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por SANTIAGO RODRÍGUEZ GUERRERO-STRACHAN Strachan es una fila de casas entre dos cementerios y una escuela al suroeste de Aberdeen. No está muy lejos, poco más de una hora en bicicleta y de media en coche. Si uno piensa en caminar, tarda ocho horas, según explica el mapa del teléfono móvil, cada vez menos teléfono y más otras cosas. El autobús lo cogimos en la estación, en un lateral destartalado de la de trenes. Los andenes son parcos. La mujer que apenas cabe en el kiosco de información es muy agradable y me da todo tipo de explicaciones para llegar allí. Hay una sola línea de ida el martes por la tarde y otra de vuelta el miércoles por la mañana. Ante la imposibilidad de hacer el viaje en un solo día, decido viajar a Banchory —el pueblo más cercano— y luego buscar algún medio de transporte. Los viajeros esperan en los apeaderos que puntean la parte oeste de la ciudad, donde la ciudad va perdiendo sus perfiles formidables y recupera el del campo inglés que tantas veces hemos visto en las películas. Nuestra mirada está ya constituida por tantas películas —algo que, en sí, no es malo pero que revela su lado oscuro cuando uno se para a pensar en la cantidad de largometrajes que ha visto y que ni le decían nada ni lo animaban a investigar otras miradas— que ya no podemos imaginar siquiera un lugar que no haya sido filmado o fotografiado. Hasta el siglo XX la mirada era pictórica, en algunos casos narrativa: por ejemplo en las novelas de Thomas Hardy o de Anthony Trollope. Recuerdo una película de Alfred Hitchcock, Inocencia y juventud (Young and innocent) de 1937 en que el paisaje es un ejemplo de lo pintoresco inglés, reflejo intencionado de los cuadros de John Constable sin olvidar lo que Hardy o Trollope habían escrito. El gusto por dejar constancia del paisaje es en realidad el deseo de crear una conciencia de paisaje que refleje un modo de entender la sociedad. Scott quería crear una conciencia escocesa y fijó en sus novelas un paisanaje, sí, pero también un paisaje, el de la Tierras Altas, epítome de la bravura de un pueblo que luchó contra una naturaleza ciega y un poder inglés tiránico; en el suroeste de Inglaterra Hardy y Trollope recreaban una sociedad orgánica —donde la dura pobreza y la acomodada riqueza convivían en una armonía inestable pero firme y en el que el paisaje reflejaba— al menos esa era la intención de los escritores —la unidad esencial de lo inglés por encima de cualquier accidente social—. El paisaje romántico —más allá de toda la belleza que contiene— es una afirmación de un orden social armónico; quizás Turner sea su refutación —y, junto con Whistler, la mirada sorprendida de lo exótico; en el caso de este último lo exótico lejano, más cercano en el caso de Turner—. Llegamos en poco menos de una hora después de parar en varios pueblos. La ruta nunca es recta; el autobús —que apenas se llena y cuya gran mayoría de pasajeros son personas en su senectud o jóvenes aún sin edad para tener el carné de conducir— zigzaguea por entre el paisaje y avanza o retrocede según una ruta que el conductor conoce de memoria pero que al viajero que desconoce el trayecto le puede parecer una pérdida de tiempo. Casi todas las rutas de autobuses lo son; hemos aceptado la idea de que es un transporte que ha de comunicar el medio rural con el urbano, que ha de llegar allá donde el tren o el avión no llegan ni tiene sentido que lleguen. Por entre el paisaje verde y frondoso, asilvestrado sin ser nunca selvático, flanqueado por cercas irregulares donde la piedra señala un tiempo indefinido pero antiguo, quizás por el musgo que crece en él, el autobús pasa sin gran dificultad, aun a pesar de que en varios tramos la carretera es estrecha y está en curva; las viejas lindes las mantuvieron contra todo progreso (quizás ese sea uno de los rasgos destacados de Gran Bretaña: el respeto —a veces solo superficial— por el pasado y por lo establecido). No tiene sentido cambiar el muro que acota una propiedad, vienen a decirnos los británicos, por el solo hecho de que un autobús vaya a pasar por esa zona. Algunos de los pueblos son grupos de casas modernas construidas bajo la estética de los años setenta: chalets ni siquiera pretenciosos, de paredes blancas, porche desangelado escoltado por dos columnas de piedra y rodeado de un terreno amplio donde la maleza crece a su antojo. El muro es de piedra negra y gris entreverado de un blanco caliginoso; las puertas suelen ser un herraje barroco discordante con el paisaje. El autobús sube y baja con parsimonia las lomas de Escocia sin que a lo lejos el viajero aviste las grandes montañas. Es todo un prado inmenso donde las ovejas y las vacas triscan sin que nadie las moleste. Banchory es un pueblo pequeño, poco más que dos hileras de casa a sendos lados de la carretera que continúa hacia el siguiente apeadero. Más que un servicio regular entre ciudades parece un servicio de autobuses urbanos entre pequeñas localidades. La parada no llega a ser un apeadero. En la marquesina un mapa señala la ruta de los varios autobuses que cruzan por el pueblo cada día. Más allá de la carretera, en dirección al valle hay unas cuantas casas y una pequeña plaza donde encontramos la biblioteca municipal, que es también oficina de turismo, y un café, en realidad un local mínimo con un pequeño mostrador desordenado y una cafetera industrial detrás. Además de café y té, sirven sopa y emparedados. En la tranquila mañana del verano tibio descanso con un capuccino mientras observo a los otros clientes: una niña que sale de la biblioteca acompañada de su madre; esta cruza algunas palabras con un hombre ya mayor que, sentado en la otra mesa, se prepara para comerse su bocadillo. La preparación incluye cambiarse unas botas montañeras llenas de barro por un calzado más urbano y quitarse los pantalones impermeables que ha llevado hasta ese momento. La conversación es intrascendente, la que se suele tener cuando se conocen desde hace años y él ha sido un buen amigo del padre: oscila todo entre preguntas sobre la salud de la familia, en especial sobre la del padre, y sobre los progresos de la niña en el colegio. El taxista se sonríe cuando le digo que quiero ir a Strachan. Me pregunta por la razón de mi viaje y le respondo algo sobre unos antepasados que emigraron. Se ofrece a buscar a gente que pudieran haberlos conocido. Me evito decirle que cuando mi antepasado el escocés —si es que fue escocés y de ese pueblo— emigró, ninguna de las personas que aún viven habían nacido: ni ellos ni sus padres, ni siquiera sus abuelos. Mi familia ha fantaseado poco con la procedencia del escocés, de las razones que tuvo para asentarse en Málaga —amor, dinero, un lugar donde descansar— o la ruta que siguió: con el ejército británico durante la Guerra de la Independencia cuando los británicos llegaron hasta Portugal, la de tantos emigrantes que viajaron en busca de mejor vida o la de un empresario que, fascinado por la cultura andalusí que los viajeros británicos estaban inventando en aquel entonces, quiso vivir en ese Oriente no tan lejano como el real pero no por ello menos mítico. Antes del viaje había hecho algunas pesquisas —ni muy exhaustivas ni muy lejanas en el tiempo o en el espacio— y había encontrado a un tal Guillermo Strachan que vivió en Gibraltar y se casó, sin embargo, en Cádiz a finales del siglo XVIII. Este era ya plenamente español pues fue diputado en las Cortes de Cádiz. Quizás sus padres fueran escoceses, quizás irlandeses, en cualquier caso de origen, más o menos remoto, escocés pues el lema del clan Strachan ha perdurado: Non timeo sed caveo. Strachan sería el topónimo que dio lugar al clan y al apellido; era una costumbre común, en Escocia y en España, y un buen recurso para identificar a las personas, para saber su procedencia y sus antepasados. No me remonté más atrás por el simple hecho de que en algún momento ha de detenerse la pesquisa histórica, en algún lugar hay que situar el inicio de todo, aunque sea un comienzo bastardo, incompleto. Al fin y al cabo, sirve de más una línea vaga, entrevista entre la bruma legendaria que lleva hasta estas tierras altas que una genealogía exacta y clara que revele dónde nacieron los Strachan, incluso quién fue el primero —pues alguno hubo de serlo—. El pueblo ni siquiera ocupa los dos lados de la carretera. Al lado del cementerio antiguo hay una casa derruida en la que se averigua la cocina y otra habitación. La escuela es un edificio que aún se mantiene en pie pero que lleva cerrado bastante tiempo —los cristales sucios así lo dan a entender—. Es un edificio bastante grande, quizás a ella acudían los niños desde otros pueblos —o villorrios, o granjas— vecinos, en bicicletas, como nos hemos acostumbrado a ver en tantas películas, o en mulillas, o simplemente andando, levantándose antes del amanecer para llegar a la escuela —quizás no muy cansados— a eso de las 9 de la mañana, un recorrido inhóspito en pleno invierno. Puede que la maestra desde la puerta mirara a izquierda y derecha esperando verlos aparecer detrás de un alcor o de una lomilla o cuando llegaban a la curva desde la que todo el pueblo se veía. No serían muchos niños, solo unos cuantos, los que no habían dejado el pueblo para estudiar en alguno de los internados de Aberdeen, Edimburgo o Glasgow. Más allá de las casas —algunas de ellas forman un mínimo conglomerado que ni siquiera llega a urbanización— están los prados separados por las lindes que dividen las propiedades. A lo lejos algunas casas y naves grandes, y alpacas redondas. No se ven tractores ni aperos de labranza, tampoco pastores ni labriegos. Es un mundo autónomo el de la ganadería, un mundo regido por sus reglas pero también en el que la intervención humana —así, a simple vista— está poco presente. En las lindes crecen zarzamoras y pequeños arbustos leñosos que no logro identificar. La leyenda histórica dice que todos estos fueron terrenos de enormes árboles —abetos, imagino, y robles, también algunos abedules. Ahora —en un lamento que no es exclusivo del país— lo que predominan son los prados que se abrieron en los siglos XVIII y XIX para dedicarlos a la agricultura y a la ganadería. Lo que entonces permitió una mejora sustancial de la calidad de vida de las personas así como un aumento de la población, hoy es, según algunos, una equivocación debida a la avaricia humana. Me llaman la atención las ovejas, con cara de viejas asustadizas; arrugan el hocico cuando alguien se acerca y se lanzan a correr con sus cuerpos como tonelillos impulsados por patas delgadas, las orejas, lanceoladas, echadas hacia atrás. Cuando uno ha vivido tantos años en Castilla, donde las ovejas suelen ser más pequeñas y más algodonosas, estas criaturas escocesas sorprenden porque tienen cara de viejas y parecen estar de vuelta de todo. Las vacas pastan indiferentes a nuestra presencia. El camino de vuelta lo hago a pie, por el arcén —cuando existe— de una carretera comarcal por la que apenas pasan coches. Los árboles cubren el cielo en algunos tramos, y me protegen del orvallo que no cesa. Los troncos tienen un color negruzco brillante parecido al agua del río que baja con fuerza entre las piedras. Especulo con la posibilidad de que allí haya salmones y que en temporada unos cuantos remonten el río esquivando los pescadores. Llego a Banchory a la hora de comer. Apenas se nota que es día laborable mientras espero el autobús para regresar a Aberdeen. El paseo ha sido agradable y la búsqueda de los orígenes no difiere de como me la imaginaba. Es un proceso armado mediante la fantasía más que una actividad racional. Sin embargo estamos sumergidos en lo fantasioso de los orígenes legendarios (quizás porque no tenemos un proyecto que apunte al futuro). Desde el Romanticismo —y no deberíamos desdeñar la fuerza que las narraciones de Scott tuvieron en ello— el pasado impone su presencia abrumadora cada cierto tiempo, cuando el aire se vuelve irrespirable y las ficciones del pretérito, apenas unas imágenes desfiguradas en la bruma, alcanzan una entidad más sólida que las realidades del presente. A la postre qué importa cuándo salió el primer Strachan del pueblo, si es que salió, pues nada sabemos con certeza, o a dónde fue o cuándo y por dónde llegó a España. Los linajes constriñen, aunque quede más o menos bien en reyes y nobles provenir de una familia de abolengo (algo que, por cierto, todos tenemos, pues todos tenemos antepasados y un lugar de origen). Todos nos remontamos a la primera pareja de homínidos (quizás fueron varias parejas, aún no hay consenso sobre ello) y todos perdemos adn conforme nos vamos alejando de nuestros antepasados. De nuestros padres guardamos la mitad, de nuestros abuelos una cuarta parte, un octavo sólo de nuestros bisabuelos, y así hasta llegar a una cifra cercana al cero al remontarnos varias generaciones más. Perdemos lo que heredamos y conseguimos ser, con esfuerzo, parte de lo que nos proponemos. Si me gusta Escocia la razón reside en lo diferente que es de Castilla, donde he vivido ya tantos años. Al igual que a los británicos les gustaba esa España que ellos veían atrasada, algo asilvestrada, donde la aventura, pensaban, aún era posible (al contrario, por lo visto, que en la propia Gran Bretaña, donde las normas y el avance social habían desterrado lo peligroso, o eso creían). No pasa de ser un sesgo cognitivo, que tan buenos resultados ha dado a la literatura y tan perjudicial ha sido en filosofía y en política. Nada que no sepamos ya, pero que tenemos que seguir repitiendo ante el avance de los populismos. Si ha de elegir entre el viaje a los orígenes (título rimbombante para lo que fue una curiosidad no exenta de humor, no pasaba de ser un empeño posmoderno) y la visita al museo y a la casa de Robert Louis Stevenson en Edimburgo y la búsqueda de sus huellas (de él o de su mundo) en el norte del país, me quedo con esto último. En el museo Stevenson comparte el espacio con Walter Scott y un poeta muy menor como es Robert Burns; menor pero representante de esa escuela vulgar que es la que deposita en la poesía el espíritu del pueblo. No hay cultura sin pueblo aborigen, parecen decir, sin prestar atención a que lo contrario es más cierto: la cultura se crea como un combate contra las rutinas heredadas, es decir contra la cultura existente; es, aunque guste poco la evidencia, un proceso de destrucción. Cuando llegamos a la casa en que Stevenson vivió, alumbrada por una farola, encontramos un cartel que prohibía llamar. La casa la habitaba una familia que nada tenía que ver con el escritor y que estaba harta de las innúmeras llamadas al timbre con el solo propósito de visitar la casa. No era un museo, bien se veía por fuera pues no había ningún cartel, y la fama del novelista sólo molestaba a quienes allí vivían. La farola era el único vestigio (en el sentido de resto más que de huella) de quien vivió allí. Stevenson, nacido en una familia de fareros, sintió una fascinación particular por la luz artificial. Uno puede imaginar las historias que oyó de pequeño cuando su padre o su abuelo volvían de las desnudas costas del norte de Escocia. Encarecerían la importancia de la luz conseguida a base de leña y más tarde la modernidad del alumbramiento con gas. Una nota mínima, junto a la farola, deja constancia, con un fragmento suyo, de su pasión por estas. Uno no puede decir si es mucho o poco —quizás sea lo mínimo, o lo máximo, que una sociedad, ya alejada de la literatura, puede ofrecer a un escritor de raza en una época en que nada queda que no sea reclamo turístico y, por lo visto, Stevenson lo es poco si juzgamos por el poco espacio que tiene en el museo de la ciudad antigua—. Con el espíritu aventurero con que los personajes de sus novelas se lanzan al mundo, así íbamos nosotros llenos de ilusión cuando subimos hasta Thurso, la ciudad más septentrional a la que llega el tren. Hay una pequeña península al este que sube un poco más al norte, pero a ella sólo accede el viajero por carretera. Thurso es una ciudad mínima cuyos límites quedan difuminados entre los de otros pueblos, algunos aún más pequeños, del interior y de la costa. Tiene una calle principal que va desde la estación, donde ni siquiera hay un factor cuando el tren llega, hasta casi la bahía. Es una calle que desciende y a cuyos lados hay algunas casas señoriales y multitud de edificios, entre ellos el hotel Station, que casi pasa desapercibido. Es una casa de piedra de dos pisos como tantas otras y el cartel que lo anuncia está bajo los balcones. Al pasar pienso que parece un edificio de oficinas, como alguno más que veré. No muy lejos encontramos la escuela y una iglesia con un jardín mínimo. Al final de la calle Princess está el hotel en que nos alojamos, un hotel de tamaño pequeño donde los pasillos son estrechos y están tapizados en madera o pintados de color crema, y las puertas antincendios son verdes. El suelo enmoquetado crea una mayor sensación de silencio. Mientras subo a la habitación pienso en alguna película de Aki Kaurismaki —los hoteles que aparecen en sus películas se parecen, de manera superficial, a estos—. Este es hogareño, un hotel familiar, en el que las familias del pueblo —abuelos, padres, nietos adolescentes— reservan mesa para el bufé del domingo por la tarde, un banquete pantagruélico en el que ofrecen cordero, ternera, cerdo y pavo asado con multitud de salsas y acompañamientos: patatas hervidas, en puré, asadas, coliflor y brócoli, macarrones con nata, arroz tailandés hervido o salteado, champiñones y tomates asados. Es el acontecimiento semanal en un pueblo en que el nada ocurre —a semejanza de las ciudades escandinavas de Kaurismaki, aunque en Thurso la soledad de los personajes cinematográficos no aparece por ningún lado, casi al contrario—. La misma tarde que llegamos hubo un concierto de la banda de gaiteros y una pequeña demostración de lo que las niñas del pueblo han aprendido ese año en la academia de baile; bailes, por supuesto, regionales. Son las siete de la tarde de un domingo de mediados de agosto y comienza a anochecer, hacer frío y casi llueve pero a nadie parece importarle. El recital es al final de la calle principal, junto a los jardines de San Juan, enfrente de la iglesia de San Pedro y San Andrés. En la iglesia han preparado café, té y bollería para los asistentes —así pasan mejor el rato largo, casi dos horas, que dura todo el espectáculo, incluida la demostración de baile—. Thurso tiene un clima atemperado por la bahía. La costea un paseo de cemento que acaba en un espigón. Por las mañanas, durante un buen rato, paseábamos sin prisa. Al volver a casa una de esas mañanas encontramos las ruinas de una iglesia —la antigua iglesia de San Pedro— del siglo XII —según se podía leer en un cartel— y, al lado, lo que podría ser un cementerio de barcas. Por los documentos parece ser que la iglesia era ya vestigios allá por 1780. Es de planta cruciforme, y está acompañada por lo que queda de un cementerio. El estilo es gótico, al menos eso indica la pared que aún se mantiene en pie —quién sabe si no la habrán reconstruido para los turistas— en la que se abre una ventana de arco apuntado con las nervaduras que separan las cristaleras. En el mismo Thurso, en dirección contraria, hay otra —la piedra ennegrecida— que ha servido de bufete de abogados y ahora está en venta. La silueta de la torre se recorta contra el horizonte, mientras por las cristaleras la luz declinante entra en un silencio de polvo y recuerdos. Es uno de los perfiles más característicos de Gran Bretaña, el de las iglesias góticas con sus agujas rematando las torres. Una imagen que, en la incierta imaginación del viajero, está relacionada con la Guerra de las Rosas, los dramas históricos de William Shakespeare o la recuperación del pasado glorioso de William Morris. Stromness es un pueblecito marinero en las islas Orcadas, que se desliza con suavidad por la pendiente hasta llegar al mar. Nada más llegar el transbordador, los turistas se dispersan enseguida, quizás sabedores de los lugares que hay que visitar o quizás se dirigen a la estación de autobús o buscan el embarcadero desde donde zarpan barcos que los llevan a otras islas más septentrionales. Apenas hay nadie por la calle Victoria o por Graham, ni siquiera lugareños, por usar una palabra antigua con cierto toque rústico. El puerto es la única explanada que vemos en el pueblo —en el litoral del pueblo, para ser exactos, que es lo que al final conocimos—. Por las calles estrechas del pueblecito marinero dejamos pasar el tiempo. Las casas son de piedra y algunas están pintadas de blanco y azul. Todo remonta hacia las colinas, no demasiado elevadas, del interior. La oficina de correos parece abandonada, enfrente unos niños juegan en unos pilares de madera en un pequeño atraque. No hay algarabía, a veces pienso que el aire británico tiene una desconcertante cualidad que apaga los sonidos. El museo de la ciudad está en un edificio que es una casa más entre tantas y pasa desapercibido. Un cartel pequeño lo anuncia sin demasiado énfasis. En esa misma calle una tienda de labores del papel reúne a varios artesanos. Hay cuadernos con la cubierta de piel, papeles de diferentes gramajes y colores, lápices de varios tamaños y maderas, cuartillas en las que hay grabadas —desconozco la técnica pero el resultado es sorprendente— hojas de árboles: algunas lanceoladas, las hay palmeadas, con los bordes aserrados, nervudas. Ninguna es ya verde, han virado a tonos pardos, cobrizos e incluso una cierta transparencia. Algunos turistas entramos, observamos los pliegos enormes que sobre una mesa esperan ser cortados, aspiramos el olor a serrín y continuamos hasta el museo, en el borde de la calle Alfred, justo antes de comenzar Ness, en una plaza mínima que va a dar al mar. Es un edifico de tres plantas, estrecho —una antigua casa ahora remozada en la que apenas se han hecho obras para acondicionarla para su nueva función—. Las estancias son pequeñas y oscuras, la escalera estrecha, todo es un tanto laberíntico y desorganizado, y aun así, es atractivo. En la planta baja, junto a una mínima recepción atestada de libros, postales, bolígrafos y otros tantos souvenirs, está la sala donde el visitante encuentra los aperos de pesca: redes, faroles, tipos de barcas y algunas indicaciones sobre los faros. La planta superior acoge una exposición temporal y un museo de animales, sobre todo aves de la zona. En la entrada lo recibe una oveja de dimensiones poco comunes a la que le va faltando lana. En otras vitrinas vemos zorros, hurones, y algunos otros mamíferos. En la sala contigua todo tipo de aves: las gaviotas, presentes en toda la costa y en todos los museos, frailecillos con el pico aún con colores brillantes, halcones de varias clases y un azor, cornejas, gorriones y algunas otras aves que no identificamos. Toda la riqueza de un mundo natural cada vez más lejano, más apagado, que aún tiene presencia en este país. Sin duda, a pesar de la Revolución Industrial —o quizás como reacción ante ella— la conexión con la naturaleza ha persistido de un modo que las fábricas no lograron abolir totalmente. Todos estos animales están expuestos con un propósito que se mueve entre lo museístico —la conservación de especies para la posteridad— y lo didáctico —la exposición de las piezas con vistas al aprendizaje de los legos—. Hay, además, un tercer aspecto que descubro ahora, después de haber visitado varios museos de ciencias naturales —aunque sólo sean parcialmente eso—. Las aves suelen estar disecadas en poses extravagantes a primera vista. Sacan pecho, podríamos decir sin ser inexactos, planean o se abaten contra un enemigo que no logramos ver, algunas remontan el vuelo. Ninguna está quieta ni distraída, ninguna oculta sus rasgos definitorios. Son posturas en que lo bello desempeña también un papel. Semejan estatuas de héroes griegos en medio de la pelea; otras, atletas a punto de ser condecoradas; algunas se exhiben conscientes de su belleza —la del plumaje, la de la pose—, ninguna aparece descuidada o en reposo, a lo sumo están quietas para contemplar un horizonte indeterminado en el que no se encuentra la figura humana, lo que da a toda la habitación una sensación dinámica a pesar de la insondable quietud en que se halla. Toda la estancia está inmersa en una atmósfera desasosegante a pesar de que los conservadores han puesto buen cuidado en que de aquello emane un encanto hogareño: las dimensiones reducidas de la sala, las cortinas, la madera de las vitrinas; todo pretende ser familiar, algo que he notado en los anglosajones: en Escocia, en Estados Unidos y en Inglaterra. Frente a la frialdad de las salas enormes de los museos, o la despersonalización de las cafeterías españolas, los anglosajones revisten los lugares públicos de una capa doméstica; es sólo un decorado pero funciona. A la salida paso por la tienda —que es la misma que la recepción— y compro algunos lápices y un libro sobre la familia de Robert Louis Stevenson. Su tatarabuelo, Thomas Smith, fue uno de los primeros constructores modernos de faros en la costa escocesa, y la tradición continuó hasta extinguirse con dos de sus primos, David y Charles. Robert estudió para ingeniero y acompañó a su padre en algunos de los viajes que hacía por la costa norte escocesa para reparar y mantener los faros que su abuelo o su bisabuelo habían construido. Allí, en tardes que eran ya temprana noche observó la silueta imponente de Bell Rock o la de Skerryvore, también la de Muckle Flugga en las islas Shetland. Desde los barcos vio los acantilados, las cortadas en que encallaban los barcos, el mar en tiempos de tormenta, la oscuridad de los inviernos escoceses: la naturaleza en todo su esplendor ciego y destructivo. Ya fuera por la quebradiza salud o por la nostalgia de la tranquilidad y comodidad del hogar en Edimburgo, Stevenson no continuó con la tradición familiar, para regocijo de sus lectores y disgusto de su padre. En la familia nadie veía bien que se dedicara a la literatura. Su abuelo había sido un hombre de carácter, inflexible con sus hijos mayores, David y Alan, y algo más comprensivo —por la edad, sin duda— con Thomas. Este, al igual que sus hermanos, estudió ingeniería con el propósito de entrar en el negocio familiar, pero la mayor libertad de que dispuso y la ausencia de la disciplina estricta en que sus hermanos fueron educados le libró de las presiones paternas hasta que aquel le conminó a que tomara una decisión sobre su futuro. Quién sabe si estas presiones jugaron con el tiempo a favor de Robert. Cuando declinó el ofrecimiento de dedicarse a la construcción, su padre quizás recordó la actitud del suyo y el modo en que le obligó a trabajar en la empresa familiar. El temperamento melancólico de Thomas también pudo tener alguna responsabilidad en el momento en que Robert tomó un camino que no era el que nadie en la familia esperaba, y que entristeció considerablemente a su padre. Abuelo y nieto compartían el mismo nombre y a pesar de la diferencia de caracteres también su fascinación por Escocia. El abuelo Robert había sido educado en los inflexibles principios del trabajo y la moral. Para él los faros eran casi lo único importante en su vida. Sentía, eso sí, una especial fascinación por Londres, ciudad que se representaba como opulenta en contraposición con la tediosa Inglaterra, que, en su opinión, apenas podía ofrecer nada que no fuera un gobierno a Escocia. La belleza del norte —cuanto más al norte, mayor belleza— dejaba muy lejos los pintorescos escenarios de Cornualles o de Wessex, en opinión del abuelo Robert, atraído, por lo que se ve, por la fuerza terrible de las sublimes costas escocesas.
En Stromness no vimos faros y en lo que recorrimos de la costa tampoco. Se encontraban mar adentro o en lugares más agrestes, allá donde las rocas llegaban a la superficie y los barcos podían embarrancar. Stevenson había sido uno de los acicates para viajar por Escocia: conocer el Edimburgo en el que vivió —o lo que quedase de él—. Al final, sin esperarlo —y eso añadió alegría a la sorpresa— algo más encontramos en el museo municipal sobre la vida de los balleneros: sus aparejos (entre ellos los que yo había tenido siempre por temibles arpones, aunque ahora que los tenía ante mí el tamaño era muy inferior al que yo imaginaba), su modo de vida, impensable ahora en tiempos de comodidad generalizada. Hay modos de vida que se extinguen no por el progreso de las ciencias y de la técnica sino por la molicie que, por fortuna, nos rodea. Por cierto, entre los nostálgicos de la dureza del pasado suelen encontrarse aquellos que más entre cojines han vivido. La ilusión del inicio se vio recompensada, a pesar de no ver los faros construidos por los Stevenson, pues en la aventura lo que importa no es el resultado sino el proceso, lo que ahora llamaríamos experiencia o vivencia. Lo de menos era no haber llegado hasta aquellos lugares remotos, tampoco pusimos sobre la mesa el visitarlos mientras preparábamos el viaje. Esto vino más tarde al enterarnos en Edimburgo de la niñez de Stevenson. Era un modo de compartirla, con un siglo de distancia, y de acercarnos a lo que vivió y sintió entonces. En Edimburgo paseamos por los callejones de la ciudad antigua que le inspiraron los escenarios de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, por ejemplo. Lo que habíamos leído en sus novelas de aventuras, La isla del tesoro era para nosotros la más importante, mantenía esa cualidad etérea y densa de la imaginación, gracias a la cual las ensoñaciones tienen realidad, pero nunca es tan sólida que termine por ser una copia realista. Es lo propio de la literatura: crear una trama verosímil en cuanto a acción y escenarios con el solo propósito de que el lector pueda sentir la simpatía y la cordialidad propias de la identificación con los personajes. Esto, en esencia, es lo que hace atractiva la literatura, la razón última por la que podemos pasar horas sin cuento leyendo incluso en la más agradable tarde primaveral. Esta es también la razón por la que sigo recordando el viaje como una aventura literaria más que un viaje turístico (que también lo fue).
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