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Entrevista realizada por JUAN DE DIOS GARCÍA Yo ya estoy muerta En el umbral de la literatura mexicana más inquietante y visceral, irrumpe Ana Luisa Jacinto (Guanajuato, 1995) con Yo ya estoy muerta (Adel, 2025), su primera novela publicada en España, un relato que se adentra en las grietas de la identidad y el dolor con una voz tan íntima como perturbadora. La autora, dueña de un estilo crudo y poético, nos invita a recorrer un territorio donde la muerte no es un final, sino un espejo. En sus páginas, la violencia cotidiana y la memoria se entrelazan hasta formar un retrato brutalmente honesto de la condición humana. Jacinto no esquiva la oscuridad: la nombra, la acaricia y la transforma en literatura. Hoy, en El coloquio de los perros, conversamos con ella sobre los fantasmas que la habitan y los riesgos de escribir desde la herida. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Tu novela nace como un puzle de ausencias. ¿Cuál fue la primera pieza que brilló en la oscuridad y te hizo sentir que allí había una historia? —ANA LUISA JACINTO: Antes que nada, quiero agradecer el espacio, igual que la oportunidad de poder charlar sobre mi novela. Ahora, contestando a tu pregunta, yo creo que fue un sentimiento: la pérdida. Pensé en Soledad, la protagonista, como una especie de alma en pena que se encontrara siempre al borde del abismo, y desde allí, desde la pérdida, comencé a narrar la vida de esta mujer tan herida, primero desde otras miradas, al final desde su mirada. Su cuerpo herido de pérdidas fue, por paradójico que suene, la pieza fundamental desde donde nació la historia; necesitaba contar la razón detrás de que su presente estuviese tan roto. —ECP: Yo ya estoy muerta orbita alrededor del dolor y la violencia. ¿Cómo lograste escribir entre las sombras sin dejar que ellas te devoraran? —ALJ: No estoy segura de haberlo logrado por completo. Soledad es un personaje que siente mucho todo el tiempo, le quema estar viva y eso es algo que se respira durante toda la novela; quiere decir mucho, pero ha perdido su voz. ¿Hay atisbos de felicidad? Si los hay (ya podrán decírmelo los lectores), desaparecen en un parpadeo. Ella no sabe aferrarse a estos, pero mientras tanto, mientras están allí, permiten un respiro rápido. Entonces diría que eso, los tenues momentos donde los recuerdos remiten a algo bello, algo alegre, me sirvieron para no hundirme en la tristeza en la que se encuentra Soledad. —ECP: Soledad parece habitada por voces que la persiguen, que la conforman. ¿En qué instante descubriste que su historia debía contarse desde ese coro íntimo? —ALJ: Yo creo que no hubo un momento de descubrimiento, fue natural: cuando comencé a narrar desde la voz de Soledad estas voces se superpusieron. En edición, junto con los editores de Adel, trabajé una perfilación más clara de cada voz, porque en una primera versión, era como si se apretujaran una sobre otra para hacerse escuchar y no quedaba tan claro quién hablaba o a quién le hablaban. Además de eso, creo que también cabría decir que Soledad está habitada por las personas que amó y que quizás no la amaron; no se comprende sin ellas y sin las heridas que le causaron. ¿Qué quedaría si no las tuviera? Quizás el silencio, y eso le parecería imperdonable, porque lo perdió todo debido a que, en su momento, la callaron. —ECP: Dices que todo nace de una pregunta: hasta dónde puede llegar alguien por amor. ¿Qué descubriste sobre ti misma explorando esa frontera? —ALJ: No sé si tenga una respuesta concreta. Me parece que en la novela esa pregunta puede responderse, al menos, de tres formas: lo que hace Soledad, lo que hace su madre y lo que hace, también, la madre de Ricardo. Creo que más allá de centrarme en un descubrimiento personal, pude explorar con más profundidad nuestra condición de seres amados y que también amamos y, desde allí, llegar hasta los extremos más terribles porque, ¿las cosas que los personajes hacen en el libro todavía pueden llamarse amor? Desde ese punto, no queda más que pensar que nuestra visión moral o ética, frente a ciertas circunstancias, es como una capa de hielo muy delgada que se troza con mucha facilidad. —ECP: La maternidad no deseada, los lazos familiares rotos, la herida de lo femenino... ¿Qué te condujo a colocar el cuerpo de la mujer como el centro ardiente de esta novela? —ALJ: No creo que hubiera otra forma de hacerlo cuando el cuerpo femenino-feminizado es el territorio herido desde donde Soledad, y muchos personajes a su alrededor, hablan. Lo que ocurre en Yo ya estoy muerta es que los personajes crecen bajo ciertas consignas que piensan que les darán estabilidad o motivos para seguir viviendo o ser más felices, y luego sucede que, cuando alcanzan esos hitos, sólo sienten vacío o, en el peor de los casos, hasta terminan profundamente heridas. Creo que es algo que pasa mucho cuando crecemos bajo toda una serie de idealizaciones en torno a la maternidad, el matrimonio, etc., y nos encontramos que no todo es tan puro o alegre en esos espacios. —ECP: ¿Sientes que narrar otras vidas es, en el fondo, una manera de tender un puente hacia las mujeres de tu memoria y las que nunca pudieron elegir? —ALJ: Sí, gracias por la pregunta. Es fundamental para mí reflexionar y escribir sobre la línea materna de la que yo provengo, ya que, a diferencia de mis propias abuelas, he podido acceder plenamente a la educación formal y a todos los privilegios que constituye eso. Estoy marcada, tanto de buena como de mala manera, por la forma en la que las mujeres de mi familia me criaron, por sus palabras y, en últimas, también por lo que vi a mi alrededor. En este sentido, como explica Helene Cixous, la escritura es un desgarramiento del silencio, la violencia y el dolor, que también es herencia. —ECP: Has declarado que en una primera versión de Yo ya estoy muerta dejaste que un hombre contara la historia, pero su voz no bastó. ¿Qué halló Soledad cuando tomó la palabra que él no podía pronunciar? —ALJ: Con Soledad me encontré con el cuerpo que habla, creo que sería la forma más simple de explicarlo. El cuerpo de Soledad me hablaba, a veces incluso me gritaba. Estaba atravesado por la violencia, el deseo frustrado y la maternidad negada, y todo eso era visual y sonoro. Su cuerpo era un mapa incrustado de monstruos marinos y tierras inhóspitas; en comparación, el cuerpo de Ricardo (que fue la voz que traté de usar) no me decía lo que me era necesario escuchar. En cierta manera, también era un camino más fácil, menos desafiante y, al final, no lo quise tomar. —ECP: La novela se arma en fragmentos, como si la memoria misma dictara su ley. ¿Qué libertad o qué verdad encuentras en el relato quebrado que la línea recta no concede? —ALJ: Como lectora, siempre estoy buscando historias que se narren desde el fragmento, es lo que más me gusta leer. Quizás porque, de alguna u otra manera, me parece que el fragmento se asemeja más a la memoria, en el sentido de que nosotros también estamos hechos de trozos, algunos menos desgarrados que otros. Las historias que suceden en línea recta me gustan mucho y, en algunos géneros, es indispensable que exista un inicio y un final claros. Pero, como autora, me apasiona el juego, tanto en fondo como en forma, que se puede crear desde el rompimiento y el fragmento. —ECP: ¿De qué manera el paisaje social y emocional de México se filtra en cada página de Yo ya estoy muerta?
—ALJ: Mientras escribía la novela, fui cuidadosa de no poner marcas geográficas tan claras, porque me parece que la historia que se narra podría ocurrir en cualquier lado. Pero, de todos modos, no puedo negar que México está muy presente; no sólo por ciertas marcas textuales, sino también porque el tipo de violencia de la que se habla en la novela es una realidad terriblemente presente a mi alrededor. Creo que al final de cuentas a veces se escribe desde donde nos duele, y lo peor que se podría hacer en esos casos en tratar de ignorarlo. Lo que no se nombra, no existe, después de todo. Debemos hablar de lo que nos hiere para, al menos, comenzar a buscar soluciones. —ECP: Para ti la escritura es un oficio de vivir, casi inseparable de tu existencia. ¿De qué manera dialoga tu vida cotidiana con la literatura que te habita? —ALJ: Hay un diálogo continuo. Soy doctorante de Literatura Hispanoamericana, ahora mismo estoy haciendo mi investigación sobre la ecocrítica y el biopoder en dos autoras latinoamericanas, entonces, desde distintas líneas filosóficas, y teórico-literarias, he reflexionado la escritura política como una forma de resistencia permanente ante el silencio y la censura institucional. Constantemente busco respuestas en lo que leo, pero también en lo que los otros a mi alrededor dicen, sueñan o gritan. —ECP: Si Yo ya estoy muerta pudiera dejar en sus lectores una cicatriz, un relámpago o un susurro, ¿cuál desearías que fuera? —ALJ: Pensé mucho en qué me gustaría y me quedo con un susurro. No me gustaría que quienes se acerquen a Yo ya estoy muerta sintieran el dolor de una cicatriz o la brusquedad de un relámpago, sino más bien la suavidad de un susurro, algo que llegara de algún lugar lejano, pero que jamás los alcanzara, y que funcionara también un poco a modo de diálogo. Un susurro que quizás anhela su respuesta, pero puede esperar tranquilamente por ésta.
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Entrevista realizada por JUAN DE DIOS GARCÍA Poesía esencial La editorial Huerga & Fierro ha publicado Las horas comunes. Poesía esencial, de la autora cubana Nancy Morejón, una antología que, una vez leída, considero imprescindible para que el lector español conozca mejor —o lea por primera vez, si no ha tenido acceso a ella— la obra de esta poeta, ensayista y traductora que este agosto ha cumplido ochenta y un años de residencia en La Habana. Ojalá creciera el número de iniciativas como la que ha tenido Huerga & Fierro con esta antología y así en España pudiéramos gozar con mejor conocimiento de la excelente poesía que se sigue escribiendo, no sólo en Cuba, sino en todo el Caribe hispano. Ojalá que hubiese un proyecto editorial serio a nivel estatal de vasos comunicantes con esa literatura antillana caliente, abierta, ventosa, elegante... ‘Ojalá’, así se titula una célebre canción de Silvio Rodríguez. Pero no construyamos más castillos en el aire. Aquí hemos venido a hablar con Nancy Morejón de su libro Las horas comunes y a aprender de su sabiduría, su palabra maestra. Vamos a ello. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Alberto García-Teresa es hoy en España una autoridad investigadora respecto a la llamada poesía de la conciencia crítica. ¿Cómo ha recibido usted esta antología editada y seleccionada por García-Teresa? —NANCY MOREJÓN: Con una inmensa alegría y satisfacción. Esa es la verdad. Por otra parte, asistió a mi lectura de poemas y participó en los dos talleres que impartí en la proverbial Residencia de Estudiantes de Madrid, la cual, en mayo de 2025, me cursó una invitación como poeta residente. Allí Alberto y yo pudimos intercambiar criterios, información, inquietudes. Fue tan buena la impresión que recibí de él, aquejado como estaba de una pierna enyesada, que sentí cierto pudor y no le trasmití mi gratitud por su selección y edición de Las horas comunes, que es una de mis antologías favoritas por su limpieza, su eficacia y su respeto hacia mi creación poética. Siendo como es él una autoridad, carece de ego y es capaz de volverse alguien más para trasmitir los signos de una escritura ajena. —ECP: Mª Ángeles Maeso, en su prólogo a Las horas comunes, habla de tres ejes temáticos en tu poesía: negritud, revolución y mujer. ¿Añadimos algún tema más a ese eje triangular? —NM: Ese eje triangular es muy acertado y válido. Sin embargo, me gustaría abundar sobre el término negritud. En principio, no sólo alude al factor étnico de los negros en este planeta, sino que está asociado a un movimiento literario nacido en el seno del surrealismo francés de la primera mitad del siglo XX. Estoy hablando, en primer lugar, del gran poeta Aimé Césaire, autor del célebre Cuaderno de retorno al país natal, aparecido parcialmente a fines de los años 30 en Fort-de-France, capital de la Martinica, y que lanzara al mundo, durante una visita allí en tiempos de postguerra, el francés André Breton. Quisiera anotar que la primera edición extranjera del Cuaderno la realizó la gran antropóloga cubana Lydia Cabrera, quien trabajara junto al gran sabio nuestro Don Fernando Ortiz, conocido como el tercer descubridor de Cuba por sus estudios e indagaciones sobre el aporte africano a la cultura de Cuba y las Antillas, o sea, el Caribe. —ECP: ¿Qué le debe Richard trajo su flauta (1967) a la gramática propia de César Vallejo? —NM: Le debe, por supuesto, los tonos coloquiales y ese espíritu de cierto lenguaje vallejiano, que es el trasunto de los idiomas quechua o aimara, hijos de la cultura andina. Aunque París fue su entorno natural durante su juventud, lo cierto es que Vallejo trasmutó vocablos indígenas a sus versos y, asombrosamente, al ritmo de su sintaxis. Así que no fue su gramática quien influyera en Richard trajo su flauta, sino el dolor de su existencia bien transculturada. —ECP: Aun siendo usted una leyenda viva, toda autora tiene, como lectora, obras de cabecera, obras que admira y le han influido en algún momento de su formación. ¿Cuáles serían, en su caso, tres de esas obras? —NM: Sin duda alguna, La paloma de vuelo popular (1958) de Nicolás Guillén; particularmente ‘El apellido’; La isla en peso (1943) de Virgilio Piñera, así como Historia antigua (1964) de Roberto Fernández Retamar. —ECP: En Piedra pulida (1986) rinde homenaje a una de las figuras más grandes de la literatura cubana: José Lezama Lima. ¿Llegó usted a tratarlo en vida? ¿Qué enseñanza esencial le queda, como lectora, de la obra lezamiana? —NM: Lo admiré, lo conocí y tuve el privilegio de tratarlo. Lo visitaba en su buró del Instituto de Literatura y Lingüística, que radicaba en la sede de lo que sigue siendo la Sociedad Económica de Amigos del País. Allí trabajaba como investigador; de ese trabajo suyo aparecieron obras fundamentales para la historia de la ciencia literaria cubana, como los tres tomos de nuestra poesía desde sus orígenes en 1608 hasta José Martí (1853-1895), publicada en 1965. Un año antes, Guillermo Rodríguez Rivera y yo lo invitamos a dar una conferencia en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, donde éramos jóvenes estudiantes de esa especialidad. Nos azoramos todos cuando comenzó su alocución declarando que era la primera vez que aquel alto centro docente lo invitaba a impartir una conferencia. Luego, Lezama integró el jurado que le concedió una primera mención, precisamente, a Richard trajo su flauta. El jurado estuvo integrado asimismo por Nicolás Guillén, Regino Pedroso, José Agustín Goytisolo, el griego Yannis Ritzos, el salvadoreño Roque Dalton, así como los mexicanos Jaime Augusto Shelley y Óscar Oliva. En mis visitas al Instituto y a su casa de Trocadero le escuché decir alguna vez: «En la Isla, hay dos misterios: José Martí y yo». —ECP: ¿Piensa que, como en alguna década del siglo XX, volvemos a vivir una situación comunicativa fluida entre los escritores en idioma español a ambos lados del Atlántico? —NM: Naturalmente que sí. Recuerdo que a inicios de los noventa del siglo XX, me invitaron y asistí a un coloquio inspirado en la base de su pregunta. Se llamó Dos poesías, una lengua y ocurrió en El Escorial, durante un curso de verano cuyo diseño estuvo en manos del gran uruguayo Mario Benedetti y Jesús García Sánchez (Chus Visor). Allí estaban los españoles José Manuel Caballero Bonald, Gabriel Celaya y Ángel Crespo con Juan Gelman (Argentina), Gonzalo Rojas (Chile) y Blanca Varela (Perú), entre otros. —ECP: «Me duele firmemente la vida del obrero», canta en un verso de Octubre imprescindible (1982). ¿Ha experimentado alguna evolución o transformación interna en el contexto de sus ideales políticos? Le pregunto esto porque la Cuba de la Revolución hoy sigue teniendo muchos simpatizantes y detractores fuera de sus fronteras. Yo quiero preguntar a alguien de su altura cultural, que es cubana y reside allí. —NM: Angélica Hernández Domínguez y Felipe Morejón Noyola, mis padres, nacieron en zonas bien distantes de la geografía insular cubana. Mi madre, en los barrios más desposeídos de La Habana; mi padre, en la provincia de Ciego de Ávila, en campos que bordeaban todas las llanuras de la antigua provincia camagüeyana, donde también naciera el poeta Nicolás Guillén, en 1902. Angélica, en 1914; Felipe, en 1912. Quiere decir que nacieron en la década siguiente a la instauración de una República incierta, lastimada, vulnerable. Puedo decir que mis ideales, no sólo los políticos, fueron evolucionando al compás de las transformaciones sociales que nacieron, para mí, justo en 1961, cuando todo el pueblo, incluida mi familia, tuvo acceso real, verdadero, legítimo a la educación y a la cultura. Leímos más que antes y aprendíamos en el quehacer cotidiano a crear nuevos valores. Esos valores eran los de una despalilladora de tabaco y modista, mi madre; eran los de un campesino quien, por su esfuerzo personal, se convirtió en marinero y, más tarde, en un estibador de los muelles. —ECP: ¿Han sido importantes para el desarrollo de su obra los numerosos y prestigiosos premios que ha recibido a lo largo de su carrera? ¿Qué le han aportado? —NM: Es innegable que los premios siempre aportan. Son, en principio, un estímulo, en numerosos casos no sólo espiritual. Eso compensa. Sin embargo, no creo haber escrito sólo para buscar un premio sino, en primer lugar, para dar paso a mis fantasmas, para explicar mejor mi propia existencia y el mundo en que me tocó nacer. —ECP: ¿Podría recordar a los lectores de El coloquio de los perros alguna anécdota curiosa de su experiencia con el grupo El Puente?
—NM: Quisiera hablar de su fundador, el poeta y por supuesto editor, José Mario Rodríguez. Borró casi siempre su apellido y era conocido sólo como José Mario. Fue un editor desinteresado, porque sufragó de su bolsillo mis dos primeros poemarios: Mutismos (1962) y Amor, ciudad atribuida (1964). Acogió mis poemas con entusiasmo y le gustaba leerlos a lo largo del Malecón habanero mientras paseábamos. Así hacíamos después que entablamos una buena amistad a partir de un primer encuentro casual en el segundo piso del hotel Habana Libre, compartiendo entre alumnos de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. —ECP: ¿Son la envidia y la vanidad los agentes cancerígenos por excelencia entre los poetas o desmontamos ese tópico? —NM: Mejor vamos a desmontarlo... Prefiero pasar la página... —ECP: Nadie mejor que usted para dar un diagnóstico de la poesía cubana actual. ¿Cómo está de salud: sana, enferma o regular? —NM: Incesante, indetenible, indefinible... Lo importante es que existe y respira en varios soportes y no sólo a través del libro... Aquí se escribe en las paredes, se lee en los parques, en donde pueda ser posible, y, sobre todo, en la infinidad de espacios creados desde 1959. Así que está sana y «goza de buena salud», como reza el viejo decir hispano. —ECP: ¿Se atrevería a dar algún consejo a los jóvenes escritores cubanos? —NM: No los necesitan. Deben hacer lo suyo con toda la vehemencia que ellos y nosotros, los menos jóvenes, hemos ido acumulando. Van a seguir escribiendo, de eso estoy segura y es lo mejor. Escribir, siempre, no mediante consejos. —ECP: ¿Qué le ha ofrecido la ciudad de La Habana a su escritura y a su formación literaria? —NM: Todo. La Habana es un tema que, desde 1964, me acompaña, me malcría, me quiere y me vuelve a acompañar. Mis poemas no se explican sin ella. Algunas de mis reflexiones en prosa, tampoco. Frente al Golfo, su encanto perdura, a pesar del tiempo. Mi formación literaria ocurrió en la Universidad de La Habana, en la Escuela de Letras, ubicada justo en la frontera entre La Habana del Centro y El Vedado, que ya no es tan silencioso como lo era en mi infancia. La quinta de los molinos está prácticamente al doblar y a veces me azora pensar que allí estuvo, impertérrita, la residencia de los primeros gobernadores coloniales. Allí vivió el héroe de la independencia cubana, Máximo Gómez, de origen dominicano. Mi escritura le debe su existencia a La Habana tan bella, tan misteriosa, tan indomable. Recuerdo unos versos de Luis Cernuda en su fugaz visita a La Habana. Esos versos pintaban la luz y el aire de nuestra bahía. Asimismo, según su testimonio, quiso expresar allí «cierta sorpresa desencantada» ante la inminencia, ya inevitable, de la Segunda Guerra Mundial. Hoy estamos ya en el centro de la guerra sin apenas reconocerla; es decir, una guerra innombrable sobre todo para los que la sustentan en Gaza. Es un crimen y es nuestra vergüenza. —ECP: ¿Qué diferencia humana y literaria encuentra entre la Nancy que publica Mutismos con 18 años y la Nancy casi septuagenaria de Peñalver 51? —NM: Que fui acumulando experiencia haciendo un balance entre mi entorno familiar, mi carácter y mis gustos con la tromba social que me esperaba fuera de mí, en esa encrucijada apasionante que es amar al prójimo estando todos a favor de la historia y de su camino hacia «la dignidad plena» de los seres humanos, como reclamaba Martí. Entrevista realizada por RAMIRO GAIRÍN El fruto siempre verde En el corazón de la literatura contemporánea española, pocos autores transitan con tanta naturalidad entre lo íntimo y lo universal como Manuel Astur (Sama de Grado, 1980). Con su último libro, El fruto siempre verde (Acantilado, 2024), el escritor asturiano confirma que la poesía es, para él, un territorio de resistencia contra la fugacidad del mundo. Sus versos, de una claridad que no teme al misterio, se nutren de la memoria, la naturaleza y una honda sensibilidad que bordea lo sagrado. Conversar con Astur es acercarse al rumor de una lengua que respira entre el campo y la biblioteca. La aparición de esta obra supone un acontecimiento para quienes buscan en la poesía un refugio y una brújula. En El coloquio de los perros viaja con él hasta las montañas del norte para explorar los frutos y las semillas de su escritura. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Además de la poesía, que se inventó para vencerla, nuestra única venganza, nuestra revancha ante la muerte, ¿es entregarle un fruto siempre verde? —MANUEL ASTUR: Podríamos decir que ese fruto siempre verde, que hace torcer el gesto a la muerte, es la poesía con la que los humanos cubrimos la fría materia. Pero se la entregamos a los que nos rodean y a los que vendrán detrás de nosotros. —ECP: Hay aquí algún poema que procede de otros libros, como ‘La aurora cuando surge’. ¿Cómo encaras la escritura de un libro de este género, si es que “encarar” es la palabra adecuada, tras los muchos años que han pasado desde tu anterior volumen de poesía? ¿Cuándo entiendes que aquí hay ya un poemario preparado? —MA: Creo que de otro libro sólo hay ese poema que mencionas, que también sale en La aurora cuando surge, porque ambos libros se cruzaron en el tiempo en su composición y me gustaba que hubiera ese pequeño puente. Más de una vez he dicho que a veces siento que la prosa es un esfuerzo y la poesía es la recompensa. También podría compararlo al trabajo de un campesino: todo ese sudor merece la pena cuando llega el tiempo de cosecha. Yo escribo poesía casi todos los días de mi vida, pero no pienso en publicarlos. Lo que pasa es que, como en el caso de este libro, a veces descubro que varios de estos poemas tienen sentido en conjunto, porque cuentan un viaje vital y unos descubrimientos, y entonces sé que tengo un poemario. Hacía mucho tiempo que no me pasaba, pero no hay una regla fija y el próximo poemario puede nacer en cinco años o en dos meses. —ECP: En el mencionado ‘La aurora cuando surge’ estaba presente como uno de sus motores el duelo por la muerte de tu padre. Este poemario se encabeza con una dedicatoria a tu hermana, también ausente ya. ¿La escritura de estos poemas se enmarca entre ambos duelos? ¿O recopila asimismo piezas anteriores, tamizadas por este duelo, o con encaje en el tono elegiaco, que no triste, del volumen? —MA: Los primeros versos del primer poema los escribí a los dos días de la muerte de mi padre. No sabía qué significaban, pero durante los siguientes meses dejé que el que escribe la poesía dentro de mí siguiera hablando sin importar que tuviera o no sentido, porque sabía que necesitaba ensayar un nuevo idioma para volver a hacer habitable al mundo. Al principio eran balbuceos que según pasaron los meses se convirtieron en poemas cada vez más precisos y menos dolidos, hasta que un día dejé de escribirlos y comprendí que algo había pasado. Guardé en un cajón las libretas donde estaba este gran poema fragmentario y me olvidé de ellas. Pero tres años después, las revisé y comprendí que era un libro, porque muchos de estos poemas funcionaban por sí mismos, pero también en conjunto, ya que contaban una historia: la de un poeta tratando de regresar a casa después de la guerra. El libro está dedicado a mi hermana Loreto, que falleció hace tres años, pero ningún poema está inspirado en ella. A ella, mi mejor amiga y responsable de gran parte de lo bueno de mi existencia, le debo otro libro, que algún día escribiré. —ECP: Pasando de la escritura a la estructura, al comienzo del libro hay algunos poemas casi rabiosos, como ‘No sé’ o ‘Llueve sobre la tierra’, y al final del libro aparecen poemas de serena celebración, como ‘Nieva’, ‘Gracias (Segundo)’ o ‘Regreso’. ¿El libro está ordenado así conscientemente, buscando esa “narración” de la superación del duelo, del regreso a la celebración de la vida? ¿O es simplemente el orden cronológico de aparición de los poemas, que reflejan dicho proceso en el interior del poeta? —MA: En la anterior pregunta te he respondido en parte a esta. Sí, el libro tiene una estructura y un sentido. Jamás sería capaz de coger un montón de poemas, ponerles un título y juntarlos en un libro porque los haya escrito yo. Puede que mi corazón de narrador me lo impida o puede que tenga mucho pudor. La “narración” ya estaba en las libretas originales, en el poemario en bruto, y fue esa narración la que me hizo comprender que ahí dentro había un libro. Después, claro está, lo trabajé mucho para tratar de afinarlo lo mejor posible. —ECP: Seguramente tu lema para escribir sea: «Ya somos profundos. Volvámonos claros», que lo tomas de Umberto Saba. ¿Cómo se han vuelto claros estos poemas que hablan de temas profundos, de los grandes temas de la poesía? ¿Hay muchas versiones, mucha reescritura hasta la forma en la que los leemos? ¿O la mirada del poeta ya está educada, y necesita la mano sólo una o dos tomas para expresar lo que quiere? —MA: Yo suelo escribir a mano, con lápiz, en una libreta. Algunos poemas nacen perfectos y no hay que tocar ni una coma. Otros hay que trabajarlos más. Siempre hay alguno que, aunque sea un desastre, merece la pena tirarlo abajo y construirlo de nuevo, porque sientes que dentro hay una verdad. De todos modos, el 95% de los poemas que escribo nunca llegan a un documento de texto. Los dejo florecer y marchitarse sin prestarles mayor atención. Que hayan sido necesarios para mí y que me resulten hermosos no significa que tengan que ser mostrados. —ECP: Se podría decir que, además de esos dos destinatarios o protagonistas de varios poemas del libro, el tercer personaje de este son los pájaros. ¿Qué vienen a decirnos, en estos poemas? ¿Qué te han enseñado acerca de la poesía, para escribirla y escribirlos a ellos? —MA: No sé si los pájaros son un destinatario. Más bien en estos poemas los pájaros son tratados como una representación de la trascendencia poética, que aparece, cuando logras olvidarte de tu ego y sus deseos, como lo hace el petirrojo: dando saltitos, pequeño y hermoso y con el pecho rojo. —ECP: Abriendo un poco el plano, ¿es necesario vivir cerca de esos pájaros para escribir estos poemas? Es decir, para alguien que ha vivido y vive, creo, casi a caballo entre Madrid y una zona rural de Asturias, ¿el lugar desde el que se escribe determina el qué de lo que se cuenta, lo que se quiere decir, “la verdad” de los poemas, y no solo su forma o su cómo? —MA: Quiero aclarar que, aunque los ame, no tengo la menor idea sobre pájaros. Apenas sé identificar los cuatro o cinco con los que más trato. Para escribir estos poemas el entorno en el que fueron escritos es inevitable, porque estos poemas son un intento por parte del poeta de regresar al hogar después de haber sido expulsado por el huracán de la tragedia, como Dorohty en El mago de Oz. Ese hogar que siempre resulta ser lo que teníamos al alcance de la mano pero habíamos dejado de ver: la hogaza de pan, el libro, la jarra de agua, un arbolito, los pájaros, nuestros seres queridos. —ECP: Te has “quejado” en algún sitio de que se te asigne la influencia de una Mary Oliver a la que apenas has leído (en descargo de críticos y reseñistas, hay que decir que es la contracubierta del libro la que te empareja con ella). Pero ¿qué influencias, qué lecturas sí aceptas como ascendentes de estos poemas? —MA: Cuando escribí estos poemas no había leído ni un poema de Mary Oliver, pero después de que mi editora la mencionara en el texto de contra y muchas otras personas vieran esa supuesta influencia, la leí para constatar que sin duda tenían razón en ver similitudes. No hace falta que venga yo ahora a poner mi sello de calidad en Mary Oliver, pero es desde luego una grandísima poeta. Lo que pasa es que sin duda ambos hemos bebido de fuentes muy parecidas y a ambos nos gustan las mismas cosas de la existencia. De ella puedo decir lo que Bashô decía cuando lo acusaban de parecerse a los clásicos: no sigo los pasos de los antiguos maestros, pero busco lo mismo que ellos buscaron. En cuanto a influencias, podría citar la poesía china de la dinastía Tang, sobre todo los poemas del inmenso Wang Wei, y la poesía irlandesa medieval. Tendría que mencionar sin duda a Leopardi, Shelley, Verlaine, Valery, Wordsworth, Dickinson, Whitman, Santayana. Y ya en el siglo XX: Hulme, Ezra Pound, William Carlos Williams, Auden, Lawrence Durrell, Pessoa, Edna St. Vincent Millay —por cierto, Mary Oliver era fanática suya y trabajó siendo muy joven para su hermana—, Antonia Pozzi, Umberto Saba, Cardarelli, Yannis Ritsos, Alda Merini, Mario Luzi, Claudio Rodríguez, Carlos Bousoño, Salinas, Gil de Biedma, Zagajewski, Antonio Colinas... Podría estar así años: mis amigos en la poesía llenarían un estadio. --ECP: En el libro hay algunos breves poemas que son poéticas, a mi entender, deslumbrantes. ¿Estas poéticas son solo filosofías de escritura o lo son también de vida? ¿Deberían serlo, en todo caso?
—MA: A estas alturas de la entrevista podrás suponer que para mí no hay mucha diferencia entre poesía y vida. Los descubrimientos que sirven para la poesía sirven para la vida. La actitud filosófica de la que surge el poema también hace florecer la vida. —ECP: Te escuché decir, creo que en Radio 3, que podrías pasar el tiempo sólo leyendo y escuchando música. ¿Qué música suena en estos poemas? ¿Qué canciones o piezas musicales se asoman con ellos a las ventanas de la casa asturiana y ven el prado y la lejana iglesia cubiertos de niebla? —MA: Muchas, muchísimas, incontables. Menos cuando escribo, camino o duermo, el resto del tiempo suelo estar escuchando música. Pero cuando pienso en la música que acompañó el tiempo de creación de estos poemas me viene a la memoria la banda sonora de Tous les matins du monde, interpretada por Jordi Savall, el disco All melody, de Nils Frahm —antes de que se convirtiera en un cursi new age— y, sobre todo, la canción ‘Los fayeos de mayo’, en la insuperable versión de Lucas 15, que es mi canción asturiana favorita de todos los tiempos. Viola de gamba y silencio, sintetizadores y coros griegos, poetas en invierno que echan de menos el verano y las golondrinas. Entrevista realizada por MANUEL GARCÍA PÉREZ Corriente invisible La lectura de un poemario como Corriente invisible (Bartleby, 2025) implica la exploración de toda una poética en la que la madurez expresiva está subordinada necesariamente a una reflexión moral y emotiva ante el hecho de la existencia. Antonio Luis Ginés no puede detenerse en corrientes estéticas donde lo anecdótico por sí solo es ejemplo de dicha o declive, o en ese sentimentalismo del que pecan voces nuevas donde lo ideológico destroza cualquier intento de expresar con eficiencia un pensamiento que trascienda lo racional. El poemario de Antonio Luis Ginés es una revisión sosegada de la vida, de su vida, de las vidas de otros donde la enfermedad y una actitud resignada, tranquila, ante la muerte convierte al sujeto en un ser humano contemplativo, pues las preguntas en este libro son afortunadamente más relevantes que las respuestas; resulta difícil escindir emoción de conjetura filosófica en un poemario de esta eficiencia técnica. De hecho, hay en Corriente invisible una apuesta que, sin estar reñida con el vitalismo, involucra al lector en esa paradoja inexorable en la que sentido y vivir son incompatibles. Cualquier intento de aproximarse a una búsqueda utilitaria de por qué existimos, morimos o enfermamos resulta banal. Por esa razón, la poesía de Ginés proyecta la inquietud de una posibilidad ya consumada con los años y que es la de no saber con certeza qué acontecerá, si bien somos un ser para la muerte. Porque vivir es un fin en sí mismo al margen de la dicha y la desgracia con la que se percibe todo lo experimentado. La poesía es, entonces, testimonio de esa inutilidad en la que residimos, por mucho que tratemos de pensar una y otra vez que es posible racionalizar la vida como una categoría en sí, previniendo sus accidentes y diseminaciones. Corriente invisible renuncia a esa lógica y pone en crisis el concepto de sentido, de interpretación única y unívoca de ser y de estar en el mundo. La muerte también es y está, y prende en cada recuerdo, en cada experiencia, y ese hecho determina la polisemia con la que la vida asombra y empuja, e interpela para nada. Así dice en la página 63: «Un nuevo comienzo que, tal vez, / nos borre de todos los mapas, / pero que esculpe en el aire / nuestro afecto por lo vivido». —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: La lectura del poemario insiste en dos constantes temáticas que definen la estética de Corriente invisible desde una inspiración existencialista. No hay ninguna de las experiencias cotidianas descritas en tus versos que no esté influida por una determinación de la caducidad. Por otro lado, la enfermedad aparece en ocasiones como rasgo visible de esa naturaleza efímera que acompaña al sujeto. No sé si he errado en el tiro. —ANTONIO LUIS GINÉS: En absoluto. La fecha de caducidad nos marca, pero no es tanto ese momento concreto sino la sensación que provoca tener esa lucidez de que el disfrute es provisional y nos gustaría que durase. Conviene estar preparado para asumir toda esta serie de acontecimientos —también el dolor—, y el yo que aparece va dando testimonio de ello a cada paso, de lo bueno y de lo menos bueno, pero formando parte de un todo que no podemos disociar. —ECP: No hay resignación en tu poesía, ni escepticismo, pero tampoco Corriente invisible quiere buscar una especie de ascetismo en los estragos que supone el mero hecho de vivir. ¿Cómo se puede componer un poema desde ese equilibrio que no peque de sentimentalismo ni de un feroz estoicismo? —ALG: Es lo más complejo, mantener ese equilibrio entre ambos planos. No resulta fácil. Incluso dejo una fisura para cierto matiz melancólico, porque supongo que es parte de mi sello personal, pero también lucho contra eso para que no me delate demasiado ni me descompense el poema. Un juego de equilibrios, en definitiva, en el que intento que la experiencia obligue a la conciencia a tensar el hilo poético hacia lo vital, sin lloros pero sin euforias. —ECP: No hay un exceso de artificio en tu poesía. Buscas una especie de medianía, con un léxico nítido. Ni siquiera te cebas con los símbolos. Y, sin embargo, el lector encuentra una profundidad existencial que trasciende, que formula preguntas reveladoras. ¿Cómo se logra que lo nimio y lo anecdótico absorban la catástrofe y el declive de uno mismo? —ALG: No perdiendo la perspectiva de lo mágico. Absorber la realidad, y filtrarla para acabar eligiendo de ella lo que realmente tenga o mantenga un brillo propio. Creo que ahí reside parte de la clave de la línea que trazo en este libro. Sin embargo no es sencillo —aunque lo aparente en la construcción o lectura— hacer que ese destello se muestre como realmente es: sincero, creíble, que lo que suele pasarnos desapercibido, a través de la mirada del yo, adquiera otro rumbo no previsto. —ECP: Después de estos años dedicados a la escritura, no sé hasta qué punto el oficio de la poesía es una liberación o una condena. No sé si eres de esos autores que, como señala Seamus Heaney en uno de sus textos, abre estrías en la tierra cuando escribe. Si la experiencia de la escritura es sufriente en tu caso. —ALG: Tiene un poco de todo. Los momentos iniciales —fase de enamoramiento— son muy atractivos, luego vienen ya las otras fases menos vistosas, más de bajar al barro y ponerte a trabajar y es cuestión de ver la dosis de esfuerzo que acabas empleando en cada una de las fases para saber si el desgaste valió la pena o fue excesivo. Trato de que no sea sufriente, de divertirme en la medida de lo posible (un juego sagrado, claro), de sorprenderme de lo que aún soy capaz de contar. Me quedo con ese efecto y la secuela de plenitud que deja en mí cuando me acerco a la redondez de la pieza. —ECP: Considero que el título del libro responde a esa necesidad de mostrar que la muerte, su presentimiento, forma parte de la intensidad emocional con la que se vive. Corriente invisible reivindica esa naturaleza cíclica del existir, remitiéndonos al apeiron o al cambio de Parménides. Pese a la gravedad de lo que se escribe en algunos de tus poemas, no hay signos de acabamiento en tu concepción de la muerte.
—ALG: Exacto. Creo que es el más vital de mis libros. El movimiento siempre está ahí, genera de por sí vida, lo veamos o no, permanece, podemos sentirlo y la muerte es otra parte de esta etapa. Sin embargo, no hago que ocupe un papel central y menos desde un tono oscuro ni tétrico. Saco a la superficie todo eso que a veces no hace falta nombrar, pero que en definitiva son las señales del placer de estar y ser parte de algo, de una corriente que establece sus propias vinculaciones, afectivas o empáticas dentro del libro. —ECP: En latín “necesidad” era la negación “ne” junto al verbo “cederé”, significando así “no parar”. No sé si existe un vínculo entre la escritura y esa necesidad de perdurar. No sé si consideras egoísta o narcisista que haya esa relación lógica aparentemente de la escritura como manera de existir después de la muerte, trascendiéndola. —ALG: Posiblemente quieres que algo de ti no se pierda del todo, y los versos representan una excusa, aunque no pienso en ello para perpetuarme —al menos por ahora—, sino para resucitar sensaciones y emociones en otros que se adentren en tus propuestas, incluso cuando ya no estés. La escritura en sí es ya continuidad, seguir en marcha, no detenerte. Si luego alguien recoge la inercia de ese movimiento, puede generarse una prolongación de esa acción inicial, una onda expansiva silenciosa. —ECP: Mi padre murió a causa de un cáncer a los 56 años y mi mujer tiene un tumor que está controlado desde hace años. En tu poemario, aparece el sustantivo “quimio” más de una vez. El posestructuralismo defendió la idea de Barthes de que quien escribe no es quien existe, desligando la vivencia personal del texto. Me cuesta mucho entrar en un poema que reflexiona sobre aspectos cruciales de la supervivencia como hacen los tuyos sin preguntarme por aquello que empuja al escritor a escribir esto o aquello. ¿Crees que la escritura es mímesis o es un proceso de mediación que tiende, a causa de la retórica, a desligar el texto de lo que es la experiencia determinante del autor? —ALG: Interesante pregunta. Creo que hay un poco de todo. Uno se desprende de lo que puede en la medida que beneficia al texto, manteniendo cierta tensión poética, pero también deja parte de uno mismo en dicha entrega, todo ello sin perder de vista el bloque; soy de los que piensan que el poema va ‘pidiéndote’ cosas y uno debe estar atento no tanto a lo que queremos imponer a toda costa, si no a lo que el propio poema —de forma esclarecedora— va necesitando. Para ello hay que saber escuchar lo que te pide, sobre todo lo que le sobra o no necesita. Y encauzarlo así hacia su recta final de la mejor manera posible. No puedes negar lo que eres, ese sustrato, tus pensamientos, tus sensaciones, también están ahí. Desde que mediamos en este proceso del hecho creativo se va generando ‘otro estado’, un filtro natural en el que lo sensorial también juega su papel, cierto, pero a la vez nos sentimos como parte de algo que, en ocasiones, no llegamos a entender en su totalidad mientras sucede, aunque tampoco hace falta. Entrevista realizada por CARMEN PIQUERAS Dionisia García. Poética para la vida El pasado 4 de junio la escritora Dionisia García, merecidamente invitada por el Instituto Cervantes, dejó un valioso legado vital y literario para las generaciones futuras en la Caja de las Letras 1439 de dicha institución. En palabras de Luis García Montero, anfitrión del emotivo acto, la poesía de Dionisia García «es el meditar de un alma contemplativa» y definió a la autora como escritora al margen de etiquetas, elegíaca, pero alejada de cualquier patetismo. Ana Cárceles, estudiosa de la obra de Dionisia, estableció un nexo entre el hacer y sentir de la autora y el alcalaíno: «el empeño de ambos por ahondar en el espíritu humano, por comprenderse y comprender a hombres y mujeres desde la misma altura, nunca por encima, preservando la dignidad humana». Unos días antes, se presentaba al público Dionisia García. Poética para la vida (Renacimiento, 2025), ensayo que Ana Cárceles dedica a la narradora, aforista, memorialista, crítica, pero, sobre todo, y en mayúscula, Poeta. Ana Cárceles, catedrática de Lengua y Literatura española, ha dedicado la mayor parte de su investigación académica al estudio de la escritura hecha por mujeres, comisarió la exposición Escritoras en 2004 y ha publicado estudios sobre Carmen Martín Gaite, Mª Teresa Cervantes, María Cegarra, Pura Azorín o Marisa López Soria. —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Ana, empezando por el final, ¿cuál crees tú que será el legado de Dionisia para el futuro? —ANA CÁRCELES: Hola, Mamen, gracias por esta oportunidad. Leer a Dionisia es un placer siempre. Sé la admiración que sientes por ella, por su poesía, una admiración que compartimos desde hace muchos años. Sí, podemos empezar hablando del legado de Dionisia para la literatura española y, por supuesto, para la cultura y la literatura en Murcia. Me parece muy relevante y simbólico el reconocimiento del Instituto Cervantes al acoger su legado personal y literario en la Caja de las Letras. Este es un hecho que sitúa a Dionisia García en el lugar destacadísimo que merece entre los poetas contemporáneos. Sin duda, su legado es una obra literaria de exigente calidad, amplia, variada en géneros y concebida con un sentido de unidad y coherencia formal. También considero legado el compromiso humanista que respiran su poesía y su prosa. Ahondando un poco más, será su legado la actitud vital, la serena aceptación del vivir unido a la escritura; el disfrute del instante que, por efímero, nos conduce al deseo y búsqueda de trascendencia. —ECP: Dionisia publicó su primer libro, El vaho en los espejos, a los 47 años, sin embargo, ya nos encontramos con una autora “hecha”, con un pensamiento y un estilo muy elaborado. ¿De qué manera crees que influye en su obra posterior haber publicado tardíamente? ¿Hay continuidad ética y estética en lo que vendrá después? —AC: Ciertamente, El vaho en los espejos (1976) es su primera publicación poética. Hasta ese momento ha leído mucho, ha desechado lo escrito antes y este poemario, con el espaldarazo de Jorge Guillén, aparece como obra con un estilo propio que le permite continuar el camino iniciado. De hecho, hay poemas definitivos en él como ‘Habrá lilas’, ‘Eheu fugaces’, ‘Tragaluz’ o ‘Almarcha del Segura’ que ya adelantan toda su lírica y hoy siguen siendo perfectos. Podemos decir que no hay titubeos sino lucidez y perfeccionamiento en la trayectoria de su obra. —ECP: La poesía de Dionisia es clásica en su concepción, serena, limpia y empática con el ser humano, hay piedad y amor y hasta humor en ella. ¿Quiénes son sus referentes, sus maestros? —AC: Dionisia es una lectora excelente. Anota y ordena sus lecturas y disfruta con todos los géneros, sobre todo poesía y ensayo. Los poetas clásicos Virgilio, Horacio, Ovidio y Séneca ocupan lugar preferente. Entre nuestros autores cercanos y ya clásicos destacan Juan Ramón, Antonio Machado, los poetas del 27, especialmente Jorge Guillén, María Zambrano... El ensayo contemporáneo es una de sus lecturas habituales. En cuanto a sus maestros, creo que aprende de todos ellos lo importante: la preocupación por el hombre, la mirada serena y comprensiva y la atención a la palabra, su cuidado y armonía. —ECP: Jorge Guillén es el primer poeta que lee la obra de Dionisia dando lugar a una interesante relación epistolar y de amistad entre ambos. ¿Cómo se forjó esta relación? —AC: Sí. Es muy interesante el Epistolario. Dionisia García y Jorge Guillén. Historia de una amistad (2023). Dionisia se atreve a enviarle El vaho en los espejos (1976) y Guillén le contesta: «Estos poemas de meditación ambiciosa me interesan porque pretenden —y nada más noble— alcanzar, aprehender el sentido del mundo en su conjunto, a nivel de poesía; a través de lo concreto, sentido, intuido. No se ofrece un resultado sino una búsqueda, con variaciones y contradicciones, con su angustia y felicidad». También le enviará Antífonas (1978), libro del que alaba «la expresión limpia, la palabra justa, el tono mesurado». A partir de ese momento, Dionisia mantendrá una correspondencia que se afianzará con visitas a Málaga. La amistad se mantiene en el tiempo: llamadas frecuentes, cartas y felicitaciones a don Jorge y a su segunda esposa, Irene Mochi Sismondi, con quien Dionisia mantendrá afectiva confianza tras la muerte del poeta (6/2/1984). Guillén querrá seguir los pormenores de la fundación de Tránsito y tiene la iniciativa de enviar el poema ‘Retiro en el jardín (Málaga)’, que aparecerá en el primer ejemplar “a” de la revista, en 1979. Dionisia se convierte, además, en el eslabón emocional del poeta con los amigos murcianos —Julián Calvo, Francisco Cano Pato, Juan Guerrero, José Ballester, Andrés Soberano, Carlos Ruiz-Funes, Alberto Arranz— y la Murcia conocida durante los años de docencia en su universidad. Dionisia ya publicó ‘Encuentros con don Jorge. Razón de amistad’, incluido en La claridad en el aire. Estudios sobre Jorge Guillén (Murcia, 1994). —ECP: Entre 1979 y 1983 se publica la revista Tránsito. La dirigen Dionisia García, Salvador García Jiménez, Pérez Valiente y Francisco Sánchez Bautista. En ella colaboran escritores y artistas de muy distintas generaciones o sensibilidades. Háblanos de la labor editora de Dionisia, ¿qué supuso para la cultura murciana esta revista? —AC: Conviene señalar la importancia de Begar Ediciones (Málaga), fundada y dirigida junto al poeta Salvador López Becerra. La gestación y el desarrollo de Tránsito son muy interesantes. El preámbulo a modo de ideario que aparece en el ejemplar “a” del año 1979 indica sus elevadas intenciones: «Tránsito inicia su vuelo vertical en este mundo de máquinas y tremendos problemas sociales. Desde ahora los poetas podrán ofrecerse sobre estas páginas al alma atosigada de todos los transeúntes. Tránsito quisiera levantar al verso accidentado para que continúe respirando por la calle...». Ya las colaboraciones de Julián Andúgar, Dictinio del Castillo, María Cegarra, Carmen Conde, Dionisia García, Salvador García Jiménez, Jorge Guillén, Leopoldo de Luis, Francisco Sánchez Bautista, Francisco Javier Díez de Revenga..., además de los ilustradores, marcan el camino exigente que ha de continuar hasta el año 1983. El valioso ejemplar “m-n-ñ”, dedicado a los poetas gallegos, es el último de los dieciséis números que alcanzó la revista. Las colaboraciones de poetas y artistas consagrados nos dan idea del esfuerzo de sus fundadores y de las metas alcanzadas por Tránsito, hoy revista de culto entre las de su época. Su trascendencia como plataforma de poesía contemporánea y su importancia para la cultura de Murcia en su momento ha sido valorada. —ECP: Aunque ubicada por edad en la generación de los 50, encontramos en Dionisia una poeta distinta, con una voz independiente, alejada de “ismos”. ¿Qué relación ha tenido Dionisia con sus coetáneos?, ¿y con los más jóvenes? —AC: La edad, en este caso concreto, no nos ofrece la referencia más acertada, pues Dionisia no se identifica con la Generación del 50 en cuanto a inquietudes literarias. Publicar tarde (1976) ha sido una enorme ventaja, a mi parecer, pues le ha permitido conocer las tendencias sin tener que acercarse demasiado, es decir, manteniendo en todo momento una distancia crítica favorable a la creación de un estilo muy personal. Es uno de los rasgos observables en su obra poética, la capacidad de convertir en ventaja aquello que podría ser un inconveniente. Y esto creo que tiene que ver con su sentido positivo del vivir, con el modo de enfrentarse al tiempo, a las circunstancias, a la vida, en definitiva. Por otro lado, Dionisia cuenta con sólidas amistades en el ámbito literario y citaré solo a Juana Castro, Carmen Riera y Clara Janés como amigas. La amistad es un valor que cultiva a diario. Muchos escritores murcianos son sus amigos. Es muy querida, como se aprecia en los actos literarios y homenajes institucionales tributados por la Universidad de Murcia, el Ayuntamiento de Murcia o la Asociación de la Prensa, entre otros. En cuanto a su respeto y reconocimiento fundamentado hacia los escritores contemporáneos, su colección de artículos de crítica literaria Páginas dispersas (2008) da buena muestra de ello. Por otro lado, es extraordinario su aliento a jóvenes poetas. La atención a poetas noveles es prioridad para ella; su apoyo y su tiempo están disponibles con generosidad. Para el grupo de poetas “Dionisiacas” es maestra y referente. —ECP: La poesía de Dionisia, en gran medida, busca la transcendencia, aspira a la eternidad. ¿Cómo se relaciona la autora con un Dios tan huidizo e incomprensible hoy en día? ¿Cómo asume la fugacidad de las horas y los días? —AC: Esta cuestión nos llevaría directamente a sus etapas y evolución poética. La preocupación por el tiempo es uno de los ejes de su lírica; también la conciencia de vivir el instante, es decir, la conciencia de lo pasajero, de la pérdida, y la permanencia en la memoria de lo vivido. Estas ideas alimentan su lírica desde El vaho en los espejos hasta Diario abierto, Las palabras lo saben o Mientras dure la luz. La cuestión temporal —como inexorable condición humana— sostiene toda su poética. Esa conciencia de la caducidad la invita al disfrute del instante vital con sentido horaciano; también la conduce —especialmente en la tercera etapa lírica— a la búsqueda de trascendencia, de alguna verdad que permita comprender nuestro lugar en el mundo, cuál es el sentido de la vida, de los deseos e inquietudes que mueven al hombre. Su respuesta íntima es Dios, apenas intuido tras la duda y la libertad humanas. Se trata de una fe activa, trabajada desde la tiniebla y la búsqueda de luz. Así aparece en Aun a oscuras (Anche se al buio), Señales, Mientras dure la luz y Clamor en la memoria, este último poemario escrito tras la muerte de su esposo Salvador Montesinos y dedicado a él. —ECP: Respecto a su obra crítica, ¿quién o quiénes han sido objeto de su interés? —AC: Larga despedida. Vida y obra de Emma Egea (1995) y Páginas dispersas (2008) forman su obra crítica. La lectura de ambas nos presenta a una escritora atenta a la obra de sus contemporáneos e interesada en ahondar en fundamentos de la creación artística. También en el conjunto de ensayos breves Homenaje debido (2014) podemos apreciar preferencias como lectora. El conjunto de comentarios críticos que forma Páginas dispersas (2008) es una importante aportación. La obra recoge análisis valiosos y es a la vez clara manifestación de su propia poética. Recoge cuatro entrevistas a los poetas Jorge Guillén, Alfonso Canales, José Hierro y José María Álvarez. Además, encontramos cuarenta y siete comentarios a otras tantas obras de autores contemporáneos como Ginés Aniorte, Antonio Gracia, Aurelio Guirao, Claudio Rodríguez, Carmen Arcas, Soren Peñalver, Carmen Conde, Clara Janés, Carmen Agulló, Amalia Iglesias, Pascual García, José Luna Borge, Rosa Montero, entre otros. Dionisia presta atención a la verdad poética de los textos analizados, al lenguaje, a su originalidad o contención expresiva y valora especialmente la hondura humana de los poetas que se mantienen apegados a la vida cotidiana y volcados en la naturaleza, las personas y su entorno. Claudio Rodríguez ocupa un lugar destacado en sus preferencias. —ECP: Háblanos de la importancia del paisaje y la memoria en la narrativa de Dionisia.
—AC: La atención a la naturaleza y el paisaje tiene que ver con su tierra natal, Fuente Álamo de Albacete, con su infancia, con la añoranza de un mundo ya perdido. La actitud contemplativa ante el paisaje es una señal identitaria de la autora. Es un paisaje real, concreto, son las tierras manchegas, sus cultivos, sus sembrados, sus tonos rojizos o amarillentos, su arbolado disperso... De la tierra y el paisaje toma la poeta sus imágenes, sus símbolos y su sentido de trascendencia. La adustez del paisaje se convierte en serena belleza ascética ante los ojos de la poeta. Otros paisajes —levantinos, marítimos o exóticos— servirán de fondo lírico a poemas de Las palabras lo saben, Lugares de paso, Señales o Regresos y aportarán valores temáticos y formales. La rememoración está estrechamente ligada a la experiencia, al paisaje, a su concepto de la temporalidad, a la conciencia de ser y a las posibilidades de conocimiento del mundo. Ya Mnemosine trata sobre la memoria y el conocimiento y este tema es también un eslabón, una seña de identidad y unidad de su escritura. La autobiografía novelada —centrada en su niñez y adolescencia— Correo interior (2009) es un ejemplo perfecto de armonía entre paisaje natural, memoria, afectos y paisanaje. Es un tema muy interesante, de raíces machadianas y tratado con delicada belleza por Dionisia. —ECP: Para terminar, Ana, ¿por qué crees que debemos leer a Dionisia García?, ¿crees que ha abierto un camino que han de transitar otros poetas? —AC: La lectura de la obra lírica de Dionisia me parece muy enriquecedora. Su temática es la condición humana en todas las facetas posibles, tratada con la comprensión, hondura y prudencia aprendida en los clásicos. Es la vida, la experiencia sencilla de vivir la que se muestra en su larga trayectoria creativa. El yo poético aspira al conocimiento, a la certeza, aunque sea objetivo inalcanzable, y apuesta por la elegancia y precisión del lenguaje. La claridad es una meta cumplida. La serenidad de su palabra, su pensamiento humanista, el respeto a la libertad como ejercicio personal llevado a la escritura y el esmero en el estilo convierten su lírica, su narrativa o su obra aforística en un verdadero placer para los lectores. |
ENTREVISTAS
El Coloquio de los Perros. CABEZAS, ISMAEL
CAMARASA, RAFAEL CAMPUZANO, CLEOFÉ CANO, LEONARDO CARBAJOSA, NATALIA CARBAJOSA, NATALIA [traducir... poesía] CÁRCELES ALEMÁN, ANA CARIDE, ALBERTO CARRILLO, MARÍA ENCARNACIÓN CARRILLO, VIRIDIANA CASTRO, JUANA CÉLINE CEREZUELA, ANA CERVERA, RAFA CHEJFEC, SERGIO CHEJFEC, SERGIO [5] CHESSA, ALBERTO CHESSA, ALBERTO [Anatomía de una sombra] CHESSA, ALBERTO [Non finito] CHICO, ÁLEX CISNERO, ALBERTO COMAN, DAN CONTRERAS, NADIA CORTINA, ÁLVARO CRUZ, GINÉS CRUZ GUERRERO, Mª CARMEN DELGADO, DESIRÉE DÍAZ, ANA CLAUDIA DÍEZ, JOSÉ MANUEL DOMINIQUE A ELENA PARDO, CRISTINA ELKOURI, RIMA ESPEJO, JOSÉ DANIEL ESPEJO, JOSÉ DANIEL [Perro fantasma] FABRELLAS, JOAQUÍN FONT, VIOLETA GAIRÍN, RAMIRO GALÁN, JULIO CÉSAR GALÁN MOREU, SALVADOR GALÁN MOREU, SALVADOR [No fall] GALINDO, BRUNO GALLARDO, JOSÉ MANUEL GALLUD, EVA GALVÁN, ANI GAMBOA, JEYMER GARCÍA, CONCHA GARCÍA, DIEGO L. GARCÍA JIMÉNEZ, SALVADOR GARCÍA LÓPEZ, ERNESTO GARCÍA MELLADO, ISABEL GARCÍA PÉREZ, MANUEL GARCÍA-VILLALBA, ALFONSO GARCÍA-VILLALBA, ALFONSO [La nueva subjetividad] GARRIDO PANIAGUA, RODRIGO GASS, CARLOS GERANIOS, ANA GINÉS, ANTONIO LUIS GINÉS, ANTONIO LUIS [Antonov] GINÉS, ANTONIO LUIS [Corriente invisible] GÓMEZ, MACARENA GÓMEZ BLESA, MERCEDES GÓMEZ RIBELLES, ANTONIO GÓMEZ RIBELLES, ANTONIO [QUIROMANTE] GONZÁLEZ LAGO, DAVID GRACIA, ÁNGEL GROZO, DANIEL GUERRA NARANJO, ALBERTO HENDERSON, DAIANA HERNÁNDEZ, GALA HERNÁNDEZ, JULIO HERNÁNDEZ, MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ, MIGUEL ÁNGEL [EL DOLOR DE LOS DEMÁS] HERNÁNDEZ, MIGUEL ÁNGEL [ANOXIA] HERNÁNDEZ, MIGUEL ÁNGEL [TIEMPO POR VENIR] HERNÁNDEZ, MIGUEL ÁNGEL [YO ESTOY EN LA IMAGEN] HERNÁNDEZ BUSTO, ERNESTO IRIBARREN, KARMELO C. JACINTO, ANA LUISA JORGE PADRÓN, JUSTO JUAN, MIGUEL (de) KASZTELAN, NURIT LADDAGA, REINALDO LARA ALBERCA, JOSÉ MANUEL LAYNA RANZ, FRANCISCO LEZCANO, YULEISY CRUZ LINAZASORO, KARLOS LLOR, DOMINGO LOBATO, FLORA LÓPEZ, PABLO LÓPEZ AGÜERA, FULGENCIO ANTONIO LÓPEZ BRETONES, JOSÉ LUIS LÓPEZ KOSAK, ANDREA LÓPEZ MONDÉJAR, LOLA LÓPEZ MONDÉJAR, LOLA [Qué mundo tan maravilloso] LÓPEZ PELLICER, PABLO LÓPEZ POMARES, ALEJANDRO LÓPEZ SANDOVAL, DAVID LÓPEZ SORIA, MARISA LOUZAO, ALICIA LOZANO, MERCEDES MACHUCA, LUIS MAESTRO, JESÚS G. MALAVER, ARY MANUELA, ADRIANA MARGARIT, LUCAS MARÍN, MARÍA MARÍN, MARÍA [Lo que se hunde] MARÍN, MARIO MARÍN ALBALATE, ANTONIO MARQUARDT, ANJA MART, BLANCA MARTÍ VALLEJO, MAITE MARTÍN, RUBÉN MARTÍN GIJÓN, SUSANA MARTÍN IGLESIAS, VÍCTOR MARTÍNEZ CASTILLO, ANA MARTÍNEZ MÁRQUEZ, ALBERTO MENDOZA, NURIA MESA, SARA MICÓ, JOSÉ MARÍA MIGUEL, LUNA MIRALLES, INMA MOGA, EDUARDO MOLINO, SERGIO (DEL) MONTEVERDE, JULIO MONTEVERDE SÁNCHEZ, CONCEPCIÓN MOR, DOLAN MORALES, JAVIER MORANO, CRISTINA MOREJÓN, NANCY MORENO, ANTONIO MORENO, ELOY MORENO, JAVIER MORENO, SEBASTIÁN MORENTE, ESTRELLA MOYA, MANUEL MUÑOZ, MIGUEL ÁNGEL NAVARRO, ÓSCAR NETO DOS SANTOS, MANUEL NIETO, LOLA NORDBRANDT, HENRIK NUÑO, SIHARA OLMOS, ALBERTO OREJUDO, ANTONIO ORTIZ, DEMIAN ORTIZ ALBERO, MIGUEL ÁNGEL PALOMEQUE, AZAHARA PAPELES DEL NÁUFRAGO [Antonio Lafarque y Aníbal García] PARDO VIDAL, JUAN PARRA SANZ, ANTONIO PARRA SANZ, ANTONIO [Gómes & Cía] PELLICER, GEMMA PEÑA DACOSTA, VÍCTOR PEÑALVER, PATRICIO PEÑAS, ESTHER PÉREZ CAÑAMARES, ANA [Querida hija imperfecta] PÉREZ CAÑAMARES, ANA [Las sumas y los restos] PÉREZ LEAL, AGUSTÍN PÉREZ MONTALBÁN, ISABEL PERONA, JESÚS PICÓN, EMILIO PRADA, JUAN MANUEL DE PRUDENCIO, JESÚS PUJANTE, BASILIO PUJANTE, MANUEL QUIJANO SÁNCHEZ, EDUARDO REINA, NÉSTOR RÍOS, BRENDA RIVAS GONZÁLEZ, MANUEL ROBLES, SALVA RODRÍGUEZ, ALFREDO RODRÍGUEZ, ALFREDO [Urre Aroa] RODRÍGUEZ, ALFREDO [Días del indomable] RODRÍGUEZ, HILARIO J. RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, ANTONIO RODRÍGUEZ PAPPE, SOLANGE ROMERO MORA, J.D. ROMERO MORA, J.D. [En el desvarío] ROSADO, JUAN JOSÉ ROSSELL, MARINA ROVALHER, DANIEL RUDEL, JAUFRÉ RUIZ, MIGUEL ÁNGEL RUIZ GUERRERO, Mª CARMEN SALSE BATÁN, ALEJANDRO SÁNCHEZ, GINÉS SÁNCHEZ, GINÉS [2096] SÁNCHEZ, GINÉS [El borde cortante] SÁNCHEZ, GINÉS [Mujeres en la oscuridad] SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO [El órgano] SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO [El nudo] SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO [Factbook] SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO [La cadena del frío] SÁNCHEZ AGUILAR, DIEGO [Los que escuchan] SÁNCHEZ GÓMEZ, MARISOL SÁNCHEZ MARTÍN, LUIS SÁNCHEZ MARTÍN, LUIS [Pastillas debajo de la lengua] SÁNCHEZ MENÉNDEZ, JAVIER SÁNCHEZ ROBLES, MIGUEL SÁNCHIZ, ANTONI SANTOS, ABEL SCHWEBLIN, SUSANA SEÑOR, RUBÉN SERRANO, PABLO SORIANO, ADA SUANE, SAÚL TRIGUEROS, SARA J. ÚBEDA, ANABEL URÍA, JUAN MANUEL VAL, FERNANDO DEL VALDÉS, ANDREA VALERO, MANUEL VALLÈS, TINA VARAS, VALENTINA VEGA, MIGUEL VERA FIGUEROA, ALBA VICENTE, TERESA VICENTE CONESA, FRANCISCO VILA-MATAS, ENRIQUE Hemeroteca
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