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ATARDECER DE UN AMOR AGITADO Al reflexionar acerca del infierno, pienso en el sufrimiento causado por la falta de amor. Fiódor Dostoyevski Apuró los pasos para recorrer los últimos 50 metros. Entre tanta gente que advertía diseñada por idénticas ambiciones vulgares, ella destellaba en su mente. Florián no necesitaba de la proximidad para obnubilarse. Se le hacía imposible contener las ganas de abrazarla, de besarla, de contarle todas las sensaciones que lo recorrían con sólo proyectar una nueva amalgama (así le llamaban ambos a lo que tomaba forma después de cada primer beso). —Hola, hermosa —la saludó mientras dejaba de lado su morral—. Se me hizo un poco tarde. Pasa que salir del centro a esta hora siempre es difícil. Todavía admiraba la capacidad de Betina para no desconfiar de razones que podían torcer un plan, incluso el más nimio. Florián se sentó a su lado, apagó su celular, desabrochó su campera de jean y tomó del morral el equipo de mate. —Lo preparé a las corridas, mientras despachaba unos mails al editor. ¡Me tiene harto con sus tiempos! Muy cerca, dos mujeres sollozaban. Evaluó por un momento si tomar unos mates podría ser asimilado por ambas como una falta de respeto, duda que ahuyentó rápidamente, dado que estaba dispuesto a regalarse un nuevo atardecer con su novia. Las mujeres, por cierto, parecían ignorar su presencia. —El libro se está haciendo cada vez más denso. Como alguna vez me dijiste, una novela es otra cosa que amontonar cuentos cortos. Pero no sé, hay días que quiero mandar todo al carajo. Posta te lo digo. Me pongo loco, quisiera decirle al autor que leo y leo y no hay una sola página buena. ¡Ni una! Resulta que soy yo... ¡Es un espanto! Y el forro del editor que no para de llamarme y amenazarme: «Ya te pagamos buen dinero, Florián, y apenas si nos diste un título». Se habían conocido en la editorial donde ella era correctora de libros de autoayuda. Por entonces, la cascada financiera del mercado derramaba hasta las bases y permitía la diversificación paralela del trabajo de corrección: los había correctores de libros de autoayuda, correctores de ciencia ficción, correctores de policial. A esa editorial llegó Florián con un proyecto de poemario (La mariposa que vivió una semana y se aburrió) en una mano y decenas de anhelos burbujeantes en la otra, si acaso no se trataban de lo mismo. Fue Betina la que propuso ir a bailar, cita que finalmente se concretó la noche del día que el joven recibió la prueba de imprenta de lo que sería su primera obra publicada por una editorial: el ambicioso poemario La mariposa longeva. —Perdoname, amor. Vos ahí, tranquila, y yo sacando toda esta porquería acumulada. Sí, lo sé, tenés razón, no me hace bien, pero ¿viste? Quizá me esté quedando grande el libro. Florián reía y recurría a su propia mueca para reconstruir la risotada de su compañera. La de ella había sido siempre una risa balsámica, risa de chancho la habían bautizado, un poco ronca. Él reía poco, decía que reía «por dentro», una idea que Betina había calificado de «la pavada más grande que me dijo un varón». A nadie pudo confesarle Florián la profunda razón que lo llevaba a rescindir su risa, un pudor capaz de ser activado ante el atisbo de culpa. Porque de eso se trataba: culpa de felicidad. En cambio, Betina (él había empezado a considerar la hipótesis con base científica) daba cuenta de estar dotada de mayor cantidad de músculos faciales que el resto de las chicas que había conocido. Un privilegio genético. Una sonrisa anunciando a una mujer. Aunque distraído, Florián registró a los dos hombres que pasaban a su lado. No tanto su mero andar, sino más bien el intercambio de mudos gestos de extrañeza. —Me mirás así y al mundo se lo traga tu mundo. No necesito nada más. No hay nada más. ¿Quién puede ser tan caprichoso?... ¡No te burles! Lo digo en serio. Conozco tipos que justifican sus vidas en autos estelares o en cargos burgueses de transnacionales... ¡o en una foto en Buzios! Bueno, ellos con eso y yo con tu risa... no te burles, de verdad. No, no, claro que no me enojo, ya sé que es un chiste. Pero me jode. Alcanza con mirar alrededor, Be. Allá, a tu derecha... Vestidos con equipos Grafa, esos dos mismos hombres ahora observaban el terreno y gestualizaban como quien prefigura una excavación. —Ahí los tenés, pobres tipos. ¡No te vayas a dar vuelta! No, no les falto el respeto, pero siento que reaccionan como si vieran un marciano. ¿Vos me entendés? Betina, la construcción del amor que por ella sentía, era realmente un antídoto ante lo que llamaba «el estado de las cosas»: esa sociedad que se regodeaba en la pestilencia de su propio espíritu corroído. Una sociedad que en su útero daba forma a hombres y mujeres que podían llegar a desdeñar pasiones como la suya, personas antipáticas a su literatura pero adictas a «las pésimas páginas de los pésimos diarios», según su criterio. ¿El resorte de ese desdén era el nulo reconocimiento como artista? Florián prefería el masaje de la risa de su compañera a tener que revolver en la olla donde se estofaban sus mezquindades. Con un movimiento brusco de cabeza, el muchacho se esforzó por ocultar las lágrimas repentinas. —¿Sabés en qué pensé ni bien me desperté? No, no, el arreglo del techo ya lo voy a hacer. Pensé en el viaje del que buscabas convencerme la semana pasada. Y tenés razón: es ahora cuando hay que hacerlo. Tenemos salud, nos amamos y, además, puedo acelerar el libro y ver de conformar a Sontton para que se amanse durante al menos un mes. ¡Capaz que hasta me suelte unos pesos! Es ahora ese viaje, el miedo ya no me ata ¡Qué me importa todo lo demás! ¿Nos imaginás paseando junto al Coliseo o lavándonos la cara en la Fontana di Trevi? Me emociono, Be. Y de ahí ¡ja!, a Liverpool, vuelo urgente. ¡La ciudad de ellos, amor! La ciudad de la música, de nuestra música. Sí... claro que lloro. Lloro porque aún soy feliz llorando por las emociones que la mayoría desprecia y de las cuales se burla. Lloro porque me ilusiono, dejame soñar. El encanto de los sueños es que, quizá, no puedan cumplirse. Si se cumpliera siempre, no sería un sueño, sería un pagaré. Toda vez que un atardecer los envolvía, Betina y Florián gustaban de reeditar minúsculos rituales que robustecían el encanto de saberse agitadores de las emociones del otro. Por ejemplo, la recurrente broma de canturrear It’s been a hard day’s night, and I been working like a dog para despedir lo poco que de luz solar iba quedando; o el juramento que confirmaba que el cielo de la pareja jamás habría de ser dominado por la negritud. Pecar de ingenuos era una consideración ausente en su radar de incomodidades ante un mundo que en ese preciso momento estaría mayormente ocupado en la cotización del dólar o en el nuevo récord de Messi en Europa; incluso en la sensación térmica y la orientación de la brisa. La Rosa de los Vientos de Florián señalaba una inequívoca dirección: —Escuchame una cosita. Mirame. Te prometo que cuando mañana nos encontremos ya vamos a tener reserva de hotel y pasaje de avión. Todo lo que haga falta. Vengo para acá después de pasar por la editorial. Sí, de una, vengo yo, despreocupate. Me hiciste ver que no tenía sentido mi temor, que mis dudas eran propias de... Uno de esos hombres a los que Florián había considerado con recelo, ahora lo interrumpía, parado a no más de tres metros de donde él se hallaba arrodillado, hablándole a la inscripción en el mármol. —Disculpe. El cementerio debe cerrar en cinco minutos. Utilice la puerta sur para salir.
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FICCIONES
El Coloquio de los Perros. ALFARO GARCÍA, ANDREA
ALMEDA ESTRADA, VÍCTOR ALBERTO MARTÍNEZ, DIEGO ÁLVAREZ, GLEBIER ANDRÉS, AARÓN ARGÜELLES, HUGO ARIAS, MARTÍN ÁVILA ORTEGA, GRICEL AYUSO, LUZ BAUK, MAXIMILIANO BEJARANO, ALBERTO BELTRÁN FILARSKI, OLGA BOCANEGRA, JOSÉ BORJA, NOÉ ISRAEL CABEZA TORRÚ, JUAN CÁCERES, ERNESTO CAM-MÁREZ CAMACHO FERNÁNDEZ, GREGORIO CANAREIRA, A. D. CANO GAVIRIA, RICARDO CASTILLA PARRA, JOSÉ DAVID CASTRO SÁNCHEZ, JUAN CATALÁN, MIGUEL FONSECA, JOSÉ DANIEL
FORERO, HENRY FORTUNY i FABRÉ, CESC FUENTES, FRANCISCO FRARY, RAOUL GALINDO, DAVID GARCÉS MARRERO, ROBERTO GARCÍA-VILLALBA, ALFONSO GARCÍA MARTÍNEZ, AMAIA GARDEA, JESÚS GIORGIO, ADRIÁN GÓMEZ, JUARJO GÓMEZ ESPADA, ÁNGEL MANUEL GUILLÉN PÉREZ, GLORIA GUTIÉRREZ SANZ, VÍCTOR HACHE, MYRIAM HAROLD BRUHL, KALTON HERNÁNDEZ, JOSÉ HERNÁNDEZ, JUAN FRANCISCO HERNÁNDEZ NAVARRO, MIGUEL ÁNGEL HINOJOSA, PAZ HIRSCHFELDT, RICARDO HIRSCHFELDT, RICARDO [EL ABANDONO] JUNCÀ, JORDI KOUZOUYAN, NICOLÁS LÓPEZ, DOMINGO LÓPEZ-PELÁEZ, ANTONIO LÓPEZ LLORENTE, JORGE LÓPEZ VILAS, RAFAEL MAHTANI, VIREN MARDONES DE LA FUENTE, ALEJANDRO MARTÍN, RAIMUNDO MARTÍNEZ COLLADO, GUILLERMO MÉRIDA, JAVIER / BARRETO, SERGIO MEROÑO, ANTONIO MILLÓN, JUAN ANTONIO MIRELES, JUAN MONDRAGÓN, ISABEL MONTERO ANNERÉN, SARA MONTOYA JUÁREZ, JESÚS NORTES, ANDRÉS OLEZA FERRER, CARLOS (DE) ORMEÑO HURTADO, AARÓN OSORIO GUERRERO, RODRIGO OTAMENDI, ARACELI OUBALI, AHMED PAGOLA FERNÁNDEZ, ALFONSO PANZACOLA, ELIOT PARDO MARTÍNEZ, SAMUEL PÉREZ ALONSO, ALBA PIQUERAS, CARMEN PUJANTE, BASILIO QUINTANA, JULIO RANDAZZO, SILVIO RECHE, DIEGO REMEDI, ROBERTO A. RODRÍGUEZ GARCÍA, JUAN AMANCIO RODRÍGUEZ OTERO, MIGUEL ROSADO, JUAN JOSÉ RUCHETTA, MAURO SÁNCHEZ LOZANO, PILAR SÁNCHEZ MARTÍN, LUIS SÁNCHEZ SANZ, PEDRO SCHIAPPACASSE, GUIDO SCHUTZ, LOLA SEGURA, ALEJANDRO SEVILLANO, ATILANO TOMÁS, CARMEN TORTOSA, JAVIER TRENADO, ENRIQUE URTAZA, FEDERICO VIDAL GUARDIOLA, NATXO Hemeroteca
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