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EL COLOQUIO DE LOS PERROS

ESCRUTINIO DEL CURA Y EL BARBERO

RESEÑAS ATEMPORALES PARA LIBROS DESCOMUNALES

LA CONDICIÓN VULNERABLE

24/8/2025

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JOAN-CARLES MÈLICH. LA CONDICIÓN VULNERABLE
(Fragmenta, Barcelona, 2018)
[Traducción de Marta Rebón]

por CARLOS GIL GANDÍA

          Los libros nunca se leen de la misma manera: cada uno se filtra por la mirada emocional e intelectual que llevamos en el instante de abrirlo. Hay títulos que pasan sin dejar rastro y otros que, quizá por azar o por descarte, llegan en la hora justa, como si aguardaran a que la vida los reclamara. Entonces adquieren un carácter casi místico: recordatorio íntimo de lo que necesitábamos escuchar. Eso me ocurrió con La condición vulnerable.
          Desde 2008, lo que se advierte con obstinada claridad es la persistencia de un deterioro múltiple: primero la crisis económica, que quebró la confianza en el porvenir inmediato; después la erosión social, que dejó a muchos sin sostén; más tarde la pandemia, recordándonos la precariedad de nuestros cuerpos; enseguida la guerra en Ucrania y el asedio de Palestina, geografías distintas unidas en la misma cartografía del daño. A todo ello se suma el mundo virtual, que crece como segunda piel, ilusoria e implacable, donde también se abren heridas: cuerpos expuestos, entornos desprotegidos, a menudo sin remedio. Esta sucesión de golpes, que oscila entre lo íntimo y lo planetario, nos devuelve siempre a la misma evidencia: la fragilidad humana, el equilibrio precario de los lugares y de las vidas que habitamos. Y allí encuentra sentido el título de la obra de Joan-Carles Mèlich.
          La descubrí un día cualquiera. Marta Rebón la mencionaba de pasada en una columna de La Vanguardia, y yo, atento a lo aparentemente irrelevante, me quedé con el título. Quizá porque resonaba con una convicción que desde hace tiempo me ronda: desconfío del dogma contemporáneo que erige la felicidad como dogma ineludible, religioso. Esa consigna luminosa suele funcionar como coartada para no mirar de frente lo que duele, y por eso resulta tan ajena a lo verdaderamente humano.
             Mèlich, en cambio, se instala en lo que duele, en lo que falta, en lo que no se deja pulir. Propone una ética responsiva, no normativa: la finitud de la vida, la fragilidad del cuerpo, la dualidad de lo íntimo, la caricia, la vulnerabilidad social. Su escritura seduce no porque prometa consuelo, sino porque se atreve a habitar la intemperie, los márgenes de lo político, sin temer el frío. No levanta catedrales filosóficas destinadas a desafiar el tiempo; desmonta las que ya existen, pieza a pieza, retirando aquellas que oprimen más de lo que iluminan. Llama a este gesto “filosofía literaria”, acaso con modestia estratégica: en realidad, es un desmonte meticuloso del engranaje kantiano, de ese deber ser de relojería moral que interpreta como veneno vital, un totalitarismo del pensamiento que pretende extirpar la fragilidad que nos constituye.
         Aquí no puedo evitar —vicio académico, lo admito— pensar en el derecho internacional, donde he visto tentaciones semejantes: fijar identidades de víctima o culpable como definitivas, sellando lo que en realidad es móvil, contradictorio, lleno de grises. La vulnerabilidad, como la justicia, no puede administrarse desde la rigidez sin traicionarse. Y Mèlich, en este punto, no sólo lo entiende: lo asume como ética de respuesta frente a los principios absolutos que imposibilitan toda respuesta.
            Frente al artefacto frío, opone el temblor de la carne: la vulnerabilidad no como defecto, sino como condición misma de lo humano. Una moral que la ignore no es incompleta, sino fraudulenta. En su lugar propone la “decencia”: no herir al otro, aunque resulte difícil de vivir. Una ética provisional, hecha de prudencia, confianza selectiva, un orden íntimo que nos impida perdernos del todo. Ese orden, ¿articularía una sociedad decente en el sentido de Margalit? Sí.
            Y, sin embargo, para mí la fragilidad humana —esa que no rehúye los conflictos— también debe intentar darles forma. No se trata sólo de padecerlos, sino de articularlos, aunque sea de manera precaria, como quien recoge fragmentos de lo que fue y ya no es, pero permanece en un territorio indeleble. Esa resistencia me la recuerdan con nitidez la performance de Marina Abramović con Ulay: vulnerabilidad expuesta y desgarrada, pero al mismo tiempo sostenida en un gesto que se niega a desaparecer del todo por medio de la mirada del otro que nos posee, nos modela como un escultor a su escultura.
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         En esta obra, el itinerario intelectual de Mèlich recurre a literatos, filósofos, poetas: a Schopenhauer, para cimentar la compasión; a Descartes, con una crítica fina, para reforzar la provisionalidad moral que rehúye ser definitiva; incluso concede crédito a la metafísica tomista, si acepta que la tragedia forma parte de la existencia. En cambio, reserva su crítica más dura a Hegel: su filosofía del espíritu, al sacrificar la libertad individual, amputa la vulnerabilidad que dice comprender.
          Todo conduce, finalmente, a la amistad (que no identifica, sino transforma, nos recuerda Marina Garcés): no como vínculo tibio o conveniencia social, sino como alianza íntima entre quienes se saben expuestos. En ese espacio —y en el gesto último del abrazo— Mèlich reconoce un refugio momentáneo contra el desamparo. No hay paso hacia la trascendencia: no hay Dios, no hay providencia. Toda promesa definitiva le resulta sospechosa. Y ahí reside la belleza y el vértigo de su propuesta: vivir sin certezas, aunque a veces el frío sea insoportable.
          Aceptar que la vida no puede eludir conflictos, rupturas o incongruencias es reconocer que la plenitud, cuando llega, no es estación estable, sino breve alto en el camino. Los momentos en que todo parece encajar son oasis efímeros antes de que la arena vuelva a moverse. La precariedad no es un error a corregir, sino la textura misma de la experiencia. Si el mal, el sufrimiento y la indiferencia se repiten con obstinación, es porque habitamos un mundo que no fue diseñado para garantizarnos justicia o consuelo.
         En ese contexto, la vulnerabilidad deja de ser debilidad para convertirse en condición ontológica: no existe una identidad definitiva, sino un yo en permanente negociación con sus máscaras y con sus heridas. Las primeras —como sugiere Žižek a propósito de Lacan— no son simple impostura, sino el recurso que permite, en parte, ser más uno mismo; las segundas, cicatrices emocionales que, como las corporales, nunca desaparecen del todo y con las que se debe aprender a convivir. Pretender neutralizar la muerte, la crueldad o la pérdida no solo es inútil, sino obsceno: un modo de encubrir, mediante fórmulas inoculadas desde el nacimiento por el entorno cultural, aquello que exige ser mirado de frente. Tanto en la filosofía como —añado— en el derecho, la tarea más urgente no es abolir el absurdo, sino aprender a habitarlo, sabiendo que nuestras máscaras, lejos de ser engaños, son a veces las herramientas que nos permiten seguir en pie.
          En las últimas páginas, el autor confiesa que, para pensar la condición vulnerable, retorna una y otra vez a las mismas lecturas: Macbeth de Shakespeare; La transformación y otros relatos de Kafka; Beckett, Levinas, Canetti; Moby Dick de Melville; La náusea de Sartre; El animal moribundo de Roth; Butler y Cavarero; Blumenberg. Este verano —en el que todo parece confirmar lo que Mèlich describe— me trajo su pensamiento como quien recibe un recordatorio necesario. Me impulsa a seguir aprendiendo. ¿Qué más puede pedirse a un autor, e incluso a la propia vida, en esos momentos en que lo humano —o ciertos humanos— parecen empeñados en quebrar, con insistencia ritual, la vulnerabilidad que constituye nuestra condición más verdadera? Su libro, para mí, será compañía a lo largo de los años.
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    El Coloquio de los Perros.
    Revista de Literatura.
    ISSN 1578-0856


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    [Jane Austen]

    LA CONDICIÓN VULNERABLE
    [Joan-Carles Mèlich]

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