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LAS VIEJAS DEL AGUA 1. La puta cubana Susana cerraba sus párpados y se imaginaba a dos cuadras del malecón, en su Habana vieja, en el balcón que la había visto crecer. Bueno, con veinte grados más, un chupito de ron y unos sonidos de alegría por las calles, esto casi se podría parecer a Cuba. Aquello no era una isla tropical, sino más bien el fin de una península rodeada de aguas frías. La lluvia medio helada, que hacía crecer hasta árboles dentro de los techos, la dejó de engañar pronto. Desde lo alto de su terraza, contemplaba la yerba de los tejados húmedos y apuraba para acabar su cigarrillo, luchando con la mano contra las gotas que se lo podían estropear. Estaba a miles de kilómetros de su querida casa, en una ciudad de costa del noroeste de España que olía a barro de ría la mitad del tiempo. Lo que, fijo sí, tenía en común este gran pueblo de pescadores con la capital caribeña era la constante preparación de ambas para el apocalipsis, y uno que tardaba demasiado en llegar. Si una con dos dedos de frente se paraba a pensarlo bien un minuto, la familia de Fidel también venía de por aquí. Los castros eran casas redondas de piedra que construían los celtas. Fidel había estado por estas calles. Vino a saludar a sus antepasados, después de la Revolución. A conocer al otro dictador. No era una casualidad. Se le aparecía su ciudad del alma como una imagen subliminal, desde la desesperación gallega. Y con ella las heridas de la Historia. El piso de la cubana estaba al fin de las escaleras, arriba del todo de un edificio estrecho y rosado. Había que buscar buena motivación para subirse a este faro con tanto esfuerzo en mente, pero las vistas valían la pena, y allí arriba te esperaban las caricias y los servicios completos de una profesional. La verdad es que, cuando miraba a su piso desde la calle, parecía una cabaña puesta sobre el techo de un edificio de los más estrechos de la ciudad, hecha rápidamente con los materiales que quedaban durante la dictadura. Pero es lo que se merecen las putas, pensaba. Una buena vista, una cama que aguante, un baño en condiciones y una buena caja de condones y lubricante. Sin olvidar un gran vaso de agua fría que salía de un grifo pasado de moda, pero directamente de la fuente. Esta agua sí que se dejaba beber y refrescaba. La mejor de todas. Porque otras aguas te envenenaban, en estas tierras. Unas aguas malas como todas las viejas rancias que vivían entre el portal de la calle y el piso de Susana. Encima, las unas sobre las otras. Ella se sentía como el dulce de leche encima de un milhojas de vecinas podridas desde su profundo interior y que no tenían salvación. Para llegar a la parte dulce del ático, había que arriesgarse al encuentro con una de estas medusas viudas o solteras. Este era el esfuerzo que hacía que muchos potenciales clientes se acojonaban y no subían del todo hasta el puti-ático, como lo llamaban los jóvenes del pueblo que fantasmeaban con subir a perder su virginidad en las alturas del pueblo. Las viejas, sin embargo, la llamaban con el poco vocabulario que les autorizaba la Iglesia Católica, y se turnaban en vigilar el ir y venir de los hombres que ascendían a la perdición. Esto pasaba en toda España, sin embargo, y huir de aquí no lo iba a cambiar, siempre que haya putas encuentras una colmena de viejas alrededor. Alguna función natural debían de cumplir ellas. Le servían de filtro, al final, porque solo se atrevían los que no encontraban satisfacción en otros cuerpos, los pocos que sabían fingir la educación y la discreción al toparse con una de ellas, y que llegaban al ático orgullosos y en condición para un buen polvo. Claro que el domingo por la mañana, cuando iban todas a misa y dejaban de vigilar, aquellas escaleras habían llegado a parecerse al metro de Madrid en horas punta. Pero estos tiempos ya estaban quedándose atrás, y el negocio no le daba para vivir bien como cuando había llegado a este pueblo de costa. Cuando era la novedad, la carne fresca. Se había resistido mucho tiempo a la idea, pero era obvio: los fieles seguían, algunos se piraban lejos a pescar en aguas lejanas, se divorciaban y encontraban pareja, o se quedaban sin trabajo. Y Susana no era una virgen de los remedios de éstas que van regalando mamadas a sus devotos. También tenía que mantener este mini puticlub santuario, y renovar la decoración frecuentemente. Sin contar con todo el mantenimiento corporal diario que requería ella. Faltaba un ingreso secundario. Así que habló con uno de sus más antiguos clientes, uno que vivía a treinta kilómetros pero que se pasaba por aquí dos veces a la semana «a por un encargo» como le decía al principio. Cayeron muchas rayas de polvo blanco en la mesita de cristal que le había dejado su abuelo. Y la verdad es que la cocaína la ayudaba a aguantar su trabajo en más de alguna ocasión. A veces, Susana pensaba abrir un consultorio de ayuda moral a los funcionarios deprimidos, a ver si espabilaban un poco con una buena combinación de coca y sexo. Tenía catorce escondites bien secos entre el interior, la terraza y el desván para guardar la mercancía. Además, los pocos policías que habían entrado en su penthouse caribeño no habían venido durante el servicio, sino de paso a casa, como los demás, a echar un polvo rápido. Lo que pillaba de coca, ella lo traía a casa y lo lleva de vuelta a la calle. Nada de convertir su mini puti-club en un chiringuito a la panameña. Demasiado respeto le tenía a su difunto abuelo que había levantado este edificio y se lo había dejado en toda discreción para que ella tuviese un bien inmobiliario en España con que contar. Aquí no pasaría coca en directo jamás. Ahora, los polvos eran lo que le daba vida a este nido del vicio que casi llegaba a la misma altura que la torre de la catedral. Pero Susana estaba aún a tiempo para usar sus ahorros y construir otra habitación encima, y allí sí que llegaría a dominarles a todos con la vista, hasta a los curas. Las viejas no sabían que Susana era la propietaria de esta torre de siete pisos, tampoco que era la nieta de Don Argiz, el abogado que la había erigido al regresar de Cuba. Quién iba a reconocerla tantos años después, con el cuerpazo de ensueño que traía. De niña solo había estado aquí un verano. Y se había hecho nieta invisible y discreta en la sombra de un abuelo que pocos sospechaban. Estos pueblos vivían de los secretos y éste era el suyo. Cuando podía, se quejaba con sus vecinas de la subida anual del alquiler, o de los servicios de la gestoría que, supuestamente, representaba a unos propietarios suizos hipotéticos. Todo bien orquestado; las viejas alimentaban el puticlub sin darse cuenta. Le daba un picorcito entre las piernas del gusto que le procuraba saber que, en cualquier momento que quisiera ella, les podía joder a todas, pasando factura, y seguir a la vez con cara de compasión si vinieran a llorarle sus penas económicas. A la guerra de la hipocresía les ganaría ella seguro, aunque las viejas venían con larga experiencia en el arte de decir el contrario de lo que uno realmente opina. Sus orishas vencían a las meigas y los curandeiros de estas gallegas que, por encima, confesaban mentiras una vez a la semana a un cura que odiaba el cuerpo por quererlo demasiado. Estas viejas, al parecer, aguantaban todos los golpes de la vida, pero no soportaban que se les tocase el monedero. El dinero y la adoración santa que le tenían les tenían podridas. Su avaricia se combinaba con una obesidad mal escondida, como es de costumbre en estos pueblos, en la gente que prefiere esconder sus billetes en vez de gastarlos y echarse un buen polvo saludable para la mente y el cuerpo. Todo lo había calculado su abuelo a la hora de construir el edificio, hasta un controlador del agua adicional, clandestino y escondido en el techo del desván. Si le daba la gana, Susana les dejaba a cualquiera, o a todas juntas, en pura miseria, o bien cortándoles el agua o bien inundándolas. Pero esto sería un gesto algo precipitado. En vez de lastimar al pobre edificio, mejor se podía introducir sustancias en los tubos que llegaban a los cuatro grifos de cocina inferiores. Con el agua tenía ella entre sus manos la felicidad, la desesperación completa, y hasta esta locura intermedia del pánico que provocaría en el rebaño vertical de viejas. No lo solía hacer mucho para no levantar sospechas, porque todo se lo olían, pero siempre encontraba finalmente el dulce momento de la venganza. Por eso había vuelto a la tierra de origen, para terminar lo del abuelo. Cómo se lo habían cargado los de aquí, y la querida familia primera en enseñar lo primitiva que era. Esto no tenía perdón, sino que se merecía una indetectable venganza. Las viejas, cada una de las tres que ocupaba cada una su planta única, estaban destinadas a una agonía calculada de la cual nunca se iban a enterrar. Secretos y mentiras habían dado el ritmo a sus patéticas vidas cancerígenas para todo hijo de vecino que les rodeaba. Susana se jodería mucho en el proceso, eso sí, pero iba a acabar con cada una de ellas. Eran cuatro plantas inferiores, pero sólo tres ocupadas. Una de las viejas, ya se la había cargado, y con todo el gusto del mundo. Y con la ayuda de su amigo Alex, el brasileiro también de origen gallego que tenía su propia agenda de venganza con las viejas de otro pueblo. Desde que la Carmen del segundo piso había tenido un ataque de alucinación letal, Susana tenía acceso a un piso abandonado estratégico entre dos plantas. Y de vez en cuanto lo usaba para estar con un cliente que quería follar en unas camas de la época de Franco. A algunos les molaba, y sobre todo a los que nunca habían conocido el franquismo y lo vivían ahora de gilipollas profundos como otro morbo cualquiera. Solo le quedaba cargarse a María, que la decían “Redondela”; a la Teresa, que los de la iglesia llamaban “Mama Romero”; y a la peor de todas, a la Luisa, serrana de los dientes amarillos. Esta zorra mal follada que se merecía la muerte más dolorosa que los orishas se lo iban a permitir. Susana se imaginaba transformarse, a veces, en algo tipo de monstruosidad de loba gigante que les soplaba, una a una, a estas tres cerditas hechas de grasa hipócrita. ¿Tanto odio se podía justificar, de verdad? Las viejas del agua, por ser ellas tan líquidas, se podrían haber salvado mil veces, por supuesto. Al final los cubanos también tenemos un perdón increíble con los peores hijos de puta, si es que enseña. Pero la insurrección que habían montado estas tres marujas de pueblo atrasado a todo nivel cultural, peor que montar un pollo enfermizo, eso sí que le parecía una mini-revolución al estilo de Fidel. El abuelo lo sabía bien, la evolución humana no se hace sin castigos fuertes y había que cumplir la misión antes de quemar el edificio y volverse a Cuba en el primero vuelo de escape. Esto se lo había aclarado antes del último soplo. Así que había que acabar de una puñetera vez y verlas irse todas en penas irreversibles, cada una recibiendo su castigo celestial que iban a servir de ejemplo en este pueblo de mierda donde todo dios acababa enredándose, inevitablemente, en los secretos y las mentiras que se desarrollaban en metástasis por las calles mojadas. Para conseguir este menudo plan de acción, Susana había tenido que estudiar décadas. Llegar al momento de la justicia requiere montañas de paciencia en la mitad de los casos. Ella no tenía más tiempo que gastar para poder seguir disfrutando de la vida con la victoria y la justicia ambas atrás en una esquina hipotética de su corazón. Ni ella se lo creía, pero en el fondo, su justicia era muy universal y se sentía torrera más que nunca, enfrentando al diablo con sus propias armas. El agua, se la habían enseñado a manipular desde niña. Entre Cuba y Galicia, la gente andaba traumatizada por el agua... y por sus poderes. Susana tenía la receta del abuelo Argiz: con tantas idas y vueltas entre la isla caribeña y la ría gallega, había desarrollado un gran interés por unas setas mágicas que le hacen decir toda la verdad a una persona mientras lo digiere. En este pueblo, obligar a uno a vomitar sus secretos era la peor venganza que se podía imaginar. Exactamente había durado 45 años el proyecto de cultivarlas. Traer las sepas que luego desarrollan setas y esperar encontrar la perfección con cada generación. Cuando Susana tenía unos diez años, Don Argiz ya llevaba rato trabajando en combinar ciencia con brujería, y dentro de las ciencias ocultas, la magia celta con la santería cubana. Su nieta llevaría la misión a cabo. En total, cuatro horas de senderismo en el bosque para llegar a la cascada secreta donde el padre de su querida madre había escogido el perfecto lugar para el cultivo de la seta. A unos dieciocho metros del agua que caía vertical sobre una piscina natural y transparente, le garantizaba una constante llovizna a este precioso hongo que requería constante humedad, ma non troppo. Y nunca le faltaba a esta maldita región, pero la seta caribeña tenía gran fragilidad a la sequía. Se podía desintegrar muy rápidamente con demasiado sol. Susana había conseguido, además, que tuvieran todas sus queridas setas el mismo tamaño. Cuando las contemplaba, veía la sonrisa de su abuelo aparecer detrás de un suspiro que él mismo soltaba, contento de la cosecha. Y estos champiñones mágicos, se los iba a dar de beber a estas tres viejas putas. Directamente de la tubería y los canales podridos penetraría el dulce veneno en la red de venas de estas mal folladas. Se iban a morir de una verdad que no aguantaría ya quedarse presa de sus cuerpos demacrados. Dentro de los alucinógenos que la Naturaleza había puesto a disposición de los humanos, esta variedad recompuesta le desataba todos los secretos a uno, hasta a los curas que vivían acumulando años de confesiones. Quién se lo comiera era capaz de anunciar los secretos de estado de un pueblo entero por la radio o la televisión. O peor aún, en plena misa, un domingo a las once y media, antes de la gran hipocresía de darse la paz del Señor. Cuando Susana subía al monte, nunca se cruzaba con vida animal. Estos bosques eternos parecían conquistados por lo vegetal únicamente. Hasta los putos animales no soportaban la putrefacción de los humanos en este pueblo. Mientras tanto, éstos se creían que su pueblo se había fundado en el propio lugar donde el Arca de Noé había aterrizado después del Diluvio. Susana, al revés, pensaba que este pueblo causaría la próxima cólera del Señor y la inundación total de su mundo de mentiras, porque tanta concentración de mentiras y secretos no podía ser cristiana. Los animales se habían escapado, hasta muy lejos, y también muchos de estos humanos, con la conciencia del cáncer ambiente que suponía esta cultura, habían dejado el pueblo de pecadores en busca de una vida dónde no se iban a quedar sofocados. El bosque solo contaba con lo vegetal ya. A las plantas y los árboles, no les importaba la nube de hipocresía que flotaba sobre sus casas. Susana había hecho pruebas homeopáticas del polvo de setas con un par de clientes, sin hacerles daño importante, sin pedirle su permiso nunca, pero usándolos como ratas de laboratorio para su proyecto mayor. Por lo menos no se marchaban de su piso con una enfermedad sexual, porque ella sí que las sabía prevenir todas, con infusiones desarrolladas entre Cuba y este rincón de tierra maldito. Igual se volvían a su casa y la verdad les hacía, a veces, reconectar con el amor que le tenían a sus esposas. El proceso requería mucha paciencia porque la seta tenía que secar bajo control, a lo largo de casi una semana, para poder transformarlas en un polvo muy fino. De esta potente fragilidad, la cubana esperaba revelar la verdad desde la imagen negativa, igual que una fotógrafa. En estos pueblos, la puta de turno siempre debería de hacerse amiga del cura para comparar o compartir secretos. Sería una bonita amistad en un mundo sincero. Pero aún mejor sería hacer que este mismo cura mismo trabajase por ella sin darse cuenta, que le mandase clientes. Ella se lo iba a montar todo para nutrir a su rebaño de verdades. No les odiaba por todas las mentiras que iban transmitiendo entre ellos como enfermedades sexuales, sino más bien por las mentiras que le habían obligado a inventar. No se podía vivir dentro de esta gente sin montar milongas cada dos por tres, o te comían viva. La mentira que se generaba en la iglesia no tenía su lugar en el puticlub. Pero llegaba tarde o temprano a cada hogar, con una versión distinta y adaptada para cada familia. Con esto contaba. Lo mismo pasaría con el jugo de setas que todos se iban a beber en misa, junto con las hostias que complementarían la activación del componente que tanto le había costado aislar. Lo más fácil fue entrar en las casas de sus vecinas que iban preparando cestas para el sacerdote. Localizó el vino y las galletitas sin problema en el espacio de dos días. El domingo por la mañana, como estaba previsto, salieron las tres Marías en procesión hacia el templo donde todos iban a conocer un nuevo juicio y una honestidad desbordante. 2. El cura gallego Inmediatamente después de la eucaristía, empezó a sentir una alteración de los comportamientos, incluyendo el suyo. Hubiera sido bonito atribuirlo al Espíritu Santo, pero después de diez minutos, quedaba claro que no era su forma de manifestarse, por lo menos en misas católicas tradicionales como las que le tocaba ofrecer a un pueblo como aquel. Ver que en la asistencia la gente se empezaba a quitar las corbatas, los zapatos y cualquier otra prenda que cortaba el gusto, no era muy habitual. Otros se empezaban a dar la paz de Cristo con lenguas y caricias cuando aún no era el momento. Las líneas del evangelio delante de él se convertían en estrellas que parecían salir de un cuadro de Van Gogh. En fin, la celebración estaba tomando otra dirección: la de la verdad, la de la purificación, y también la del amor bestial. En tal estado, nadie podía permitirse mentir ni ser hipócrita. Sólo el deseo dictaba el acto. Ningún sermón podría parar el efecto irreversible de las setas. En el fondo de la iglesia estaba sentada la que nadie quería ver, pero que le aparecía ahora como la única santa de la parroquia. En su mano, Susana le enseñaba un ramo de setas para confirmarle la intoxicación general. Ella, por supuesto, no había comulgado con los demás. Era la única que podía observar la escena desde la racionalidad. Al darse cuenta de la situación, el cura no pudo controlar su voz tampoco y empezó a dirigirse a las viejas, las que ocupaban siempre las primeras filas, las que se creían santas. Hizo la señal de la cruz, pero con un gesto ligeramente torcido. Las señoras se rieron nerviosamente mientras él se lanzó en lo que iba a ser su último sermón. «¡Irmáns! ¡Alabado sea o Señor... e tamén a nosa terra bendita, chea de misterio, de mar, e de setas que nacen onde menos se espera! Hoy no vengo a hablaros del pecado carnal... porque eso ya lo conocéis por lo que veo. Tampoco vengo a hablaros del demonio... porque muchas de vosotras lo saludáis cada mañana en el espejo, ¡y con cariño! Hoy vengo a hablaros de algo peor: de vuestra hipocresía, que ahora veo tan claramente. Sí, esa flor del mal que crece en los tiestos bien regados del chisme, la envidia, y las lenguas más afiladas que los anzuelos de nuestros pescadores. ¡Vosotras, sí, vosotras, Maruxa, Carmiña, y también tú, Eulalia! Que venís aquí con el rosario en la mano y la maledicencia en la lengua. Que habláis de caridad pero no dais ni una taza de caldo a la viuda de la esquina. Que os santiguáis al pasar por la iglesia, pero en el mercado maldecís a media parroquia. Todas las que no sabéis adorar más que estatuas de piedra o de madera podrida y que odiáis hasta vuestra carne. ¡Hipócritas! Como faroles encendidos por fuera, pero vacíos por dentro. ¡Como empanadas sin relleno! Os abandonaron los pocos marineros que os quisieron follar y así mismo os volvistéis más católicas que la Virgen purísima». Al oír esto las vecinas de Susana empezaron a gritar y darse golpes de odio las unas a las otras. Los pocos hombres que estaban en la iglesia ya salían corriendo hacia la luz del día que las viejas paredes del edificio medieval no dejaban pasar. Todos paraban delante de Susana para santiguarse. El cura se libró de su ridículo traje y se quedó desnudo. Salió corriendo él también, con una sonrisa que jamás nadie le había visto en la cara. Mientras caminaba hacia el río, hacia el agua que purifica, que limpia el alma, el sol le calentaba su rostro de hombre reprimido. «Señor, nunca pensé que llegaría el día del juicio final en plena misa. Tu misericordia escogió nuestro santuario para su Revelación. Se han ido todos, incluyéndome a mí. Nos fuimos todos corriendo fuera de estas paredes de opresión que otros que nunca te entendieron construyeron hace siglos. Nos entró a todos un ataque de claustrofobia atroz. Igual que me entró a mí con mi sotana. Me la tuve que arrancar, Señor. Esta prenda ridícula no hacía más que distinguirme de los demás, darme un aspecto de superioridad, de mago sabio que les podía decir cómo vivir su vida, a quién amar, y qué comportamiento adoptar. ¿Quién soy yo ahora? Nadie más que cualquiera. Ahora me ves, Señor, he corrido hacia la orilla del río, donde desemboca en la ría. Estoy desnudo y feliz, tirado en la arena y bebiendo el vino que quedó. No creo que pueda regresar al pueblo en días, quizás años. Allá están todos reorganizando sus vidas. La eligieron a ella para decirles las cosas ahora. Ha ganado la puta y le tengo más respeto yo que a las santas que adoraba antes en tu nombre. Ninguna de ellas me hizo ver tu voluntad tan claramente como Susana Argiz. Porque queda claro que forastera nunca fue. Era como la veíamos todos nosotros, los que nos alimentábamos el orgullo con nuestra identidad nacional y pureza de sangre. La escogiste, Señor, como escogiste a María Magdalena para guiarte. Ha ganado y nos ha salvado, nos enseñó que tus manifestaciones son imprevisibles y que los orishas también cumplen tu voluntad». Una mano le tocó el hombro. La cubana. Con sus ojos de compasión. Con sus tetas y sus setas. Llena de amor y de vida. En la otra mano tenía una foto antigua. En la imagen se veía salir una niña de la misma iglesia. La futura puta aparecía con vestido de comunión, entre su abuelo, el hombre más poderoso del pueblo por su lado derecho, y por el lado izquierdo el dictador de su isla, el de barba y de uniforme, su padrino y primo lejano de la mitad del pueblo. Se levantó y la cogió entre sus brazos. El odio que le tuvo todos estos años se estaba convirtiendo en erección.
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El Coloquio de los Perros. ALFARO GARCÍA, ANDREA
ALMEDA ESTRADA, VÍCTOR ALBERTO MARTÍNEZ, DIEGO ÁLVAREZ, GLEBIER ANDRÉS, AARÓN ARGÜELLES, HUGO ARIAS, MARTÍN ÁVILA ORTEGA, GRICEL AYUSO, LUZ BAUK, MAXIMILIANO BEJARANO, ALBERTO BELTRÁN FILARSKI, OLGA BOCANEGRA, JOSÉ BORJA, NOÉ ISRAEL CABEZA TORRÚ, JUAN CÁCERES, ERNESTO CAM-MÁREZ CAMACHO FERNÁNDEZ, GREGORIO CANAREIRA, A. D. CANO GAVIRIA, RICARDO CASTILLA PARRA, JOSÉ DAVID CASTRO SÁNCHEZ, JUAN CATALÁN, MIGUEL FONSECA, JOSÉ DANIEL
FORERO, HENRY FORTUNY i FABRÉ, CESC FUENTES, FRANCISCO FRARY, RAOUL GALINDO, DAVID GARCÉS MARRERO, ROBERTO GARCÍA-VILLALBA, ALFONSO GARCÍA MARTÍNEZ, AMAIA GARDEA, JESÚS GIORGIO, ADRIÁN GÓMEZ, JUARJO GÓMEZ ESPADA, ÁNGEL MANUEL GUILLÉN PÉREZ, GLORIA GUTIÉRREZ SANZ, VÍCTOR HACHE, MYRIAM HAROLD BRUHL, KALTON HERNÁNDEZ, JOSÉ HERNÁNDEZ, JUAN FRANCISCO HERNÁNDEZ NAVARRO, MIGUEL ÁNGEL HINOJOSA, PAZ HIRSCHFELDT, RICARDO HIRSCHFELDT, RICARDO [EL ABANDONO] JUNCÀ, JORDI KOUZOUYAN, NICOLÁS LÓPEZ, DOMINGO LÓPEZ-PELÁEZ, ANTONIO LÓPEZ LLORENTE, JORGE LÓPEZ VILAS, RAFAEL MAHTANI, VIREN MARDONES DE LA FUENTE, ALEJANDRO MARTÍN, RAIMUNDO MARTÍNEZ COLLADO, GUILLERMO MÉRIDA, JAVIER / BARRETO, SERGIO MEROÑO, ANTONIO MILLÓN, JUAN ANTONIO MIRELES, JUAN MONDRAGÓN, ISABEL MONTERO ANNERÉN, SARA MONTOYA JUÁREZ, JESÚS NORTES, ANDRÉS OLEZA FERRER, CARLOS (DE) ORMEÑO HURTADO, AARÓN OSORIO GUERRERO, RODRIGO OTAMENDI, ARACELI OUBALI, AHMED PAGOLA FERNÁNDEZ, ALFONSO PANZACOLA, ELIOT PARDO MARTÍNEZ, SAMUEL PÉREZ ALONSO, ALBA PIQUERAS, CARMEN PUJANTE, BASILIO QUINTANA, JULIO RANDAZZO, SILVIO RECHE, DIEGO REMEDI, ROBERTO A. RODRÍGUEZ GARCÍA, JUAN AMANCIO RODRÍGUEZ OTERO, MIGUEL ROSADO, JUAN JOSÉ RUCHETTA, MAURO SÁNCHEZ LOZANO, PILAR SÁNCHEZ MARTÍN, LUIS SÁNCHEZ SANZ, PEDRO SCHIAPPACASSE, GUIDO SCHUTZ, LOLA SEGURA, ALEJANDRO SEVILLANO, ATILANO TOMÁS, CARMEN TORTOSA, JAVIER TRENADO, ENRIQUE URTAZA, FEDERICO VIDAL GUARDIOLA, NATXO Hemeroteca
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