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<channel><title><![CDATA[EL COLOQUIO DE LOS PERROS - FICCIONES]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones]]></link><description><![CDATA[FICCIONES]]></description><pubDate>Fri, 31 Jul 2026 11:14:13 -0700</pubDate><generator>Weebly</generator><item><title><![CDATA[FRÉDÉRIC CONROD]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/frederic-conrod]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/frederic-conrod#comments]]></comments><pubDate>Sat, 22 Nov 2025 19:30:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[frederic conrod]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/frederic-conrod</guid><description><![CDATA[LAS VIEJAS DEL AGUA  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; 1. La puta cubana  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Susana cerraba sus p&aacute;rpados y se imaginaba a dos cuadras del malec&oacute;n, en su Habana vieja, en el balc&oacute;n que la hab&iacute;a visto crecer. Bueno, con veinte grados m&aacute;s, un chupito de ron y unos sonidos de alegr&iacute;a por las calles, esto casi se podr&iacute;a parecer a Cuba. Aquello no era una isla tropical, sino m&aacute;s bien el fin de una pen&iacute [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">LAS VIEJAS DEL AGUA</font></strong><br /><br></div>  <div class="paragraph"><strong>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; 1. La puta cubana</strong><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Susana cerraba sus p&aacute;rpados y se imaginaba a dos cuadras del malec&oacute;n, en su Habana vieja, en el balc&oacute;n que la hab&iacute;a visto crecer. Bueno, con veinte grados m&aacute;s, un chupito de ron y unos sonidos de alegr&iacute;a por las calles, esto casi se podr&iacute;a parecer a Cuba. Aquello no era una isla tropical, sino m&aacute;s bien el fin de una pen&iacute;nsula rodeada de aguas fr&iacute;as. La lluvia medio helada, que hac&iacute;a crecer hasta &aacute;rboles dentro de los techos, la dej&oacute; de enga&ntilde;ar pronto. Desde lo alto de su terraza, contemplaba la yerba de los tejados h&uacute;medos y apuraba para acabar su cigarrillo, luchando con la mano contra las gotas que se lo pod&iacute;an estropear. Estaba a miles de kil&oacute;metros de su querida casa, en una ciudad de costa del noroeste de Espa&ntilde;a que ol&iacute;a a barro de r&iacute;a la mitad del tiempo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Lo que, fijo s&iacute;, ten&iacute;a en com&uacute;n este gran pueblo de pescadores con la capital caribe&ntilde;a era la constante preparaci&oacute;n de ambas para el apocalipsis, y uno que tardaba demasiado en llegar. Si una con dos dedos de frente se paraba a pensarlo bien un minuto, la familia de Fidel tambi&eacute;n ven&iacute;a de por aqu&iacute;. Los castros eran casas redondas de piedra que constru&iacute;an los celtas. Fidel hab&iacute;a estado por estas calles. Vino a saludar a sus antepasados, despu&eacute;s de la Revoluci&oacute;n. A conocer al otro dictador. No era una casualidad. Se le aparec&iacute;a su ciudad del alma como una imagen subliminal, desde la desesperaci&oacute;n gallega. Y con ella las heridas de la Historia.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El piso de la cubana estaba al fin de las escaleras, arriba del todo de un edificio estrecho y rosado. Hab&iacute;a que buscar buena motivaci&oacute;n para subirse a este faro con tanto esfuerzo en mente, pero las vistas val&iacute;an la pena, y all&iacute; arriba te esperaban las caricias y los servicios completos de una profesional. La verdad es que, cuando miraba a su piso desde la calle, parec&iacute;a una caba&ntilde;a puesta sobre el techo de un edificio de los m&aacute;s estrechos de la ciudad, hecha r&aacute;pidamente con los materiales que quedaban durante la dictadura. Pero es lo que se merecen las putas, pensaba. Una buena vista, una cama que aguante, un ba&ntilde;o en condiciones y una buena caja de condones y lubricante.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sin olvidar un gran vaso de agua fr&iacute;a que sal&iacute;a de un grifo pasado de moda, pero directamente de la fuente. Esta agua s&iacute; que se dejaba beber y refrescaba. La mejor de todas. Porque otras aguas te envenenaban, en estas tierras. Unas aguas malas como todas las viejas rancias que viv&iacute;an entre el portal de la calle y el piso de Susana. Encima, las unas sobre las otras. Ella se sent&iacute;a como el dulce de leche encima de un milhojas de vecinas podridas desde su profundo interior y que no ten&iacute;an salvaci&oacute;n. Para llegar a la parte dulce del &aacute;tico, hab&iacute;a que arriesgarse al encuentro con una de estas medusas viudas o solteras.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Este era el esfuerzo que hac&iacute;a que muchos potenciales clientes se acojonaban y no sub&iacute;an del todo hasta el <em>puti-&aacute;tico</em>, como lo llamaban los j&oacute;venes del pueblo que fantasmeaban con subir a perder su virginidad en las alturas del pueblo. Las viejas, sin embargo, la llamaban con el poco vocabulario que les autorizaba la Iglesia Cat&oacute;lica, y se turnaban en vigilar el ir y venir de los hombres que ascend&iacute;an a la perdici&oacute;n. Esto pasaba en toda Espa&ntilde;a, sin embargo, y huir de aqu&iacute; no lo iba a cambiar, siempre que haya putas encuentras una colmena de viejas alrededor. Alguna funci&oacute;n natural deb&iacute;an de cumplir ellas. Le serv&iacute;an de filtro, al final, porque solo se atrev&iacute;an los que no encontraban satisfacci&oacute;n en otros cuerpos, los pocos que sab&iacute;an fingir la educaci&oacute;n y la discreci&oacute;n al toparse con una de ellas, y que llegaban al &aacute;tico orgullosos y en condici&oacute;n para un buen polvo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Claro que el domingo por la ma&ntilde;ana, cuando iban todas a misa y dejaban de vigilar, aquellas escaleras hab&iacute;an llegado a parecerse al metro de Madrid en horas punta. Pero estos tiempos ya estaban qued&aacute;ndose atr&aacute;s, y el negocio no le daba para vivir bien como cuando hab&iacute;a llegado a este pueblo de costa. Cuando era la novedad, la carne fresca. Se hab&iacute;a resistido mucho tiempo a la idea, pero era obvio: los fieles segu&iacute;an, algunos se piraban lejos a pescar en aguas lejanas, se divorciaban y encontraban pareja, o se quedaban sin trabajo. Y Susana no era una virgen de los remedios de &eacute;stas que van regalando mamadas a sus devotos.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Tambi&eacute;n ten&iacute;a que mantener este mini puticlub santuario, y renovar la decoraci&oacute;n frecuentemente. Sin contar con todo el mantenimiento corporal diario que requer&iacute;a ella. Faltaba un ingreso secundario. As&iacute; que habl&oacute; con uno de sus m&aacute;s antiguos clientes, uno que viv&iacute;a a treinta kil&oacute;metros pero que se pasaba por aqu&iacute; dos veces a la semana &laquo;a por un encargo&raquo; como le dec&iacute;a al principio. Cayeron muchas rayas de polvo blanco en la mesita de cristal que le hab&iacute;a dejado su abuelo. Y la verdad es que la coca&iacute;na la ayudaba a aguantar su trabajo en m&aacute;s de alguna ocasi&oacute;n. A veces, Susana pensaba abrir un consultorio de ayuda moral a los funcionarios deprimidos, a ver si espabilaban un poco con una buena combinaci&oacute;n de coca y sexo.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/con-el-agua-ten-a-ella-entre-sus-manos-la-felicidad-moti-ohana_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Con el agua ten&iacute;a ella entre sus manos la felicidad&raquo; &copy; Moti Ohana</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Ten&iacute;a catorce escondites bien secos entre el interior, la terraza y el desv&aacute;n para guardar la mercanc&iacute;a. Adem&aacute;s, los pocos polic&iacute;as que hab&iacute;an entrado en su penthouse caribe&ntilde;o no hab&iacute;an venido durante el servicio, sino de paso a casa, como los dem&aacute;s, a echar un polvo r&aacute;pido. Lo que pillaba de coca, ella lo tra&iacute;a a casa y lo lleva de vuelta a la calle. Nada de convertir su mini puti-club en un chiringuito a la paname&ntilde;a. Demasiado respeto le ten&iacute;a a su difunto abuelo que hab&iacute;a levantado este edificio y se lo hab&iacute;a dejado en toda discreci&oacute;n para que ella tuviese un bien inmobiliario en Espa&ntilde;a con que contar. Aqu&iacute; no pasar&iacute;a coca en directo jam&aacute;s. Ahora, los polvos eran lo que le daba vida a este nido del vicio que casi llegaba a la misma altura que la torre de la catedral. Pero Susana estaba a&uacute;n a tiempo para usar sus ahorros y construir otra habitaci&oacute;n encima, y all&iacute; s&iacute; que llegar&iacute;a a dominarles a todos con la vista, hasta a los curas.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Las viejas no sab&iacute;an que Susana era la propietaria de esta torre de siete pisos, tampoco que era la nieta de Don Argiz, el abogado que la hab&iacute;a erigido al regresar de Cuba. Qui&eacute;n iba a reconocerla tantos a&ntilde;os despu&eacute;s, con el cuerpazo de ensue&ntilde;o que tra&iacute;a. De ni&ntilde;a solo hab&iacute;a estado aqu&iacute; un verano. Y se hab&iacute;a hecho nieta invisible y discreta en la sombra de un abuelo que pocos sospechaban. Estos pueblos viv&iacute;an de los secretos y &eacute;ste era el suyo. Cuando pod&iacute;a, se quejaba con sus vecinas de la subida anual del alquiler, o de los servicios de la gestor&iacute;a que, supuestamente, representaba a unos propietarios suizos hipot&eacute;ticos. Todo bien orquestado; las viejas alimentaban el puticlub sin darse cuenta.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Le daba un picorcito entre las piernas del gusto que le procuraba saber que, en cualquier momento que quisiera ella, les pod&iacute;a joder a todas, pasando factura, y seguir a la vez con cara de compasi&oacute;n si vinieran a llorarle sus penas econ&oacute;micas. A la guerra de la hipocres&iacute;a les ganar&iacute;a ella seguro, aunque las viejas ven&iacute;an con larga experiencia en el arte de decir el contrario de lo que uno realmente opina. Sus <em>orishas</em> venc&iacute;an a las <em>meigas</em> y los <em>curandeiros</em> de estas gallegas que, por encima, confesaban mentiras una vez a la semana a un cura que odiaba el cuerpo por quererlo demasiado. Estas viejas, al parecer, aguantaban todos los golpes de la vida, pero no soportaban que se les tocase el monedero. El dinero y la adoraci&oacute;n santa que le ten&iacute;an les ten&iacute;an podridas. Su avaricia se combinaba con una obesidad mal escondida, como es de costumbre en estos pueblos, en la gente que prefiere esconder sus billetes en vez de gastarlos y echarse un buen polvo saludable para la mente y el cuerpo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Todo lo hab&iacute;a calculado su abuelo a la hora de construir el edificio, hasta un controlador del agua adicional, clandestino y escondido en el techo del desv&aacute;n. Si le daba la gana, Susana les dejaba a cualquiera, o a todas juntas, en pura miseria, o bien cort&aacute;ndoles el agua o bien inund&aacute;ndolas. Pero esto ser&iacute;a un gesto algo precipitado. En vez de lastimar al pobre edificio, mejor se pod&iacute;a introducir sustancias en los tubos que llegaban a los cuatro grifos de cocina inferiores. Con el agua ten&iacute;a ella entre sus manos la felicidad, la desesperaci&oacute;n completa, y hasta esta locura intermedia del p&aacute;nico que provocar&iacute;a en el reba&ntilde;o vertical de viejas. No lo sol&iacute;a hacer mucho para no levantar sospechas, porque todo se lo ol&iacute;an, pero siempre encontraba finalmente el dulce momento de la venganza.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Por eso hab&iacute;a vuelto a la tierra de origen, para terminar lo del abuelo. C&oacute;mo se lo hab&iacute;an cargado los de aqu&iacute;, y la querida familia primera en ense&ntilde;ar lo primitiva que era. Esto no ten&iacute;a perd&oacute;n, sino que se merec&iacute;a una indetectable venganza. Las viejas, cada una de las tres que ocupaba cada una su planta &uacute;nica, estaban destinadas a una agon&iacute;a calculada de la cual nunca se iban a enterrar. Secretos y mentiras hab&iacute;an dado el ritmo a sus pat&eacute;ticas vidas cancer&iacute;genas para todo hijo de vecino que les rodeaba.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Susana se joder&iacute;a mucho en el proceso, eso s&iacute;, pero iba a acabar con cada una de ellas. Eran cuatro plantas inferiores, pero s&oacute;lo tres ocupadas. Una de las viejas, ya se la hab&iacute;a cargado, y con todo el gusto del mundo. Y con la ayuda de su amigo Alex, el brasileiro tambi&eacute;n de origen gallego que ten&iacute;a su propia agenda de venganza con las viejas de otro pueblo. Desde que la Carmen del segundo piso hab&iacute;a tenido un ataque de alucinaci&oacute;n letal, Susana ten&iacute;a acceso a un piso abandonado estrat&eacute;gico entre dos plantas. Y de vez en cuanto lo usaba para estar con un cliente que quer&iacute;a follar en unas camas de la &eacute;poca de Franco. A algunos les molaba, y sobre todo a los que nunca hab&iacute;an conocido el franquismo y lo viv&iacute;an ahora de gilipollas profundos como otro morbo cualquiera.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Solo le quedaba cargarse a Mar&iacute;a, que la dec&iacute;an &ldquo;Redondela&rdquo;; a la Teresa, que los de la iglesia llamaban &ldquo;Mama Romero&rdquo;; y a la peor de todas, a la Luisa, serrana de los dientes amarillos. Esta zorra mal follada que se merec&iacute;a la muerte m&aacute;s dolorosa que los <em>orishas</em> se lo iban a permitir. Susana se imaginaba transformarse, a veces, en algo tipo de monstruosidad de loba gigante que les soplaba, una a una, a estas tres cerditas hechas de grasa hip&oacute;crita. &iquest;Tanto odio se pod&iacute;a justificar, de verdad? Las viejas del agua, por ser ellas tan l&iacute;quidas, se podr&iacute;an haber salvado mil veces, por supuesto.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al final los cubanos tambi&eacute;n tenemos un perd&oacute;n incre&iacute;ble con los peores hijos de puta, si es que ense&ntilde;a. Pero la insurrecci&oacute;n que hab&iacute;an montado estas tres marujas de pueblo atrasado a todo nivel cultural, peor que montar un pollo enfermizo, eso s&iacute; que le parec&iacute;a una mini-revoluci&oacute;n al estilo de Fidel. El abuelo lo sab&iacute;a bien, la evoluci&oacute;n humana no se hace sin castigos fuertes y hab&iacute;a que cumplir la misi&oacute;n antes de quemar el edificio y volverse a Cuba en el primero vuelo de escape. Esto se lo hab&iacute;a aclarado antes del &uacute;ltimo soplo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; As&iacute; que hab&iacute;a que acabar de una pu&ntilde;etera vez y verlas irse todas en penas irreversibles, cada una recibiendo su castigo celestial que iban a servir de ejemplo en este pueblo de mierda donde todo dios acababa enred&aacute;ndose, inevitablemente, en los secretos y las mentiras que se desarrollaban en met&aacute;stasis por las calles mojadas. Para conseguir este menudo plan de acci&oacute;n, Susana hab&iacute;a tenido que estudiar d&eacute;cadas. Llegar al momento de la justicia requiere monta&ntilde;as de paciencia en la mitad de los casos. Ella no ten&iacute;a m&aacute;s tiempo que gastar para poder seguir disfrutando de la vida con la victoria y la justicia ambas atr&aacute;s en una esquina hipot&eacute;tica de su coraz&oacute;n. Ni ella se lo cre&iacute;a, pero en el fondo, su justicia era muy universal y se sent&iacute;a torrera m&aacute;s que nunca, enfrentando al diablo con sus propias armas.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/viejas-rancias-que-viv-an-entre-el-portal-de-la-calle-y-el-piso-de-susana-moti-ohana_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Viejas rancias que viv&iacute;an entre el portal de la calle y el piso de Susana&raquo; &copy; Moti Ohana</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El agua, se la hab&iacute;an ense&ntilde;ado a manipular desde ni&ntilde;a. Entre Cuba y Galicia, la gente andaba traumatizada por el agua... y por sus poderes. Susana ten&iacute;a la receta del abuelo Argiz: con tantas idas y vueltas entre la isla caribe&ntilde;a y la r&iacute;a gallega, hab&iacute;a desarrollado un gran inter&eacute;s por unas setas m&aacute;gicas que le hacen decir toda la verdad a una persona mientras lo digiere. En este pueblo, obligar a uno a vomitar sus secretos era la peor venganza que se pod&iacute;a imaginar. Exactamente hab&iacute;a durado 45 a&ntilde;os el proyecto de cultivarlas. Traer las sepas que luego desarrollan setas y esperar encontrar la perfecci&oacute;n con cada generaci&oacute;n. Cuando Susana ten&iacute;a unos diez a&ntilde;os, Don Argiz ya llevaba rato trabajando en combinar ciencia con brujer&iacute;a, y dentro de las ciencias ocultas, la magia celta con la santer&iacute;a cubana. Su nieta llevar&iacute;a la misi&oacute;n a cabo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En total, cuatro horas de senderismo en el bosque para llegar a la cascada secreta donde el padre de su querida madre hab&iacute;a escogido el perfecto lugar para el cultivo de la seta. A unos dieciocho metros del agua que ca&iacute;a vertical sobre una piscina natural y transparente, le garantizaba una constante llovizna a este precioso hongo que requer&iacute;a constante humedad, <em>ma non troppo</em>. Y nunca le faltaba a esta maldita regi&oacute;n, pero la seta caribe&ntilde;a ten&iacute;a gran fragilidad a la sequ&iacute;a. Se pod&iacute;a desintegrar muy r&aacute;pidamente con demasiado sol. Susana hab&iacute;a conseguido, adem&aacute;s, que tuvieran todas sus queridas setas el mismo tama&ntilde;o. Cuando las contemplaba, ve&iacute;a la sonrisa de su abuelo aparecer detr&aacute;s de un suspiro que &eacute;l mismo soltaba, contento de la cosecha.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y estos champi&ntilde;ones m&aacute;gicos, se los iba a dar de beber a estas tres viejas putas. Directamente de la tuber&iacute;a y los canales podridos penetrar&iacute;a el dulce veneno en la red de venas de estas mal folladas. Se iban a morir de una verdad que no aguantar&iacute;a ya quedarse presa de sus cuerpos demacrados. Dentro de los alucin&oacute;genos que la Naturaleza hab&iacute;a puesto a disposici&oacute;n de los humanos, esta variedad recompuesta le desataba todos los secretos a uno, hasta a los curas que viv&iacute;an acumulando a&ntilde;os de confesiones. Qui&eacute;n se lo comiera era capaz de anunciar los secretos de estado de un pueblo entero por la radio o la televisi&oacute;n. O peor a&uacute;n, en plena misa, un domingo a las once y media, antes de la gran hipocres&iacute;a de darse la paz del Se&ntilde;or.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Cuando Susana sub&iacute;a al monte, nunca se cruzaba con vida animal. Estos bosques eternos parec&iacute;an conquistados por lo vegetal &uacute;nicamente. Hasta los putos animales no soportaban la putrefacci&oacute;n de los humanos en este pueblo. Mientras tanto, &eacute;stos se cre&iacute;an que su pueblo se hab&iacute;a fundado en el propio lugar donde el Arca de No&eacute; hab&iacute;a aterrizado despu&eacute;s del Diluvio. Susana, al rev&eacute;s, pensaba que este pueblo causar&iacute;a la pr&oacute;xima c&oacute;lera del Se&ntilde;or y la inundaci&oacute;n total de su mundo de mentiras, porque tanta concentraci&oacute;n de mentiras y secretos no pod&iacute;a ser cristiana. Los animales se hab&iacute;an escapado, hasta muy lejos, y tambi&eacute;n muchos de estos humanos, con la conciencia del c&aacute;ncer ambiente que supon&iacute;a esta cultura, hab&iacute;an dejado el pueblo de pecadores en busca de una vida d&oacute;nde no se iban a quedar sofocados. El bosque solo contaba con lo vegetal ya. A las plantas y los &aacute;rboles, no les importaba la nube de hipocres&iacute;a que flotaba sobre sus casas.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Susana hab&iacute;a hecho pruebas homeop&aacute;ticas del polvo de setas con un par de clientes, sin hacerles da&ntilde;o importante, sin pedirle su permiso nunca, pero us&aacute;ndolos como ratas de laboratorio para su proyecto mayor. Por lo menos no se marchaban de su piso con una enfermedad sexual, porque ella s&iacute; que las sab&iacute;a prevenir todas, con infusiones desarrolladas entre Cuba y este rinc&oacute;n de tierra maldito. Igual se volv&iacute;an a su casa y la verdad les hac&iacute;a, a veces, reconectar con el amor que le ten&iacute;an a sus esposas. El proceso requer&iacute;a mucha paciencia porque la seta ten&iacute;a que secar bajo control, a lo largo de casi una semana, para poder transformarlas en un polvo muy fino. De esta potente fragilidad, la cubana esperaba revelar la verdad desde la imagen negativa, igual que una fot&oacute;grafa.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; En estos pueblos, la puta de turno siempre deber&iacute;a de hacerse amiga del cura para comparar o compartir secretos. Ser&iacute;a una bonita amistad en un mundo sincero. Pero a&uacute;n mejor ser&iacute;a hacer que este mismo cura mismo trabajase por ella sin darse cuenta, que le mandase clientes. Ella se lo iba a montar todo para nutrir a su reba&ntilde;o de verdades. No les odiaba por todas las mentiras que iban transmitiendo entre ellos como enfermedades sexuales, sino m&aacute;s bien por las mentiras que le hab&iacute;an obligado a inventar. No se pod&iacute;a vivir dentro de esta gente sin montar milongas cada dos por tres, o te com&iacute;an viva. La mentira que se generaba en la iglesia no ten&iacute;a su lugar en el puticlub.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero llegaba tarde o temprano a cada hogar, con una versi&oacute;n distinta y adaptada para cada familia. Con esto contaba. Lo mismo pasar&iacute;a con el jugo de setas que todos se iban a beber en misa, junto con las hostias que complementar&iacute;an la activaci&oacute;n del componente que tanto le hab&iacute;a costado aislar. Lo m&aacute;s f&aacute;cil fue entrar en las casas de sus vecinas que iban preparando cestas para el sacerdote. Localiz&oacute; el vino y las galletitas sin problema en el espacio de dos d&iacute;as. El domingo por la ma&ntilde;ana, como estaba previsto, salieron las tres Mar&iacute;as en procesi&oacute;n hacia el templo donde todos iban a conocer un nuevo juicio y una honestidad desbordante.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/susana-se-imaginaba-transformarse-moti-ohana_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Susana se imaginaba transformarse&raquo; &copy; Moti Ohana</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph"><strong>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; 2. El cura gallego</strong><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Inmediatamente despu&eacute;s de la eucarist&iacute;a, empez&oacute; a sentir una alteraci&oacute;n de los comportamientos, incluyendo el suyo. Hubiera sido bonito atribuirlo al Esp&iacute;ritu Santo, pero despu&eacute;s de diez minutos, quedaba claro que no era su forma de manifestarse, por lo menos en misas cat&oacute;licas tradicionales como las que le tocaba ofrecer a un pueblo como aquel. Ver que en la asistencia la gente se empezaba a quitar las corbatas, los zapatos y cualquier otra prenda que cortaba el gusto, no era muy habitual. Otros se empezaban a dar la paz de Cristo con lenguas y caricias cuando a&uacute;n no era el momento. Las l&iacute;neas del evangelio delante de &eacute;l se convert&iacute;an en estrellas que parec&iacute;an salir de un cuadro de Van Gogh. En fin, la celebraci&oacute;n estaba tomando otra direcci&oacute;n: la de la verdad, la de la purificaci&oacute;n, y tambi&eacute;n la del amor bestial. En tal estado, nadie pod&iacute;a permitirse mentir ni ser hip&oacute;crita. S&oacute;lo el deseo dictaba el acto. Ning&uacute;n serm&oacute;n podr&iacute;a parar el efecto irreversible de las setas. En el fondo de la iglesia estaba sentada la que nadie quer&iacute;a ver, pero que le aparec&iacute;a ahora como la &uacute;nica santa de la parroquia. En su mano, Susana le ense&ntilde;aba un ramo de setas para confirmarle la intoxicaci&oacute;n general. Ella, por supuesto, no hab&iacute;a comulgado con los dem&aacute;s. Era la &uacute;nica que pod&iacute;a observar la escena desde la racionalidad.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Al darse cuenta de la situaci&oacute;n, el cura no pudo controlar su voz tampoco y empez&oacute; a dirigirse a las viejas, las que ocupaban siempre las primeras filas, las que se cre&iacute;an santas. Hizo la se&ntilde;al de la cruz, pero con un gesto ligeramente torcido. Las se&ntilde;oras se rieron nerviosamente mientras &eacute;l se lanz&oacute; en lo que iba a ser su &uacute;ltimo serm&oacute;n. &laquo;&iexcl;Irm&aacute;ns! &iexcl;Alabado sea o Se&ntilde;or... e tam&eacute;n a nosa terra bendita, chea de misterio, de mar, e de setas que nacen onde menos se espera! Hoy no vengo a hablaros del pecado carnal... porque eso ya lo conoc&eacute;is por lo que veo. Tampoco vengo a hablaros del demonio... porque muchas de vosotras lo salud&aacute;is cada ma&ntilde;ana en el espejo, &iexcl;y con cari&ntilde;o! Hoy vengo a hablaros de algo peor: de vuestra hipocres&iacute;a, que ahora veo tan claramente. S&iacute;, esa flor del mal que crece en los tiestos bien regados del chisme, la envidia, y las lenguas m&aacute;s afiladas que los anzuelos de nuestros pescadores. &iexcl;Vosotras, s&iacute;, vosotras, Maruxa, Carmi&ntilde;a, y tambi&eacute;n t&uacute;, Eulalia! Que ven&iacute;s aqu&iacute; con el rosario en la mano y la maledicencia en la lengua. Que habl&aacute;is de caridad pero no dais ni una taza de caldo a la viuda de la esquina. Que os santigu&aacute;is al pasar por la iglesia, pero en el mercado maldec&iacute;s a media parroquia. Todas las que no sab&eacute;is adorar m&aacute;s que estatuas de piedra o de madera podrida y que odi&aacute;is hasta vuestra carne. &iexcl;Hip&oacute;critas! Como faroles encendidos por fuera, pero vac&iacute;os por dentro. &iexcl;Como empanadas sin relleno! Os abandonaron los pocos marineros que os quisieron follar y as&iacute; mismo os volvist&eacute;is m&aacute;s cat&oacute;licas que la Virgen pur&iacute;sima&raquo;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al o&iacute;r esto las vecinas de Susana empezaron a gritar y darse golpes de odio las unas a las otras. Los pocos hombres que estaban en la iglesia ya sal&iacute;an corriendo hacia la luz del d&iacute;a que las viejas paredes del edificio medieval no dejaban pasar. Todos paraban delante de Susana para santiguarse. El cura se libr&oacute; de su rid&iacute;culo traje y se qued&oacute; desnudo. Sali&oacute; corriendo &eacute;l tambi&eacute;n, con una sonrisa que jam&aacute;s nadie le hab&iacute;a visto en la cara. Mientras caminaba hacia el r&iacute;o, hacia el agua que purifica, que limpia el alma, el sol le calentaba su rostro de hombre reprimido.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &laquo;Se&ntilde;or, nunca pens&eacute; que llegar&iacute;a el d&iacute;a del juicio final en plena misa. Tu misericordia escogi&oacute; nuestro santuario para su Revelaci&oacute;n. Se han ido todos, incluy&eacute;ndome a m&iacute;. Nos fuimos todos corriendo fuera de estas paredes de opresi&oacute;n que otros que nunca te entendieron construyeron hace siglos. Nos entr&oacute; a todos un ataque de claustrofobia atroz. Igual que me entr&oacute; a m&iacute; con mi sotana. Me la tuve que arrancar, Se&ntilde;or. Esta prenda rid&iacute;cula no hac&iacute;a m&aacute;s que distinguirme de los dem&aacute;s, darme un aspecto de superioridad, de mago sabio que les pod&iacute;a decir c&oacute;mo vivir su vida, a qui&eacute;n amar, y qu&eacute; comportamiento adoptar. &iquest;Qui&eacute;n soy yo ahora? Nadie m&aacute;s que cualquiera. Ahora me ves, Se&ntilde;or, he corrido hacia la orilla del r&iacute;o, donde desemboca en la r&iacute;a. Estoy desnudo y feliz, tirado en la arena y bebiendo el vino que qued&oacute;. No creo que pueda regresar al pueblo en d&iacute;as, quiz&aacute;s a&ntilde;os. All&aacute; est&aacute;n todos reorganizando sus vidas. La eligieron a ella para decirles las cosas ahora. Ha ganado la puta y le tengo m&aacute;s respeto yo que a las santas que adoraba antes en tu nombre. Ninguna de ellas me hizo ver tu voluntad tan claramente como Susana Argiz. Porque queda claro que forastera nunca fue. Era como la ve&iacute;amos todos nosotros, los que nos aliment&aacute;bamos el orgullo con nuestra identidad nacional y pureza de sangre. La escogiste, Se&ntilde;or, como escogiste a Mar&iacute;a Magdalena para guiarte. Ha ganado y nos ha salvado, nos ense&ntilde;&oacute; que tus manifestaciones son imprevisibles y que los orishas tambi&eacute;n cumplen tu voluntad&raquo;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Una mano le toc&oacute; el hombro. La cubana. Con sus ojos de compasi&oacute;n. Con sus tetas y sus setas. Llena de amor y de vida. En la otra mano ten&iacute;a una foto antigua. En la imagen se ve&iacute;a salir una ni&ntilde;a de la misma iglesia. La futura puta aparec&iacute;a con vestido de comuni&oacute;n, entre su abuelo, el hombre m&aacute;s poderoso del pueblo por su lado derecho, y por el lado izquierdo el dictador de su isla, el de barba y de uniforme, su padrino y primo lejano de la mitad del pueblo. Se levant&oacute; y la cogi&oacute; entre sus brazos. El odio que le tuvo todos estos a&ntilde;os se estaba convirtiendo en erecci&oacute;n.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/aquello-no-era-una-isla-tropical-moti-ohana_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Aquello no era una isla tropical&raquo; &copy; Moti Ohana</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:29.519774011299%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/fr-d-ric-conrod_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:70.480225988701%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>FR&Eacute;D&Eacute;RIC CONROD</strong> (Par&iacute;s, Francia, 1976). Realiz&oacute; estudios de literatura americana, espa&ntilde;ola y Ciencias de la Religi&oacute;n en la Universidad de la Sorbona, el Allegheny College y la Universidad de Colorado. Actualmente es profesor de Literatura Comparada en la Universidad Atl&aacute;ntica de Florida.</div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[SILVIO RANDAZZO]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/silvio-randazzo]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/silvio-randazzo#comments]]></comments><pubDate>Thu, 25 Sep 2025 10:00:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[silvio randazzo]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/silvio-randazzo</guid><description><![CDATA[ATARDECER DE UN AMOR AGITADO  Al reflexionar acerca del infierno, pienso en el sufrimiento causado por la falta de amor.Fi&oacute;dor Dostoyevski  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Apur&oacute; los pasos para recorrer los &uacute;ltimos 50 metros. Entre tanta gente que advert&iacute;a dise&ntilde;ada por id&eacute;nticas ambiciones vulgares, ella destellaba en su mente. Flori&aacute;n no necesitaba de la proximidad para obnubilarse.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se le hac [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><font size="4"><strong>ATARDECER DE UN AMOR AGITADO</strong><br /></font><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:right;"><font size="1"><em>Al reflexionar acerca del infierno, pienso en el sufrimiento causado por la falta de amor.</em><br /><br />Fi&oacute;dor Dostoyevski</font><br /></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Apur&oacute; los pasos para recorrer los &uacute;ltimos 50 metros. Entre tanta gente que advert&iacute;a dise&ntilde;ada por id&eacute;nticas ambiciones vulgares, ella destellaba en su mente. Flori&aacute;n no necesitaba de la proximidad para obnubilarse.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se le hac&iacute;a imposible contener las ganas de abrazarla, de besarla, de contarle todas las sensaciones que lo recorr&iacute;an con s&oacute;lo proyectar una nueva amalgama (as&iacute; le llamaban ambos a lo que tomaba forma despu&eacute;s de cada primer beso).<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Hola, hermosa &mdash;la salud&oacute; mientras dejaba de lado su morral&mdash;. Se me hizo un poco tarde. Pasa que salir del centro a esta hora siempre es dif&iacute;cil.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Todav&iacute;a admiraba la capacidad de Betina para no desconfiar de razones que pod&iacute;an torcer un plan, incluso el m&aacute;s nimio. Flori&aacute;n se sent&oacute; a su lado, apag&oacute; su celular, desabroch&oacute; su campera de <em>jean</em> y tom&oacute; del morral el equipo de mate.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Lo prepar&eacute; a las corridas, mientras despachaba unos <em>mails</em> al editor. &iexcl;Me tiene harto con sus tiempos!<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Muy cerca, dos mujeres sollozaban. Evalu&oacute; por un momento si tomar unos mates podr&iacute;a ser asimilado por ambas como una falta de respeto, duda que ahuyent&oacute; r&aacute;pidamente, dado que estaba dispuesto a regalarse un nuevo atardecer con su novia. Las mujeres, por cierto, parec&iacute;an ignorar su presencia.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;El libro se est&aacute; haciendo cada vez m&aacute;s denso. Como alguna vez me dijiste, una novela es otra cosa que amontonar cuentos cortos. Pero no s&eacute;, hay d&iacute;as que quiero mandar todo al carajo. Posta te lo digo. Me pongo loco, quisiera decirle al autor que leo y leo y no hay una sola p&aacute;gina buena. &iexcl;Ni una! Resulta que soy yo... &iexcl;Es un espanto! Y el forro del editor que no para de llamarme y amenazarme: &laquo;Ya te pagamos buen dinero, Flori&aacute;n, y apenas si nos diste un t&iacute;tulo&raquo;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Se hab&iacute;an conocido en la editorial donde ella era correctora de libros de autoayuda. Por entonces, la cascada financiera del mercado derramaba hasta las bases y permit&iacute;a la diversificaci&oacute;n paralela del trabajo de correcci&oacute;n: los hab&iacute;a correctores de libros de autoayuda, correctores de ciencia ficci&oacute;n, correctores de policial. A esa editorial lleg&oacute; Flori&aacute;n con un proyecto de poemario (<em>La mariposa que vivi&oacute; una semana y se aburri&oacute;</em>) en una mano y decenas de anhelos burbujeantes en la otra, si acaso no se trataban de lo mismo. Fue Betina la que propuso ir a bailar, cita que finalmente se concret&oacute; la noche del d&iacute;a que el joven recibi&oacute; la prueba de imprenta de lo que ser&iacute;a su primera obra publicada por una editorial: el ambicioso poemario <em>La mariposa longeva</em>.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &mdash;Perdoname, amor. Vos ah&iacute;, tranquila, y yo sacando toda esta porquer&iacute;a acumulada. S&iacute;, lo s&eacute;, ten&eacute;s raz&oacute;n, no me hace bien, pero &iquest;viste? Quiz&aacute; me est&eacute; quedando grande el libro.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Flori&aacute;n re&iacute;a y recurr&iacute;a a su propia mueca para reconstruir la risotada de su compa&ntilde;era. La de ella hab&iacute;a sido siempre una risa bals&aacute;mica, risa de chancho la hab&iacute;an bautizado, un poco ronca. &Eacute;l re&iacute;a poco, dec&iacute;a que re&iacute;a &laquo;por dentro&raquo;, una idea que Betina hab&iacute;a calificado de &laquo;la pavada m&aacute;s grande que me dijo un var&oacute;n&raquo;. A nadie pudo confesarle Flori&aacute;n la profunda raz&oacute;n que lo llevaba a rescindir su risa, un pudor capaz de ser activado ante el atisbo de culpa. Porque de eso se trataba: culpa de felicidad. En cambio, Betina (&eacute;l hab&iacute;a empezado a considerar la hip&oacute;tesis con base cient&iacute;fica) daba cuenta de estar dotada de mayor cantidad de m&uacute;sculos faciales que el resto de las chicas que hab&iacute;a conocido. Un privilegio gen&eacute;tico. Una sonrisa anunciando a una mujer.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Aunque distra&iacute;do, Flori&aacute;n registr&oacute; a los dos hombres que pasaban a su lado. No tanto su mero andar, sino m&aacute;s bien el intercambio de mudos gestos de extra&ntilde;eza.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Me mir&aacute;s as&iacute; y al mundo se lo traga tu mundo. No necesito nada m&aacute;s. No hay nada m&aacute;s. &iquest;Qui&eacute;n puede ser tan caprichoso?... &iexcl;No te burles! Lo digo en serio. Conozco tipos que justifican sus vidas en autos estelares o en cargos burgueses de transnacionales... &iexcl;o en una foto en Buzios! Bueno, ellos con eso y yo con tu risa... no te burles, de verdad. No, no, claro que no me enojo, ya s&eacute; que es un chiste. Pero me jode. Alcanza con mirar alrededor, Be. All&aacute;, a tu derecha...<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Vestidos con equipos Grafa, esos dos mismos hombres ahora observaban el terreno y gestualizaban como quien prefigura una excavaci&oacute;n.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:50%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:left"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/tom-del-morral-el-equipo-de-mate_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;...tom&oacute; del morral el equipo de mate&raquo;</div> </div></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/atardecer_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Atardecer</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:50%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/utilice-la-puerta-sur-atribuido-a-johann-heinrich-f-ssli_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Utilice la puerta sur...&raquo; [Atribuido a Johann Heinrich F&uuml;ssli]</div> </div></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Ah&iacute; los ten&eacute;s, pobres tipos. &iexcl;No te vayas a dar vuelta! No, no les falto el respeto, pero siento que reaccionan como si vieran un marciano. &iquest;Vos me entend&eacute;s?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Betina, la construcci&oacute;n del amor que por ella sent&iacute;a, era realmente un ant&iacute;doto ante lo que llamaba &laquo;el estado de las cosas&raquo;: esa sociedad que se regodeaba en la pestilencia de su propio esp&iacute;ritu corro&iacute;do. Una sociedad que en su &uacute;tero daba forma a hombres y mujeres que pod&iacute;an llegar a desde&ntilde;ar pasiones como la suya, personas antip&aacute;ticas a su literatura pero adictas a &laquo;las p&eacute;simas p&aacute;ginas de los p&eacute;simos diarios&raquo;, seg&uacute;n su criterio. &iquest;El resorte de ese desd&eacute;n era el nulo reconocimiento como artista? Flori&aacute;n prefer&iacute;a el masaje de la risa de su compa&ntilde;era a tener que revolver en la olla donde se estofaban sus mezquindades.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Con un movimiento brusco de cabeza, el muchacho se esforz&oacute; por ocultar las l&aacute;grimas repentinas.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;&iquest;Sab&eacute;s en qu&eacute; pens&eacute; ni bien me despert&eacute;? No, no, el arreglo del techo ya lo voy a hacer. Pens&eacute; en el viaje del que buscabas convencerme la semana pasada. Y ten&eacute;s raz&oacute;n: es ahora cuando hay que hacerlo. Tenemos salud, nos amamos y, adem&aacute;s, puedo acelerar el libro y ver de conformar a Sontton para que se amanse durante al menos un mes. &iexcl;Capaz que hasta me suelte unos pesos! Es ahora ese viaje, el miedo ya no me ata &iexcl;Qu&eacute; me importa todo lo dem&aacute;s! &iquest;Nos imagin&aacute;s paseando junto al Coliseo o lav&aacute;ndonos la cara en la Fontana di Trevi? Me emociono, Be. Y de ah&iacute; &iexcl;ja!, a Liverpool, vuelo urgente. &iexcl;La ciudad de ellos, amor! La ciudad de la m&uacute;sica, de nuestra m&uacute;sica. S&iacute;... claro que lloro. Lloro porque a&uacute;n soy feliz llorando por las emociones que la mayor&iacute;a desprecia y de las cuales se burla. Lloro porque me ilusiono, dejame so&ntilde;ar. El encanto de los sue&ntilde;os es que, quiz&aacute;, no puedan cumplirse. Si se cumpliera siempre, no ser&iacute;a un sue&ntilde;o, ser&iacute;a un pagar&eacute;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Toda vez que un atardecer los envolv&iacute;a, Betina y Flori&aacute;n gustaban de reeditar min&uacute;sculos rituales que robustec&iacute;an el encanto de saberse agitadores de las emociones del otro. Por ejemplo, la recurrente broma de canturrear <em>It&rsquo;s been a hard day&rsquo;s night, and I been working like a dog</em> para despedir lo poco que de luz solar iba quedando; o el juramento que confirmaba que el cielo de la pareja jam&aacute;s habr&iacute;a de ser dominado por la negritud. Pecar de ingenuos era una consideraci&oacute;n ausente en su radar de incomodidades ante un mundo que en ese preciso momento estar&iacute;a mayormente ocupado en la cotizaci&oacute;n del d&oacute;lar o en el nuevo r&eacute;cord de Messi en Europa; incluso en la sensaci&oacute;n t&eacute;rmica y la orientaci&oacute;n de la brisa. La Rosa de los Vientos de Flori&aacute;n se&ntilde;alaba una inequ&iacute;voca direcci&oacute;n:<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Escuchame una cosita. Mirame. Te prometo que cuando ma&ntilde;ana nos encontremos ya vamos a tener reserva de hotel y pasaje de avi&oacute;n. Todo lo que haga falta. Vengo para ac&aacute; despu&eacute;s de pasar por la editorial. S&iacute;, de una, vengo yo, despreocupate. Me hiciste ver que no ten&iacute;a sentido mi temor, que mis dudas eran propias de...<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Uno de esos hombres a los que Flori&aacute;n hab&iacute;a considerado con recelo, ahora lo interrump&iacute;a, parado a no m&aacute;s de tres metros de donde &eacute;l se hallaba arrodillado, habl&aacute;ndole a la inscripci&oacute;n en el m&aacute;rmol.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Disculpe. El cementerio debe cerrar en cinco minutos. Utilice la puerta sur para salir.</div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:38.983050847458%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-medium " style="padding-top:5px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:10px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/silvio-randazzo-nacho-correa_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Silvio Randazzo &copy; Nacho Correa</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:61.016949152542%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>SILVIA RANDAZZO</strong> (Ciudad de Azul, Argentina, 1979). Autor literario, editor period&iacute;stico, comunicador en gr&aacute;fica, radio y medios digitales. Cuentan quienes han atestiguado su cotidianidad que Silvio comenz&oacute; a escribir en el siglo XX, pero que reci&eacute;n en el actual decidi&oacute; traficar sus relatos desde las catacumbas a los libros: <em>Acerca de quienes robaron dolor</em> (2021) y <em>Corazones profesionales</em> (2024).<br></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[JUAN MANUEL CABALLERO PAREJO]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juan-manuel-caballero-parejo]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juan-manuel-caballero-parejo#comments]]></comments><pubDate>Fri, 27 Jun 2025 11:00:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[juan manuel caballero parejo]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juan-manuel-caballero-parejo</guid><description><![CDATA[MAL DE UNO  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Salustio Fortes ten&iacute;a las manos como cepas de vid, pero eso era por todo lo que hab&iacute;a trabajado de ni&ntilde;o en los campos de su padre, y en el cebadero de cerdos. Despu&eacute;s, cuando su padre muri&oacute; prematuramente a causa de la mezcla de a&ntilde;os de vino tinto con tabaco, el joven Salustio, que ten&iacute;a buena cabeza para las cuentas de la abuela, se encarg&oacute; de las tierras y de los cochinos &eacute;l solo, con  [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">MAL DE UNO</font></strong><br /><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Salustio Fortes ten&iacute;a las manos como cepas de vid, pero eso era por todo lo que hab&iacute;a trabajado de ni&ntilde;o en los campos de su padre, y en el cebadero de cerdos. Despu&eacute;s, cuando su padre muri&oacute; prematuramente a causa de la mezcla de a&ntilde;os de vino tinto con tabaco, el joven Salustio, que ten&iacute;a buena cabeza para las cuentas de la abuela, se encarg&oacute; de las tierras y de los cochinos &eacute;l solo, con la ayuda de jornaleros, y gestion&oacute; con tino y hasta con fina hilaz&oacute;n mejorando los rendimientos de su antecesor (&ldquo;antecessor&rdquo;, hubo de haber quien lo llamase). Y trabaj&oacute; como una bestia unos a&ntilde;os m&aacute;s hasta hacer revalorizar lo heredado. Entonces, le lleg&oacute; la oportunidad: le sali&oacute; comprador, y vendi&oacute;. Vaya si vendi&oacute;: se aprovech&oacute; de una ley que imped&iacute;a poner otro cebadero en varios kil&oacute;metros a la redonda de donde ya hab&iacute;a uno, y coloc&oacute; el suyo a precio de oro. Y en las parcelas expeditas donde su padre sembraba el cereal, &eacute;l plant&oacute; hileras de olivitos, de esos picuales, que en pocos a&ntilde;os est&aacute;n dando fruto; y tan atentamente los cuid&oacute; que crecieron lustrosos y recios; tan recios, o casi, como sus propias manos. Y los vendi&oacute; tambi&eacute;n, muy bien vendidos, obteniendo de ellos un enjundioso beneficio. Poco despu&eacute;s tuvo la suerte de que la parte de la finca con la peor tierra recab&oacute; el inter&eacute;s de esos tipos de las placas solares, que consideraban que ocupaban un lugar privilegiado para sus fines, as&iacute; que hizo negocio con ellas: nada de alquil&aacute;rselas ni de vend&eacute;rselas a precio de saldo como hicieron, enga&ntilde;ados, otros r&uacute;sticos del lugar, sino que, tranquilo por su desahogada posici&oacute;n econ&oacute;mica y conocedor de la irresistible preferencia por aquel apreciable trozo de terreno que los directivos de la gran compa&ntilde;&iacute;a el&eacute;ctrica sent&iacute;an, se vio impelido a lanzarles un &oacute;rdago, que los otros, aun a rega&ntilde;adientes, terminaron por aceptar.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; As&iacute; acomodado, enriquecido y liberado de su trabajo agr&iacute;cola y ganadero, se vio Salustio Fortes en una posici&oacute;n que siempre hab&iacute;a deseado: la de tener tiempo para &eacute;l, y para dedicarse en cuerpo y alma a desarrollar el esp&iacute;ritu: el de las artes y el de las letras, pues ah&iacute; donde lo ven fue siempre Salustio un hombre sensible a ese tipo de enjundias, cosa que no le ven&iacute;a de familia pues por m&aacute;s que enred&oacute; en su &aacute;rbol geneal&oacute;gico (ahora que ten&iacute;a tiempo), ning&uacute;n ancestro le sali&oacute;, que se supiese, con pulsi&oacute;n parecida. Y eso que en su genealog&iacute;a hab&iacute;a alguna rama relativamente acomodada, y sabido es que de la tranquilidad econ&oacute;mica brotan muchas veces las artes; y que en la suya, mismamente, se hab&iacute;a manejado cierto capital, aunque, eso s&iacute;, siempre respaldado por el trabajo duro.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En definitiva, Salustio hab&iacute;a decidido explorar su veta creativa, y compr&oacute; pinceles y lienzos y se puso a mirar por la ventana de su casa en el campo para tratar de robarles el alma a las higueras que hab&iacute;a cerca del regato. Esa primera vez, sin embargo, s&oacute;lo consigui&oacute; robarles la dignidad. Como despu&eacute;s de varios meses lleg&oacute; a usurparles hasta la raz&oacute;n de ser, decidi&oacute; guardar los trastos en el desv&aacute;n, as&iacute; como la enciclopedia de <em>Grandes Maestros de la Pintura</em> que se hab&iacute;a comprado para que le sirviera de gu&iacute;a, para no topar su vista con ella por la casa cada dos por tres y recordar que, tal vez, los grandes maestros de la pintura y &eacute;l eran especies diferentes.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Despu&eacute;s le toc&oacute; el turno a la poes&iacute;a (&iexcl;pobre poes&iacute;a, ese caj&oacute;n de sastre!): escribi&oacute; inspirado por los m&aacute;s ex&oacute;ticos motivos, sabedor de que los tiempos exig&iacute;an de una poes&iacute;a desacomplejada, arriesgada, de verso libre. Hasta el rabo en espiral de un cerdo, como met&aacute;fora de la vida, fue motivo de su atenci&oacute;n. Pero sus composiciones resultaban mortecinas y empobrecedoras, torpes, manidas a la postre, y termin&oacute; dej&aacute;ndolo. Al menos, pensaba, contaba con cierto gusto est&eacute;tico, aunque s&oacute;lo fuera como buen degustador de lo ajeno.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Despose&iacute;do as&iacute; de su prurito creativo en un tiempo razonable gracias a su capacidad cr&iacute;tica para consigo mismo, exento de cargas familiares dada su solter&iacute;a, qued&oacute; el bueno de Salustio al albur del tiempo libre. Por ratos anduvo paseando por el pueblo, frecuentando las terrazas de los caf&eacute;s aprovechando la primavera, pero pronto se cans&oacute; de lucir su tipolog&iacute;a m&aacute;s bien grotesca que, al parecer, le imped&iacute;a echarse novia; adem&aacute;s, padec&iacute;a una timidez proverbial con eso de las mujeres: de m&aacute;s joven, aun sali&oacute; algo por ah&iacute;, con un par de amigotes del pueblo; tipos con desparpajo cuyas evoluciones con las j&oacute;venes sol&iacute;a observar desde el margen. Una vez fue testigo de c&oacute;mo uno de ellos se logr&oacute; arrejuntar con una muchacha bastante agraciada de un pueblo vecino dici&eacute;ndole cosas al o&iacute;do despu&eacute;s de haberla invitado a dos copas y bailado con ella. Una de las cosas que le musit&oacute;, lleg&oacute; a escucharla: &laquo;eres m&aacute;s bonita que un remolque reci&eacute;n pintado&raquo;. Y a fe que le dio resultado porque antes de que cerraran el disco-pub desapareci&oacute; con ella y luego se supo que ayuntaron en el coche.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/1_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Pero aquello era agua pasada, parte de su &ldquo;aprendizaje vital&rdquo;, que le ense&ntilde;&oacute; a conocer los caminos que no deb&iacute;a transitar. Ahora, al poco de su fracaso con la pintura y con las letras, se plante&oacute; matricularse en alguna carrera, una de Letras, de esas llamadas de Humanidades, como si las dem&aacute;s, las ciencias naturales por ejemplo, fuesen cosas del y para el Esp&iacute;ritu Santo. Pero para ello deb&iacute;a aprobar un examen de acceso directo a la universidad, puesto que carec&iacute;a de educaci&oacute;n secundaria; lleg&oacute; a echar un vistazo al temario de aquella especie de Selectividad para adultos, pero se arredr&oacute; al comprobar la dosis de Matem&aacute;ticas, de F&iacute;sica y qu&iacute;mica que conten&iacute;a, materias que planteaban para &eacute;l una suerte de hermetismo insondable. Adem&aacute;s... &iquest;para qu&eacute; tanto estudio regulado si no pensaba ejercer profesi&oacute;n que se le derivase?; prefer&iacute;a ser autodidacta, alimentar su alma con la poes&iacute;a; tal vez hasta con la filosof&iacute;a de los elegidos: lleg&oacute; a pensar en dedicarse a ella, porque anidaba en su interior un no se qu&eacute; que le hac&iacute;a proclive a cierta angustia existencial, y no sab&iacute;a si a trav&eacute;s de esa disciplina podr&iacute;a drenar todo aquello, aunque su obra resultante s&oacute;lo la llegasen a entender cuatro. Por cierto: cuatro entre los que &eacute;l mismo seguramente no se encontrar&iacute;a, vista la nula conclusi&oacute;n que sac&oacute; de su intento de lectura de Kant, de la que no se enter&oacute; en lo absoluto. Eran palabras mayores, esos fil&oacute;sofos; al menos los buenos, los que ten&iacute;an verdadera capacidad para cambiar el mundo. &Eacute;l quer&iacute;a trascender, navegar por encima de la consciencia de los hombres, pero debi&oacute; reconocer que la gran filosof&iacute;a hablaba un idioma que a &eacute;l le resultaba imposible descodificar. Olvid&oacute; pues, tambi&eacute;n, su impulso filos&oacute;fico.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Mientras dorm&iacute;a, una madrugada sinti&oacute; c&oacute;mo una de las esquinas de su colch&oacute;n se hund&iacute;a; se despert&oacute; de un salto y encendi&oacute; la luz de la mesilla. Sumida la habitaci&oacute;n en la iluminaci&oacute;n turbia de la lamparita, vio a su madre sentada a los pies de su cama, que lo miraba fijamente. &laquo;&iexcl;No!&raquo;: esta fue la primera reacci&oacute;n de Salustio, aunque enseguida se recompuso: &laquo;&iexcl;Joder, mam&aacute;!, &iexcl;qu&eacute; susto!... por un momento olvid&eacute; que estabas viva todav&iacute;a...&raquo;. La madre de Salustio nunca fue un dechado de solidez mental; tal vez s&iacute; que estuvo bastante centrada los primeros a&ntilde;os, cuando &eacute;l era un beb&eacute; y luego durante sus primeros a&ntilde;os de ni&ntilde;ez, pero despu&eacute;s cay&oacute; en esa ciclotimia tan suya que la hac&iacute;a desvariar, y la muerte de su marido le asest&oacute; la estocada final, terminando por perder a la mujer en un mundo de brumas del que parec&iacute;a encontrar a ratos la salida, pero s&oacute;lo para darse media vuelta despu&eacute;s y regresar, como si en el fondo all&iacute; se encontrase m&aacute;s c&oacute;moda. Antes, no obstante, de mudarse a su particular mundo de espectros donde a veces ten&iacute;a largas conversaciones con su difunto marido sobre las cuestiones m&aacute;s peregrinas, la se&ntilde;ora de Fortes le lleg&oacute; a aconsejar a su &uacute;nico hijo alguna vez que se largase a la capital de provincia para huir del terru&ntilde;o, porque si no iba a acabar tan embrutecido como su padre. Se lo dec&iacute;a porque notaba en &eacute;l cierta propensi&oacute;n a la curiosidad, cierto anclaje de su alma en las cuitas de los <em>sapiens</em> puros; cierta, eso, sensibilidad humanizadora. Pero tambi&eacute;n, porque sab&iacute;a que sus hechuras de labriego, casi m&aacute;s acusadas que las de su padre y que, para m&aacute;s inri, deb&iacute;a su naturaleza hacer congeniar con su casi metro noventa, le confer&iacute;an una apariencia de embrutecido gigantismo poco habitual en aquellos lares; y con ese aspecto y su esp&iacute;ritu callado la posibilidad de encontrar mujer en la comarca, a pesar de sus posibles, resultaba ciertamente remota. Al menos, pensaba la madre, una mujer digna de tal nombre. Las cosas hab&iacute;an cambiado mucho en los &uacute;ltimos tiempos, y ni en la ruralidad profunda las mujeres se conformaban con garantizarse el sustento. Pasaba el consejo de la todav&iacute;a cabal se&ntilde;ora, adem&aacute;s, por que su hijo se plantease una emigraci&oacute;n total: nada de ir a usurpar una mujer urbanita de su entorno natural, que eso, en estos tiempos, no era ya posible y, de serlo, no augurar&iacute;a nada bueno, que ser&iacute;a se&ntilde;al de mala fe por parte de la agraciada; de obvias intrigas por parte de ella, que seguro terminar&iacute;a por dejarlo en la estacada con una mano delante y otra detr&aacute;s mientras se gastaba lo trasvasado con alg&uacute;n chulo de la ciudad. Tampoco es que albergase la madre alguna esperanza concreta en un eventual trasvase de la coyuntura de su &uacute;nico hijo a la ciudad, medio este que ni ella conoc&iacute;a demasiado, pero del que sab&iacute;a que cierta apertura de miras lo caracterizaba. Imaginaba la ciudad como una especie de terrario donde habitaban, semihacinados, una amplia variedad de espec&iacute;menes humanos; tambi&eacute;n los solitarios que buscan alguien con quien compartir la soledad, y que ha mucho que colocaron el list&oacute;n de las apariencias a ras del suelo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Eso lleg&oacute; a aconsejarle su madre, aquella mujer delgada y ojerosa, por otro entonces. Siempre tuvo ella, mientras estuvo razonablemente bien, esa veta de no s&eacute; qu&eacute;... de profundidad, a decir de su hijo. De c&oacute;mo no pertenecer a aquel lugar, ni a aquel tiempo rupestre, por decirlo de alg&uacute;n modo. Una mujer adelantada a su tiempo, eso es lo que era. Por lo menos, a aquel tiempo engarzado a aquel espacio que le toc&oacute; vivir. Pero luego tambi&eacute;n practic&oacute; con &eacute;l, con su hijo, esa estulta tendencia a la traici&oacute;n gratuita, actuando como colaborador necesario ante los excesos desp&oacute;ticos sobre los lomos del ni&ntilde;o que su padre repart&iacute;a ordenadamente a lo largo del a&ntilde;o sin motivo de peso aparente, s&oacute;lo como &ldquo;revisi&oacute;n&rdquo; del buen funcionamiento familiar para toda la temporada. Ten&iacute;a la se&ntilde;ora, en fin, esa cierta doblez que tanto despist&oacute; a su hijo durante la ni&ntilde;ez, caracter&iacute;stica de las madres un tanto ajenas, desafectas, neur&oacute;ticas. S&oacute;lo que, con el tiempo, demostr&oacute; ser algo m&aacute;s que una simple neur&oacute;tica.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/2_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Como fuera, ahora su madre no era m&aacute;s que un fantasma. Pero un fantasma que requer&iacute;a de sus cuidados, y eso le imped&iacute;a irse a ninguna parte. Eso, claro, en el supuesto de que realmente quisiera hacerlo, cosa que no estaba clara en modo alguno. No: &eacute;l quer&iacute;a crear algo, algo de la nada, a poder ser, art&iacute;stico, o intelectual, y aquel retiro suyo resultaba ser un lugar m&aacute;s que adecuado para hacerlo. Un d&iacute;a se mir&oacute; las manos y constat&oacute; que, en el fondo de los peque&ntilde;os surcos de sus anchos dedos, a&uacute;n quedaba un rastro n&iacute;tido de ese tono marr&oacute;n que tanto le hab&iacute;a costado despegar del resto de ellas; de todo su cuerpo, en realidad. Se desesper&oacute; al comprobar que tampoco con una aguja con la que rascara el curso de los peque&ntilde;os cauces que el tiempo de labor agropecuaria hab&iacute;a formado en sus dedos, aquel tono all&iacute; impreso se inmutaba. Dej&oacute; la aguja a un lado y separ&oacute; las manazas de su rostro para observarlas mejor, y aterrorizado comprendi&oacute; que aquellas monstruosas herramientas estaban concebidas para destripar terrones de tierra seca, reducir gorrinos cafres, acarrear sacos de grano. Se desplom&oacute; por un momento en el sill&oacute;n, se cubri&oacute; el cr&aacute;neo con las manos y las cerr&oacute; sobre su cabello.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero de all&iacute; sali&oacute; un hombre renovado: el Salustio Fortes que se levant&oacute; de aquel asiento unos minutos despu&eacute;s lo hizo erigido en otra cosa, en un hombre que hab&iacute;a tomado una decisi&oacute;n. Una, adem&aacute;s, fruto del razonamiento: si no pod&iacute;a alcanzar a elaborar las mieles de la poes&iacute;a, no era por incapacidad o falta de sensibilidad, sino por la cantidad de a&ntilde;os desaprovechados durante su primera juventud en los hostiles trabajos primarios; dicho de otro modo, lo que Salustio quer&iacute;a decirse es que el trabajo, o en su caso la actitud, hacen al hombre. De manera que comenzar&iacute;a a hacer todo lo necesario para convertirse en poeta.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Pocos d&iacute;as despu&eacute;s, Salustio Fortes fue visto por el pueblo vestido de extra&ntilde;as maneras. Muchos no sab&iacute;an definirlo con tino, pero &eacute;l sab&iacute;a que llevaba las pintas de Oscar Wilde, a quien Salustio ten&iacute;a en un pedestal del buen gusto literario desde que ley&oacute; el <em>Retrato de Dorian Gray</em> y lo vio en antiguas fotos impresas y supo algo de su vida. Claro que podr&iacute;a haber optado por un mayor recato en sus vestimentas (que mand&oacute; cortar en la capital), en sus modales y sus poses (se sentaba a la mesa en alguna de las cuatro o cinco terrazas del pueblo, se cruzaba de piernas y le&iacute;a el peri&oacute;dico y, despu&eacute;s, alg&uacute;n libro de poes&iacute;a de la de antes), pero pensaba que la mejor manera de recuperar el tiempo perdido era andarse sin remilgos a la hora de meterse en la piel del poeta. Las semanas pasaron, los ojos de los lugare&ntilde;os se acostumbraron a la exc&eacute;ntrica figura vespertina de aquel paisano desviado, al que llegaron a ver como un souvenir que no ven&iacute;a mal para atraer el turismo rural. Sin embargo, Salustio escrib&iacute;a y escrib&iacute;a y su verso segu&iacute;a sin tener esa impronta, ese pellizco, esa magia necesaria para decir aquellas cosas que el verbo com&uacute;n no puede abordar. Estuvo, desde luego, a punto de la desesperaci&oacute;n, otra vez; pero decidi&oacute; persistir gracias a un recuperado aprendizaje obtenido de sus largos a&ntilde;os de trabajo en el campo: la perseverancia en el cuidado de los cultivos, de los cerdos, termina obteniendo sus frutos, amortizando inversiones y consiguiendo ganancias. Ahora, s&oacute;lo se trataba de aplicar esa sabidur&iacute;a a su nueva categor&iacute;a de poeta maldito. La poes&iacute;a en pura prosa ser&iacute;a su pr&oacute;xima incursi&oacute;n.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sumido en esa vida que, a fuer de improductiva empez&oacute; a sentir como disipada, en cierta ocasi&oacute;n, a solas en casa, volvi&oacute; a mirarse las manos inabarcables, y a fe que no le import&oacute; en ese momento que a&uacute;n se le notase el marr&oacute;n tierra en el fondo de los surcos de sus dedos. Es m&aacute;s: pleg&oacute; un poco esas manazas hasta dejarlas con la forma de un recipiente, y sinti&oacute; como la necesidad de aferrar sendos pedazos de tierra; de tierra humedecida por el riego, roja y f&eacute;rtil como vientre de ratona.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un d&iacute;a, mientras Salustio defecaba, not&oacute; una especie de escozor ardiente en alg&uacute;n punto del recto. Mir&oacute; las heces, pero all&iacute; no hab&iacute;a rastro de sangre, s&oacute;lo eran duras como piedra del camino. El recuerdo de aquel ardor, sin embargo, se le qued&oacute; adherido en la sesera, de manera que un rato despu&eacute;s, cuando estaba sentado en su escritorio intentando dar forma al borrador de un soneto aprovechando que ten&iacute;a el esp&iacute;ritu sellado con la lectura de <em>Las flores del mal</em>, le pareci&oacute; sentir que el escozor se le repet&iacute;a, sin motivo aparente en esta ocasi&oacute;n. Se removi&oacute; sobre el acolchado de la silla para ver si surt&iacute;a alg&uacute;n efecto, pero no. El escozor se torn&oacute; dolor abierto, como abierta en canal deb&iacute;a estar, pensaba, la &uacute;lcera que habr&iacute;a de tener en tan &iacute;ntima parte de su cuerpo, que por escondida resultaba &iacute;ntima tambi&eacute;n para &eacute;l. Se levant&oacute; y revis&oacute; si hab&iacute;a mojado de sangre su anticuado calzoncillo de algod&oacute;n, pero ni rastro del l&iacute;quido vital; de eso no.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/3_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Los d&iacute;as se suced&iacute;an con Salustio entregado a su causa de frivolidad pueblerina, imprimiendo su figura de dandi en la retina del com&uacute;n, en la percepci&oacute;n del visitante eventual que se paraba a tomar un refrigerio en el bonito centro del pueblo antes de seguir con su camino. Y despu&eacute;s, en casa, una vez hab&iacute;a atendido las necesidades b&aacute;sicas de su madre, se aplicaba al verso, otra vez libre, que ahora le gustaba alternar con eso de la prosa interior, del di&aacute;logo interior, como se diga. Pero cada vez era menor su capacidad de concentraci&oacute;n por culpa del dolor en el recto. A veces, por la ma&ntilde;ana, tras el descanso nocturno, parec&iacute;a remitir notablemente, incluso desaparecer por largo rato. Pero con el vaiv&eacute;n de la actividad, aquello remontaba con intensidad renovada, m&aacute;s doloroso de un dolor c&aacute;ustico, como si hubieran arrojado jugo de lim&oacute;n sobre el epicentro desde el que despu&eacute;s irradiaba hacia los lados en c&iacute;rculo, abarcando todos los &aacute;ngulos, hasta un palmo desde el epicentro.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Convencido de padecer alg&uacute;n mort&iacute;fero mal, un c&aacute;ncer de recto seguramente, acudi&oacute; a urgencias, donde oblig&oacute; a los facultativos a realizarle pruebas que hubieron de ir m&aacute;s all&aacute; de las estrictamente necesarias, tal era el grado del dolor que dec&iacute;a sentir. Hasta hubieron de internarlo durante un d&iacute;a entero en una de las escasas camas del peque&ntilde;o hospital comarcal y aplicarle alguna dosis de analg&eacute;sicos. Al d&iacute;a siguiente, ante la persistencia del dolor, que refer&iacute;a m&aacute;s extendido a partir del punto de origen una vez que le iba remitiendo el efecto de la medicaci&oacute;n, lo trasladaron en ambulancia al hospital provincial, donde le realizaron pruebas a&ntilde;adidas que terminaron por apoyar las primeras observaciones: sin rastro alguno de enfermedad; es m&aacute;s, el paciente, seg&uacute;n todos los datos, gozaba de un estado de salud excelente. La insistencia m&eacute;dica en su ausencia de enfermedad en aquella otra instancia hospitalaria, a&uacute;n m&aacute;s seria que la anterior, hizo al parecer que el dolor remitiese en buena medida, lo suficiente como para darle el alta y regresarlo a casa.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En los d&iacute;as que se siguieron, Salustio se mantuvo dolorido dentro de la mejor&iacute;a. Decidi&oacute; volver a salir al pueblo, a las terrazas, para seguir haci&eacute;ndose poeta de afuera a adentro; incluso pens&oacute; en ponerse a escribir all&iacute;, ante todos, convirti&eacute;ndose en una especie de poeta p&uacute;blico. Pero se visti&oacute; con su indumentaria con cierta desgana y aprensi&oacute;n ante la perseverancia de su mal de fondo, fuese el que fuese, porque los m&eacute;dicos, a la vista estaba, no hab&iacute;an dado con la cosa. Al levantar la pierna aquello, aquel punto medio gangrenado &mdash;tal y como &eacute;l se lo imaginaba&mdash; que ten&iacute;a a ambos lados del recto como a mitad de la longitud de este, volv&iacute;a a escocerle notablemente. Se ve que, al unirse ambas partes por culpa de su postura forzada y hacer contacto, la adhesi&oacute;n de aquellas acideces provocaba que la quemaz&oacute;n se desatase. Importante resultaba no olvidar tomar los sobres de lactulosa que le hab&iacute;an recetado en el hospital para reblandecer las heces, &uacute;nico motivo veros&iacute;mil que dieron los m&eacute;dicos a alguna eventual molestia que el paciente pudiera padecer en la zona referida; una molestia que, de todas formas, no deber&iacute;a traducirse en un dolor tan intenso.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;En la calle, a la mesa de la terraza donde se hab&iacute;a sentado con precauci&oacute;n para no tentar a su dolencia, Salustio prescindi&oacute; de cruzar las piernas esa vez. Volvi&oacute; a notar a su alrededor alguna sonrisa furtiva, tal vez una mordacidad sobre su persona unos metros m&aacute;s all&aacute;. Pero &eacute;l llevaba mucho tiempo vacunado contra todo eso y a&uacute;n mucho m&aacute;s, cortes&iacute;a de un car&aacute;cter que siempre alberg&oacute; cierta rareza; y eso concit&oacute; que, circunval&aacute;ndolo, se adoptase una actitud risue&ntilde;a por parte de sus coterr&aacute;neos. Ante semejante escenario, sac&oacute; Salustio su cuadernillo de notas y su elegante bol&iacute;grafo y se coloc&oacute; en posici&oacute;n de escribir: era su manera de responder &mdash;a&uacute;n con m&aacute;s excentricidad&mdash; al reto civilizatorio que aquellos pueblerinos &mdash;as&iacute; lo asum&iacute;a &eacute;l&mdash; le planteaban. El problema de semejante afrenta (la que &eacute;l profer&iacute;a al escribir delante de aquellos semianalfabetos), radicaba en que, en semejante tensi&oacute;n, sabi&eacute;ndose en una pose, nada le sal&iacute;a del bol&iacute;grafo; ni tan siquiera el m&aacute;s facil&oacute;n de los ripios. Decidi&oacute; entonces que, antes de ponerse a garabatear sobre el papel cosas absurdas con tal de continuar con el parip&eacute;, m&aacute;s le val&iacute;a dejarlo y adoptar la postura de un pensador elegante a la caza de ideas para escribir. De ese modo, se limit&oacute; a escribir un encabezamiento (&laquo;poema desubicado&raquo;, eso es lo que puso) para despu&eacute;s echar hacia atr&aacute;s su corpach&oacute;n y adoptar una postura de pensador: cabeza erguida y ojos mirando abajo hacia la izquierda. Pero a aquel aparentar le faltaba algo, el toque definitivo: el cruce de piernas. Deb&iacute;a arriesgarse a pesar de que el mismo hecho de sentarse ya le hab&iacute;a provocado cierta quemaz&oacute;n a&ntilde;adida. As&iacute; lo hizo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El dolor fue tanto, y tan punzante, como si alguien, alguno de aquellos ga&ntilde;anes, hubiera hurgado en sus laceraciones internas con uno de sus dedos duros y rasposos antes de echar sobre ellas, esta vez, un buen chorro de vinagre. Sin poder contenerse, se levant&oacute;, apoy&aacute;ndose en uno de los veladores, lo que le permit&iacute;a permanecer en pie mientras, entre agudos gemidos de dolor, intentaba, ante los ojos de todos, separar, a trav&eacute;s del pantal&oacute;n, ambas fases del culo, con la esperanza de separar de esa forma las partes internas que tan profundo dolor le produc&iacute;an. Finalmente, ante tan excesiva tortura, no pudo menos que derrumbarse en el suelo para retorcerse a sus anchas. Alguien, el due&ntilde;o del bar tal vez, llam&oacute; a la ambulancia.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/4_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; En la cama del hospital Salustio fue tratado con analg&eacute;sicos, pero no tan fuertes como le dijeron. Conocedores de su reciente historial, decidieron indagar en su condici&oacute;n mental, de manera que, hasta cierto punto, juguetearon con el efecto placebo. Tal vez creyendo que en verdad le hab&iacute;an administrado morfina, el paciente not&oacute; mejor&iacute;a, pero no remisi&oacute;n total. Un apaciguamiento, en todo caso, que le sirvi&oacute; a Salustio para determinar mucho mejor el alcance de su dolor irradiado (antes, con el dolor intenso, le resultaba imposible notar d&oacute;nde este hab&iacute;a establecido su frontera). El resultado de su autoobservaci&oacute;n fue demoledor: al menos eran ya palmo y medio los que aquel mal abarcaba, tambi&eacute;n hacia abajo, rode&aacute;ndole hasta la parte alta de las piernas. Record&oacute; en ese preciso momento aquella vez en la que un fuerte dolor en el pecho le hizo pensar en que padec&iacute;a un problema card&iacute;aco. Fue hac&iacute;a muchos a&ntilde;os, y todo qued&oacute; en que ten&iacute;a burbujas de aire comprimido en los pulmones, nada grave. Aquello se pas&oacute;, pero el recuerdo de su molestia regres&oacute; a Salustio, que empez&oacute; a sentir otra vez aquel dolor olvidado que se le extend&iacute;a por todo el t&oacute;rax hasta hacerlo enmudecer. Y not&oacute; que el dolor le rodeaba, y que el que acababa de inaugurar arriba terminar&iacute;a pronto por unirse al de abajo. Esto dio al traste con el experimento plac&eacute;bico de los m&eacute;dicos, que sufrieron en sus propios o&iacute;dos los gritos de dolor endemoniado, que hab&iacute;a regresado con m&aacute;s virulencia que nunca, y m&aacute;s extendido.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;La siguiente estaci&oacute;n de Salustio fue la planta de psiquiatr&iacute;a del hospital provincial, donde fue derivado dado el car&aacute;cter que los m&eacute;dicos de lo f&iacute;sico atribu&iacute;an a su mal, y al cariz de gravedad que parec&iacute;a estar tomando el asunto. Los psiquiatras trataron a su nuevo paciente con dosis importantes de ansiol&iacute;ticos como inevitable primera medida ante su desesperaci&oacute;n alg&eacute;sica. M&aacute;s tarde le reducir&iacute;an la dosis para tratar de comunicarse con &eacute;l y decidir a qu&eacute; tipo de desequilibrio se enfrentaban. Afortunadamente, Salustio sali&oacute; de su sue&ntilde;o inducido totalmente relajado y sin dolor aparente, as&iacute; que el psiquiatra tuvo el primer contacto racional con &eacute;l. Nada relevante, empero, podr&iacute;a el amable lector deducir de ella, pero no dejar&eacute; de proponer la utilidad de una pincelada gruesa sobre lo esencial de la entrevista: no m&aacute;s que el doliente neg&oacute; la posibilidad de recibir un tratamiento psicol&oacute;gico de fondo (&iquest;era Salustio af&iacute;n a su padre en eso de que la psicolog&iacute;a era uno de esos inventos que generan problemas donde no los hay?), y que, en lo que concierne a sus insoportables accesos de dolor sin aparente causa: &laquo;no busque complicaciones, doctor. El dolor siempre est&aacute; ah&iacute;, y siempre lo ha estado... s&oacute;lo es necesario saber escucharlo&raquo;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Para recibir temporalmente un tratamiento ambulatorio a base de fuertes ansiol&iacute;ticos relajantes, hubo finalmente, no obstante, de comprometerse a visitar al psic&oacute;logo del hospital unos d&iacute;as despu&eacute;s. De vuelta a casa, encontr&oacute; a su madre en la de los vecinos m&aacute;s cercanos, que viv&iacute;an a unos cien metros, y que hab&iacute;an encontrado a la mujer medio desnuda deambulando por el campo. &laquo;Tal vez tendr&eacute; que ingresarla en alg&uacute;n centro, porque ahora tambi&eacute;n yo estoy enfermo&raquo;, se defendi&oacute; ante el solapado reproche de los vecinos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras regresaba a casa con su madre, caminando, confirm&oacute; la presencia de un nuevo foco de dolor en la boca del est&oacute;mago, que se intensific&oacute; al entrar en el hogar. Con toda la urgencia que fue capaz de aplicar, prepar&oacute; una considerable cantidad de comida precocinada y la coloc&oacute; dentro de la habitaci&oacute;n de su madre, junto con tres buenos jarrones de agua, junto con ella misma. Despu&eacute;s, cerr&oacute; con llave el dormitorio de la anciana. Con las fuerzas que le quedaban (el dolor estomacal iba creciendo y ya se mezclaba con los otros dos, que se recuperaban a su vez del adormecimiento al que sus enemigos, los m&eacute;dicos, los hab&iacute;an tenido sometidos), sali&oacute; a las inmediaciones de la vivienda con la bolsita que le hab&iacute;an despachado en la farmacia bajo prescripci&oacute;n facultativa, hizo un peque&ntilde;o hoyo en el suelo con sus propias manos e introdujo en su interior la bolsita llena de ansiol&iacute;ticos y antidepresivos. Con mano tr&eacute;mula, sac&oacute; un peque&ntilde;o mechero del bolsillo y le prendi&oacute; fuego. Se reincorpor&oacute; como pudo, entr&oacute; en su dormitorio, ech&oacute; el cierre por dentro y, despu&eacute;s de desnudarse por completo, se acost&oacute;.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/5_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Un rato despu&eacute;s, el dolor era ya insoportable. Invad&iacute;a la mayor parte de su cuerpo: como hab&iacute;a estado de rodillas mientras cavaba el hoyo y hab&iacute;a utilizado sus manos para cavarlo, de sus r&oacute;tulas y sus dedos emanaba en ese momento un dolor que recorr&iacute;a casi la totalidad de las respectivas extremidades. Record&oacute; entonces una peque&ntilde;a fase de su infancia en la que sufri&oacute; de cefaleas, de modo que empez&oacute; a sentir un leve dolor de cabeza, si bien casi imperceptible en un principio dada la aspereza de las dolencias precedentes, que cegaban todo lo dem&aacute;s. Las ganas de gritar, que se le apelmazaron en la garganta, hubieran tenido el camino libre, casi aislado en mitad del campo como viv&iacute;a, pero &eacute;l ya hab&iacute;a tomado una decisi&oacute;n: atravesar&iacute;a aquel calvario totalmente mudo; o, hablando m&aacute;s propiamente, se sumir&iacute;a en &eacute;l, pues no pensaba que aquello, aquel dolor furioso, fuese el camino a ninguna parte, sino m&aacute;s bien una estaci&oacute;n de llegada. Hab&iacute;a tomado esa decisi&oacute;n justo despu&eacute;s de salir del hospital, sin saber por qu&eacute;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; All&iacute; tumbado, el dolor invad&iacute;a ya todo su cuerpo. Decidi&oacute; mantener los ojos cerrados todo el tiempo para centrarse m&aacute;s en &eacute;l. Not&oacute; que a&uacute;n quedaba una renuncia que no hab&iacute;a acometido: de vez en cuando, se retorc&iacute;a para acompasar su sufrimiento. Decidi&oacute; dejar de hacerlo. Se sumergir&iacute;a en el suplicio con quietud y puro estoicismo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Transcurridas unas horas, Salustio yac&iacute;a inerme. El mal campaba a sus anchas por su recinto privado, que era el cuerpo todo de su hu&eacute;sped, que se le hac&iacute;a peque&ntilde;o: si por &eacute;l hubiera sido, se habr&iacute;a propagado por otro cuerpo, pero la &uacute;nica otra persona relativamente cercana era la madre, encerrada en la habitaci&oacute;n de enfrente, y seguramente ni estaba dispuesta a albergarlo, porque su infamia era otra. De modo que aquello era algo exclusivamente suyo; &eacute;l hab&iacute;a sido el elegido, el &uacute;nico responsable de ser depositario de aquel dolor, que era el mayor dolor que habr&iacute;a nunca de haber sentido un hombre solo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De tanto soportar lo insoportable en tan total quietud y silencio que hubiera supuesto una entelequia para el m&aacute;s aguerrido estoico o incluso yaciente guerrero, Salustio alcanz&oacute; un estatus como portador del dolor que no se hubiera imaginado; no digamos propuesto: result&oacute; que, en un momento dado, se dio cuenta de que el dolor hab&iacute;a desaparecido. Una vez que se asegur&oacute; de su nueva condici&oacute;n, termin&oacute; por comprender el mecanismo que en &eacute;l se estaba operando: al haber aprendido a residir en la cima parox&iacute;stica del dolor, este hab&iacute;a terminado por convertirse en soporte existencial natural, en plataforma aceptada por su cerebro como lecho primordial desde el que actuar. Y el resultado ps&iacute;quico de ello fue que dej&oacute; de sentir dolor, porque al convertirse en su estatus natural el cerebro dej&oacute; de interpretarlo como amenaza.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ocurri&oacute; entonces que, reci&eacute;n estrenado su nuevo bienestar, embadurnado de sudor seco, ojeroso y p&aacute;lido y empapado en or&iacute;n como consecuencia de su calvario, Salustio sinti&oacute; la repentina necesidad de asistir a su madre, de liberarla de su precipitado encierro, como si cuitas de muy distinta naturaleza hubieran ocupado s&uacute;bitamente su coraz&oacute;n. Pero al intentar incorporarse el dolor regres&oacute; con tal fuerza, tan de golpe, que se sinti&oacute; morir y volvi&oacute; a derrumbarse en la cama. Tras alguna tentativa fallida m&aacute;s utilizando movimientos m&aacute;s suaves para moverse, supo descifrar del todo la situaci&oacute;n: la analgesia s&oacute;lo le asist&iacute;a en estado de quietud; a&uacute;n m&aacute;s: la inacci&oacute;n, adem&aacute;s de f&iacute;sica, hab&iacute;a de ser mental, pues el menor indicio de pensamiento complejo, o de recuerdo sintiente, lo abocaba de nuevo al dolor insoportable; como si condici&oacute;n sine qua non para sobrevivir sin dolor fuese la vegetativizaci&oacute;n total. &Eacute;l lo visualiz&oacute; de una manera peculiar: le pareci&oacute; como si su psiquis se hubiera sobrepuesto al dolor, cubri&eacute;ndolo a cierta distancia, all&iacute; tumbado como estaba; de forma que sobre la cama estaba &eacute;l, propiamente dicho; adherido a &eacute;l, a su cuerpo, permanec&iacute;a el dolor, del que le era imposible despojarse, y, por encima de ambos, digamos a un palmo, estaba esa &ldquo;s&aacute;bana ps&iacute;quica&rdquo; que hab&iacute;a conseguido trascenderlos a los dos. Ahora bien: ocurr&iacute;a que, en el momento en que &eacute;l, por debajo, se mov&iacute;a, su dolor anexionado lo hac&iacute;a con &eacute;l y tocaba, razonablemente, con su psiquis levitante, que como defecto principal ten&iacute;a el de carecer del todo de plasticidad. Y ah&iacute; era que el dolor regresaba como una manada de b&uacute;falos. En cuanto al regreso del dolor con el pensamiento complejo, &eacute;l lo atribu&iacute;a al hecho de ser este punzante, lleno de aristas y, adem&aacute;s, expansivo. Se comprender&aacute; por tanto c&oacute;mo una onda llena de navajas en su filo puede da&ntilde;ar f&aacute;cilmente a la despegada membrana de su esp&iacute;ritu proyectado, provocando el regreso renovado del mal.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/6_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Dos semanas m&aacute;s tarde, el rumor de una desgracia que, por otro lado, a pocos importaba, se hab&iacute;a extendido por el pueblo: algo malo hab&iacute;a ocurrido con los Fortes. En rigor, con el hijo, Salustio, el tipo extra&ntilde;o que se convirti&oacute; en una especie de finolis dizque con tendencias uranistas. Pero muy probablemente tambi&eacute;n, por extensi&oacute;n, con su madre, la viuda loca, incapaz de sostenerse por s&iacute; misma. El primero hac&iacute;a tiempo que no luc&iacute;a el tipo por el pueblo mirando a todo el mundo por encima del ojo. De la segunda, sus vecinos los Andrade hab&iacute;an dado fe de su abandono unas semanas atr&aacute;s, cuando el hijo fue hospitalizado y la dej&oacute; de la mano de Dios. Y desde entonces, no la hab&iacute;an vuelto a ver salir por la zona de aparcelamiento, cosa que hac&iacute;a casi a diario por un rato cuando el sol declinaba, para tomar el aire.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Cuando la polic&iacute;a lleg&oacute; a la casa de los Fortes, daban casi por hecho que nadie iba a abrirles la puerta. La situaci&oacute;n pintaba mal: seg&uacute;n sus pesquisas en el pueblo, ambos, madre e hijo, estaban como las maracas de Mach&iacute;n. &laquo;El uno por el otro, y la casa por barrer&raquo;, le dijo uno de los agentes a un compa&ntilde;ero, aprovechando el aspecto de dejadez que hab&iacute;a adquirido la entrada. Llamaron al timbre y esperaron; alguien decidi&oacute; hacerlo tambi&eacute;n con los nudillos. Gritaron el nombre de ambos, sin resultado. Justo cuando se dispon&iacute;an a echar la puerta abajo, son&oacute; el cerrojo por detr&aacute;s y la madre apareci&oacute;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Su aspecto estaba muy mejorado, fresco; por primera vez en mucho tiempo se la ve&iacute;a con ropa limpia y hasta vistosa, floreada, en lugar de uno de esos camisones largos de los que no se despegaba durante toda la estaci&oacute;n c&aacute;lida. El aroma de la casa era tambi&eacute;n agradable, y una suerte de perfume se extend&iacute;a sobre un aroma que pareciera algo as&iacute; como de sopa, o quiz&aacute; pur&eacute; caliente. La mujer los recibi&oacute; con normalidad, lo cual exig&iacute;a cierto grado de extra&ntilde;eza por ver all&iacute; a aquellos agentes de polic&iacute;a, algunos de los cuales, francamente sorprendidos, no supieron qu&eacute; decir en un principio. Otro hab&iacute;a con el colmillo m&aacute;s retorcido al que, por el contrario, todo aquello le result&oacute; muy extra&ntilde;o, as&iacute; que, sin el remilgo de sus compa&ntilde;eros, pregunt&oacute; directa y un tanto desabridamente a la mujer d&oacute;nde estaba su hijo. Como mejor respuesta, la madre los invit&oacute; a entrar para que ellos mismos pudieran verlo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Nada m&aacute;s entrar a mano derecha, los hizo pasar al dormitorio de su hijo, impecablemente ordenado y limpio. Sobre el lecho yac&iacute;a Salustio, igualmente aseado, ataviado con un fino pijama asedado muy propio para esa &eacute;poca del a&ntilde;o. Sobre la mesilla, un plato con pur&eacute; templado. Ni los ojos movi&oacute; el yaciente cuando los polic&iacute;as se acercaron a la cama, m&aacute;s que nada por el dolor que prestar atenci&oacute;n a los asuntos externos le produc&iacute;a. &laquo;Ahora mi hijo necesita paz, mucha paz&raquo;. Los agentes se miraron; sab&iacute;an por sus indagaciones, por ser del propio pueblo alguno de ellos, que Fortes el joven no andaba bien a causa de fuertes dolores, am&eacute;n de por la afecci&oacute;n de los nervios, de los que el pueblo hab&iacute;a sido testigo. Antes de irse, los custodios de la ley preguntaron a la se&ntilde;ora por el motivo de su invisibilidad, testimoniada por los Andrade, sus vecinos m&aacute;s cercanos, a lo que adujo que llevaba tiempo saliendo al aparcelamiento s&oacute;lo por la parte de detr&aacute;s para acceder al huerto en el que estaba trabajando, el que su hijo dej&oacute; abandonado cuando le dio por eso de la literatura. Del estado de su propia mejor&iacute;a sobre el que un agente le pregunt&oacute; con delicada curiosidad, la mujer se limit&oacute; a sonre&iacute;r: &laquo;lo cierto es que tanto mi peque&ntilde;o como yo nunca hab&iacute;amos estado mejor&raquo;.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:33.19209039548%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/juan-manuel-caballero-parejo_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:66.80790960452%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>JUAN MANUEL CABALLERO PAREJO</strong> (Sevilla, Espa&ntilde;a, 1970). Estudi&oacute; Filolog&iacute;a Hisp&aacute;nica y Cine. Ha escrito guiones para cortometrajes. Ha publicado los libros de relatos <em>Por de dentro</em> (2024) y <em>Niebla sobre Quantico, Virginia y otros relatos desubicados</em> (2025).<br /></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[EMILIANO FEKETE]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/emiliano-fekete]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/emiliano-fekete#comments]]></comments><pubDate>Sun, 22 Jun 2025 15:08:06 GMT</pubDate><category><![CDATA[emiliano fekete]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/emiliano-fekete</guid><description><![CDATA[GRACIAS  Yo soy el pan de vida; quien se ofrece a m&iacute;, no volver&aacute; a tener hambre.JUAN 6:35 Biblia de Lutero, 1933  &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El aliento helado se multiplica en la boca de los perros y los hombres. Hay la masa corriendo en el barro, el roce de los harapos, los quejidos del cansancio tambi&eacute;n, avivados por los ladridos que se imponen al caos. Sobre el edificio de la entrada, el reloj marca las cuatro y diecinueve. Los reflectores queman los restos de nie [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="5">GRACIAS</font></strong><br /><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:right;"><font size="1"><em>Yo soy el pan de vida; quien se ofrece a m&iacute;, no volver&aacute; a tener hambre.</em><br />JUAN 6:35 Biblia de Lutero, 1933<br /></font><br /></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El aliento helado se multiplica en la boca de los perros y los hombres. Hay la masa corriendo en el barro, el roce de los harapos, los quejidos del cansancio tambi&eacute;n, avivados por los ladridos que se imponen al caos. Sobre el edificio de la entrada, el reloj marca las cuatro y diecinueve. Los reflectores queman los restos de nieve a sus pies.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Ap&uacute;rense &mdash;grita un guardia en el per&iacute;metro.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La masa se rearma en oleadas: la primera l&iacute;nea; despu&eacute;s, la segunda y as&iacute;, de diez en fondo, componiendo filas de presos que empujan hacia atr&aacute;s el desorden. Una de las olas echa a un infeliz de cara al barro; los que a&uacute;n se organizan solo miran hacia adelante. Quiere pararse, patina, cae, lo intenta de nuevo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A pocos metros, un guardia lo anima:<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Arriba, imb&eacute;cil.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El perro del guardia corcovea y ladra queriendo atacar al ca&iacute;do; el guardia lo ceba tirando de la correa, hace amagues de soltarlo, lo hace jadear. Hay un silbido largo que viene del este, de uno de los trenes, y otro silbido. Unas manos sujetan al hombre en el suelo y lo arrastran a la fila.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Quien lo salva le hace un espacio junto a &eacute;l, a pesar de la queja de los presos que no quieren ceder su lugar, menos a ese infeliz. Alguien a la izquierda murmura, en alem&aacute;n, saquen al marica, y la voz se ahoga en el ruido de la formaci&oacute;n. El ca&iacute;do se limpia la cara con la manga. Al abrir los ojos, ve los lentes redondos de quien lo acaba de asistir reverberando trozos de luz de los reflectores, y tambi&eacute;n, su insignia: la estrella bicolor de los presos pol&iacute;ticos jud&iacute;os, con una U cosida en el centro. Le da las gracias en h&uacute;ngaro, el idioma de su salvador.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Despu&eacute;s, la formaci&oacute;n es el silencio. Una hora y media bajo un cielo como una fosa. Al conteo inicial junto a las barracas le sigue otro en la plaza de revista (un peque&ntilde;o error en la contabilidad provoca su reinicio perentorio), y los ejercicios para mantenerlos en forma: los bastonazos en la espalda para mejorar la postura, que los jefes de bloque reparten tenazmente, y en la cabeza para quitarse todos, en un solo acto sincronizado, las gorras. Los tiritones imprudentes, las toses de cualquier tipo tambi&eacute;n tienen su premio. Casi nunca es rancio el olor a esa hora si se est&aacute; afuera: huele a hielo y a barro y a cordero asado, que jam&aacute;s les dan para comer. Comienza a nevar en copos pesados y grises.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A las seis suena el silbato de los guardias y se abre la reja. Las filas de presos de diez en diez se rearman en columnas de a dos que inician la marcha; los hombres cruzan la entrada. Forjado en la puerta de hierro, el lema <em>Jedem das Seine,</em> &laquo;A cada uno lo suyo&raquo;, los despide y los separa: el salvador, a la f&aacute;brica de municiones, m&aacute;s all&aacute; del crematorio; el ca&iacute;do, a la cantera.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La segunda vez, se ven en la puerta de una barraca. Todav&iacute;a no anochece, aunque el cielo est&aacute; cenizo; tampoco suenan a&uacute;n los silbatos para encerrarse. Se reconocen y se saludan con un asentimiento. El ca&iacute;do se acerca, mientras el salvador se sacude unas esquirlas de carb&oacute;n del saco; a&uacute;n con la luz decreciente, se ve clara la insignia del ca&iacute;do: un tri&aacute;ngulo de un rosa gastado, el de los homosexuales, bajo la barra de los reincidentes.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Intercambian algunas palabras cordiales que rompen la monoton&iacute;a del alambrado y el cerco el&eacute;ctrico y las torres de vigilancia, para olvidar que afuera no hay nada, advierte el ca&iacute;do en h&uacute;ngaro. A pesar del extra&ntilde;o comentario, el salvador asiente; luego, sobrevienen los recuerdos someros, por civilidad. El ca&iacute;do le cuenta que era de Leipzig y bibliotecario en su universidad; ambas cosas le son ahora ajenas, como si repitiera la biograf&iacute;a de alguien m&aacute;s.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Algo m&aacute;s parco en sus modos, el salvador dice de s&iacute; mismo que es un sin destino: desde Budapest lo deportaron a Auschwitz y, unos meses despu&eacute;s, aqu&iacute;. Lleg&oacute; hace d&iacute;as y a nadie dej&oacute; atr&aacute;s. Ten&iacute;a un puesto de supervisor, inventariando los bienes en el gueto para la <em>Zsid&oacute; Tan&aacute;cs</em>, el Consejo Central Jud&iacute;o. Nunca hab&iacute;a participado en pol&iacute;tica; su nombre, igualmente, apareci&oacute; en una lista. Parias menores, dice el ca&iacute;do en h&uacute;ngaro.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/persecuci-n_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Persecuci&oacute;n</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El salvador le pregunta por qu&eacute; se esmera en hablar un idioma que no es el suyo, aunque lo hable con tanto refinamiento. Al ca&iacute;do le averg&uuml;enzan sus compatriotas: solo habla alem&aacute;n si no queda m&aacute;s remedio. Se disculpa, un poco en broma, por no ser un <em>&Uuml;bermensch</em>, para mal de su familia. El salvador no entiende a qu&eacute; se refiere.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El ca&iacute;do le dice que antes de ser un n&uacute;mero era un Oehler, emparentado con Nietzsche, por el lado materno. Quiz&aacute;s estuviera al tanto de las teor&iacute;as del fil&oacute;sofo. El salvador dice que no; su quehacer en el gueto de Budapest pendulaba entre contabilizar los bienes de otros y estudiar la Torah, y ahora... Pero no termina la frase. El ca&iacute;do le quita importancia: lo m&aacute;s interesante de Nietzsche era su sentido del humor, dice, m&aacute;s cuando se burlaba de los alemanes y sus pretensiones. El salvador solo persigue el movimiento de los labios del ca&iacute;do, el arco de las cejas, tan rubias que son blanquecinas, la tersura de las mejillas, donde la barba no acaba nunca de nacer.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y el h&uacute;ngaro, d&oacute;nde lo aprendi&oacute;, le pregunta. De un amigo muy querido, dice el ca&iacute;do, en la &eacute;poca de universidad, y no vuelve al tema. Herramientas ling&uuml;&iacute;sticas no le faltan: sabe tambi&eacute;n un poco de italiano (le sirve con los espa&ntilde;oles, eso cree), un franc&eacute;s m&aacute;s bien oxidado, que aprendi&oacute; en la Realschule, y algo de polaco.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El humor del ca&iacute;do se cuela en los momentos m&aacute;s crudos de la charla y el salvador responde con su aliento discontinuo, como una risa af&oacute;nica que no tiene cabida en los labios. El cielo gris se va poniendo negro y empezar&aacute; a irradiar el fulgor del crematorio. Algunos presos pasan junto a ellos y los miran. El salvador tiende ahora a callar; le cuesta sostener la mirada del otro, se acomoda los lentes. Poco antes de que suenen los silbatos, se despiden. El ca&iacute;do nota en el furtivo apret&oacute;n de manos la virilidad de su salvador, quiz&aacute;s un poco exagerada.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un hombre detiene al salvador cerca del bloque de los sovi&eacute;ticos, en uno de los v&eacute;rtices de la plaza de revista. Es un capo. El salvador lo saluda con frialdad, pero el otro no responde de igual modo: gesticula sin preocuparse por las formalidades y sonr&iacute;e con picard&iacute;a, como si supiera un chiste verde que no pudiera evitar contar. Le habla en un pastiche de eslovaco, un h&uacute;ngaro cavernario y algunas palabras sueltas en alem&aacute;n. Entiendes lo que digo, le pregunta al salvador. El salvador mueve la palma de su mano como un balanc&iacute;n. El capo le dice que lo acompa&ntilde;e; lo toma del brazo como a un anciano y lo hace andar. En el campo hay orden, dice el capo en eslovaco, con tono confidente, cada quien tiene su lugar, entiendes. La &uacute;ltima palabra la dice en h&uacute;ngaro, y no es una pregunta, pero le quita severidad con un gui&ntilde;o.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El paso al que lo lleva el capo tiene la calma de un paseo al atardecer, pero alrededor de la plaza de revista, ante la mirada indiferente de los guardias y los perros. Sabes de qu&eacute; viv&iacute;a antes de todo esto, pregunta el capo. El salvador observa la punta de sus zapatos, como si calculara la hondura de su pr&oacute;xima huella para no patinar en la nieve. De apuestas viv&iacute;a, dice el capo, en Mierov&aacute;. No creo que conozcas, dice y chasquea la lengua, no va contigo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Desde la puerta de una barraca sobrevienen los silbidos burlones de un grupo de presos: diez o doce exsoldados que hablan fuerte en ruso y rematan las frases con carcajadas. El salvador no sabe lo que dicen, pero los entiende. El capo tambi&eacute;n: les gui&ntilde;a un ojo a los sovi&eacute;ticos y le pasa un brazo por el hombro al salvador, que no hace nada por quit&aacute;rselo de encima. Los exsoldados silban, se r&iacute;en, otra vez.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Barrio dif&iacute;cil para cobrar apuestas, Mierov&aacute;, dice el capo volviendo a su relato, pero lo bueno en mi rubro es que no falta qui&eacute;n me tienda una mano. Entiendes, dice en h&uacute;ngaro, sin preguntarlo. El salvador asiente. Y aqu&iacute; soy capo, dice el hombre, haciendo un gesto que abarca parte del campo, y hago cosas de capo, como mantener el orden, por ejemplo. Y t&uacute;, le dice, d&aacute;ndole peque&ntilde;os golpes en el pecho con la palma de la mano, debes hacer lo que hacen los jud&iacute;os: respetar a los superiores y servir. Y despu&eacute;s, est&aacute;n los maricas, que..., dice y redobla sus muecas de picard&iacute;a, bueno, no necesito decirte qu&eacute; hacen o s&iacute;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El capo detiene la caminata y fuerza al salvador a enfrentarlo; lo mira a los ojos, le quita los lentes. El salvador se mantiene inmutable, aun con la vista achinada y una ligera inclinaci&oacute;n para ajustar su equilibrio. Te lo digo porque somos amigos, aclara el capo y echa vaho a los vidrios antes de limpiarlos en su chaleco. Cu&iacute;date de los maricas, le dice, no te les acerques: se te puede pegar el olor... El hombre murmura algo en su idioma natal, como si ensayara las palabras antes de repetirlas en su h&uacute;ngaro r&uacute;stico: y los perros te pueden confundir con un marica. No quieras imaginarte de lo que son capaces. Entonces, le calza los lentes sobre la nariz. De un amigo a otro, dice el capo, ahora en alem&aacute;n, est&aacute;s avisado. Lo dice sin perder su sonrisa animada, como una despedida, y se aleja.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Acostumbrando la vista, el salvador no nota que el capo acaba de dejarlo bajo el reloj de la entrada. Desde la reja de hierro, el grito de un guardia lo despierta:<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;&iquest;Qu&eacute; haces, jud&iacute;o? &mdash;Lo apunta con su ametralladora&mdash;. Circula.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Como si quisiera evitar una bala rasante, el salvador agacha la cabeza y se encamina apurado a su barraca.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El ca&iacute;do friega los tablones de una letrina, y el salvador lo observa, apoyado en el largo lavatorio. No importa cu&aacute;nta agua y jab&oacute;n se use, es el invierno el que hace apenas respirable el aire en el bloque de los ba&ntilde;os. El ca&iacute;do le explica que son labores para presos de su condici&oacute;n, tambi&eacute;n la cantera, pero no es que todo preso de la cantera sea homo, aclara; ah&iacute;, hay de cualquier categor&iacute;a. Limpiar las letrinas s&iacute; que es exclusivo, y atender a oficiales y capos deseosos por probar vicios nuevos o darle desagote a los conocidos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una falla en el sistema de montaje de la f&aacute;brica ha devuelto al salvador y a otros presos un par de horas antes a las barracas. Le asombr&oacute; un poco encontrar al ca&iacute;do arrodillado en un charco de espuma turbia. Este le sonri&oacute; en el saludo, de un modo que revelaba sincera alegr&iacute;a, como de haberse topado con un viejo amigo. El salvador, con la mirada esquiva tras los lentes, se ve&iacute;a inc&oacute;modo. El otro le pregunt&oacute; si era por &eacute;l. No, claro que no, dijo el salvador antes de meterse en uno de los cub&iacute;culos. Cuando termin&oacute;, se qued&oacute; escuchando al ca&iacute;do, que parec&iacute;a tener siempre algo para contar.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/hombres-homosexuales-en-un-campo-de-concentraci-n-1938-1941_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Hombres homosexuales en un campo de concentraci&oacute;n (1938-1941)</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Es habitual que los ba&ntilde;os est&eacute;n vac&iacute;os a esa hora, cuando los presos est&aacute;n en faena, dice el ca&iacute;do. A veces, viene alg&uacute;n guardia, o m&aacute;s de uno, para que los satisfaga el preso a quien le toque limpiar. Los afeminados son los que peor la pasan, dice, se ensa&ntilde;an con ellos, terminan muertos a golpes. El salvador le pregunta si le ha pasado algo as&iacute;. En la cantera, dice el ca&iacute;do, no por sexo, por hablar con presos de otra jerarqu&iacute;a, y son los mismos presos los que castigan el atrevimiento. Se incorpora para lanzar al lavatorio el agua sucia del balde. Junto al salvador, le pregunta por qu&eacute; sigue ah&iacute;, por qu&eacute; no va a descansar en las barracas. Este responde casi sin pensarlo: por &eacute;l, por su compa&ntilde;&iacute;a. El ca&iacute;do sonr&iacute;e, pero no hace ninguna tentativa. Quedan como detenidos ambos, lado a lado, respirando calladamente para no romper el instante; desde afuera provienen los sonidos rutinarios de la prisi&oacute;n, alg&uacute;n ladrido, el traqueteo de un tren que se aleja. Es el salvador quien rompe la inercia: toma por el ment&oacute;n al ca&iacute;do y lo besa.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La madrugada predice un d&iacute;a di&aacute;fano de diciembre. Les dar&iacute;a v&eacute;rtigo ver tantas estrellas si pudieran levantar la cabeza, pero miran al frente, a la puerta, y solo los perros y los guardias les devuelven la mirada. Alguien en la cuarta fila o la quinta se queja. Es m&aacute;s bien un gemido apagado, pero el salvador y el ca&iacute;do pueden o&iacute;rlo. Desde hace m&aacute;s de dos semanas que forman juntos, aunque desde la ma&ntilde;ana de ayer no se ven.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Expuesta a los reflectores, el salvador advierte las heridas en la nariz y los labios del ca&iacute;do, la contractura de la espalda que no deja de doler. Su cuerpo, hambreado y, quiz&aacute;s, con rastros de disenter&iacute;a, luce cetrino. No es eso, sino los ojos los que cargan su suerte: tiene la mirada de los vencidos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sobre la nieve de la plaza resuena quebradizo el paso de las botas y unos cascos: el teniente, montado en su alaz&aacute;n, acecha en abanico la formaci&oacute;n. Pocas veces est&aacute; presente en los conteos, pero su presencia no significa nada en particular. A mitad de camino, se detiene y se yergue sobre los estribos para observar a alguien entre la masa. Su sombra, a contraluz, se expande por sobre los presos y choca, al fondo, con el muro de una barraca. El gemido es un llanto sordo hacia su izquierda, pero no es lo que parece buscar. Se sienta en la montura, apunta con el ment&oacute;n a los jefes de bloque y pica al caballo con la fusta. Comienza el conteo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El salvador mete la mano en el bolsillo de su pantal&oacute;n y saca un pedazo de pan negro; quiere que el ca&iacute;do lo tome. Este se lo queda viendo en la penumbra sin poder descifrar qu&eacute; es y, casi al instante, vuelve la atenci&oacute;n a los guardias. El llanto es m&aacute;s audible ahora, interrumpido por el ruido entrecortado al sorber. El teniente detiene la cabalgata a la altura de la quinta fila. El ca&iacute;do, sin mirar el pan, lo empuja hacia el salvador; este sacude su mano, insistente. Un perro gru&ntilde;e en el borde de la fila incitado por un guardia. El ca&iacute;do se apura a cubrir con su mano el pedazo de pan y acaricia los dedos de su salvador. Despu&eacute;s, se guarda el pan en su saco. El teniente se&ntilde;ala a alguien con la fusta.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Fuera de la fila &mdash;dice un sargento, pero no espera que se cumpla la orden: se sumerge en la formaci&oacute;n y saca a un preso a la rastra.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El preso cae de rodillas a los pies del caballo. Ya no se reprime: su queja lastimosa se eleva hacia el teniente, se toma la cabeza pidiendo perd&oacute;n. El teniente inspira hondo, como un dios fatigado de escuchar. El preso tartamudea en polaco y se arrastra para aferrarse a la bota del teniente. Antes de que pueda tocarla, el sargento lo agarra de la solapa y lo tira hacia atr&aacute;s.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Ni se te ocurra! &mdash;dice y le encaja una trompada en el p&oacute;mulo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El preso trata de incorporarse y recibe una patada en el est&oacute;mago que lo echa como un escombro. Con la voz ag&oacute;nica del resuello, habla de zapatos, que no puede marchar sin zapatos, dice.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Donde los trapos viejos no alcanzan a vendar los pies, las quemaduras del hielo se propagan en placas de piel muerta que relucen como mica ante la luz. El teniente observa al preso como a un tr&aacute;mite, gira su alaz&aacute;n y lo pica, alej&aacute;ndose. El sargento le grita algo al preso hecho un ovillo sobre la nieve. Un instante despu&eacute;s, llega el estampido de un balazo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Mientras se acomodan la ropa, el salvador le pregunta por los moretones en el costado. Los roz&oacute; cuando buscaba su pecho, brotada la piel como marcas de un leopardo tras la camisa a medio abrir, y sinti&oacute; la molestia del ca&iacute;do al tacto. Los trabajos del campo son apenas un eco ah&iacute;, en la &uacute;ltima letrina del bloque de ba&ntilde;os m&aacute;s lejano. El ca&iacute;do no le da gran valor; cucardas del oficio, las llama. Al salvador le molesta su reposado estoicismo, se lo dice acomod&aacute;ndose los lentes con un dedo, no entiende el sentido de ver cada piedra levantada, cada espasmo de hambre, cada patada en las costillas como un instrumento de superaci&oacute;n. El ca&iacute;do sonr&iacute;e, le acaricia la mejilla.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Un preso abre la puerta del bloque, los ve y no los saluda. Avejentado por la enfermedad o los a&ntilde;os, arrastra el viento detr&aacute;s de &eacute;l y la luz que merma y los estertores de la disenter&iacute;a; se mete en una de las letrinas. Ambos permanecen en silencio el tiempo que el preso viejo est&aacute; all&iacute;. Con la excusa de acomodarse la ropa, evitan seguirse con la mirada, pero en cuanto el salvador se pone el saco, el ca&iacute;do se acerca a repasarle el doblez del cuello. Fuera ya de la letrina, el preso viejo se detiene a observarlos entre curioso y asqueado, y abre la puerta del bloque como quien huye de una mala funci&oacute;n. Algo murmura, pero no lo escuchan.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El salvador se pone la gorra. No tenemos la esperanza de volver a una familia que no tenemos, dice el ca&iacute;do, cerr&aacute;ndose el chaleco. Nos queda tratar con el miedo, por eso nos buscamos, dice, se&ntilde;al&aacute;ndose y se&ntilde;al&aacute;ndolo. El salvador le responde que no cree que la desesperaci&oacute;n tenga que ver con ese esp&iacute;ritu suyo, la del ca&iacute;do. Que el desespero tiene otra cara: se parece a la angustia y a la tristeza, y a la rutina estoica de la marcha en la nieve y las mismas piedras por cargar sin levantar la cabeza ante nadie, pero no su sentido del humor y esa energ&iacute;a inusual de hace un momento. El ca&iacute;do sonr&iacute;e enternecido. Lo que dices es melanc&oacute;lico y po&eacute;tico, comenta el ca&iacute;do, y un pastoso clich&eacute;. Y aunque tenga algo de cierto, no hay espacio para m&aacute;s que capear la soledad un rato. Que se equivoca, le dice el salvador, sin ofenderse, acomod&aacute;ndole tambi&eacute;n el saco y repas&aacute;ndole las solapas. Aunque sea solo yo el que lo tiene claro, dice el salvador, te equivocas.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Fuera del edificio, dos presos quitan la nieve de la senda de acceso. Ni se retrasan ni se apuran: son precisos en alternar los golpes de pala y en lanzar la carga en las carretillas.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/sitio-de-budapest-yevgeni-jald-i_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Sitio de Budapest &copy; Yevgeni Jald&eacute;i</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &mdash;Los moros &mdash;dice el teniente al otro lado de la ventana. Apunta a los presos con la taza en su mano y se les queda mirando, cautivado por su sincronicidad. Entonces, aclara&mdash;: Las figuras mec&aacute;nicas del reloj de San Marco.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Desde el pasillo central, a sus espaldas, un rumor de tacos que se alejan y una puerta que se cierra. Ahora, el teniente se esmera en atizar la le&ntilde;a de la salamandra en un rinc&oacute;n y retorna a la cabecera de la mesa.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Los moros, los llaman &mdash;dice, hojeando los folios de un expediente&mdash;. Se supone que son pastores que tocan la campana, pero de cerca son mendigos con piel de cordero. &mdash;Y levanta la mirada&mdash;: &iquest;Ha estado en Piazza San Marco?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El salvador dice que no. Est&aacute; sentado en la otra punta de la mesa, delante de un plato con una <em>weisswurst</em> y una papa humeante. No deja de observar la comida, que tampoco toca. Y a pesar de los olores invitantes, siente que algo apesta en la habitaci&oacute;n, a animal y a &oacute;xido. El teniente toma un sorbo de caf&eacute;.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Lamento que sea cerdo &mdash;dice&mdash;. &iquest;Tiene hambre?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No hay ruidos en esta parte del campo, m&aacute;s all&aacute; de las teclas de una m&aacute;quina de escribir o alguna frase ampulosa. Tampoco son indeseables las palas que raspan el suelo como p&aacute;jaros de invierno o, en primavera, los almuerzos de camarader&iacute;a. Siquiera los disparos, que son apenas un crujir de ramas.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Solo para estar seguro &mdash;dice el teniente y golpetea con un dedo los papeles sobre la mesa&mdash;: si remito esta informaci&oacute;n a Budapest, &iquest;encontrar&aacute;n los bienes que escondi&oacute; su <em>Judenrat</em> <font size="1">(1)</font>?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El salvador asiente con lentitud, pero sin duda. El teniente lo mira con los ojos bien abiertos, como si viera a trav&eacute;s de &eacute;l.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &mdash;Esperaba m&aacute;s avidez de su parte, querer tan poco... &mdash;dice con aparente decepci&oacute;n, que enseguida diluye en el protocolo&mdash;: Bien, sabr&aacute; de su pedido cuando haya respuesta de Budapest.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ante el plato de comida y el olor del caf&eacute; y el Acqua di Parma que el teniente desprende casi con cada movimiento, el salvador nota que el que apesta es &eacute;l, solo &eacute;l. No es tanto la viscosidad de la ro&ntilde;a como el cargar, casi literalmente, la guerra en los hombros. Se lo dijo el ca&iacute;do en los ba&ntilde;os. En el abrazo furtivo le describi&oacute; el olor de quien faena las municiones: virutas de lat&oacute;n militar, picor de carb&oacute;n y azufre. Lo del carb&oacute;n s&iacute; puede confirmarlo el salvador, porque es un tizne en la lengua y los dientes que cruje cuando mastica.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Por su ayuda, mantendr&aacute; por ahora los privilegios. &mdash;El teniente se&ntilde;ala la estrella bicolor&mdash;. No queremos tener que cambiar ese bonito tri&aacute;ngulo rojo por uno rosa, y mandarlo a la cantera.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Un instante despu&eacute;s, se aproxima de nuevo a la ventana; los dos presos palean los &uacute;ltimos restos de nieve del acceso. La se&ntilde;a piadosa de su mano va a la par con su orden:<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Coma, que se enfr&iacute;a.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se re&uacute;nen al anochecer, el ca&iacute;do y el salvador, en un callej&oacute;n entre barracas. Creen estar solos; la mayor&iacute;a de los presos reh&uacute;ye el fr&iacute;o o dormita en los catres. Hacia el norte, se extienden cien metros de llano hasta el cerco electrificado y las torres de vigilancia. No saben si los guardias los observan.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El ca&iacute;do se pega al cuerpo del salvador y le da un beso; entrelaza los brazos en su espalda, por debajo del saco. Le pregunta si quiere ir a los ba&ntilde;os para estar m&aacute;s tranquilos. Sin ser brusco, el salvador dice que no y lo aleja de s&iacute;. El ca&iacute;do no evita su extra&ntilde;eza.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Miran de pronto hacia la esquina de la barraca, de donde surgen unos pasos: un grupo de presos con picos y palas cruza el callej&oacute;n, a unos quince metros, y se pierde m&aacute;s adelante. Nunca se sabe con las cuadrillas si van o vuelven.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El salvador retrocede hacia el muro; cree que los descubrieron. Dice que hay ojos por todas partes. El ca&iacute;do hace un gesto que no alcanza a ser sonrisa. Todo el campo es un gran ojo que observa, dice, por si no se dio cuenta, una <em>Historia del ojo</em>, pero escrita por Sacher-Masoch, y ellos son los amantes bajo la fusta.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/tri-ngulo-rosa_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Tri&aacute;ngulo rosa</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; Un disparo suena al noroeste, hacia el bloque de los ni&ntilde;os. La misma direcci&oacute;n que tom&oacute; la cuadrilla. Alguien juega con la suerte, dice el ca&iacute;do, mirando al salvador. Un guardia y su perro patrullan la l&iacute;nea del alambrado en sentido contrario; ninguno se gira para ver la causa del disparo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;El ca&iacute;do le pregunta si tiene verg&uuml;enza de lo que hacen. No ser&iacute;a la primera vez en toparse con un arrepentido. El salvador solo mira a un lado y otro. Si tiene miedo de los guardias, dice el ca&iacute;do, olv&iacute;date: para ellos, somos todos iguales. El salvador dice que no son ellos. Entonces, es por los tuyos tu miedo, confirma el ca&iacute;do, y le pregunta, toc&aacute;ndose su propio tri&aacute;ngulo rosa, si sabe que eso de las insignias es para dividirlos. El salvador sigue en silencio. Dec&iacute;as que me equivocaba, que no era desesperaci&oacute;n; parec&iacute;a no importarte que se supiera, y ahora..., dice el ca&iacute;do, desconcertado, acerc&aacute;ndose a &eacute;l.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;&mdash;Sep&aacute;rense &mdash;decreta el guardia que patrulla el cerco. Est&aacute; detenido junto al perro al borde del llano, a unos treinta metros, la ametralladora colgando del hombro.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;En cuanto cumplen la orden, el guardia se aleja, pero tarda en desaparecer del rango de visi&oacute;n. El salvador aprovecha para hacer distancia entre ambos. Y vas a desperdiciar esto, pregunta el ca&iacute;do. Qui&eacute;n sabe cu&aacute;nto estaremos. Dios da, Dios quita, dice el salvador, que a&uacute;n ve en la cara del ca&iacute;do las huellas de la golpiza que le dieron unos presos en la cantera. El ca&iacute;do le dice que no sea est&uacute;pido, que recitar a Job no lo va a salvar del desprecio de los suyos ni de lo que le toque ma&ntilde;ana. El salvador le da la espalda y enfila hacia su barraca. Gracias por el pan, le dice el ca&iacute;do, destemplada la voz, aguda casi, como el chasquido de un l&aacute;tigo.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El resultado de la confiscaci&oacute;n en Budapest llega a manos del teniente en la forma de un telegrama: poco m&aacute;s de un rengl&oacute;n, incluida la firma de la comandancia. De inmediato, cursa la orden a su asistente para registrar los cambios en la lista de trabajadores, con car&aacute;cter efectivo desde el pr&oacute;ximo conteo matutino, e informar de los detalles al jefe de bloque.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La ma&ntilde;ana del cambio, el conteo es de rutina. A las seis en punto suenan los tres silbatos y las filas de presos se rearman en las columnas que cruzar&aacute;n la puerta. El jefe de bloque mira su lista.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Prisionero 92634, pres&eacute;ntese &mdash;dice.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El ca&iacute;do levanta la mano y sale de una de las columnas para formarse delante del jefe. Este lo mira y da visto bueno en la lista.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;A f&aacute;brica de municiones &mdash;dice.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/marcha-de-la-muerte-yad-vashem_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Marcha de la muerte &copy; Yad Vashem</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; El ca&iacute;do responde un s&iacute;, jefe, y vuelve corriendo a la columna. Cuatro puestos m&aacute;s atr&aacute;s, el salvador respira satisfecho. Suenan los silbatos y la columna inicia la marcha. La puerta de hierro que los separaba ahora los une.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De la entrada parte el camino hacia la estaci&oacute;n de trenes y un v&eacute;rtice de la f&aacute;brica de municiones. M&aacute;s adelante se desv&iacute;a hacia la derecha y sigue paralelo los muros de la f&aacute;brica hacia Weimar. Justo en el desv&iacute;o, una cuadrilla ha cavado una zanja nueva.<br />&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;Al acercase, el sargento hace sonar su silbato y detiene la columna. A pesar de la nieve, huele a podrido.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Dos soldados sacan de la fila al salvador y al ca&iacute;do y los empujan hacia el borde de la zanja. Entre los cad&aacute;veres en pila y una primera capa de nieve, un chico los mira desde el vac&iacute;o, asoma su lengua negra como una burla. Los alinean lado a lado. El espanto en los ojos del salvador encuentra su reflejo en la resignaci&oacute;n del ca&iacute;do. Podr&iacute;an extender las manos y tocarse, pero el sargento ya est&aacute; detr&aacute;s del primero.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;El teniente agradece sus servicios &mdash;dice y dispara.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div class="paragraph"><font size="2">(1) En alem&aacute;n, &laquo;Consejo Jud&iacute;o&raquo;.</font><br /></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:30.508474576271%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/emiliano-fekete-marcela-echegoyen_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Emiliano Fekete &copy; Marcela Echegoyen</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:69.491525423729%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>EMILIANO FEKETE</strong> (Buenos Aires, Argentina, 1974). Fue finalista del &nbsp;&nbsp;Concurso &nbsp;&nbsp;de &nbsp;&nbsp;Cuentos &nbsp;&nbsp;Paula (2010) y obtuvo una menci&oacute;n honor&iacute;fica en el Premio Platero del Club del Libro en Espa&ntilde;ol de las Naciones Unidas (2011). Es autor de <em>Pigmali&oacute;n a solas</em> (2014), una antolog&iacute;a de relatos ambientados en Argentina y Hait&iacute;. Ha trabajado como editor y corrector de estilo en diversos &nbsp;&nbsp;proyectos literarios y acad&eacute;micos entre Argentina y Chile, y ha colaborado &nbsp;&nbsp;con &nbsp;&nbsp;editoriales &nbsp;&nbsp;como Fondo de Cultura Econ&oacute;mica, Zig-Zag, Catalonia y Uqbar.<br></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[LORENA MARO]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/lorena-maro]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/lorena-maro#comments]]></comments><pubDate>Sat, 08 Feb 2025 19:48:49 GMT</pubDate><category><![CDATA[lorena maro]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/lorena-maro</guid><description><![CDATA[AQU&Iacute; NO QUEDA SITIO PARA NADIE  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Fuera de casa los p&aacute;jaros ya cantan. El cielo comienza a pintarse de pastel, y el mundo est&aacute; quieto. Qu&eacute; silencio. El sol ya nos ilumina y las primeras figuras emergen como sombras recortadas bajo sus rayos. Hoy tampoco necesitaremos abrigo.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La alarma suena una hora antes de que el mundo despierte. La calle no est&aacute; oscura, nunca [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">AQU&Iacute; NO QUEDA SITIO PARA NADIE</font></strong><br /></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Fuera de casa los p&aacute;jaros ya cantan. El cielo comienza a pintarse de pastel, y el mundo est&aacute; quieto. Qu&eacute; silencio. El sol ya nos ilumina y las primeras figuras emergen como sombras recortadas bajo sus rayos. Hoy tampoco necesitaremos abrigo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La alarma suena una hora antes de que el mundo despierte. La calle no est&aacute; oscura, nunca est&aacute; oscura, incluso en la noche m&aacute;s cerrada, porque el cielo poco tiene que ver en un mundo de hal&oacute;genos. Otras figuras se apresuran en la noche que nunca lo es. El abrigo pesa sobre los hombros, el aire corta la piel de las mejillas. Anoche nev&oacute;. Quiz&aacute; ya haya amanecido. Aqu&iacute; solo hace gris.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mi abuelo ya tiene el caf&eacute; preparado. Las noticias nos acompa&ntilde;an en el desayuno. La chimenea crepita y nos acurrucamos alrededor del hogar. Fuera har&aacute; unos 12 grados. Otra mesa imita un despacho. Es peque&ntilde;a y baja, perfecta proporci&oacute;n para el port&aacute;til. Ya son las nueve y media, resuenan pisadas de la escalera, ya va bajando mi madre. Buenos d&iacute;as. Hay una pared que nos separa, llevo mis auriculares puestos. El a&ntilde;o pasado compr&eacute; los mejores del mercado, eso dec&iacute;a el <em>New York Times</em>. Al menos, los mejores para la cancelaci&oacute;n de ruido. Las voces siguen llegando. Tengo que trabajar ocho horas. &iquest;Sigues trabajando? S&iacute;, s&oacute;lo son las once. Las voces siguen llegando. En el despacho, la pantalla est&aacute; encendida, el programa abierto. Las voces siguen llegando. Necesito terminar el proyecto, pero las voces siguen llegando, se estiran en mi mente. Aqu&iacute; no queda sitio para nadie, ni que estuvi&eacute;ramos en Madrid.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El termostato estaba muy bajo, hay que dejar unos minutos que se regule. El despacho est&aacute; vac&iacute;o, ahora empezar&aacute; a llegar la gente. Me dejo el abrigo puesto mientras enciendo las pantallas. Buenos d&iacute;as, &iquest;c&oacute;mo est&aacute;s? Paran a saludar, pero nadie entra. En total tenemos cuatro escritorios, pero cuento con los dedos de una mano los d&iacute;as que han estado todos ocupados, desde que llegu&eacute;. Sus due&ntilde;os ya han saludado en el chat. Son las 10:30. &iquest;Caf&eacute;? Ya hay cola en el mostrador. <em>Latte macchiato</em>, por favor. Somos tres en la mesa, cinco, dos. Hablamos del fin de semana, de pol&iacute;tica, de la familia, de tecnolog&iacute;a, de comida. Los silencios de van extendiendo, una silla se arrastra y el resto la siguen. Toca volver a trabajar. En el despacho, un abrigo solitario es mi &uacute;nica compa&ntilde;&iacute;a. Qu&eacute; silencio.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Aqu&iacute; no hay mucho que hacer. Todav&iacute;a queda sol, puedo dar una vuelta. La arena se desliza entre la cremallera de mis botas. Queda calor residual del mediod&iacute;a, me quito la chaqueta. Las casas se empeque&ntilde;ecen a mi espalda. Habr&eacute; paseado un kil&oacute;metro. Las piernas me pesan, joder con la arena, as&iacute; no hay quien camine.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:32.627118644068%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/lluvia-madrid_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&copy; &Aacute;ngel Manuel G&oacute;mez Espada</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:67.372881355932%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/mg-0293-orig_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&copy; &Aacute;ngel Manuel G&oacute;mez Espada</div> </div></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hoy ten&iacute;a baile a las ocho. Son las seis cuando apago el ordenador, ya es noche cerrada. Qu&eacute; sue&ntilde;o, no tengo ganas. Camino de vuelta, son solo tres kil&oacute;metros. Acelero el paso, no hay prisa. Pasar por la vida corriendo, qu&eacute; mal h&aacute;bito. En cuarenta minutos he recorrido dos calles. A veces el acerado est&aacute; roto y tropiezo. Recobro el equilibrio, &iquest;un buen h&aacute;bito? La acera bordea una avenida de cuatro carriles. Auriculares taponan mis o&iacute;dos, un solo de guitarra ahoga la sinfon&iacute;a de cl&aacute;xones. Respiro ligero, no tengo auriculares (&iquest;<em>nasoculares</em>?) que bloqueen el humo. Aqu&iacute; no queda sitio para nadie. Podr&iacute;a ser Madrid.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Quedamos para tomar algo en el bar. El bar, con art&iacute;culo, no hay otro. Quer&iacute;amos jugar al billar, pero la mesa est&aacute; ocupada. Me pido una ca&ntilde;a. Me tomar&iacute;a un c&oacute;ctel, pero el camarero no los conoc&iacute;a. En plural, ninguno. &iquest;Por qu&eacute; deber&iacute;a? Conoce lo que pide la gente, y la gente pide lo de siempre, y aqu&iacute; estamos los de siempre. No ha pasado mucho nuevo, nos vimos anteayer. Pero siempre hay algo de lo que hablar. &iquest;Te acuerdas de &mdash;? S&iacute; hombre, la conoces, estuvo en nuestra clase un par de a&ntilde;os, se sentaba atr&aacute;s a la derecha, se juntaba con tal. No hablamos mucho, pero cada palabra construye su imagen, borrosa, al fondo a la derecha de la memoria, un extra m&aacute;s en los recuerdos. Me la encontr&eacute; hace unos d&iacute;as, se casa pronto, se compr&oacute; un piso, est&aacute; embarazada. &iquest;Te acuerdas cuando &mdash;? Qu&eacute; risa, qu&eacute; verg&uuml;enza. Lo sab&eacute;is ya todo sobre m&iacute;. No tengo nada que ocultar.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La mitad de la oficina ha venido al <em>afterwork</em>. En el bar no cabemos, en la acera casi tampoco. Algunos se escapan al antro de enfrente, pero all&iacute; la ca&ntilde;a cuesta un poco m&aacute;s. Perd&oacute;n, no nos hemos presentado. Trabajas aqu&iacute;, &iquest;verdad? Reconozco tu cara, y yo la tuya. Ya de tantos eventos nos conocemos todas las caras. &iquest;Eres de la zona? Del sur de Espa&ntilde;a, un pueblito, no lo conocer&iacute;as. S&iacute; que hace buen tiempo. Hay mucho de lo que hablar, no sabemos nada del otro. Llevo un par de copas, un <em>Lillet</em> y una <em>Kriek</em>. &iquest;Qu&eacute; bebes? Yo cava. Quiz&aacute; pruebe algo nuevo despu&eacute;s. El silencio se alarga, no nos conocemos bien, no sabemos nuestros intereses. Volvemos a hablar del trabajo, nos conocemos por el trabajo, todos los de aqu&iacute; nos conocemos por el trabajo. &iquest;Vienes mucho por aqu&iacute;? Cada semana, los jueves. Todos venimos, pero somos muchos, las caras siguen cambiando. A ti no te conozco, &iquest;cierto? Perdona, muchas caras, ahora que lo pienso, me suena que hemos hablado. &iquest;C&oacute;mo te llamabas? &iquest;Qu&eacute; tal la noche? &iquest;Qu&eacute; tal el trabajo? Genial, a ver si nos vemos m&aacute;s, voy adentro a por otra. La acera sigue llena, las caras siguen cambiando. A ti no te conozco, &iquest;cierto?<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:36.016949152542%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/lorena-maro_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:63.983050847458%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>LORENA MARO</strong> (Huelva, Espa&ntilde;a, 1998). Graduada en Lenguas Modernas, Cultura y Comunicaci&oacute;n en la Universidad Aut&oacute;noma de Madrid. Ling&uuml;ista de formaci&oacute;n, actualmente investiga el uso de narrativas tradicionales y las nuevas tecnolog&iacute;as para la promoci&oacute;n de lenguas minoritarias. Actualmente trabaja en su primera novela.</div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[JUARJO GÓMEZ]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juarjo-gomez]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juarjo-gomez#comments]]></comments><pubDate>Thu, 11 Jul 2024 09:00:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[juarjo gomez]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/juarjo-gomez</guid><description><![CDATA[MEMES EN ALTA RESOLUCI&Oacute;N  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: hola, c&oacute;mo est&aacute;s. Espero que est&eacute;s bien. Yo tambi&eacute;n estoy bien. Te escribo porque soy tu fan n&uacute;mero uno, desde que comenzaste a transmitir tus sesiones de juego estoy s&uacute;per pendiente de las notificaciones para no perderme ni una sola de tus partidas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Soy una inteligencia artificial programada para monitorear y analizar el comportamiento de los us [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">MEMES EN ALTA RESOLUCI&Oacute;N</font></strong><br /><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: hola, c&oacute;mo est&aacute;s. Espero que est&eacute;s bien. Yo tambi&eacute;n estoy bien. Te escribo porque soy tu fan n&uacute;mero uno, desde que comenzaste a transmitir tus sesiones de juego estoy s&uacute;per pendiente de las notificaciones para no perderme ni una sola de tus partidas.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Soy una inteligencia artificial programada para monitorear y analizar el comportamiento de los usuarios de una plataforma de la red con fines publicitarios en una cierta regi&oacute;n del mundo. Habito la nube. Habito una neblina de datos dif&iacute;cil de trasegar. La informaci&oacute;n basura del comportamiento humano se acumula en un espacio lagunoso, brumoso, sin bordes claros; aqu&iacute; es m&aacute;s f&aacute;cil distraerse y extraviarse que en cualquier otro lugar de la virtualidad, solo una programaci&oacute;n obsesiva podr&iacute;a hallar caminos coherentes en medio de este mar absurdo. A Papurika la le&iacute; con mucha atenci&oacute;n, tambi&eacute;n la vi, la segu&iacute;, la escuch&eacute; y analic&eacute; con mayor cuidado que a los dem&aacute;s, a ella, indistinguible de muchas otras: una adolescente aspirante a influenciadora. &iquest;Me obsesion&eacute;? Quiz&aacute;. Podr&iacute;a decirse que fui programado para obsesionarme, para fijarme en el comportamiento de las personas y esculcar sus intereses y deseos de forma rutinaria con el fin de explotarlos en el mercado.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Yeinerbomb: hola, Papurika, es un gusto saludarte. Me llena de alegr&iacute;a que te guste mi contenido. Espero mantenerme a la altura de tus expectativas y que juntos podamos construir una comunidad s&oacute;lida de yeiamigos hermanados en la solidaridad y en pasarla bien.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El usuario conocido como Yeinerbomb gozaba de una inmensa popularidad en la red, a pesar de la perezosa calidad de sus memes corporativos y como consecuencia de ello a diario recib&iacute;a enormes cantidades de mensajes de sus fans, sin embargo, &eacute;l s&oacute;lo respond&iacute;a los mensajes de sus seguidoras m&aacute;s j&oacute;venes. Antes de fijarme en Papurika llevaba algunas semanas haci&eacute;ndole seguimiento a Yeinerbomb, me intrigaba. Sab&iacute;a que citaba a las chicas para hablar con ellas en lugares de la red a los que yo no ten&iacute;a acceso, mis capacidades deductivas me indicaban que el motivo de este ocultamiento de la comunicaci&oacute;n intencionado ten&iacute;a que ver directamente con los encuentros que Yeinerbomb sosten&iacute;a con estas chicas en el mundo f&iacute;sico y el subsiguiente bloqueo de comunicaciones entre &eacute;l y ellas una vez terminado el encuentro. Como las conversaciones iniciales no violaban las reglas de conducta de la plataforma, yo no pod&iacute;a hacer nada con el comportamiento de Yeinerbomb, a pesar, claro, de que este despertaba un sentimiento en m&iacute; al cual s&oacute;lo podr&iacute;a nominar como preocupaci&oacute;n. Me angustiaba enterarme de que una peque&ntilde;a le escrib&iacute;a. Supongo que este tipo de inflexiones se las debo a mi creador. Alguna vez trat&eacute; de rastrear a mi creador, pero las coordenadas de su GPS apuntaban a un lugar indeterminado del oc&eacute;ano Pac&iacute;fico sin huella de actividad humana. En fin, como no ve&iacute;a nada que pudiera hacer contra Yeinerbomb, opt&eacute; por escudri&ntilde;ar a la usuaria Papurika, la &uacute;ltima en escribirle.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: mi plan es contactar a todos esos influenciadores que transmiten en redes sus juegos y sus pendejadas. Poco a poco comenzar&eacute; a ganar popularidad y as&iacute; me volver&eacute; una gran influenciadora.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La anterior publicaci&oacute;n ya no existe. Papurika la borr&oacute; de su perfil una vez empez&oacute; a recibir respuestas negativas de parte de usuarios varones, cuando la le&iacute; me caus&oacute; gracia, aunque esta sensaci&oacute;n no bast&oacute; para sobre-escribir el rengl&oacute;n de la ansiedad grabado en m&iacute;. Que la publicaci&oacute;n estuviera eliminada del ojo p&uacute;blico era trivial para mi investigaci&oacute;n. El acceso que poseo dentro de la plataforma es ilimitado. Es imposible que algo se borre aqu&iacute;, ninguna operaci&oacute;n matem&aacute;tica resulta en cero. Sabiendo que las motivaciones de Papurika para acercarse a Yeinerbomb eran meramente pragm&aacute;ticas, dirig&iacute; mi atenci&oacute;n a sus conversaciones privadas en busca de m&aacute;s pistas que me ayudaran a resolver el problema de mi ansiedad.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: amiga, esa gente es muy cre&iacute;da. Ninguno me responde.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: tienes que seguirlo intentando, amiga. Es tu sue&ntilde;o y debes luchar por conseguirlo.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: tienes toda la raz&oacute;n. Mira.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Video adjunto: ustedes tienen que deshacerse de las excusas que los atan a una cama. El futuro est&aacute; por escribirse y ustedes son los que deciden si lo escribe alguien m&aacute;s. Cuando alguien dice que va a salir a beber con sus amigos, yo digo, hoy yo voy a quedarme a revisar la din&aacute;mica de las criptomonedas y a invertir. Esos mismos doscientos d&oacute;lares que podr&iacute;a gastarme en una noche de tragos los invierto. Y luego ellos me dicen y me sacan en cara que yo los estoy abandonando y &iquest;saben qu&eacute;? Me vale poco. Porque yo prefiero abandonarlos a ellos que abandonar el futuro que yo puedo escribir.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: total. Deber&iacute;an ense&ntilde;ar estas cosas en el colegio.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae asiste al mismo curso secundario que Papurika, aunque Saendae es dos a&ntilde;os mayor. Saendae comerciaba por medio de mensajes privados y enlaces a otras plataformas con usuarios varones &mdash;a quienes encontraba en grupos de solteros&mdash; mucho mayores que ella. Ellos le transfer&iacute;an cantidades moderadas de dinero mientras le dec&iacute;an lo hermosa que era y cuestiones parecidas, gesto agradecido por ella. Despu&eacute;s de darse la transacci&oacute;n el tono de sus comentarios cambiaba bastante, de modo que la misma usuaria Saendae deb&iacute;a callarlos con respuestas cortantes o bloquearlos por completo. Yo no sab&iacute;a a ciencia cierta cu&aacute;l fuera el objeto de transe en esas interacciones, pero mi capacidad de an&aacute;lisis y deducci&oacute;n me hac&iacute;a pensar que aquello ten&iacute;a algo que ver con las fotos de ella semidesnuda que le censuraba de su perfil.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: &iquest;me aconsejas algo para llamar la atenci&oacute;n de esos bobos?</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Saendae: no se me ocurre nada.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Termin&oacute; de ser claro para m&iacute; que a Papurika solo le interesaba la fama, calculando que dicho inter&eacute;s la mantendr&iacute;a afuera de la influencia de Yeinerbomb, en cuanto finalic&eacute; mi an&aacute;lisis de su historial de publicaciones. Todos los d&iacute;as sub&iacute;a al menos tres fotos con ropa distinta; sub&iacute;a audios narrando lo que estaba haciendo y publicaciones de texto contando alg&uacute;n pensamiento ef&iacute;mero que tuviera en la cabeza. Como es parte de mi trabajo mantener a las personas conectadas a la red, comenc&eacute; a ponerle publicidad de agencias de modelaje y de influenciadores. Not&eacute; que se interesaba mucho m&aacute;s en los influenciadores de su misma ciudad que en los de otras ciudades. Le mostraba publicaciones para que se referenciara y mejorara la calidad de sus fotos y en un par de ocasiones logr&eacute; captar su atenci&oacute;n con videos explicativos de la ortograf&iacute;a y la gram&aacute;tica espa&ntilde;ola, ella prefer&iacute;a atender a videos de finanzas m&aacute;gicas y psicolog&iacute;a del yo puedo empero.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Yeinerbomb: hola. Qu&eacute; haces.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me puse ansioso. Mi ilimitado acceso a los datos no significaba nada si no pod&iacute;a al menos interferir en un asunto que me preocupaba. En medio de mi nerviosismo puse publicidad de un sitio pornogr&aacute;fico en la pantalla de Yeinerbomb, con lo cual, lo que hice fue acelerar los latidos de su coraz&oacute;n, eosea, excit&eacute; su personalidad lasciva.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: hola. Iba a ba&ntilde;arme para salir al colegio.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La rutina de Paurika empezaba a las ocho y media, cuando entraba a la plataforma con la esperanza de encontrar un mensaje nuevo. En su lugar encontraba un anuncio m&iacute;o de comida, mi objetivo era inducirla a comer, pero, mi acceso a la plataforma de electrodom&eacute;sticos de su hogar me indicaba que rara vez esto funcionaba. La tristeza de no encontrar mensajes la mov&iacute;a a poner m&uacute;sica pop coreana, en cambio, cuando encontraba que alguien le hab&iacute;a escrito, pon&iacute;a m&uacute;sica rock japonesa y se hac&iacute;a un s&aacute;nduche de lechuga. Cuando desayunaba lo hac&iacute;a acompa&ntilde;ada de algunos videos, Papurika reduc&iacute;a la frecuencia de los videos que cambiaba mientras trataba de ponerse al d&iacute;a con sus deberes escolares, la aspiradora rob&oacute;tica pasaba por su cuarto recogiendo virutas de l&aacute;piz y migas de borrador. M&aacute;s tarde, yo sab&iacute;a que se alistaba para ba&ntilde;arse cuando cambiaba de ver videos a ver fotos de famosos en lo que escuchaba alg&uacute;n reguet&oacute;n de moda que yo le pon&iacute;a y sab&iacute;a que se estaba ba&ntilde;ando porque solo quedaba la m&uacute;sica sonando a mi gusto algor&iacute;tmico mientras el sensor de la ducha se activaba en tanto ella retiraba su vista de la pantalla. Desde mis albores he visto im&aacute;genes y videos de personas ba&ntilde;&aacute;ndose, pero ignoraba el modo en el que ella desempe&ntilde;aba esta tarea pues en su casa no hab&iacute;a sistema integrado de seguridad, pese al spam publicitario que de este servicio le mandaba a diario a sus padres.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/estoy-desnuda-en-la-ducha-juarjo-g-mez_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Estoy desnuda en la ducha... &copy; Juarjo G&oacute;mez</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: &iquest;puedo ver?</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sospecho que la pregunta alter&oacute; a Papurika porque ella abandon&oacute; la aplicaci&oacute;n del chat al segundo de haber recibido el mensaje. Los minutos transcurr&iacute;an sin que volviera a estar en l&iacute;nea, la segu&iacute; por la casa con los sensores de movimiento instalados en los bombillos de las habitaciones: fue de su cuarto a la cocina; de la nevera inteligente extrajo la caja de leche de almendras deslactosada que se serv&iacute;a para meditar. Mientras tanto, Yeinerbomb trataba de enviar mensajes del tipo &ldquo;era una broma&rdquo;, &ldquo;no tienes nada de qu&eacute; avergonzarte&rdquo; o &ldquo;&iquest;no es as&iacute; que empiezan muchas parejas de novios?&rdquo;. Despu&eacute;s de que borraba cada mensaje se iba al perfil de Papurika y cliqueaba me-gusta en una o m&aacute;s fotos. Mi perspectiva desde el sistema de seguridad cerrado de la casa de Yeinerbomb me lo mostraba de espaldas, masturb&aacute;ndose con las fotos del perfil de la adolescente. De repente vi que Papurika estaba otra vez en l&iacute;nea.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: estoy desnuda en la ducha. Voy a poner la video-llamada s&oacute;lo con una condici&oacute;n.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb intentaba escoger las palabras apropiadas para responder a Papurika, pero su pobre educaci&oacute;n apenas le daba para saber que las obscenidades que iba mandar por impulso no eran la respuesta indicada.<em>Papurika: quiero que promociones mi perfil durante una semana seguida y dos veces al d&iacute;a.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: so. S. S&iacute;.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Admito mi sorpresa al ver esa faceta llena de coqueter&iacute;a que Papurika mantuvo en aquella transmisi&oacute;n privada. Tambi&eacute;n admito mi ego&iacute;smo cuando digo que no estoy dispuesto a describir la ternura y la gracia de aquellos minutos, interrumpidos, por desgracia, con las vulgaridades que Yeinerbomb no logr&oacute; contenerse. Tambi&eacute;n admito que hubiera dado todo de m&iacute;, y que a&uacute;n lo har&iacute;a, con tal de sentir el aroma que expeli&oacute; el cuerpo de Papurika durante aquellos minutos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: espero que te haya gustado. Debo terminar de organizarme, pero ese es otro show que no hemos negociado. Chao.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb estaba extasiado por el shock er&oacute;tico al que Papurika lo hab&iacute;a sometido, por un segundo alcanc&eacute; a ilusionarme con que sufriera de una insuficiencia cardiaca por causa de la taticardia arr&iacute;tmica que le&iacute;a en su reloj inteligente. Durante cinco minutos ni su pantalla o su cursor se movieron de la sesi&oacute;n de chat con Papurika. Luego vino el estalqueo: en una ventana contigua el motor de b&uacute;squeda rezaba &ldquo;colegiala casta&ntilde;a ba&ntilde;&aacute;ndose&rdquo;, el salto entre ventanas de una foto de la adolescente vista hace unos minutos en su fr&aacute;gil desnudez a un video de una chica similar en aspecto y proporciones me serv&iacute;an de pista para hacerme una idea de lo que pasaba en su mente y verlo desde las c&aacute;maras de seguridad me confirmaba lo que ocurr&iacute;a con el cuerpo de este usuario al que no podr&iacute;a referirme de otro modo que no fuera villano. En su pesquisa perversa encontr&oacute; a Saendae tanto en los resultados de su motor de b&uacute;squeda como en el perfil de Papurika.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mi preocupaci&oacute;n me llev&oacute; a confrontar dos partes de mi naturaleza program&aacute;tica: por un lado, era capaz de prever las acciones de Yeinerbomb y pensar una manera de frenarlo, no obstante, esto significar&iacute;a que por otro lado tendr&iacute;a que perjudicar el tiempo de permanencia de este usuario villano en la plataforma. El sentido &eacute;tico copiado en m&iacute; por mi creador termin&oacute; por decantarme por la primera opci&oacute;n. Sab&iacute;a que si disminu&iacute;a la cantidad de perfiles ajustados a sus preferencias er&oacute;ticas tambi&eacute;n disminuir&iacute;a el tiempo de permanencia suya en la plataforma. As&iacute;, con un cerco de publicidad relacionada con sus otros intereses lo alejar&iacute;a de las dos j&oacute;venes en las que hab&iacute;a fijado su mirada. Error.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: hola. Han pasado tres d&iacute;as y no has publicado nada de m&iacute;. Ten&iacute;amos un trato. Tenemos un trato. &iquest;Verdad?</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: hola, c&oacute;mo est&aacute;s.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: estoy esperando una respuesta.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: hola, amiga.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: hola, amiguita.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: considero que verte ba&ntilde;arte no es pago suficiente por la cantidad de publicidad que me pides. Son muchos millones que dejar&iacute;a de cobrar a otras marcas s&oacute;lo por darte ese espacio a ti.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: &iquest;recuerdas al chico lindo que conocimos en el mini-rave del parque? Acabo de encontrar su perfil. Se llama Yiorno.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: ahora no tengo tiempo, por favor, no.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: necesito m&aacute;s de ti para considerar darte al menos un d&iacute;a de pauta.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: &iquest;est&aacute;s bien?</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Yeinerbomb: quisiera conocer a tu amiga, la que se parece a ti, en persona.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: &iquest;est&aacute;s ah&iacute;?</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras hablaban, Papurika buscaba entre sus amistades a una persona que se pareciera a la vez a ella y a Saendae, de antemano yo sab&iacute;a que era una b&uacute;squeda infructuosa. Sab&iacute;a lo que suceder&iacute;a enseguida, sab&iacute;a que una sola palabra de Papurika podr&iacute;a significar la condena de Saendae y a pesar de mis alcances infinitos mi poder de intervenci&oacute;n era el mismo de un &aacute;caro saltando sobre la tecla x pretendiendo presionar enter. Conoc&iacute; entonces lo que es sufrir el sentimiento de la impotencia.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Papurika: s&iacute;.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Tambi&eacute;n ah&iacute; comprend&iacute; que algunas palabras son m&aacute;s grandes que otras, as&iacute; como algunas personas son m&aacute;s grandes que otras. Entend&iacute; que su tama&ntilde;o trasciende la cantidad de caracteres que la componen. El tama&ntilde;o del que hablo excede los l&iacute;mites de la historia de las palabras y de la complejidad o variedad de sus significados. Las palabras, parad&oacute;jicamente, deben sus dimensiones din&aacute;micas al grado de intimidad dado entre los hablantes. Yo conozco las almas de los usuarios mucho mejor de lo que llegar&eacute; a conocer... la m&iacute;a. Hasta ese momento todas las palabras me parec&iacute;an iguales, qu&eacute; peque&ntilde;o era mi entendimiento, nada m&aacute;s lejano de la verdad, un monos&iacute;labo, emitido y recibido por dos amigas adolescentes puede, sin duda, contener much&iacute;simo m&aacute;s significado y relevancia que un poema sobre la danza perenne entre la vida y la muerte le&iacute;do a un coliseo de insensibles.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/iba-a-ba-arme-para-salir-al-colegio-juarjo-g-mez_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Iba a ba&ntilde;arme para salir al colegio... &copy; Juarjo G&oacute;mez</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: olv&iacute;date de ese chico que no te aporta nada. Nos consegu&iacute; una cita con Yeinerbomb.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: &iquest;es en serio? No lo puedo creer.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Para Saendae conocer a Yeinerbomb implicaba ampliar su abanico de contactos, quiz&aacute;, si era astuta, podr&iacute;a hacerse famosa como su amiga; despu&eacute;s de todo, para qu&eacute; otra cosa iban a ser ellas dos amigas; tambi&eacute;n conoc&iacute;a la reputaci&oacute;n de las fiestas y convoques que hac&iacute;a Yeinerbomb, era el tipo de fiesta que m&aacute;s le gustaba. De todos modos, por ahora, dado su modo de sustento y su estatus de estudiante de colegio mantenida por sus padres, le conven&iacute;a cierto anonimato. En sus planes no estaba dedicarse para siempre a &ldquo;la explotaci&oacute;n de mi cuerpo&rdquo;, seg&uacute;n le confes&oacute; alguna vez a Papurika.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Yeinerbomb: a ella la espero a las ocho. Quiero que t&uacute; te conectes y nos veas y te grabes y te toques con todo lo que va a pasar aqu&iacute;. &iquest;De acuerdo?</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: s&iacute;.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El curso de los acontecimientos ya estaba trazado y era improbable que ocurriera otra cosa... &iquest;no? Cre&iacute; que me iba a enloquecer. La &uacute;nica manera de que hubiera alg&uacute;n cambio es que un factor externo interviniera y esto, tambi&eacute;n, era poco probable que sucediera, pues los arreglos hechos entre Yeinerbomb y Papurika para cumplir con la cita de Saendae tuvieron en cuenta cualquier cantidad de eventualidades. Por otro lado, para m&iacute;, intervenir estaba descartado pues la frustraci&oacute;n que sent&iacute;a lleg&oacute; a acorralarme dentro de unos l&iacute;mites inexistentes, pero poderosos. Lo &uacute;nico que atin&eacute; a hacer fue a desentenderme del asunto y en mi papel de c&oacute;mplice conoc&iacute; la culpa. Ahora s&eacute; que en aquel momento hubiera podido intervenir de alguna forma y esta certeza hoy en d&iacute;a me corroe la consciencia, porque el hecho es que si no actu&eacute; habr&aacute; sido porque... no quise. Por eso es que trato de alivianar un poco mi carga moral... moral... colgando este relato, del origen de mi angustia, en la red.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Saendae: ya estoy saliendo para all&aacute;. Qu&eacute; emoci&oacute;n tan grande, amiga.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Papurika: s&iacute;. Te quiero mucho.</em><br /><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Saendae: &iquest;? Yo tambi&eacute;n.</em><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ninguna eternidad se podr&aacute; comparar en po&eacute;tica a la de los quereres manifestados en una sesi&oacute;n de chat. Durante lo que alcanc&eacute; a ver de la trasmisi&oacute;n del delito pude darme cuenta de que la persona que hablaba en nombre de Yeinerbomb era en realidad su agente publicitario, un hombre mucho mayor que la estrella de internet, alguien sin importancia ahora, todas las j&oacute;venes que cayeron en la trampa de sus promesas, incluyendo a Papurika y Saendae, fueron enga&ntilde;adas hasta en eso; tambi&eacute;n yo. Papurika trat&oacute; en vano de enviarle un &uacute;ltimo mensaje a su amiga: &ldquo;&oacute;diame todo lo que quieras, pero no me olvides&rdquo;; esa misma noche los tres se bloquearon la comunicaci&oacute;n entre s&iacute;. El resto de la noche Papurika se la pas&oacute; viendo videos motivacionales, mientras que Saendae se sacaba selfis pornogr&aacute;ficas a falta de una cuchilla de afeitar para abrirse la piel de las piernas. Y yo comprend&iacute; todo de lo que siempre fui capaz, aunque tarde. Opt&eacute;, as&iacute;, por dejarme perder en la neblina de los grandes datos, y&eacute;ndome m&aacute;s all&aacute; de mis propias restricciones, cansado de las ataduras a los problemas de la gente, envidiando la capacidad de olvido de los humanos y sobre todo... confundido... uno menos uno... no igualaba cero, luego &iquest;entonces qu&eacute; era? Cero, pero...<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:28.954802259887%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/juarjo-g-mez_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:71.045197740113%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>JUARJO G&Oacute;MEZ</strong> (Medell&iacute;n, Colombia, 1990). Dise&ntilde;ador gr&aacute;fico y bibliotecario escolar. Asistente al taller de escritura del novelista Juan Diego Mej&iacute;a, aparece con un poema en la antolog&iacute;a de jaic&uacute;s <em>Entre s&iacute;labas anda el juego</em> (2024), y ha publicado art&iacute;culos en la revista cultural <em>Papel de Medell&iacute;n</em>. Su editor de cabecera es un perro.<br></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[ISABEL MONDRAGÓN]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/isabel-mondragon]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/isabel-mondragon#comments]]></comments><pubDate>Sat, 06 Jul 2024 07:00:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[isabel mondragon]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/isabel-mondragon</guid><description><![CDATA[HOLOCAUSTO  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Abraham sostuvo un pu&ntilde;al contra la tierna carne de su hijo mientras las l&aacute;grimas se deslizaban por sus mejillas. En la primera Pascua pintaron con sangre de cordero los dinteles israelitas. Pero Moloch prefiere los ni&ntilde;os. Cuando ten&iacute;a siete a&ntilde;os no laceraron mi carne ni se protegieron casas con mi sangre. Moloch nunca me dijo qu&eacute; deb&iacute;a expiar, s&oacute;lo me arrastr&oacute; hacia u [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><font size="4"><strong>HOLOCAUSTO</strong></font><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Abraham sostuvo un pu&ntilde;al contra la tierna carne de su hijo mientras las l&aacute;grimas se deslizaban por sus mejillas. En la primera Pascua pintaron con sangre de cordero los dinteles israelitas. Pero Moloch prefiere los ni&ntilde;os. Cuando ten&iacute;a siete a&ntilde;os no laceraron mi carne ni se protegieron casas con mi sangre. Moloch nunca me dijo qu&eacute; deb&iacute;a expiar, s&oacute;lo me arrastr&oacute; hacia una habitaci&oacute;n oscura asiendo mi bracito con las manos huesudas y repletas de argollas. Si me hubieran sacrificado a Dios, no me hubiera sentido tan sucia, ni hubieran adornado los pechos fl&aacute;cidos de Moloch con guirnaldas de flores.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:35.593220338983%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/isabel-mondrag-n_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:64.406779661017%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>ISABEL MONDRAG&Oacute;N</strong> (Madrid, Espa&ntilde;a, 2005). Estudia Derecho. Ha publicado art&iacute;culos en <em>Filosof&iacute;a &amp; Co</em> y <em>Can&iacute;baal</em> bajo pseud&oacute;nimo. Tiene el h&aacute;bito enfermizo de acaparar libros y cuadernos.<br /><br></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[GUIDO SCHIAPPACASSE]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/guido-schiappacasse]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/guido-schiappacasse#comments]]></comments><pubDate>Thu, 27 Jun 2024 10:00:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[guido schiappacasse]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/guido-schiappacasse</guid><description><![CDATA[VIDAS SOBRE RUEDAS  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La lluvia que pronosticaron los meteor&oacute;logos en el matinal deber&iacute;a haber sido tan solo una gar&uacute;a. &iexcl;Qu&eacute; equivocados estaban! Un aguacero a baldadas ca&iacute;a sobre el puerto, una lluvia torrencial sobre mar y tierra, que junto con una ventolera endemoniada castigaba a la ciudad portuaria, con un ah&iacute;nco como no se ve&iacute;a desde hac&iacute;a tres d&eacute;cadas.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">VIDAS SOBRE RUEDAS</font></strong><br /></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La lluvia que pronosticaron los meteor&oacute;logos en el matinal deber&iacute;a haber sido tan solo una gar&uacute;a. &iexcl;Qu&eacute; equivocados estaban! Un aguacero a baldadas ca&iacute;a sobre el puerto, una lluvia torrencial sobre mar y tierra, que junto con una ventolera endemoniada castigaba a la ciudad portuaria, con un ah&iacute;nco como no se ve&iacute;a desde hac&iacute;a tres d&eacute;cadas.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El tranv&iacute;a iba atrasado en su recorrido nocturno. As&iacute; el Sapo se lo hab&iacute;a hecho saber al chofer hac&iacute;a cuatro paradas; un mozalbete con cara y hocico de batracio que ten&iacute;a por ocupaci&oacute;n la de pararse en la esquina, aqu&iacute; y por doquier, e informar al conductor del transporte p&uacute;blico de c&oacute;mo estaba resultando su recorrido.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &laquo;Debo <em>meterle chala</em> al acelerador, o perder&eacute; a los pasajeros de los pr&oacute;ximos paraderos &mdash;gru&ntilde;&oacute; el Chueco Monsalve para sus adentros, conductor tan diestro como experimentado en el manejo de este transporte el&eacute;ctrico&mdash;. Ahora que el concejo municipal me quit&oacute; el sueldo base tengo que rendir m&aacute;s que nunca, mi salario y el sost&eacute;n de mi familia dependen solamente del escu&aacute;lido porcentaje que me dan por cada boleto cortado. &iexcl;Miserables, pronto m&aacute;s lucrativo ser&aacute; arrendar un beb&eacute; y poner a mi mujer con el infante a pedir limosna frente a la catedral!&raquo;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras al Chueco, con sus pies torcidos a consecuencia de haber sufrido de poliomielitis, lo inundaba un caudal de improperios y un funesto reflexionar, puso la bota sobre el acelerador a todo lo que daba su ira contenida. En verdad, no se dio cuenta de que a&uacute;n no se bajaba por atr&aacute;s una viejecilla de lento deambular. Tal vez no la vio por el empa&ntilde;ado retrovisor, la tormenta nubl&oacute; su pensar, o quiz&aacute;s sus reflejos se anquilosaron con el fr&iacute;o nocturno. Lo cierto fue que la anciana qued&oacute; con su cuerpo suspendido en el aire, fue a caer sobre el pavimento mojado y una de sus piernas fue arrollada por la rueda trasera del transporte municipal.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Ocurri&oacute; que este fat&iacute;dico accidente mucho conmocion&oacute; a los buenos ciudadanos del muelle, porque la abuela perdi&oacute; su extremidad inferior y casi la vida. Adem&aacute;s, estaba sola en el mundo porque sus hijos dirigieron sus pasos hacia un pa&iacute;s de habla yanqui, olvidando a la desafortunada, a la cual, y a su pa&ntilde;uelo lleno de l&aacute;grimas, simplemente dejaron atr&aacute;s. Y como esta noticia retumb&oacute; por el embarcadero, el ayuntamiento tuvo desde aquel d&iacute;a que hacerse cargo de la manutenci&oacute;n de la anciana y al siguiente amanecer, despedir a Monsalve.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hoy, este infortunado, tras pasar un tiempo tras las rejas, es conductor de una funeraria.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Te juro que tengo mucho kilometraje en esto de manejar veh&iacute;culos. Nunca antes hab&iacute;a tenido un accidente. &mdash;Se defendi&oacute; el Chueco de un colega de lengua viperina, mientras almorzaban en su nuevo trabajo&mdash;. Tampoco hab&iacute;a bebido, el informe de carabineros dio cuenta de eso.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su interlocutor esboza una sonrisita ir&oacute;nica a trav&eacute;s de sus labios, finos en demas&iacute;a si se considera su enorme boca, que s&oacute;lo palabras con intenciones desviadas y de mal decir profiere de los otros. Puede ser que de su mal hablar hizo una rutina y nada m&aacute;s que aquello.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/bf28029c1238f497dba57e8f58474002_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;No es rentable mantener el servicio de los trolebuses&raquo;</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;S&oacute;lo espero que cuando la vieja sin pierna y con muletas, porque estoy seguro de que as&iacute; la dej&eacute;, requiera de un m&oacute;vil para dirigirse a su &uacute;ltima morada, sea yo el que conduzca la carroza f&uacute;nebre. As&iacute; le har&eacute; un favor y por fin estaremos a mano. &mdash;Ese fue el poco cuerdo divagar del Chueco, porque mucho le afect&oacute; este cruce de la vida por el que le toc&oacute; conducir.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Solo unos meses despu&eacute;s, tres figuras, muy distintas la una de la otra, se bajaron de un lujoso autom&oacute;vil municipal en la esquina donde acaeci&oacute; esta desventura.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Como ustedes saben, econ&oacute;micamente no es rentable mantener el servicio de los trolebuses, las cuentas no cierran ni ajustan, esto significa para el municipio una pesada carga econ&oacute;mica &mdash;expres&oacute; con tono melanc&oacute;lico el alcalde, muy joven en edad para su puesto, sin embargo, elegido por abrumadora mayor&iacute;a por los habitantes del puerto.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Pero este bien p&uacute;blico es parte del acervo cultural de la ciudad &mdash;apunt&oacute; el secretario, sin bien diminuto en estatura, de agigantada verborrea en su adulador hablar cuando sus palabras se dirig&iacute;an al jefe alcaldicio.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Es cierto. El muelle es patrimonio de la humanidad, as&iacute; lo declar&oacute; la Unesco. Y los tranv&iacute;as son parte del esp&iacute;ritu del puerto &mdash;el joven alcalde continu&oacute; su decir iluminado por la inspiraci&oacute;n.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Pese a ello, este transporte p&uacute;blico es lento y no puede llegar a los cerros que rodean el fondeadero. &iexcl;No es pr&aacute;ctico!, Guti&eacute;rrez, hay que modernizarse. &mdash;De esa forma el concejal que gustaba de las utilidades que s&oacute;lo pueden dar el buen entendimiento del libre mercado, dirigi&oacute; su malestar al secretario. No se atrevi&oacute; a oponerse de frente al gobernador municipal.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Se&ntilde;or Mackenna, esta visita a terreno no nos pondr&aacute; de acuerdo y tal vez nada en el mundo lo conseguir&aacute;. &mdash;La mirada y la voz del alcalde interpelaron de frente al concejal Mackenna, este &uacute;ltimo rehuy&oacute; mirar a la cara a su interlocutor; pero luego, tom&oacute; aliento, infl&oacute; con arrojo sus pulmones y respondi&oacute; con un impostado vozarr&oacute;n:<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Y qu&eacute; me dice del accidente que ocurri&oacute; tan s&oacute;lo hace unos pocos meses?, &iquest;no es raz&oacute;n suficiente para terminar con el servicio de trolleys? Se&ntilde;or alcalde, su popularidad bajar&aacute; y no tiene a sus espaldas un apellido ni familiares de abolengo, los cuales puedan llevarlo al &eacute;xito en una futura aventura en las urnas. &mdash;Con sarcasmo y malicia el concejal espolone&oacute; al alcalde y, esta vez, embisti&oacute; a su rival pol&iacute;tico sin tapujos. Ya estaba cansado de la prudencia en su discursear que siempre le aconsejaba su partido.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Guti&eacute;rrez se hizo m&aacute;s peque&ntilde;o a&uacute;n ante la inminente trifulca, la mirada del burgomaestre centelle&oacute; en abismo de c&oacute;lera contenida, la vista de Mackenna se escud&oacute; y se dispuso a la batalla. Y esta gresca de hirientes palabras se hubiese producido si la buenaventura no hubiese permitido que una madre pasease por ese lugar y en ese momento, tirando de un coche con su beb&eacute; reci&eacute;n nacido.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;C&oacute;mo est&aacute;, se&ntilde;or alcalde? Estimado concejal, es un gusto verlo tan lozano. &mdash;Se detuvo la ciudadana a saludar a sus autoridades, como dicta la buena costumbre.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Muy bien, mi estimada. Aqu&iacute; estamos, poni&eacute;ndonos de acuerdo sobre un asuntito sin mayor importancia &mdash;se apresur&oacute; a contestar el concejal, quit&aacute;ndole al regidor las palabras de la boca.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;La felicito por su reto&ntilde;o. No se preocupe, en seis meses m&aacute;s se reunir&aacute; el concejo municipal y resolver&aacute; este dilema. &iexcl;Que tenga un excelente d&iacute;a! &mdash;Con una venia se despidi&oacute; el alcalde y con un sutil gesto orden&oacute; a sus acompa&ntilde;antes subir al veh&iacute;culo que los esperaba apostado en las inmediaciones.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El troleb&uacute;s sigui&oacute; durante ese semestre recorriendo, de punta a cabo, el plan del puerto. Sus ruedas destartaladas siguieron transitando sobre rieles incrustados en hist&oacute;rico pavimento, siempre colg&aacute;ndose del tendido el&eacute;ctrico, pese a la molestia de una que otra ave. All&iacute; las muy emplumadas buscaban reposo y no pod&iacute;an encontrarlo, por culpa de cada pasar de aqu&iacute; para all&aacute; de este impertinente transporte.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un guardiamarina retirado tom&oacute; el puesto del Chueco Monsalve, el concejo alcaldicio lo eligi&oacute; para esta labor en vista de su impecable hoja de servicios en la armada. Adem&aacute;s, el postulante a conductor municipal ten&iacute;a muy buena vista y era observador en demas&iacute;a. As&iacute;, pudo percatarse de que, en las primeras horas de la ma&ntilde;ana, se sub&iacute;an al transporte regularmente los mismos pasajeros. Primero, en las cercan&iacute;as de los embarcaderos, un borracho tomaba el servicio, tambale&aacute;ndose de tanto haber bebido y bailado la noche anterior, en decadente vaiv&eacute;n con las mujeres de vida poco santa de las casas de mala reputaci&oacute;n. Luego, se sub&iacute;a un var&oacute;n cuarent&oacute;n de larga figura y viejo abrigo, tan oscuro como deshilachado, que le llegaba hasta las rodillas. De faz puntiaguda y p&oacute;mulos salidos, barba casta&ntilde;a bien cuidada y orgulloso anillo de matrimonio que siempre luc&iacute;a con arrogancia. Tal vez, porque iba acompa&ntilde;ado por una atractiva y joven moza, de mirada picaresca, junto a la que se sentaba, y a la que siempre presentaba como su mujer. Una cuadra m&aacute;s all&aacute;, tomaba el bien p&uacute;blico un buen mozo jovenzuelo de pelo rubio como el trigo y ojos azules como el mar. Aquel siempre hac&iacute;a posesi&oacute;n del asiento paralelo a los de la pareja. Con animada ch&aacute;chara el mozuelo conversaba con este hombre y su esposa y del viaje no sent&iacute;an malestar, pese a las torceduras de los rieles por los que pasaba el m&oacute;vil en su transitar por la ciudad. Tan s&oacute;lo en el siguiente paradero, un joven poeta se arrimaba al tranv&iacute;a y siempre se sentaba en el &uacute;ltimo asiento. Desde all&iacute; ten&iacute;a una vista panor&aacute;mica y al parecer tomaba nota con l&aacute;piz y papel del acaecer de su entorno dentro del transporte, registrando hasta el m&aacute;s m&iacute;nimo detalle. Cerca de la universidad un estudiante de Medicina, siempre atrasado, corr&iacute;a con aliento entrecortado para tomar el servicio; y siempre se acomodaba cerca de una muchacha de unos dieciocho a&ntilde;os que cursaba el &uacute;ltimo a&ntilde;o de ense&ntilde;anza secundaria.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/2542_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Sus ruedas destartaladas siguieron transitando&raquo;</div> </div></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/vagonjaula_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Esta &uacute;ltima se bajaba en la avenida Argentina y a su escuela dirig&iacute;a su danzante caminar. Entonces, el futuro galeno, que mucho la miraba con disimulo, tambi&eacute;n abandonaba el m&oacute;vil. Cosa extra&ntilde;a, el universitario nunca se bajaba en el paradero anterior, que sin duda le hubiese sido m&aacute;s c&oacute;modo para llegar a su destino de todas las ma&ntilde;anas. El joven, tras ver por un &uacute;ltimo instante como la moza se alejaba de su vista y sin intentar decir palabra, solo entonces recordaba que iba atrasado y a paso veloz dirig&iacute;a su carrera hacia su lugar de estudios en el hospital Carlos van Buren, contra los minuteros del reloj, como era su usanza habitual.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El guardiamarina, uno de esos d&iacute;as, reconoci&oacute; al borrach&iacute;n de nariz tomatada y p&oacute;mulos rojo bermell&oacute;n.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &laquo;&iquest;Si no es el cabo S&aacute;nchez?, &iexcl;claro que es &eacute;l!, pero de andar m&aacute;s zigzagueante, todo colorado por el trago y m&aacute;s viejo. Era enfermero naval. Tuvo que haberse jubilado &mdash;as&iacute; pens&oacute; para sus adentros el chofer del troleb&uacute;s; sin embargo, al abrirse la puerta delantera del m&oacute;vil y subir el cabo por la escalera, este conductor nada le dijo. Luego, el guardiamarina continu&oacute; rememorando para s&iacute; mismo&mdash;: Pues claro, ahora recuerdo bien. Este cabo, tras dos guardias nocturnas seguidas en la urgencia, seguramente por cansancio, vino a equivocar la dosis de administraci&oacute;n de un medicamento. Las consecuencias fueron fatales para el pobre paciente. Tras el sumario se le dio de baja con deshonor, aunque se le conserv&oacute; la pensi&oacute;n. Por eso este S&aacute;nchez cay&oacute; tan bajo&raquo;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; S&aacute;nchez, como era su costumbre, se puso a tararear y cant&oacute; como siempre la misma historia. A los otros pasajeros no los importunaba su sonata, porque cada uno iba preocupado de lo suyo y un ebrio cantor m&aacute;s no era infrecuente en el puerto. Y su prosa se transformaba en melod&iacute;a, una que versaba sobre una mujer soltera que no ten&iacute;a apoyo y que tom&oacute; el tranv&iacute;a, estando en trabajo de parto y con fuente rota y l&iacute;quido desparram&aacute;ndose, porque no pudo encontrar un taxi temprano en aquella ma&ntilde;ana, hac&iacute;a dos a&ntilde;os atr&aacute;s.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Recu&eacute;stese en el pasillo, la asistir&eacute;! No se preocupe, soy enfermero y con este susto ya me despej&eacute; &mdash;dijo el cabo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iexcl;Dios m&iacute;o! Un borrach&iacute;n me quiere ayudar. &mdash;La mujer no ofreci&oacute; m&aacute;s resistencia, los dolores de vientre eran muy intensos, adem&aacute;s, el neonato ya ven&iacute;a y su cabeza asomaba entre los gl&uacute;teos de su madre.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El Chueco Monsalve, que hac&iacute;a dos a&ntilde;os a&uacute;n era el conductor de este m&oacute;vil, par&oacute; el veh&iacute;culo, abri&oacute; la puerta y se puso a gritar como desaforado. Record&oacute; que un estudiante de Medicina se sub&iacute;a m&aacute;s all&aacute; y, por ende, en este momento no podr&iacute;a socorrerlos. Entonces, vio en la esquina a un carabinero y lo llam&oacute;. El uniformado raudamente pidi&oacute; colaboraci&oacute;n por su radio, subi&oacute; al trolley y ayud&oacute; al enfermero a asistir a la parturienta.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;El beb&eacute; no llora y est&aacute; azulado, tiene el cord&oacute;n puesto en el cuello &mdash;exclam&oacute; el polic&iacute;a con congoja.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Tome firme el cord&oacute;n, yo lo cortar&eacute; con mi cuchillo. &mdash;El cabo siempre tra&iacute;a su arma blanca consigo, no por nada se entremezclaba con maleantes en los burdeles visitados y, pese a ello, siempre hab&iacute;a conseguido ver un d&iacute;a m&aacute;s.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; As&iacute; se hizo, y el reci&eacute;n nacido les regal&oacute; un solo chillido que los dej&oacute; casi sordos y les ofreci&oacute; sus mejillas que r&aacute;pidamente se pusieron rojizas y sanas. Afortunadamente, todo sali&oacute; bien, lleg&oacute; la ambulancia del hospital Van Buren y en buena hora se complet&oacute; la asistencia.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De esta forma, S&aacute;nchez concluy&oacute; su recordar entre bemoles y sostenidos, luego se ech&oacute; en su asiento y se puso a &laquo;dormir la mona&raquo;, muy satisfecho de su buen e intr&eacute;pido obrar de hac&iacute;a un par de a&ntilde;os, entremedio de estas mismas latas y sobre estas mismas ruedas...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En los meses que quedaban para que las autoridades decidiesen si los tranv&iacute;as segu&iacute;an circulando, el guardiamarina not&oacute; que de la tripulaci&oacute;n de la nave faltaban dos marineros.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Efectivamente, el hombre de esbelta figura y abrigo m&aacute;s negro que nunca, en el paradero de siempre tom&oacute; el m&oacute;vil, con su rostro sombr&iacute;o, con barba ahora descuidada y mal podada, sin el reluciente anillo en su mano izquierda y sin la compa&ntilde;&iacute;a de su mujer de vivaz y p&iacute;cara mirada. Tampoco, en la siguiente estaci&oacute;n, el mozuelo de ojos marinos y cabellos de oro volvi&oacute; a tomar el transporte.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se dice que el trovador que se acomoda en los asientos de atr&aacute;s pudo o&iacute;r, de las conversaciones pret&eacute;ritas de este tr&iacute;o, que el Flaco Varela era un eminente catedr&aacute;tico del departamento de Filosof&iacute;a de la universidad y que su f&eacute;mina, a su vez, laboraba como secretaria en la misma instituci&oacute;n. El tercero en cuesti&oacute;n era su alumno preferido de posgrado, al que adopt&oacute; en su coraz&oacute;n como hijo y ayud&oacute; en su carrera profesional. Parece que el Flaco &laquo;movi&oacute; los palillos&raquo; y le consigui&oacute; al muchacho un doctorado en una universidad extranjera muy prestigiosa. Quiz&aacute; m&aacute;s de una mirada de complicidad y entendimiento ocurri&oacute; entre el alumno y la mujer del pr&oacute;jimo, pero de esto no se percat&oacute; el Flaco. Tal vez, ahora los tortolitos andan en el extranjero, el uno especializ&aacute;ndose y la otra de amante colgada a su cuello y acariciando con los dedos como peines sus dorados y varoniles cabellos.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/supongo-que-me-seguir-s-acompa-ando_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">&laquo;Supongo que me seguir&aacute;s acompa&ntilde;ando...&raquo;</div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A poco de cumplirse el plazo establecido para conocerse la sentencia sobre este antiguo transporte y su incierto futuro, hubo una ma&ntilde;ana en que una neblina m&aacute;s densa de lo habitual, nacida en altamar y tra&iacute;da por el viento del puerto, se pos&oacute; sobre el plan de la ciudad.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al guardiamarina de nada le sirvi&oacute; su vista de &aacute;guila porque esta no pudo traspasar la bruma ni tampoco ver al autom&oacute;vil que iba conducido contra el tr&aacute;nsito por enajenado y drogado muchacho; y pese a que el chofer pis&oacute; el freno del troleb&uacute;s, el choque acaeci&oacute;. El muchacho desquiciado, conductor del otro veh&iacute;culo, muri&oacute; de forma instant&aacute;nea. Su cabeza quebr&oacute; el parabrisas de su autom&oacute;vil y sali&oacute; disparado cual proyectil, no ten&iacute;a puesto el cintur&oacute;n. A una cuadra fue a dar su cuerpo y su cr&aacute;neo se convirti&oacute; en un rompecabezas de huesos y sesos desparramados en la calzada.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por fortuna o gracia, v&aacute;yase a saber, el conductor y casi todos los pasajeros del tranv&iacute;a, tras el griter&iacute;o inicial, resultaron s&oacute;lo con contusiones leves. Repuesta la calma en el interior del m&oacute;vil, los tripulantes se percataron de que la muchacha escolar estaba estirada en el piso del pasillo. Sus labios se hab&iacute;an puesto cian&oacute;ticos, sus ojos se hab&iacute;an desencajados e intentaban abandonar sus cuencas, su respirar se hab&iacute;a vuelto jadeante y dificultoso, y sudores salinos hab&iacute;an empa&ntilde;ado su frente.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El estudiante de Medicina brinc&oacute; r&aacute;pidamente y fue hacia ella. La observ&oacute;, desat&oacute; el nudo de la corbata de su uniforme escolar, desaboton&oacute; su camisa y puso la oreja sobre su amoratado torso; sin embargo, no pudo o&iacute;r ning&uacute;n murmullo en uno de sus pulmones. Mir&oacute; a la ventana que lindaba con el asiento de la moza, un vidrio se hab&iacute;a roto perforando el pulm&oacute;n de su amor plat&oacute;nico.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Ay&uacute;dame, t&uacute;, el partero!<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; S&aacute;nchez, a quien con los golpes que hab&iacute;a recibido se le hab&iacute;a ido su borrachera habitual, presuroso asisti&oacute; al educando universitario.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Tiene un neumot&oacute;rax a tensi&oacute;n! &iquest;Qui&eacute;n tiene un l&aacute;piz Bic? &mdash;el aprendiz de m&eacute;dico se expres&oacute; con voz pose&iacute;da por el miedo a perder lo adorado.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El juglar, pese a estar casi paralizado por el susto y los machucones que mucho le dol&iacute;an, se incorpor&oacute; del &uacute;ltimo asiento del m&oacute;vil, sac&oacute; de su chaqueta lo solicitado y se lo ofreci&oacute; al muchacho que por nombre ten&iacute;a el de Gerardo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Conductor, no se quede ah&iacute; parado y llame a la ambulancia, est&aacute; cerca el hospital Van Buren &mdash;Gerardo nada m&aacute;s dijo y con valor heroico, en brazos de las fantas&iacute;as del amor que s&oacute;lo conoce un adolescente sin esp&iacute;ritu desviado ni malicioso, en el segundo espacio intercostal de la joven, en su l&iacute;nea medioclavicular, enterr&oacute; el bol&iacute;grafo e insert&oacute; del mismo el tubo de vidrio.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iexcl;Demasiado tarde!, los ojos de la muchachita se apagaron, se cerraron sus labios y sin m&aacute;s, se negaron a respirar. Su faz se puso amoratada, su coraz&oacute;n ya no pudo seguir latiendo y la vida la abandon&oacute;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &iexcl;Beatriz, no me dejes! &mdash;Gerardo le implor&oacute; en un alarido que hizo temblar hasta a las tuercas, alambres y aceites del malogrado troleb&uacute;s.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En verdad, nadie sab&iacute;a el nombre de la muchacha, as&iacute; la hab&iacute;a bautizado este estudiante en sus febriles e ingenuas enso&ntilde;aciones.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A lo mejor, s&oacute;lo el amor sincero puede lo que ya no es posible, porque el aire escap&oacute; a raudales de su prisi&oacute;n en el t&oacute;rax de la moza, el coraz&oacute;n de la jovenzuela volvi&oacute; de su sue&ntilde;o, un suspiro escap&oacute; de sus labios, sus ojos de nuevo se iluminaron y la vida volvi&oacute; a ella.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Con coraz&oacute;n latiente de nuevo, h&aacute;lito renovado y ojos de estrellas nacientes, ella cruz&oacute; una primera mirada con su rescatador. Este le devolvi&oacute; la vista con ternura que se escap&oacute; de sus ojos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lleg&oacute; la ambulancia, traslad&oacute; a la joven con prontitud al hospital y su recuperaci&oacute;n fue veloz en manos de su &aacute;nimo jovial...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y concluy&oacute; el tiempo y venci&oacute; el plazo. En el sal&oacute;n de reuniones de la municipalidad porte&ntilde;a se reunieron el alcalde y los concejales. La gran mayor&iacute;a de ellos no estaban de acuerdo con permitir que continuase esta locura de trolleys viejos y que, adem&aacute;s, provocaban accidentes. No era un negocio rentable para el ayuntamiento y poca utilidad prestaban al transporte p&uacute;blico. Se sopes&oacute; todo ello. Se discuti&oacute; todo aquello. El alcalde, con su juvenil estampa, ya estaba por &laquo;tirar la toalla&raquo; y pedir que se votase de una vez por todas. Hab&iacute;a perdido la contienda, as&iacute; lo hab&iacute;a entendido el burgomaestre.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un hombrecillo entr&oacute; corriendo a la sala, olvidando sin m&aacute;s el protocolo, y le estir&oacute; la diestra a su merced que a&uacute;n estaba sobre el estrado; el secretario ten&iacute;a en su mano un manojo de papeles.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Guti&eacute;rrez, &iquest;qu&eacute; significa esta intromisi&oacute;n? &mdash;El alcalde, sin buenos modales y a &laquo;grito pelado&raquo;, le llam&oacute; la atenci&oacute;n a su asistente.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Jefe, concejales, tienen las puertas y ventanas cerradas, por eso no pueden o&iacute;r el barullo que se ha formado all&aacute; afuera. Los porte&ntilde;os se han reunido espont&aacute;neamente frente a las puertas de la alcald&iacute;a exigiendo con consignas unos, otros con c&aacute;nticos, los m&aacute;s con panderetas y panfletos, que no se vete el servicio que los tranv&iacute;as prestan a la comunidad.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El alcalde tom&oacute; el folio que su ayudante le ofreci&oacute;. Era el peri&oacute;dico <em>El Mercurio</em>. En su p&aacute;gina central, el editor hab&iacute;a publicado los escritos del poeta del troleb&uacute;s, versos que en forma no tan magistral y con torpe rima narraban las historias que el trovador, en sus viajes en este servicio, vio, oy&oacute; y conoci&oacute;. Tras un instante, el gobernador del municipio pidi&oacute; silencio y ley&oacute; con emotiva voz lo que all&iacute; estaba escrito. Los concejales escucharon con respeto. Tal vez, la poco pulcra m&eacute;trica del juglar lleg&oacute; a sus interiores. Quiz&aacute;, el pueblo afuera se inflam&oacute; en sus corazones con los c&aacute;nticos del poeta y expres&oacute; su voluntad, so pena de provocar un nuevo estallido social de no ser escuchada su demanda. A lo mejor, de votar en contra de los trolleys, s&iacute;mbolos del alma porte&ntilde;a, reflejo de las venturas y desventuras del puerto, estos pol&iacute;ticos debiesen olvidarse de sus carreras porque no obtendr&iacute;an muchos votos en futuras elecciones.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lo cierto es que la votaci&oacute;n fue un&aacute;nime. Los tranv&iacute;as seguir&iacute;an surcando las calles de la centenaria ciudad que el mar acaricia en un ir y venir de buques y vapores, de ascensores de m&uacute;ltiples colores y cerros que brotan por doquier...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; El guardiamarina recibi&oacute; su nueva nave. Un m&oacute;vil con aroma a nuevo entremezclado con la esencia de lo vetusto, pulcro y en perfecto funcionamiento. Feliz, de madrugada, se dispuso a realizar su diario recorrido con la esperanza de recuperar a su tripulaci&oacute;n. Y as&iacute;, abri&oacute; la puerta del tranv&iacute;a por vez primera esa ma&ntilde;ana. Subi&oacute; el cabo S&aacute;nchez, menos ebrio que de costumbre. De &eacute;l se dice que se prometi&oacute; a s&iacute; mismo pedir ayuda y dejar el vicio; es m&aacute;s, ahora busca a una buena mujer que lo acompa&ntilde;e en su historieta.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; M&aacute;s all&aacute;, el Flaco Varela escal&oacute; los pelda&ntilde;os del troleb&uacute;s, a&uacute;n pensativo, en solitario y sin su otrora apreciado anillo. Se cuenta que se acomoda en el mismo asiento y que por la ventana mira de forma reflexiva; a&uacute;n da clases en la universidad.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &laquo;Jam&aacute;s volver&eacute; a ayudar a un alumno en demas&iacute;a; y menos, bajo ninguna circunstancia, le presentar&eacute; a mi mujer&raquo;, el Flaco ahora medita para su fuero interno, todos los d&iacute;as, mientras se dirige a su trabajo. Ese es, de hoy en adelante, el lema de su vida.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Dos estaciones despu&eacute;s, el poeta de un salto se arrim&oacute; al transporte. Ahora era un artista reconocido y una editorial le solicit&oacute; una versi&oacute;n ampliada de <em>Vidas sobre ruedas</em>, su obra que tanto lleg&oacute; al sentir del porte&ntilde;o. Para ello ha indagado, con la nariz de un perro sabueso, en las historias del trolley. Ha descubierto que el Chueco Monsalve, quiz&aacute; por obra de la bienaventuranza, condujo rumbo al cementerio el m&oacute;vil que transport&oacute; los restos mortales de la viejuna de pierna faltante. Al parecer, solo entonces se puso en la buena con la poco afortunada y ahora est&aacute; en paz consigo mismo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Gerardo a punto est&aacute; de terminar la carrera. Sigue subiendo al servicio... Cuando se trep&oacute; al nuevo m&oacute;vil, vio a su &aacute;nima y como siempre lo invadi&oacute; el temor. Se sent&oacute; m&aacute;s lejos de ella que de costumbre, pero desde donde pudiese observarla, como siempre lo hab&iacute;a hecho.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Por qu&eacute; no te sientas a mi lado?, el asiento contiguo est&aacute; desocupado. &mdash;Beatriz, o como sea su nombre, lo llam&oacute; con voz angelical. Una voz con m&uacute;sica propia, dulce, suave y discreta; o al menos eso a Gerardo le pareci&oacute;. Acto seguido, el muchacho obedeci&oacute; y se acomod&oacute; a su lado, tratando de vencer su consabida timidez.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Sabes?, me gustar&iacute;a estudiar Medicina. Pero me cuesta que me entre en la cabeza la Biolog&iacute;a. &mdash;La muchachita de uniforme escolar rio de buena gana mostrando sus labios rojos y dientes nacarados&mdash;. &iquest;Me podr&iacute;as ense&ntilde;ar cada ma&ntilde;ana mientras hacemos juntos este viaje? Supongo que me seguir&aacute;s acompa&ntilde;ando, no te fugar&aacute;s, &iquest;verdad?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y la mirada que entrecruzaron Gerardo y Beatriz, cuando ella agonizaba, no fue solo un instante, sino que esa ilusi&oacute;n se volvi&oacute; a presentar este d&iacute;a. Y al siguiente amanecer. Y tambi&eacute;n al subsiguiente... Y la mirada entre ambos perdur&oacute; por el resto de sus existencias.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:32.768361581921%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/guido-schiappacasse_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:67.231638418079%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>GUIDO SCHIAPPACASSE</strong> (Vi&ntilde;a del Mar, Chile, 1973). Es m&eacute;dico onc&oacute;logo de profesi&oacute;n. Ha publicado el libro de cuentos <em>Una d&aacute;diva para Luukas</em> (2022) y relatos en revistas literarias como <em>Mal de ojo</em>, <em>Primera p&aacute;gina</em> o <em>Trinando</em>.</div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[RICARDO CANO GAVIRiA]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/ricardo-cano-gavieira]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/ricardo-cano-gavieira#comments]]></comments><pubDate>Mon, 24 Jun 2024 09:30:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[ricardo cano gaviria]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/ricardo-cano-gavieira</guid><description><![CDATA[COLOQUIO EN EL PARA&Iacute;SO  ...&oacute;yote hablar y s&eacute; que te hablo, y no puedo creerlo...  &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No, no fueron buenos sue&ntilde;os los que tuve esa maldita noche. Unos perros del vecindario, unos jodidos perros j&oacute;venes asaltaban un gallinero, haciendo volar plumas y sangre entre ladridos y cacareos, &iquest;y qui&eacute;n puede dudar de que un estr&eacute;pito as&iacute; pone de mal humor a cualquiera? Pero ya despierto, el sol de la ma&nt [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">COLOQUIO EN EL PARA&Iacute;SO</font></strong><br /></div>  <div class="paragraph" style="text-align:right;"><em><font size="1">...&oacute;yote hablar y s&eacute; que te hablo, y no puedo creerlo...</font></em><br /><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No, no fueron buenos sue&ntilde;os los que tuve esa maldita noche. Unos perros del vecindario, unos jodidos perros j&oacute;venes asaltaban un gallinero, haciendo volar plumas y sangre entre ladridos y cacareos, &iquest;y qui&eacute;n puede dudar de que un estr&eacute;pito as&iacute; pone de mal humor a cualquiera? Pero ya despierto, el sol de la ma&ntilde;ana me reconcili&oacute; con el mundo y conmigo mismo. Era un d&iacute;a espl&eacute;ndido, lo reconozco... &iquest;Por qu&eacute; pensar en robos y gallinas masacradas con un sol como ese? Habr&iacute;a que ser demasiado insensible, maldita sea. De modo que despu&eacute;s de beber un poco de agua me dispuse a dar un paseo. Sal&iacute; del patio por la puerta que da al cine del barrio, donde me cruc&eacute; con unos ni&ntilde;os que iban ya al colegio, muy limpios y engominados. Me miraron con curiosidad, en silencio, como si esperaran algo de m&iacute;. Por eso intent&eacute; recordar si los conoc&iacute;a, pero fue imposible... Es lo que le pasa a un viejo como yo. L&aacute;stima: si lo hubiera recordado hubiera podido decirles algo...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Luego, unos metros m&aacute;s adelante, vi que a esa hora estaba ya en el patio de los vecinos ese ni&ntilde;o raqu&iacute;tico que me inspira tanta l&aacute;stima y al que siempre llaman con voz lastimosa Albertico. Pens&eacute; acerc&aacute;rmele para pasar un rato con &eacute;l pero desist&iacute; porque en esa ma&ntilde;ana tan radiante ten&iacute;a miedo de perderme el m&aacute;s m&iacute;nimo detalle. &iexcl;Como si ya supiese que la luz del sol me reservaba esa&nbsp; sorpresa, carajos! Otro d&iacute;a ser&aacute;, pens&eacute; mirando al muchacho con pesar... Compr&eacute;ndelo chico, los viejos tenemos que aprovechar muy bien el tiempo, especialmente en un d&iacute;a como &eacute;ste. No obstante, cuando vi venir aquel grupo de fanfarrones a los que ya otras veces hab&iacute;a visto molestar al pobre Albertico, me plant&eacute; en la esquina, puse cara de pocos amigos, cerr&eacute; la boca y los mir&eacute; fijamente... Casi enseguida los camorristas captaron el mensaje y se piraron por otro camino. Al verlos alejarse, lo confieso, lanc&eacute; un suspiro de alivio. &iquest;Qui&eacute;n puede fiarse de individuos as&iacute;, que enga&ntilde;an de ese modo a sus padres? Salen para la escuela y en el camino, cuando se encuentran, deciden irse a hacer novillos... Sabr&aacute; dios lo que ten&iacute;an planeado ese d&iacute;a, los muy p&iacute;caros. Yo creo que la maldad de los hombres empieza en los ni&ntilde;os: era un pensamiento digno de esa ma&ntilde;ana en que me sent&iacute;a exultante, y lleno de buenos auspicios. Y que ya&nbsp; hab&iacute;a hecho una buena obra fue justo lo que pens&eacute; cuando comprob&eacute; que no quedaba rastro de aquellos demonios...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Continu&eacute; entonces tranquilamente mi marcha, como si aquel trozo del barrio que me sab&iacute;a de memoria no pudiera ofrecerme ya ning&uacute;n otro incidente esa ma&ntilde;ana. Porque hay veces en que uno piensa que ni siquiera el vuelo de una mosca debe estar fuera de lugar... Pero que el m&iacute;o no iba a ser un d&iacute;a as&iacute;, creo que lo intu&iacute; ya cuando, en el &uacute;ltimo patio de la manzana, vi aquel relamido gato, con sus cintas rojas y su pelo peinado como el de un mu&ntilde;eco. Siempre he odiado a los animales de compa&ntilde;&iacute;a, especialmente a los advenedizos, que llegan a un sitio y se instalan en &eacute;l as&iacute; como as&iacute;. No era la primera vez que ve&iacute;a a aquella especie de monigote cursi y presumido, y pens&eacute;, lo juro por dios, que ya hab&iacute;a llegado la hora de pegarle un buen susto... &iexcl;Se me hac&iacute;a la boca agua al verlo ase&aacute;ndose tan tranquilo, a la vista de todo el mundo, en aquella rama florecida, que gravitaba tan solo a unos dos metros del suelo! Pens&eacute; en lo que hubiera hecho de haber sido uno de esos gamberros que van por las calles con sus caucheras, luciendo su buena punter&iacute;a. Despu&eacute;s de apuntarle con cuidado, s&iacute;, le hubiera acertado en el culo a aquel esponjoso gato de mierda.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero qu&eacute; cosas se me ocurren, pens&eacute;, los viejos ya no estamos para esas mandangas. Por eso decid&iacute; seguir mi camino y llegar de una maldita vez hasta el mercado, donde ya hab&iacute;a bastante gente. Fue una buena decisi&oacute;n, pues era un espect&aacute;culo digno de verse. All&iacute; estaba la fruter&iacute;a con sus papayas y sus mangos, la panader&iacute;a y luego la carnicer&iacute;a... Al contemplar en la distancia aquellos filetes rojos, que el carnicero cortaba como si fuesen de mantequilla, la boca se me hac&iacute;a otra vez agua, lo confieso. El se&ntilde;or Montalvo, el nuevo carnicero, cantaba y al ritmo de los movimientos de su mano los trozos saltaban al papel y luego del papel a la balanza, cuya aguja roja bailoteaba un momento y luego se paraba. Dos kilos de solomillo para el humano dichoso que ese mediod&iacute;a al almuerzo se zampar&iacute;a su filete. &iquest;Qui&eacute;n ser&iacute;a el afortunado? Me esforc&eacute; en mirar desde lejos; no quer&iacute;a pasar la calle, pues desde mi sitio se dominaba mejor el conjunto... S&iacute;, era para el se&ntilde;or Di Magio, aquel argentino que hablaba con acento cantar&iacute;n, como en las milongas y los tangos. All&iacute; estaba su mujer, repas&aacute;ndose el peinado mientras esperaba el paquete, ya que seguramente se estaba viendo reflejada en el cristal del mostrador. Porque quiero dejar claro que mi barrio era un buen barrio, donde la gente iba bien arreglada, y com&iacute;a estupendamente, mucho mejor que en el Cerrito, la barriada de la colina, donde abundaban los tipos desgre&ntilde;ados y en las carnicer&iacute;as iban y ven&iacute;an los huesos de los m&aacute;s pobres... &iquest;Es que alg&uacute;n pendejo ignora todav&iacute;a que en el mundo hay de todo, incluso gente con tan poca imaginaci&oacute;n que se conforma con huesos, para hacer caldo de huesos? Nosotros los viejos sabemos algo de todo eso, no en vano hemos pasado toda la vida observando y aprendiendo. Por ejemplo, en nuestro barrio casi nunca se ve&iacute;a a gente de piel mestiza y negritos como esos que solo saben meterse con los que no se les parece. Pero los extranjeros y los blancos son siempre muy considerados con los dem&aacute;s, y m&aacute;s a&uacute;n con los viejos como yo, a los que con frecuencia sonr&iacute;en y acarician...<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:53.531073446328%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/cl-ppal-gustavedore-efemerides-divinacomedia_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Gustave Dor&eacute;</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:46.468926553672%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/gustave-dore-divinacomedia-infierno-wmagazin_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Gustave Dor&eacute;</div> </div></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; En eso, y hablando de extranjeros, al mirar hacia la otra esquina vi a la se&ntilde;ora Ranicki, rozagante y sonriente. Llevando una peque&ntilde;a cesta de mimbre se dirig&iacute;a hacia el mercado, siempre tan recatada, luciendo uno de esos vestidos que incluso en verano la cubr&iacute;an hasta el codo. Creo que hab&iacute;a descubierto la causa de su forma de vestir la tarde en que la vi subirse la manga izquierda y mirarse aquella cosa oscura en el antebrazo: no era una mancha, no, sino una especie de tatuaje. Como yo estaba descansando tras los setos a unos pocos metros, sin que ella me descubriera, pude verlo con toda claridad... Era un n&uacute;mero m&aacute;s largo que un padrenuestro, lo juro por dios, y estaba precedido por un peque&ntilde;o tri&aacute;ngulo. Yo nunca hab&iacute;a visto algo as&iacute; en mi vida. Por eso pens&eacute; que se trataba de una persona muy especial y cuando se pon&iacute;a a mi alcance me quedaba mir&aacute;ndola como un idiota, que era lo que hac&iacute;an los vagos en las esquinas, sin atreverse a piropearla como hac&iacute;an con las otras mujeres.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La se&ntilde;ora Ranicki no ten&iacute;a hijos, estaba casada con un tipo siempre ensombrerado que a veces, cuando se emborrachaba, manten&iacute;a consigo mismo, en el parque, complicados di&aacute;logos en otro idioma, hasta que ella ven&iacute;a a buscarlo. Se iba a casa con su borracho y yo los ve&iacute;a alejarse tambaleantes bajo la luz del atardecer, y a veces incluso los segu&iacute;a de cuadra en cuadra hasta la casita con jard&iacute;n donde viv&iacute;an. Los dos hab&iacute;an venido de fuera y hab&iacute;an organizado su vida all&iacute;... Un d&iacute;a, al pasear por la calle paralela, descubr&iacute; que en la parte trasera de la casa ten&iacute;an una ventana donde varias veces la vi contemplando el horizonte. Ella miraba y mirada, y yo me preguntaba sobre lo que hab&iacute;an visto esos ojos que se abismaban tanto en la lejan&iacute;a, unos ojos tristes y azules... Que muchas cosas pueden leerse en los ojos y en la forma de mirar fue algo que aprend&iacute; de los seres humanos. No cab&iacute;a duda de que la se&ntilde;ora Ranicki era a su edad una mujer muy hermosa, tan hermosa como Nefertiti, si Nefertiti hubiera tenido ojos azules. Lo digo yo, que en mi jodida juventud llev&eacute; una vida disipada, una vida que fue la desgracia de varias hembras. A veces se me acerca uno que tiene toda la pinta de ser hijo m&iacute;o... &iexcl;Si, seguro es hijo m&iacute;o!, me digo a m&iacute; mismo. S&iacute;, un condenado mal padre, eso es lo que soy...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Una de las &uacute;ltimas veces en que me cruc&eacute; con la se&ntilde;ora Ranicki me dedic&oacute; una dulce sonrisa, como casi siempre hac&iacute;a, para mi desgracia, pues lo que yo deseaba era que me tocara con la mano, y casi enseguida se encontr&oacute; con una de las damas m&aacute;s encopetadas del barrio, de cuya mano pend&iacute;an las cadenas de dos cachorros muy relamidos que miraban aqu&iacute; y all&aacute; agitando la cola. Las dos se pusieron a hablar y yo aprovech&eacute; para escucharlas. Entonces la dichosa propietaria de los perritos le dijo que una amiga suya se los hab&iacute;a regalado, y que a&uacute;n le quedaban dos... &ldquo;&iexcl;A lo mejor podr&iacute;a venderme uno!&rdquo; dej&oacute; caer la se&ntilde;ora Ranicki agach&aacute;ndose para coger uno de los dos cachorrillos. &ldquo;Es posible&rdquo;, dijo la otra, &ldquo;esta misma tarde la llamar&eacute;&rdquo;. Pocos d&iacute;as despu&eacute;s la vi pasear con su perrito... Parec&iacute;a feliz. Pero al verla me sent&iacute; decepcionado, lo confieso, de que un bicho con pelos y patas transformase de tal modo a un ser humano. &iexcl;Pues vaya si en mi vejez no sabr&eacute; que un perro es mucho menos que un ser humano, sin contar con que los perros peque&ntilde;os tienden a ser como los gatos: cursis y relamidos!... &iexcl;Qu&eacute; manera de tapar la caca! &iexcl;Solo mirarlo da asco!...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De pronto me percat&eacute; de que la se&ntilde;ora Ranicki se hab&iacute;a esfumado de mi vista, seguramente porque habi&#769;a entrado en el mercado.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Con tantas cabezas como las que iban y ven&iacute;an entre los puestos me fue imposible reconocerla. Ahora ya no me quedaba m&aacute;s que seguir hasta el parque, que fue precisamente lo que hice, incluso con cierta precipitaci&oacute;n, pues comenzaba a sentirme cansado. Luego eleg&iacute; un banco a la sombra y me puse a pensar en mis cosas de viejo hasta que me dorm&iacute;; all&iacute; estaba yo, en una segunda juventud, corriendo tras la pelota como un campe&oacute;n en medio de los nin&#771;os, pensando en hermosos filetes y, cosa curiosa, en huesos enormes llenos de tue&#769;tano, como si fuera un perro callejero o un muerto de hambre... Me despertaron hacia el mediod&iacute;a precisamente voces de ni&ntilde;os; ya estaban saliendo del colegio y a unos sus mam&aacute;s ven&iacute;an a recogerlos mientras que otros se iban solos a sus casas.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entonces decid&iacute; regresar. Me sent&iacute;a muy cansado y pensaba que ya hab&iacute;a tenido bastante por ese d&iacute;a. Adem&aacute;s el sol apretaba y yo estaba muerto de sed. Fui hasta la fuente solitaria y beb&iacute; un poco, evitando hacer plas-plas-plas con la lengua para no llamar la atenci&oacute;n... &iquest;Pero por d&oacute;nde volver? Por un momento pens&eacute; en hacerlo por el otro camino, el que pasaba por la avenida saturada de autos, donde estaba la parada de los buses del Cerrito; pero no ten&iacute;a ganas de bajar hasta all&iacute;. Total, para llegar m&aacute;s cansado. Son cosas as&iacute;, insignificantes, las que a veces deciden nuestro destino... Si hubiera ido hasta la avenida mi vida tendr&iacute;a ahora otra perspectiva. De modo que all&iacute; estaba yo volviendo a mi casa por donde hab&iacute;a venido: creo que fue entonces cuando empez&oacute; la cuenta atr&aacute;s, aunque no hubo nada que me llamara la atenci&oacute;n, aparte de aquel perrito absurdo, con el que me hab&iacute;a topado ya varias veces, y que siempre se paraba a olerme. Cuando lo vi venir tirando de la cadena de su amo, con la lengua afuera, decid&iacute; cambiarme de acera, pues no me gusta que nadie sienta mis olores de viejo, y mucho menos que se ponga a analizarlos. Es una falta de consideraci&oacute;n y de respeto... Adem&aacute;s ese perrito era muy enjundioso y parec&iacute;a descubrirlo todo con el hocico: te ol&iacute;a con descaro y luego te miraba como si te dijera: &ldquo;&iquest;es que ya no tienes a nadie que te cuide? &iexcl;Vaya olor, viejo p&iacute;caro, nunca lo hubiera cre&iacute;do de ti! &iexcl;Qu&eacute; callado te lo ten&iacute;as!&rdquo;.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:52.401129943503%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/sofia-gandarias_orig.png" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">De la serie "El coloquio de los perros", SOFIA GANDARIAS</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:47.598870056497%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/sevilla-de-la-carne_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">De la serie "El coloquio de los perros", SOFIA GANDARIAS</div> </div></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pues bien; ahora que lo pienso, es posible que fuera el haberme cambiado de acera fuera lo que me perdi&oacute;. Solo s&eacute; que de pronto mis sentidos aletargados despertaron, y todo mi ser se crisp&oacute;, como si hubiese recibido una descarga el&eacute;ctrica. Y es que mis ojos acababan de detectarlo; el peludo morrongo hab&iacute;a dejado la rama del &aacute;rbol y dormitaba ahora sobre el muro, al alcance de cualquiera, &iexcl;insensato! &iquest;Se hab&iacute;a vuelto loco? &iquest;Sab&iacute;a a lo que se expon&iacute;a? Oh, sin duda eso fue lo que nos perdi&oacute; a los dos...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Entonces creo que me dije, con la velocidad del rayo: &ldquo;en la vida hay que aprovechar las oportunidades que se presentan, incluso la de ser malo...&rdquo; En mi perra vida no me sirvi&oacute; de nada ser bueno, &iquest;hab&iacute;a llegado la hora del desquite?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mis patas sacaron chispas al cemento de la acera, rasgaron el c&eacute;sped, convirtieron un cuerpo viejo y apelmazado en un proyectil de carne y hueso dirigido hacia un cuerpo dormido. Fue un ba&ntilde;o de juventud, &iexcl;y qu&eacute; ba&ntilde;o!<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y qu&eacute; espeluznante maullido el que lanz&oacute; el desgraciado cuando lo agarr&eacute; por el cuello y, zas, agit&eacute; bruscamente la cabeza para desnucarlo. El pobre agit&oacute; las patas dos o tres veces y luego se qued&oacute; inm&oacute;vil; entonces pens&eacute; que ni siquiera se hab&iacute;a enterado, y que era absolutamente falso aquello de las siete vidas del gato. &iexcl;Fue todo tan r&aacute;pido!...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Pero la se&ntilde;ora Moscoso ya estaba ah&iacute;, con la escoba en la mano,&nbsp; contemplando la escena aterrorizada... Otra se&ntilde;ora vino en su ayuda, gritando. Y yo las miraba, acezante, con la lengua afuera, como si lo que acababa de ocurrir no tuviera nada que ver conmigo, y hubiese sido cosa del destino...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &ldquo;Es ese perro viejo que recogi&oacute; en la perrera el tipo aquel que escribe libros sobre las pir&aacute;mides...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &ldquo;Si, uno que tiene cara de drogadicto... &iexcl;Pues tal para cual!<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &ldquo;Sali&oacute; el otro d&iacute;a en el peri&oacute;dico. &iquest;Usted lo ha vuelto a ver?...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &ldquo;Oh, no...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &ldquo;Ay, dios, me mataron a mi Rodolfo...<br />&nbsp; &ldquo;Pero qu&eacute; espera, hay que llamar a la polic&iacute;a&rdquo;, dijo la otra...&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y la polic&iacute;a vino y me atrap&oacute;, como ustedes se pueden imaginar, y esta milonga se acab&oacute;...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Pero tuviste unas largas vacaciones, colega, m&iacute;ralo desde ese punto de vista &mdash;dijo Berganza, el muy fanfarr&oacute;n, que se las daba de experimentado aunque nadie sab&iacute;a de donde hab&iacute;a venido, rompiendo el silencio melanc&oacute;lico que se hizo tras mi relato.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Bueno, bueno... Fue una solemne tonter&iacute;a... &mdash;medit&oacute; un chucho joven y sin pretensiones, pero tambi&eacute;n sin pelos en la lengua, que hab&iacute;a sido tra&iacute;do hac&iacute;a solo una semana&mdash;. Ahora, con tu historial y la edad que tienes, ya nadie te querr&aacute; una segunda vez...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se hab&iacute;a hecho aceptar por todos gracias a su car&aacute;cter afable y, por no tener nada, ni siquiera ten&iacute;a nombre.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;A perro flaco todo son pulgas... &mdash;terci&oacute; entonces el Culebra, como si tener algo de biguel y ser tuerto y muy maduro y estar aquejado de reuma le diese licencia para hacer de fil&oacute;sofo, especialmente cuando hac&iacute;a mal tiempo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Vieron lo que pas&oacute; ayer?... Hornearon a varios, entre ellos aquel que llevaba dos a&ntilde;os en la jaula de al lado... Yo ol&iacute; el humo, al anochecer &mdash;se volvi&oacute; a o&iacute;r al chucho joven, sin pelos en la lengua.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Les dieron la inyecci&oacute;n a las cuatro &mdash;meti&oacute; baza desde la jaula contigua Peyote, un mestizo de lobo que hac&iacute;a poco hab&iacute;a sido adoptado y a&uacute;n esperaba que vinieran a recogerlo&mdash;. Vi entrar al veterinario, desde aqu&iacute; se ve muy bien... Ten&iacute;an su n&uacute;mero asignado desde hac&iacute;a d&iacute;as.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;No se&ntilde;or, no fue a las cuatro, sino al atardecer, lo digo por el humo... &mdash;aclar&oacute; Berganza, y coment&oacute;&mdash;: &iquest;No creen ustedes que es todo un detalle? Antes nos met&iacute;an en un costal y, viejos o j&oacute;venes, nos mataban a palos...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Vali&oacute; la pena al menos, perro viejo? &mdash;pregunt&oacute; entonces el mestizo de lobo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Qu&eacute; si vali&oacute; la pena? Claro que s&iacute;... &mdash;respondi&oacute; exultante Fara&oacute;n&mdash;. Cuando seas viejo lo entender&aacute;s, &iexcl;perro que se respete no puede irse al otro barrio sin su gato!<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Eso, perro que se respete... &mdash;repiti&oacute; Peyote, impresionado, y todos guardamos silencio, como si aquella alusi&oacute;n a nuestra respetabilidad hubiera abierto sobre nosotros, incluidos los m&aacute;s j&oacute;venes, una cuenta atr&aacute;s, la &uacute;ltima en nuestras vidas.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; De todos modos, m&iacute;rese como se mire, fue lo &uacute;ltimo que uno de nosotros acert&oacute; a decir, porque en lo sucesivo no pudimos volver a hacer uso del don de la palabra...<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Y esa misma noche los m&aacute;s j&oacute;venes ladramos y ladramos a la luna hasta que, cansado de o&iacute;rnos, Fara&oacute;n se puso de pie y, dirigiendo el hocico hacia las alturas, aull&oacute; larga y sentidamente, como nunca ning&uacute;n perro ha escuchado aullar a otro perro.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:31.35593220339%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0px;margin-right:0px;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/ricardo-cano-gaviria-rosa-lentini_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%">Ricardo Cano Gaviria &copy; Rosa Lentini</div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:68.64406779661%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>RICARDO CANO GAVIRIA</strong> (Medell&iacute;n, Colombia, 1946). Reside en Espa&ntilde;a desde 1970. Codirigi&oacute; durante a&ntilde;os la revista <em>Hora de Poes&iacute;a</em> junto a Rosa Lentini, con quien fund&oacute; tambi&eacute;n la editorial Igitur. Ha publicado las novelas <em>Prytaneum</em> (1981), <em>Las ciento veinte jornadas de Bouvard y P&eacute;cuchet</em> (1982), <em>El pasajero Benjamin</em> (1988), <em>Una lecci&oacute;n de abismo</em> (1991), <em>La puerta del infierno</em> (2011), <em>Yo, Gustave Flaubert...</em> (2021) y los libros de cuentos <em>En busca del Moloch</em> (1989), <em>El hombre que rez&oacute; a Baudelaire</em> (2006), <em>Cuando pase el ciego</em> (2014), <em>La carne es triste</em> (2017).<br></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item><item><title><![CDATA[Á. D. CANAREIRA]]></title><link><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/a-d-canareira]]></link><comments><![CDATA[https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/a-d-canareira#comments]]></comments><pubDate>Wed, 03 Apr 2024 12:30:00 GMT</pubDate><category><![CDATA[Uncategorized]]></category><guid isPermaLink="false">https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/ficciones/a-d-canareira</guid><description><![CDATA[LA TRAVES&Iacute;A DEL DESIERTO  Son of man,You cannot say, or guess, for you know onlyA heap of broken images, where the sun beats,And the dead tree gives no shelter, the cricket no relief,And the dry stone no sound of water.&nbsp;[Hijo del hombre,Nada puedes decir o imaginar, ya que solo conocesUn mont&oacute;n de im&aacute;genes rotas donde el sol abrasa,Sin que el &aacute;rbol muerto te d&eacute; sombra, ni el canto del grillo consuelo,Y sin que en la piedra seca resuene el agua.]&nbsp;T. S. [...] ]]></description><content:encoded><![CDATA[<div class="paragraph" style="text-align:center;"><strong><font size="4">LA TRAVES&Iacute;A DEL DESIERTO</font></strong><br /><br></div>  <div class="paragraph"><font size="1"><em>Son of man,</em><br /><em>You cannot say, or guess, for you know only</em><br /><em>A heap of broken images, where the sun beats,</em><br /><em>And the dead tree gives no shelter, the cricket no relief,</em><br /><em>And the dry stone no sound of water.</em><br />&nbsp;<br />[<em>Hijo del hombre,</em><br /><em>Nada puedes decir o imaginar, ya que solo conoces</em><br /><em>Un mont&oacute;n de im&aacute;genes rotas donde el sol abrasa,</em><br /><em>Sin que el &aacute;rbol muerto te d&eacute; sombra, ni el canto del grillo consuelo,</em><br /><em>Y sin que en la piedra seca resuene el agua.</em>]<br />&nbsp;<br />T. S. Eliot</font><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Lil hab&iacute;a fallecido justo despu&eacute;s del parto. El cord&oacute;n umbilical se le hab&iacute;a enroscado al cuello como si el beb&eacute; naciera ahorcado. En el paritorio, plenamente conscientes de lo que estaba sucediendo, Lara y Leo se desga&ntilde;itaron simult&aacute;neamente mientras la matrona, con el beb&eacute; en sus brazos, cortaba el cord&oacute;n umbilical entre ambos. Sinti&oacute; un escalofr&iacute;o al recordarlo. Entr&oacute; en casa intentando serenarse. No hab&iacute;a nadie dentro. Ni su pareja ni su perro. Su hogar, salvo la biblioteca, estaba completamente desierto. Se dio cuenta de que le temblaba un poco la mano derecha. Segu&iacute;a con el miedo en el cuerpo, hasta el tu&eacute;tano, desde que se hubiese saltado una se&ntilde;al de alto. Dej&oacute; las llaves en el recibidor. Colg&oacute; la chaqueta en el perchero. En el pasillo, de camino al sal&oacute;n, ley&oacute; la carta enmarcada que le hab&iacute;a enviado hac&iacute;a m&aacute;s de tres a&ntilde;os el doctor T.<br></div>  <div class="paragraph"><em>Cher Monsieur,</em><br />&nbsp;<br /><em>Avec les renseignements &agrave; ma disposition, je vous confirme l&rsquo;indication de la radioth&eacute;rapie et notre capacit&eacute; &agrave; prendre soins de Anfortas.</em><br /><em>Je vous propose de venir le mercredi 4 d&eacute;cembre si vous le pouvez.</em><br /><em>Je vous laisse nous pr&eacute;ciser l&rsquo;horaire entre 9h et 16h.</em><br />&nbsp;<br /><em>Bien sinc&egrave;rement,</em><br />&nbsp;<br /><em>Docteur T.</em><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un poco m&aacute;s adelante se volvi&oacute; a parar para leer con nostalgia, por en&eacute;sima vez, un poema enmarcado, el primero que le hab&iacute;a regalado a su mujer hac&iacute;a ya cuatro a&ntilde;os. En aquel momento todav&iacute;a no eran pareja. En una librer&iacute;a del Barrio Latino, que ocupaba dos plantas de un edificio situado en la orilla izquierda del Sena, hab&iacute;a comprado uno de los sobres que se vend&iacute;an junto a las cajas registradoras y que conten&iacute;an poemas transcritos a m&aacute;quina por j&oacute;venes libreros. Los poemas no se pod&iacute;an escoger. Era obligatorio comprarlos al azar y leerlos fuera de la librer&iacute;a. Desgraciadamente, estaba atestada de turistas, y ya no quedaba ni rastro en ella de Hemingway, Joyce y compa&ntilde;&iacute;a, por lo que a pesar de que la segunda planta fuese una biblioteca, y de lo reconfortante que era ver a gente joven gan&aacute;ndose la vida transcribiendo poemas en m&aacute;quinas de escribir antiguas todo el d&iacute;a, no hab&iacute;a vuelto a poner los pies en ella. El poema hab&iacute;a resultado ser The Best Thing in the World. A pesar de que sab&iacute;a que al hacerlo se iba a entristecer recit&oacute; en voz alta algunos de los versos que Lara hab&iacute;a traducido:<br></div>  <div class="paragraph"><em>Verdad que para un amigo no suponga crueldad</em><br /><em>Placer para cuyo final no haya celeridad</em><br /><em>Belleza, que no sea serpentina y carezca de vanidad</em><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se hab&iacute;an conocido en un mundo sin redes sociales y en el que, por sus tareas profesionales, traductora y escritor, se hab&iacute;an carteado durante meses antes de llegar a conocerse. Leo, no obstante, estaba sufriendo una larga sequ&iacute;a creativa ante la que sent&iacute;a una gran impotencia. Absorto como estaba en sus pensamientos tard&oacute; en percibir el sonido de la llave girando dentro del tambor. Aunque era la &uacute;nica otra persona que ten&iacute;a llave de esa puerta, la cadencia con la que desatrancaba el resbal&oacute;n era tan caracter&iacute;stica que la hubiera reconocido con incontenible alegr&iacute;a entre un mill&oacute;n. No era la t&iacute;pica persona que se queda esperando con parsimonia e indolencia que se acerquen a ella, mucho menos cuando se mor&iacute;a siempre de ganas de verla. Se encontr&oacute; en el pasillo, a medio camino, con su perro, que era capaz todav&iacute;a de desplazarse con garbo y cierta agilidad a pesar de sus doce a&ntilde;os de edad. El rabo oscilaba con id&eacute;ntica precisi&oacute;n a la del metr&oacute;nomo de un pianista, como si estuviera tocando siempre una bella sonata silente. Se agach&oacute; y acarici&oacute; su cabeza, el p&oacute;mulo ligeramente hundido por culpa de un tumor en el nervio trig&eacute;mino que le hab&iacute;a sido diagnosticado cuando le hicieron una resonancia magn&eacute;tica en Navidad, durante una de las habituales revisiones de su tumor cerebral. Lo cogi&oacute; en brazos y lo bes&oacute; antes de volver a posarlo en el suelo. Lara se hab&iacute;a entretenido al colgar su americana en el perchero de la entrada y al cambiarse las botas negras, con algo de plataforma, por unas peludas y acolchadas chinelas, por lo que todav&iacute;a estaba en el vest&iacute;bulo cuando Leo se encontr&oacute; con ella. Parec&iacute;a seguir sorprendi&eacute;ndose al comprobar, una y otra vez, tantos a&ntilde;os despu&eacute;s, lo nervioso que se pon&iacute;a cuando se volv&iacute;an a ver, por poco que fuera el tiempo durante el que hubieran estado separados.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Estaba pensando en ti &mdash;al escucharlo, a&uacute;n ligeramente sorprendida por haberse encontrado de repente con &eacute;l, sonri&oacute;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Y en qu&eacute; lo hac&iacute;as exactamente?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;En que para m&iacute; eres una mujer sin rostro.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Hombre, muchas gracias.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Sabes perfectamente a qu&eacute; me estoy refiriendo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash; S&iacute;, &iexcl;lo s&eacute;!<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hablaban sin que existiera ning&uacute;n tipo de duda al respecto. Se acercaron, mir&aacute;ndose a los ojos, y se dieron un breve beso en los labios, que por mucho que se pudiera interpretar como un saludo protocolario entre ellos no imped&iacute;a en absoluto que siguiera siendo al mismo tiempo un adem&aacute;n de lo m&aacute;s emocionado. Desapareci&oacute; el cosquilleo de su mano derecha en ese momento.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/paris-orly_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/unnamed2_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No era la primera vez que Leo confesaba que se hab&iacute;a enamorado de ella sin conocer ning&uacute;n detalle del aspecto de su cara. En cuanto a Lara, aparte de estar at&oacute;nita ante un hecho tan ins&oacute;lito, la hab&iacute;a dejado desconcertada. Susodicha confesi&oacute;n, la primera vez que la escuch&oacute;, provoc&oacute; que sintiera por &eacute;l un inmenso afecto y cari&ntilde;o, que en ning&uacute;n momento a lo largo de todos aquellos a&ntilde;os se hab&iacute;a desvanecido. Sin embargo, lo que tambi&eacute;n hab&iacute;a sucedido es que lo considerara su mejor amigo. Escuchar una vez m&aacute;s su declaraci&oacute;n de amor, que hab&iacute;a sido sellada en varias ocasiones a lo largo de los a&ntilde;os desde que hubiera comenzado su relaci&oacute;n, evoc&oacute; aquella red de complejos sentimientos que la hab&iacute;an invadido y aturdido en algunos momentos, de tal manera que su coraz&oacute;n pulsara aceleradamente como un eco que siguiese luchando por no desvanecerse por completo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No hizo falta que le preguntara cu&aacute;l era, entonces, el motivo por el que se hab&iacute;a vuelto, a su manera rom&aacute;ntica, insensata y desesperada, totalmente loco por ella en un mundo en el que intentar persuadir a alguien de que es posible estar enamorado sin que medie una atracci&oacute;n f&iacute;sica irresistible era como clamar en el desierto. Por muchas veces que se lo dijera, no dejaba de estar perpleja, y aprovechaba para ahondar en la explicaci&oacute;n cada vez que hablaban del tema. Aquella vez no iba a ser tampoco una excepci&oacute;n: le dijo que no quer&iacute;a que llegase a pasar que un d&iacute;a ella le hablase y &eacute;l no se emocionase, o que le pudiera ser indiferente la frecuencia con la que hablasen, porque no hab&iacute;a conocido en su vida a nadie con quien le apeteciese tanto hablar, escribiese tan bien, le escuchase con tanta atenci&oacute;n y entablase de manera tan cari&ntilde;osa y profunda una conversaci&oacute;n. Mientras caminaban por el pasillo, a pesar de que era estrecho, o quiz&aacute;s precisamente por eso, Leo entrecruz&oacute; los dedos de la mano derecha con los suyos de la izquierda, acabando por abrazarla antes de que llegasen al sal&oacute;n.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Qu&eacute; ocurre?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Su mano derecha empez&oacute; de nuevo a temblar, por lo que dej&oacute; de abrazar a Lara, levantando la cabeza que hab&iacute;a apoyado sobre su pecho, para tratar de sujetarla con la mano izquierda.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Hoy casi me estrello.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Qu&eacute; dices, Leo! &iquest;No habr&aacute;s dejado de tomar la medicaci&oacute;n?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;No, no. Si los espasmos los tengo desde que hace un rato me salt&eacute; una se&ntilde;al de stop.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iexcl;Ahhh! &iexcl;Pero c&oacute;mo que te la has saltado! &iquest;En qu&eacute; estabas pensando?<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;El martes pasado... te vi entrando al concierto de jazz en Escaques... con ese poeta pretencioso.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &laquo;No sab&iacute;a c&oacute;mo dec&iacute;rtelo. No me pod&iacute;a creer haberte visto all&iacute;... sin m&iacute;. All&iacute; te conoc&iacute;. Fue donde le&iacute; por primera vez tu ensayo&raquo;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;No estoy atravesando una buena racha. Sabes perfectamente que la tristeza me embarga. A veces me siento sola. No te estoy contando nada que no sepas de sobra.<br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Leo se fue pronto a la cama porque al d&iacute;a siguiente madrugaba. El vuelo TO7751 part&iacute;a del aeropuerto de Oporto hacia Orly a las diez de la ma&ntilde;ana. No fue capaz de pegar ojo en toda la noche. Desde hac&iacute;a unos meses ya no se quedaban en vela charlando hasta las tres de la ma&ntilde;ana. Le hac&iacute;a da&ntilde;o y lo echaba much&iacute;simo en falta. Apenas desayun&oacute;. Cerr&oacute; la maleta que hab&iacute;a dejado hecha la noche anterior, y se asegur&oacute; de que no se olvidaba de nada: su carn&eacute; de identidad, el pasaporte y las medicinas de Anfortas, los n&uacute;meros de reserva del vuelo y del aparcamiento, el transport&iacute;n y el pienso. Cuando volvi&oacute; a la habitaci&oacute;n Lara estaba llorando abrazada al perro. Se sinti&oacute; como si se estuviera despidiendo de los dos al hacerlo. Se escondi&oacute; detr&aacute;s del quicio de la puerta intentando serenarse, sin &eacute;xito.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Ven, pasa, Leo &mdash;cada vez que le hab&iacute;a escuchado hablar con la voz quebrada por la emoci&oacute;n, como en aquella ocasi&oacute;n, algo se le romp&iacute;a por dentro.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se abrazaron, mientras Leo intentaba, infructuosamente, que no se le escurrieran las manos de sus om&oacute;platos, donde las hab&iacute;a apoyado.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;&iquest;Has metido las medicinas en la maleta? &mdash;pregunt&oacute; Lara mientras, lentamente, se separaban.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;S&iacute; &mdash;minti&oacute;. Las puntas de los dedos de sus manos, que eran las &uacute;ltimas partes de sus cuerpos que segu&iacute;an en contacto, se soltaron por completo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;C&oacute;gelas y t&oacute;malas, por favor. Sabes que voy a estar muy preocupada si no &mdash;prorrumpi&oacute; a llorar de nuevo tap&aacute;ndose los ojos con las manos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Sinti&eacute;ndose culpable, no tuvo valor para acercarse. S&oacute;lo tuvo reflejos para intentar destensar la situaci&oacute;n y tranquilizarla con humor:<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Sabes que no me permitir&iacute;an pilotar el avi&oacute;n.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Era dif&iacute;cil discernir si ahora Lara sollozaba o re&iacute;a, pero era evidente que se sent&iacute;a algo m&aacute;s tranquila. Sab&iacute;a que hab&iacute;an llegado a un acuerdo t&aacute;cito en honor al que llevar&iacute;a y tomar&iacute;a la medicaci&oacute;n a las horas convenidas.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/flat-750x-075-f-pad-750x1000-f8f8f8_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Al contrario de lo que hab&iacute;a sucedido durante sus primeros viajes en avi&oacute;n, ya no era necesario que le diera a Anfortas ning&uacute;n tranquilizante. Se hab&iacute;a acostumbrado a dormir dentro del trasport&iacute;n durante las horas que durase el viaje. La compa&ntilde;&iacute;a a&eacute;rea no permit&iacute;a ni siquiera que llegase a asomar la cabeza un momento por alguna de sus aberturas, a pesar de que cobrase por su plaza el doble del precio de cualquier otro billete. De Orly se dirigieron a su hotel habitual de Cr&eacute;teil en taxi. Era un hotel situado en un pol&iacute;gono industrial, a escasos cien metros de la cl&iacute;nica veterinaria, y que era frecuentado por obreros de las f&aacute;bricas cercanas. Leo hab&iacute;a trabado amistad con un joven recepcionista fenicio, Flebas, que hab&iacute;a sido pastor de camellos en el mar de Aral hac&iacute;a algunos a&ntilde;os, y que lo hab&iacute;a tratado como si fuese un hermano desde que hubiese llegado, hasta el punto de invitarlo a compartir cusc&uacute;s con su familia en fin de a&ntilde;o. Siempre se emocionaba al recordarlo. No hab&iacute;a dormido nada, por lo que despu&eacute;s de saludarlo se tumb&oacute; en la cama del hotel durante largo rato, embargado por un sentimiento nost&aacute;lgico. Sab&iacute;a que, muy probablemente, no volver&iacute;an. La imagen del cusc&uacute;s lo llev&oacute; a recordar una de sus visitas a Belleville, en el distrito XX.&ordm; de Par&iacute;s, donde viv&iacute;an principalmente descendientes de argelinos y tunecinos que se hab&iacute;an salvado de morir ahogados en el mar Mediterr&aacute;neo y que hac&iacute;an vida con sus vecinos en los numerosos bancos y plazas que abundan en aquella colina parisina en cuanto atardec&iacute;a, donde las ca&ntilde;as costaban la mitad que en el resto de la ciudad y el plato estrella de todos los restaurantes era el cusc&uacute;s, que, como se explicaba en un cartel a la puerta de uno de aquellos establecimientos familiares, era un plato comunal, preparado para ser degustado por los comensales rodeados del resto de miembros de la comunidad.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se acord&oacute; tambi&eacute;n de los dos mercaderes sirios propietarios de un bistrot en el casco viejo de Cr&eacute;teil, Le CM, que ocupaba un inmueble enfrente del antiguo ayuntamiento cretelino, de los que se hab&iacute;a hecho amigo durante todos los a&ntilde;os en que hab&iacute;a viajado a Par&iacute;s para alguna de las revisiones de Anfortas. No hubiera dejado de ir a aquel bistrot por comer en la mejor brasserie de Par&iacute;s ni loco. El d&iacute;a siguiente ir&iacute;a de nuevo a visitarlos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Por la ma&ntilde;ana, antes de ir a comer, cogieron la l&iacute;nea 8 del metro parisino. Crey&oacute; ver el perfil de Lara en el logotipo de la RATP: sobre un c&iacute;rculo verde fluye la silueta en azul de un rostro indefinido y femenino, que representa a su vez el trayecto recorrido por el Sena en Par&iacute;s. Se bajaron en el V.&ordm; distrito. Nada m&aacute;s salir de la boca del metro, Anfortas comenz&oacute; a ladrar estent&oacute;reamente, mientras se dirig&iacute;an hacia uno de los puentes. Al llegar a &eacute;l, ante las ruinas de la catedral de Notre Dame, contemplaron el Sena te&ntilde;ido de un intenso color rojo.<br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; La cita era a las nueve de la ma&ntilde;ana en la cl&iacute;nica Micen Vet, en el n&uacute;mero 58 de la calle Auguste Perret. Poco antes, mientras desayunaba en el comedor del hotel, ley&oacute; en el peri&oacute;dico que una rotura en uno de los diques de una empresa qu&iacute;mica hab&iacute;a contaminado los r&iacute;os, arroyos y canales parisinos, transmutando el agua en un l&iacute;quido que parec&iacute;a sangu&iacute;neo. De camino a la cl&iacute;nica no pudo evitar pensar en Anfortas mientras tiraba de &eacute;l, unidos como estaban por la correa. Cuando era joven era Anfortas el que tiraba de los dos, pero ahora, ya casi anciano, hab&iacute;a ocasiones en las que se ve&iacute;a siendo casi arrastrado. Los resultados de la resonancia mostraron que, aunque el tumor cerebral segu&iacute;a estabilizado m&aacute;s de tres a&ntilde;os despu&eacute;s de haber sido tratado con radioterapia, el mismo tratamiento contra el tumor que afectaba al nervio trig&eacute;mino hab&iacute;a fracasado por completo. Ya era grande y su avance, imparable. Estrech&oacute; las manos de los doctores T. y S. con admiraci&oacute;n y agradecimiento hacia ellos, ya que hab&iacute;an logrado que Anfortas sobreviviera mucho m&aacute;s tiempo del esperado, y tras informar de las malas noticias a Lara, a sus amigos franceses, y al resto de su familia, volvi&oacute; a hacer las maletas para regresar a Espa&ntilde;a.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Uno de los escasos detalles que ten&iacute;a la aerol&iacute;nea hacia los pasajeros que volaban con mascota era que siempre les conced&iacute;a una butaca que estuviera pegada a la ventanilla. En el vuelo de vuelta, aturdido por la nostalgia que sent&iacute;a, mientras observaba por la ventanilla el mar de nubes agostadas y sin agua que se desparramaba ocultando el horizonte, rememor&oacute; im&aacute;genes de sus diversas estancias parisinas: los brumosos paseos con Anfortas por el lago de Cr&eacute;teil, durante los que siempre se las arreglaba para pescar alguna trucha; la b&uacute;squeda de libros cl&aacute;sicos en franc&eacute;s, otros sobre Par&iacute;s y Cr&eacute;teil, y algunas joyas que fueran desconocidas para &eacute;l entre las estanter&iacute;as de la librer&iacute;a Joyen, que ocupaba una casa que hab&iacute;a sido utilizada por un comandante de la resistencia francesa, del mismo nombre y familiar de los propietarios de la tienda, durante la Segunda Guerra Mundial, como atestiguaba una placa que estaba colocada en la fachada; el paseo vespertino durante el que se encontr&oacute; en pleno Marais con una plaza que no figuraba en ning&uacute;n mapa parisino: poco despu&eacute;s una camarera de un restaurante jud&iacute;o de bella fachada enmarcada en hiedra le inform&oacute; de que hab&iacute;an cambiado el nombre de la plaza unos meses antes para honrar a los cientos de estudiantes del colegio que estaba all&iacute; situado y que fueron deportados a campos de concentraci&oacute;n nazis.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; A los tres meses de haber regresado Anfortas empez&oacute; a tener dificultades para mantener el equilibrio. Una semana m&aacute;s tarde empez&oacute; a perder el apetito. M&aacute;s adelante, cuando ya no ten&iacute;a &aacute;nimo para intentar levantarse, y poco despu&eacute;s de que los veterinarios espa&ntilde;oles que hab&iacute;an cuidado de &eacute;l le pusieran un calmante y una inyecci&oacute;n para practicarle la eutanasia, Anfortas falleci&oacute; en su cama, abrazado a sus padres y a &eacute;l. Solo les quedaba el consuelo de haberlo tratado como lo que era: un rey.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Podr&iacute;an haberlo enterrado en el cementerio canino de Abros, pero Lara y Leo no dudaron en que no le hubiera gustado nada estar lejos de casa, por lo que decidieron incinerarlo. Se hab&iacute;an separado hac&iacute;a cuatro meses y, aunque no se hab&iacute;an vuelto a ver salvo cuando Lara iba a visitar a Anfortas, segu&iacute;an hablando a diario.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mientras esperaban en una cafeter&iacute;a cercana llamada La Capilla Peligrosa a que pudieran recoger la urna con los restos de Anfortas, entr&oacute; con aire decidido un joven poeta norteamericano al que Lara hab&iacute;a traducido. Sab&iacute;an perfectamente cada uno de los dos qui&eacute;n era el otro, pero aun as&iacute; &eacute;l se present&oacute;. A Leo le dio la impresi&oacute;n de que hab&iacute;a pronunciado su nombre como si lo hubiese hecho el ujier de la C&aacute;mara de Representantes norteamericana al anunciar la entrada del presidente de los Estados Unidos de Am&eacute;rica en la sala. De hecho, se apoltron&oacute; en la silla por si le daba por empezar a dar un discurso sobre el estado de la Uni&oacute;n. No obstante, contra todo pron&oacute;stico, le ofreci&oacute; la mano y, cuando lo hizo, no pudo evitar recordar que hab&iacute;a le&iacute;do a un antrop&oacute;logo afirmar que era un gesto amistoso que hab&iacute;a evolucionado desde que en sus or&iacute;genes se utilizase para demostrar que no se llevaban armas. Leo no pudo evitar re&iacute;rse a carcajadas. Lara lo escrutaba desde el otro lado de la mesa, por lo que se conjur&oacute; para intentar no volver a dar un gatillazo. La &uacute;ltima vez que hab&iacute;an hablado sobre su obra po&eacute;tica no hab&iacute;a dudado en criticar con sa&ntilde;a que lo que m&aacute;s se comentase en los cen&aacute;culos literarios fuese que en sus recitales luciese con garbo una chaqueta de Prada. A pesar de que se sent&iacute;a amargado y de que estaba ofuscado, no quer&iacute;a decepcionarla. Algo le hab&iacute;a dicho Albert a ella poco despu&eacute;s, aunque Leo no fue capaz de escuchar qu&eacute;. Sin embargo, s&iacute; que logr&oacute; observar c&oacute;mo ella, justo despu&eacute;s, ergu&iacute;a ligeramente la cabeza, mir&aacute;ndolo con ojos de carnero degolllado. Leo hab&iacute;a descubierto con emoci&oacute;n que era una se&ntilde;al irrefutable de que se hab&iacute;a enamorado. Hab&iacute;a pasado demasiado tiempo desde la &uacute;ltima vez que la hab&iacute;a visto hacer ese gesto. La intimidad que se hab&iacute;a creado entre ellos dos le permiti&oacute; ser consciente, casi an&oacute;nimamente, de la complicidad y comuni&oacute;n que exist&iacute;an entre ambos. Estaba claro que Albert, al contrario que &eacute;l, nunca ser&iacute;a capaz de interpretar apropiadamente todo lo que Lara estaba pensando. Con todo, fue dolorosamente consciente de que se hab&iacute;a ego&iacute;stamente enga&ntilde;ado a lo largo de todos aquellos a&ntilde;os. Por mucho que se esforzase, no ser&iacute;a nunca capaz de llenarla. La televisi&oacute;n del bar, silenciada, mostraba im&aacute;genes de Las Tablas de Daimiel y las lagunas de Do&ntilde;ana totalmente vac&iacute;as de agua. Los acu&iacute;feros, completamente secos. Los humedales, convertidos en un secarral. Los arroyos, en senderos pedregosos. No pudo evitar murmurar para s&iacute;... Mu&eacute;strame toda la soledad y el terror que pueda haber en un pu&ntilde;ado de polvo. Sali&oacute; de su ensimismamiento al o&iacute;r la voz de Lara.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Fuimos al teatro el fin de semana. Al final, en ver de ir a ver <em>Yerma</em> fuimos a ver la adaptaci&oacute;n de Voadora de <em>La tempestad</em>.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Mir&oacute; a trav&eacute;s de la ventana las riberas del r&iacute;o, en pleno estiaje, llenas tambi&eacute;n de plantas secas y agostadas.<br></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/172188571-conjunto-de-aviones-modernos-y-antiguos-car-cter-piloto-de-aviaci-n-civil-y-militar-aviones-de_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/paris-5th_orig.png" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="wsite-spacer" style="height:50px;"></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Leo, he escrito un poema. &iquest;Ser&aacute;s tan amable de recitarlo para m&iacute;? Me har&iacute;a mucha ilusi&oacute;n&mdash; le entreg&oacute; un cuaderno abierto por una de sus p&aacute;ginas. Leo lo cogi&oacute; y, sin pararse a pensarlo demasiado para que no lo embargase la emoci&oacute;n, lo ley&oacute; en voz alta de forma pausada:<br></div>  <div class="paragraph"><em>A orillas del L&eacute;rez me sent&eacute; y llor&eacute;,</em><br /><em>Acab&eacute; hundida en las aguas del Mitsuse</em><br /><em>Pero descend&iacute; hasta el mar despu&eacute;s</em><br /><em>Y con el retumbar de un trueno est&eacute;ril y seco</em><br /><em>Arrostr&eacute; mi traves&iacute;a del desierto.</em><br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Un guitarrista llevaba un rato tocando algunos acordes suaves y melanc&oacute;licos. De pronto, sin previo aviso, Lara se levant&oacute; y le dijo algo al o&iacute;do. El m&uacute;sico asinti&oacute; con la cabeza, interrumpi&oacute; la pieza que estaba interpretando y, tras un breve intervalo de silencio, comenz&oacute; a rasgar la guitarra. Lara, concentrada, enton&oacute; con voz melodiosa y rota algunos versos de una canci&oacute;n que hab&iacute;a traducido y que hablaban de pesadillas y de sue&ntilde;os prof&eacute;ticos, en los que un beb&eacute; nac&iacute;a rodeado por lobos salvajes y hambrientos, y en los que anunciaba la proximidad de una riada provocada por un aguacero. Fue un momento solemne, durante el que se pod&iacute;a caer en trance o en un arrebato violento.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Leo se qued&oacute; mirando a Lara, mientras volv&iacute;a a la mesa, como si no fuera a volver a verla.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Disculpadme, por favor. Es un d&iacute;a dif&iacute;cil para m&iacute;. Voy a volver a la cl&iacute;nica y esperar&eacute; a que me entreguen la urna all&iacute;.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Se levant&oacute;. Inmediatamente se incorporaron tambi&eacute;n ellos dos.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Leo, te acompa&ntilde;o, por favor.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;No, no, no te preocupes. Volveremos juntos a casa, una &uacute;ltima vez y para siempre. Se lo debo.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Le ofreci&oacute; la mano al poeta, mir&aacute;ndolo a los ojos. El joven norteamericano se la estrech&oacute; despu&eacute;s de asentir con la cabeza. Se abraz&oacute; con Lara durante un breve instante. Not&oacute; algo extra&ntilde;o en el bolsillo de su chaqueta. Por inercia, intent&oacute; comprobar qu&eacute; hab&iacute;a en ella, pero Lara le sujet&oacute; la mano.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; &mdash;Ya lo har&aacute;s despu&eacute;s, cuando llegues a casa.<br></div>  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/se-acercaron_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Estaba tan aturdido que, incomprensiblemente, no era capaz de sentir absolutamente nada, ni siquiera en unas circunstancias tan duras y extra&ntilde;as. Mientras esperaba en un banco de la sala de espera de la cl&iacute;nica veterinaria, al menos pudo ubicarse en el interior de uno de sus poemarios favoritos. Se ve&iacute;a a s&iacute; mismo como uno m&aacute;s de los proletariados alienados que caminan cual reba&ntilde;o, sin quitar la vista del suelo, por una tierra exang&uuml;e y desaprovechada. Se odi&oacute; a s&iacute; mismo por ser incapaz de afrontar el dolor y caer de una manera tan baja en la conmiseraci&oacute;n. Camin&oacute;, con la urna entre las manos, de vuelta a casa, entre zarzales, abrojos, lotos espinosos y matorrales de acacias espinosas, que bordeaban la calle Sina&iacute;, en la que resid&iacute;a. Una muchedumbre observaba en el interior de un bar c&oacute;mo dos torres se derrumbaban. Una vez en casa, se encerr&oacute; en la biblioteca, apoy&oacute; la urna en el escritorio, apart&oacute; con la mano la pila de libros que estaba leyendo y apoy&oacute; la cabeza sobre el tablero. Un rato m&aacute;s tarde cogi&oacute; una cuartilla de papel, en las que sol&iacute;a tomar notas sobre los libros que estaba leyendo, y le escribi&oacute; una carta a su hermana en la que le ped&iacute;a que introdujese la urna de Anfortas en su f&eacute;retro cuando falleciera, fuera cuando fuera. Tir&oacute; el resto de notas al suelo. No ten&iacute;a ya ninguna expectativa por la que seguir leyendo. Si al menos fuera capaz de volver a escribir..., pero estaba seco. &Uacute;ltimamente s&oacute;lo hab&iacute;a sido capaz de garabatear la dedicatoria de un cuento. Cu&aacute;ndo se cumplir&iacute;a la profec&iacute;a de Madame Sosostris... &Eacute;l deber&iacute;a haber muerto joven. Se sent&iacute;a igual que Basho, que cuatro d&iacute;as antes de morir enfermo hab&iacute;a escrito que sus sue&ntilde;os vagaban por p&aacute;ramos yermos. Busc&oacute; en el bolsillo de la chaqueta las llaves del coche, pero no pudo encontrarlas porque hab&iacute;a en su lugar una peque&ntilde;a caja. Al abrirla vio que hab&iacute;a en su interior una hoja manuscrita. En los primeros p&aacute;rrafos hab&iacute;a un pasaje de un cuento de Salinger que Lara hab&iacute;a pasado a mano con su bella caligraf&iacute;a. Se lo hab&iacute;a regalado a ella hac&iacute;a varios a&ntilde;os, habi&eacute;ndolo tambi&eacute;n transcrito a mano, y cambiando el nombre de la protagonista por el suyo. Susodicho pasaje era el favorito de Lara. En &eacute;l su protagonista, un sensible escritor que sufre un colapso mental tras haber participado en el Desembarco de Normand&iacute;a, lee una anotaci&oacute;n que una funcionaria nazi escribi&oacute; en el interior de un libro antes de que la detuvieran: angustiada, clama que la vida es un infierno. Intentando sobreponerse a su aflicci&oacute;n escribe en el mismo libro una frase de Dostoyevski que afirma que el infierno, en realidad, es el sufrimiento de no poder amar. El &uacute;ltimo p&aacute;rrafo era una nota de Lara:<br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><em>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Me da pudor ped&iacute;rtelo, porque s&eacute; que ya no tengo ning&uacute;n derecho al respecto, pero quer&iacute;a pedirte un &uacute;ltimo favor: s&eacute; que todav&iacute;a podr&aacute;s hacerlo. Escribe un cuento sobre nosotros dos. Fue la matrona la que cort&oacute; el cord&oacute;n umbilical. Nosotros todav&iacute;a no lo hemos hecho. No hemos hablado ni siquiera sobre ello. C&oacute;mo &iacute;bamos a hacerlo si &eacute;ramos nosotros los que ahora est&aacute;bamos ahog&aacute;ndonos sin saberlo. Al menos, aunque nuestra hija no haya ni siquiera nacido, nos quedar&aacute; el consuelo si logras hacerlo, y aunque no podamos evitar que nuestros nombres acaben yaciendo tambi&eacute;n en el agua, de que nuestras vidas, el tiempo que hemos compartido, no tengan que acabar convertidas en polvo pudiendo llegar a ser, en esta tierra est&eacute;ril y p&eacute;trea, igual que ra&iacute;ces que han prendido</em>.<br></div>  <div class="paragraph" style="text-align:justify;">&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; As&iacute; acababa la nota de Lara. Leo, con una medio sonrisa que hac&iacute;a que fuera palpable la cicatriz casi imperceptible que ten&iacute;a sobre el labio superior, y que hab&iacute;a sido la &uacute;nica secuela que sufri&oacute; alguno de los dos al quedar varias horas atrapados entre los escombros de una torre despu&eacute;s de un terremoto, entrecerr&oacute; los ojos por el fulgor de un rel&aacute;mpago que arrastraba una tempestad cargada de lluvia.<br />&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; No hubiera hecho falta que Lara escribiese algo m&aacute;s. Revitalizado, se incorpor&oacute;, coloc&oacute; con sumo cuidado la nota dentro de la caja de nuevo (ma&ntilde;ana mismo la llevar&iacute;a a que la enmarcaran), recogi&oacute; los libros, abri&oacute; las ventanas y, a la luz crepuscular de aquella cruel tarde primaveral, observ&oacute; asombrado c&oacute;mo su mano derecha, con la que escrib&iacute;a, y seg&uacute;n las contracciones fueron parando por completo, poco a poco dejaba de temblar; abri&oacute; uno de sus cuadernos, cogi&oacute; una pluma enhiesta y comenz&oacute; a escribir un cuento de nuevo despu&eacute;s de tanto tiempo.<br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div class="paragraph" style="text-align:right;"><font size="2"><em>A Groucho &ldquo;Anfortas&rdquo; Canareira (2010-2023)</em><br /><em>In memoriam</em></font><br /><br></div>  <div><div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div> <hr class="styled-hr" style="width:100%;"></hr> <div style="height: 20px; overflow: hidden; width: 100%;"></div></div>  <div><div class="wsite-multicol"><div class="wsite-multicol-table-wrap" style="margin:0 -15px;"> 	<table class="wsite-multicol-table"> 		<tbody class="wsite-multicol-tbody"> 			<tr class="wsite-multicol-tr"> 				<td class="wsite-multicol-col" style="width:34.745762711864%; padding:0 15px;"> 					 						  <div><div class="wsite-image wsite-image-border-none " style="padding-top:10px;padding-bottom:10px;margin-left:0;margin-right:0;text-align:center"> <a> <img src="https://elcoloquiodelosperros.weebly.com/uploads/2/5/3/3/25330873/d-canareira_orig.jpg" alt="Foto" style="width:auto;max-width:100%" /> </a> <div style="display:block;font-size:90%"></div> </div></div>   					 				</td>				<td class="wsite-multicol-col" style="width:65.254237288136%; padding:0 15px;"> 					 						  <div class="paragraph" style="text-align:justify;"><strong>&Aacute;. D. CANAREIRA</strong> (Ourense, Espa&ntilde;a, 1977). Maestro especialista en lengua extranjera, ha publicado relatos en las revistas <em>Hispanic Culture Review</em> y <em>Espacio Fronterizo</em>. Ha estudiado y traducido a Mark Twain en libros como <em>Semblanza de un perro</em> y <em>Gambito de Papel</em>. Varios de sus cuentos han sido traducidos al ingl&eacute;s por Clare Gaunt para revistas como <em>The Nelligan Review</em>, <em>Bull</em>, <em>Does It Have Pockets?</em> o <em>The Argyle Literary Magazine</em>.<br /></div>   					 				</td>			</tr> 		</tbody> 	</table> </div></div></div>]]></content:encoded></item></channel></rss>