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CARTAS A BELLMUNT. EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE JUAN PÍO MEMBRADO (1851-1923) (Rolde de Estudios Aragoneses / Aladrada, 2023) por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA Cartas a Bellmunt compila y analiza ciento cincuenta epístolas pertenecientes a la correspondencia recibida y enviada por Juan Pío Membrado Ejerique (a quien nos referiremos en adelante como Membrado) entre 1894 y 1923. Las misivas muestran «los valores que defendió, la imagen que proyectó y los asuntos a los que atendió durante su vida pública y en su desempeño privado» y reflejan también «el contexto histórico de la segunda mitad de la Restauración, los anhelos regeneracionistas, la defensa de intereses regionales y la militancia ruralista y agraria». El libro se divide en un prólogo; un preámbulo a cargo de los autores; los capítulos “Juan Pío Membrado Ejerique (1851-1923): ruralismo y descentralización” y “El sabio proyectado desde un rincón bajoaragonés”; el propio epistolario, las referencias bibliográficas y un índice onomástico. El prólogo está firmado por Ramón Mur, sobrino biznieto y custodio del legado de Membrado. Nos informa de que el germen del tratado surgió del trabajo de José Domingo Dueñas (profesor de la Universidad de Zaragoza) para la reedición de una novela. Esa tarea propició el ánimo de publicar el presente conjunto de cartas en el año del centenario de la muerte de Membrado (2023). Alaba Mur la labor de Dueñas y de Carlos Serrano (historiador y secretario ejecutivo de Rolde de Estudios Aragoneses) tanto en la selección de los billetes, nombre con reminiscencias deliciosas, como en la contextualización histórica. Confiesa también con su prosa clara y agradable que el título fue idea suya, ya que todas las cartas se recibieron en Bellmunt o de allí partieron y, puesto que allí vivió toda su vida el homenajeado, le pareció una relación lógica. Membrado era licenciado en Derecho, pero agricultor con vocación de periodista, en el fondo, según indica su familiar. Esta circunstancia hizo factible que redactara la crónica personal de su tiempo en los periódicos de la época (Alcañiz y Zaragoza, pero también Barcelona y Madrid). De la misma manera, mantuvo un intercambio epistolar intenso con personas de todo tipo y condición, y no solo de su comarca, sino de todo Aragón y de otras regiones españolas. El Archivo Membrado, que se mantuvo privado durante cincuenta y nueve años, alberga tres apartados. El primero compila la correspondencia familiar, con ciertas referencias a las guerras carlistas y a la reina Isabel II. El segundo corresponde en su totalidad a Membrado. Es del tercer apartado, que consta de quinientos treinta y un elementos, del que se han escogido ciento cincuenta muestras para ilustrar la biografía, la política, la familia, la amistad, la tierra y el momentum. Hace referencia a una carta de Santiago Vidiella i Jassá como documento decisivo para comprender el regeneracionismo bajoaragonés del primer tercio del siglo. De la misma manera, se destaca la relación de amistad por correo entre Membrado y José Llampayas, que nunca se conocieron, pero que suplieron la falta de contacto físico con letras y fotografías de ambos. Respecto al preámbulo, cuyos autores son los anteriormente citados Dueñas y Serrano, este indica que la obra parte con dos objetivos. El primero es ofrecer un recorrido por momentos esenciales de la vida de Membrado y sus ideas regeneracionistas y revisar las fórmulas en torno al ruralismo y la descentralización, pormenores que se desarrollarán en el capítulo “Juan Pío Membrado Ejerique (1851-1923): ruralismo y descentralización”. El segundo buscará aunar la esfera pública y la privada, y tal se hará en el capítulo “El sabio proyectado desde un rincón bajoaragonés”. “Juan Pío Membrado Ejerique (1851-1923): ruralismo y descentralización” se centra en las obras y artículos de Membrado, estableciendo un primer paralelismo con Costa, del que lo separaría el interés de nuestro autor por la pedagogía en su entorno más próximo, sin desdeñar al público menos formado, como podrían ser los agricultores, jornaleros y pequeños propietarios. Se señalan en el capítulo dos libros de Juan Pío. Comienzan con La agricultura como profesión (1895), cuya tesis preeminente sostiene que «los pueblos rurales no solo habían quedado al margen del progreso [...], sino que padecían y soportaban las mejoras disfrutadas en otros ámbitos. [...] demandaba procedimientos urgentes de descentralización administrativa», a la vez que trataba de desmontar tópicos como el del agricultor ignorante y pobre, ya que defendía al universitario hijo de propietarios que decidía modernizar las explotaciones familiares para crear riqueza y amor por la tierra en la que vivían. Son sus palabras textuales las siguientes: «Son contadísimos los que, viviendo en ciudad, están dispuestos a probar con actos, no con palabras, su deseo de que a los pueblos se les restituya [...] lo que están pagando para el bienestar y ostentación de los hijos mimados de la oligarquía». Continúan glosando El porvenir de mi pueblo. Batalla a la centralización (1907), una defensa a ultranza de la población rural, un recuerdo del abandono en el que la sumen políticas equivocadas, como las de las últimas desamortizaciones que habían sufrido. Esta obra brindó respeto y reconocimiento intelectual a Membrado. Es destacable el hecho de que la ideara a modo de carta al alcalde de su pueblo, lo que entronca también con el texto que nos ocupa. Del mismo modo, El porvenir de mi pueblo es el título del muy estimable cortometraje de Miguel Santesmases, con guion de Ramón Mur. Los autores repasan las ideas asociacionistas de Membrado, así como sus conocimientos técnicos del cultivo. Se pueden percibir sus ideas con respecto a las políticas hidráulicas, su queja sobre el alejamiento de la política y el mundo rural, los elogios a la necesaria educación, las críticas a la guerra de África, etc. Se mencionan diversos folletos, como pueden ser De cómo y por qué fui al ruralismo (1915) y Los pueblos de Aragón ante el regionalismo. Comentarios a la asamblea municipalista de 1916 (1917). «El sabio proyectado desde un rincón bajoaragonés» recuerda que en el epistolario hay un mayor peso del Membrado receptor. Hay escritos que le solicitan ayuda técnica; hay «incidencias y opiniones, peticiones de información, recomendaciones, muestras de interés de personajes relevantes»; correspondencia relacionada con el Fomento del Bajo Aragón, del que sería presidente; felicitaciones; indicaciones sobre la publicación de sus obras; cartas laudatorias; condolencias; notas de pésame; peticiones de mediación y para que se presente a las elecciones por algún partido; intentos de convencerlo para que se adhiera a alguna corriente (ruralismo, municipalismo, georgismo, regeneracionismo, agrarismo, regionalismo, republicanismo, aragonesismo, por nombrar algunas), etc. Leyendo todas las letras que le dirigen, en algunos casos, como a un pater familias común al que se le reconoce la ascendencia sobre la comunidad, el lector no puede sino emocionarse ante la figura de una persona que se manifestó y se comprometió por lo que consideraba justo. Así, le dedicaron frases como estas: «Menos mal que almas como la de usted en su continuo batallar animan y vivifican a los espíritus muertos, si no, nuestra ruina sería inevitable»; «He podido notar que es usted un sabio, que tiene carácter, rectitud, clara inteligencia y sano corazón»; «Persevera en esa tarea y aunque no valga nada, será tu nombre imperecedero en los anales de la historia rural», cita esta última premonitoria. Los asuntos propios del día a día encuentran igualmente un lugar, y podemos conocer recados, consultas de negocios, de ventas, de indumentaria, de arriendos, de compraventa de materiales, noticias de la familia, etc. Sus colaboraciones con la prensa se determinan con precisión en este capítulo. Escribió para todo tipo de periódicos, tanto especializados como generalistas. También cedió sus letras a boletines variopintos. Opinó sobre las campañas del aceite, la falta de comunicaciones, música, ciencia, etc. Las solicitudes de los directores de periódicos son abundantes («Y siendo usted, a juicio de muchos, el más perfecto agricultor de secano de esta comarca [...], ¿no he de conseguir que usted nos dedique unas cuartillas [...]?»). El epistolario en sí se ha ordenado cronológicamente, lo cual permite efectuar un seguimiento biográfico, histórico, ideológico y personal. El criterio temporal posibilitaría que la propia lectura de las cartas nos ofreciera toda la información que pudiéramos precisar sobre Membrado y el mundo que lo rodeaba prescindiendo del prólogo y los estudios introductorios, aunque no sea algo recomendable, a nuestro juicio, pues avanzaríamos más a tientas sin esos mapas tan magníficamente trazados por los autores del prólogo y los estudios introductorios. Es, no obstante, una selección atinada y, no cabe duda de ello, muy meditada.
Debemos situarnos en hace más de un siglo. Membrado empleaba la pluma y el correo para hacer oír sus ideas escribiendo en un pueblo aragonés apoyado en un humilde escritorio. Es hermoso pensar en aquella entrega a la belleza del género epistolar, que tan abundante y rico fue desde el mundo clásico hasta hace relativamente poco, con la llegada del correo electrónico o la mensajería instantánea. En estas misivas saltan a la vista el esfuerzo, la concentración, la buena sintaxis y el empeño por lograr una comunicación basada en el respeto por el destinatario. Leer los refinados saludos, las educadas despedidas, la consideración hacia la otra persona, en definitiva, recordar los buenos modales es un placer ya impropio del día a día, donde, salvo en determinados ambientes marcados por los protocolos, parecemos haber desdeñado unos hábitos que nos permitían ser y estar en sociedad acatando unas normas de convivencia. A aquellos años más civilizados nos retrotraen las cartas a nuestra disposición. Merecen unas breves líneas tanto las referencias bibliográficas como el índice onomástico, ambos bien resueltos, muy útiles para profundizar en la materia si se desea y un indispensable complemento para las minuciosas notas a pie de página que jalonan los textos. Es obligado apuntar que está incluida la obra de Ramón Mur al respecto de Membrado, que podemos juzgar de imprescindible para la comprensión del escritor y de su tiempo, en concreto, Sadurija. Anales secretos de la casa Membrado, que ya reseñamos en su momento. Sería imperdonable no hacer referencia a las imágenes que ilustran el volumen, de la mano del fotógrafo Alberto Bayod y del Archivo Membrado, que ejercen de pequeña ventana a un tiempo que ya pasó y que nos permiten ver el hogar, la familia, el trabajo, las ropas y diríase que hasta el aire que se respiraba. Es muy agradable también disponer de reproducciones en facsímil para contrastarlas con las transcripciones. La publicación está muy cuidada en todos sus aspectos, y es de agradecer una chispa de originalidad en las palabras de cierre («Este libro se coció a fuego lento en torno al centenario de la muerte de Juan Pío Membrado, durante el año 2023, y estuvo listo para ser degustado muy poco después»). Estimulados por haber podido conocer algo más de la vida y la obra de un hombre bueno, genuinamente interesado por sus paisanos, y en su homenaje, nos despedimos con las palabras que le dedicó Juan Monea: «Don Juan Pío Membrado y Ejerique, infanzón, Dios os guarde».
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JESÚS MONTOYA JUÁREZ. LOS SUEÑOS AÉREOS (La Fea Burguesía, Murcia, 2024) por ÁNGEL ROSAURO MORAGUES PER ASPERA AD ASTRA Decía Valle-Inclán, en una entrevista del ABC concedida a Gregorio Martínez Sierra en 1928, que hay tres modos de ver el mundo artística o estéticamente: de rodillas, en pie o levantado en el aire. Y, lo cierto es que, en este caso, no hay mejor presentación para Los sueños aéreos que aquella que pondere el vértigo con el que el autor, Jesús Montoya Juárez, mira su propio descenso a los infiernos mediante la poesía. En efecto, Los sueños aéreos es un libro de poemas o, mejor dicho, el primer poemario que escribe Jesús Montoya (profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Murcia) y que se suma a otras publicaciones de creación literaria como son sus cuentos (Historias de otros de 2006 y El tiempo real de 2020). Cuando el lector se adentra en sus páginas, lo que más cautiva su atención es la cuidada estructura con la que se construye el poemario. En este tipo de libros suele ser común encontrar una serie de poemas independientes entre sí y que acaben constituyendo una obra heterogénea y ciertamente deslavazada. No ocurre eso aquí. En esta ocasión, existe un hilo conductor bastante bien definido que guía al lector siguiendo el esquema tripartito con el que Dante construyó su Divina comedia, lo cual constituye la primera de las intertextualidades presentadas por el poeta. Además, también se sigue un equilibrio estructural en el que cada una de las tres partes está conformada por siete composiciones, lo cual denota la igualdad de atención e importancia que el escritor concede a cada sección. La primera parte (“Infierno”) destaca esencialmente por el esbozo de la ingravidez y la incertidumbre vital que siente el ser humano ante la nada (que el poeta lexicaliza con la repetición de un sintagma que repite, a modo de epifonema, esa idea de desprendimiento: «el espacio»). Evidentemente, la clave interpretativa para leer esas imágenes aéreas (como ocurre en el poema ‘Viaje a Marte’) es difícil de encontrar si se parte únicamente de la letra literaria. No obstante, es en el epílogo donde se explica que estos poemas fueron escritos durante un periodo de sufrimiento en el que el propio autor padeció el DCA (Daño Cerebral Adquirido) de su hijo. Esto, desde el punto de vista literario, también abre una puerta a la interpretación de estas composiciones líricas a través de una vertiente autobiográfica o autoficcional. Por otro lado, a la riqueza de imágenes se suma también el cuidado del ritmo poético a partir del empleo de frecuentes paralelismos sintáctico-semánticos a modo de autointerpelaciones condicionales que exploran el tema de la culpa («si algún síntoma previo lo hubiera delatado; si los quince minutos que demoraste en traerlo al hospital no hubieran existido»). Asimismo, tampoco se ha de olvidar que es un libro que escribe un profesor universitario de literatura, ya que el empleo de motivos y referencias de la tradición literaria es una constante que exige a un lector activo que reconozca una intertextualidad tanto explícita (alusión a las obras de Bécquer, Alejandra Pizarnik, César Vallejo o Machado, como sucede en el poema titulado ‘Whitman’) como implícita. Esta última se presentaría mediante poemas como ‘Los libros y la noche’, verso del ‘Poema de los dones’ de Borges, con el que se evocan las desafortunadas ironías de la vida. Este dialogismo textual también se mostraría con la alusión al mito de Sísifo o a través de la equiparación de los nueve círculos del infierno dantesco con los nueve componentes que recoge el poema ‘Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate’, verso de la Divina comedia que da la bienvenida a Dante y Virgilio a las puertas del infierno. De este modo, el escritor consigue que el lector, de forma casi inconsciente, empiece a interiorizar el desgarrón expresionista con el que el poeta dibuja el dolor por la enfermedad de un hijo. La segunda parte (“Purgatorio”) es especialmente reseñable por el manejo retórico formal y temático que demuestra el autor al conocer la tradición literaria e innovar a partir de ella. Esto se puede percibir gracias a la combinación de serventesios alejandrinos con los versos libres preponderantes en toda la obra. Igualmente, se presenta una voz poética con un estilo bastante variado cuando esta es capaz de intercalar una poesía de corte social (presente en la formulación de críticas contra la falta de recursos médicos en poemas como ‘La casa de los cerebros rotos’) con un lirismo de carácter onírico y surrealizante (con poderosas imágenes como la siguiente: «hay fantasmas dormidos que despiertan gritando y atraviesan la noche como corceles negros»).
Otro de los rasgos por los que este libro merece especial atención por parte de los lectores es la incorporación literaturizada de motivos de carácter popular. Esto sucede cuando, en composiciones como ‘La máquina de vending’, se incluye la constelación del capitalismo publicitario mediante los «phoskitos», «kit kats» o «ruffles», cuya levedad se contrapone a la verdadera lucha por la vida. Asimismo, también resalta el empleo de la función metalingüística en poemas como ‘Ut pictura poesis’ (que toma su título de una locución latina que fija el vínculo ecfrástico que existe entre la pintura y la poesía) al profundizar sobre la limitación referencial del lenguaje (i. e. inefabilidad lingüística que impide la verbalización del dolor humano). En esta segunda sección también es interesante el poema ‘Escrito está en mi mal vuestro gesto’, que dialoga de forma desautomatizadora con el ‘Soneto V’ de Garcilaso de la Vega («Escrito está en mi alma vuestro gesto...») y con el dolce stil novo para insuflar un hálito de esperanza ante el tedio vital que prevalece en el tono del yo poético. En la tercera parte (“Paradiso”), la perspectiva de los poemas empieza a cambiar y es el sentimiento de esperanza el que vira el rumbo de las composiciones. Del mismo modo, en poemas como ‘Devastación’ también estará presente un sentimiento de incredulidad por ir dejando atrás la enfermedad. De hecho, la voz poética comienza a adoptar una emoción más optimista y, a diferencia de lo que ocurría en ‘La máquina de vending’ (máquina expendedora de un hospital), ahora el uso de símbolos de la cultura popular («pokèmon», «McDonald’s»...), en poemas como ‘Definición de vuelo’, quedan cargados con una connotación semántica positiva. Además, otro de los alicientes que invitan a leer la obra es la capacidad que demuestra el autor, especialmente en ‘Elefante’, de crear escisiones comunicativas y pragmáticas del yo poético, ya que este se convierte, al mismo tiempo, en el emisor y el receptor del poema (también gracias al empleo gramatical de la segunda persona del singular). Todo ello transmite la sensación de que el poeta pretende construir un diario íntimo con el que literaturizar y plasmar una experiencia vital que despertó en él las emociones más intensas. Y, efectivamente, entre los rasgos más destacados de la obra, se encuentra la ilustración del ambiente de introspección creativa en el que el poeta escribió la obra (o, al menos, una parte de ella) con el empleo de un tono confesional. Esto se puede atisbar en poemas como ‘Juego de café’. Esta es, en conclusión, una obra realmente completa que, además de su conmovedor lirismo, técnicamente combina una gran cantidad de recursos como los que se han mencionado, los cuales, eso sí, van dirigidos a un lector activo. Sin embargo, quizá lo más reseñable del libro sea la habilidad para articularlo de una manera limpia y contundente a la vez. En este caso, uno de los mejores poemas, ‘La esperanza’, a pesar del sufrimiento paternofilial retratado, construye un canto vitalista que se erige como el verdadero poso del poemario. El verso con el que concluye este podría haber sido «militia est vita hominis super terram», pero no, ese no es el mensaje que quiere dejar el poeta. Él lo tiene muy claro: «milita para siempre en la esperanza», ese es su colofón. JORGE PÉREZ CEBRIÁN. PERO NUNCA LOS HUESOS DE LAS AVES (Pre-Textos, Valencia, 2024) por PEDRO GARCÍA CUETO EL HONDO MIRAR A LA VIDA Jorge Pérez Cebrián, gran poeta que nos ha alumbrado ya con libros tan luminosos como De cuánta noche cabe en un espejo, vuelve con una obra donde anida el paisaje sentimental de la vida. Y es un viaje iniciático a la verdad del mundo titulado Pero nunca los huesos de las aves, que ha ganado el XVI Premio de Poesía Joven Radio Nacional de España-Fundación Montemadrid. Está compuesto por tres partes. En la primera, “Devolver el remo”, el poeta anhela el néctar del mundo y se acerca a la verdad íntima de la Naturaleza. Así lo podemos ver en ‘Natura Naturata’, cuando dice: «Sal al jardín. / Escucha los secretos / que duermen en los cráneos de las flores / y empañan esta noche con cuidado. / Ven. / El aire acogerá tu cuerpo / como una magia leve y cotidiana / y las hojas responderán su brisa / en algo parecido a un mismo idioma».
Este viaje que es desvelamiento, este afán de descubrir en el mundo la belleza cobra toda su fascinación, desde ese «cráneo de las flores» que humaniza a la flor, la convierte en un espacio donde habitar. Y habitamos en ese paisaje, donde nuestro cuerpo puede descansar, sin la prisa del día, en ese ocio contemplativo, que diría Gil-Albert. También anida en el poema el resplandor de lo cotidiano, llamarada que vive en cada uno de nosotros. Cuando al final del poema dice: «y eres verbo en la voz del universo», vemos cómo converge lo humano en la metafísica del tiempo, en la hondonada de la Naturaleza, cómo se sumerge, navegando el poeta, en el infinito de la vida que no muere. En la segunda parte, “Antes de que nos halle la mentira”, Pérez Cebrián, envuelto ya en el ascetismo del ser que se eleva, nos ofrece poemas que son susurros, donde uno canta el silencio, donde esplende el murmullo del planeta. Así dice en ‘Un río que fue lluvia’: «Pienso tu cuerpo / refugiándose al manto de otras manos, / y pienso vagamente / adónde van los astros cuando callan». La belleza del tacto, el silencio de lo lejano, pero con el que también convivimos, la espiritualidad del mundo hecho carne. Todo converge: el ayer, al que llama en la espera; el futuro, al que invoca por si vuelve. Y en el tercer apartado, titulado “La sangre de Agamenón en el cuello de un cisne”, el autor convierte el arte de decir en una invocación. Los recuerdos de los seres amados aparecen, porque el verso los convoca. En ‘Ligero de equipaje’ dice: «Y guardaré la joven mirada de mi madre / como un caudal de lunas fiel y herido / como un verbo incansable sobre el sueño / de alguna tierra triste anochecida». Y volverá el color de una tarde de la infancia, porque todos los tiempos nos devuelven al niño que fuimos, conversan con nosotros, los niños en cuerpo de hombres que se van encaminando al morir. Pero no hay fatalismo, y es hermoso cuando dice: «este que nada tuvo / nada os deja que no sea ya vuestro». Somos, por tanto, leves como la tierra, henchidos de ceniza, seres que albergan otros seres, luces que esconden otras sombras. Libro hermoso de un poeta que resplandece, que en su poesía va abrigando la vida, para conjurar el tiempo amado y la Naturaleza, hoguera donde canta el mundo. SANTIAGO A. LÓPEZ NAVIA. DESLINDES (Madrid, Huerga y Fierro, 2025) por AMPARO GARCÍA OTERO La voz de Santiago López Navia posee remembranzas clásicas que él absorbe y recrea con su propio estilo creando un hilo conductor entre nuestras raíces culturales y la poesía actual. Es poeta de verso claro, conocedor de las diferentes disciplinas versificadoras, maneja maravillosamente el endecasílabo y sus sonetos son sencillamente perfectos: no les falta ni les sobra absolutamente nada, brotan de su pluma como el agua de un manantial, cada palabra en su lugar, sin que se perciba ningún esfuerzo, ni en la métrica ni en la rima. Es un poeta rendido a la poesía en todo cuanto contempla, toca, o sencillamente siente. Él mismo nos confiesa que la poesía le persigue y que el poema se le presenta aún sin buscarlo. Creo que fue Miguel Ángel Buonarroti quien respondió a alguien que le preguntó acerca de su capacidad de intuir la escultura dentro del bloque de piedra que la escultura está ahí y el escultor se limita a retirar lo que sobra. Pues algo así me atrevería a decir del poema: está ahí, en lo cotidiano, simplemente hay que quitarle a la vida lo que le sobra y el poema estará servido. El autor se nos muestra perito en la dura tarea de vivir, pese a que, a la vista está, le queda tiempo de sobra para exprimir de la vida nuevas y prometedoras vivencias. Pretende hacernos creer que su vida ha entrado en esa fase en la que uno se convierte en contable de sí mismo, y se lo aceptaremos a condición de que nos prometa regresar con un Deslindes II, porque aún está en esa edad en que los recuerdos empiezan a teñirse de dorado sin alcanzar todavía el tono del oro añejo. Deslindes, como su propio nombre indica, señala una fórmula para marcar terreno, un espacio del que el autor no pretende adueñarse, pues según su propia opinión, esto de nadie era antes de que él llegara y de nadie será cuando él se vaya. El poeta se limita a marcar las lindes que circundan su propia experiencia: un «estoy aquí», «este es el lugar que mi vida ocupa», «este soy yo» y siempre acompañado por mi circunstancia de poeta que nunca me abandona. López Navia es un poeta ameno, que escribe desde sí mismo pero muy consciente de que existe un “otro” en el lado opuesto: el lector, imprescindible para conformar el tándem literario. En cierta forma sugiere la necesidad de una respuesta. No se conforma con recibir su propio eco, sino que comparte cuanto escribe como quien ofreciera una parte del racimo de su propia viña. Despierta el pensamiento y lleva a dialogar mentalmente con el poema. Además, posee el don de dibujar con la palabra una visualización de cuanto describe. Se trata, en líneas generales, de «poemas que se ven». Atesora un vocabulario amplísimo y enriquecedor para el lector. Provoca colores y aromas a partir del milagro de la palabra escrita. A lo largo de su extensa obra el poeta nos ha venido ofreciendo una visión compartida de algo que vive dentro de todos nosotros: la infancia como patria imperecedera, la familia y los paisajes que la adornan, el amor, la alegría, la nostalgia y algo distinto y esencial: el humor. Si difícil es la disciplina poética, mucho más lo es el hecho de mezclar humor y poesía, y este rasgo genial siempre está presente en la personalidad de López Navia. El poemario Deslindes consta fundamentalmente de tres cuerpos y un —llamémoslo— epílogo protagonizado por su heterónimo Antero Freire, del que hablaremos en su momento. La primera parte del libro se denomina “Agenda”. Aquí el poeta vierte un goteo de sus experiencias a modo de anotaciones grabadas en su memoria con el cúmulo de los años; corazón que vive a través del tiempo hasta que la experiencia desemboca en la libertad; poeta explorador de su propia ruta que canta el ansia de vivir, preguntándose «qué quedará de mí, de lo que he sido»; voz que pregona el valor de la resistencia frente a todo, saberse persona entre la gente, añorar días ya lejanos a sabiendas de que el tiempo es el eje que domina la existencia, volviendo la mirada a la contemplación con un verso que reza: «Y hay mucho que no hacer de vez en cuando». La segunda parte del poemario la titula “Tratamiento, Receta, Posología”. Aquí el poeta continúa dibujando en sus versos los daños del tiempo y plantea un método de resiliencia frente a ese fantasma silencioso que nos empuja muy a nuestro pesar: la paz interior, el resguardo en los cuarteles de invierno. Nos plantea como solución concertar un pacto con uno mismo aplicando «emplastos empapados en paciencia» y un tratamiento basado en «Resilientil y Aguantoformo», aunque a veces la vida nos sorprende a destiempo y lo mejor que podemos hacer es ponernos un protector para no rompernos las narices. Se trata de subrayar la resistencia del guerrero frente al enemigo inevitable e implacable, pero haciéndole frente. El tiempo no perdona, pero no vamos a rendirnos mientras nos queden estrategias. También nos recuerda que a cada día le basta la palabra que le corresponde como si se tratara de una hoja en blanco. Este tratamiento y posología que el poeta nos aconseja nos sitúa frente a un hombre maduro y sabio que conoce el paño con el que se reviste la existencia y valora la sabiduría vieja y popular del refranero, pasado por un tamiz de siglos. Quiero destacar el genial soneto que el poeta dedica a sus propias ojeras. El tercer cuerpo del poemario nos presenta el “Inventario”, un repaso de lo vivido: «Vivir es caminar, marcar un paso»; «y fuimos tan felices sin saberlo». Nos introduce el poeta en un ambiente de nostalgia, de la huella que uno deja sobre la huella que dejaron otros, sobre la brevedad, hermosa como la amapola. Luego nos guía y acompaña a través de una serie de paisajes que conllevan una lectura de la naturaleza, una visión que me retrotrae hacia algunos ecos machadianos: la naturaleza como principio y fin, que a todo da vida y a la que todo regresa. Cabe detenerse en la visión de las pequeñas cosas, y quiero referirme especialmente a un delicioso soneto, ‘Planto por un bote de mermelada’, en el que se condensan la añoranza, el gozo de lo vivido y esa gotita de humor con la que López Navia sabe sazonar su poesía. Llegados a este punto, nos tropezamos con versos que nos zambullen en conceptos esenciales: la añoranza de aquel báculo que fue la madre, el triunfo de la naturaleza sobre la civilización y la proclamación de la luz como victoria; la añoranza de la felicidad es estéril porque esa felicidad aún reside en nosotros. Esperanza: el viento siempre tiene algo que decirnos. El poeta se siente con fuerzas suficientes para recuperarse del daño de haber vivido, como esa hermosa mariposa en noviembre. Hay ruinas que nunca más serán edificios y el balance concluye volviendo de nuevo la vista hacia lo esencial, a lo indestructible y victorioso. Estas conclusiones me recuerdan el viaje odiseico hacia Ítaca: partimos de lo que somos para regresar a lo que fuimos, al espíritu que nos alimentó y nos alimenta. Pasamos ya a la última parte del poemario que, a modo de epílogo, nos hermana con el amigo heterónimo Antero Freire, ermitaño sabio y audaz en sus conclusiones, vencedor de los diablos que le visitan, siete en total, cada uno blandiendo las maravillas de uno de los pecados capitales, tentadores como hiciera Satanás con Cristo en su retiro. Unos diablillos ingenuos que no saben con quién se la juegan, pues el ermitaño, encaramado en su cerro, está ya de vuelta de todo y a todas las tentaciones replica dejando a los diablillos sin defensa ni respuesta, condenados sin remedio a contentarse con ir a tentar a inmaduros y curiosos que, con pocas luces, suelen dejarse llevar por el colorido de una oferta que a la postre se resuelve en humo. Ese es tal vez el castigo infernal de quienes sucumben a los halagos del diablo: la nada.
Es imposible resumir en unos folios toda la sabiduría y buen hacer de Santiago López Navia, que vuelca en este poemario un auténtico tratado existencial, entre lo poético y lo didáctico, de quien ha vivido y ha sabido exprimir el jugo de lo experimentado para transmitirlo a través de su verso. Aguardamos su próxima entrega. Así sea, porque todos sabemos que tiene cuerda para rato. EMILIO GAVILANES. ANOTACIONES A LÁPIZ (Newcastle, Murcia, 2025) por ANTONIO GÓMEZ RIBELLES Nos estamos acostumbrando a los verdaderos libros de bolsillo, los que de verdad caben en uno, que varias editoriales trabajan como seña de identidad. Llegan a casa pequeños volúmenes que están demostrando ser una manera muy efectiva que tienen las editoriales de responder a unos tiempos en los que el tiempo (valga la redundancia) parece comprimir la lectura a un tamaño menor, pero no a una menor calidad, sino a la búsqueda, en su concreción, de elevar a la categoría de pequeños tratados (a la manera de Pascal Quignard) lo que se publica. Siempre los ha habido, es cierto, pero desde hace unos años editoriales como MUGA, con sus estudios de la imagen, WunderKammer en su colección ‘Cahiers’, EOLAS en su maravillosa colección ‘De la belleza’, o la cercana La nube de piedra en la edición de poesía, han recurrrido a estos formatos por estética y estrategia editorial. Ensayo, poesía, cuento, miscelánea, literatura híbrida y aforismos. Todo cabe en el pequeño formato sin perder rigor ni importancia. Y hoy hablamos de un libro publicado por Newcastle Ediciones, que desde el principio optó por un diseño de colección marcadamente reconocible, de pequeño formato, con diseño y portada de Cristina Morano, y con un gran cuidado en la selección y edición de Javier Castro Florez. El tiempo disponible, o la necesidad de capturar un momento o el pensamiento, nos obliga a los artistas a llevar un cuaderno en un bolsillo, de nuevo el tamaño, donde escribimos o dibujamos rápidamente aquello que no queremos que se pierda. Porque se pierde. Anotaciones a lápiz es uno de estos libros que recoge, como su nombre indica, esas escrituras breves, o no tanto, que surgen en momentos diversos, sin necesidad de pertenencia a una narración o ensayo superior. Evidentemente escritas a mano y a lápiz, tienen la frescura de lo que se escribe en el momento, o de la carta escrita mientras se toma un café, y se les dota y nos transmiten una sinceridad y honestidad que nos llevan a conocer al autor. Porque lo que se reúne en el libro de Emilio Gavilanes nos lleva a lo personal. Las anotaciones son distintas de la autobiografía por más que respondan a presupuestos similares, sobre todo las que recurren a la memoria y los recuerdos del autor, que, como todos, pervive en él como mecanismo de presente y futuro. Pero la instantaneidad que da la propia forma de trabajo, de inmediatez sincera, hace que entremos en una conversación con el autor, cara a cara, y en una conversación en la que caben las discrepancias y las puntualizaciones; pero esa es la historia del lector. Habla Emilio Gavilanes de que la principal virtud de los libros es crear un clima: «Lo principal, me parece, es que el libro cree un clima en el que nos sentimos a gusto, y ese clima puede ser estético, intelectual, poético, humorístico, religioso, emocional, nostálgico... el clima es algo parecido al tono. El tono es más importante que el estilo. Se puede escribir con estilos muy diferentes en un mismo tono. Y es el tono el que nos hace digeribles los estilos». Esto que defiende es evidente que lo pone en práctica en sus Anotaciones, es, de hecho, lo que da consistencia a un proceso de captura y registro de lo efímero, conseguir de manera natural aunar en una misma calidad literaria y en un mismo tono textos de muy variada intencionalidad que él mismo se ha ocupado de citar. Se usa el término fragmento para definir estos textos de extensión variable que en principio no nacen como pertenecientes a una narración superior, y creo que él mismo lo defiende como el más adaptado a los tiempos y al funcionamiento de nuestra mente. No creo que los buenos lectores precisen adaptar su tiempo de lectura a los designios de la actualidad, podría incluso ser al revés, pero si es cierto que, como escritor, Emilio Gavilanes forma parte de los autores que conciben su literatura como una constante observación del mundo, «una especie de mirador desde el que observar el mundo exterior y un mundo interior en el que cualquiera se puede reconocer», como se dice en la contraportada. Es una constante en la actividad del escritor el dejar constancia de lecturas, recuerdos, observaciones, reflexiones, que corresponden a la vida diaria y a un mundo interior más elevado, y son, por lo tanto, fragmentos de un continuum literario, que podrán ser recogidos o no (en este caso sí), pero pertenecen a esa obra artístico-literaria global. La estructura del libro es una pura sucesión de textos, tanto da si son en sucesión cronológica o se ha trabajado el orden para la edición, pero no hay títulos ni capítulos temáticos. Los fragmentos aparecen como pueden haber surgido en los cuadernos donde se escribe con ese lápiz que siempre presenta un cierto carácter provisional; hasta hoy, que ya han sido fijados en este libro. Pero seguir usando el lápiz incluso en la portada sigue manteniendo la posibilidad de que las conclusiones no lo sean, de que se pueda cambiar, borrar o corregir y ampliar. Señala la persistencia en la razón primera de su registro y su publicación y en la continuidad de la tarea. Muchos temas distintos muestran el interés del autor, y no se trata en esta reseña de hacer un registro concienzudo de ellos; están los recuerdos autobiográficos, las lecturas y referencias críticas, la reflexiones filosóficas y sociales, los relatos recogidos de la historia y la literatura. Y es que, como él mismo dice: «Cuando oímos una buena historia estamos deseando contarla nosotros. No nos importa plagiarla... Somos animales miméticos». Es Emilio Gavilanes un gran contador de historias, tiene una capacidad literaria de alto nivel, un lenguaje preciso para la finalidad que persigue, sin desvaríos ni excesos innecesarios. Lo mejor que se puede decir de un escritor es que sus recursos literarios no te invadan la lectura, que la voz no se entrometa, y eso es evidente en este libro. También es notable su capacidad de condensación para lanzar ideas que obligan a la reflexión del lector. Citaré una de las más breves: «Lo mejor de muchos museos es lo que se ve desde las ventanas». Toda la carga crítica reunida en una sola frase, que reúne tanto la duda sobre la necesidad de algunos museos, sin especificar cuáles, de la propia idea de museo, de la calidad de lo ahí reunido o de su importancia, que habla del arte y la belleza, y de si la observación directa es más importante en algunos momentos que las obras humanas o sus restos. Una sola frase que puede provocar horas de discusión.
Otra parecida es: «Uno es más consciente de la vida en el dolor que en la felicidad. Como está más vivo es sufriendo». De nuevo el choque con lo que parece establecido, con las ideas socialmente preconcebidas. No se trata de estar de acuerdo o no, sino de tener el lápiz a mano para anotar. El amor a la lectura es notorio, algo común a todos los escritores, «leer es una forma de escribir», y Gavilanes anota gran cantidad de lecturas y autores, leídos, citados, comentados, e incluso criticados. Como dice él, un lector lleva a cabo la opción activa de elegir un libro y desechar otros, de leer contra determinados libros. De la misma manera que uno elige como acto voluntario la lectura, la elección de un paisaje o de un momento concreto como cercanos o pura belleza es también una elección activa y voluntaria. El lector y el escritor están unidos en todo el libro. La observación atenta de la realidad nos lleva al impacto de lo cotidiano, eso que de tan habitual nunca le hace perder su capacidad de asombro, y que necesitará dejar escrito como forma de iluminar su mundo. Y es que Gavilanes sabe muy bien del poder de la palabra, del mito y del poder de dar nombres para crear mundo, y de la poesía, como demuestran sus libros de haikus. Sí quiero, para terminar, citar un tema recurrente que aparece en el libro que me llama especialmente la atención, no es extraño que aparezca una y otra vez como una reflexión filosófica sobre la propia vida, y es el concepto de tiempo y cómo nos adaptamos a su transcurso. No es sólo el tiempo cronológico, del que duda, ése que «se comporta de manera astuta, y... finge avanzar de manera uniforme», sino cómo sentimos ese tiempo, desde la percepción del pasado y cómo lo alteramos, lo asumimos para formar nuestro presente, algo que hará notar en sus relatos más autobiográficos, sino también la idea del tiempo como noción biológica, individual, hasta la toma de conciencia de que... «El presente es eterno, está fijo. Y eso no lo desmiente el paso del tiempo. El hecho de que las cosas desaparezcan, se desvanezcan en la nada, ahora lo veo como algo sublime. Es la mayor magia que puede existir. Pero es que además las cosas mientras son, son para siempre. El ser no tiene tratos con el tiempo». Emilio Gavilanes es un autor de gran recorrido y numerosa obra publicada y acostumbrado a trabajar en ese género que se haya en los límites entre el cuento, el microrrelato, la poesía, la novela. Con varios premios en su haber, incluido el XII Premio Setenil, Anotaciones a lápiz es una buena muestra de su buen hacer y una magnífica oportunidad de entrar en su mundo, gracias a Newcastle. |
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