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MAURIZIO VIROLI. POR AMOR A LA PATRIA (Planeta, Barcelona, 2019) Traducción: Patrick Alzaya por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA El nacionalismo significa, según Horace B. Davis «preocupación por los intereses de una comunidad particular», mientras que el patriotismo puede significar esto, o bien preocupación por los intereses de un Estado particular. A diferencia del nacionalismo, que implica lealtad o devoción a la propia nación, el patriotismo es, según el mismo diccionario, «amor o devoción a la propia patria». Proviene de la palabra patriota, que a su vez se remonta a la palabra griega patrios, que significa «de padre». Nacionalismo y patriotismo suelen considerarse las dos caras de la misma moneda, pero son fundamentalmente diferentes. El nacionalismo enfatiza la superioridad y la exclusión, mientras que el patriotismo se basa en el amor y el deseo de progreso. El patriotismo es el amor y el orgullo por nuestra cultura, mientras que el nacionalismo es ese mismo orgullo, pero llevado al extremo que podría terminar en xenofobia. Maurizio Viroli, profesor de Teoría Política en la Universidad de Princeton, intenta en este ensayo romper lanzas por el patriotismo, en un más que interesante repaso histórico de los orígenes y evolución del concepto. Analiza no tanto el patriotismo que podríamos denominar natural, vínculo con la tierra nativa y entendido como lugar en la memoria, sino el político, el que surgió en Grecia y Roma y fue luego estandarte de las repúblicas italianas renacentistas; el que se refiere a la libertad común y al compromiso con el bien público, así como a la igualdad civil y política y al respeto por las leyes que la hacen posible. Esta noción, bastante clara hasta finales del XVIII, se desdibuja cuando el amor a la patria del hombre libre se sustituye por la lealtad a la nación, cuando nacionalismo y patriotismo se utilizan como sinónimos. Y es que el nacionalismo es un fenómeno político e histórico con características muy distintas: lo importante no es ya la libertad, sino la unidad cultural y espiritual del pueblo. El nacionalista persigue la unicidad etnocultural, y es por tanto excluyente: tiene destino, y en ocasiones hasta misión, y cuando desconecta la exaltación de la cultura nacional de la libertad, la convierte en un afecto innoble. En cambio, el patriotismo es inmune a todas esas preocupaciones y miedos sobre el entorno y la historia étnica de los pueblos. A finales del siglo XIX se produce otro fenómeno relevante: el patriotismo es absorbido por la derecha conservadora, mientras que los liberales y la izquierda quedan fijados en el internacionalismo y el pacifismo. Se plasman entonces clichés que se reforzarán con el auge del fascismo en los años treinta y las dos guerras mundiales. El concepto de patriotismo clásico político prácticamente desaparece, excepto en los Estados Unidos, donde la ausencia de tradición impide, digamos que casi físicamente, la tentación nacionalista. En los últimos años el debate sobre la ciudadanía constitucional de Habermas está abriendo las puertas a una nueva definición de patriotismo, con interesantes análisis sobre los valores de la lealtad y la solidaridad como fundamento de las sociedades democráticas. Para Viroli, «la observación de que el patriotismo está destinado inevitablemente a producir fanatismo, intolerancia y militarismo, es correcta para otros tipos de patriotismo, pero no es aplicable al patriotismo de la libertad por el que se aboga en este libro». Un patriotismo que no reclama abnegación heroica ni requiere homogeneidad cultural o étnica, pero que sí lleva a los ciudadanos a recuperar el sentimiento de compromiso público y a estar atentos a prevenir y refutar las amenazas a la libertad que se producen en nuestras sociedades. Por amor a la patria es el título de un gran ensayo del profesor italiano Maurizio Viroli, especialista en Maquiavelo, que reeditó muy oportunamente la editorial Deusto. El núcleo fundamental es la distinción entre nacionalismo y patriotismo. Una diferencia que en nuestro país se ha hecho todo lo posible por borrar en estos últimos años. El objetivo era bien claro. Se intentaba convencernos de que entre el amor a la patria y la ideología que consiste en exaltar una nación excluyente y cerrada no había diferencia alguna. Todo el mundo distingue sin la menor dificultad entre una persona que ama su país, que lo acepta como es y por eso mismo desea mejorarlo sabiendo que hay muchas maneras de hacerlo, de aquella otra que quiere fundarlo de nuevas, que afirma que su proyecto político es el único que refleja la esencia de ese mismo país y que todos los que piensan de otra forma deben ser barridos. Por eso, frente a la artificiosa y violenta situación en la que hemos vivido, va imponiéndose el sentido común.
Aunque en ocasiones parezcan confundirse, patriotismo y nacionalismo son conceptos distintos. El patriotismo pone énfasis en el aprecio a las instituciones y la defensa de la libertad común de las personas. El nacionalismo, contrariamente, aboga por la homogeneidad cultural, lingüística y étnica de la sociedad. El patriotismo pide un amor caritativo y generoso con el propio país. El nacionalismo exige una lealtad incondicional o una adhesión exclusiva. Este libro, que ya es un clásico, supone, además de una brillante reexión (reflexión) política, un clarividente alegato filosófico. Maurizio Viroli hace un extraordinario análisis de los dos conceptos e intenta discernir qué querían decir los filósofos, los agitadores, los poetas y los profetas cuando hablaban de amar a una patria. Sobre todo, porque la confusión en torno al tema ha provocado innumerables catástrofes históricas, empezando por el fascismo en todas sus formas. Si el patriotismo es un amor racional, que considera necesaria la virtud cívica para la preservación del orden público y la ley, prerrequisitos para nuestra libertad que nos permiten resistir la opresión de las egoístas ambiciones individuales; el nacionalismo puede llegar a ser exclusivista, intolerante e irracional, obsesionarse con la unidad y someter así a los discrepantes. La cuestión que plantea Por amor a la patria es cómo hacer que el amor a nuestro país sea compatible con los principios universales de libertad y justicia. Y eso pasa, como plantea Viroli, por intentar construir un patriotismo sin nacionalismo, es decir, por una llamada a la unidad política basada en el compromiso con el bien común y no en una inquebrantable adhesión étnica, religiosa o lingüística. Maurizio Viroli indudablemente siente un rechazo visceral hacia los nacionalismos en las formas que el mundo, especialmente Europa, ha padecido y padece hasta el día de hoy, como formas distorsionadas de enfocar el problema de la identidad. En cambio, rescata y reencanta el concepto de patria, procurando develar, como historiador, en el transcurso del tiempo, los significados que «académicos, agitadores, poetas y profetas han querido expresar cuando hablaban de amor a una patria» (p. 19). El autor intenta con lo anterior una interpretación histórica más que científica, que supere la sinonimia con que algunos textos analizan el «amor a una patria» y la «lealtad a una nación». Para Viroli, las distinciones que sitúan al nacionalismo como una singular corriente intelectual nacida en el siglo XVI con la creación del concepto de pueblo soberano, o en el siglo XVIII con la reivindicación de particularidades lingüísticas, religiosas, étnicas y culturales para la nación, conducen a confusiones. El patriotismo conduce a un amor caritativo y generoso, mientras el nacionalismo conlleva una lealtad incondicional que fácilmente se convierte en sectarismo y cuna de todo fundamentalismo racial y cultural. Para Viroli, la patria es inseparable de la república, de la virtud cívica entendida como amor a la patria, a la libertad común y a las instituciones que la sustentan. Su fin es la libertad, que Viroli entiende como «[...] la posibilidad para todos... de vivir sus vidas como ciudadanos sin ser oprimidos al denegárseles sus derechos políticos, civiles o sociales. Considero la unidad y homogeneidad cultural, étnica y religiosa como otros tantos vicios» (p. 29). A su juicio, apelar al patriotismo en vez de al nacionalismo aporta la misma fuerza unificadora y movilizadora, pero pone el énfasis en los derechos y en la importancia de la ciudadanía más que en las lealtades particulares sobre las que florece el nacionalismo. Por amor a la patria es una elaboración sobre las ideas de los que efectivamente son los principales teóricos del patriotismo y del nacionalismo europeos, con un afán ejemplificador notorio en la redacción. La tesis, en palabras del autor, es: «Si la patria es menos que una república en el sentido clásico, los ciudadanos no pueden ser virtuosos: no pueden amar a un estado que los trata de forma injusta [...]. Si la patria es más que una buena república, si es una buena república y una comunidad religiosa o cultural o social, la virtud cívica probablemente alcanzará su máximo. Sin embargo, también puede degenerar en el amor de los zelotes por la unidad, no en el amor político de los ciudadanos. Esto implica que para que se consolide el verdadero patriotismo, no necesitamos fortalecer la homogeneidad y la unidad, sino trabajar para fortalecer la práctica y la cultura de la ciudadanía» (p. 229).
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FERNANDO BERMÚDEZ DE CASTRO. PASOS SIN HUELLAS (Planeta, Barcelona, 1958) por JAVIER ÚBEDA IBÁÑEZ y JORGE CERVERA REBULLIDA En esta ocasión, hemos elegido para compartir nuestras impresiones con ustedes una obra que no es reciente ni está de plena actualidad. Se trata de Pasos sin huellas de Fernando Bermúdez de Castro, que resultó ganadora del Premio Planeta de Novela en 1958, tiempos pretéritos en los que ser galardonado llevaba aparejada la garantía de calidad, no como en la actualidad, por desgracia. El premio estaba dotado con 100.000 pesetas y se entregaba en el Hotel Palace de Madrid, donde se daba cita a la flor y nata del mundo social y cultural. El jurado estuvo compuesto por hombres de la talla de Wenceslao Fernández Flórez, Alejandro Núñez Alonso, José María Gironella, Álvaro de Laiglesia, Pedro de Lorenzo, Santiago Lorén y José Manuel Lara Hernández, todos ellos con indiscutible mérito para ejercer de jurado, (de nuevo), no como en la actualidad, por desgracia. Su autor, nacido en La Coruña y cuya narración tiene algo de autobiográfico, no quiso, por deseo propio, publicar más libros. Crítica y lectores coincidieron en los halagos, pero la familia siempre ha respetado el deseo del autor, que escribió algunos textos más que nunca podremos leer. Una lástima. Su valor es la simplicidad. Nos deslizamos, igual que hace el protagonista en la inolvidable pista de hielo, por una hermosa y contenida historia de amor, de viajes, de aprendizajes, de amistad y de juventud, de conocimiento de uno mismo, narrada con destreza, con personalísima cadencia. Es muy difícil no pensar en Azorín, en tanto en cuanto el alicantino abogó por redactar con sencillez y sin afectación, aunque Bermúdez de Castro incluye, en esa aparente facilidad, la retranca gallega, que hace posible el humor en los lugares y momentos más inesperados y que arranca más de una carcajada a sus lectores. La situación geográfica bascula entre Londres y París, dos grandes capitales europeas, aunque, sobre todo en el caso de Londres, se percibe un manifiesto gusto por mostrar sus parques, alguno de sus pueblos cercanos e, incluso, una granja de trabajo, lo que nos aleja, en cierto modo, de escenarios exclusivamente urbanitas. De esta manera, se nos presenta un crisol de personajes, nacionalidades y culturas que han ido a parar a la capital del Támesis por diferentes motivos, principalmente, relacionados con el aprendizaje del idioma y otros más bohemios e informales. La novela está cuajada de energía, risas, bromas y despreocupación, que es lo propio de la juventud, hasta que algunos sucesos van haciendo mella en los antaño alegres corazones. En lo relativo a los personajes, presentaremos primero a Martín Canel, el protagonista, un estudiante de Económicas gallego, de buen porte y estatura, rubio de ojos azules, es decir, lo opuesto a lo que podríamos suponer de un español de la época. Martín es de buen carácter, risueño, despistado, alguien fiable, de arraigada fe católica. Es el único hombre en una casa de mujeres, pues es huérfano de padre y lo rodean su madre, un poco extravagante, sus hermanas y su tía francesa, de importancia en la trama, dado que ella le enseñó su idioma y eso resultará crucial en la trama. Al tratarse del único varón, lo malcriaron con mimos y cuidados exagerados. Este hijo de la pequeña burguesía gallega acude a la London School of Economics junto a su amigo Antonio Ordovás, quien es completamente opuesto a Martín, tanto físicamente como en su modo de ser. Una relación así, una vez están ambos fuera de su entorno de provincias, está destinada a que ambos se alejen, lo cual sucederá, principalmente, porque ambos se encaprichan de la misma fémina, una chica noruega muy moderna y divertida, miembro de esa tribu multicultural que se ha reunido en Londres. Atraviesan la historia individuos encantadores y memorables (¡ay, las «dueñas» de Martín, qué mujeres adorables! ¡Ay, el profesor de inglés, Mr. Blyth! ¡Ay, el coronel Novoveski y su sobrino!). En esta legión de personajes destacan dos: Sebastián Armijo y mademoiselle Huguette de Guenard. A Sebastián («mi discreto y cabal amigo del golfo de Panamá», también apodado «padre de los pobres» o «viejo pirata del istmo»), que arrastra una historia personal dolorosa, lo conocemos al principio, cuando toma a Martín bajo su protección, al verlo perezoso, desmadejado, falto de dirección, francamente irresponsable. Los modales exquisitos y de otra época del panameño, su delicadeza en la exposición de asuntos que considera que hay que tratar y sus decididas exigencias para que Martín sea un hombre de provecho hacen que cualquiera desee que alguien con esa «calidad humana» aparezca en la vida de sus hijos cuando ya deban volar solos. Intrigado el lector tras haber visto a Martín superar un primer y tontorrón amor que no tenía visos de llegar a buen puerto, ve aparecer a mademoiselle De Guenard, que irrumpe como el epítome de todo lo francés: altiva, supercivilizada, de buena familia, con estudios, con un perfecto dominio de toda situación, con modales intachables, de indudable gusto con la ropa y el perfume... Cualquier lector varón piensa que es una lástima que un personaje de tantas capacidades y tanta perfección no pueda materializarse. Porque enamora. Huguette enamora. La relación entre Martín y Huguette está llena de momentos de todo tipo: fascinantes, humorísticos, tiernos, de enfado, de peleas, de reconciliaciones, de encuentros y desencuentros, hasta que ambos aceptan que lo suyo es un amor hecho para trascender. Martín la define al principio como «una chica estupenda, letrada en demasía y algo romántica. Y un poco decadente, quizá». En pleno éxtasis amoroso, será para él alguien a quien reprochar «haber despertado en mí encandilamiento tan cochino y dominante». Es inevitable que le confiese «lo enorme de mi simpatía, de mi afecto y camaradería, de mi ternura, de mi pasión y mi amor...». No podemos relatar aquí el final, pero sí podemos decir que es un final que queda grabado a fuego. Será, en un giro muy tierno, la literatura la que los una. Martín está escribiendo una novela y se lo revela a Huguette. «¿Y qué resultó mi entusiasmo comparado con el de aquella estudiante de Letras, fanáticamente chiflada por todo lo literario? Agua de borrajas [...]. No sé cómo diablos sucedió, pero cuando reparé en ello Huguette ya tomaba tanta parte en la novela como su autor». Respecto a su estilo, lo más remarcable para nosotros son sus memorables diálogos, en particular aquellos en los que hablan Martín y Sebastián o Martín y Huguette. Debido tanto a la acidez, en ciertos momentos, o a la retranca gallega, en otros, se nos presentan aceradas e hirientes respuestas («—Marimacho. —Cretino en celo». «—Imbécil. —Sargentona»), pero también las más bellas declaraciones de amor. ¿Cuáles son los temas? El hallazgo y la pérdida son los que ejercen de muros de carga, sin duda, ya que de ambos se alimenta el aprendizaje de Martín y ambos son los que marcarán su vida. Pese a ello, y apoyado en su fe cristiana, la fe y la esperanza sostendrán también las consecuencias de los quebrantos que sufre. Por supuesto, no podemos obviar que es un viaje de descubrimiento y que se tratan asuntos universales como la amistad y el amor. La estructura es bimembre (Londres-París). Da comienzo en la ciudad británica, donde contemplaremos la parte más desinhibida, con sucesos inesperados y un ritmo trepidante. La localización parisiense se centra en la gloria del amor correspondido, en esos días en los que todo nos embriaga al poderlo compartir con el ser querido, y parecería que no hay nada más ahí afuera... En la Ciudad de la Luz podemos asistir a la transformación de Huguette («La oruga fría, doctoral y ecuánime de meses atrás se convertía en una crisálida con sensibilidad de sismógrafo»). La descripción de los escenarios es siempre acertada, y no sólo de estos, sino de los ropajes, los olores y sabores, los sentimientos, etc. Vemos, olemos, tocamos y sentimos lo que el autor desea, así que nos tiene en sus manos y nos introduce con dulzura en cada escena. Particularmente pintorescas son las explicaciones gastronómicas de la comida de las islas que no me resisto a reproducir, al menos, mínimamente («Tomamos rosbif sanguinolento con puré de patatas y tostadas de Welsh rabbit, un cocimiento de queso fuerte y sabroso. De postre nos dieron unos flanes, regados con custard, que parecían goma de mascar»).
Pasos sin huellas está escrita con extremo equilibrio para, a pesar de abundar en el dolor, compensarlo con alegría, con humanidad, con compasión y con coraje. Todos los personajes se van quedando para siempre en el fondo del corazón. Este libro es para nosotros lo que es el hijo más querido de todos para una madre: si tuviera fallos de carácter, se los perdonaríamos; si careciera de talentos, más lo querríamos. Nos ha parecido siempre tan entrañable, tan piadosa y tan cálida que hemos llegado a no recomendarla, ¡porque hemos pensado que la otra persona no merecía leerla! Tan irracional, ya ven, como una madre con su hijo predilecto. Ahora que ustedes van a hacerse con un ejemplar, sean dignos de la historia del «pasmo de los Canel», Martín. Si nos ven dentro de la novela, por favor, no se lo digan a nadie, guárdennos el secreto. |
ESCRUTINIO DEL CURA Y EL BARBEROEl Coloquio de los Perros.
Revista de Literatura. ISSN 1578-0856 Archivos
Noviembre 2025
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