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EL PALACIO DEL ARTE Construí para mi alma una noble casa de placer, en la que pudiera morar cómoda por siempre. Dije: «Oh, alma, alégrate y disfruta, querida alma, pues todo está bien». Elegí una terraza rocosa, lisa como latón bruñido. Las brillantes murallas alineadas, desde las bases niveladas de los prados de densa hierba, escalaba fulminante la luz. Y allí la construí firme. Desde cornisa o saliente la roca se elevaba clara, o como una escalera de caracol. Mi alma viviría sola para sí misma allí en su alto palacio. Y «mientras el mundo gira y gira», dije, «reina apartada, como un tranquilo rey, inmóvil, mientras Saturno gira, su sombra firme dormida sobre su anillo luminoso». A lo que mi alma respondió al instante: «Confía en mí, habitaré feliz en esta gran mansión, construida para mí, tan regia, rica y amplia». ***** Hice cuatro patios, al este, oeste, sur y norte, cada uno con su parcela de césped, desde donde la garganta dorada de los dragones lanzaba una espumeante inundación. Y alrededor de los frescos patios verdes había una hilera de claustros, ramificados como poderosos bosques, que resonaban toda la noche con el sonoro fluir de las fuentes rebosantes. Y alrededor de los tejados, una galería dorada que daba amplio acceso a tierras lejanas, lejanas como alas de cisnes salvajes, hasta donde el cielo se sumergía en el mar y las arenas. De esos cuatro chorros, cuatro corrientes se unían atravesando el arroyo de la montaña que fluía abajo en pliegues brumosos, y flotando en su caída encendían un arco iris torrencial. Y en lo alto de cada pico parecía haber una estatua colgada de puntillas, lanzando al aire una nube de incienso de todos los aromas, evaporada desde una copa dorada. De modo que pensó: «¿Y quién contemplará mi palacio con ojos despejados, mientras este gran arco se balancee al sol y se eleve ese dulce incienso?». Porque ese dulce incienso se elevaba sin cesar y, mientras el día se hundía o elevaba más, la ligera galería aérea con doradas barandas ardía como un fleco de fuego. De igual modo, los vanos abocinados, con vitrales, parecían lentos fuegos carmesí desde las grutas sombreadas de los arcos entrelazados, rematadas con agujas escarchadas. ***** Estaba lleno de largos pasillos, con bóvedas sobre una agradable penumbra, por los que mi alma pasaba todo el día, muy satisfecha, de habitación en habitación. El palacio estaba lleno de estancias grandes y pequeñas, todas diferentes, cada una un todo perfecto de la naturaleza viva, adecuadas para cada humor y cambio de mi alma silenciosa. Algunas estaban cubiertas de tapices verdes y azules que mostraban una alegre mañana de verano, donde, con mejillas hinchadas, el ceñido cazador soplaba su cuerno de guirnaldas. Una parecía toda oscura y roja, un tramo de arena, y alguien caminaba solo por ella, caminaba por siempre en una tierra brillante, iluminada por una luna grande y baja. Una mostraba una costa de hierro y olas furiosas que hubieras creído subir y caer y rugir contra las rocas bajo cuevas bramantes, debajo del muro ventoso. Y otra, un río caudaloso que serpenteaba lento junto a rebaños en una llanura infinita, con los bordes jironados del trueno cernido, con las sombrías rachas de lluvia. Y otra, los segadores en su trabajo sofocante. Delante ataban las gavillas, detrás había reinos de tierras altas, pródigos en aceite, y canosos al viento. Y otra, un negro primer plano de piedras y escorias, y más allá, una línea de atalayas, y más arriba todas enrejaban con largos cirros los altivos riscos, y más arriba, nieve y fuego. Y una, un hogar inglés: el crepúsculo gris se vertía sobre pastos rociados, sobre árboles rociados, más suave que el sueño, todas las cosas en orden, un refugio de paz ancestral. Y no solo estas, sino todos los paisajes hermosos, aptos para todo estado de ánimo, ya fuera alegre, grave, dulce o severo, estaban allí diseñados, no menos que la verdad. O la madre sirvienta junto a un crucifijo, en extensos pastos cálidos y soleados, bajo un dosel de costosas ágatas, sentada y sonriente, con un bebé en brazos. O en una ciudad sobre el mar de murallas transparentes, junto a tubos de órgano dorados, con el cabello adornado de rosas blancas, dormía Santa Cecilia; un ángel la contemplaba. O apiñadas en un pórtico del Paraíso, un grupo de huríes se inclinaban para ver al moribundo islamita, con las manos y los ojos que decían: «Te esperamos». O el hijo herido del mítico Uther, en algún hermoso espacio de verdes laderas, yacía dormitando en el valle de Ávalon, vigilado por llorosas reinas. O ahuecando una mano sobre su oreja, para escuchar unas pisadas, antes de ver a la ninfa del bosque, el rey ausonio se detenía atento a la sabiduría y la ley. O sobre colinas de cimas puntiagudas y largas llanuras de palmeras y arrozales, el trono del indio Cama navegaba lentamente por un verano abanicado de especias. O el manto de la dulce Europa se desprendía desde su hombro hacia la espalda: de una mano colgaba un azafrán, la otra asía el cuerno dorado del manso toro. O bien Ganimedes, sonrojado, con su muslo rosado medio hundido en el plumón del Águila, solitario como una estrella fugaz que atraviesa el cielo por encima de la ciudad porticada. Y no solo estas, sino todas las leyendas hermosas que la suprema mente caucásica esculpió de la naturaleza para sí misma estaban allí diseñadas, no menos que la vida. Luego en las torres dispuse grandes campanas oscilantes, movidas por sí mismas, con sonido plateado, y con pinturas selectas de los sabios adorné el estrado real. Allí estaba Milton, fuerte como un serafín, junto a él Shakespeare, afable y apacible; y allí Dante, curtido por el mundo, componía su canto, y sonreía con cierta aspereza. Y allí estaba el padre jónico de todos ellos; un millón de arrugas tallaban su piel, cien inviernos nevaban sobre su pecho, de las mejillas a la garganta y la barbilla. Arriba, el dorado techo sustentado del salón levantaban muchos arcos en lo alto, y los ángeles ascendían y descendían para intercambiar regalos. Abajo había un mosaico finamente trazado con ciclos de la historia humana de este amplio mundo, los tiempos de cada tierra tan bien tramados que no habrá falta. La gente aquí, una bestia de carga lenta, trabajaba sin descanso entre aguijones y espinas; aquí jugaba un tigre, rodando de un lado a otro las cabezas y coronas de los reyes; aquí se levantaba un atleta, capaz de romper o atar toda fuerza en cadenas que pudieran perdurar, y aquí, una vez más, como un enfermo, declinaba y confiaba en cualquier cura. Pero ella los pisoteó, y aquellas grandes campanas comenzaron a repicar. Ocupó su trono: se sentó entre los brillantes miradores para cantar a solas sus canciones. Y a través de las llamas de los más altos miradores dos rostros divinos miraban hacia abajo; Platón el sabio, y Verulamio, de amplia frente, los primeros entre los que saben. Y todos esos nombres, que en su movimiento eran manantiales rebosantes de cambio, entre las esbeltas agujas estaban blasonados con diversos y extraños atuendos: traspasados por luz rosada, ámbar, esmeralda y azul, ruborizadas sus sienes y sus ojos, de sus labios, como de Memnón la mañana, brotaban ríos de melodías. Ningún ruiseñor se deleita en prolongar su suave preámbulo en soledad más que mi alma al oír su canto resonar a través de la piedra acanalada; cantando y murmurando en su dicha festiva, gozando de sentirse viva, Señora de la naturaleza, de la tierra visible, Señora de los cinco sentidos; comulgando consigo misma: «Todo esto es mío, que el mundo tenga paz o guerras, a mí me da lo mismo». Cuando la joven noche divina coronaba el día moribundo con estrellas, poniendo un dulce fin a sus deliciosas fatigas, encendía luces en guirnaldas y diademas, y quintaesencias puras de aceites preciosos en huecas lunas de gemas, para imitar al cielo, y aplaudió y exclamó: «Me maravilla que mi quieto deleite en esta gran casa tan real, rica y amplia, sea halagado hasta tal punto. ¡Oh, todas las cosas bellas que sacian mis ojos! ¡Oh, formas y colores que tanto me complacen! Oh, rostros silenciosos de los grandes y sabios, ¡mis dioses, con quienes habito! ¡Oh, aislamiento divino que es mío, no puedo sino tenerte por una ganancia perfecta cuando contemplo las oscuras manadas de cerdos que recorren aquella llanura. En fangosos lodazales revuelcan su piel lujuriosa, pastan y se revuelcan, crían y duermen, y a menudo algún furioso demonio entra en ellos y los empuja al vacío». Entonces parloteó sobre el instinto moral y sobre la resurrección de entre los muertos, como algo suyo por un hado cumplido, y por fin dijo: «Tomo posesión de la mente y actos del hombre. No me importa lo que puedan discutir las sectas. Me sentaré como Dios, sin profesar credo alguno, pero contemplándolo todo». ***** A menudo el enigma de la dolorosa tierra la atravesaba mientras estaba sentada sola, pero no por ello renunciaba a su solemne alegría y a su trono intelectual. Y así prosperó y floreció: durante tres años prosperó; al cuarto cayó, como Herodes, con el grito en sus oídos, atacado por los dolores del infierno. Para que no fracasara y pereciera por completo, Dios, ante quien siempre yacen al descubierto los hondos abismos de la personalidad, la atormentó con una amarga desesperación. Cuando pensaba, dondequiera dirigiera su mirada, la mano etérea de la confusión escribía: Mene, mene, y dividía por completo el reino de su pensamiento. Un profundo temor y asco por su soledad caía sobre ella, y de ese humor nacía el desprecio hacia sí misma, y, de nuevo, la risa ante su propio desprecio. «¡Cómo! ¿No es este lugar mi fortaleza?», dijo, «Mi espaciosa mansión construida para mí, cuyos sólidos cimientos se colocaron desde mi primer recuerdo». Pero en los rincones de su palacio se alzaban formas inciertas, y de manera inadvertida, junto a fantasmas ciegos con lágrimas cruentas, y horribles pesadillas, y sombras huecas con corazones de fuego, y, con frentes sombrías y angustiadas, junto a cadáveres de tres meses a mediodía, llegó ella, arrimada contra la pared. Un lugar de tedioso estancamiento, sin luz ni poder de movimiento, parecía mi alma, en medio de movimientos infinitos que avanzaban hacia una meta segura. Una piscina salada y silenciosa, entre rejas de arena, abandonada en la orilla; que escucha toda la noche cómo los hondos mares se alejan de la tierra con sus blancas aguas guiadas por la luna. Una estrella que a la danza coral de las estrellas no se unía, sino que seguía inmóvil, y desde allí veía el hueco orbe de las circunstancias en movimiento girar conforme a una ley fija. Se había enroscado en su orgullo serpentino. «Ninguna voz», gritó en aquel salón solitario, «ninguna voz rompe el silencio de este mundo: ¡todo se ha vuelto un profundo silencio!». Pudriéndose en el podrido terrón de la tierra, envuelta diez veces en perezosa vergüenza, yacía allí exiliada del Dios eterno, perdido su lugar y su nombre; y odiaba por igual la muerte y la vida, y no veía nada, por su desesperación, sino un tiempo terrible, una eternidad sin consuelo en parte alguna; completamente confundida por los temores, y peor a medida que pasaba el tiempo, sin alivio alguno por las lágrimas sombrías, y a solas en el crimen: encerrada como en una tumba derruida, rodeada por las tinieblas como un sólido muro, a lo lejos creía oír el sordo sonido de los pasos humanos. Como por tierras extrañas un lento viajero, en duda y gran perplejidad, poco antes de que salga la luna oye el bajo gemido de un mar desconocido; y no sabe si es un trueno, o un sonido de rocas desprendidas, o un hondo grito de grandes bestias salvajes; y piensa: «He encontrado una nueva tierra, pero voy a morir». Gritó en voz alta: «Ardo por dentro. No hay murmullo de respuesta. ¿Habrá algo que borre mi pecado y me salve para que no muera?». Así que, una vez cumplidos cuatro años, se deshizo de sus ropas regias. «Constrúyeme una cabaña en el valle», dijo, «donde pueda llorar y rezar. Pero no derribes las torres de mi palacio, construidas tan hermosas y ligeras. Tal vez vuelva allí con otros cuando haya purgado mi culpa». [1832; revisado en 1842] Traducción: JAVIER ALCORIZA (Dedicada a mi hija Raquel)
1 Comentario
Marlene Vergilio
20/10/2025 09:34:24 am
El maravilloso poema de Tennyson recibió una primorosa traducción de la mano de Javier Alcoriza.
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TRADUCCIONES
El Coloquio de los Perros. AL HAZMI, ALI ANDRADE (DE), EUGENIO ANGELOU, MAYA ARMITAGE, SIMON BERT, BENG BERTRAND, ALOYSIUS BHATTACHARYA, DEEPANKAR BIANU, ZENO BLANCHARD, MAURICE BLANDIANA, ANA BOUCHET, ANDRÉ (DE) BOURSON, GILBERT BOUVIER, NICOLAS BRODA, MARTINE BROWN, STACIA L. BUZZATI, DINO CALVET, VINCENT CAPRONI, GIORGIO CARDOSO, RENATO F. CASTRO (DE), MANUEL CÉSAR, ANA CRISTINA CHAMBON, JEAN-PIERRE CHAVAL CHESTERTON, G. K. CHULLIKKAD, BALACHANDRAN CONTINI, DONATELLA CORSO, GREGORY COUTO, MIA COUTO, MIA [POEMAS] DEGUY, MICHEL DELANEY SPEAR, SUSAN DELBO, CHARLOTTE DELERM, PHILIPPE DIMKOVSKA, LIDIJA DOMIN, HILDE DOMINIQUE ANÉ DOMINIQUE ANÉ [OKLAHOMA 1932] DRUMMOND DE ANDRADE, CARLOS DUPIN, JACQUES EDSON, RUSSELL ELIOT, GEORGE ESPAGNOL, NICOLE ESPANCA, FLORBELA FERREIRA, VERGÍLIO FOLLAIN, JEAN FÔRETS, LOUIS-RENÉ des GARCIA, JUAN GINSBERG, ALLEN GIONO, JEAN GONZÁLEZ LAGO, DAVID GOZIS, GEORGE GRANDMONT, DOMINIQUE HAM, NIELS HAUTECLOCQUE, XAVIER (de) HÉLDER, HERBERTO HEMINGWAY, ERNEST HIERRO LOPES, BEATRIZ HIGHTOWER, SCOTT HOGUE, CYNTHIA IGLESIAS, XOSÉ JIYAN, RÊNAS JONSON, BEN JUDICE, NUNO KALÉKO, MASCHA KANDEL, LENORE KEROUAC, JACK KHAÏR-EDINNE, MOHAMMED KHENSIN, SUMITAKU KINNELL, GALWAY LACERDA, ALBERTO (de) LAYOS, ILÍAS LÉVIS MANO, GUY LUCA, GHÉRASIM LUCIE-SMITH, EDWARD McHUGH, HEATHER MAULPOIX, JEAN-MICHEL MAWGOUD, MONTASER ABDEL MERWIN, W. S. MICHAUX, HENRI MIERMONT-GIUSTINATI, ADELINE MILTON, JOHN MONTEIRO, KRISHNA MOORE, MARIANNE MORENO, ANNA NAPORANO, FERNANDO NERVAL, GERARD (de) NILO NUNES, LUIZA OLIVEIRA (DE), ALBERTO OSORIO GUERRERO, RODRIGO PESSANHA, CAMILO PESSOA, FERNANDO PINTO DE AMARAL, FERNANDO PLATH, SYLVIA POZZI, ANTONIA PRÉVERT, JACQUES PROUST, MARCEL POUND, EZRA QUINTANA, MÁRIO RAMBOUR, JEAN-LOUIS RAMOS ROSA, ANTÓNIO RAMOS ROSA, GISELA GRACIAS RATROUT, FAHKRY RILKE, RAINER MARIA RODRÍGUEZ-MIRALLES, JORGE HEMEROTECA
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