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EL COLOQUIO DE LOS PERROS

FICCIONES

PEQUEÑOS RELATOS PARA ENTENDER EL MUNDO

JUAN MANUEL CABALLERO PAREJO

27/6/2025

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MAL DE UNO

          Salustio Fortes tenía las manos como cepas de vid, pero eso era por todo lo que había trabajado de niño en los campos de su padre, y en el cebadero de cerdos. Después, cuando su padre murió prematuramente a causa de la mezcla de años de vino tinto con tabaco, el joven Salustio, que tenía buena cabeza para las cuentas de la abuela, se encargó de las tierras y de los cochinos él solo, con la ayuda de jornaleros, y gestionó con tino y hasta con fina hilazón mejorando los rendimientos de su antecesor (“antecessor”, hubo de haber quien lo llamase). Y trabajó como una bestia unos años más hasta hacer revalorizar lo heredado. Entonces, le llegó la oportunidad: le salió comprador, y vendió. Vaya si vendió: se aprovechó de una ley que impedía poner otro cebadero en varios kilómetros a la redonda de donde ya había uno, y colocó el suyo a precio de oro. Y en las parcelas expeditas donde su padre sembraba el cereal, él plantó hileras de olivitos, de esos picuales, que en pocos años están dando fruto; y tan atentamente los cuidó que crecieron lustrosos y recios; tan recios, o casi, como sus propias manos. Y los vendió también, muy bien vendidos, obteniendo de ellos un enjundioso beneficio. Poco después tuvo la suerte de que la parte de la finca con la peor tierra recabó el interés de esos tipos de las placas solares, que consideraban que ocupaban un lugar privilegiado para sus fines, así que hizo negocio con ellas: nada de alquilárselas ni de vendérselas a precio de saldo como hicieron, engañados, otros rústicos del lugar, sino que, tranquilo por su desahogada posición económica y conocedor de la irresistible preferencia por aquel apreciable trozo de terreno que los directivos de la gran compañía eléctrica sentían, se vio impelido a lanzarles un órdago, que los otros, aun a regañadientes, terminaron por aceptar.
          Así acomodado, enriquecido y liberado de su trabajo agrícola y ganadero, se vio Salustio Fortes en una posición que siempre había deseado: la de tener tiempo para él, y para dedicarse en cuerpo y alma a desarrollar el espíritu: el de las artes y el de las letras, pues ahí donde lo ven fue siempre Salustio un hombre sensible a ese tipo de enjundias, cosa que no le venía de familia pues por más que enredó en su árbol genealógico (ahora que tenía tiempo), ningún ancestro le salió, que se supiese, con pulsión parecida. Y eso que en su genealogía había alguna rama relativamente acomodada, y sabido es que de la tranquilidad económica brotan muchas veces las artes; y que en la suya, mismamente, se había manejado cierto capital, aunque, eso sí, siempre respaldado por el trabajo duro.
          En definitiva, Salustio había decidido explorar su veta creativa, y compró pinceles y lienzos y se puso a mirar por la ventana de su casa en el campo para tratar de robarles el alma a las higueras que había cerca del regato. Esa primera vez, sin embargo, sólo consiguió robarles la dignidad. Como después de varios meses llegó a usurparles hasta la razón de ser, decidió guardar los trastos en el desván, así como la enciclopedia de Grandes Maestros de la Pintura que se había comprado para que le sirviera de guía, para no topar su vista con ella por la casa cada dos por tres y recordar que, tal vez, los grandes maestros de la pintura y él eran especies diferentes.
          Después le tocó el turno a la poesía (¡pobre poesía, ese cajón de sastre!): escribió inspirado por los más exóticos motivos, sabedor de que los tiempos exigían de una poesía desacomplejada, arriesgada, de verso libre. Hasta el rabo en espiral de un cerdo, como metáfora de la vida, fue motivo de su atención. Pero sus composiciones resultaban mortecinas y empobrecedoras, torpes, manidas a la postre, y terminó dejándolo. Al menos, pensaba, contaba con cierto gusto estético, aunque sólo fuera como buen degustador de lo ajeno.
        Desposeído así de su prurito creativo en un tiempo razonable gracias a su capacidad crítica para consigo mismo, exento de cargas familiares dada su soltería, quedó el bueno de Salustio al albur del tiempo libre. Por ratos anduvo paseando por el pueblo, frecuentando las terrazas de los cafés aprovechando la primavera, pero pronto se cansó de lucir su tipología más bien grotesca que, al parecer, le impedía echarse novia; además, padecía una timidez proverbial con eso de las mujeres: de más joven, aun salió algo por ahí, con un par de amigotes del pueblo; tipos con desparpajo cuyas evoluciones con las jóvenes solía observar desde el margen. Una vez fue testigo de cómo uno de ellos se logró arrejuntar con una muchacha bastante agraciada de un pueblo vecino diciéndole cosas al oído después de haberla invitado a dos copas y bailado con ella. Una de las cosas que le musitó, llegó a escucharla: «eres más bonita que un remolque recién pintado». Y a fe que le dio resultado porque antes de que cerraran el disco-pub desapareció con ella y luego se supo que ayuntaron en el coche.
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          Pero aquello era agua pasada, parte de su “aprendizaje vital”, que le enseñó a conocer los caminos que no debía transitar. Ahora, al poco de su fracaso con la pintura y con las letras, se planteó matricularse en alguna carrera, una de Letras, de esas llamadas de Humanidades, como si las demás, las ciencias naturales por ejemplo, fuesen cosas del y para el Espíritu Santo. Pero para ello debía aprobar un examen de acceso directo a la universidad, puesto que carecía de educación secundaria; llegó a echar un vistazo al temario de aquella especie de Selectividad para adultos, pero se arredró al comprobar la dosis de Matemáticas, de Física y química que contenía, materias que planteaban para él una suerte de hermetismo insondable. Además... ¿para qué tanto estudio regulado si no pensaba ejercer profesión que se le derivase?; prefería ser autodidacta, alimentar su alma con la poesía; tal vez hasta con la filosofía de los elegidos: llegó a pensar en dedicarse a ella, porque anidaba en su interior un no se qué que le hacía proclive a cierta angustia existencial, y no sabía si a través de esa disciplina podría drenar todo aquello, aunque su obra resultante sólo la llegasen a entender cuatro. Por cierto: cuatro entre los que él mismo seguramente no se encontraría, vista la nula conclusión que sacó de su intento de lectura de Kant, de la que no se enteró en lo absoluto. Eran palabras mayores, esos filósofos; al menos los buenos, los que tenían verdadera capacidad para cambiar el mundo. Él quería trascender, navegar por encima de la consciencia de los hombres, pero debió reconocer que la gran filosofía hablaba un idioma que a él le resultaba imposible descodificar. Olvidó pues, también, su impulso filosófico.
            Mientras dormía, una madrugada sintió cómo una de las esquinas de su colchón se hundía; se despertó de un salto y encendió la luz de la mesilla. Sumida la habitación en la iluminación turbia de la lamparita, vio a su madre sentada a los pies de su cama, que lo miraba fijamente. «¡No!»: esta fue la primera reacción de Salustio, aunque enseguida se recompuso: «¡Joder, mamá!, ¡qué susto!... por un momento olvidé que estabas viva todavía...». La madre de Salustio nunca fue un dechado de solidez mental; tal vez sí que estuvo bastante centrada los primeros años, cuando él era un bebé y luego durante sus primeros años de niñez, pero después cayó en esa ciclotimia tan suya que la hacía desvariar, y la muerte de su marido le asestó la estocada final, terminando por perder a la mujer en un mundo de brumas del que parecía encontrar a ratos la salida, pero sólo para darse media vuelta después y regresar, como si en el fondo allí se encontrase más cómoda. Antes, no obstante, de mudarse a su particular mundo de espectros donde a veces tenía largas conversaciones con su difunto marido sobre las cuestiones más peregrinas, la señora de Fortes le llegó a aconsejar a su único hijo alguna vez que se largase a la capital de provincia para huir del terruño, porque si no iba a acabar tan embrutecido como su padre. Se lo decía porque notaba en él cierta propensión a la curiosidad, cierto anclaje de su alma en las cuitas de los sapiens puros; cierta, eso, sensibilidad humanizadora. Pero también, porque sabía que sus hechuras de labriego, casi más acusadas que las de su padre y que, para más inri, debía su naturaleza hacer congeniar con su casi metro noventa, le conferían una apariencia de embrutecido gigantismo poco habitual en aquellos lares; y con ese aspecto y su espíritu callado la posibilidad de encontrar mujer en la comarca, a pesar de sus posibles, resultaba ciertamente remota. Al menos, pensaba la madre, una mujer digna de tal nombre. Las cosas habían cambiado mucho en los últimos tiempos, y ni en la ruralidad profunda las mujeres se conformaban con garantizarse el sustento. Pasaba el consejo de la todavía cabal señora, además, por que su hijo se plantease una emigración total: nada de ir a usurpar una mujer urbanita de su entorno natural, que eso, en estos tiempos, no era ya posible y, de serlo, no auguraría nada bueno, que sería señal de mala fe por parte de la agraciada; de obvias intrigas por parte de ella, que seguro terminaría por dejarlo en la estacada con una mano delante y otra detrás mientras se gastaba lo trasvasado con algún chulo de la ciudad. Tampoco es que albergase la madre alguna esperanza concreta en un eventual trasvase de la coyuntura de su único hijo a la ciudad, medio este que ni ella conocía demasiado, pero del que sabía que cierta apertura de miras lo caracterizaba. Imaginaba la ciudad como una especie de terrario donde habitaban, semihacinados, una amplia variedad de especímenes humanos; también los solitarios que buscan alguien con quien compartir la soledad, y que ha mucho que colocaron el listón de las apariencias a ras del suelo.
         Eso llegó a aconsejarle su madre, aquella mujer delgada y ojerosa, por otro entonces. Siempre tuvo ella, mientras estuvo razonablemente bien, esa veta de no sé qué... de profundidad, a decir de su hijo. De cómo no pertenecer a aquel lugar, ni a aquel tiempo rupestre, por decirlo de algún modo. Una mujer adelantada a su tiempo, eso es lo que era. Por lo menos, a aquel tiempo engarzado a aquel espacio que le tocó vivir. Pero luego también practicó con él, con su hijo, esa estulta tendencia a la traición gratuita, actuando como colaborador necesario ante los excesos despóticos sobre los lomos del niño que su padre repartía ordenadamente a lo largo del año sin motivo de peso aparente, sólo como “revisión” del buen funcionamiento familiar para toda la temporada. Tenía la señora, en fin, esa cierta doblez que tanto despistó a su hijo durante la niñez, característica de las madres un tanto ajenas, desafectas, neuróticas. Sólo que, con el tiempo, demostró ser algo más que una simple neurótica.
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          Como fuera, ahora su madre no era más que un fantasma. Pero un fantasma que requería de sus cuidados, y eso le impedía irse a ninguna parte. Eso, claro, en el supuesto de que realmente quisiera hacerlo, cosa que no estaba clara en modo alguno. No: él quería crear algo, algo de la nada, a poder ser, artístico, o intelectual, y aquel retiro suyo resultaba ser un lugar más que adecuado para hacerlo. Un día se miró las manos y constató que, en el fondo de los pequeños surcos de sus anchos dedos, aún quedaba un rastro nítido de ese tono marrón que tanto le había costado despegar del resto de ellas; de todo su cuerpo, en realidad. Se desesperó al comprobar que tampoco con una aguja con la que rascara el curso de los pequeños cauces que el tiempo de labor agropecuaria había formado en sus dedos, aquel tono allí impreso se inmutaba. Dejó la aguja a un lado y separó las manazas de su rostro para observarlas mejor, y aterrorizado comprendió que aquellas monstruosas herramientas estaban concebidas para destripar terrones de tierra seca, reducir gorrinos cafres, acarrear sacos de grano. Se desplomó por un momento en el sillón, se cubrió el cráneo con las manos y las cerró sobre su cabello.
          Pero de allí salió un hombre renovado: el Salustio Fortes que se levantó de aquel asiento unos minutos después lo hizo erigido en otra cosa, en un hombre que había tomado una decisión. Una, además, fruto del razonamiento: si no podía alcanzar a elaborar las mieles de la poesía, no era por incapacidad o falta de sensibilidad, sino por la cantidad de años desaprovechados durante su primera juventud en los hostiles trabajos primarios; dicho de otro modo, lo que Salustio quería decirse es que el trabajo, o en su caso la actitud, hacen al hombre. De manera que comenzaría a hacer todo lo necesario para convertirse en poeta.
         Pocos días después, Salustio Fortes fue visto por el pueblo vestido de extrañas maneras. Muchos no sabían definirlo con tino, pero él sabía que llevaba las pintas de Oscar Wilde, a quien Salustio tenía en un pedestal del buen gusto literario desde que leyó el Retrato de Dorian Gray y lo vio en antiguas fotos impresas y supo algo de su vida. Claro que podría haber optado por un mayor recato en sus vestimentas (que mandó cortar en la capital), en sus modales y sus poses (se sentaba a la mesa en alguna de las cuatro o cinco terrazas del pueblo, se cruzaba de piernas y leía el periódico y, después, algún libro de poesía de la de antes), pero pensaba que la mejor manera de recuperar el tiempo perdido era andarse sin remilgos a la hora de meterse en la piel del poeta. Las semanas pasaron, los ojos de los lugareños se acostumbraron a la excéntrica figura vespertina de aquel paisano desviado, al que llegaron a ver como un souvenir que no venía mal para atraer el turismo rural. Sin embargo, Salustio escribía y escribía y su verso seguía sin tener esa impronta, ese pellizco, esa magia necesaria para decir aquellas cosas que el verbo común no puede abordar. Estuvo, desde luego, a punto de la desesperación, otra vez; pero decidió persistir gracias a un recuperado aprendizaje obtenido de sus largos años de trabajo en el campo: la perseverancia en el cuidado de los cultivos, de los cerdos, termina obteniendo sus frutos, amortizando inversiones y consiguiendo ganancias. Ahora, sólo se trataba de aplicar esa sabiduría a su nueva categoría de poeta maldito. La poesía en pura prosa sería su próxima incursión.
          Sumido en esa vida que, a fuer de improductiva empezó a sentir como disipada, en cierta ocasión, a solas en casa, volvió a mirarse las manos inabarcables, y a fe que no le importó en ese momento que aún se le notase el marrón tierra en el fondo de los surcos de sus dedos. Es más: plegó un poco esas manazas hasta dejarlas con la forma de un recipiente, y sintió como la necesidad de aferrar sendos pedazos de tierra; de tierra humedecida por el riego, roja y fértil como vientre de ratona.
          Un día, mientras Salustio defecaba, notó una especie de escozor ardiente en algún punto del recto. Miró las heces, pero allí no había rastro de sangre, sólo eran duras como piedra del camino. El recuerdo de aquel ardor, sin embargo, se le quedó adherido en la sesera, de manera que un rato después, cuando estaba sentado en su escritorio intentando dar forma al borrador de un soneto aprovechando que tenía el espíritu sellado con la lectura de Las flores del mal, le pareció sentir que el escozor se le repetía, sin motivo aparente en esta ocasión. Se removió sobre el acolchado de la silla para ver si surtía algún efecto, pero no. El escozor se tornó dolor abierto, como abierta en canal debía estar, pensaba, la úlcera que habría de tener en tan íntima parte de su cuerpo, que por escondida resultaba íntima también para él. Se levantó y revisó si había mojado de sangre su anticuado calzoncillo de algodón, pero ni rastro del líquido vital; de eso no.
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          Los días se sucedían con Salustio entregado a su causa de frivolidad pueblerina, imprimiendo su figura de dandi en la retina del común, en la percepción del visitante eventual que se paraba a tomar un refrigerio en el bonito centro del pueblo antes de seguir con su camino. Y después, en casa, una vez había atendido las necesidades básicas de su madre, se aplicaba al verso, otra vez libre, que ahora le gustaba alternar con eso de la prosa interior, del diálogo interior, como se diga. Pero cada vez era menor su capacidad de concentración por culpa del dolor en el recto. A veces, por la mañana, tras el descanso nocturno, parecía remitir notablemente, incluso desaparecer por largo rato. Pero con el vaivén de la actividad, aquello remontaba con intensidad renovada, más doloroso de un dolor cáustico, como si hubieran arrojado jugo de limón sobre el epicentro desde el que después irradiaba hacia los lados en círculo, abarcando todos los ángulos, hasta un palmo desde el epicentro.
         Convencido de padecer algún mortífero mal, un cáncer de recto seguramente, acudió a urgencias, donde obligó a los facultativos a realizarle pruebas que hubieron de ir más allá de las estrictamente necesarias, tal era el grado del dolor que decía sentir. Hasta hubieron de internarlo durante un día entero en una de las escasas camas del pequeño hospital comarcal y aplicarle alguna dosis de analgésicos. Al día siguiente, ante la persistencia del dolor, que refería más extendido a partir del punto de origen una vez que le iba remitiendo el efecto de la medicación, lo trasladaron en ambulancia al hospital provincial, donde le realizaron pruebas añadidas que terminaron por apoyar las primeras observaciones: sin rastro alguno de enfermedad; es más, el paciente, según todos los datos, gozaba de un estado de salud excelente. La insistencia médica en su ausencia de enfermedad en aquella otra instancia hospitalaria, aún más seria que la anterior, hizo al parecer que el dolor remitiese en buena medida, lo suficiente como para darle el alta y regresarlo a casa.
          En los días que se siguieron, Salustio se mantuvo dolorido dentro de la mejoría. Decidió volver a salir al pueblo, a las terrazas, para seguir haciéndose poeta de afuera a adentro; incluso pensó en ponerse a escribir allí, ante todos, convirtiéndose en una especie de poeta público. Pero se vistió con su indumentaria con cierta desgana y aprensión ante la perseverancia de su mal de fondo, fuese el que fuese, porque los médicos, a la vista estaba, no habían dado con la cosa. Al levantar la pierna aquello, aquel punto medio gangrenado —tal y como él se lo imaginaba— que tenía a ambos lados del recto como a mitad de la longitud de este, volvía a escocerle notablemente. Se ve que, al unirse ambas partes por culpa de su postura forzada y hacer contacto, la adhesión de aquellas acideces provocaba que la quemazón se desatase. Importante resultaba no olvidar tomar los sobres de lactulosa que le habían recetado en el hospital para reblandecer las heces, único motivo verosímil que dieron los médicos a alguna eventual molestia que el paciente pudiera padecer en la zona referida; una molestia que, de todas formas, no debería traducirse en un dolor tan intenso.
           En la calle, a la mesa de la terraza donde se había sentado con precaución para no tentar a su dolencia, Salustio prescindió de cruzar las piernas esa vez. Volvió a notar a su alrededor alguna sonrisa furtiva, tal vez una mordacidad sobre su persona unos metros más allá. Pero él llevaba mucho tiempo vacunado contra todo eso y aún mucho más, cortesía de un carácter que siempre albergó cierta rareza; y eso concitó que, circunvalándolo, se adoptase una actitud risueña por parte de sus coterráneos. Ante semejante escenario, sacó Salustio su cuadernillo de notas y su elegante bolígrafo y se colocó en posición de escribir: era su manera de responder —aún con más excentricidad— al reto civilizatorio que aquellos pueblerinos —así lo asumía él— le planteaban. El problema de semejante afrenta (la que él profería al escribir delante de aquellos semianalfabetos), radicaba en que, en semejante tensión, sabiéndose en una pose, nada le salía del bolígrafo; ni tan siquiera el más facilón de los ripios. Decidió entonces que, antes de ponerse a garabatear sobre el papel cosas absurdas con tal de continuar con el paripé, más le valía dejarlo y adoptar la postura de un pensador elegante a la caza de ideas para escribir. De ese modo, se limitó a escribir un encabezamiento («poema desubicado», eso es lo que puso) para después echar hacia atrás su corpachón y adoptar una postura de pensador: cabeza erguida y ojos mirando abajo hacia la izquierda. Pero a aquel aparentar le faltaba algo, el toque definitivo: el cruce de piernas. Debía arriesgarse a pesar de que el mismo hecho de sentarse ya le había provocado cierta quemazón añadida. Así lo hizo.
          El dolor fue tanto, y tan punzante, como si alguien, alguno de aquellos gañanes, hubiera hurgado en sus laceraciones internas con uno de sus dedos duros y rasposos antes de echar sobre ellas, esta vez, un buen chorro de vinagre. Sin poder contenerse, se levantó, apoyándose en uno de los veladores, lo que le permitía permanecer en pie mientras, entre agudos gemidos de dolor, intentaba, ante los ojos de todos, separar, a través del pantalón, ambas fases del culo, con la esperanza de separar de esa forma las partes internas que tan profundo dolor le producían. Finalmente, ante tan excesiva tortura, no pudo menos que derrumbarse en el suelo para retorcerse a sus anchas. Alguien, el dueño del bar tal vez, llamó a la ambulancia.
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          En la cama del hospital Salustio fue tratado con analgésicos, pero no tan fuertes como le dijeron. Conocedores de su reciente historial, decidieron indagar en su condición mental, de manera que, hasta cierto punto, juguetearon con el efecto placebo. Tal vez creyendo que en verdad le habían administrado morfina, el paciente notó mejoría, pero no remisión total. Un apaciguamiento, en todo caso, que le sirvió a Salustio para determinar mucho mejor el alcance de su dolor irradiado (antes, con el dolor intenso, le resultaba imposible notar dónde este había establecido su frontera). El resultado de su autoobservación fue demoledor: al menos eran ya palmo y medio los que aquel mal abarcaba, también hacia abajo, rodeándole hasta la parte alta de las piernas. Recordó en ese preciso momento aquella vez en la que un fuerte dolor en el pecho le hizo pensar en que padecía un problema cardíaco. Fue hacía muchos años, y todo quedó en que tenía burbujas de aire comprimido en los pulmones, nada grave. Aquello se pasó, pero el recuerdo de su molestia regresó a Salustio, que empezó a sentir otra vez aquel dolor olvidado que se le extendía por todo el tórax hasta hacerlo enmudecer. Y notó que el dolor le rodeaba, y que el que acababa de inaugurar arriba terminaría pronto por unirse al de abajo. Esto dio al traste con el experimento placébico de los médicos, que sufrieron en sus propios oídos los gritos de dolor endemoniado, que había regresado con más virulencia que nunca, y más extendido.
         La siguiente estación de Salustio fue la planta de psiquiatría del hospital provincial, donde fue derivado dado el carácter que los médicos de lo físico atribuían a su mal, y al cariz de gravedad que parecía estar tomando el asunto. Los psiquiatras trataron a su nuevo paciente con dosis importantes de ansiolíticos como inevitable primera medida ante su desesperación algésica. Más tarde le reducirían la dosis para tratar de comunicarse con él y decidir a qué tipo de desequilibrio se enfrentaban. Afortunadamente, Salustio salió de su sueño inducido totalmente relajado y sin dolor aparente, así que el psiquiatra tuvo el primer contacto racional con él. Nada relevante, empero, podría el amable lector deducir de ella, pero no dejaré de proponer la utilidad de una pincelada gruesa sobre lo esencial de la entrevista: no más que el doliente negó la posibilidad de recibir un tratamiento psicológico de fondo (¿era Salustio afín a su padre en eso de que la psicología era uno de esos inventos que generan problemas donde no los hay?), y que, en lo que concierne a sus insoportables accesos de dolor sin aparente causa: «no busque complicaciones, doctor. El dolor siempre está ahí, y siempre lo ha estado... sólo es necesario saber escucharlo».
       Para recibir temporalmente un tratamiento ambulatorio a base de fuertes ansiolíticos relajantes, hubo finalmente, no obstante, de comprometerse a visitar al psicólogo del hospital unos días después. De vuelta a casa, encontró a su madre en la de los vecinos más cercanos, que vivían a unos cien metros, y que habían encontrado a la mujer medio desnuda deambulando por el campo. «Tal vez tendré que ingresarla en algún centro, porque ahora también yo estoy enfermo», se defendió ante el solapado reproche de los vecinos.
          Mientras regresaba a casa con su madre, caminando, confirmó la presencia de un nuevo foco de dolor en la boca del estómago, que se intensificó al entrar en el hogar. Con toda la urgencia que fue capaz de aplicar, preparó una considerable cantidad de comida precocinada y la colocó dentro de la habitación de su madre, junto con tres buenos jarrones de agua, junto con ella misma. Después, cerró con llave el dormitorio de la anciana. Con las fuerzas que le quedaban (el dolor estomacal iba creciendo y ya se mezclaba con los otros dos, que se recuperaban a su vez del adormecimiento al que sus enemigos, los médicos, los habían tenido sometidos), salió a las inmediaciones de la vivienda con la bolsita que le habían despachado en la farmacia bajo prescripción facultativa, hizo un pequeño hoyo en el suelo con sus propias manos e introdujo en su interior la bolsita llena de ansiolíticos y antidepresivos. Con mano trémula, sacó un pequeño mechero del bolsillo y le prendió fuego. Se reincorporó como pudo, entró en su dormitorio, echó el cierre por dentro y, después de desnudarse por completo, se acostó.
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          Un rato después, el dolor era ya insoportable. Invadía la mayor parte de su cuerpo: como había estado de rodillas mientras cavaba el hoyo y había utilizado sus manos para cavarlo, de sus rótulas y sus dedos emanaba en ese momento un dolor que recorría casi la totalidad de las respectivas extremidades. Recordó entonces una pequeña fase de su infancia en la que sufrió de cefaleas, de modo que empezó a sentir un leve dolor de cabeza, si bien casi imperceptible en un principio dada la aspereza de las dolencias precedentes, que cegaban todo lo demás. Las ganas de gritar, que se le apelmazaron en la garganta, hubieran tenido el camino libre, casi aislado en mitad del campo como vivía, pero él ya había tomado una decisión: atravesaría aquel calvario totalmente mudo; o, hablando más propiamente, se sumiría en él, pues no pensaba que aquello, aquel dolor furioso, fuese el camino a ninguna parte, sino más bien una estación de llegada. Había tomado esa decisión justo después de salir del hospital, sin saber por qué.
          Allí tumbado, el dolor invadía ya todo su cuerpo. Decidió mantener los ojos cerrados todo el tiempo para centrarse más en él. Notó que aún quedaba una renuncia que no había acometido: de vez en cuando, se retorcía para acompasar su sufrimiento. Decidió dejar de hacerlo. Se sumergiría en el suplicio con quietud y puro estoicismo.
           Transcurridas unas horas, Salustio yacía inerme. El mal campaba a sus anchas por su recinto privado, que era el cuerpo todo de su huésped, que se le hacía pequeño: si por él hubiera sido, se habría propagado por otro cuerpo, pero la única otra persona relativamente cercana era la madre, encerrada en la habitación de enfrente, y seguramente ni estaba dispuesta a albergarlo, porque su infamia era otra. De modo que aquello era algo exclusivamente suyo; él había sido el elegido, el único responsable de ser depositario de aquel dolor, que era el mayor dolor que habría nunca de haber sentido un hombre solo.
          De tanto soportar lo insoportable en tan total quietud y silencio que hubiera supuesto una entelequia para el más aguerrido estoico o incluso yaciente guerrero, Salustio alcanzó un estatus como portador del dolor que no se hubiera imaginado; no digamos propuesto: resultó que, en un momento dado, se dio cuenta de que el dolor había desaparecido. Una vez que se aseguró de su nueva condición, terminó por comprender el mecanismo que en él se estaba operando: al haber aprendido a residir en la cima paroxística del dolor, este había terminado por convertirse en soporte existencial natural, en plataforma aceptada por su cerebro como lecho primordial desde el que actuar. Y el resultado psíquico de ello fue que dejó de sentir dolor, porque al convertirse en su estatus natural el cerebro dejó de interpretarlo como amenaza.
          Ocurrió entonces que, recién estrenado su nuevo bienestar, embadurnado de sudor seco, ojeroso y pálido y empapado en orín como consecuencia de su calvario, Salustio sintió la repentina necesidad de asistir a su madre, de liberarla de su precipitado encierro, como si cuitas de muy distinta naturaleza hubieran ocupado súbitamente su corazón. Pero al intentar incorporarse el dolor regresó con tal fuerza, tan de golpe, que se sintió morir y volvió a derrumbarse en la cama. Tras alguna tentativa fallida más utilizando movimientos más suaves para moverse, supo descifrar del todo la situación: la analgesia sólo le asistía en estado de quietud; aún más: la inacción, además de física, había de ser mental, pues el menor indicio de pensamiento complejo, o de recuerdo sintiente, lo abocaba de nuevo al dolor insoportable; como si condición sine qua non para sobrevivir sin dolor fuese la vegetativización total. Él lo visualizó de una manera peculiar: le pareció como si su psiquis se hubiera sobrepuesto al dolor, cubriéndolo a cierta distancia, allí tumbado como estaba; de forma que sobre la cama estaba él, propiamente dicho; adherido a él, a su cuerpo, permanecía el dolor, del que le era imposible despojarse, y, por encima de ambos, digamos a un palmo, estaba esa “sábana psíquica” que había conseguido trascenderlos a los dos. Ahora bien: ocurría que, en el momento en que él, por debajo, se movía, su dolor anexionado lo hacía con él y tocaba, razonablemente, con su psiquis levitante, que como defecto principal tenía el de carecer del todo de plasticidad. Y ahí era que el dolor regresaba como una manada de búfalos. En cuanto al regreso del dolor con el pensamiento complejo, él lo atribuía al hecho de ser este punzante, lleno de aristas y, además, expansivo. Se comprenderá por tanto cómo una onda llena de navajas en su filo puede dañar fácilmente a la despegada membrana de su espíritu proyectado, provocando el regreso renovado del mal.
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          Dos semanas más tarde, el rumor de una desgracia que, por otro lado, a pocos importaba, se había extendido por el pueblo: algo malo había ocurrido con los Fortes. En rigor, con el hijo, Salustio, el tipo extraño que se convirtió en una especie de finolis dizque con tendencias uranistas. Pero muy probablemente también, por extensión, con su madre, la viuda loca, incapaz de sostenerse por sí misma. El primero hacía tiempo que no lucía el tipo por el pueblo mirando a todo el mundo por encima del ojo. De la segunda, sus vecinos los Andrade habían dado fe de su abandono unas semanas atrás, cuando el hijo fue hospitalizado y la dejó de la mano de Dios. Y desde entonces, no la habían vuelto a ver salir por la zona de aparcelamiento, cosa que hacía casi a diario por un rato cuando el sol declinaba, para tomar el aire.
            Cuando la policía llegó a la casa de los Fortes, daban casi por hecho que nadie iba a abrirles la puerta. La situación pintaba mal: según sus pesquisas en el pueblo, ambos, madre e hijo, estaban como las maracas de Machín. «El uno por el otro, y la casa por barrer», le dijo uno de los agentes a un compañero, aprovechando el aspecto de dejadez que había adquirido la entrada. Llamaron al timbre y esperaron; alguien decidió hacerlo también con los nudillos. Gritaron el nombre de ambos, sin resultado. Justo cuando se disponían a echar la puerta abajo, sonó el cerrojo por detrás y la madre apareció.
           Su aspecto estaba muy mejorado, fresco; por primera vez en mucho tiempo se la veía con ropa limpia y hasta vistosa, floreada, en lugar de uno de esos camisones largos de los que no se despegaba durante toda la estación cálida. El aroma de la casa era también agradable, y una suerte de perfume se extendía sobre un aroma que pareciera algo así como de sopa, o quizá puré caliente. La mujer los recibió con normalidad, lo cual exigía cierto grado de extrañeza por ver allí a aquellos agentes de policía, algunos de los cuales, francamente sorprendidos, no supieron qué decir en un principio. Otro había con el colmillo más retorcido al que, por el contrario, todo aquello le resultó muy extraño, así que, sin el remilgo de sus compañeros, preguntó directa y un tanto desabridamente a la mujer dónde estaba su hijo. Como mejor respuesta, la madre los invitó a entrar para que ellos mismos pudieran verlo.
        Nada más entrar a mano derecha, los hizo pasar al dormitorio de su hijo, impecablemente ordenado y limpio. Sobre el lecho yacía Salustio, igualmente aseado, ataviado con un fino pijama asedado muy propio para esa época del año. Sobre la mesilla, un plato con puré templado. Ni los ojos movió el yaciente cuando los policías se acercaron a la cama, más que nada por el dolor que prestar atención a los asuntos externos le producía. «Ahora mi hijo necesita paz, mucha paz». Los agentes se miraron; sabían por sus indagaciones, por ser del propio pueblo alguno de ellos, que Fortes el joven no andaba bien a causa de fuertes dolores, amén de por la afección de los nervios, de los que el pueblo había sido testigo. Antes de irse, los custodios de la ley preguntaron a la señora por el motivo de su invisibilidad, testimoniada por los Andrade, sus vecinos más cercanos, a lo que adujo que llevaba tiempo saliendo al aparcelamiento sólo por la parte de detrás para acceder al huerto en el que estaba trabajando, el que su hijo dejó abandonado cuando le dio por eso de la literatura. Del estado de su propia mejoría sobre el que un agente le preguntó con delicada curiosidad, la mujer se limitó a sonreír: «lo cierto es que tanto mi pequeño como yo nunca habíamos estado mejor».

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JUAN MANUEL CABALLERO PAREJO (Sevilla, España, 1970). Estudió Filología Hispánica y Cine. Ha escrito guiones para cortometrajes. Ha publicado los libros de relatos Por de dentro (2024) y Niebla sobre Quantico, Virginia y otros relatos desubicados (2025).
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