunque no consideramos que sea la mejor obra de Austen. Para ir concluyendo, nos atrevemos a aseverar que la autora desea dejar claro que la amistad es un valor que se debe defender y respetar, que hay que apostar por una comunicación más abierta y clara, y que al amor verdadero se llega desde la honestidad. No obstante, nos parece que tras ello hay un potente mensaje clave que sostiene y armoniza todo el argumento: siempre hay espacio y motivo para intentar mejorar. Prueba de ello es Emma, quien da comienzo al libro siendo un modelo de antiheroína y termina más bondadosa, serena y caritativa. LEYENDO A ANNA AJMÁTOVA: RÉQUIEM Y POEMA SIN HÉROE (Universidad de Valladolid, 2017) [Traducción, introducción y notas de Ester Rabasco Macías] por NATALIA CARBAJOSA Durante la década de 1990, la poesía de Anna Ajmátova comenzó a conocer una difusión en español que no había tenido hasta el momento, y su nombre se emparentó con los grandes poetas de la primera mitad del convulso siglo XX ruso: Mandelstam, Pasternak, Tsvetayeva, Mayakovsky o Yesenin, entre otros. La coincidencia de la publicación de Réquiem —su obra más difundida— en tres traducciones diferentes casi de manera simultánea por esos años puso de manifiesto, como bien ha señalado María Sánchez Puig, las dificultades de traductores y editores para llegar a una síntesis harto complicada; síntesis capaz de trasladar al español, en toda su profundidad, una poesía en una lengua tan distante a la nuestra como el ruso, sin perderse por el camino en las ingentes connotaciones de un contexto cultural que opera simultáneamente en varios planos; el trabado y muy consciente uso del ritmo y la rima; o las múltiples opciones semánticas de opuesto matiz al alcance del traductor; entre otros muchos problemas. Con todo, las dificultades de traducción de Réquiem parecen pecata minuta junto a las que ofrece Poema sin héroe, obra cargada de simbología popular y culta, entremezcladas con el ambiente artístico de San Petersburgo —por entonces Leningrado— y los personajes coetáneos de la autora que lo poblaban. Al menos, todo lector conoce, aun cuando superficialmente, uno de los hilos argumentales, que no el único, del Réquiem: la detención del hijo de la poeta en pleno terror estalinista. Quien esto escribe no sabe ruso y, por tanto, no puede juzgar los aciertos y errores de las traducciones existentes. Sin embargo, sí alcanza a sentir esa sensación de “quedarse en el umbral” que todo lector de poesía sufre, en mayor o menor grado, al enfrentarse a una traducción. Sensación contrastada, hasta cierto punto, con la lectura de Réquiem en una traducción al inglés realizada por Stanley Kunitz y Max Hayward y que, por las peculiaridades de la lengua inglesa, parece ser más “libre” que las españolas —probablemente demasiado en ocasiones— a la vez que mucho más lírica en cuanto a reproducción o, más bien, transposición de ritmo y rima. Sea como fuere, y casi treinta años después de aquellas traducciones que nos dieron a conocer la obra principal de Anna Ajmátova, la doctora en filología hispánica Ester Rabasco Macías, profesora del Instituto Cervantes que ha enseñado, entre otras ciudades, en Moscú y Varsovia, ofrece una nueva versión de estos dos poemas largos, imprescindibles para entender la trayectoria ajmatoviana. Su edición presenta peculiaridades que la convierten en un estudio filológico antes que en una traducción al uso. Por un lado, no aparece el texto original, práctica que hoy día suele ser habitual en las ediciones de poesía extranjera. Por otro, el amplísimo aparato crítico, en forma de introducción y notas, incide sobre todo en esos planos culturales diversos manejados de forma simultánea, a veces en sentido literal (por ejemplo, los ritos funerarios de la religión ortodoxa), a veces contrapuestos (una imagen bíblica puede transmitir, a la vez, un momento cotidiano, una moda artística o un ejemplo de violencia del régimen soviético), en singular y poliédrico efecto, e inagotables en sus resonancias. Al resultado, esa fusión de tradiciones locales y universales o, cuando menos, adscritas a la cultura occidental, pero transmitidas desde la fragmentación eliotiana de temas y voces poéticas, se le añade una cuidada atención a la estrofa, el ritmo y la rima en la traducción, con su correspondiente explicación de efectos sonoros y rítmicos destacables. Así, la aportación de Rabasco Macías viene hasta cierto punto a completar las propuestas anteriores, a la vez que deja planteadas cuestiones sin resolver que, hasta la fecha, habían pasado desapercibidas, proponiéndonos una lectura de ida y vuelta —del texto a las notas y viceversa— que reivindica a una Ajmátova inserta en una tradición desdichadamente legendaria; a saber, la de aquellos poetas y artistas que sufrieron la brutal represión estalinista y cantaron, al tiempo que los sucesos contemporáneos, el destino funesto de un pueblo cuya historia se rastrea hasta sus orígenes medievales: Estrellas de muerte allí pendían y bajo las botas ensangrentadas y las negras marusias y sus llantas nuestra inocente Rus se retorcía. La contención a la que obliga la búsqueda de ritmo y rima presenta, para el traductor, el reto de someter a la traducción poética, ya de por sí en peligro constante de perder la naturalidad expresiva, a un doble filtro de artificialidad. A cambio, le devuelve el sentido de orden que toda expresión artística aspira a oponer ante el caos y el sinsentido. Cuando escribe su Réquiem, Ajmátova es consciente de que su papel ha dejado de ser el de una esteta de ambiciones individuales y, por tanto, su voz ha de sonar inconfundiblemente serena, dueña del control que el resto del mundo, derribándose a su alrededor, ha perdido; por eso, porque conoce la perdurabilidad del arte cuando todo lo demás habrá perecido (Y si un día pensaran en mi país / erigir un monumento para mí), deja constancia de dónde habrán de recordarla, esto es, a las puertas de la cárcel a cuya puerta esperaba día tras día noticias de su hijo (Sí donde trescientas horas de pie estuve, / donde abierto el cerrojo nunca obtuve). El final de esta sección, epílogo al poema, supone un feliz ejemplo de esa fusión de diferentes contextos, lograda con una aparente sencillez a la que contribuye sin duda la prosodia, alejando toda tentación de dramatismo excesivo aun en medio de la tragedia: y que la paloma de la cárcel arrulle a lo lejos y que los barcos naveguen por el Nevá en silencio. Leemos en la nota sobre dicha sección: la alusión a la paloma de la cárcel no es tan sólo simbólica y poética: los presos tenían la costumbre de echar migas de pan, por entre las rejas de las pequeñas ventanas, para disfrutar de la presencia de estas aves. El hecho de que arrullen “a lo lejos” significaría que las prisiones se encuentran, por fin, vacías. Por tanto, donde la métrica y la rima aportan cuidado y respeto al texto fuente, las notas acompañan con el énfasis esclarecedor justo. En el caso de Réquiem son útiles; en el de Poema sin héroe, obra de naturaleza mucho más oscura, imprescindibles. La propuesta de Ester Rabasco Macías, que revela un conocimiento de gran calado de la cultura y la historia rusas además del de la lengua, se asoma a la traducción de poesía desde presupuestos de mayor alcance que los habituales. Da sentido a la múltiple función del estudio filológico. Y, por supuesto, es una más que propicia ocasión para volver a asomarse a la obra de Anna Ajmátova que, como el personaje, no deja de crecer.
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ESCRUTINIO DEL CURA Y EL BARBEROEl Coloquio de los Perros.
Revista de Literatura. ISSN 1578-0856 Archivos
Noviembre 2025
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