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JOSEFINA AGUILAR RECUENCO. LA ETERNIDAD MENGUANTE (Pre-Textos, Valencia, 2025) VII Premio Internacional de poesía Juan Rejano de Puente Genil por ELENA ROMÁN Bienvenido el silencio en blanco y negro, la luz sin aditivos. Bienvenida/o a quien se disponga a deslizarse hacia lo subterráneo premeditadamente despacio, milímetro a milímetro, píxel a píxel, evitable pero no. Ahí —en ninguna parte— se despereza La eternidad menguante, obra de Josefina Aguilar Recuenco con la que ha obtenido el VII Premio Internacional de Poesía Juan Rejano y que ha sido publicada en 2025 por Pre-Textos.
Lewis Carroll, escritor, fotógrafo y matemático, buscaba la perfecta quietud, la cual pudo de verdad experimentar en enero de 1898. Hasta ese momento realizó multitud de instantáneas, entre ellas las de las hermanas Liddell: Lorina (Ina), Alice y Edith. El recuerdo (animal disecado) de estas sesiones fotográficas, documentado por los pliegos de la Historia, ha viajado hasta la mirada que late de Josefina Recuenco, fotógrafa y profesora de fotografía, escritora, catalizadora de imágenes en palabras que se agita en la poesía desde un gran angular creciente. La eternidad menguante es un museo seccionado en páginas en el que los poemas (escritos en prosa poética) son como negativos colgados de una cuerda para secarse, rectángulos verticales a la manera de espejos que duplican de cuerpo entero a quien se sitúa frente a ellos. El título de cada poema y su exacta dramaturgia condensa la puesta en escena de lo que sucede debajo; el título de cada poema es un bodegón de lo invisible. A lo largo del poemario la autora retrata una pregunta tras otra y los poemas no hacen más que posar para cada una de esas preguntas, anticipándose incluso a las que pudiera hacerse el lector. Durante la lectura de La eternidad menguante conocemos en presente lo subjetivo de las fotografías pretéritas, pero no los detalles externos: los atuendos de las modelos, si había adultos cerca, de quién era el susurro que se escuchaba oculto en el jardín. Como buena observadora, capaz de no perder el pulso en medio de una multitud en movimiento que sólo piensa en no ver, Josefina Aguilar Recuenco traslada lo vivido a lo contado mediante una poética entreverada que arrastra al lector hacia lo que sienta imaginar. No impone una estructura rígida, un sentido manifiesto, sino que despliega un campo vasto donde tienen lugar escenas de cine mudo en un entorno empírico y simbólico. «Quédate quieta, Alice», pide la fotógrafa en la piel del matemático, y ese intervalo equivale a cuarenta y cinco eternidades. Recuenco/Carroll mantiene un diálogo con la niña que volverá a existir cada vez que se abra —también— este libro. Al mismo tiempo se muestra a un Lewis Carroll con unos rasgos montañosos e imbatibles para su vecino el viento. Bienvenida la pura metáfora, la palabra clave, la sugerencia a la distancia focal idónea, bienvenido el deleite de leer la mitad de un pasado. Cuando fue hecho público que Josefina Aguilar Recuenco había resultado ganadora en esta edición del premio Juan Rejano, esta manifestó en redes: «Para escribir este libro tuve que estrechar mucho la luz, lo escribí caminando en la cuerda floja, hecha funámbula me encerré en lo extraño, y casi resbalándome, el libro fue escrito. El más raro entre mis raros (o no), creo que podrá gustar a quienes gustan de encerrarse en un cero y jugar al infinito». Teniendo en cuenta sus libros anteriores, es evidente que no mantiene una misma línea, sino que va explorando nuevos modos de disparar que se traducen en obras muy diferentes entre sí, con un sutil e intermitente hilo conector: los entresijos de la mente. El color, ficción a cargo de la sombra, miente de día pero no aquí. Con una escritura a veces semi-automática, la voz de la poeta presenta lo onírico como efecto secundario de la penumbra. Se trata de una poética compacta, sin fisuras, poblada por brillantes aforismos, sin nacionalidad ni influencia evidente excepto la de la revocación de los sucesos. A través de estos se revela (nunca mejor dicho) lo instantáneo —bienvenido— como otro tipo de eternidad. Desde ahí nos tiende una guía de primeros auxilios para cuando la noche se atasca en la garganta y oscurece la voz, un manual de supervivencia para reflejos, un laboratorio de sílabas negras como pronunciadas por grillos, una lírica profunda y circular donde nada empieza ni termina sino exactamente lo contrario. Dice Josefina Aguilar Recuenco en estas páginas que «Hay palabras que, si las dices al revés, mueren». De acuerdo, menos una palabra: poema. La eternidad menguante practica la elegancia de lo que, mediante ondulaciones, se aleja y acerca: ¿hay algo más fiable?
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SANTIAGO A. LÓPEZ NAVIA. DESLINDES (Madrid, Huerga y Fierro, 2025) por AMPARO GARCÍA OTERO La voz de Santiago López Navia posee remembranzas clásicas que él absorbe y recrea con su propio estilo creando un hilo conductor entre nuestras raíces culturales y la poesía actual. Es poeta de verso claro, conocedor de las diferentes disciplinas versificadoras, maneja maravillosamente el endecasílabo y sus sonetos son sencillamente perfectos: no les falta ni les sobra absolutamente nada, brotan de su pluma como el agua de un manantial, cada palabra en su lugar, sin que se perciba ningún esfuerzo, ni en la métrica ni en la rima. Es un poeta rendido a la poesía en todo cuanto contempla, toca, o sencillamente siente. Él mismo nos confiesa que la poesía le persigue y que el poema se le presenta aún sin buscarlo. Creo que fue Miguel Ángel Buonarroti quien respondió a alguien que le preguntó acerca de su capacidad de intuir la escultura dentro del bloque de piedra que la escultura está ahí y el escultor se limita a retirar lo que sobra. Pues algo así me atrevería a decir del poema: está ahí, en lo cotidiano, simplemente hay que quitarle a la vida lo que le sobra y el poema estará servido. El autor se nos muestra perito en la dura tarea de vivir, pese a que, a la vista está, le queda tiempo de sobra para exprimir de la vida nuevas y prometedoras vivencias. Pretende hacernos creer que su vida ha entrado en esa fase en la que uno se convierte en contable de sí mismo, y se lo aceptaremos a condición de que nos prometa regresar con un Deslindes II, porque aún está en esa edad en que los recuerdos empiezan a teñirse de dorado sin alcanzar todavía el tono del oro añejo. Deslindes, como su propio nombre indica, señala una fórmula para marcar terreno, un espacio del que el autor no pretende adueñarse, pues según su propia opinión, esto de nadie era antes de que él llegara y de nadie será cuando él se vaya. El poeta se limita a marcar las lindes que circundan su propia experiencia: un «estoy aquí», «este es el lugar que mi vida ocupa», «este soy yo» y siempre acompañado por mi circunstancia de poeta que nunca me abandona. López Navia es un poeta ameno, que escribe desde sí mismo pero muy consciente de que existe un “otro” en el lado opuesto: el lector, imprescindible para conformar el tándem literario. En cierta forma sugiere la necesidad de una respuesta. No se conforma con recibir su propio eco, sino que comparte cuanto escribe como quien ofreciera una parte del racimo de su propia viña. Despierta el pensamiento y lleva a dialogar mentalmente con el poema. Además, posee el don de dibujar con la palabra una visualización de cuanto describe. Se trata, en líneas generales, de «poemas que se ven». Atesora un vocabulario amplísimo y enriquecedor para el lector. Provoca colores y aromas a partir del milagro de la palabra escrita. A lo largo de su extensa obra el poeta nos ha venido ofreciendo una visión compartida de algo que vive dentro de todos nosotros: la infancia como patria imperecedera, la familia y los paisajes que la adornan, el amor, la alegría, la nostalgia y algo distinto y esencial: el humor. Si difícil es la disciplina poética, mucho más lo es el hecho de mezclar humor y poesía, y este rasgo genial siempre está presente en la personalidad de López Navia. El poemario Deslindes consta fundamentalmente de tres cuerpos y un —llamémoslo— epílogo protagonizado por su heterónimo Antero Freire, del que hablaremos en su momento. La primera parte del libro se denomina “Agenda”. Aquí el poeta vierte un goteo de sus experiencias a modo de anotaciones grabadas en su memoria con el cúmulo de los años; corazón que vive a través del tiempo hasta que la experiencia desemboca en la libertad; poeta explorador de su propia ruta que canta el ansia de vivir, preguntándose «qué quedará de mí, de lo que he sido»; voz que pregona el valor de la resistencia frente a todo, saberse persona entre la gente, añorar días ya lejanos a sabiendas de que el tiempo es el eje que domina la existencia, volviendo la mirada a la contemplación con un verso que reza: «Y hay mucho que no hacer de vez en cuando». La segunda parte del poemario la titula “Tratamiento, Receta, Posología”. Aquí el poeta continúa dibujando en sus versos los daños del tiempo y plantea un método de resiliencia frente a ese fantasma silencioso que nos empuja muy a nuestro pesar: la paz interior, el resguardo en los cuarteles de invierno. Nos plantea como solución concertar un pacto con uno mismo aplicando «emplastos empapados en paciencia» y un tratamiento basado en «Resilientil y Aguantoformo», aunque a veces la vida nos sorprende a destiempo y lo mejor que podemos hacer es ponernos un protector para no rompernos las narices. Se trata de subrayar la resistencia del guerrero frente al enemigo inevitable e implacable, pero haciéndole frente. El tiempo no perdona, pero no vamos a rendirnos mientras nos queden estrategias. También nos recuerda que a cada día le basta la palabra que le corresponde como si se tratara de una hoja en blanco. Este tratamiento y posología que el poeta nos aconseja nos sitúa frente a un hombre maduro y sabio que conoce el paño con el que se reviste la existencia y valora la sabiduría vieja y popular del refranero, pasado por un tamiz de siglos. Quiero destacar el genial soneto que el poeta dedica a sus propias ojeras. El tercer cuerpo del poemario nos presenta el “Inventario”, un repaso de lo vivido: «Vivir es caminar, marcar un paso»; «y fuimos tan felices sin saberlo». Nos introduce el poeta en un ambiente de nostalgia, de la huella que uno deja sobre la huella que dejaron otros, sobre la brevedad, hermosa como la amapola. Luego nos guía y acompaña a través de una serie de paisajes que conllevan una lectura de la naturaleza, una visión que me retrotrae hacia algunos ecos machadianos: la naturaleza como principio y fin, que a todo da vida y a la que todo regresa. Cabe detenerse en la visión de las pequeñas cosas, y quiero referirme especialmente a un delicioso soneto, ‘Planto por un bote de mermelada’, en el que se condensan la añoranza, el gozo de lo vivido y esa gotita de humor con la que López Navia sabe sazonar su poesía. Llegados a este punto, nos tropezamos con versos que nos zambullen en conceptos esenciales: la añoranza de aquel báculo que fue la madre, el triunfo de la naturaleza sobre la civilización y la proclamación de la luz como victoria; la añoranza de la felicidad es estéril porque esa felicidad aún reside en nosotros. Esperanza: el viento siempre tiene algo que decirnos. El poeta se siente con fuerzas suficientes para recuperarse del daño de haber vivido, como esa hermosa mariposa en noviembre. Hay ruinas que nunca más serán edificios y el balance concluye volviendo de nuevo la vista hacia lo esencial, a lo indestructible y victorioso. Estas conclusiones me recuerdan el viaje odiseico hacia Ítaca: partimos de lo que somos para regresar a lo que fuimos, al espíritu que nos alimentó y nos alimenta. Pasamos ya a la última parte del poemario que, a modo de epílogo, nos hermana con el amigo heterónimo Antero Freire, ermitaño sabio y audaz en sus conclusiones, vencedor de los diablos que le visitan, siete en total, cada uno blandiendo las maravillas de uno de los pecados capitales, tentadores como hiciera Satanás con Cristo en su retiro. Unos diablillos ingenuos que no saben con quién se la juegan, pues el ermitaño, encaramado en su cerro, está ya de vuelta de todo y a todas las tentaciones replica dejando a los diablillos sin defensa ni respuesta, condenados sin remedio a contentarse con ir a tentar a inmaduros y curiosos que, con pocas luces, suelen dejarse llevar por el colorido de una oferta que a la postre se resuelve en humo. Ese es tal vez el castigo infernal de quienes sucumben a los halagos del diablo: la nada.
Es imposible resumir en unos folios toda la sabiduría y buen hacer de Santiago López Navia, que vuelca en este poemario un auténtico tratado existencial, entre lo poético y lo didáctico, de quien ha vivido y ha sabido exprimir el jugo de lo experimentado para transmitirlo a través de su verso. Aguardamos su próxima entrega. Así sea, porque todos sabemos que tiene cuerda para rato. EMILIO GAVILANES. ANOTACIONES A LÁPIZ (Newcastle, Murcia, 2025) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Nos estamos acostumbrando a los verdaderos libros de bolsillo, los que de verdad caben en uno, que varias editoriales trabajan como seña de identidad. Llegan a casa pequeños volúmenes que están demostrando ser una manera muy efectiva que tienen las editoriales de responder a unos tiempos en los que el tiempo (valga la redundancia) parece comprimir la lectura a un tamaño menor, pero no a una menor calidad, sino a la búsqueda, en su concreción, de elevar a la categoría de pequeños tratados (a la manera de Pascal Quignard) lo que se publica. Siempre los ha habido, es cierto, pero desde hace unos años editoriales como MUGA, con sus estudios de la imagen, WunderKammer en su colección ‘Cahiers’, EOLAS en su maravillosa colección ‘De la belleza’, o la cercana La nube de piedra en la edición de poesía, han recurrrido a estos formatos por estética y estrategia editorial. Ensayo, poesía, cuento, miscelánea, literatura híbrida y aforismos. Todo cabe en el pequeño formato sin perder rigor ni importancia. Y hoy hablamos de un libro publicado por Newcastle Ediciones, que desde el principio optó por un diseño de colección marcadamente reconocible, de pequeño formato, con diseño y portada de Cristina Morano, y con un gran cuidado en la selección y edición de Javier Castro Florez. El tiempo disponible, o la necesidad de capturar un momento o el pensamiento, nos obliga a los artistas a llevar un cuaderno en un bolsillo, de nuevo el tamaño, donde escribimos o dibujamos rápidamente aquello que no queremos que se pierda. Porque se pierde. Anotaciones a lápiz es uno de estos libros que recoge, como su nombre indica, esas escrituras breves, o no tanto, que surgen en momentos diversos, sin necesidad de pertenencia a una narración o ensayo superior. Evidentemente escritas a mano y a lápiz, tienen la frescura de lo que se escribe en el momento, o de la carta escrita mientras se toma un café, y se les dota y nos transmiten una sinceridad y honestidad que nos llevan a conocer al autor. Porque lo que se reúne en el libro de Emilio Gavilanes nos lleva a lo personal. Las anotaciones son distintas de la autobiografía por más que respondan a presupuestos similares, sobre todo las que recurren a la memoria y los recuerdos del autor, que, como todos, pervive en él como mecanismo de presente y futuro. Pero la instantaneidad que da la propia forma de trabajo, de inmediatez sincera, hace que entremos en una conversación con el autor, cara a cara, y en una conversación en la que caben las discrepancias y las puntualizaciones; pero esa es la historia del lector. Habla Emilio Gavilanes de que la principal virtud de los libros es crear un clima: «Lo principal, me parece, es que el libro cree un clima en el que nos sentimos a gusto, y ese clima puede ser estético, intelectual, poético, humorístico, religioso, emocional, nostálgico... el clima es algo parecido al tono. El tono es más importante que el estilo. Se puede escribir con estilos muy diferentes en un mismo tono. Y es el tono el que nos hace digeribles los estilos». Esto que defiende es evidente que lo pone en práctica en sus Anotaciones, es, de hecho, lo que da consistencia a un proceso de captura y registro de lo efímero, conseguir de manera natural aunar en una misma calidad literaria y en un mismo tono textos de muy variada intencionalidad que él mismo se ha ocupado de citar. Se usa el término fragmento para definir estos textos de extensión variable que en principio no nacen como pertenecientes a una narración superior, y creo que él mismo lo defiende como el más adaptado a los tiempos y al funcionamiento de nuestra mente. No creo que los buenos lectores precisen adaptar su tiempo de lectura a los designios de la actualidad, podría incluso ser al revés, pero si es cierto que, como escritor, Emilio Gavilanes forma parte de los autores que conciben su literatura como una constante observación del mundo, «una especie de mirador desde el que observar el mundo exterior y un mundo interior en el que cualquiera se puede reconocer», como se dice en la contraportada. Es una constante en la actividad del escritor el dejar constancia de lecturas, recuerdos, observaciones, reflexiones, que corresponden a la vida diaria y a un mundo interior más elevado, y son, por lo tanto, fragmentos de un continuum literario, que podrán ser recogidos o no (en este caso sí), pero pertenecen a esa obra artístico-literaria global. La estructura del libro es una pura sucesión de textos, tanto da si son en sucesión cronológica o se ha trabajado el orden para la edición, pero no hay títulos ni capítulos temáticos. Los fragmentos aparecen como pueden haber surgido en los cuadernos donde se escribe con ese lápiz que siempre presenta un cierto carácter provisional; hasta hoy, que ya han sido fijados en este libro. Pero seguir usando el lápiz incluso en la portada sigue manteniendo la posibilidad de que las conclusiones no lo sean, de que se pueda cambiar, borrar o corregir y ampliar. Señala la persistencia en la razón primera de su registro y su publicación y en la continuidad de la tarea. Muchos temas distintos muestran el interés del autor, y no se trata en esta reseña de hacer un registro concienzudo de ellos; están los recuerdos autobiográficos, las lecturas y referencias críticas, la reflexiones filosóficas y sociales, los relatos recogidos de la historia y la literatura. Y es que, como él mismo dice: «Cuando oímos una buena historia estamos deseando contarla nosotros. No nos importa plagiarla... Somos animales miméticos». Es Emilio Gavilanes un gran contador de historias, tiene una capacidad literaria de alto nivel, un lenguaje preciso para la finalidad que persigue, sin desvaríos ni excesos innecesarios. Lo mejor que se puede decir de un escritor es que sus recursos literarios no te invadan la lectura, que la voz no se entrometa, y eso es evidente en este libro. También es notable su capacidad de condensación para lanzar ideas que obligan a la reflexión del lector. Citaré una de las más breves: «Lo mejor de muchos museos es lo que se ve desde las ventanas». Toda la carga crítica reunida en una sola frase, que reúne tanto la duda sobre la necesidad de algunos museos, sin especificar cuáles, de la propia idea de museo, de la calidad de lo ahí reunido o de su importancia, que habla del arte y la belleza, y de si la observación directa es más importante en algunos momentos que las obras humanas o sus restos. Una sola frase que puede provocar horas de discusión.
Otra parecida es: «Uno es más consciente de la vida en el dolor que en la felicidad. Como está más vivo es sufriendo». De nuevo el choque con lo que parece establecido, con las ideas socialmente preconcebidas. No se trata de estar de acuerdo o no, sino de tener el lápiz a mano para anotar. El amor a la lectura es notorio, algo común a todos los escritores, «leer es una forma de escribir», y Gavilanes anota gran cantidad de lecturas y autores, leídos, citados, comentados, e incluso criticados. Como dice él, un lector lleva a cabo la opción activa de elegir un libro y desechar otros, de leer contra determinados libros. De la misma manera que uno elige como acto voluntario la lectura, la elección de un paisaje o de un momento concreto como cercanos o pura belleza es también una elección activa y voluntaria. El lector y el escritor están unidos en todo el libro. La observación atenta de la realidad nos lleva al impacto de lo cotidiano, eso que de tan habitual nunca le hace perder su capacidad de asombro, y que necesitará dejar escrito como forma de iluminar su mundo. Y es que Gavilanes sabe muy bien del poder de la palabra, del mito y del poder de dar nombres para crear mundo, y de la poesía, como demuestran sus libros de haikus. Sí quiero, para terminar, citar un tema recurrente que aparece en el libro que me llama especialmente la atención, no es extraño que aparezca una y otra vez como una reflexión filosófica sobre la propia vida, y es el concepto de tiempo y cómo nos adaptamos a su transcurso. No es sólo el tiempo cronológico, del que duda, ése que «se comporta de manera astuta, y... finge avanzar de manera uniforme», sino cómo sentimos ese tiempo, desde la percepción del pasado y cómo lo alteramos, lo asumimos para formar nuestro presente, algo que hará notar en sus relatos más autobiográficos, sino también la idea del tiempo como noción biológica, individual, hasta la toma de conciencia de que... «El presente es eterno, está fijo. Y eso no lo desmiente el paso del tiempo. El hecho de que las cosas desaparezcan, se desvanezcan en la nada, ahora lo veo como algo sublime. Es la mayor magia que puede existir. Pero es que además las cosas mientras son, son para siempre. El ser no tiene tratos con el tiempo». Emilio Gavilanes es un autor de gran recorrido y numerosa obra publicada y acostumbrado a trabajar en ese género que se haya en los límites entre el cuento, el microrrelato, la poesía, la novela. Con varios premios en su haber, incluido el XII Premio Setenil, Anotaciones a lápiz es una buena muestra de su buen hacer y una magnífica oportunidad de entrar en su mundo, gracias a Newcastle. NATXO VIDAL. SERENATA DE HUESOS (Olé, Valencia, 2025) por ANTONIO AGUILAR RODRÍGUEZ EL LIBRO ES UN ALTAR Quizás hay pocas lecciones sobre el tiempo tan visuales como la ‘Rima LIII’ de Gustavo Adolfo Bécquer. Dos tiempos, dos líneas. El tiempo de la naturaleza, cíclico, órfico, donde a lo sumo nos queda el consuelo de nuestra transformación infinita en cuanto materia; y el tiempo lineal, el de la vida humana, que viaja del punto A al punto B. Dos tiempos que se cruzan en el poema de Bécquer, como los enamorados con las golondrinas que vuelven año tras año y que coinciden con la linealidad de los amantes que, sin embargo, ya no son los mismos. También es esa la confluencia del padre y del hijo que observan el cometa Halley y comprenden que cuando vuelva, cuando complete su órbita, ya no se volverá a encontrar con ellos.
Sin embargo, y aunque en Serenata de huesos, en algún momento se hace palpable esta visión de los dos tiempos, se nos abre otra posibilidad, la de la convivencia del tiempo de la vida y del tiempo de la muerte tocándose, imbricándose como dos partes de una misma realidad que conviven o conmueren. Por eso este poemario de Natxo Vidal se envuelve de los altares y de las ofrendas a los muertos, de las catrinas, del sincretismo de las tradiciones prehispánicas americanas y de la cultura católica. Hay dolor, hay duelo y hay celebración de la vida que hemos tenido y que tenemos. El libro es un altar, pero un altar de ofrendas, un altar multiforme que vislumbra, señala, apunta, pero no sentencia, que va de la creencia al escepticismo y les da a los dos su veracidad. «No recuerdo que nunca / te interesara la resurrección. / Pensar en el futuro solo / en subjuntivo»... «Pues háblale, te digo. / Todos lo hacemos, / te lo aseguro, cada cual / a su manera. / Después, / mientras me marcho, dándote la espalda, / te digo muy bajito, / por si te ayuda, tú / lo llamas Dios, / Ernesto Cardenal cigarras». Poco nos queda que hacer salvo vivir el momento, celebrar el instante, convertirlo en palabras que se puedan confundir con el canto de los pájaros, «sus tres pequeñas sílabas» que están tan presentes en el poemario. «Ya no recuerdo el pájaro que fui. Pero igualmente canto». Todo libro sobre la muerte es también un libro sobre el amor. Natxo Vidal, en su lectura dentro del ciclo de los Lunes literarios, organizado por Alberto Caride, afirmó que no era solo un libro sobre el duelo, que había una serie de poemas de amor, un amor también hacia nosotros mismos, porque es precisamente de esos muertos que se nos quedan dentro de los que hablamos, de la parte de su muerte que es nuestra también, que es nuestra muerte pero también nuestra vida, de cómo la encajamos y cómo releemos nuestra vida en común para aprender quizás la lección más sencilla y más difícil. El amor y la muerte dialogan, como el padre y el hijo, un diálogo en ausencia, aunque a la vez muy presente. Lo que pudimos saber y no supimos en su momento. No podemos ser infalibles, nos podemos permitir la melancolía, pero no podemos «no sentir nada» porque eso «es lo peor». Y tal vez ande equivocado y tengas que leer el libro, esta colección de poemas identificados con los nombres de huesos —perforados tal vez, pequeños instrumentos musicales—, con citas al final de los poemas, inmediatamente detrás de los títulos entre paréntesis. Con citas tachadas y sustituidas por otras. Una vuelta más a la escritura, un juego que es el juego de la vida, que desdramatiza, que nos desubica para que entremos en los poemas de otra manera. En estos poemas que abrazan porque no son solo creaciones, sino que en muchos casos son versiones propias y de otros, tus palabras a las que les ha dado la vuelta, las ha aprovechado a través de su lectura y las exprime y nos las devuelve y nos sentimos afortunados de que haya hecho eso con un poema nuestro. Porque la poesía vista así también es órfica, convierte en palabras a los seres queridos, los salva del olvido, y así vuelven de alguna manera a la vida. Natxo Vidal es un poeta que ama el lenguaje, que se deja la piel en lo que escribe, que no se conforma con lo previsible. Lúdico e inteligente como en sus relatos y en su novela, Proyecto Ítaca, donde Azorín y Sor Juan Inés de la Cruz conversan. Ha ido publicando una serie de libros de poemas todos reconocibles como suyos pero diferentes entre sí. Escribe porque habita el mundo a través de las palabras y de la música y del cine. Como es un ser vivo, sus libros a veces se solapan unos con otros. Atrás no es ningún sitio, Sal en los ojos, La niña que jugaba a la pelota con los dinosaurios, XL, 106 palabras, por citar solo algunos. Sus seres queridos, entre los que me gusta pensar que ando, se merecen este libro y él se merece que exista la Generación del 75 y Calamaro, y puestos a fabular, que lo invite a cenar alguna noche. JOSÉ SILES. ESPEJO DE MONOS ALUMBRADOS (Vitruvio, Madrid, 2025) por ANDRÉS LINARES NAVARRO Es para mí un placer y un honor hacer esta reseña del último poemario de José Siles, a quien disfruté siendo un jovencísimo profesor, como alumno adolescente y actualmente como amigo entrañable.
Siles tiene ya una importante y dilatada trayectoria literaria, una interesante labor creadora en la que, ineludiblemente, vierte todo el gran bagaje cultural e intelectual que atesora. Sus obras, tanto en prosa como en verso, están llenas de múltiples claves y registros que obligan al lector a profundizar en sus textos, ya que hay una profunda reflexión desde distintos ámbitos: filosófico, antropológico, histórico y psicoanalítico, que se entremezclan en una búsqueda incesante, tratando de entender lo esencial de la existencia en una perpetua indagación sobre el yo, con una cierta dosis de nihilismo y, al mismo tiempo, con una cierta dosis de ironía y humor mordaz. Todo esto se completa con una incesante búsqueda de la palabra y una profunda reflexión sobre el choque de sentimientos y deseos humanos, como el poder, la fama, el sexo, la ambición... Y todo ello, frente a una convivencia reglada que llamamos civilización. Siles crea una poética de la reflexión, de la evolución del pensamiento, a través de los avatares, que forman parte de la historia de la humanidad. Y para él la poesía es el medio que nos permite ir más allá, viéndonos reflejados y reconocidos en el pasado y el presente y, quién sabe, quizás en un futuro incierto. Como muy bien afirma el profesor Díez de Revenga en el prólogo, «Siles tiene una fascinación por lo irreal, con una multiplicidad de universos que conjuntan reflexiones intensas sobre vida, muerte y destino». También alude Díez de Revenga a que Siles «establece un diálogo inagotable e intenso con sus mentores, selectos y preclaros, con sus lecturas predilectas de mil civilizaciones y poetas, narradores, ensayistas y dramaturgos, que le van entregando pensamientos que, inevitablemente, terminará glosando en el poema, surgido al pie de la cita». Esto me lleva a establecer una correlación, no puedo evitarlo, con otro enorme poeta, muy querido para mí, y sé que también admirado por Siles, como es José María Álvarez, que, continuamente, establece en sus poemas ese diálogo. Esta idea la he podido ver reforzada, afortunadamente, por el artículo de Mariano Monge en la revista Almiar, en la que deja deslizar que «quizás en Álvarez es donde más relación tengan estos poemas, empezando por las citas que encabezan gran parte de los poemas, arropando, tanto su forma como su contenido, con una aterciopelada intertextualidad». No obstante, estoy muy de acuerdo con Joaquín J. Penalva, en que Siles tiene una voz propia dentro de un panorama en el que abundan las voces intercambiables y modas más o menos pasajeras, proyectándose como un autor único, muy particular, no equiparable a otros autores de nuestro tiempo. Como muy bien afirma Mariano Monge, «el mono alumbrado» que se observa embelesado en el espejo, simbólicamente, encarna la condición del ser humano contemporáneo: desorientado, deshumanizado y en búsqueda infructuosa de armonía en un mundo dominado por la desolación y la tecnología. Espejo de monos alumbrados se estructura en cinco apartados: El primero, que lleva el título del poemario, tiene un carácter eminentemente antropológico, en el que se desarrolla una sátira filosófica sobre la evolución del ser humano. El segundo, con el título de “Manadero de místicos mántricos”, es de carácter filosófico y místico, donde el poeta se adentra en temas como la muerte, la memoria, el silencio, la naturaleza, lo sagrado o la fugacidad de la existencia. El tercero, “Griegos, si aún recordáis algo de lo que fuisteis: ¡Saltad!”, es una clara referencia a la herencia clásica en nuestra cultura occidental, para lo que el poeta recurre a referentes clásicos y episodios históricos para reflexionar, con una visión nostálgica, sobre la decadencia de un presente que ha olvidado sus raíces. La cuarta parte, “Sinfonía de hachas y hogueras: versos de alumbrados ajusticiados”, hace cumplido homenaje a los heterodoxos: herejes, filósofos, poetas... que desafiaron al poder establecido con sacrificio de su propia vida. La última parte, “Tomando ron bajo las estrellas en la popa del Liricus”, sigue esa línea que, desde Homero o Virgilio hasta la actualidad, los poetas han utilizado para narrar y reflexionar sobre los acontecimientos que han marcado a la humanidad. No quiero terminar sin mostrar mi eterno agradecimiento a José Siles, por ese impagable detalle de dedicarme este poemario y por ese entrañable poema, ‘Un griego peregrinando por la calle Saura’, que me produjo una profunda emoción. RAÚL QUINTO. LA BALLENA AZUL (Jekyll & Jill, Zaragoza, 2025) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES La ballena azul es roja. La portada dice La ballena azul, pero la portada muestra el dibujo de una ballena roja. El texto dice La ballena azul, pero las palabras son blancas. ¿Dónde está el azul? ¿Cuál es ahora la verdad?: «La ballena azul no es azul, su color es otro para el que no se tiene nombre. Por eso es inmensa, inabarcable, más grande que cualquiera de las palabras que contiene el mundo. La realidad es una prisión, pero no para una ballena. Estás mirando a los ojos a la verdad». ¿Estás ahí? Podríamos esperar del nuevo libro de Raúl Quinto algo de continuidad con el anterior, pero Quinto tiene la necesidad de enfrentarse a los libros que escribe de manera tan responsable con la historia a la que se enfrenta, con tanta implicación, que no es posible esperar continuidad sino todo lo contrario, una manera tan nueva de contar que nos dé el golpe al principio y nos embargue al momento siguiente. El éxito de Martinete del rey sombra podría llevarle a seguir en una línea que arrastraría a esos lectores a los que había llegado, pero es más importante que la escritura conviva con el relato, que la forma se adecue a un relato, que el autor busque la forma necesaria que debe acompañar a la perfección el sentido del nuevo libro. Lo plantea así, lo hace, lo consigue y se agradece el compromiso. De él había leído la poesía de La piel del vigilante y La lengua rota, poesía imperdible para comprender hasta qué punto hay implicación entre forma y contenido y cómo esa poesía aparece en la prosa de sus libros posteriores, con páginas magníficas incluso en un libro como el que tratamos hoy, enfrentado al terror individual y colectivo y a sus efectos. Ya en prosa entramos en el prodigio de La canción de NOF4, y en el multipremiado y conocido por todos Martinete del rey sombra, que te hace cambiar la manera de ver sitios como la plaza de Bib-Rambla, o el Arsenal de Cartagena. En cada uno hay un tratamiento distinto y adecuado a su tema, acercándose a la biografía, a la novela histórica, a la identificación en ocasiones, estilo híbrido, pero siempre con una gran calidad en el lenguaje, una escritura perfecta en cada línea, sin que nada sobre, con lo suficiente para dar el golpe que dan las imágenes poéticas, y con el compromiso político que le mueve. Hoy hablamos de La ballena azul, que trata el tema del tristemente famoso “juego”, por decirlo de alguna manera, que se hizo viral en la década de 2010 en redes ocultas de internet y que costó la vida a varios adolescentes por seguirlo hasta el final. Pero lo he dicho mal, porque no “trata” del juego, sino que “es” el juego. La estructura del libro corresponde a 50 conversaciones que corresponden a las 50 noches de juego y a las órdenes e imágenes enviadas por el personaje escondido en el nombre de Voltaire en rojo, arrastrándote siempre en el camino destructivo del miedo, el daño, el dolor, para superar el miedo, el daño, el dolor. Porque «el cuerpo es una trampa», porque la realidad no es verdad y la ficción siempre es real. Durante el recorrido por esas cincuenta noches, porque siempre es la noche y el insomnio la envoltura necesaria, Raúl Quinto nos narrará casos reales, de miedo y terror real, de violencia extrema, de accidentes mortales conocidos, de supersticiones e hipersticiones, de bulos, de Dios, de morsas, hombres conejo, asesinatos, imágenes que son siempre verdaderas como imágenes pero que nacieron como ficción. Y todo con un lenguaje rápido y envolvente que no te deja soltar el juego por más que te invada el desasosiego, por más que te embargue el terror. Entonces tenemos que reconocer que sí, que es un libro de terror. Híbrido, pero de terror. Y entre todas estas órdenes de la noche, incluido en ellas, está la crítica feroz de un sistema que nos tiene sujetos con el miedo como atadura. Te leo - Me lees. El comienzo del capítulo Uno son dos palabras: «Te leo». Dos palabras que declaran la intención de la lectura y la intención de que desde esas dos primeras palabras leídas no seas un lector desde fuera, sino un protagonista de la novela, porque te leen a ti. Lees dos palabras y estás dentro, ya eres tú el que va a actuar, el que va a pensar, el que va a sufrir todo el miedo y el terror que va a aparecer. Pero pasa al capítulo Dos y otras dos palabras te colocan de nuevo en la postura del lector, tus manos sujetan el libro, tus ojos se llenan de palabras: «Me lees». A partir de ahora eres el lector, pero sigues dentro porque alguien te lee. La identificación del lector con el participante en el juego de la Ballena Azul es inevitable. Tus respuestas no aparecen, sólo a ti te hablan y sólo a ti te van a mostrar esas imágenes. Lo que tu pienses, lo que te produzca esta realidad, solo tú lo sabes. Todo es mentira y todo puede ser verdad. El enfrentamiento entre ficción y la realidad es constante, sobre todo para los que creen en una realidad basada en los medios y en una transmisión disparatada a través de redes. Todo lo que de bueno nos vendían acerca del control de la información se ha convertido en una gran capacidad de manipulación. El bulo está a la orden del día como juego y como método, y el concepto de hiperstición, una total ficción que, utilizando la red como vía de expansión, se convierte en real porque así es tratada por sus seguidores y propagadores (“Cuántos quieren creer y creen”). No creer en la realidad, estar más cómodo en la ficción hasta el punto de hacerla verdad, negar a unos por creer que te mienten para creer a otros que te mienten, y obedecer hasta el final. Miedo. Una sociedad entera tiene miedo, tenemos todo un catálogo de miedos para elegir, un abanico extraordinario en el que seguro encontrarás el que te hace más vulnerable y más propenso a dejarte cuidar por aquellos interesados en crear el miedo, el miedo paralizante: «Sé que tienes miedo. Y quién no lo tiene. Sabes que quieren que vivas asustado y que busques amparo en aquellos que te venden el miedo». Es este un libro de terror, es el miedo el que dirige todo, es necesario verlo y sufrirlo. «Tú tienes que ver el miedo todo y hacerle frente», aunque el daño sea real y la autolisis y la sugestión el método. Pero darle la vuelta al miedo para construir el mundo, se convierte en el libro en el mismo proceso de sumisión que se critica. Y es que también hay una lectura política en este libro de terror, hay una crítica a la sociedad dominante que nos inculca el miedo a todo para hacerte creer que hay otros necesarios para protegerte, hay crítica a la explotación laboral, a la capacidad genocida de sociedades empujadas al miedo al otro, a las bondades del acto suicida, a la manipulación de la idea de libertad entendida como una obligación que te dirija a la inacción revolucionaria. Todo lo deciden las palabras que se escriben en tus ojos. En un mundo invadido de imágenes, construido a través de las imágenes que nos llegan e invaden nuestros ojos, que hemos convertido en la manera de abarcar el mundo y su realidad, sin embargo, la palabra es la clave. Quinto se sabe escritor, él usa y trata y piensa con palabras. El mundo está hecho de palabras que lo describen, por encima de todas las imágenes. En el libro insiste mucho en esta preeminencia de las palabras, hasta en la definición de Dios: «4:20. Quien te dice la verdad te miente. Sólo tienes palabras entre el mundo y tus ojos. Tú me lees y yo te leo». En La ballena azul se habla de muchas imágenes, de hecho son una parte importantísima en el juego, en descripciones o directamente enviadas por Voltaire en rojo en enlaces. La visualización de fotografías o vídeos a las que se enfrenta el lector como una orden, es un bombardeo de imágenes que deben recibir tus ojos para enfrentar el miedo, pero que en el libro están narradas con palabras, en esa fortaleza del escritor y del lector que participa en la lectura con la recreación de las imágenes en su cabeza, con más fuerza aún que en una película gore, porque aquí todo puede ser verdad. Una apología absoluta del valor de la escritura, sabedor Quinto de que la clave y el mayor poder están en la palabra escrita y leída. ¿Me amas?
¿Cómo es posible que una persona se vea arrastrada noche tras noche a este camino de dolor hacia la muerte cuando basta con apagar un ordenador? Todos pensamos que seríamos incapaces de seguir esa locura, pero todos nos hemos podido sentir atados a cosas que nos hacían daño a cambio de otras sensaciones. Es la atadura, en este caso, la soledad y la soledad ante una pantalla, donde alguien te muestra un camino y te dice que te quiere salvar de todo lo demás. La clave está en esa única pregunta del capítulo Veinte, titulado con definición Una prueba. De nuevo dos palabras, pero sólo estas: «¿Me amas?». Esa pregunta clave en las relaciones de pareja, al menos en la mayoría, creemos que es limpia, pero en el contexto de un juego de dominio se convierte en una prueba de sumisión. Después de veinte días es necesario tenerte amarrado, y qué mejor manera que llevarte a la sumisión del amor, a la entrega total al otro a través de la duda y la culpa si no eres capaz de decir que sí. Poesía. Raúl Quinto es poeta, y la poesía no deja de estar en todo lo que escribe. Y sabemos de la extraordinaria calidad de su escritura, de un lenguaje que persigue lo que necesita con gran dosis de compromiso y sin excesos, respondiendo en cada caso a lo esencial, es decir, una escritura poética. Las frases cortas acompañan, pero también persiguen el carácter hipnótico necesario para la posesión, el no dejarte respirar ni pensar. Podríamos copiar un capítulo entero, el cuatro, titulado Dibujo, pero dejo aquí sólo las primeras líneas: «Te veo. ¿Te ves tú? La noche es profunda y alberga errores. Con la luz abisal que desprende tu pantalla debe bastar. Quiero que mires. Quiero que te veas. Que te atrevas. Dibuja una ballena azul. La sutil curva de su espina dorsal. Los pliegues ventrales, interminables y paralelos a lo largo de la garganta. Las aletas del pecho flotando en la nada del folio; la boca inconmensurable, el color azul que no es azul pero brilla contra el cielo y contra el mar». Para editar este libro es necesaria la implicación de una editorial comprometida, y Jekyll & Jill nos ha demostrado que lo es y ha vuelto a confiar en Raúl Quinto, y viceversa, para publicar este libro tan distinto del anterior. Un libro duro y profundo que precisa de entrega por parte del lector, pero que te arrastra pronto si entras al juego. Un gran libro, muy perturbador, que no te puede dejar indiferente. NACHO ESCUÍN. ALGO PARECIDO A UN SUEÑO O A UN POEMA DE ROBERT FROST (Los Libros del Gato Negro, Zaragoza, 2025) por ENRIQUE CABEZÓN UN PUTO POEMA DE VIDA Nacho Escuín (Ignacio Escuín Borao, Teruel, 1981) es una de las voces más versátiles y heterodoxas de la literatura contemporánea aragonesa, de esas que nunca deja títere con cabeza y que rehúye el postureo literario. Licenciado en Filología Hispánica y doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Zaragoza, Escuín ha desarrollado una trayectoria intensa y emocionante como poeta, narrador, ensayista, editor y gestor cultural. Fundador y director de la revista literaria Eclipse y de la editorial Eclipsados, también ha dirigido el proyecto editorial de la Universidad San Jorge y el Servicio de Actividades Culturales de dicha universidad. Entre 2015 y 2019, ocupó el cargo de Director General de Cultura y Patrimonio del Gobierno de Aragón. Su obra abarca desde la poesía —con títulos como Profundidades, El azul y lo lejano, Huir verano o La mala raza— hasta el ensayo y la novela, siempre con un compromiso radical con el lenguaje y una mirada crítica sobre el mundo contemporáneo. Sin embargo, todo este trabajo, vital para la imagen cultural de su región desde fuera, parece diluirse cuando uno es señalado y queda marcado social y políticamente. En su última novela, Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost, publicada por Los Libros del Gato Negro, Escuín se desdobla en dos personajes, uno que carga con el peso de las decisiones y sus consecuencias, y otro que observa desde la pasividad o la crueldad, permitiéndole explorar la culpa, la responsabilidad y la autocrítica. La novela funciona como crónica de la escena cultural y editorial de Zaragoza —pero no solo— desde principios de siglo hasta la actualidad, con el propio autor como protagonista, testigo y víctima de un entorno marcado por la ambición y la instrumentalización. Escribe: «nos hemos decidido por un camino que no nos reconforta, que nos trae dolor y un placer perverso al mismo tiempo, nada de reconocimiento ni de dinero. A falta de que los demás nos valoren, una buena cifra en el banco podría compensarlo, pero ni lo uno ni lo otro ha llegado. Esa es la historia en la que nos hemos embarcado y de la que ya no podemos bajarnos con unas decenas de libros publicados a nuestras espaldas entre los propios y las antologías que hemos coordinado o en las que hemos participado. Libros colectivos que, en algunos casos, ni los propios autores que aparecen en ellos han comprado. Editoriales que ya ni tan siquiera existen, cajas de libros almacenadas en alguna parte, vete tú a saber dónde». Escuín despliega una mirada implacable sobre los mecanismos de adhesión y rechazo social, la crueldad y la autocrítica. La figura pública del autor se borra, no se le da voz, simplemente ha desaparecido, y con ello, se cuestiona el papel de quienes se aprovechan del talento ajeno mientras les conviene o dan la espalda para no ser señalados o rechazados ellos mismos. El texto incorpora una dimensión sentimental, dirigida a una mujer imaginaria que resume a todas las mujeres que han pasado —o que ha deseado que pasaran— por la vida del autor, y explora la condición subalterna y los estados carenciales, tanto propios como ajenos. Escuín se caricaturiza en ocasiones como un monstruo, alguien que a veces deja que lo animal prevalezca sobre lo cerebral, en un juego entre lo real y lo ficticio que desafía al lector. Violencia, adicción, ansiedad y desencanto transpiran las escenas que el autor va desvelando, como si se desnudara hasta el tuétano.
Algo parecido a un sueño o a un poema de Robert Frost es una novela valiente, introspectiva y necesaria, que utiliza la autoficción para reflexionar sobre la creación literaria, la escena cultural y las relaciones humanas. El libro se erige como un espejo para quienes han soñado con la bibliodiversidad y se han enfrentado a la complejidad y la soledad de ese sueño —y somos muchos—. Una lectura recomendable para quienes buscan literatura de la buena, de la que interpela y transforma. ROSA NAVARRO. RECOCHURA (Bala Perdida, Madrid, 2025) por ENRIQUE CABEZÓN VIAJE AL SURRURALISMO MANCHEGO Recochura es bastante más que una primera novela, es la confirmación de una voz literaria única, capaz de transformar el paisaje manchego en un territorio mítico, delirante y profundamente literario. Rosa Navarro, cuentista extraordinaria y profesora de literatura, da el salto a la novela sin perder ni un ápice de la intensidad, el humor y la extrañeza que caracterizan su escritura breve. El término surruralismo define a la perfección el universo de Recochura, un espacio donde la realidad rural de la infancia de la autora se funde con el delirio, la memoria y la imaginación, y donde lo cotidiano se vuelve insólito sin dejar de ser profundamente arraigado en la tradición castellana. Navarro maneja con maestría un imaginario poblado de personajes excéntricos y situaciones imposibles, una muchacha con pájaros en la cabeza regresa al pueblo de sus raíces, Lugar, para hacer justicia poética y demostrar que la mejor novela del mundo puede tener firma de mujer. La acompañan un curioso elenco de secundarios, un ciego listo y malo, una cierva casi humana, un abuelo eterno, el último monje de Bután, un poeta adicto al octosílabo, una vaca azulada que da cerveza, una escritora fantasma, un cura satánico, cómicos secuestrados y toda una fauna de habitantes que parecen salidos de un cruce entre el realismo mágico, la novela picaresca y el mejor humor manchego. La novela nos sumerge en un universo coral, oral y polifónico, donde la narradora no es el centro absoluto, sino que se despliegan múltiples voces y perspectivas. Como explica el catedrático Francisco Javier Rodríguez Pequeño, Recochura es una exploración de la identidad, la memoria y la reconstrucción de la historia, que se construye a través de un entramado narrativo rico y complejo. La trama, más que avanzar de forma lineal, se despliega como un mosaico de episodios, encuentros y situaciones que ponen en duda constantemente la realidad y sumergen al lector en un estado de recochura, esa incertidumbre y desasosiego que define el ánimo de quien espera algo que no termina de llegar. El término “recochura”, usado en Castilla-La Mancha según la autora y el habla popular, significa frío nocturno, incomodidad o la sensación de no quedarse con las ganas de hacer algo. Es un concepto que enriquece profundamente el tono y el espíritu del libro. Y, sí, Recochura es también el nombre de un inolvidable personaje de la saga de Pedro Salinas, El gañán enmascarado, una obra con la que comparte voluntad de heterodoxia. Como ha afirmado Rosa Navarro, «el humor es una prioridad, una forma de resistir», y en Recochura este humor atraviesa cada página, funcionando como escudo ante la adversidad y como motor de una imaginación desbordante. Navarro invita a poner en duda la realidad, a mirar el mundo desde la extrañeza y el asombro, y a abrazar una galería de personajes y situaciones que solo pueden surgir de una voz literaria que apuesta por la libertad y la ruptura de moldes.
La protagonista, en su empeño por hacer justicia poética y «demostrar que la mejor novela del mundo puede tener firma de mujer», encarna también una reivindicación feminista y metaliteraria, en un entorno donde lo rural y lo fantástico se entrelazan con naturalidad y humor. El reconocido actor Miguel Rellán, presente en la matritense presentación de la novela, la describió como «iconoclasta y rebelde», y afirmó: «por fin me encuentro con Literatura, con ‘L’ mayúscula. La Literatura de Rosa no se parece a ninguna: es cuerdista, ‘surruralista’, cervantina y tiene ecos de Quevedo». Estas palabras resumen la singularidad y la riqueza literaria de la novela, que bebe de una tradición clásica para reinventarla con frescura y originalidad. El estilo de Rosa Navarro es desbordante, domina el lenguaje con una imaginación prodigiosa, alternando el humor, la poesía y la crítica social. Cada página es un derroche de creatividad y voz propia, en un panorama literario donde, ya sabemos, abundan los clones y los mudos. Recochura es una novela que invita a abrazar el surruralismo, a perderse en el Lugar y a disfrutar de un festín literario tan único como delicioso. En definitiva, Recochura es una novela singular y valiente, que confirma a Rosa Navarro como una de las voces más originales y necesarias de la narrativa española actual. Un viaje inolvidable al corazón mágico y surruralista de la autora, y es probable que de la propia Mancha. PEDRO LUIS MENÉNDEZ. PASAJEROS DE ANDÉN (Difácil, Colección Prúa, Valladolid, 2025) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Coinciden estos días la lectura del libro de Pedro Luis Menéndez con una de mis visitas periódicas a la casa de mis padres, y en ella me encuentro con una pequeña maqueta de estación de tren a escala HO, la que funcionó como estación cada vez que montábamos el tren eléctrico. Una estructura sencilla como lo fue la estación auténtica de Jaca, la ciudad en que vivíamos de niños. En un lateral pervive el cartel con el nombre de la estación (JACA, obviamente), perfectamente delineado por mi padre. Bajo la marquesina, tres pequeñas figuras permanecen pegadas al andén, inmóviles más de 50 años, una mujer y dos hombres, todos con sombrero. Son pasajeros de andén, las figuras que se vendían y se venden para esas maquetas ferroviarias que siempre deseábamos más grandes y que pudieran recorrer la casa entera, en un largo viaje. Figuras que no van a ningún lado, que no subían a los trenes ni bajaban de ellos, figuras que esperan eternamente la ida o la vuelta de alguien, viajes a los que no les está permitido unirse. Pasajeros de andén es el título de este poemario que inaugura la colección Prúa de la editorial Difácil, junto con la antología Poesías familiares y domésticas de Fermín Herrero. Bienvenida sea esta colección. La intención del título va dirigida a la reflexión sobre una vida, no acabada, pero sí con la madurez que nos permite echar la vista atrás porque el atrás es largo y la reflexión sobre todos los viajes que hicimos, por decisión propia u obligados por las circunstancias (aunque creyéramos que también decidíamos en esos casos). No quiero decir que sea un tópico el de la edad y la mirada atrás para revisar, porque toda la memoria se construye cada día y no deja de ser una formidable manera de rehacer el mirar extrañado que nos hace buscar la belleza en la escritura. El primer poema, ‘Rayuela’, escrito a modo de introducción y dedicatoria al lector, deja clara la vocación del autor: «edificios desnudos que, imprevistos, / se ofrecen a tus ojos o a tus manos / pasión de arquitecturas descubiertas / al doblar una esquina / o mover un acento», que recoge esa capacidad de asombro recuperada en el humo distante y en la capacidad de la pura escritura para ser belleza. Así pues, no se convierte este balance en una mirada nostálgica, aunque la haya a veces («y sin embargo, qué no darían por aquella noche / en la que todo era orígenes o lluvia»), o poemas como ‘Los viejos amantes’ o ‘1975’, sino en la construcción nueva de la estructura de la vida, melancólica, eso sí, tal vez detenida en el andén donde se ve pasar lo demás y los demás. Sí domina en el desarrollo del libro, dividido en dos partes, que no son puramente tales, “Un humo distante”, que es el corpus del poemario, y un “Colofón” (sextina barroca a modo de poética), la idea vital del otoño, apropiación de la estación como momento y lugar, una actitud consciente, asumida, pero para nada derrotista. Se repiten poemas (‘12 de octubre’, ‘Octubre’, ‘Otoños’, ‘Evocaciones’, ‘Reloj de arena’, ‘Noviembre’, ‘Sin abrigo’,...) en los que se usa el entorno del otoño, y del frío y su alcance, como momento de rememoración y también de avance, y también sensación de rendición o derrota («Retrocedes entonces, ya no es tiempo / de jugar la ternura, llega tarde / a tus manos cansadas,»). Un fragmento de ‘Noviembre’: El frío no ha llegado a este noviembre que asciende por sus piernas cruzadas, mientras huyes a través del cristal de todo aquello que te reduce a lo que ya no eres, una cueva sin más tesoro que su vacío. Hay un grupo de tres poemas dedicados a Louis Ferdinand Céline y, por referencias, a su novela Viaje al fin de la noche que merecen atención aparte. Titulados ‘Céline I’, ‘II’, y ‘III’, se convierten en el encuentro del lector Menéndez con la novela-viaje de Ferdinand Bardamu, vagón este al que sí subimos por elección propia, como cada vez que elegimos un libro y nos adentramos en él («Soy solo un viejo que lee a Céline de noche, / que no es lectura para viejos, me dice, / ... / Por las calles de París, con la mugre / de otro siglo que ya no es este»). Desde la decisión propia a la postura de lector, la identificación literaria con el protagonista y su recorrido vital por países y oficios que le acercan a la destrucción de las personas y a la idea de la muerte, siempre agarrada al pasado: «rememora para él cada mañana lo que fue inquietud y es tedio. // Otras noches galopan a su espalda partida. / Ya no son estas noches». Y la idea del otoño y del pasajero vuelve en el último de los poemas: «Los viajeros regresan / con un sentir anciano / que no han querido abandonar». Así que los tres poemas se unen al libro en su fondo y en su forma. Es un libro muy cuidado en su unidad temática y en su orden, en mantenerse fiel a la tesis que lo convierte en libro, utilizando la memoria propia y la memoria de otros, la observación de lo que nos rodea y la reflexión sobre el pasado y el posible futuro, entre la narratividad de los poemas y el desarrollo libre del lenguaje que vuelve a hacer que sea cada vez lo que fue en su día y su lugar, como (recordando a Tomás Salvador Gónzález) lo que fue pérdida durante un tiempo, luego deja de serlo y se convierte en algo que nunca te abandona. Eso es la esencia del poema, el acontecimiento del poema que tan bien trabaja Pedro Luis Menéndez, que lo que era tiempo-lugar se recupera cada vez que se lee el poema, y como autor, no sea cierto que se es quien se era, sino quien se es. TODAVÍA Si las palabras viven en una tarde verde y sin remedio, en un perfil de dos contra las letras capitales, en la arruga de todos los ancianos, tal vez, quizás o todavía podamos entreabrirnos hacia el mundo, ser vallejos los jueves o los martes, estar aquí después de tantas losas, permanecer. Y junto a eso, los destellos que iluminan los poemas, esos pinchazos de memoria o de observación (‘Toque de queda’) que lanzan el lenguaje hacia su escritura: senderos y cabinas, como en el bellísimo poema ‘Langton Harring’, que tanto me lleva a Chesil Beach, donde una cabina de teléfono y los senderos te llevan a la rendición («Allí, en Langton Harring, / una cabina de teléfono / indicaba el punto exacto / en el que debíamos girar»), o en ‘Rueca’ donde «Hay una casa llena de ceniza», en ‘HUCA’ «Es un eco, pensaste, no su voz», por poner sólo algunos ejemplos. Referencias a Cortázar, no sólo en el primer poema, a Vallejo, tal vez Celan, el ya citado Céline, nos muestran al lector que lleva al autor, dedicado siempre a la literatura que nos da idea de una sólida formación y trayectoria: Pedro Luis Menéndez (Gijón, 1958). Cofundador de la histórica colección de poesía Aeda en 1978, ha publicado poesía y prosa con largos silencios temporales hasta 2018, en que retoma una actividad literaria más continuada que se inicia con el libro de prosas cortas Postales desde el balcón. Sus más recientes libros de poemas son La vida menguante (2019), Ciudad varada (2020) y Cantos (1979-2022), este último una recopilación de sus poemas extensos. Con La madriguera (2023) obtuvo el Premio de poesía José Luis Hidalgo. En el pasado 2024 publicó enCajadas, un híbrido entre relatos y novela. Desde 2017 mantiene una sección semanal sobre poesía y cuentos en el programa La buena tarde de la Radio del Principado de Asturias y es también columnista en El Cuaderno. (Fuente: editorial Difácil). He de reconocer mi tendencia de estos últimos años hacia la poesía de autores castellano-leoneses, gallegos, asturianos, que, muy anclados a la tierra, construyen poéticas que sobrevuelan lo íntimo hacia una belleza de la escritura, honda y muy bien conformada teóricamente. Miguel Casado, Tomás Sánchez Santiago, Olga Novo, el desparecido Tomás Salvador González, Ildefonso García, Ángela Segovia, Natalia Carbajosa, por no hablar de Gamoneda o Claudio Rodríguez, son una muestra de lo que rondan estas bibliotecas. Así que ver a editoriales que desde allí hacen esta labor se agradece. Termino con un poema que defiende la memoria como manera de ser:
PAREDES APILADAS Las casas sin desván son puro vértigo paredes apiladas en las que el luto de los días ennegrece lo que fue claridad y es solo lluvia discreta de noviembre, monótona, recuerdo leve de una canción que miente en las costuras del otoño. Las casas sin desván son el desierto. JAVIER IÁÑEZ PICAZO. ENTRETENIMIENTO PARA INCENDIOS (Difácil, Valladolid, 2025) XXIII Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Son muchos los artistas conocidos y no tanto, que además de su labor plástica utilizan la palabra en su labor creativa. Nos enfrentaríamos a razones diversas que nos explicarían por qué un artista creador, y me refiero a los dedicados principalmente a la imagen, necesita escribir, sea esta una manera de explicar o explicarse, de asentar su pensamiento artístico en palabras, de ser su propio teórico o actuar como crítico, o de abrir un campo al que no acceden con su obra plástica o visual, y al que quieren llegar con un proceso mental distinto. La necesidad de hacerlo convoca no inteligencias múltiples, sino un pensamiento que se proyecta en varios lenguajes que mantienen una preponderancia en lo visual. No me refiero solo a los escritos a modo de diario. En muchos casos, el pensamiento visual se ve proyectado hacia textos que hablan de imágenes, en poemas muy visuales, de imágenes que son poéticas pero ya eran imágenes antes de la palabra. En otros casos son poemas paralelos que reflexionan sobre el modo de vida paralelo al ser artista. Esto depende, claro, de hasta qué punto arte y vida se vean identificadas. También están quienes quieren probar en campos diversos perfectamente diferenciados en metas y métodos, dedicándose a la novela o al relato. Blake, Uslé, Perejaume, Barceló, Saborit, Saura, Tapies, Arroyo, Saura, Charris, Ceballos, etc. son unos pocos ejemplos. El caso de Javier Iáñez es el de una persona formada como artista pero que dirige su camino hacia la teoría y la historia del arte contemporáneo, y por lo tanto mucho más acostumbrado a la articulación teórica y verbal del mundo de las imágenes. Es uno de esos artistas que dirigen su actividad artística al ensayo, y quiero aquí citar Bucear la herida: paisajes (im)posibles de la imagen en la era postfotográfica (2022), el ensayo escrito por Javier Iáñez junto a Manuel Padín y publicado en la editorial Muga, editorial especializada en fotografía, fotolibros y cultura visual. Ese ensayo, merecedor del premio LUR de ensayo en 2021, convocado para promover el pensamiento sobre la fotografía en lengua española, centra todo su desarrollo en la toma de conciencia de la existencia de una herida en todas las imágenes que «implica establecer una fisura, una apertura inherente en toda narración visual. Toda imagen posee, por tanto, una grieta divisoria que separa diferentes regímenes de visibilidad, una fisura que permite la creación y el reparto de nuevas realidades, pero que, al mismo tiempo, nace de la fricción y el choque violento». Y esa relación de la imagen y la herida también va a ser la clave de mi lectura. La poesía, nueva, de Iáñez no se aleja de este uso de la imagen dominante, de la imagen como dominio en el lenguaje poético, y que se hace notar en la elección del afuera, de lo exterior, como eje del discurso. Y explícitamente la fotografía: «En este lado del jardín / donde las fuentes ya no susurran / puedo ver el otro lado del jardín / y puedo verte a ti / sosteniendo (algo que parece) una fotografía; / ese recuerdo oceánico y enjaulado de cuatro esquinas / fósil marchito, plano y rectangular». No es sólo que se explicite el fuera y el afuera, sino que el yo poético es un yo que mira, que observa y construye su yo interior por la selección que hace la mirada, un yo proyectado hacia el otro, hacia un otro herido, el exterior seleccionado y acontecido: el y la otra, los sucesos, objetos, accidentes, cuerpos, sonidos, voces, nombres tallados, surcos... Este es un tema que domina Iáñez por su relación teórica y práctica con el arte contemporáneo, donde la otredad, lo abyecto y el cuerpo herido han sido constantes en las prácticas artísticas desde hace decenios. Sé que puede parecer que hago trampas por mi actividad artística y literaria, buscando esas imágenes que en realidad se forman solas, pero es que cuando el poeta busca más el afuera, la idea del exterior se vuelve más visual que verbal, y es en el poema donde se verbaliza manteniendo esa sinestesia inevitable. Y no es que Javier Iáñez huya de la expresión del sentimiento interno, íntimo, sino que en este libro lo expresa como un cuerpo herido, el suyo, pero volcado en el otro, en el afuera y su acontecer. Lo explica bien en estos versos: «No es el tiempo ni el espacio ni el lenguaje sino / querer parecer un único acontecimiento, / querer ser memoria y sus trastornos, / lo que nos convierte en hiatos». Y en una nota al pie de este poema: «Memoria que es tiempo, espacio y lenguaje a la vez». También en ese mismo poema había dicho «no existimos fuera del texto», en la doble expresión de un fuera y un dentro coincidentes. Y por último, el epígrafe «Siempre puede decirse la verdad en el espacio de una exterioridad salvaje» de Michel Foucault, en el poema titulado ‘Exterioridad salvaje’, certifica la poética del autor. Siguiendo con el cuerpo herido y el trauma, Iáñez hace un ejercicio de inmersión en el trauma de un accidente, manteniendo la frialdad del afuera, como si de nuevo la exterioridad («ahora eres sólo exterioridad») fuera un método de concreción de la interioridad poética. («Anoche flotabas sin vida. / Veo el dolor cada día en cada enchufe / en cada espera»), como si la aparente agresión que propone de entrada nos llevara a una poética del yo que observa. Domina las formas del lenguaje y la poesía con toda la intención de que el lector se vea dirigido, con espacios en blanco que son pausas, pitidos que se repiten, dobles voces con doble tipografía, instrucciones de uso o marcas de vuelo que te identifican con los sucesos que rodean al autor, y que vuelven a aparecer recurrentes, como esos recuerdos no olvidables. Igual que la pérdida en un accidente de tráfico, tema que no se abandona. También las notas a pie, que no son tales, se convierten en contrapuntos que alteran la lectura, quiebros que te devuelven al inicio. Entretenerse en un incendio, en un accidente, es reivindicar que todo pueda ser poesía y arte, en una manera muy actual de enfrentarse al mundo y el acontecimiento, actual, atrevida y contemporánea. No es un poemario difícil pero tampoco fácil, te deja un poso de dolor y herida incurable que reverbera entre la ironía, la muerte, las voces robóticas y el olor a hospital: NOTAS SOBRE HOSPITALES Te conocí en la sala de fumadores de un aeropuerto. No hablamos. Nos encontramos de nuevo años más tarde en la floristería del hospital. Esta fue la última vez. Nunca más he vuelto a verte13. 13 Tampoco sé si esto es algo bueno
Este poemario ha sido galardonado con el XXIII Premio Internacional de Poesía Martín García Ramos, y es justo nombrar la labor de la Fundación que lleva su nombre, dedicada a perpetuar el legado del poeta y profesor, gran promotor de la cultura y de su tierra, y de promover la lectura y, sobre todo la poesía, de la que es buena muestra el recorrido de este concurso de renombre internacional, sobre todo en países de habla hispana, que persigue incentivar la creación poética y dar visibilidad a nuevos talentos, de lo que es buena muestra el libro de Javier Iáñez. |
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