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En el 40º aniversario de la muerte de Italo Calvino, proponemos una mirada lateral al pensamiento botánico/filosófico del escritor genovés a través, sobre todo, de algunos de sus microensayos, «puñados de arena de la Waste Land universal» que fue vertiendo en forma de diario secreto o cuaderno de viajes y humores. Su obra ha conocido múltiples abordajes, pero aquí sugerimos una visión inédita que, focalizada en una suerte de aleph, nos permite abrirnos a otros fértiles territorios. Como Cosimo Piovasco di Rondò, yo también tuve una casa en un árbol. Veía a la gente pasar inadvertidamente, cada uno a lo suyo, desde mi atalaya resinera de los Pinares de Venecia, Zaragoza sur. Aquel Cosme Chubasco, barón rampante y antojadizo de Ombrosa, aborrecía el guiso de caracoles, igual que yo, y por negarse a comerlos se trasplantó a una encina para vivir así, enramado de copa en copa, desde sus doce años. Bastante más de los 25 días que pasó, y fueron muchos, el artista italo-americano Scarpitta, fajador de trineos y piloto de carreras, que regaló al padre de los Antenati la semilla del famoso relato. Una posición elevada de vigía, como la de los tripulantes del globo aerostático que llevó a Cosimo, colgado del ancla, a perderse en el mar, o como los habitantes de la “ciudad invisible” de Bauci, que contemplan con telescopios su propia ausencia de la Tierra: «viendo las cosas de lejos —y Calvino fue un consumado maestro de la relaciones micro-macro—, aprendemos a verlas de cerca». Italo Calvino, digámoslo desde el principio, iba también derecho al árbol, o por lo menos a subirse a las ramas de alguna de las especialidades familiares, todas arboricultoras, para vivir de sus frutos. Creció entre árboles en el parque de Villa Meridiana, a orillas del Mar de Liguria, y hasta estudió Ciencias Agrarias por seguir la tradición familiar, aunque abandonó la facultad. En la estación botánica que regentaban, sus padres le instruyeron en la ciencia verde que mejor sabían, y en aquel reino encantado envidiaba el primitivismo adánico de su amigo Libereso Guglielmi, un ácrata tolstoiano que comía flores (¡jamás animales!) y sentía devoción por su jefe, el profesor Calvino, con quien empezó a aclimatar frutales tropicales en las colinas de la Liguria de Poniente y, amante incondicional de todas las criaturas (capaz, incluso, de vestir su piel de las hormigas argentinas que arruinaban un melocotonero), a dibujar compulsivamente cualquier yerba, cualquier baya, cualquier hongo que tuviera a la vista. Pensemos en aquella madre física y matemática, además de botánica (dirigió el Jardín Botánico de Cagliari), que tenía su jardín y su herbario perfectamente etiquetados y que enmendaba los libros del hijo si cometía algún desliz en los dominios de flora. En aquel padre agrónomo y masón que imitaba a los pájaros y nombraba las plantas en latín, que dirigió plantaciones de investigación en América Latina (primero en México, Estación Agraria Central, división horticultura; luego en Cuba, Estación Experimental de Agricultura de Santiago de las Vegas) antes de dirigir la Estación Experimental de Floricultura Orazio Raimondo, en San Remo. Aquellos padres todo ciencia que fundaron la Asociación Italiana de Amigos de las Flores y que incluso llevaban un consultorio en la revista Il giardino fiorito, que también dirigían, en un sano afán de compilar y divulgar un auténtico manual verde. Pero la literatura, ay, acabó contrariando las enseñanzas de tamaños científicos porque el pequeño Italo se sentía, a la sombra de la estricta Eva y del parlanchín Mario, una oveja negra y taciturna. De madrugada, camino de San Giovanni arriba (en los mismos bosques de espanto donde luego sería ‘Santiago’, partisano garibaldino), iba escuchando la erudición portátil de su padre, que le indicaba qué berzas y qué frutos recolectar del huerto familiar, mientras él, abstraído, inventaba plantas imposibles (Ypotoglaxia jaminifolia, Photophila wolfoides...) y anotaba ideas narrativas en un cuaderno, prefiriendo no el árbol como espécimen, embridado a su vez en un árbol clasificatorio, sino como metáfora orgánica de varia y múltiple germinación: el árbol de la fantasía, la naturaleza como libro de infinitas lecturas. «Tal vez yo mismo viva entre los árboles», confesó en una entrevista a la televisión francesa, y así como Pavese, su mentor en Einaudi, lo definió «ardilla de la pluma», no sería extraño confundirlo, definitivamente pájaro, con ese «herrerillo» de paso ligero que amiga con nostálgicos exiliados españoles y hasta organiza, desde su oteadero, la prevención de incendios forestales. Obstinado barón que vive suspendido sobre un bordado de hojas y ramas y que, como la tinta sobre la página, corre y se retuerce insinuando palabras, ideas, sueños. Hojeando, pues, los libros de Calvino, encontraremos diversos injertos arbóreos que, lejos del rigor o el desapasionamiento científicos, agarran bien y fertilizan en campo literario. Comparecen, por ejemplo, en la peripecia urbana del buen Marcovaldo, adoptando formas peregrinas: un «baobab» que crece tanto tanto (bajo la lluvia, en bicicleta, en motocarro) que alcanza rápidamente su otoño, hasta aventar el oro de su follaje sobre la ciudad dormida («La lluvia y las hojas»), o unos postes publicitarios que sirven a unos críos ateridos para traerse un poco de leña a casa (‘El bosque sobre la autopista’). Gran antólogo de las fábulas tradicionales y lector de Propp, le gustaba evocar la de Aschenputtel, la Cenicienta germánica, que regó con un torrente de lágrimas la tumba de su madre hasta hacer germinar un prodigioso avellano. Y el último Calvino, travestido de señor Palomar, hace sus minuciosas y críticas observaciones entre la playa y el pinar de Roccamare (en el término de Castiglione della Pescaia, pueblo de la Maremma toscana donde yacen las tumbas del matrimonio Calvino), a la vista de Córcega, Elba y Montecristo y al arrullo de las chicharras que acribillan los carrascos o pinos de Alepo. Pero es en Colección de arena (1984), sección “La forma del tiempo”, donde están las mejores acometidas calvinianas al árbol en su radical polisemia. Datadas en 1976, son tres y se adentran en la fronda mejicana: árboles míticos de Oaxaca y Palenque que le fascinaron y que nos servirán de guía para continuar esta exploración del tiempo del árbol, o del árbol del tiempo. Empieza anotando, en “La forma del árbol”, una excursión a las ruinas zapotecas de Mitla con parada en Santa María del Tule, Estado de Oaxaca, para admirar el Árbol de Tule. Llamado ciprés de Moctezuma, este ahuehuete o sabino (Taxodium mucronatum, que no distichum: ay, esa lección paterna mal aprendida) supera los dos milenios, con más de 40 metros de altura y 14 de diámetro. En su amenazante ausencia de forma, con proliferación de raíces aéreas que devienen nuevos troncos y forman singular masa boscosa, el gigante se le presenta como un auténtico «superárbol». Abstrayéndose de la tropilla de foto-japoneses que ha desembarcado de su autocar, contempla ese monstruo crecedero de «sintaxis descompuesta» que resume «una larga historia de incertidumbres, germinaciones y desviaciones». Envolviéndolo todo, una corteza cansada, una piel decrépita que sin embargo encarna la «eternidad de algo que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir». De manera que se pregunta si la redundancia no contendrá el secreto de la longevidad. El ahuhué impone su estructura esencial, y luego, mediante un ímprobo derroche de materia, se acaba dotando de una forma capaz de atravesar el tiempo. Y esto es justamente lo que deja perplejo a Calvino, un cerebro ordenado, límpido, geométrico y finalista: que también un incontenible, profuso, caótico garabato arbóreo tenga sentido, transmita sentido. Así como su alter ego Palomar «para defenderse de la neurastenia general [trataba] en lo posible de controlar sus sensaciones», así Calvino enfrenta ese frenesí orgánico con ojos analíticos —paradójicamente heredados de sus padres— como si tratara de amansarlo con buenas razones. A mí, que acaso simpatizo más con lo irracional, me recuerda ese árbol-nube que sólo crece en Extrañalandia, mítica isla parida por la imaginación de Stefano Benni. Un árbol tan sumamente alto que se diría habitado allá arriba, precisamente donde se confunde con los cirros y desde donde, a veces, bajan volando misteriosos aviones de papel. También pienso en aquel surtidor arborescente, nacido de las habichuelas mágicas de los Grimm, que crecía y crecía sin freno hasta tocar regiones siderales donde moran ogros riquísimos en su castillo de fábula. Prosigue Calvino su tour oaxaqueño con el árbol de Jesé (“El tiempo y las ramas”), pintado en la bóveda del convento de Santo Domingo de Guzmán. Exuberante Árbol de la Vida con la genealogía de Cristo, que a partir de David arracima reyes, obispos, guerreros, gentilhombres del XVII; o bien, versión frailuna, la historia dominica que brotaría del santo titular. Y compara el arbolazo de Tule con esta recia vid sanguínea: producto natural del tiempo el primero, fruto del azar, de la probabilidad y la entropía; hijo, el segundo, de nuestra necesidad de darle finalidad al tiempo mediante un designio, una determinación, una historia. Y aquí Calvino se pone antropológico, porque este tipo de árbol nos remonta acaso a los orígenes del género humano. Pero advierte también cómo nuestro árbol filogenético podría tronzarse rama a rama, y hasta su misma base, por las diversas catástrofes que tenazmente cultivamos. Es el Calvino más filosófico, reflexivamente mayéutico, para quien cualquier dato de la realidad se convierte en un enigma a descifrar. Como observará Palomar (“Serpientes y calaveras”) en un viaje a Tula, la capital tolteca, todo puede ser objeto de interpretación arborescente, opera aperta trufada de entropía, si es que no nos detenemos en el silencio, demudados ante significados perdidos, ante un secreto que no quiere ser desvelado. Se desplaza luego a Chiapas, y en Palenque (“El bosque y los dioses”) se embosca en las ruinas de los templos mayas, cuyos jeroglíficos e inscripciones desatan al Calvino más semiótico, más oulipiano. Y así nota, mientras la maraña vegetal se espesa en el interior de su cabeza asoleada, una relación especular entre piedra tallada y bosque salvaje, pues recíprocamente se hablan: el bosque pétreo no sería sino «una gigantesca tautología que la naturaleza, justamente, trata de cancelar». Las cosas, intuye, se rebelan a ser significadas mediante palabras, de manera que la espesura se ha ido tragando el lenguaje de los bajorrelieves, que se postulaba —creando, como todo lenguaje, una mitología— como segunda naturaleza. Pero también pudiera tratarse de una guerra entre los nombres de los dioses y los dioses sin nombre, que por fuerza habría de quedar en tablas. Lianas y raíces forman parte del discurso de los dioses, origen de todo discurso, del mismo modo que los elementos del lenguaje contienen las primeras sustancias. Pero una duda le asalta: tal vez sean otros dioses, distintos de aquellos que controlaban el relato cíclico de muerte y resurrección, los que hablan hoy a través de nosotros. Unos dioses acaso desquiciados, o quizá sólo humanos, que arrasan cuanto tocan. El propio Calvino se lamentaba de cómo los lugares de su infancia iban siendo velozmente destruidos por un urbanismo especulativo y caótico que, con el nefasto crecimiento que trajo consigo la reconstrucción de posguerra, ha tapizado / tapiado esa costa que la publicidad nombra aún Riviera dei Fiori, asfixiando olivos, viñedos y pinos marítimos. La misma Villa Meridiana, que podía haberse convertido en un centro de estudios botánicos, ha quedado completamente desfigurada para sacar un puñado de apartamentos turísticos. «Ellas sueñan y hacen los sueños / y a las copas mandan las fábulas», escribió Gabriela Mistral de las raíces: de ellas se nutren ahora, en el bosque de la memoria, Italo Calvino y su amigo Libereso, el Tarzán panteísta que caricaturizaba al poder: monstruo grande que pisa fuerte. Ambos entonan un réquiem por el planeta que fue turquesa. Fuentes:
—Mª Carmen BARRADO, “Los signos y los tiempos en México, en Palomar y Collezione di Sabbia de Italo Calvino. II: La entropía, Cuadernos de Filología Italiana, nº 8, 2001. —Angela BORGHESI, “Il dio che è negli alberi”, Doppiozero, Milán, 2015. —, “Calvino: alberi e piante”, Calvino A/Z, Electa, Roma, 2023. —Italo CALVINO, “Una tarde, Adán”, en Por último, el cuervo, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2024 (1ª ed., 1949). —, El barón rampante, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2024 (1ª ed., 1957). —, Marcovaldo, o las estaciones en la ciudad, fasdfds (1ª ed., 1963). —, “La forma del árbol”, “El tiempo y las ramas” y “El bosque y los dioses”, Colección de arena, sección “La forma del tiempo”, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2015 (1ª ed., 1984). —, El camino de San Giovanni, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2012 (1ª ed., 1984). —, Guardare. Disegno, cinema, fotografia, arte, paesaggio, visioni e collezioni, ed. Marco Belpoliti, Oscar Mondadori, Moderni Baobab, Milán, 2023. —Mario CALVINO y Eva MAMELI, 250 quesiti di giardinaggio risolti, Donzelli, Roma, 2011. —Duccio CHIARINI, Italo Calvino. Lo scrittore sugli alberi, Arte / Luce Cinecittà / Rai Documentari, Italia-Francia, 71’, 2023. —Libereso GUGLIELMI, L’erbario di Libereso, ed. Claudio Porchia, Pentàgora, Savona, 2018. —Ippolito PIZZETTI, Libereso, il giardiniere di Calvino, Muzzio, Padua 1993.
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