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MARCOS DE LA FUENTE. VALLES PROFECÍA (Espasa, Madrid, 2025) por ISABEL CASTELAO-GÓMEZ POESÍA BEAT TRANSATLÁNTICA La poesía somos nosotros cuando leemos poesía y estos poemas son los valles que descifran el mundo. Valles Profecía Marcos de la Fuente (Vigo, 1976), aunque inmigrante gallego, puede ser considerado ya un Brooklynite por derecho. Ha devuelto suficiente vida a la ciudad de Nueva York durante casi una década curando cuerpos y almas. Además de su vocación como poeta (con todas las connotaciones clásicas que se adhieren: romántico, épico, idealista, visionario), congrega a poetas multiculturales y sus lenguas dos veces al mes (en el espacio “Se buscan poetas” en el mítico Bowery Poetry Club) y lidera, junto a Vanesa Álvarez, artista visual y compañera, el reconocido Kerouac Festival de poesía escénica con sede también en Ciudad de México y Vigo. Curar cuerpos lo hace también como fisioterapeuta. Esta práctica está directamente conectada con su poesía donde el mensaje interacciona desde la voz y lo performativo, donde el origen del poema proviene de la corporalidad, y donde la generosidad vocacional del que cuida se refleja en un deseo de bien común o ético y un nosotros inclusivo que aleja el ego poético. Esta reseña de Valles Profecía, libro presentado en el Instituto Cervantes de Nueva York con la invitada de honor de la cónsul española, llega casi a la vez de la publicación de su siguiente libro, El poeta vs. la máquina. De la Fuente es un escritor incansable, reconocido en Nueva York por su activismo poético, para el que fundó el colectivo Poetryfighters. Este es su cuarto libro, aparece en diversas antologías y participa en proyectos colaborativos de vanguardia, además de ser padre y gestor cultural. Una energía de urgencia que se traslada al ritmo poético de sus versos, propulsados por el anhelo de llegar, instantáneos y espontáneos, y un pulso de respiración que los mueve sin pausa. Todo ello herencia clara de la poesía de la Generación Beat, que cambió el rumbo de la sociedad y la literatura norteamericana en los años 50 y 60, con Allen Ginsberg y Jack Kerouac a la cabeza. Declarado admirador de este movimiento, encontramos sus ecos y los de Walt Whitman como precursor. Aunque conocido por su actividad cultural, creo que De la Fuente es sobre todo poeta, con la visión de dimensionar la poesía al mundo para compartirla. Sin embargo, el espíritu de este poemario, aunque rápido en forma, desvela un mecer oceánico soterrado desde la nostalgia del soñador, viajero e inmigrante, indudablemente desprendida de su raíz gallega, y del peregrino o marinero que, imbuido en el fluir, no olvida su misión. Un caminante de valles agua y valles palabras, como también lo fue Jack Kerouac en las llanuras del medio oeste norteamericano, en coche en vez de en barco. De la Fuente cruza un Atlántico de punta a punta, de Vigo a Nueva York, con la determinación, como dijo Thoreau, de «vivir deliberadamente» en torno a la poesía. León Felipe, inmigrante en Nueva York y otra influencia del poeta, ya llama a la visión del marinero para que lance una estrella que ilumine la oscuridad en ‘Drop a star’. La tercera sección, “Un hogar abandonado”, es sobre el mar como origen de vida, denunciando su desaparición desde una conciencia ecológica: «echaremos de menos las branquias, echaremos esas que no quisimos, que rápidamente cayeron / los pulmones, limitados y secos, se ahogarán en el llanto [...] Sin herencia / Sin legado» (‘Mares muriendo’). La alegría y lamento por el lugar y pertenencia (“morriña”) se alían con el entusiasmo del viaje, un camino entre el pasado y futuro por un valle mar. En la sección “La lengua de los abuelos”, el poema homónimo bilingüe, se pregunta: «¿Falarán os netos a mesma lingua que os seus avos?». La primera sección, “Latido Herencia”, contiene los poemas más significativos. La licencia sintáctica del adjetivo nominal y la fuerza que transmite nos pausa para conectar Latido-Herencia, o Valles-Profecía, como la voz poética lo hace entre una persona y otra para crear comunidad, entre el lenguaje y la acción, o la pulsión del momento presente (latido) y el pasado (herencia). Como bien indica Óscar Curieses en su introducción, el libro se mueve ágil entre pasado, presente y futuro. Los cuales reconozco como afectos: la nostalgia del testigo que honra la raíz, la celebración del presente y los cuerpos, la profecía de un mensaje para el futuro. ‘Los circuitos colinérgicos’ (neurotransmisores que activan la memoria, atención y movimiento) contiene (al igual que ‘Latido Herencia’) las estrofas más bellas del poemario: «La lengua está escondida y sale a pasear en auroras extranjeras que emigran al golfo / A veces las raíces son tan fuertes que no dejan crecer el árbol / Afortunadamente no tienen ojos los corazones / La tierra está llena de sangre y siguen preguntando por el duende / Alguien lo vio caminando deprisa por la calle catorce en el centro de Manhattan / Iba envuelto en un haz de sombreros que trajo el viento del sur le seguía un caballo manso / Demasiado tarde para ser joven, ser fresco, blandir la excusa de los sueños / Demasiado pronto para ser leyenda, recuerdo imborrable, arena de aguacero / Demasiado pequeño para ser planeta, montaña a Medina, país inventado / Demasiado grande para un solo cuerpo». La fuerza de la repetición y la anáfora de una voz visionaria que llama y acoge (como Whitman y Ginsberg) muta como marea hacia la vulnerabilidad del que busca al otro. No es baladí que se mencione por su influencia a la poeta neoyorquina beat Anne Waldman en ‘Latido Herencia’: «Hablemos / He venido a quitarte el frío húmedo de la mañana / He venido a desatarte a entregarte a los ciervos / He venido a regalarte la segunda hoja del poema que Anne Waldman dejó olvidada en su mesa del KGB la otra noche / He venido a llamar a tu puerta porque llegan antes los pies que las plegarias / No leíste en el vuelo de un gorrión de Vermont que mi piel está perdiendo la batalla / Se está secando y la frontera no tardará en caer». Veo en De la Fuente la influencia romántica poco reconocida en los beat: la fe en la literatura como arma de cambio social, la honestidad de un lenguaje auténtico de la experiencia que se transmite desnudo y que moviliza (y que el poeta honra en el repetido aullido performativo en sus actuaciones: “Beautiful naked minds!”). Se revela el ritmo del lenguaje desde la energía desbordante y la vibración acelerada de la ciudad desde la que y a la que escribe. Ciudad y libro en íntima interdependencia: «Acaso no compone tu cuerpo / al caminar decidido por las aceras de Williamsburg / la medida exacta del poema que ansiabas escribir», confiesa la voz en ‘Nación de islas y puentes’. Ambos, los poemas y la ciudad en la que nacieron, se benefician del poso del recuerdo de multitudes y de la pausa atenta. ‘Multitudes’ nos apela e incluye en la acción poética: «Dime a qué has venido y te diré quién eres», y afirma como orador profeta: «Tú / eres la noche o / Tú / eres el día / Portadora de luz o Reflejo de luz / Persona Parpadeante o / Plena en su apogeo de determinación incandescente». El yo y el tú son universales, una personificación épica y comunal donde el cuerpo, lo cósmico y lo social son uno, en un diálogo con Whitman, otro poeta del cuerpo y del alma: «V-O-S-O-T-R-O-S / You that contain multitudes [...] / En mi cerebro caben cientos de miles de universos y en el tuyo otros tantos / dime pues cómo encontrarnos [...] dime cuándo podremos por fin caminar desnudos por las calles sin que nadie se asombre». Las palabras surgen desde la exaltación de la unión, la capacidad de sentir un todo. Lo que orgánicamente lleva a la forma del verso extendido, la línea de voz como expiración, la anáfora y repetición como letanía, que encontramos tanto en Whitman como en Ginsberg. En el breath line y el projective verse de los beat. El término clásico de furor poeticus, del griego enthousiasos, aplica. Una llama de inspiración y voz que otorgan al poeta estatus de visionario e intercesor con la misión de transmitir su mensaje. El de Marcos de la Fuente se repite a lo largo del poemario: la poesía es el camino, la práctica, la herramienta para el cambio, la denuncia de las injusticias, la conexión entre lo pequeño y lo universal, entre nosotros. Y todos estamos llamados a usarla.
«Será poesía / Será poesía lo que escuches / Y será bienaventurada en su empeño de llegar a vosotros / Y no será un cementerio de signos / Y no será un lamento baldío / [...] / Poesía es reunirnos y hablar del mundo nuevo que construiremos / Poesía es huracán de palabras enfermedad profunda y devastadora del corazón ensangrentado / Escucharéis perros perros ladrando / Son los animales audaces que cambiarán el mundo elevando la palabra hasta el cielo de los despiertos». (‘Poesía’) Como agitadora de conciencias la voz del poema nos llama a despertar: «¿Qué hacéis? / ¿Qué hacéis ahí sentados? / Aullar aullemos aullamos». La evocación a Howl de Ginsberg como lamento, denuncia y celebración es recurrente, al igual que la imagen de la desnudez. En «Las palabras del poeta serán las palabras que todos puedan pronunciar» se alude no sólo a sacar la poesía a la calle sino al misterio del poder del lenguaje. Y «Morir por un poema» llama a la responsabilidad de los poetas para usar ese poder y construir mejores realidades. Este registro de poeta público, congregacional y activista se despliega en el Bowery Poetry Club, meca de la poesía slam en Nueva York, fundado y regentado por el conocido post-beat Bob Holman. Allí volvemos al cuerpo, el ritmo y la voz como origen del lenguaje poético: «La consciencia del cuerpo y su latencia / su atracción, su órbita poética» (‘Barras y estrellas’). Sin olvidar que De la Fuente es músico y fisioterapeuta, entendemos que su poesía nazca y viva en el recitado performativo, poderoso en su proyección oral y presencia corporal escénica. Pero en el Bowery se fusiona poeta y lugar, liderando el templo de una poética comunal improvisada, donde se comparte el ritual de la tribu en una interacción orgánica necesaria de cada participante, como en la música, para que los poemas levanten vuelo: «Una mano abierta que se levanta / Se alza en vela se cierra en puño un mástil sin bandera / Una voz se escucha y ahí nace el poema / Todo empieza con un ritmo / Una cadencia / Una melodía que alguien susurra / Ligera / Y la firme convicción / De una canción» (‘La alegría de estar juntos’). Óscar Curieses apunta una rica correspondencia con otros autores que han cantado los brillos y las sombras de la ciudad de Nueva York, resaltando a Lorca. De la Fuente también incluye una importante crítica social a la colonización estadounidense de tierras, cuerpos y mentes, en ‘Nación de islas y puentes’ y ‘Tierras de Lenape’ (dedicado al pueblo nativo americano de este Estado). Definitivamente dos experiencias encarnadas ayudan a adentrarse en Valles Profecía: escuchar la voz del poeta y vivir Nueva York. Dos lugares me han revelado, mientras leía, todo lo que he aprendido de este libro: un banco en el parque de Williamsburg a orillas del East River oteando Manhattan como una postal viva al otro lado; y la convocatoria “Se buscan poetas” en el Bowery, donde se conecta voz y cuerpo en acción en un ritual comunal poético. Será porque esos valles son de agua, y el don de la inspiración poética, esa profecía, a los que alude el título.
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ALBERTO CISNERO. DE RAYOS NEGROS (Barnacle, Buenos Aires, 2024) por LISANDRO GONZÁLEZ LA VIDA DENTRO DE LA VIDA MISMA Frente a la banalidad y superficialidad de cierta poesía, hay quienes eligen el camino del trabajo de la escritura, como en el caso de Alberto Cisnero, siendo su último libro De rayos negros una muestra contundente. Pero un trabajo que no desoye el ruido de la calle, un pulido de versos que discurre entre tradición y ruptura —como en la práctica de puntuar las oraciones, pero comenzándolas con minúsculas, en el uso de recursos como el encabalgamiento—. «Yo quiero ver un tren», decía Spinetta, y acá tenemos un tren, con poemas-vagones. Otra locomotora rumbo al interior del país. / estábamos esperando, nosotros decimos / afuera, ir afuera, volver para afuera. / no hay traducción. Con vías que son también renglones, en tanto la escritura y el oficio están presentes en el deambular de estos poemas, como un motivo que va percutiendo (¿Serán los poetas los que por todas partes crecen... requieren de la oscuridad, cobran forma / entre el olor a humareda del carbón? ¿Los mismos que alegan, hechos mierda, en retirada, / bajo la errática luz del candil: un antiguo / amor, una lata de salsa vacía?). Mientras que algunos escriben libros geniales todo / el tiempo, dice Cisnero que por un acto de fe nos basta una ambición / modesta, urdir oraciones anónimas / o simplemente inconclusas y practicar / el mal, admitirnos por nuestros defectos. Una palabra, entonces, es la mejor equivocación / de una palabra. Y en efecto, hay zonas y momentos de la poesía donde no hay explicación, no hay traducción posible, aun cuando se tenga una pauta lírica y las palabras imiten / nuestros actos, como en una especie de sueño. También se cuelan anécdotas y la subjetividad del autor (una valija de cartón, una caja de madera / un libro con destino a parientes, amigos / y allegados), pero veladas por una poesía que tamiza lo propio, haciendo pie también lo cotidiano (y cotejá los latidos por minuto del corazón / bajo la palma de la mano, no son palabras) e incluso lo político (plan primavera, menemato). Y en la búsqueda de la imagen es que nos topamos con la imagen; confiamos nuestra fe a los astros visibles / desde la ventanilla de un tren. Buscamos / ayuda, escarcha sobre las espigas. Como dice el contratapista Pablo Seguí, Cisnero —poeta y también editor— «cifra en la actividad misma del escritor una clave más para entender la vida dentro de la vida misma», porque, en definitiva, mucho después alguien dirá recordar / que tras aquella desordenada caligrafía, / sobre hojas tersas, cosidas y encuadernadas a mano, / hay, hubo, había, sólo estrofas basadas en casi ninguna / invención. Aquí una muestra de dos poemas: 4- cuánto tiempo resiste una palabra. hay cosas que no haríamos por amor ni por dinero y que no tendrían existencia fuera de las páginas de un libro. hay versos que quisiéramos repetir en una noche cualquiera, cuando la luna no ciñe, no precisa, y sólo nos restituye su desgastado frío. vente y reposa, decimos. dónde estará nuestra vida. una palabra es la mejor equivocación de una palabra. 24-
resultaba muy sencillo cambiar una letra o una palabra mendaz por otra, destinar al lector solitario algo que ya existía antes. por la línea punteada, como se admite la luna, el sol y la caída de las hojas durante el otoño, de una sola vez, tras un solo acto. algún día, si pudiéramos, haríamos lo mismo con nosotros, para recordar cuanto olvidamos (creíamos, buscábamos, pero que al fin destruimos) en tantos domicilios repetidos y precarios, en sus patios umbríos, en cada sopa de fideos instantánea, en todos los chinos del mundo. MIRIAM REYES. EXTRAÑA MANERA DE ESTAR VIVA. POESÍA REUNIDA (2001-2021) (Mixtura, Barcelona, 2022) por JUAN PEREGRINA MARTÍN UN DESCUBRIMIENTO TARDÍO Paso, pasamos, quienes dependemos de un chispazo lírico de vez en cuando, muchas horas leyendo, buscando, asociando. A veces, demasiadas, se nos quedan en sitios ignotos valiosas personas que escriben valiosos libros, como la orensana Miriam Reyes, a quien recuerdo de la época de la facultad por leer —hace 20 años y más— algunos poemas sueltos, como de tanta gente a la que rescato de la nada donde la puse (aunque en realidad me rescatan ellas a mí de aquella nada donde yo solito me puse) y la leo con asombro y admiración. El trabajo editorial de Mixtura es bastante potente y una vez más, Elena Aguilar demuestra buen ojo al publicar la poesía reunida de Miriam Reyes, porque la poeta reúne, traduce y ensaya con sus propios versos una lírica llamativa, reivindicativa y de una fuerza que apela a una cierta colectividad, o, al menos, a mí me dan ganas de quemar ciertas partes del mundo, y sí, bastante masculinas la mayoría, pero también, gracias a esa asertividad e imaginario que contiene el libro, que Reyes le imprime a su obra, posee una capacidad esperanzadora que no dejará a nadie que lea el libro indiferente. Espejo negro, Bella durmiente, Desalojos, Prensado en frío, Haz lo que te digo y Sardiña/Sardina serán los seis libros que se recogen más una serie de inéditos que nos servirán para intuir por dónde va, hacia dónde se dirige la poética de la autora estos últimos años. Añado que la nota a la edición es jugosa, habla de lo que significa ser poeta, trastocar tus propios libros, añadir y quitar, dejar versos y releer traduciéndote a ti misma. Con Espejo negro, Miriam Reyes inaugura, al ser su primera obra, una especie de díptico que junto a Bella durmiente parece revisar tópicos infantiles mediante cierta crítica al heteropatriarcado —como sistema social jerárquico que rechaza cierta parte de la sociedad— y disemina semillas líricas frente a vivencias concretas que poco importaría que fueran verdad (volvemos a verdadero/verosímil) si no fuera porque algunas pistas, en poesía, parecen más vívidas que en otros géneros (pero ya digo: toda ficción puede tener mayor o menor grado de «verdad», entendida como real, lo que ha sucedido o similar: lo importante es la empatía y la emoción que despierten en quien lee) aparentemente más fríos, que no tienen por qué serlo. Así, Miriam Reyes revisa y retoca el pasado familiar, el yo lírico desde donde escribe se sitúa entre esa voz ardiente de la melancolía y el extraño saber de una estirpe condenada, que ha visto cómo la desaparición de los referentes personales son un paralelismo a esa pérdida de valores que nos permitía sentirnos en casa pisando esta tierra, bebiendo esta agua o siendo madres cuya única preocupación era cuidar de su prole. El capital lo devora todo, lo quema todo, lo anega y ahoga y hunde todo. Y el hombre supo tomarlo y aposentar su mano sobre la cabeza de la mujer, como dejándola existir, como permitiéndole ser. «Amo mi carne por sobre todas las cosas», dice Reyes. Y también afirma que la vida es un «suicidio en cuotas» que ella vive y nos habla de la sangre primigenia y femenina para ponernos en situación. Ya que «el olvido exige higiene», al presentarnos el tema de la maternidad como algo que hierve por quien no ha llegado todavía, por aquel que será el sustituto de este, su padre, el interés y las imágenes se multiplican: Reyes es capaz de aturdirnos con versos raudos de dolor, venenosos en daño y de un color oscuro muy atractivo: «Presiento el desastre de la maternidad». El dolorido poemario reza que el ser es un vampiro, que somos una especie peligrosa y de futuro pendenciero. El poema ‘Dejamos un rastro de humedad por las paredes’ puede ilustrar con un preciso léxico y un juego de elipsis verbales la fiera expresividad que la artista de la palabra puede llegar a conseguir. Es complejo hablar de seis libros y ceñirse a un guion establecido, que lo hay, pero ocurren cosas mientras escribes que no son controlables: “Parto”, “Criatura”, “Jaula” y “Bella adormecida” son las partes en que se divide el libro y podrían ser los motivos que Reyes expone en Bella durmiente y así es, y además, añade un poema-prólogo donde engancha con el anterior libro y habla de la identidad y el lugar de pertenencia, la desnudez que afrontamos al crecer y la sensación creciente —mía como lector— de que un despliegue de terror avanza hacia nos, de que el pavor mostrado en los primeros versos era una chispa que arderá en breve, y claro: al avanzar en esta nueva entrega, la autocrítica, el doble —¿la doppelgängerin?— las costosas relaciones familiares y el reverso del poder verdadero que es el amor, encarnado en la figura del padre se convierten en los grandes temas a tratar. Una de las herramientas que encontramos en estos versos, es de una belleza sobrecogedora: la hipálage o desplazamiento, pero doble (puede ser el amante el ansioso, pero parece más que el yo lírico se muestra así a lo largo del poema, en el último verso de este final de poema que dejo: «Cuando abrí los ojos habías desaparecido / y por fin pude besar / los ansiolíticos dedos de mi amante». La violencia contenida en el anterior poema y en los siguientes («Mi cuerpo / qué harían con mi cuerpo / quién»), el dolor soportado, el anuncio sutil de enfermedades venideras inaugura un nuevo tiempo del tormento y al arribar a la última parte ya leemos, —congoja y miedo a partes iguales—, «les contaré historias de gatos calle y coca» con los ojos temblorosos por la constante emoción. Blancanieves, Alicia, Bella... pierden pureza, se desestabilizan antes el horror, nos cuentan miserias más que alegrías porque los abusos, la falta de esperanza, la denuncia ante el deseo masculino anárquico y bruto. Desalojos parece permitir la entrada a la muerte como una especie si no de paz duradera, sí de alivio dialéctico, al menos: la pelea interna no se resuelve, siempre existirá, pero al menos parece que la ausencia materna provee de una memoria nueva, o al menos activa parte de ella que contiene audaces imágenes y una pena expresada de manera sorprendente. El proyecto de Prensado en frío es curioso e interesante: nos cuenta la poeta en palabras prologales que la deconstrucción por parte de máquinas de sus poemarios anteriores, le permite construir, sobre las ruinas de aquellos (azar, distribución de lo antiguo y reunión de lo ya nuevo) este nuevo/conocido libro. Se genera así un libro re-generado en parte por quienes visitaban la web de Reyes y aleatoriamente combinaban sus versos. La poeta, advierte, arregla y agrupa el resultado para mejorar lo que leeremos. Se convierte este libro entonces en una especie de híbrido entre lo dicho y lo insinuado, lo roto y cosido, una frankensteniana criatura que late con la sorpresa de aromas conocidos en cuerpos novedosos, breves y espídicos la mayoría, con los relámpagos retóricos y temáticos que conocimos en los tres libros anteriores, con esa racha de vientos asociativos que nos descolocan y permiten que divaguemos por nuevos horizontes. En Haz lo que te digo encontraremos pensamiento, autoanálisis, reflexiones sobre el cuerpo, la resistencia y el dolor y, formalmente, el verso adquiere una plástica nueva, se derrama en otros sentidos y la poeta llega de manera natural al poema en prosa, a versos dilatados que sirven de apoyo a ideas sobre el origen y la casa, de nuevo, aportando las novedades temáticas de la tierra y sus componentes, las variaciones del fuego y el ardor y su reverso. Lo más significativo es que alcanza Reyes una profundidad respecto a la discusión consigo misma, con la otra, con el otro, por supuesto que es para subrayar: la palabra que sirve como expresión de un deseo o verdad es tan interpretable como la belleza y cada quien deberá asumir su subjetividad para entender que «Todo esto no es más / y no será nunca más / que una aproximación / a lo que sea». Hay alguna especie de oración repetitiva, cuya reiteración infantil sirve para darnos pie a pensar de nuevo en la conveniencia, en el capital, el orden mundial en el que vivimos y la soledad que transfiere el conocimiento de saber que somos una raya en el mar.
La comunión con la lengua, la comunicación posible, la incapacidad de hablar y decir qué queremos, serán los temas que aparezcan y den forma a Sardiña/Sardina entre otros muchos, como la maternidad, el amor por la descendencia y los arrepentimientos mostrados por parte de la escritora para que veamos el proceso de trabajo desde la propia página. Hay unos hermosísimos juegos de diseminación/recolección, y cómo no: la expresión salvaje del lenguaje puro y lírico que sirve para expresarse como obliga, por donde nos lleva ese mismo lenguaje: «A veces me detengo / en mitad de esta lenguaselvaoscura donde te busco / a gatas // qué es lo que espero recuperar / cómo puedo encontrar las palabras / si no sé en qué agujeros se esconden». Y llegamos a los inéditos que apuntan nuevas direcciones que a estas alturas, si no me equivoco, Reyes ya ha resuelto con la publicación de nuevo poemario: muy interesante la poética que esconde entre estos últimos poemas: «Mi escritura parte del cuerpo». Y «El cuerpo es intertextualidad. Huele a lo que come. Muta al contacto de otros cuerpos». En definitiva, un libro de libros muy enérgico, reivindicativo y luciente de lenguaje lírico, formas atractivas, límites que se vislumbran y se someten a la voluntad lírica de la poeta y cómo no, el grito de una artista ante la miserabilidad humana, nuestra, masculina. ARMANDO ROMERO. LA RUEDA DE CHICAGO (Difácil, Valladolid, 2024) por RAFAEL COURTOISIE LA RUEDA DE CHICAGO O LA CRISIS DEL ETERNO RETORNO: ELIPSIO, HÉROE MINIMALISTA DE LA NARRATIVA LATINOAMERICANA La rueda de Chicago es la culminación de un ciclo de narrativa urbana destinado a convertirse en referencia sustancial de la novela latinoamericana de fines del siglo XX y principios del XXI. Más allá del insoslayable antecedente representado en Argentina por Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942), la moderna narrativa urbana latinoamericana fue fundada en 1950 por Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) en la monumental novela La vida breve. Bajo diversos influjos, entre los que no resulta menor el de William Faulkner (New Albany, 1897-Oxford, 1962) y su invención de Yoknapatawpha County, y entre los que también hay que contar la obra del advenedizo francés Ferdinand de Céline (París, 1894-1961), Juan Carlos Onetti crea, diseña, dibuja literariamente una ciudad paradigmática que bautiza Santa María, mezcla de Buenos Aires y Montevideo, pero a la vez radicalmente diferente de ambas. La Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez, la Lima de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa, el París latinoamericano de Julio Cortázar en Rayuela, junto a la Santa María onettiana marcan la mitad del siglo narrativo en el continente, y tal vez un poco más allá, hasta entrados los convulsionados ’60. Pero es en el último tramo del siglo XX y el inicio del XXI donde aparecen muchas obras notables que fundan la transformación del corpus narrativo continental hacia los parámetros propios de la global village. Estas obras ficcionales presentan como variables signos característicos de los tiempos que suceden a la Modernidad y recrean el espacio urbano en una complejidad relacional que supera la condición estática y de contigüidad verificable en las obras clásicas anteriores. La condición nómada, errática, es una de las características incipientes de los personajes de estas novelas. En ese importante grupo de obras surgidas durante la última parte del siglo XX y la primera del siglo XXI se ubican las tres novelas de Armando Romero: una trilogía bizarra y exacta que da cuenta de un escenario móvil y en perpetua mutación en la que los personajes emprenden epopeyas minimalistas que en conjunto conforman buena parte del friso de las postrimerías de la Modernidad y preparan el pasaje hacia la breve post-modernidad y luego hacia la condición contemporánea que ahora Lipovesky ha dado en llamar híper modernidad. Esta trilogía se inicia con Un día entre las cruces (Bogotá, 1993), sigue con La piel por la piel (Caracas, 1997) y culmina en la apoteosis sorprendente de La rueda de Chicago. En este último título, la rueda de la historia privada de Elipsio, héroe minimalista, personaje central, eje entrañable e indudable de la acción, da una vuelta completa al comenzar buscando a Lamia, una antigua amante que había tenido en la ciudad de Cali, Colombia, donde en realidad se inicia el giro de la maquinaria narrativa. En la primera de las novelas de la trilogía, Un día entre las cruces, la ciudad es Cali y las mentalidades que allí comparecen son tributarias más o menos lejanamente de la conmoción que sucedió al “bogotazo” de 1948; en La piel por la piel aparece una Mérida abierta al mundo y cosmopolita, sede de un movimiento de renovación y revulsión formidables, donde la contradicción es privilegiado sustrato literario y, tal vez, una forma “dadaísta” de la dialéctica.
Pero es en La rueda de Chicago donde la gran ciudad del norte, la ciudad de los hampones y del gran arte universal, la ciudad de los gangsters, de los inmensos mataderos abandonados y de los náufragos fantasmas del lago Michigan se convierte en escenario de un singular movimiento insurreccional que hace detonar sus artefactos explosivos en medio de una atmósfera donde el mejor jazz y el mejor blues del universo son mucho más que la banda sonora de un film destinado a ganar todos los Óscares de Hollywood. Desde el inicio, el ejercicio de la intertextualidad es muestra de la maestría y humor que campea en la novela, cuando se “parafrasea” a Borges y su legendaria ‘Fundación mítica de Buenos Aires’. Dice al comienzo, el inefable Livio Contreras, a propósito del origen de Chicago: —La fundación mítica de esta ciudad se hizo sobre la mierda de los puercos y las vacas —volvía literario Livio y agregó—: Ahí ves los fantasmas de ellas cagando muertas de miedo frente a ese punzón final. ¿No creés vos que a Borges se le puede oler la bosta entrelíneas? Hay un poco de caca por todos lados. Armando Romero es una suerte de visionario, un conquistador “al revés”: se adueña de Chicago, la hace suya desde abajo, desde el nivel de la acera, hace pasear por sus calles un conjunto de personajes diseñados desde y en una marginalidad que permite los grados de libertad necesarios para que la ciudad ancha y ajena se vuelva espacio de destierro, drama y humor, espacio latinoamericano reconquistado en el ámbito de lo glocal (global y local). Chicago 1970, en La rueda de Chicago, representa una posibilidad de encontrar lo más profundo de la identidad latinoamericana en el “otro” hemisferio. Es imposible dejar de seguir con obsesión y pasión los pasos de Elipsio por las calles de grandes edificios y African americans apaleados y dealers. Los Portorricans, por su parte, son materia concisa, humano elemento narrativo que el “autor textual” alienta para que acuse recibo de su impacto el “narratario”, más allá de toda la parafernalia teórica de un Genette, para goce del lector y mayor gloria de la literatura continental. A la manera de un Balzac post moderno, Romero reconstruye una época de la ciudad en la que todavía no se había inaugurado el parque “Millenium”, en la que no existía la colosal escultura del bean, el frijol o fríjol metálico donde hoy se fotografían miles de turistas. La de Romero es una Chicago dura y pura donde un desterrado latinoamericano decide inventar el destino y asumir el asombro ante la vida como programa y como proyecto estético. La rueda de Chicago es, literalmente, vértigo y vuelta al origen, goce y sobresalto, epopeya urbana minimalista, el motivo del eterno retorno magistralmente ironizado, puesto en entredicho, vertido en una prosa excepcional y plena. |
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