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por ÓSCAR MERINO MARCHANTE El relato de viajes constituye un género literario fundamental en la historia de la cultura escrita. Desde la Antigüedad, relatar la experiencia del desplazamiento ha sido una forma de comprender el mundo, de registrar lo desconocido y, al mismo tiempo, de definir la identidad propia frente a la alteridad. En el ámbito hispánico, la Edad Media ofreció un terreno especialmente fértil para este tipo de escritura: peregrinos, mercaderes, embajadores y caballeros recorrieron amplios territorios y dejaron testimonio de sus vivencias en crónicas que combinan observación, asombro y autodefinición. Entre esas obras, la Embajada a Tamorlán, redactada por Ruy González de Clavijo a comienzos del siglo XV, ocupa un lugar toral tanto en este género como en la historia de nuestra literatura. El texto, en síntesis, relata la misión diplomática enviada por Enrique III de Castilla al conquistador asiático Tamerlán en 1403. Aunque se presenta como un informe de viaje, la obra trasciende su carácter documental para convertirse en un ejercicio de memoria cultural: a través de la descripción de lo ajeno, el autor reconstruye simbólicamente lo propio. 1. Contexto histórico y literario La embajada de Clavijo surge en un momento en que Castilla busca ampliar su proyección internacional. La expansión de los turcos otomanos hacia Asia Menor amenazaba la estabilidad de Europa oriental, y Enrique III consideró estratégico establecer lazos con Tamerlán, cuyo poder en Asia Central era inmenso. La misión partió en 1403 y culminó en Samarcanda, capital del imperio timúrida, tras un recorrido que atravesó el Mediterráneo, Anatolia, Persia y buena parte de Asia. El relato que Clavijo redacta a su regreso en 1406 combina precisión geográfica, interés etnográfico y una notable sensibilidad descriptiva. La minuciosidad de su observación no responde únicamente a una voluntad de registro; también manifiesta el deseo de comprender y traducir culturalmente la diferencia. En ese proceso, la Embajada a Tamorlán se inscribe en la tradición de la literatura de viajes medieval, pero inaugura una forma singular de escritura del mundo que anticipa rasgos humanistas: curiosidad, comparación, y un incipiente sentido de universalidad. 2. Relatar lo “otro”: el exotismo como conocimiento La obra de Clavijo despliega un amplio repertorio de exotismos que fascinaron al público castellano del siglo XV. Las descripciones de ciudades como Constantinopla, Trebisonda, Soltania o Samarcanda se caracterizan por la precisión topográfica y el afán documental. Su mirada se detiene en los detalles arquitectónicos, en los mercados, en las costumbres y en la diversidad de los pueblos que encuentra. La descripción de Samarcanda es especialmente significativa. Clavijo destaca la grandeza de sus murallas y la magnificencia de sus edificios religiosos, como la mezquita de Bibi Khanum, «la más onrada que en la cibdat avía», o el mausoleo Gur-i Mir, recubierto de cerámica azul y oro. A través de estos pasajes, la alteridad se vuelve tangible, pero siempre mediada por la mirada castellana. Lo extraño no se representa como ininteligible, sino que se traduce a parámetros familiares: proporciones, colores y valores que remiten a lo conocido. El mismo impulso de conocimiento se percibe en sus observaciones sobre la fauna y la flora. La célebre descripción de la jirafa —«las piernas traseras cortas, las delanteras largas, el pescuezo muy alto, el cuerpo como de caballo»— muestra la atención empírica del autor, pero también su necesidad de hacer comprensible lo desconocido mediante la comparación. Clavijo no imagina ni idealiza: observa y traduce. Esa actitud de descripción minuciosa, heredera del espíritu enciclopédico medieval, anticipa una forma de racionalidad que convierte el exotismo en conocimiento. Sin embargo, la mirada del embajador no está exenta de sesgos. Su perspectiva cristiana y europea introduce juicios morales, valoraciones implícitas y jerarquías culturales. El exotismo, aunque descrito con admiración, conserva un matiz de extrañeza y distancia. El “otro” es contemplado, clasificado y finalmente integrado en un orden simbólico que confirma la centralidad del observador. 3. Recordar lo propio: la identidad a través de la alteridad
El relato de Clavijo no se limita a representar lo ajeno. Cada descripción, cada comparación, actúa como un espejo en el que Castilla se mira y se reafirma. En este sentido, Embajada a Tamorlán es también un texto sobre la identidad. El contraste entre el mundo cristiano y el islam oriental, constante en la obra, no se plantea como una oposición irreconciliable, sino como un diálogo en el que lo distinto permite redefinir lo propio. La figura de Tamerlán, temible conquistador pero también potencial aliado contra los otomanos, encarna esa ambivalencia. Clavijo presenta al líder asiático con respeto, incluso con admiración, pero su grandeza sirve indirectamente para destacar el valor y el prestigio del rey de Castilla. Cuando Tamerlán se refiere a Enrique III como su “fijo”, el gesto diplomático se transforma en un reconocimiento simbólico que refuerza la posición de Castilla en la geopolítica medieval. A través del relato de la embajada, el reino castellano se proyecta como actor legítimo en el escenario internacional. La obra cumple así una función política y cultural: legitima la expansión diplomática y, al mismo tiempo, consolida una imagen de identidad cristiana y europea. El contraste entre mezquitas y catedrales, entre alfombras orientales y piedra castellana, entre lenguas extrañas y el castellano de Clavijo, traduce una misma idea: la diferencia cultural es también una afirmación de pertenencia. Relatar lo otro, por tanto, equivale a recordar lo propio. En la comparación constante con lo ajeno, la cultura castellana reafirma sus valores, su fe y su memoria. 4. Desplazamiento, nostalgia y pertenencia Los conceptos de desplazamiento, nostalgia y pertenencia resultan esenciales para comprender el sentido profundo de la Embajada a Tamorlán. El desplazamiento no es únicamente un movimiento físico. Supone un tránsito cultural y simbólico. Los embajadores castellanos se enfrentan a territorios, lenguas y religiones desconocidas, y esa experiencia de contacto redefine su manera de percibir el mundo. El viaje, en este caso, no termina con el regreso: continúa en la escritura, en el intento de transformar la experiencia en relato. La nostalgia opera como una presencia subterránea. Clavijo rara vez expresa de forma explícita el sentimiento de añoranza, pero su texto está lleno de comparaciones que revelan un deseo de referencia constante a lo familiar. Los alimentos, los templos o los paisajes extranjeros se describen siempre en relación con los de Castilla. Esa comparación reiterada funciona como un hilo de memoria que mantiene vivo el vínculo con la tierra natal. La pertenencia, finalmente, se manifiesta en la elaboración del propio texto. Aunque la misión diplomática no alcanzó los resultados políticos esperados —Tamerlán murió en 1405 sin responder a la carta del monarca castellano—, el viaje cumplió una función simbólica de gran alcance. La experiencia se convierte en relato, y el relato, en memoria colectiva. Es en la escritura donde el desplazamiento se resuelve: la palabra fija la experiencia y la devuelve a la comunidad de origen, transformada en saber y en identidad. Como bien señala María Jesús Acosta López (2006: 13), «la Embajada a Tamorlán es una fuente histórica y literaria que combina diplomacia y memoria, y que se sitúa entre los primeros libros de viajes en lengua castellana [...] Su estilo diarístico, minucioso, da la impresión de una objetividad que en realidad está al servicio de una visión identitaria». 5. Conclusión La Embajada a Tamorlán representa uno de los ejemplos más significativos del modo en que la literatura medieval hispánica convierte el encuentro con lo desconocido en una afirmación de identidad. En ella, la observación de lo ajeno no implica pérdida ni disolución, sino reconocimiento. Lo exótico se vuelve espejo; la diferencia, afirmación. Clavijo, al narrar su travesía hacia Oriente, no solo ofrece un testimonio de su tiempo, sino que inaugura una forma de mirar el mundo que une curiosidad y pertenencia, objetividad y emoción. Su relato demuestra que toda descripción del otro es también una descripción de uno mismo. Así, en definitiva, la Embajada a Tamorlán se erige como un ejercicio de memoria cultural en el que la alteridad actúa como catalizador de la identidad. Relatar lo otro fue, para Ruy González de Clavijo, una manera profunda y consciente de recordar y reafirmar lo propio: su tierra, su lengua, su cultura y su lugar en la historia.
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En el 40º aniversario de la muerte de Italo Calvino, proponemos una mirada lateral al pensamiento botánico/filosófico del escritor genovés a través, sobre todo, de algunos de sus microensayos, «puñados de arena de la Waste Land universal» que fue vertiendo en forma de diario secreto o cuaderno de viajes y humores. Su obra ha conocido múltiples abordajes, pero aquí sugerimos una visión inédita que, focalizada en una suerte de aleph, nos permite abrirnos a otros fértiles territorios. Como Cosimo Piovasco di Rondò, yo también tuve una casa en un árbol. Veía a la gente pasar inadvertidamente, cada uno a lo suyo, desde mi atalaya resinera de los Pinares de Venecia, Zaragoza sur. Aquel Cosme Chubasco, barón rampante y antojadizo de Ombrosa, aborrecía el guiso de caracoles, igual que yo, y por negarse a comerlos se trasplantó a una encina para vivir así, enramado de copa en copa, desde sus doce años. Bastante más de los 25 días que pasó, y fueron muchos, el artista italo-americano Scarpitta, fajador de trineos y piloto de carreras, que regaló al padre de los Antenati la semilla del famoso relato. Una posición elevada de vigía, como la de los tripulantes del globo aerostático que llevó a Cosimo, colgado del ancla, a perderse en el mar, o como los habitantes de la “ciudad invisible” de Bauci, que contemplan con telescopios su propia ausencia de la Tierra: «viendo las cosas de lejos —y Calvino fue un consumado maestro de la relaciones micro-macro—, aprendemos a verlas de cerca». Italo Calvino, digámoslo desde el principio, iba también derecho al árbol, o por lo menos a subirse a las ramas de alguna de las especialidades familiares, todas arboricultoras, para vivir de sus frutos. Creció entre árboles en el parque de Villa Meridiana, a orillas del Mar de Liguria, y hasta estudió Ciencias Agrarias por seguir la tradición familiar, aunque abandonó la facultad. En la estación botánica que regentaban, sus padres le instruyeron en la ciencia verde que mejor sabían, y en aquel reino encantado envidiaba el primitivismo adánico de su amigo Libereso Guglielmi, un ácrata tolstoiano que comía flores (¡jamás animales!) y sentía devoción por su jefe, el profesor Calvino, con quien empezó a aclimatar frutales tropicales en las colinas de la Liguria de Poniente y, amante incondicional de todas las criaturas (capaz, incluso, de vestir su piel de las hormigas argentinas que arruinaban un melocotonero), a dibujar compulsivamente cualquier yerba, cualquier baya, cualquier hongo que tuviera a la vista. Pensemos en aquella madre física y matemática, además de botánica (dirigió el Jardín Botánico de Cagliari), que tenía su jardín y su herbario perfectamente etiquetados y que enmendaba los libros del hijo si cometía algún desliz en los dominios de flora. En aquel padre agrónomo y masón que imitaba a los pájaros y nombraba las plantas en latín, que dirigió plantaciones de investigación en América Latina (primero en México, Estación Agraria Central, división horticultura; luego en Cuba, Estación Experimental de Agricultura de Santiago de las Vegas) antes de dirigir la Estación Experimental de Floricultura Orazio Raimondo, en San Remo. Aquellos padres todo ciencia que fundaron la Asociación Italiana de Amigos de las Flores y que incluso llevaban un consultorio en la revista Il giardino fiorito, que también dirigían, en un sano afán de compilar y divulgar un auténtico manual verde. Pero la literatura, ay, acabó contrariando las enseñanzas de tamaños científicos porque el pequeño Italo se sentía, a la sombra de la estricta Eva y del parlanchín Mario, una oveja negra y taciturna. De madrugada, camino de San Giovanni arriba (en los mismos bosques de espanto donde luego sería ‘Santiago’, partisano garibaldino), iba escuchando la erudición portátil de su padre, que le indicaba qué berzas y qué frutos recolectar del huerto familiar, mientras él, abstraído, inventaba plantas imposibles (Ypotoglaxia jaminifolia, Photophila wolfoides...) y anotaba ideas narrativas en un cuaderno, prefiriendo no el árbol como espécimen, embridado a su vez en un árbol clasificatorio, sino como metáfora orgánica de varia y múltiple germinación: el árbol de la fantasía, la naturaleza como libro de infinitas lecturas. «Tal vez yo mismo viva entre los árboles», confesó en una entrevista a la televisión francesa, y así como Pavese, su mentor en Einaudi, lo definió «ardilla de la pluma», no sería extraño confundirlo, definitivamente pájaro, con ese «herrerillo» de paso ligero que amiga con nostálgicos exiliados españoles y hasta organiza, desde su oteadero, la prevención de incendios forestales. Obstinado barón que vive suspendido sobre un bordado de hojas y ramas y que, como la tinta sobre la página, corre y se retuerce insinuando palabras, ideas, sueños. Hojeando, pues, los libros de Calvino, encontraremos diversos injertos arbóreos que, lejos del rigor o el desapasionamiento científicos, agarran bien y fertilizan en campo literario. Comparecen, por ejemplo, en la peripecia urbana del buen Marcovaldo, adoptando formas peregrinas: un «baobab» que crece tanto tanto (bajo la lluvia, en bicicleta, en motocarro) que alcanza rápidamente su otoño, hasta aventar el oro de su follaje sobre la ciudad dormida («La lluvia y las hojas»), o unos postes publicitarios que sirven a unos críos ateridos para traerse un poco de leña a casa (‘El bosque sobre la autopista’). Gran antólogo de las fábulas tradicionales y lector de Propp, le gustaba evocar la de Aschenputtel, la Cenicienta germánica, que regó con un torrente de lágrimas la tumba de su madre hasta hacer germinar un prodigioso avellano. Y el último Calvino, travestido de señor Palomar, hace sus minuciosas y críticas observaciones entre la playa y el pinar de Roccamare (en el término de Castiglione della Pescaia, pueblo de la Maremma toscana donde yacen las tumbas del matrimonio Calvino), a la vista de Córcega, Elba y Montecristo y al arrullo de las chicharras que acribillan los carrascos o pinos de Alepo. Pero es en Colección de arena (1984), sección “La forma del tiempo”, donde están las mejores acometidas calvinianas al árbol en su radical polisemia. Datadas en 1976, son tres y se adentran en la fronda mejicana: árboles míticos de Oaxaca y Palenque que le fascinaron y que nos servirán de guía para continuar esta exploración del tiempo del árbol, o del árbol del tiempo. Empieza anotando, en “La forma del árbol”, una excursión a las ruinas zapotecas de Mitla con parada en Santa María del Tule, Estado de Oaxaca, para admirar el Árbol de Tule. Llamado ciprés de Moctezuma, este ahuehuete o sabino (Taxodium mucronatum, que no distichum: ay, esa lección paterna mal aprendida) supera los dos milenios, con más de 40 metros de altura y 14 de diámetro. En su amenazante ausencia de forma, con proliferación de raíces aéreas que devienen nuevos troncos y forman singular masa boscosa, el gigante se le presenta como un auténtico «superárbol». Abstrayéndose de la tropilla de foto-japoneses que ha desembarcado de su autocar, contempla ese monstruo crecedero de «sintaxis descompuesta» que resume «una larga historia de incertidumbres, germinaciones y desviaciones». Envolviéndolo todo, una corteza cansada, una piel decrépita que sin embargo encarna la «eternidad de algo que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir». De manera que se pregunta si la redundancia no contendrá el secreto de la longevidad. El ahuhué impone su estructura esencial, y luego, mediante un ímprobo derroche de materia, se acaba dotando de una forma capaz de atravesar el tiempo. Y esto es justamente lo que deja perplejo a Calvino, un cerebro ordenado, límpido, geométrico y finalista: que también un incontenible, profuso, caótico garabato arbóreo tenga sentido, transmita sentido. Así como su alter ego Palomar «para defenderse de la neurastenia general [trataba] en lo posible de controlar sus sensaciones», así Calvino enfrenta ese frenesí orgánico con ojos analíticos —paradójicamente heredados de sus padres— como si tratara de amansarlo con buenas razones. A mí, que acaso simpatizo más con lo irracional, me recuerda ese árbol-nube que sólo crece en Extrañalandia, mítica isla parida por la imaginación de Stefano Benni. Un árbol tan sumamente alto que se diría habitado allá arriba, precisamente donde se confunde con los cirros y desde donde, a veces, bajan volando misteriosos aviones de papel. También pienso en aquel surtidor arborescente, nacido de las habichuelas mágicas de los Grimm, que crecía y crecía sin freno hasta tocar regiones siderales donde moran ogros riquísimos en su castillo de fábula. Prosigue Calvino su tour oaxaqueño con el árbol de Jesé (“El tiempo y las ramas”), pintado en la bóveda del convento de Santo Domingo de Guzmán. Exuberante Árbol de la Vida con la genealogía de Cristo, que a partir de David arracima reyes, obispos, guerreros, gentilhombres del XVII; o bien, versión frailuna, la historia dominica que brotaría del santo titular. Y compara el arbolazo de Tule con esta recia vid sanguínea: producto natural del tiempo el primero, fruto del azar, de la probabilidad y la entropía; hijo, el segundo, de nuestra necesidad de darle finalidad al tiempo mediante un designio, una determinación, una historia. Y aquí Calvino se pone antropológico, porque este tipo de árbol nos remonta acaso a los orígenes del género humano. Pero advierte también cómo nuestro árbol filogenético podría tronzarse rama a rama, y hasta su misma base, por las diversas catástrofes que tenazmente cultivamos. Es el Calvino más filosófico, reflexivamente mayéutico, para quien cualquier dato de la realidad se convierte en un enigma a descifrar. Como observará Palomar (“Serpientes y calaveras”) en un viaje a Tula, la capital tolteca, todo puede ser objeto de interpretación arborescente, opera aperta trufada de entropía, si es que no nos detenemos en el silencio, demudados ante significados perdidos, ante un secreto que no quiere ser desvelado. Se desplaza luego a Chiapas, y en Palenque (“El bosque y los dioses”) se embosca en las ruinas de los templos mayas, cuyos jeroglíficos e inscripciones desatan al Calvino más semiótico, más oulipiano. Y así nota, mientras la maraña vegetal se espesa en el interior de su cabeza asoleada, una relación especular entre piedra tallada y bosque salvaje, pues recíprocamente se hablan: el bosque pétreo no sería sino «una gigantesca tautología que la naturaleza, justamente, trata de cancelar». Las cosas, intuye, se rebelan a ser significadas mediante palabras, de manera que la espesura se ha ido tragando el lenguaje de los bajorrelieves, que se postulaba —creando, como todo lenguaje, una mitología— como segunda naturaleza. Pero también pudiera tratarse de una guerra entre los nombres de los dioses y los dioses sin nombre, que por fuerza habría de quedar en tablas. Lianas y raíces forman parte del discurso de los dioses, origen de todo discurso, del mismo modo que los elementos del lenguaje contienen las primeras sustancias. Pero una duda le asalta: tal vez sean otros dioses, distintos de aquellos que controlaban el relato cíclico de muerte y resurrección, los que hablan hoy a través de nosotros. Unos dioses acaso desquiciados, o quizá sólo humanos, que arrasan cuanto tocan. El propio Calvino se lamentaba de cómo los lugares de su infancia iban siendo velozmente destruidos por un urbanismo especulativo y caótico que, con el nefasto crecimiento que trajo consigo la reconstrucción de posguerra, ha tapizado / tapiado esa costa que la publicidad nombra aún Riviera dei Fiori, asfixiando olivos, viñedos y pinos marítimos. La misma Villa Meridiana, que podía haberse convertido en un centro de estudios botánicos, ha quedado completamente desfigurada para sacar un puñado de apartamentos turísticos. «Ellas sueñan y hacen los sueños / y a las copas mandan las fábulas», escribió Gabriela Mistral de las raíces: de ellas se nutren ahora, en el bosque de la memoria, Italo Calvino y su amigo Libereso, el Tarzán panteísta que caricaturizaba al poder: monstruo grande que pisa fuerte. Ambos entonan un réquiem por el planeta que fue turquesa. Fuentes:
—Mª Carmen BARRADO, “Los signos y los tiempos en México, en Palomar y Collezione di Sabbia de Italo Calvino. II: La entropía, Cuadernos de Filología Italiana, nº 8, 2001. —Angela BORGHESI, “Il dio che è negli alberi”, Doppiozero, Milán, 2015. —, “Calvino: alberi e piante”, Calvino A/Z, Electa, Roma, 2023. —Italo CALVINO, “Una tarde, Adán”, en Por último, el cuervo, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2024 (1ª ed., 1949). —, El barón rampante, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2024 (1ª ed., 1957). —, Marcovaldo, o las estaciones en la ciudad, fasdfds (1ª ed., 1963). —, “La forma del árbol”, “El tiempo y las ramas” y “El bosque y los dioses”, Colección de arena, sección “La forma del tiempo”, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2015 (1ª ed., 1984). —, El camino de San Giovanni, Biblioteca Italo Calvino, Siruela, Madrid, 2012 (1ª ed., 1984). —, Guardare. Disegno, cinema, fotografia, arte, paesaggio, visioni e collezioni, ed. Marco Belpoliti, Oscar Mondadori, Moderni Baobab, Milán, 2023. —Mario CALVINO y Eva MAMELI, 250 quesiti di giardinaggio risolti, Donzelli, Roma, 2011. —Duccio CHIARINI, Italo Calvino. Lo scrittore sugli alberi, Arte / Luce Cinecittà / Rai Documentari, Italia-Francia, 71’, 2023. —Libereso GUGLIELMI, L’erbario di Libereso, ed. Claudio Porchia, Pentàgora, Savona, 2018. —Ippolito PIZZETTI, Libereso, il giardiniere di Calvino, Muzzio, Padua 1993. |
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